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El sonido de los cubiertos y el murmullo de las conversaciones del restaurante se sentían muy lejanos.
Wenlang se había vuelto a sentar, pero no escuchaba nada. Frente a él, Gao Ming seguía hablando, palabras vacías que se perdían en el aire, una cifra ridícula saliendo de su boca con la misma naturalidad con la que pediría otra copa.
-Diez millones, señor Shen. Si accede, el problema desaparecerá antes de que…
El resto se desvaneció, Wenlang no lo escuchaba. Su mirada permanecía fija en el pasillo por la que Gao Tu había desaparecido minutos atrás.
La imagen de su rostro seguía ahí, clavada como una espina: la forma en que había bajado los ojos, el temblor casi imperceptible en sus dedos al sujetar la servilleta, la palidez repentina. Había algo en esa expresión que no encajaba con la calma fingida que solía mantener.
Un escalofrío, ligero pero punzante, recorrió el cuerpo de Wenlang.
Recordó la forma en que Gao Tu había murmurado que necesitaba ir al baño, la prisa mal disimulada, la mirada esquiva. En aquel instante no le dio demasiada importancia; estaba demasiado ocupado sintiéndose demasiado desconcertado y traicionado ante toda la situación. Pero ahora, al repasarlo todo en silencio, una sensación opresiva comenzó a nacer en su pecho.
Algo no estaba bien.
El reloj sobre la pared marcaba los segundos con un sonido insoportable. Tic. Tic. Tic. Cada golpe se mezclaba con el pulso desbocado de su corazón. La voz de Gao Ming seguía ahí, distante:
-…por supuesto, entiendo que es una situación incómoda, pero usted sabe cómo son los omegas. Siempre terminan causando problemas, y mi hijo…
Wenlang cerró los ojos un segundo. Mi hijo. La frase le rasgó algo en el pecho.
No supo qué lo impulsó a hacerlo.
Quizás fue la manera en que la voz del hombre sonaba tan segura, tan asquerosamente práctica. O tal vez fue el recuerdo de esa mirada de Gao Tu, una mirada que no supo leer en su momento y que ahora lo inquietaba como una advertencia.
De pronto, el aire del salón se volvió irrespirable.
Wenlang se levantó de golpe, empujando la silla hacia atrás. Ni siquiera escuchó el reproche confundido de Gao Ming.
- ¿Señor Shen? ¿A dónde va? Aún no hemos…
Pero él ya caminaba, pasos largos, firmes, que se transformaban en una carrera contenida. Su respiración se aceleraba con cada paso, y con ella, su corazón.
No pensaba, solo sentía, la adrenalina le quemaba por dentro, mezclada con un presentimiento que no sabía nombrar. Atravesó el pasillo principal, ignorando a los meseros que se apartaban de su camino. El eco de sus pasos resonó en las paredes, y por primera vez en años, el Alfa de clase S sintió miedo. No sabía de qué exactamente, solo sabía que tenía que llegar ahí.
La puerta del baño cedió bajo el golpe de su mano. El aire dentro era distinto: más pesado, impregnado de un olor que lo atravesó de golpe. Feromonas Omega.
Wenlang se detuvo, el pecho apretado, intentando reconocer aquello que se derramaba en el aire como un rastro invisible, Era un aroma suave, tembloroso, mezclado con el miedo y la angustia. Un olor que, sin saber por qué, le resultó familiar. Salvia.
Su corazón dio un vuelco, ese aroma… lo conocía, lo había sentido tenue tantas veces, agradable y cálido, pero causándole tal irritación que había llegado a odiarlo. Sin saber que era el aroma de él, de Gao Tu. Era la primera vez que su nariz y cerebro conectaban tal conocimiento, y la reacción fue tan diferente en su organismo.
El baño parecía vacío, pero un ruido leve, metálico, lo hizo girar la cabeza. Y entonces lo vio.
A unos metros, junto a la pared del fondo, la ventana estaba abierta de par en par, dejando entrar una corriente de aire frío del exterior, y Gao Tu estaba ahí, encaramado en el marco, con el cuerpo tenso y la respiración entrecortada.
Durante un segundo, Wenlang no pudo moverse. Todo se redujo a esa imagen, en la forma en que las manos del omega se aferraban al borde del marco, los ojos perdidos en el vacío más allá. El instinto Alfa gritó dentro de él, un rugido mudo que le atravesó las entrañas.
- ¡Gao Tu!
Su voz resonó fuerte, quebrando el silencio del lugar, el omega se sobresaltó, giró el rostro, y por un momento sus miradas se encontraron.
Wenlang vio en esos ojos todo lo que antes no había querido ver: el miedo, la desesperación, la culpa y también algo más, una tristeza tan profunda que lo hizo contener el aliento. Ese único segundo bastó para que entendiera sin palabras lo que estaba a punto de ocurrir.
-No…
Gao Tu vaciló apenas, los labios entreabiertos, pero no dijo nada, sus dedos se soltaron del marco.
Wenlang sintió cómo la sangre le golpeaba en los oídos, su cuerpo reaccionó antes que su mente, corrió, pero ya era tarde, no pudo atraparlo, el omega desapareció del otro lado de la ventana. Asomó la cabeza y alcanzó a verlo: Gao Tu corriendo entre los árboles del jardín trasero, tambaleante, decidido, como si la misma vida dependiera de esa huida.
Durante un instante, el Alfa no supo si respirar o gritar, su pecho ardía, su corazón golpeaba con una fuerza casi dolorosa. Y entonces con un solo rápido movimiento saltó tras él.
El salto lo sacudió entero. Cayó con fuerza al otro lado, el suelo húmedo amortiguando el impacto. Apenas se enderezó, ya lo vio: Gao Tu corría entre los árboles, la luz del atardecer filtrándose a través de las ramas y tiñendo su figura de oro y sombra.
Wenlang echó a correr tras él, el aire frío le cortaba el rostro, pero no le importaba, su corazón rugía en su pecho, una mezcla de adrenalina y miedo que no recordaba haber sentido nunca. Cada fibra de su cuerpo gritaba lo mismo: alcánzalo.
El Omega le llevaba algo de ventaja, moviéndose con una agilidad desesperada. No corría como alguien que buscara escapar de un malentendido. Corría como quien huye de un monstruo. Y eso, de algún modo, dolía más que cualquier herida.
- ¡Gao Tu! -gritó, su voz rasgando el aire.
No hubo respuesta. Solo el ruido sordo de los pasos del Omega y su respiración agitada. Wenlang apretó los dientes. Era un Alfa clase S; su cuerpo estaba hecho para la resistencia, para dominar cualquier terreno, para alcanzar lo que quisiera. Pero esa carrera se sentía distinta. Cada metro parecía empapado de culpa.
Lo veía trastabillar, tropezar apenas y seguir corriendo.
“Si no lo alcanzo ahora… no volveré a verlo.” El pensamiento lo atravesó con una claridad brutal. Lo sabía. Si Gao Tu lograba desaparecer otra vez, lo haría para siempre.
El instinto se mezcló con la angustia, con una necesidad primitiva de no perderlo. Apretó el paso, el corazón golpeando con fuerza. El traje, hecho a la medida, se volvía una carga. Con un movimiento brusco, se quitó el saco y lo arrojó al suelo sin detenerse. La camisa se le pegaba al cuerpo, empapada de sudor, pero siguió corriendo.
La distancia se redujo, podía escuchar la respiración del Omega, entrecortada, rota, estaba tan cerca que casi podía oír el latido de su corazón.
- ¡Detente! ¡Gao Tu, por favor!
El Omega giró un instante, lo suficiente para mirarlo con terror, y eso bastó para que su pie fallara un paso. Fue todo lo que Wenlang necesitó. En un movimiento rápido, su mano alcanzó el brazo de Gao Tu, sujetándolo con fuerza.
Sintió la piel caliente bajo sus dedos, el temblor que recorría ese cuerpo pequeño y tenso. Wenlang lo atrajo hacia sí, girándolo con rapidez, aunque sus manos temblaban de la fuerza que contenían.
Wenlang lo sostuvo, el cuerpo de Gao Tu encajando contra el suyo con un golpe seco.
El Omega forcejeó al instante, como un animal acorralado.
- ¡Suéltame! -gritó, retorciéndose con fuerza.
Intentaba zafarse, pateando, golpeando, desesperado. Sus movimientos eran torpes pero feroces, cargados de puro miedo.
Wenlang lo sujetó por los brazos, tratando de no lastimarlo, pero cada vez que intentaba calmarlo, Gao Tu se agitaba más.
- ¡Basta! -le dijo, la voz ronca, temblando entre la rabia y la súplica. - ¡No voy a soltarte!
El Omega se retorció aún más, los dedos arañando la manga de su camisa. De pronto, al verse sin salida, se inclinó y le mordió el brazo, con la fuerza desesperada de quien lucha por su vida.
El dolor hizo que Wenlang inhalara con violencia, pero no lo soltó. Su instinto Alfa rugió por dentro, una voz salvaje que exigía someterlo, inmovilizarlo, hacer que se quedara quieto. El corazón le golpeaba con furia, el aroma a salvia, impregnado de miedo, se volvió tan intenso que le nubló la mente.
- ¡Ya basta! -gritó de nuevo, más fuerte. - ¡No voy a soltarte, Gao Tu! ¡No voy a soltarte!
Pero el Omega solo comenzó a gritar con las palabras entrecortadas:
- ¡No! ¡No lo haré! ¡No voy a deshacerme de él! ¡No voy a dejar a mi bebé! ¡No puedes obligarme!
Cada frase era un latigazo directo al pecho de Wenlang. El Alfa lo miraba, desconcertado, intentando entender. El miedo en los ojos de Gao Tu no era por él, sino por el niño.
-Está bien… -Murmuró con voz entrecortada, bajando el tono, intentando alcanzarlo. - Nadie te va a obligar a nada, ¿me oyes? Está bien, A’Tu. Yo no voy a…
Pero no podía terminar la frase, el Omega ya no respondía, seguía temblando, respirando cada vez más rápido, los ojos muy abiertos sin mirar nada.
-Gao Tu… -dijo con alarma. -Mírame.
El cuerpo bajo sus manos empezó a perder fuerza. La respiración se volvió errática, un jadeo tras otro, hasta que simplemente se quebró.
Wenlang sintió cómo el peso del cuerpo se desplomaba entre sus brazos.
- ¡Gao Tu!
Lo sostuvo antes de que cayera al suelo. El Omega estaba completamente pálido, los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando con dificultad.
- ¡No, no, no…! -la voz de Wenlang se rompió mientras lo acomodaba en el suelo. - ¡Mírame! ¡Despierta!
Le tocó el rostro, el cuello, buscando su pulso con manos temblorosas. Estaba débil, apenas un hilo. El pánico lo invadió como un golpe físico.
- ¡Ayuda! -gritó, mirando a su alrededor, pero estaban solos. - ¡Necesito ayuda!
El eco se perdió entre los árboles.
Wenlang volvió a mirarlo. Gao Tu no se movía.
Por primera vez en su vida, el Alfa que nunca temía nada sintió un miedo absoluto.
Rapidamente sacó su teléfono del bolsillo con el corazón desbocado, repitiendo entre dientes como una oración rota mientras llamaba a emergencias:
-No me hagas esto… no me hagas esto, Gao Tu…
