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El cansancio era sencillamente insoportable. Había sido un vuelo de apenas un par de horas, pero la falta de sueño y el estrés de los últimos días empezaba a alcanzarlo.
Akaza solo quería darse un baño y dormir una semana entera, de ser posible.
Revisó su celular sin prestar demasiada atención mientras se dirigía a recoger su maleta. No había llevado muchas cosas; aun así, se tomó la molestia de acomodar sus pertenencias adecuadamente. Su padre había querido comprarle un par de camisas. Akaza nunca se había preocupado mucho por dar una buena impresión, o al menos no había considerado su ropa tan importante. Se las arreglaría con un poco de educación y alguna sonrisa forzada, es lo que se decía a sí mismo. A pesar de ello, si su padre quería que se vistiese bien, lo haría y no lo dejaría gastar un solo centavo en ello.
Ha llegado aquí por trabajo, lo último que desea es seguir siendo una carga para su padre, quien ha sacrificado tanto por él a pesar de todo.
Camina hasta llegar a dicho lugar, ve a muchos pasajeros ir y venir. Nunca le han gustado las multitudes, hoy no es la excepción.
[...]
Pasan un buen par de minutos, le toma un esfuerzo significativo buscar su maleta. Empieza a impacientarse, realmente necesita dormir, su cuerpo le ruega a gritos un descanso y no desea ignorarlo más tiempo.
Entonces lo ve. Ve su maleta, pero en las manos de alguien más.
Ni siquiera piensa antes de actuar, se acerca a grandes zancadas al tipo que se está llevando sus pertenencias.
Es solo cuestión de segundos para encontrarse con unos ojos tan brillantes como el fuego mismo.
[...]
Akaza realmente no cree que todo esto haya sido su culpa. Al menos, no únicamente la suya.
—¿Podría describir su maleta con precisión por favor? —habló el oficial frente a él, pero su mente estaba muy cansada para lidiar con esto.
—¿Vio a ese hombre tomar su maleta directamente, señor Soyama? —Intenta otra vez el sujeto, con más paciencia de la que Akaza esperaba, para ser honesto.
—Esa es mi maleta, la reconocí desde lejos. No sé quién sea él, solo lo vi tomar lo mío e intervine. —Fue toda la respuesta que brindó, intentando comportarse lo mejor posible ante el oficial que trataba de ayudarlo escuchando con calma su declaración.
Tal vez debió memorizar su nombre para poder agradecerle.
Al otro lado de la sala estaba ese hombre tan radiante como un amanecer, que, a su parecer, tenía también (incluso si era solo un poco) parte de la culpa de todo esto.
–¿Está seguro de que la maleta le pertenece, señor Rengoku? –Habló un segundo oficial que llevaba a cabo su propio interrogatorio a unas mesas de distancia, pero no lo suficientemente lejos como para que la interacción sea inaudible– ¿Revisó el equipaje antes de retirarse?
–No lo hice, la reconocí por su exterior y la tomé sin pensarlo dos veces -habló con sinceridad en sus palabras y una sonrisa en su rostro.
¿Cómo podía el tipo sonreír ahora que habían involucrado a la policía en esta tontería? Akaza suspira, decide contará hasta cien de ser necesario, quisiera tener la mitad de la paciencia que tiene el oficial frente a él. Porque si ese tipo le hubiese dado esa sonrisa hace veinte minutos en lugar de ignorar sus llamados y seguir de largo las cosas podrían haberse solucionado de una manera más sencilla.
Una que no involucrara policías, siquiera.
—¿Podría describirme qué lleva en la maleta, señor Soyama?
El interrogatorio se extiende unos minutos más.
[...]
La maleta, que había sido retenida momentáneamente, fue traída de vuelta y era momento de la verdad.
Luego de tomar ambas declaraciones el interior de la maleta fue revelado ante la mirada atenta de los involucrados.
Ropa formal, de un solo vistazo sabe que es más costosa de la que podría permitirse. Un kit de aseo personal que, ciertamente, no es el suyo. Un par de cinturones también de apariencia lujosa y otros objetos forman parte del interior de la maleta que, ahora sabe, nunca le perteneció.
Pero por encima de todas estas cosas reposa un paquete de galletas con una nota pegada:
"Ten un buen viaje Kyojuro. No hace falta que nos traigas nada. Disfruta.
–Mamá".
Oh.
Bueno, Akaza ni siquiera sabe cómo sentirse.
El cansancio había desatado en él una molestia que no lo había dejado relajarse ni un solo instante hasta ahora. Luego estuvo la vergüenza de haberse equivocado y finalmente esto.
¿Qué se suponía que era esto?
Es gracioso que, si lo piensa, esas galletas posiblemente sean el único lujo que podría darse de todo lo que hay en esa maleta. En realidad, la marca de esas galletas es la única que logra reconocer de los diversos artículos ahora expuestos.
—Bueno... al menos tu mamá tiene un buen gusto en galletas —dijo tratando de aliviar el ambiente.
Se da cuenta de que funciona cuando escucha a su lado una risa, provocada tal vez más por el repentino cambio en su interacción que por el comentario mismo.
—En realidad son mis favoritas —responde Kyojuro con una sonrisa distinta, un poco menos educada, un poco más cariñosa.
Realmente debe amar a su familia para mostrar un cambio así con una breve mención de ella.
Cree que eso es algo con lo que puede identificarse.
Hay un pequeño momento, una mirada entre ellos, breve, pero cargada de compresión.
—Parece que todo esto fue solo un malentendido. —El primer oficial rompe el silencio que se había instaurado luego de las risas. —Para la próxima les recomiendo estar más atentos y revisar las etiquetas primero... o podrían casarse y compartir maleta —bromea guiñándole el ojo al segundo oficial, quien estalla en carcajadas.
Incómodo. Un pésimo chiste, si le preguntas a Akaza, pero nota que el comentario no desanima Kyojuro así que le sigue el juego a aquel tipo.
—Eso nos facilitaría las cosas —le dice a Kyojuro en un tono burlón ahora que ya no siente el más mínimo rastro de sueño o cansancio.
El hombre de cabello dorado y rojizo le dedica otra sonrisa antes de responder con entusiasmo.
—¡Siempre y cuando no intentes quedarte con mis galletas!
[...]
Los oficiales acompañan a Akaza a recoger su maleta. Una vez hecho lo despiden.
Se apresura a alcanzar a Kyojuro, a quien vio dirigirse al patio de comida.
—¿Puedo invitarte un café? Si no tienes prisa, claro —propone apareciendo a su lado de repente. –Tómalo como un disculpa por todo el dolor de cabeza que te di.
—¡No te preocupes! —exclamó alegremente. —Podría haberle sucedido a cualquiera, pero acepto tu invitación.
La respuesta no tenía maldad alguna, pero está muy seguro de que había cierta picardía en ella.
—Por cierto, lamento no haberme presentado correctamente. Mi nombre es Akaza Soyama —anuncia extendiendo la mano.
—Soy Kyojuro Rengoku —responde aceptando el gesto.
Akaza no puede contener la sonrisa que se le escapa. Se sientan a hablar de todo y de nada realmente, le cuenta a Kyojuro el motivo de su viaje y descubre que él ha venido para asistir a la boda de un amigo. Se ríen de sí mismos y de cómo parecieron niños dando sus quejas a la maestra de preescolar en ese interrogatorio más que innecesario. Akaza se siente más tonto aún cuando Kyojuro confiesa no haber escuchado sus llamados al inicio por un problema de audición y que no lo estaba ignorando intencionalmente.
Una vez que tienen que despedirse Akaza tiene que ingeniárselas para conseguir el número de Kyojuro sin quedar todavía más como un idiota. Cree que lo consigue con relativo éxito.
Tal vez no le haya dado a Kyojuro la mejor impresión, pero no importa, se encargará de hacer que cada momento a partir de ahora cuente.
Después de todo, compartir una maleta no suena tan mal.
