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Tōrō Nagashi

Summary:

Akaza ha vivido incontables lunas y sabe que vivirá muchas más, pero solo una noche lo marcó para la eternidad. Aquella noche, los rayos del sol no tocaron su piel, pero fue bañado por la calidez de una llama que se consumió cumpliendo con su deber. Los demonios no necesitan calor, pero desde que esa luz se extinguió, el frío de la noche pesa como nunca antes.

O: Akaza lamenta la muerte de Kyojuro, a pesar de no arrepentirse por completo.

Notes:

Se suponía que esto sería más apegado al canon, pero ya no es el caso.

Transcurre años después de la muerte de Kyojuro, por lo que los arcos posteriores al Tren Infinito no ocurren o se llevan a cabo de una manera distinta, siéntete libre de pensarlo como quieras.

Esto no incluye realmente un Hakuji x Koyuki, pero hay una muy vaga mención de ello al final, así que dejo esta nota por si acaso.

Además, el nombre del fic pertenece a un festival real, por si alguno desea informarse un poco aunque no es necesario que conozcas de la ceremonia para entender esto.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Las multitudes son molestas, por decir lo menos.

Está lejos de las calles atiborradas de gente, pero incluso desde la distancia puede escuchar la música, el golpeteo de los tambores que acompañan las danzas y la recitación de cantos solemnes y mantras. Nunca se interesa mucho por las actividades humanas. No cree precisamente en el más allá y en la voluntad de los dioses, duda haberlo hecho incluso cuando era humano, pero no podría decirlo con certeza.

Ahora mismo no se ve como él, no luce como lo hace la Tercera Luna Superior, ahora es simplemente un joven de tez pálida, con cabello y ojos tan negros como la noche. Podría pasar desapercibido entre todas esas personas, pero no es su intención. Sabe que mezclarse con los humanos no le hará sentirse más como uno. Aún así, hay algo que lo impulsa, que lo mueve a actuar, que hace parecer que sus pies tienen vida propia cuando lo traen devuelta a estos festivales y no importa cuánto intente ignorarlo, es consciente de lo que es.

Culpa. Una culpa silenciosa con la que ha aprendido a cargar.

Ya ha intentado convencerse de que sus acciones fueron necesarias. Nunca funciona. No realmente. El bullicio del pueblo nunca disminuye, le recuerda qué hace allí, que su viaje no ha sido en busca de alimento, sino de algún tipo de consuelo, aunque no está seguro de si el consuelo que tanto busca lo quiere para él.

Continúa observando, sin llevar una cuenta real de los minutos que deja pasar, no es que le preocupe, apenas había anochecido, el tiempo no sería un problema real. Cuando las personas empiezan a dirigirse a la orilla del río con sus linternas de papel intuye que es momento de preparar la suya, que había estado descansando a su lado después de que se la compró a una abuelita en el camino. Es tonto, pero siente que incluso un gesto tan insignificante como comprar la linterna en lugar de hurtarla del puesto de aquella mujer es algo que le habría agradado a Kyojuro.

Kyojuro.

Más allá de sus recuerdos como humano, a lo largo de su vida como demonio no ha habido algo lo suficientemente significativo para que sea recordado con tanta claridad como recuerda el rostro de Kyojuro, sus palabras, su voz y, por supuesto, su increíble espíritu, uno que nunca tuvo comparación. Habría sido una pena ver todo ese potencial siendo desaprovechado cuando podía tener la eternidad para perfeccionarse.

Toma la linterna de papel, luego de pensarlo unos momentos se decide y empieza a escribir.

[...]

Las calles empiezan a vaciarse lentamente, la gente se dirige a dejar sus linternas y quienes ya lo han hecho se retiran para abrir paso a los demás.

Escucha las conversaciones de las personas a su alrededor, historias de familias que en un siglo nadie recordará y sabe que él mismo, una vez que desaparezca, no será la excepción. Se sienta a la orilla del río, bastante apartado de los demás. Se toma su tiempo, se convierte en un espectador y observa el paisaje como si viese una pintura, como si no estuviese allí en primer lugar. Es una noche cálida de verano, el cielo está despejado y, aunque esta noche los faroles se llevan el protagonismo, Akaza siempre ha disfrutado mirarlo, como si buscara una respuesta en él.

No es su intención enterarse de las desdichas en las vidas ajenas, pero las palabras de unas niñas a unos metros de distancia captan su atención.

—Ukita-san dijo que cuando las personas mueren se convierten en estrellas y que las estrellas más brillantes fueron las personas más bondadosas. —Habló la mayor de las niñas apuntando al cielo sobre ellos. —¡Entonces mamá debe ser una de las más luminosas! —Exclama con alegría cuando gira su rostro para ver a su hermana menor, una niña que apenas puede mantenerse de pie por su cuenta.

Akaza no se burla, no realmente. Cree que es mejor para ellas verlo así, no es como si él pudiera ofrecerles un mejor consuelo que un cuento de niños.

Pero él no es un niño. No cree en esas palabras. Porque si, los muertos realmente se convirtieran en estrellas, Kyojuro estaría en lo más alto del firmamento. Y si las almas puras brillaran con más intensidad, su luz eclipsaría incluso al sol.

Akaza no se burla porque está muy seguro de que a Kyojuro le habría molestado que se riera de unas niñas que han perdido a su madre.

Siempre se pregunta cómo había sido un Kyojuro mucho más joven ¿Estaba igual de comprometido con la idea de proteger a los débiles? ¿Era un niño miedoso que se escondía tras las faldas de su madre? ¿O él mismo había escogido desde temprana edad volverse un cazador de demonios? Tal vez siguiendo el ejemplo de alguien más. ¿Había dado a sus padres los sustos y dolores de cabeza que los niños dan con sus travesuras? ¿Había creído en cuentos dulces y esperanzadores como aquellas niñas? Son preguntas que nunca podrá responder, ni siquiera se ha dedicado a buscar activamente vagas respuestas. Nunca intentó buscar más sobre la vida personal del Hashira, siente que si lo hace robará una parte de Kyojuro que nunca le habría mostrado voluntariamente, la simple idea lo enferma.

El tiempo se derrama mientras está perdido en sus propios pensamientos, la gente se mueve, su entorno cambia. Para cuando echa un vistazo las niñas ya se han ido, no sabe si se fueron solas o si alguien más vino por ellas. Ya no importa. Quedan pocas personas, algunas esperaron a que el lugar se vaciara para poder tener un momento más íntimo recordando a sus seres queridos, otros tal vez prolongando el ritual lo más posible, no queriendo dar un adiós. Akaza cree que puede identificarse con ambos.

Akaza cree que podría burlarse de sí mismo, es casi estúpido como teniendo para él una infinidad de noches su mente siempre lo llevará a aquella que lo marcó para siempre. No se arrepiente de esa noche, simplemente no puede hacerlo, pero eso no significa que esté contento con el resultado. No se arrepiente de su enfrentamiento, pero sabe que Kyojuro merecía algo más que morir por sus manos y es ese conocimiento lo que lo carcome y lo destruye por adentro.

Un dolor que en su pecho que lo atormenta más que cualquier golpe, uno que quema más contra su piel de lo que lo hace cualquier espada. Un dolor que ha estado allí por siglos, que nació hace toda una vida y que nunca ha podido apaciguar. Un dolor que, sabe, debe haber tenido un nombre y un rostro que, patéticamente, ya no recuerda. Un dolor que después de ver los fuegos artificiales cientos de veces no ha hecho nada más que crecer. Y hay un nuevo dolor, de cabello dorado y voz firme, uno que tiene tan presente que no sabe si es mejor el recuerdo que el olvido.

Toma entre sus manos la linterna que había dejado olvidada todo este tiempo, decidido a ponerle fin a este martirio al que se somete a sí mismo siempre que vuelve a festivales llenos de personas más fuertes de lo que él jamás será. Personas que aceptan la pérdida y aprenden a vivir con el dolor de la misma. Algo que Akaza nunca pudo conseguir.

Suelta el farol, la llama de la vela titila unos instantes. Cuando ha logrado estabilizarse en el agua se mueve junto con las demás como si supiera cuál es su destino.

Se levanta, dispuesto a irse del pequeño pueblo lo antes posible. Tiene un deseo, pero a diferencia de la mayoría de las personas de aquí no tiene lágrimas que derramar, ni oraciones que dirigir, así que se marcha sin ver atrás.

En el río, una linterna arde entre muchas otras.

Kyojuro Rengoku.

Lo siento.

Notes:

Vaya deseo más complicado. Perdonar no es fácil, aunque Kyojuro habría perdonado a Hakuji, Akaza no es capaz de perdonarse a sí mismo.

Lamento que esto sea corto también y que haya llegado tan tarde, pero la falta de sueño pudo más así que revisaré esto más adelante.

Y bueno, seguimos la perspectiva de Akaza, otra vez jajaja

Esto fue algo nuevo de escribir, digo, no suelo tocar mucho el angst a la hora de escribir, menos si involucra a mis personajes favoritos, de cualquier manera espero no haya sido tan aburrido de leer.

Cualquier crítica o comentario es bienvenida!

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