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Rin entró como un vendaval a la habitación de Sae, abriendo y cerrando la puerta detrás de sí tan rápido como había llegado. Su rostro estaba pálido y su respiración agitada mientras deslizaba la espalda hasta el suelo.
Desde la mesa de su escritorio Sae lo juzgaba con expresión crítica.
—Qué.
—Ah-
Sae enarcó más una ceja. Rin tomó aire, serenándose y levantándose, incluso se sacudió un poco el polvo aclarando su garganta.
—No… nada.
—Rin, estás asustado.
Sentenció Sae, girando por completo las ruedas de su silla para encararlo. Pues aunque Rin parecía intentar fingir que no, claramente estaba asustado pero no iba a admitir que su acto reflejo más natural fue correr a donde su hermano mayor. Diablos, ya tenía doce, no iba a hacer el ridículo frente a él.
—¿Yo? No.
—Ajá.
Sae se levantó de su asiento y se acercó a encararlo, aún le sacaba unos centímetros de altura. Vaya hermano menor suyo, cuando creciera la diferencia sería mucho más marcada entre ellos y entonces seguramente tendría que ver a Rin desde arriba hacia abajo.
Pero ahora podía mirarlo cara a cara.
—¿Qué pasó? ¿Estuviste viendo películas de terror otra vez?
—No —aseguró Rin—. Esas no me dan miedo…
Ah diablos. Acaba de admitir que sí tuvo miedo. Sae pareció hallar esto como una pequeña victoria mientras se acercaba casi a rozar su nariz para intimidarlo.
—¿Entonces? Qué asustó tanto al valiente Rin.
Era difícil de explicar. Más cuando Sae estaba tan cerca y su impulso primario fue alejarlo para que dejara de ponerlo más nervioso.
—Pues…
Sae no esperaba terminar en el cuarto de Rin frente al monitor que proyectaba un juego de gráficos un tanto rudimentarios. Levantó una ceja en su dirección.
—¿Esto te da miedo?
—No lo entiendes, es realmente inmersivo.
Sae se quedó viendo el menú del juego, ciertamente parecía proyectar una ciudad desierta y unos cuantos cuervos graznaban de fondo. Sin embargo, no le parecía gran cosa.
—Es solo un juego, Rin.
Rin frunció la nariz en su dirección, aunque esa respuesta le acababa de dar una mejor idea.
—¿Por qué no lo pruebas? Es cierto, es solo un juego y esto no es nada para el todopoderoso Sae Itoshi.
La vena en la frente de Sae saltó, entendía la clara provocación. Y aunque respondió cruzando una mirada amenazante con Rin e iba a decir que no tenía tiempo para tonterías, el menor parecía saber que estaba por dar el brazo a torcer y presionó.
—Qué pasa hermano, no me digas que te da miedo.
Sae respondió con una patada y arrancando el mando de juegos de las manos de Rin.
—Te mostraré cómo se hace y besarás mis pies por pasar tu estúpido juego por ti.
—Claro, lo que digas.
De cualquier modo no parecía la gran cosa. Sae, con su habitual actitud desinteresada abrió un nuevo archivo de juego y puso su nombre en él. La partida de Rin ya estaba avanzada, solo debía comenzar desde donde él se había quedado pero con la facilidad de que podía hacer cuantos guardados quisiera. Bien, eso iba a ser rápido.
El juego era en primera persona, no podías ver el cuerpo del personaje y parte de la pantalla solo tenía el arma que sostuviera, por defecto una palanca de acero. En este caso había puesto una de las armas de fuego, la más grande. Sae no tenía idea de cómo se llamaba.
—Te quedarás sin balas pronto si usas esa.
—Cierra la boca Rin, quieres que juegue o no.
Rin aceptó callarse aunque su rostro no estaba satisfecho. Al final ambos miraron a la pantalla, Sae avanzaba por esos caminos desolados y donde el silencio parecía cada vez más abrumador. Un extraño sonido se escuchó, pero solo era un cuervo que había salido de un basurero. Nada extraño. Sae avanzó entre las estructuras marginales de aquel lugar vacío.
—Y bueno de qué diablos trata este juego, no hay nadie. ¿Se murieron todos o es otro Silent Hill?
Rin no le respondió. Sae enarcó una ceja en su dirección.
—Qué. Me mandaste a callar.
Sae codeó a Rin mientras aún seguía moviendo a su personaje.
—Háblame cuando te hablo.
—Sí, su majestad.
La trama venía desde el juego anterior, ya que esa era la segunda parte. Según Rin, la primera le habría causado convulsiones a Sae; quien solía ser menos tolerante a los ruidos repetitivos y colores fuertes. En general trataba de que seres del espacio habían invadido luego de salir de un tal-lugar subterráneo donde experimentaban con ellos.
Sae dejó de prestar atención a la explicación cuando sintió el mando vibrar y el entorno remecer con un sonido profundo. Oh. Era una… ¿Campana?
Rin a su lado pareció sonreír de autosuficiencia.
—¿Qué? ¿Te asustó?
—Claro que no.
Antes de que Rin se ganara otro golpe, repentinamente y mientras golpeaba unas cajas de basura por suministros, una cosa que los ojos de Sae no alcanzaron a definir como normal le saltó encima a su personaje. El sonido de daño cortaba como un puñal en sus oídos. La cosa sin ojos pero con patas afiladas y cuerpo redondeado era; según Rin, un “bicho común” en el juego. A Sae le pareció asqueroso y repulsivo, lo exterminó a más golpes con la palanca de los necesarios antes de volver en sí.
Rin a su lado aún sonreía igual que antes, incluso un poco más petulante.
—No me dio miedo sino asco. Es como una cucaracha.
—Yo diría que parece un ácaro gigante.
—Como sea, que asco. No me digas que come cerebros o algo así.
Porque el bicho ese estaba intentando saltarle directamente a los ojos. Demasiado repulsivo. Rin no respondió y Sae continuó su ruta por caminos estrechos donde solo había silencio, pero dado su proclamado rechazo a lo que llamó “cucaácaros” les había comenzado a disparar en medio salto antes de que llegaran a bajarle vida. Rin debía admitir que su puntería era muy buena. Aunque tal cual había predicho, gastó sus balas antes de terminar entrando al nuevo punto de salvado. El juego era así, no podías elegir donde guardar la partida y había puntos de guardado donde se volvía imposible volver por donde antes habías cruzado. Así fue como Sae terminó entrando en un cuarto de alguna casa abandonada porque no había ya otra ruta. La puerta se cerró detrás de sí, el juego se guardó y escuchó el seguro atorarse. Como acto reflejo dio media vuelta pero efectivamente estaba cerrado, ni golpeando la puerta con la palanca la movía.
—Tiene mala pinta.
—Bueno si te encierras así, siempre tendrá mala pinta.
Sae fulminó a Rin con la mirada, el mocoso parecía disfrutar tenerlo perdiendo el tiempo con sus juegos. De cualquier modo solo podía seguir adelante pero… en ese lugar, entre la basura y las cosas tiradas habían varios cuerpo regados. Los golpeó un par de veces con la palanca para asegurarse de que no se levantaran, por sea caso. Dio un par de vueltas intentando hallar una salida, pero ambas puertas estaban cerradas y por supuesto que no pensaba preguntarle a Rin. Ya estaba por moler a palancazos la nueva puerta sellada cuando un sonido a sus espaldas lo distrajo, la varilla de metal de un ducto de aire se fue directo al piso y bajaron de allí muchísimos cucaácaros que, al notarlo, claramente comenzaron a perseguirlo entre saltos y chillidos, Sae; que declaraba su gran asco por estos, intentaba evitar que lo llegaran a “tocar” corriendo en círculos pero era más difícil atinarles solo con la palanca de cerca. De cualquier modo se deshizo de varios de ese modo antes de notar que una de los asquerosos seres efectivamente se había terminado engrampando a la cabeza de uno de los cuerpos y éste, comenzó a lanzar gemidos de dolor- ¿Cómo se explicaba eso? ¿Terminaciones nerviosas? Quién diablos sabía, quizá el bicho también se adueñaba de cuerdas vocales. Lo cierto era que los chillidos eran desesperados y lastimeros mientras el cuerpo trataba de acercarse a él. Sae recogió cosas del entorno y se las lanzó inútilmente, lo entendía, era un maldito zombi que por su lentitud apenas y lograría tocarlo de no ser porque Sae estaba desesperado y no quería que se acercara más. Al final terminó dándole a muchos palancazos antes de verlo caer al suelo y tener que rematar al parásito que salió de la cabeza.
Su corazón estaba agitado. Pero antes de que pudiera descansar escuchó gemidos de dolor del otro lado de la puerta cerrada. Y un estruendo. Una mano, no. Varias manos entraban intentando alcanzar lo que estuviera dentro y ah, el sonido… el sonido eran chillidos y gemidos de seres que parecían desesperados como si estuvieran en matadero. Quizá estaban… ¿Muertos de hambre?
Rin, al notar que su hermano se había quedado tieso tomó el mando y buscó otra de las armas. La que no había parecido importarle a Sae, pero como no quería sus consejos no había insistido.
—El arma de gravedad. Mira el piso, Sae.
El piso. El piso… había… ¿Qué había en el piso? Eran… ¿Sierras? Una especie de sierras de forma redonda, como las que quizá usaban en las carnicerías. Estaban regadas en el piso del lugar. Usó entonces el arma de gravedad esa y las sierras levitaron, a cierta distancia, como un arma giratoria que daba mil vueltas.
La puerta se abrió y muchos zombis de chillidos dolorosos entraron, eran un tanto más veloces que los anteriores y estaban apresurados por acercársele. Sae lanzó las sierras a varios, uno a uno intentando que dejaran de moverse, pero al partirlos en dos seguían arrastrándose por el suelo.
Ese fue el primer grito que pegó, porque una de las criaturas estaba intentando reptar por su pierna.
—¡Quítamelo de encima! ¡Quítamelo!
Rin obedeció, tomó el mando y cambió el arma a la palanca de metal para golpear de cerca hasta que la cosa dejó de moverse.
Sae a su lado, seguía en trance.
—¿Por qué diablos los sonidos son tan reales, de dónde sacaron esos audios los creadores de este maldito juego?
Sae, palido, había lanzado su queja formal para regular su mente. Pero antes de que pudiera estar completamente tranquilo más gritos y chillidos se escucharon… más lejanos pero poco a poco haciéndose más audible…
—Qué mierda…
Rin le tendió el mando. Sae lo tomó con la curiosidad mal sana que todo ser humano parece tener ante situaciones incomprensibles, pero se había quedado tieso en medio del cuarto vacío. Poco a poco asomado al personaje a ver qué había fuera…
Incendios repartidos por sectores a lo lejos… ruinas… neumáticos que causaban humaredas grandes que se elevaban al cielo. Algunas paredes rotas y… vagando por todo el sitio, aquellas criaturas que chillaban entre lamentos de dolor y angustia, giraban por el entorno maldito como si se tratara de alguna festividad macabra.
Sae tomó aire. Las venas en su cabeza estaban saltando.
—No tienes que hacerlo, solo admite que gané esta vez. El juego sí da miedo.
Rin no estaba intentando provocarlo, de hecho había usado un tono conciliador… fue Sae quien lo tomó como una afrenta directa con el ardor de su ego siendo amenazado. ¿Admitir la derrota? ¿Perder? Ni hablar.
—Cállate.
Dicho eso tomó una de las sierras y salió envalentonado fuera de su refugio, tan distraído que no notó que solo al costado ya había un zombi que se mantuvo silencioso y que solo comenzó a chillar al verlo lanzándosele encima y causando que la pantalla del monitor se tiñera de rojo una y otra vez por los consecutivos ataques de sus garras. Sae trataba de cambiar rápido al arma cercana pero en su desesperación la pasaba una y otra vez y no lograba seleccionarla.
Luego un pitido agudo indefinido como el de las máquinas de vida de un hospital. La mirada de su personaje había terminado en el suelo y el zombi caminaba a su lado, ya desinteresado en su inanimado cadáver. En medio de la pantalla el famoso “Game over” en letras blancas legibles.
Sae se puso de pie.
Había perdido.
Per-di-do.
Perdido. Como cuando los malditos helados se burlaban de su suerte.
Rin se levantó también, haciendo de menos la situación.
—Bueno, ya está. ¿Quieres comer algo?
La mirada de Sae estaba inyectada en sangre. Rin se alejó unos centímetros. Sae ya se le había lanzado encima con todas las ganas de desahogar su frustración a golpes, pero su pantufla resbaló y Rin solo vio el rostro realmente desconcertado de Sae antes de que cayera chocando la cabeza fuertemente contra él.
Luego solo hubo oscuridad.
