Chapter Text
Charlie era algo así como una fracasada.
Okey, eso podría ser muy cruel. Y ella no era cruel, asique pensar así no se sentía correcto. Pero, al mismo tiempo, no sentía que hubiera otra palabra para definirla.
Ella era una mujer adulta. Con una vida adulta promedio. Nada muy extraordinario que contar, pero era buena. A Charlie le encantaba.
Nunca había sido una gran fan del escándalo o ser el centro de atención. Quizás tenía que ver con el hecho de que era una hija única que nació en cuna de oro con unos padres muy amorosos que siempre le dieron todo lo que ella quería. Charlie siempre fue el centro del universo de sus padres.
Sin embargo, era casi que una obligación eso.
Claro, es cierto que hay padres de mierda. Pero la base de ser padre es que dejas de ser prioridad para que toda tu atención este en tus hijos. En el caso de Charlie, sus padres cumplieron eso al pie de la letra. Siempre tuvo toda su atención. Pero, como ya se dijo, eso era lo esperable.
Conforme fue creciendo, Charlie empezó a querer ser el centro del universo de alguien que no estuviera obligado a quererla. No es que sus padres estuvieran obligados, pero… Si, estaban un poco obligados a quererla.
Era un amor hermoso, aunque para Charlie siempre fue más hermoso ver como sus padres eran los que se amaban.
Lucifer y Lilith Morningstar fueron, desde el inicio, la definición de amor para Charlie.
Creció viendo como su padre llegaba con flores un jueves cualquiera para su madre. No era un ramo grande. De hecho, lo normal es que fuera una sola flor con un lazo pequeño que él mismo ataba, donde le había escrito un mensaje corto. Se la daba con cariño y siempre parecía un poco avergonzado y esperanzado, como si fuera la primera vez que le daba una flor a la mujer con la que ya tenía años de matrimonio.
Creció viendo como su madre cocinaba la comida favorita de su padre luego de que él hubiera estado encerrado en su taller por dos días. No lo llamaba. Simplemente jugueteaba y dejaba que el olor de la comida lo trajera solito a la cocina. Y cuando él aparecía, ella le daba un beso en la frente y le servía el plato más grande.
Creció viéndolos bailar en pijama porque podían y querían hacerlo. Aunque no había música, aunque ya era muy tarde, aunque parecían tener tanto sueño que se tambaleaban y chocaban un poco. Ellos se reían y se besaban y se miraban con un brillo en sus ojos que Charlie siempre relacionó al amor verdadero.
¿Cómo podían no esperar que ella fuera una romántica sin remedio? Moría por el romance de los libros, de los comics, de las películas. Pero vivía por el romance de sus padres.
No veía esa clase de amor en las películas. Donde todo eran gestos exagerados y maravillosos. No. Charlie aprendió a ver el amor en como su padre hacia patitos de goma y siempre le daba el primero a su esposa o como su madre le cocía la ropa rasgada a su padre sin que él se lo pidiera.
Aprendió a verlo en la cotidianidad, en la presencia, en la certeza constante de que ambos estaban ahí, juntos, siempre. Con ella en el medio. Siempre eran ellos dos con sus ojos brillantes mirándose como si no pudieran creer que habían podido vivir otro día junto a la persona que tanto amaban.
Charlie siempre quiso tener eso. Quería vivir lo que sus padres vivían. Y lo quería tanto que desde los cinco años empezó a planear una boda perfecta, con muchos invitados y comida y una pareja encantadora que la miraría con el mismo brillo con el que se miran sus padres.
Sin embargo, esa persona, nunca llegó.
•••
Había algo particularmente tenso en ella desde que tomó la invitación.
Era suave, liza y muy elegante, con las puntas del sobre cuadrado redondeadas. Charlie lo sostuvo entre sus manos, ya sabiendo lo que había dentro, sintiendo cómo el peso del papel se convertía en un peso sobre su pecho.
Con una uña cuidadosamente pintada de negro, lo abrió.
La tarjeta estaba escrita en caligrafía cursiva, dorada con los bordes plateados como adorno, impresa en relieve. Era muy elegante.
"Después de cinco años de risas, viajes y tardes de café, finalmente decimos SÍ.
Juntas con nuestras familias,
Emily Blythe y Vaggie Renovales
Tienen el honor de invitarte a celebrar su boda..."
La sonrisa de Charlie no tardo en hacerse presente. Una sonrisa instantánea, genuina y cálida.
¡Emily se iba a casar!
Su prima materna favorita. Su prima, en general, favorita. Su casi hermana. Se iba a casar. De una vez y para siempre.
Con Vaggie.
Ella era especial para Charlie. Como, ya sabes, muy especial. Ese nivel de especial donde piensas que lo único que quieres hacer el resto de tu vida es ver a esa persona reír porque su risa es preciosa. Si, a ese nivel donde tu cara se pone roja y tus ojos brillan porque no puedes creer que esa persona, en serio, está ahí a tu lado.
A ese nivel en el que, en serio, te gusta esa persona.
Se conocieron en la universidad. Distintas carreras, pero concordaban bastante en la cafetería, aunque no hablaban mucho. Realmente empezaron a socializar en un grupo de voluntariado en primer semestre. Vaggie estudiaba derecho y era una activista muy activa incluso antes de entrar a la universidad. Charlie era nueva, una novata, que al ver a Vaggie decidió que quería seguirla a todos lados.
Luego, ya no iban a ningún lado sin la otra. No había Charlie sin Vaggie ni Vaggie sin Charlie. Eran inseparables. Mejores amigas. Casi hermanas.
Solo que, para Charlie, Vaggie nunca fue eso. O si lo fue, pero de otra forma. De una forma más romántica.
Y, ahora, su prima se iba a casar con Vaggie. Con esa Vaggie. La Vaggie que una vez le dijo que era muy blanda para ser psicóloga. Esa Vaggie con la que compartió una cerveza cuando no dejaba de llorar por haber dado una ponencia en la que solo supo tartamudear. Esa Vaggie por la que, en algún momento entre el tercer café de la noche y un examen final, Charlie había desarrollado un cariño tan profundo y silencioso que le quemaba por dentro.
Okey. Era frustrante. Doloroso. Y patético.
Ella misma había sido quien presentó a las, ahora, futuras esposas. Desde el primer momento que se vieron, Charlie supo que ellas dos iban a terminar juntas, porque tenían ese algo que se lo decía. ¡Cosa que si pasó al final!
Vaggie iba a casarse. Con Emily.
Y Charlie estaba feliz por ellas. De verdad que lo estaba. Eran perfectas la una para la otra. Emily con su luz solar y Vaggie con su luna práctica. Se merecían todo el amor del mundo. Quizás más.
Aun así, dolió un poquito.
•••
Charlie fue, en realidad, la primera persona en saber que ellas dos se iban a casar.
Emily la había llamado llorando una tarde de abril para decirle que Vaggie había dicho que si a la propuesta. Fue lo único que pudo entender entre tantos hipidos y lágrimas que parecían traspasar el teléfono.
―¡Oh, Charlie, estoy tan feliz…! ¡Dijo que si y lucía tan hermosa! ¡No puedo dejar de llorar, perdón! ¡Ay, dijo que si!
Algo así fue.
Charlie lloró, porque, ¿cómo no llorar? Estaba feliz por su prima. Y siempre ha amado las bodas. Y el romance. Y todo lo lindo que envuelve al amor.
Y una de las personas que más quería lo iba a disfrutar.
Era razón suficiente para estar feliz.
•••
Ahora bien.
La invitación a la boda fue lo peor que le pudo haber pasado. Bueno, quizás exageraba. Pero si era algo muy malo. Para ella. Específicamente para ella. Específicamente para Charlie.
El problema no era la boda. El problema era la soltería perpetua de la invitada de honor número uno.
A sus veintinueve años, a solo seis meses de cruzar la línea psicológica de los treinta, Charlie era muchas cosas:
La hija amable de Lucifer y Lilith. La directora de un pequeño y siempre al borde del fracaso refugio comunitario. Una amiga leal. Una optimista incansable. Era un remolino de faldas vaporosas, pantalones acampanados, escotes que presumían un busto generoso, como decía su madre, peinados rubios elaborados que desafían la gravedad, y una colección de suéteres de lana que olían a galletas de canela.
Era, en esencia, abrazable. Adorable, como una muñeca de porcelana cálida y con pecas, porque, claro que sí, tenía pecas.
Pero nunca, en toda su vida, había sido una novia.
Nunca. Cero. Nada.
Menos que nada. Menos que cero. Menos que cualquier cosa.
No era por falta de deseo. ¡Dios, no! Charlie anhelaba el amor con la intensidad de una estrella de cine mudo. Anhelaba un romance de cuento con una conexión verdadera. Pero el cuento parecía haberse saltado su página.
Soñaba con manos entrelazadas, con miradas cómplices sobre la mesa del desayuno, con alguien con quien quejarse de los impuestos. Una persona a la que cocinarle un mal desayuno porque ella no sabía cocinar, y aun así hacerlo porque quiere hacer feliz a su pareja. Quizás un chico lindo que le dijera que tenían que ir a salvar perritos callejeros. O una chica linda que le dijera que tenían que ir a salvar perritos callejeros.
Ella en serio quiere salvar perritos callejeros.
Pero su historia de amor era un pergamino en blanco. Un cuento inexistente. Una anécdota que nadie quería contar porque, cuando más años pasaban, más pena daba.
Hubo un par de garabatos torpes en los márgenes: un casi-nada en la secundaria que se esfumó tras el baile de graduación al que ni asistió, una compañera de universidad que le rompió el corazón sin siquiera darse cuenta, una compañera del trabajo que dejó de escribirle cuando fue trasferida a otro edificio; pero nunca el texto principal. Nunca la relación.
Había sido la "mejor amiga", la "confidente", la chica que cuidaba los bolsos en las fiestas para que las demás pudieran bailar y besarse libremente, la divertida que tenía dinero y podía llevar a cuatro parejas a cenar mientras ella solo se divertía siendo la novena rueda.
El amor simplemente… no había sucedido.
Y estaba bien, porque Charlie nunca necesitó de una pareja para estar completa. Claro que no. Pero, entre tanto papeleo y cafés azucarados, siempre pensó que era linda la idea de tener a alguien a su lado a quien abrazar mientras se quejaba de que no habían rescatado a ningún perrito callejero aún.
Entonces, no tener pareja era una idea, cuanto menos, amarga. Triste. Pero no terrible. O no lo era hasta que llegó la invitación.
Ahora, tenía que ir a la boda de su prima y de la chica de la que estuvo enamorada. Sola. De nuevo.
Ya podía oír los comentarios en la elegante recepción, susurrados entre copas de champagne.
"¿Charlie, tan dulce y todavía sola? Qué raro."
"A su edad, Lilith ya estaba casada y con ella."
"¿Tanto le cuesta encontrar a alguien? Con lo simpática que es..."
Charlie aun no entendía como su tía Susan podía conseguir que una palabra tan linda como “simpática” se sintiera como un insulto a ella y a todas las mujeres que no tenían pareja.
Porque, claro que sí, los solteros existen. Los aroace también. Hay muchas personas que no quieren tener pareja. Y eso está bien.
Pero el caso de Charlie era particular porque no solo es que ella si quisiera tener pareja, sino que, de plano, nunca hubo nada. Lo que era horrible, porque hasta sus padres, sus mayores defensores, ya empezaban a mostrar una preocupación teñida de lástima.
―¿Nadie te llama, cariño? ―Preguntaba su madre con suavidad, y cada palabra, aunque bienintencionada, era un pequeño cuchillo.
―Quizás puedes intentar citas por internet ―decía su padre, que una vez, a los quince, casi le había suplicado en llanto que nunca se casara porque ella era su pequeña y no debía de dejarlo.
Su soltería era tan preocupante que hasta que el hombre que nunca ha querido que se case empezaba a asustarse.
No. No podía ir sola. No soportaría la pena en los ojos de sus padres ni los dardos envenenados de sus tías. Se negaba, por completo, a vivir eso de nuevo.
Asique, era hora de buscar una solución.
•••
Y durante tres largas semanas, Charlie en serio buscó una solución.
Primero pensó en llevar a algún amigo. Angel o Cherri eran buenas opciones. Muy divertidas, además. Pero ambos ya habían sido invitados y ambos ya tenían pareja y ambos la miraron con un poco de lastima cuando les preguntó si la acompañarían.
En segundo, pensó en ir con algún familiar. Tenía muchos primos con los que no hablaba y que, de seguro, estaban tan solteros y solos como ella. Podría ser una noche entretenida. Pero no encontró a nadie que asistiera y no fuera menor a quince años. Peter era una opción, pero Charlie siempre había sospechado que le caía mal, asique mejor no se arriesgaba.
Y en tercer lugar pensó en no ir. Esa idea le dolió tanto que la desechó al instante.
Asique, de vuelta a un callejón sin salida.
―Charlie.
―¿Hmm?
―Tú puedes ir sola y todo estará bien, lo sabes, ¿no?
Claro que lo sabía. No iba a pasarle nada malo si iba sola. De hecho, lo más lógico sería ir sola e ignorar todos los malos comentarios. Solo iba a ser una boda y ya. ¡Ella era la dama de honor principal! Estaría ocupada ayudando a Emily y a Vaggie. No tendría tiempo para preocuparse por los demás.
Pero Charlie dependía tanto de la opinión ajena que ir sola sería suicidio.
Ella miró a Angel a los ojos. Fijamente. Con una intensidad tan grande que su amigo se removió incomodo en su silla.
―Solo decía.
Angel no era un mal amigo. Probablemente era el mejor amigo de Charlie. Un poco intenso y grosero, pero nunca malo. Tenía demasiada energía y ella no podía seguirle el paso todo el tiempo.
Era, tal vez, la persona favorita de Charlie. Una de ellas. Estaba en el top cinco.
Es por eso que ella no debía de mentirle. Y aun así se atrevió a decirle:
―¿Crees que no tengo a alguien con quien ir?
Angel pareció un poco sorprendido por la pregunta. Tarareo un poco, mientras meneaba la cabeza. Su flequillo rubio se movió y le cubrió parte del ojo. Él lo arregló y luego la miró.
―Has estado como loca buscando pareja. Le preguntaste a Cherri si quería ir contigo. Y tú siempre has dicho que no quieres estar a solas con Cherri porque te da miedo que te muerda.
―Eso es mentira ―se apresuró a decir Charlie―. Simplemente ella habla de formas que yo no entiendo.
Angel casi se rio. Casi.
―Y dado tu historial… Bueno, a la falta de tu historial, es obvio notar que tú no tienes pareja para la boda.
Charlie bajó un poco la mirada. De pronto, se sintió profundamente avergonzada.
Recordó cómo, cuando tenía 19 años, en una fiesta de la universidad, todos se tomaron fotos. Al azar y luego en conjunto. Después, empezaron a hacer fotos específicas. Fotos de solo mujeres. Fotos de solo hombres. Fotos del grupo de tres que nunca se separa. Fotos de ese idiota que nunca había ido a clases. Fotos de los que estaban en pareja. Y luego fotos de los que estaban solteros.
Charlie salió en esa foto.
En ese momento, con dos vasos de tequila tras de ella, entre risas y gritos, la foto quedó como un recuerdo y ya. Alguien al fondo gritó que todos los de esa foto estarían ahí para siempre y Charlie recuerda vagamente que alguien le lanzó una botella que casi le da en la cabeza. Todos rieron.
Ahora, casi una década después, Charlie tiene la firme creencia que es la única de las personas de esa foto que sigue ahí.
Ya no quería estar ahí.
Y quizás por eso hizo lo que hizo.
―Angel, lo siento, no te lo conté, pero tengo un novio nuevo.
Cuando Angel la miró, incrédulo, Charlie debió de haberse quedado callada o fingido demencia o simplemente ser honesta, como tanto enseñaba en el refugio.
Pero ella siguió hablando. Sin detenerse. Sabiendo que, ahora sí, era una fracasada al completo.
