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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-10-25
Completed:
2025-10-25
Words:
60,666
Chapters:
11/11
Comments:
7
Kudos:
85
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13
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2,189

Te quedaste

Summary:

GaoTu no puede huir a la mañana siguiente después de pasar su celo con WenLang. Su desorden de feromonas le hace una mala jugada y sólo pudo descubrir la mirada conflictuada del alfa al verlo.

Notes:

Hola, bueno, vengo con otro fic ShenTu.
Esta vez será más corto que Second Chance, pero intenta sanar sus corazoncitos de igual manera que second chance.
Espero lo disfruten.

Chapter 1: Atado

Chapter Text

La noche dio paso a la mañana.

GaoTu no había querido que nada de eso pasara. Se sentía culpable, sentía que se había aprovechado de Shen WenLang. Su corazón dolía porque las palabras del alfa junto con su manera de someterlo fueron hirientes. No lo dejó huir, no le dio opción más que entregarse y... A pesar de ello... Se sintió tan bien... Era tan confuso...

Intentó irse en cuanto la luz del Sol entró por la ventana, pero no pudo. Su cuerpo no respondía como quería, se sentía mareado y el aroma a lirios combinado con la salvia lo dejaban a merced de la otra persona en la cama.

Aún tenía fiebre. Aún seguía en celo. Aún no era descubierto y pronto todos sus esfuerzos se irían por el caño.

Lágrimas silenciosas de derrota corrieron por sus mejillas.

Era humillante.

Era satisfactorio.

Era contradictorio.

El cuerpo tibio a su lado comenzó a removerse, Shen WenLang comenzaba a despertar.

WenLang abrió los ojos con pesadez. La habitación seguía impregnada de feromonas, espesa, insoportable para cualquiera… menos para él. Apenas movió la mano y notó la humedad en las sábanas, el calor que aún desprendía el cuerpo a su lado.

No recordaba mucho de la noche anterior. Sólo venía a su memoria el haber estado buscando de GaoTu, preocupado por su bienestar por culpa de Sheng ShaoYu y su escenita del día anterior.

También tiene pequeños flash backs de haber pasado la noche con un omega.

Un maldito omega.

Giró inmediatamente a su lado para encontrar al culpable de haber olvidado la salud de su secretario, cuando se congeló a medio camino de abrir la boca para insultarlo.

Ahí, a su lado, estaba un omega. Un beta. Una persona que conocía de pies a cabeza tapando su cara con su antebrazo mientras su cuerpo temblaba y por su cuello corrían dos pequeños caminos de lágrimas.

WenLang se quedó inmóvil. El aire se atascó en su garganta.
No era cualquier omega.
Era él.

El corazón le golpeó con furia en el pecho, demasiado rápido, demasiado fuerte. El recuerdo llegó en fragmentos: el aroma dulce que lo había arrastrado al borde de la locura, la voz quebrada suplicando, su propio control hecho trizas mientras lo rodeaba con los brazos.
Y ahora… GaoTu estaba ahí, temblando, llorando en silencio como si todo aquello hubiera sido una condena.

El alfa apretó la mandíbula. El primer impulso fue sacudirlo, gritarle por qué no le había dicho nada, por qué se había atrevido a ocultar algo tan crucial. Pero las palabras se ahogaron en su boca. Lo único que logró hacer fue mirarlo con un peso que dolía.

"Un omega… y eras tú."

Se sintió traicionado. No solo porque GaoTu se había expuesto a ese peligro en secreto, sino porque lo había dejado como un idiota, deseándolo en la penumbra de su oficina, mientras la verdad estaba oculta a plena vista.

Lentamente, estiró la mano. Quiso apartar ese brazo que cubría su rostro, ver sus ojos, obligarlo a mirarlo. Pero la retiró en el último segundo. El temblor en los hombros de GaoTu, el rastro húmedo en su cuello, lo detuvieron.

No supo si era furia o ternura lo que lo contenía.

Tal vez ambas.

—Así que… todo este tiempo —su voz salió ronca, amarga, como si cada palabra pesara más que las sábanas húmedas que los envolvían—. Todo este tiempo estuviste frente a mí y no dijiste nada.

El silencio que siguió fue insoportable. Solo la respiración entrecortada de GaoTu llenaba la habitación.

WenLang apretó los puños contra sus propias rodillas, desviando la mirada hacia la ventana donde entraba un rayo de sol. El contraste era cruel: la luz del día irrumpía como si nada hubiera pasado, mientras él sentía que el mundo se le había volteado de cabeza.

Lo único que pudo añadir, en un murmullo cargado de rabia contenida, fue:

—Me hiciste perder la cabeza… y todavía lloras como si yo fuera el único culpable.

GaoTu no dijo nada. Siguió llorando en silencio.

El repudio en la voz de su jefe dolía más que cualquier comentario hiriente en contra de los omegas. Sus palabras eran como un golpe directo a su estómago, dejándolo sin aire.

¿Qué podría decirle?

¿Cómo justificar el haber ocultado su verdadera identidad después de esa noche?

Ahora todo estaba perdido, Shen WenLang lo alejaría para siempre de su vida y no podría hacer nada para detenerlo.

El silencio desquició a WenLang.

El llanto de GaoTu se clavaba como un cuchillo, lento, desgarrando algo en su pecho que no quería admitir.

"¿Por qué lloras así? ¿Qué diablos esperas de mí?"

WenLang apretó la mandíbula, bajando la mirada hacia las lágrimas que resbalaban por ese rostro que conocía mejor que nadie. No podía soportarlo. No después de todo lo que había sentido en la noche, de la fiebre, del calor, de cómo se había rendido en sus brazos.

Estiró la mano bruscamente, apartando el brazo con el que GaoTu se cubría el rostro. El omega lo miró apenas un segundo, los ojos enrojecidos, antes de desviar la vista hacia un costado. Ese gesto lo atravesó peor que cualquier rechazo abierto.

WenLang sintió un rugido crecer en su garganta, pero lo contuvo. En su lugar, habló con un tono bajo, casi peligroso:

—Si piensas que puedes borrarme con tu silencio… estás equivocado.

GaoTu se estremeció, hundiendo las manos en las sábanas.

El alfa lo observó unos segundos más, intentando domar el impulso de marcarlo ahí mismo, de asegurarse de que nunca pudiera escapar. Pero en vez de eso, se levantó. Caminó hacia la ventana, corrió las cortinas para dejar entrar más luz y respiró hondo.

Cuando habló otra vez, la voz sonaba más fría, aunque por dentro temblaba de furia y de miedo:

—Ocultaste quién eres. Me hiciste creer que estabas bien, mientras te destrozabas en silencio. ¿Y ahora qué? ¿Esperas que mire hacia otro lado?

Giró apenas la cabeza, lo suficiente para que GaoTu supiera que lo miraba.

—No pienso dejar que desaparezcas de mi vida como si nada. —Una pausa, áspera, definitiva—. No después de esto.

GaoTu apenas logró verlo. Sin sus lentes todo era un tanto borroso, además estaba mareado lo que hacía que enfocarlo fuera difícil.

Sin embargo, todo lo que conocía de WenLang daba a entender que el alfa estaba furioso. Sus palabras contrastaban con sus emociones y era difícil entenderlas.

El aroma a lirios comenzaba a enloquecerlo y... Muy en lo profundo... Deseaba que volviera a someterlo, que sus colmillos se clavaran en su glándula de olor y lo reclamara como suyo.

WenLang lo notó de inmediato. El leve temblor en el cuerpo de GaoTu, la manera en que su respiración se agitaba y cómo su aroma se hacía más profundo… demasiado tentador. Cada fibra de su ser gritaba que lo reclamara ahí mismo, sin permitir discusiones, sin darle opción alguna.

Pero apretó la mandíbula, conteniendo el rugido que subía desde su pecho. Lo miró con dureza, intentando recordarse que no podía ceder todavía. GaoTu debía entender que estaba en desventaja, que no era solo su aroma lo que lo tenía atrapado, sino también el hecho de que había querido ocultarse, que lo había traicionado.

—Así que… esto es lo que sientes —dijo finalmente, con la voz cargada de control—. Quieres que te vuelva a someter, ¿eh?

GaoTu bajó la cabeza, incapaz de hablar, sintiendo que hasta sus pensamientos se traicionaban entre sí. Su cuerpo lo traicionaba, su mente lo traicionaba… incluso su orgullo lo traicionaba.

—No… —intentó murmurar, pero su voz salió apenas un hilo—. No es eso…

—Claro que sí —interrumpió WenLang, con un filo de posesión que lo hizo estremecer—. Porque nadie puede oler así y no sentirlo. Nadie puede…

Se inclinó apenas, sin tocarlo, solo lo suficiente para que GaoTu sintiera la fuerza de su intención, el calor que irradiaba sin necesidad de contacto.

—…y tú todavía tienes la desfachatez de pensar que puedes escapar de mí.

El omega tragó saliva, la contradicción era insoportable: miedo, deseo, culpa y alivio mezclados en un torbellino que lo dejaba sin fuerzas para resistirse.

—Señor Shen... No sería correcto... No está pensando...

Cada palabra se sentía incorrecta. Cada sílaba se sentía bien. Una forma de ganar control, un poco de compostura.

Intentó incorporarse fallando estrepitosamente al sentir que todo daba vueltas. No tenía fuerza.

WenLang observó su torpe intento de levantarse de la cama y no pudo soportarlo más.

Sin pensarlo dos veces, WenLang se inclinó hacia él, con la fuerza contenida de quien está a punto de reclamar lo que siente suyo. Sujetó suavemente pero con firmeza los hombros de GaoTu, deteniendo su movimiento torpe.

—No te muevas —dijo, la voz baja pero firme, cargada de autoridad—. No eres tú quien decide ahora.

El aroma a lirios y salvia lo envolvía, lo volvía loco, pero su mirada no era de deseo ciego; era de protección, posesión y advertencia.

GaoTu cerró los ojos, incapaz de contradecirlo, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada roce mínimo de WenLang. El calor del alfa lo paralizaba, lo envolvía, lo sometía sin necesidad de contacto físico intenso… aunque cada fibra de su ser deseaba precisamente eso.

WenLang inclinó su rostro cerca del cuello del omega, solo lo suficiente para que GaoTu sintiera su aliento mezclándose con su perfume natural. Cada segundo prolongaba la tensión, cada pausa era un recordatorio de que estaba a merced del alfa, y que no había escapatoria posible.

—Déjame cuidarte —susurró WenLang finalmente, dejando que su tono duro se suavizara solo un instante—. Aunque te duela, aunque te avergüence… porque eres mío.

GaoTu apenas pudo asentir, atrapado entre la culpa y el alivio, entre el miedo y el deseo. Y mientras WenLang lo sostenía, firme y posesivo, sintió que entregarse no significaba perder, sino ser cuidado como nunca antes.

Y WenLang lo cuidó.

La fiebre en GaoTu todavía era bastante elevada. Las fluctuaciones de sus feromonas eran inestables y cada tanto se removía incómodo en la cama del hotel.

WenLang no tenía tanto autocontrol como deseaba, varias veces, mientras intentaba bajarle la fiebre al omega, se vio tentado en marcarlo de manera permanente. Todo él gritaba que era suyo.

Además, había momentos donde, en medio de su delirio, GaoTu lo llamaba, casi gimiendo su nombre y retorciéndose debajo de las sábanas de manera tentadora.

Estaba furioso. Estaba extasiado. Estaba preocupado.

El celo de un omega duraba cerca de una semana. No estaban en un lugar óptimo para GaoTu. Cualquier persona que pasará fuera de esa habitación podría afectarlo más.

WenLang permaneció junto a él la mayor parte del día, sentado en la cama, vigilando cada movimiento, cada respiración, cada cambio en la piel húmeda del omega. Cada vez que GaoTu se removía, murmuraba su nombre o incluso gemía entre sueños febriles, el alfa sentía el impulso de reclamarlo de inmediato.

No lo hizo.

Se obligó a contenerse, a no marcarlo permanentemente, aunque todo en su cuerpo gritara que lo necesitaba como suyo. Cada segundo de autocontrol se le hacía pesado, casi insoportable.

—Cálmate… —susurraba, mientras le ajustaba la manta y colocaba la cabeza de GaoTu sobre su brazo para que descansara mejor—. No voy a dejar que nadie te lastime. No voy a dejar que tú mismo te lastimes.

El omega gimió bajo su brazo, abrazándose a la camiseta de WenLang, y el alfa apretó los dientes. La mezcla de preocupación y deseo lo estaba consumiendo. Cada gesto de GaoTu, cada movimiento involuntario en su delirio, encendía su instinto protector y su necesidad de posesión.

Sabía que cualquier descuido podía hacer que GaoTu quedara más vulnerable a estímulos externos. Por eso, WenLang decidió aislarlo dentro de lo posible, manteniéndolo cerca.

Para poder alimentarlo, tuvo que contactar a HuaYong y pedirle que betas dejarán comida fuera de la puerta. Arriesgarse a tener a otro alfa u omega cerca de ese espacio era peligroso.

Un par de golpes en la puerta y con eso entendió que habían llegado. Abrió la puerta y recibió una bandeja con comida para ambos.

Volviendo al lado de GaoTu, con cuidado lo hizo erguirse un poco para alimentarlo, no comió mucho, después de la cuarta cucharada giró la cabeza dando a entender que estaba lleno. Le dio agua para hidratarlo y lo volvió a recostar.

Así fue como cuido de él el resto de los días de su celo.

Las noches eran las peores.
Durante el día podía mantenerse ocupado entre paños fríos, agua y congee, pero cuando la oscuridad caía y las feromonas de GaoTu se agitaban con más fuerza, todo su autocontrol temblaba.

Esa madrugada, el omega volvió a llamar su nombre. No era un murmullo débil como los días anteriores, sino un gemido cargado de necesidad, húmedo de desesperación. Su cuerpo se arqueó sobre las sábanas, tembloroso, febril, y las lágrimas en sus mejillas brillaban con la luz tenue de la lámpara.

—WenLang…

El alfa sintió que el mundo se detenía. Su instinto rugía, exigiéndole hundir los colmillos en esa glándula expuesta, envolverlo en su aroma y hacerlo suyo para siempre.

—No sabes lo que me haces —gruñó, inclinándose sobre él, atrapando sus muñecas contra el colchón para impedir que se moviera más. El calor que emanaba GaoTu era insoportable, un llamado directo a su control más primitivo.

El omega abrió los ojos apenas, empañados, borrosos, y buscó su rostro como si fuera su única salvación.

—No… no puedo más…

La súplica fue un dardo directo a su pecho. WenLang apretó la mandíbula, su respiración entrecortada. La frontera entre cuidarlo y poseerlo se desmoronaba con cada segundo.

Se inclinó hasta rozar su cuello con los labios, justo sobre la glándula que palpitaba bajo la piel enrojecida. GaoTu tembló violentamente, gimiendo, y WenLang cerró los ojos con fuerza. Podía marcarlo. Podía reclamarlo. Podía acabar con esa tortura para los dos.

Pero no lo hizo.
En lugar de morder, lo envolvió entre sus brazos y lo sostuvo con fuerza, descargando su feromona dominante en un abrazo sofocante que lo calmara.

—Eres mío —susurró contra su piel, casi con rabia, casi con ternura.

El cuerpo de GaoTu se relajó poco a poco, entre sollozos y jadeos, hasta quedar dormido de nuevo en su pecho. WenLang lo mantuvo así toda la noche, con el corazón latiendo a un ritmo doloroso, sabiendo que se había acercado peligrosamente a cruzar un límite del que no habría retorno.

La semana había sido un tormento de autocontrol. Pero la última noche, cuando GaoTu se arqueó bajo su cuerpo, delirante, llamándolo con un gemido desesperado, WenLang no pudo resistirse más.

No fue suave.

No fue planeado.

Fue el rugido instintivo de un alfa que había sido empujado demasiado al límite.

Sus colmillos se hundieron en la glándula expuesta del omega, con una presión que hizo que GaoTu soltara un grito ahogado. El sabor metálico llenó su boca, y el torrente de feromonas entrelazadas envolvió la habitación con una fuerza avasalladora.

El mundo se detuvo.

La marca ardía, quemaba, era vínculo y sentencia al mismo tiempo.

GaoTu jadeaba, con lágrimas corriendo por su rostro, sin poder comprender si aquello era liberación o condena. Su cuerpo se relajó al instante, como si por fin la tormenta del celo hubiera encontrado un puerto seguro, pero su mente gritaba en contradicción: ya no había escapatoria.

WenLang lo sostuvo contra su pecho, respirando agitado, con los labios aún manchados de rojo. Lo había reclamado. Lo había sellado como suyo ante cualquier otro.

—Ahora no puedes huir de mí —susurró, voz ronca, peligrosa y temblorosa al mismo tiempo—. Y yo… no puedo dejarte ir.

El vínculo se instaló de inmediato. GaoTu lo sintió: el latido del alfa acompasando el suyo, el consuelo imposible de ignorar, la certeza de pertenecer. Era humillante. Era devastador. Era todo lo que había temido.

Y, al mismo tiempo, lo calmaba como nada en su vida lo había hecho antes.

La luz del amanecer se filtraba a través de las cortinas del hotel, tibia y casi inocente, como si no hubiera pasado nada durante la noche.

Pero WenLang lo sabía.
Lo sentía en la garganta seca, en el sabor metálico que aún persistía en su boca, en el peso insoportable de lo que había hecho.

Su brazo rodeaba el cuerpo del omega, apretándolo contra sí como si temiera que desapareciera. La glándula enrojecida, marcada con sus colmillos, descansaba bajo su mano. La piel estaba inflamada, sensible, con el pulso de sus feromonas mezcladas latiendo todavía bajo la superficie.

Se obligó a apartar la mirada, pero la sensación del vínculo era imposible de ignorar. Podía sentir el ritmo del otro, su calma profunda, como si la mitad de su propio instinto hubiera encontrado un ancla.

“Lo marqué.”

La certeza se le clavaba como un hierro ardiendo. No había marcha atrás.

El movimiento leve de GaoTu lo devolvió a la realidad. El omega despertaba, abriendo los ojos despacio, aturdido, con las pestañas húmedas por las lágrimas secas. Se llevó una mano al cuello, como tanteando el ardor, y la expresión en su rostro se quebró en cuanto comprendió lo que sentía.

El dolor fue lo primero que notó GaoTu.

Un ardor punzante en la base del cuello, como si su piel ardiera cada vez que respiraba. Su mano temblorosa se llevó al lugar y, al tocarlo, lo entendió de inmediato.
El borde irregular, la hinchazón caliente, la humedad reseca sobre la herida.

La marca.

Sus ojos se abrieron de golpe, empañados por lágrimas que no había sentido correr.

Su instinto lo traicionó antes que su mente: en lugar de alejarse, su cuerpo buscó refugio en el calor que lo rodeaba. El brazo de WenLang estaba firme alrededor suyo, su pecho sólido contra su espalda, el aroma a salvia y madera envolviéndolo de una forma sofocante, posesiva… tranquilizadora.

Era humillante.

Quería gritar, golpearlo, exigirle que lo dejara libre.

Pero no podía.

Cada vez que inhalaba ese aroma, su corazón se apaciguaba, su cuerpo se relajaba. La tormenta de la semana se había disipado, y todo dentro de él susurraba que estaba a salvo. Que era suyo.

—N-no… —su voz salió ahogada, entrecortada, como si con solo pronunciarlo pudiera deshacer lo ocurrido—. No lo hizo…

El peso de la verdad lo aplastó: sí lo había hecho. Su cuerpo ya lo sabía. Su glándula ya lo confirmaba. Y el vínculo… ese lazo invisible que lo unía ahora al alfa, vibraba con cada respiración compartida.

Se sintió atrapado. Atado. Vulnerable de una forma que nunca había querido.

Y aun así, mientras las lágrimas quemaban sus ojos, la contradicción lo desgarraba:
El miedo de haber perdido todo control. La vergüenza de haber sido reclamado sin elección. El alivio insoportable de no estar solo.

Se cubrió los ojos con el antebrazo, incapaz de mirarlo. No podía odiarlo del todo. No cuando su propio corazón latía con fuerza, respondiendo al alfa como si siempre lo hubiera esperado.

Era una prisión.

Era un refugio.

Y lo peor de todo… es que era exactamente lo que había deseado en lo más profundo, aunque nunca se lo habría permitido admitir.

—No me arrepiento —gruñó WenLang, con la voz baja, grave, llena de tensión.

—No tenía derecho… —susurró GaoTu, las lágrimas corriendo por sus mejillas.

WenLang volvió a quitar su brazo, sosteniéndolo con más fuerza, como si con ello pudiera acallar la contradicción que los asfixiaba. Lo había reclamado, lo había atado a él para siempre, y aunque sabía que GaoTu lo odiaría por ello, no podía ignorar la paz salvaje que lo atravesaba cada vez que lo sentía respirar contra su pecho.

—Tal vez no tenía derecho —admitió en un murmullo, apenas audible sobre el cabello del omega—. Pero ahora eres mío. Y no voy a soltarte.

El silencio se hizo pesado, solo roto por la respiración temblorosa de GaoTu. La marca ardía, fresca, irrevocable, y con ella también comenzaba un destino que ninguno de los dos había querido, pero del que ya no podrían escapar.

GaoTu apartó el rostro, ocultándolo entre el brazo y la almohada, como si pudiera huir dentro de sí mismo. El calor de la marca palpitaba, reclamando cada fibra de su cuerpo, recordándole que ya no era libre.

—No puedo… —su voz se quebró, apenas un murmullo—. No puedo mirarlo después de lo que hizo.

WenLang tensó los dedos sobre la sábana, como si necesitara aferrarse a algo para no perder el control.

—Mírame entonces con odio si quieres—su voz salió ronca, grave, arañada por la rabia contenida—, pero no apartes el rostro de mí.

El omega se estremeció, hundiéndose más contra la almohada, negándose a obedecer. El silencio se estiró hasta volverse insoportable, quebrado solo por la respiración áspera de ambos.

WenLang inclinó la cabeza, acercándose hasta que su aliento rozó el cabello húmedo de lágrimas.

—No me arrepiento, GaoTu —murmuró con una firmeza que dolía—. No después de haberte sentido temblar entre mis brazos, rogándome que no te dejara solo.

GaoTu siguió llorando en silencio. Su llanto apenas lograba notarse por el leve temblor de su cuerpo. Furioso con WenLang y consigo mismo porque sabe que aunque quisiera, jamás podría odiar a este alfa.

WenLang lo observó temblar, cada sollozo casi imperceptible clavándose como un cuchillo en su pecho. Estiró la mano, dudó un segundo, pero terminó posándola sobre su espalda húmeda de sudor, acariciándola en un gesto torpe, incapaz de decidir si quería consolarlo o atarlo más fuerte a él.

—No llores… —susurró, apenas audible, la voz quebrada entre súplica y orden—. No soporto verte así.

Pero GaoTu no respondió. Sus lágrimas calladas eran más hirientes que cualquier grito.

WenLang apretó los labios, sintiendo cómo el aire en sus pulmones ardía con cada respiración. Había hecho lo imperdonable, lo sabía. Sin embargo, la marca latía bajo su piel, fresca, ardiente, y en el fondo de su ser se sentía completo de una forma brutal.

Lo había atado. Lo había condenado. Y, sin embargo, nada en su interior gritaba arrepentimiento. Solo un miedo desesperado a que GaoTu nunca pudiera perdonarlo.

—Aunque me odies… —murmuró al final, apoyando la frente contra su hombro húmedo de lágrimas—. Aunque nunca quieras volver a verme a los ojos… no voy a soltarte.

GaoTu sólo se escondió más, escondiéndose en la almohada de la cama. La cercanía de WenLang era reconfortante a la par que un recordatorio constante de que ahora le pertenecía.

Ya había tenido sueños donde WenLang lo marcaba, pero nunca lograba llegar a esa parte porque siempre despertaba antes, sintiéndose vacío por la falta de WenLang.

Ahora ni siquiera sabía cómo sentirse. Debía estar molesto, triste, odiando al alfa. En cambio, estaba confundido, dolido.

GaoTu apretó los párpados con fuerza, como si pudiera borrar la marca con sólo negarla. El calor que irradiaba en su cuello era insoportable, no por el dolor físico, sino por la certeza de que ya no había marcha atrás.

—Entonces estaremos atados al otro el resto de nuestras vidas —dijo en voz baja.

El silencio que le siguió a sus palabras fue pesado. Ambos reflexionando sobre los cambios que habrían en sus vidas a partir de ese momento.

—Sí —respondió al fin, con una firmeza que no admitía dudas—. El resto de nuestras vidas.

Y como si fuera una sentencia a un futuro incierto donde posiblemente ambos odiarían al otro hasta el fin de sus días, alfa y omega volvieron a quedarse en silencio.

WenLang observando conflictuado la espalda de GaoTu y GaoTu dejando lentamente de llorar, asimilando el hecho de que, una vez más, la vida estaba en su contra todo porque se quedó en lugar de huir como había planeado.