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Empaca la vida también

Summary:

Cuando Yu Wanyin asiste al funeral del hombre al que una vez llamó "papá", no está sentimental como la lógica mandaría. En cambio, apenas sabe cómo sentirse.

Al dejar aquella ciudad cuando era sólo un niño, dejó tras él varias cosas, como un padre que nunca le prestó atención y un hermano que pudo haber sido la razón. Volver no estaba dentro de sus planes.

Y embarcarse en un viaje por carretera después de un suceso inesperado tras el funeral lo era menos.

 

 

O donde Wanyin intenta reconectar con su medio hermano luego de que pasaran gran parte de sus vidas tratándose como dos extraños, al mismo que trata de no avergonzarse frente a un tipo increíblemente amable e ingenuo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: El funeral

Chapter Text

Hacía toda una vida que Yu Wanyin no estaba en este lugar.

Ni siquiera recordaba que, junto a aquella casa frente a él, está un árbol inmenso cuyas raíces levantaron parte de la banquetea (¿Sucedió cuando aún vivía ahí? ¿O pasó después?). Sin embargo, había algo en su cabeza que le decía que la fachada de esa casa, ahora color vino, algún día había sido de color carmín.

 

Al mirar en dirección a la puerta abierta, a las personas entrando y saliendo de la elegante casa ya los que están en el jardín charlando, piensa, desde su viejo coche, que no sabía que su padre tuviera tantos amigos. O tal vez eran socios del trabajo, o gente a la que le hizo algún favor. No lo sabe.

Tenía casi tanto tiempo sin venir a esta casa, como sin hablar con su padre, por lo que hay cientos de aspectos que desconoce.

Suspirando, silenciando la voz de Faye Wong de la radio. Se mira una última vez en el espejo retrovisor, secando el sudor de la frente para abrir la puerta. El calor en la calle es apenas un poco más soportable, pero después de estar encerrado en el auto por diez minutos, es más fácil respirar.

Desde antes de llegar, cruzando la calle, hay decenas de ojos que se clavan en él.

No les presta importancia y en cambio considera una lista de prioridades en ese mismo instante: La primera de ellas era saber cuánto tiempo tendría que aguantar ahí antes de poder escaparse y quitarse el saco que su madre lo obligó a vestir. Y segunda... Bueno, pensándolo bien, sí había una pregunta de la que no se podía deshacer:

—¿En serio este viejo le importaba a tantas personas? —tiene que morderse los labios para no reírse, al darse cuenta de que no lo dice tan bajo, y terminar asustando más a la anciana que se sobresalta a su lado.

Al pasar por la puerta, puede sentir que el peso de las miradas sobre su nuca no hace más que intensificarse. 

¿Las personas no podrían ser más discretas? En medio de un maldito funeral y lo miran como si fuera alguna especie de atracción turística o un animal en el zoológico.

La verdad es que ni siquiera quiere estar aquí, pero había hechos, y sabía promesa que, si no las cumplía, tendría más que decenas de ojos entrometidos sobre su cabeza.

—Hola Jiang Cheng —hay una voz que aparece repentinamente cerca. Frente a él, su medio hermano Wei Wuxian, está tirando con nerviosismo del borde de su propia chaqueta, con las pestañas apelmazadas—. No pensé que vendrías.

Trata de que no sea tan evidente el estremecimiento que le provoca el que sea él quién lo llama por un nombre que no usa hace siglos. Especialmente porque quien está frente suyo es un chico que no veía hace tiempo, y con el que hablaba tan poco que era creíble para la gente pensar que eran dos extraños. 

—Le dije a Jie que vendría... Uhm, ¿sabes dónde está?

—Está en la cocina —al decirlo parece recordar que no había estado ahí hace más de diez años, cuando era un niño, por lo que señala con la cabeza hacia una dirección—. Está por allá, ¿quieres que te acompañe?

—No, estará bien... creo que tienes muchas personas que atenderán por aquí.

—Ah. Tienes razón. Yo te... te- ¿Te veo después?

—Sí. Gracias Wei Wuxian.

Wei Wuxian asiente despacio, moviéndose como si dudara en dejarlo ir, pero termina haciendo, como en cada ocasión en el pasado. Da la media vuelta, volviendo a ser el presidiario en el funeral de su padre.

El padre de ambos.

A Wanyin la verdad no le importa. Hacía tiempo se despidió de cualquier cosa relacionada a ese hombre: el quién recibía el pésame no le quita el sueño. 

Para ser franco, espera que nadie se lo vaya a decir. No sabría qué decir si alguien le diera el pésame de un hombre que ya ni siquiera recuerda del todo.

Siguiendo el camino, encuentra a su hermana mayor preparando aperitivos donde Wei Wuxian le dijo, plantada de espaldas a la puerta.

—¿Shijie?

Cuando su hermana mayor se gira, percibe una tristeza en ella que no puede entender al asociarla con sus propios sentimientos. Con su nariz roja y el cabello ligeramente enmarañado en una floja trenzada que le cubre la espalda, hay algo increíblemente desolador en sus ojos.

En cuanto lo ve, se echa a llorar y lo abraza, no porque él necesita, sino porque ella lo hace. Jiang Yanli siempre había sido el tipo de mujer que daba tanto de sí misma por su familia, que la única manera en que intentaba no romperse era apoyándose en aquello que protegía en primer lugar.

Cuando un pequeño Wei Ying se caía y tropezaba, le limpiaba las rodillas y las lágrimas mientras ella misma lloraba. Cuando su madre se enfermaba, era Yanli quien la cuidaba, dándole su medicamento y un vaso de agua con las manos temblorosas.

Nunca había tratado de ocultar su tristeza con ellos.

Siempre había dicho que cuidarlos nunca habría sido tan fácil si no supiera que ellos la cuidaban también (lo que le hacía preguntarse si era justo, considerando que de entre los tres, Yanli era la que más se desgastaba por los otros). 

Le devuelve el abrazo a su hermana, poniéndole una mano sobre la nuca para tratar de peinarla. A-Li siempre ha procurado verso implacable, sin ningún cabello fuera de su lugar ni arrugas en su ropa. 

Era impensable verla tan desalineada.

—A-Li, ¿dormiste algo anoche?

Yanli restriega la cara en su pecho, sacudiéndose de un lado al otro y aprieta más fuerte su abrazo.

—Deberías descansar, Jie. No te haré sentir mejor, pero... quiero que descanses.

—No, no puedo. Hay demasiada gente y A-Xian no puede hacerlo solo.

—¿Dónde está el inútil de tu prometido?

Eso consigue sacar a Yanli de su refugio para darle una mirada enfadada y golpearlo en el pecho. —Zixuan fue a conseguir más comida. Vino más gente de la que pensamos.

—Sí, puedo verlo.

La mesa está repleta de algunas bandejas de aperitivos y sándwiches, jarras con agua y teteras sobre la hornilla. Pero hay tan poco orden, que sólo es un claro indicativo de que su hermana apenas ha descansado.

—No te preocupes por nada, Jie —al cabo de unos segundos lo decide, mirándola. Le ordena el flequillo con calma—. Yo me haré carga de esto, ¿sí? te ayudaré. No es tan difícil, sólo es llevar los bocadillos afuera en alguna mesa y rellenar un par de vasos.

—Pero A-Cheng —su hermana titubea, mirándolo con tristeza—, no quiero que te hagan sentir incómodo. 

—No me importa lo que la gente me diga, shijie —(no está del todo seguro)—. Puedo soportar cualquier cosa si eso te regala al menos una hora de sueño. Quiero que descanses —ambos saben que no dormirá, pero ella necesitaba sentarse y respirar. Y estar en su habitación le dará más privacidad para llorar que esconderse en la cocina.

—Está bien, lo haré. Sólo... búscame arriba si necesitas ayuda, ¿bien?

Encamina a su hermana hacia la puerta y no le quita la mirada de encima mientras se abre paso entre la gente. Algunas personas la miran, pero no intentan detenerla ni sacar conversación, por lo que llega a la escalera sin problema y desaparece hacia el piso de arriba.

Una vez solo, suspira y es libre de quitarse el saco que le ha estado quitando el aliento. Se arremanga la camiseta de vestir y decide perder el tiempo picando fruta que encuentra sobre el fregadero.

Para la próxima vez que la puerta se abra, entra un joven trajeado y colocado. Wanyin se alivia al ver el rostro familiar de su cuñado. Aunque sí es extraño ver a Jin Zixuan, conocido por sus insoportables aires de grandeza, entrar a pasos arrastrados y con los hombros derrotados.

Cuando lo ve, en donde había dejado a su prometida, ni siquiera parece sorprendido.

—Viniste —le saluda, dejando un par de bolsas sobre la barra. Lo ve lavarse las manos mientras se acerca a curiosear las bolsas que trajo—. ¿Dónde está A-Li?

—Le dije que descansara un rato, me ofrecí a reemplazarla.

—Bien, estuvo toda la semana en el hospital, apenas venía a cambiarse. Tiene días sin dormir. Al menos a ti te escuchó.

—Sin embargo, sabemos que no dormirá. Tal vez podríamos darle pastillas para dormir.

—Dijo que las tomaría cuando todos se fueran.

—Genial —afuera se escucha todavía una multitud, tantas conversaciones indistintas, que le sale con total sarcasmo. La puerta principal es una hidra: una persona sale y entra dos más—. ¿Es todo lo que trajiste? Bien pensado, si no hay nada que comer tal vez se vayan más rápido.

—Eres una persona desagradable. Y no, detrás de mí venían con más.

—Pensé que querías que se fuera rápido, Jin Zixuan. Deberías tener más cerebro.

—No soy tan malvado como tú, imbécil. Sé tratar a los invitados.

—Te felicito, colega.

Zixuan ha aprendido a tolerar sus insolencias con el tiempo, por lo que el tipo le da una mirada poco impresionada antes de unirse a sus labores.

Su cuñado lavaba las bandejas vacías cuando la puerta vuelve a abrirse. Alguien, algún familiar o amigo de Zixuan, entra con las manos llenas de bolsas y mira hacia todos lados tratando de encontrar dónde ponerlas. Wanyin mira como casi ningún rincón está libre, y se encarga de hacer un espacio en la mesa, juntando trastes sucios para llevarlos al fregadero.

Se pregunta si sería muy grosero ir afuera y pedir una mano extra. 

Tal vez a Wei Wuxian. Pero otra de las razones por las que había echado a su hermana era porque no sabía cómo comportarse a través del sentimentalismo causado por el fallecimiento de su padre. 

¿Y si ellos actuaban con cuidado alrededor de él? ¿Y si intentaban hablar de cómo se sentía? 

Wanyin sabe qué clase de discusión se armará, pero también sabe que todos están ya lo bastante abrumados como para discutir.

—Muchas gracias —el desconocido le dice con una voz cordial—. ¿Quieres que te ayude por aquí, Zixuan?

—Ehm, no lo sé. Wanyin, ¿necesitas ayuda?

Cuando Zixuan lo llama, algo parece encenderse en la cabeza del otro hombre, porque se gira a mirarlo con los ojos abiertos y sorprendidos.

No es que fuera ingenuo al creer que pocas personas sabían sobre su historia, pero le irritaba saber que era todo lo contrario. 

Todos sabían del problemático matrimonio Jiang Fengmian, recordando aquella polémica que le dio fin. Pero eso había sido hace ya 13 años, por lo que era tedioso para la gente volver a repetirla aunque la tuvieran aún bien presente.

Las miradas gritaban que lo sabían, y los chismes siempre seguían porque nadie los dejaba morir.

—Ah, lo siento —le dice el hombre, rodeando la mesa para ponerse frente a él. Ni siquiera le importa que tenga las manos mojadas y con cáscaras de manzana pegadas a los dedos cuando le extiende la suya y continúa—: No habíamos tenido el placer de conocernos, soy Lan Huan.

Wanyin ignora la mano, sin detenerse de cortar con destreza la fruta sobre la tabla. Hay decenas de bolsas tras él, no quiere perder el tiempo en apretones forzados e incómodos. —Hola.

El hombre, Lan Huan, ni siquiera dice nada ni se muestra enfado por su falta de cortesía, pero se le queda viendo a la cara un instante.

Wanyin se muere el labio, sabe lo que viene.

Alguien tenía que decírselo en algún momento, pero esperaba que fuera una abuelita desubicada o una de las tías insufribles de la familia de su padre. Alguien que sólo quiera enfadarlo, o hacerlo sentirse incómodo.

Pero Lan Huan tiene una expresión serena, con un par de ojos que le dedican amabilidad, y casi se parece a un enorme cachorro. No aparente ser la clase de sujetos impropios.

Cuando abre la boca, queda claro que lo es:

—Siento mucha la pérdida de tu padre, Jiang Cheng.

Si bien le dijo a su hermana que no le importaba lo que le dijeran, sabía por si mismo que habría un límite en tolerar a cuantas personas le dijeran lo mismo.

En ese instante, averigua que su límite es igual a uno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los platos de frutas son llevados hacia afuera por uno de los sobrinos de su padre (debería de recordarlo, pero no lo hace, lo que en realidad no le hace sentir incómodo, aunque el muchacho lo ve al inicio como si esperara que lo saludara), por lo que se siente aliviado de no tener que salir con el resto.

Una vez terminada de pelar y cortar, ayuda a Zixuan a colocar los pequeños panecitos y emparedados en las bandejas y son, con un ridículamente innecesario entusiasmo por ayudar, llevados afuera por Lan Huan.

–Discúlpalo.

–No, está bien.

Jin Zixuan ríe con ironía. –Aunque tu hermana no puede entenderte del todo, del mismo modo que tú tampoco con ella, deberías saber que respeta tus ideales. Y yo también.

Wanyin suena por dentro. Había descubierto hace tiempo que su cuñado no era el idiota que había pensado que era cuando lo conoció, pero aún había una amable sorpresa cuando hablaban.

—Sé cómo te sientes —continua Zixuan con calma, sorprendiéndolo porque, aunque ha oído esa historia, nunca fue por el mismísimo Zixuan—: Cuando mi padre murió no sentí nada. No enojo, ni tristeza, pero tampoco alivio. Parecía privado de cualquier cosa, a excepción de cuando las personas me decían la misma basura."Sé que tu padre no era el mejor, pero ¿no te duele ni un poco?" era lo que decían y sí que me enojaba. Porque, ¿era yo el insensible por no extrañar a un hombre desagradable, pero él no lo era por vivir en los lujos, mientras sus bastardos se morían de hambre?

Jin Guanshang era un hombre de negocios, y sabía que su capacidad para hacer dinero era inversamente proporcional a la de ser fiel a su esposa, la señora Jin. Su dinero era el suficiente para haber callado cualquier polémica que surgieran cuando mujeres se presentaban de la mano de niños pequeños, sucios y desnutridos en la puerta de su casa.

Sin embargo, ni Jin Zixuan ni su madre alguna vez habían mencionado el asunto con nadie. Mucho menos al ojo público.

Jiang Wanyin nunca habría esperado que Jin Zixuan le dijera nada sobre el asunto, y menos para tratar de empatizar.

—Todos actuaron como si él fuera el mayor filántropo, cuando ni siquiera era capaz de recordar el cumpleaños del único hijo que reconoció. En su funeral, lo único que todos recordaban eran sus grandes fiestas, y no que negó las pruebas de que otros niños llevaban su sangre. Pero ese día, el desgraciado fui yo.

Había pasado antes de que lo conociera, antes de que empezara a salir con ALi, pero había escuchado algo a través de su madre, quien había sido amiga de toda la vida de la señora Jin. Al oírlo ahora, en realidad, piensa que le hubiera agradado estar ahí con él, acompañándolo mientras se quedaban en la cocina a picar fruta y preparar té. Tal vez hasta reírse fuerte con algunas historias, para que la gente no tuviera que molestarlo ahí.

—Haces parecer que mi historia es ridícula —bromea con él, y funciona, porque Zixuan se ríe también. Eso pasa cuando el asunto alrededor no importa demasiado—. Me alegra no haber conocido a tu padre.

—A veces me gustaría tampoco haberlo hecho. La gente aún me juzga por haber aceptado todo lo que nos dejó.

—Pero sabes que no es cierto. Tu madre se esforzó por mantener la imagen de su negocio intacta, y sobre todo te crió para no ser un imbécil parecido a él —lo que dice es lo más parecido a un cumplido que alguna vez le dirá—. Y... tú te quedaste con él, a pesar de lo desagradable que era como esposo y hombre, te quedaste. Lo soportabas.

—Lo hacía por mí, no por él, Wanyin —Zixuan le dice con voz baja, comprensiva. Ahí, en la cocina, rodeados de alimentos para gente que ni siquiera conoce, nunca habría esperado que fuera precisamente él quien lo entendiera—. Y lo que tú hiciste, también fue por ti. Nuestras decisiones no son similares, pero ambos tenemos en común que lo hicimos por nuestro bien, y no por el de ellos.

Después de aquello, ninguno vuelve a decir nada, dándose cuenta de que entendían al otro más de lo que lo habían pensado. 

El silencio, su silencio, es una señal aparente para Lan Huan, porque no pasa mucho antes de que vuelva a entrar a la cocina.

Wanyin casi se había olvidado de él.

Lan Huan entra retorciendo sus manos, pero ni siquiera lo mira. 

Antes, cuando le dio... eh, sus condolencias, lo hizo sin la típica hipocresía, por lo que probablemente no había esperado que fuese ignorado. Un segundo de vacilación fue lo único que le dedicó, y eso fue suficiente para que el hombre entendiera mucho.

Al menos es más rápido en captar lo que le dicen, que las cosas que él mismo dice.

Los tres se encargan de limpiar y ordenar lo más que pueden, Zixuan o Lan Huan de salir y ayudar a Wei Wuxian afuera.

Mientras, él se hunde en la sensación de encontrarse fuera de lugar. 

Es peor que estar sudando atrapado en su traje, pero al menos es reconfortante no tener que soportar ambas cosas a la vez.

Ellos se desenvuelven mejor en el lugar que él, que tiene que preguntar dónde encontrar más jabón para lavar los trastes, o saber dónde guardar los utensilios que sabe ya no necesitan.

Al cabo de una hora, Wanyin se sienta a comer parte de las galletas que Jin Zixuan había comprado. Le toma unos minutos darse cuenta de que los otros dos están tratando de ir afuera sin tener que disculparse con él. Zixuan mira la puerta insistentemente, y Lan Xichen pasa un trapo limpio por 5ta vez en una superficie que ya no puede estar más reluciente.

Se sacude las migajas que le cayeron sobre la camisa. — ¿Dónde está la habitación de A-Li? Veré cómo está.

Jin Zixuan ni siquiera disimula tanto su suspiro de alivio.

—Subiendo las escaleras a la derecha, hay un letrero con su nombre.

-Valle. Te veo después —dice, pero se para frente a la puerta durante un momento.

Escucha detrás de él otro suspiro, que parece más un pequeño chiste. —Saldré yo primero, apresúrate a esconderte tras mi espalda, gallina.

Cuando Jin Zixuan se adelanta, aprovecha que le da la espalda para darle un golpe en la nuca. El chico castaño retrocede lo suficiente para darle un codazo en el estómago, y cuando está apunto de tomar represalias de nuevo, el imbécil se apresura a salir de la cocina y atender a la gente que está cerca. 

Ya no hay tanta gente como antes, por lo que se abre una brecha con facilidad y se dirige donde vio a su hermana irse. Sube las escaleras en espiral, por lo que no termina por darle la espalda por completo a la puerta de la cocina, y alcanza a notar de reojo el aspecto con el que Lan Huan sale de ahí: casi se tira un mechón de cabello completo mientras parece regañarse a sí mismo por algo.

Pobre.

En el piso superior hay varias puertas dispersas que se extienden a los lados de las escaleras, y enfrente y al fondo hay un corredor que va en ambas direcciones. Sigue las instrucciones de Zixuan y no tardas en encontrar la habitación de su hermana: el letrero es un pedazo de madera viejo que cuelga con un cordón de colores, "Jiejie" está escrito de manera desigual, con pinturas que han perdido su color y ahora están desgastadas. Tiene dibujos de pastelitos y caramelos, y unas calcomanías que ya ni siquiera tienen nada impreso.

Recuerda que él pegó esas ahí. 

Mientras que Yanli tenía la mejor letra entre los tres, y los dibujos de Wei Wuxian eran mejores, Jiang Cheng no tenía nada destacable que aportar. Por eso había guardado un par de monedas de su mesada y había comprado una libreta de estampas, y había usado eso para decorar las tablas.

No había esperado que Yanli aún la tuviera.

Las tablas las encontraron en el único viaje a la playa que habían hecho como familia. Caminaron tanto por la orilla que habían encontrado un muelle que se caía a pedazos. El idiota de Wei Wuxian quiso subir y jugar ahí, pese a los reclamos de ambos, y cuando estaba arriba había pisado una tabla que se rompió bajo su peso. Jiang Cheng fue el primero que se acercó corriendo, asustado, cuando notó que el otro niño no se había caído por completo, si no que sólo se le había hundido la pierna. 

El chiquillo lloraba de vergüenza porque no podía subir por sí solo, tratando de agarrarse. Lo ayudó a subir, pero como el buen hombrecito que era, lo había hecho sin tratar de ocultar su risa.

Su hermana había recogido las tablas al asegurarse de que ambos estaban bien y que Wei Wuxian no tenía más que unos cuantos raspones diminutos. De alguna manera, se había deshecho en tres pedazos bastante similares.

Su padre pulió las tablas para que no se astillaran y su madre tejió unos listones que usaban en el pelo para hacer los cordones.

No había pasado mucho cuando su madre y él se fueron de ahí.

Había querido llevarse su propia tabla, pero como su madre empacó todo, pensó en al menos dejar algo de él en la casa. De niño, creía que era lo único que podía dejar con Jiejie y A-Xian.

No se detiene a pensar si aún tienen la suya. Toca la puerta suavemente: —Jie, soy yo.

Su hermana tarda alrededor de 10 segundos para decirle que pase.

La encuentra sentada frente a un tocador, pasándose un cepillo por el cabello con dificultad. Desde donde está junto a la puerta, es fácil imaginar que no lo hubiera cepillado en días.

— ¿Quieres que te ayude con eso?

—Me encantaría.

Toma el cepillo de tus manos, tratando de averiguar si era mejor cepillarlo desde arriba o abajo. Su propio cabello es largo, pero no como el de ella. El suyo apenas le llega a los hombros y algunos mechones se le escapan de su coleta, pero A-Li seguro gasta bastante tiempo en arreglar el suyo.

Una noche, piensa, vio a su madre hacerlo. Estaba sentada en la orilla de una cama matrimonial después de haberlo arropado en la misma, vestida con un pijama y una bata de seda, tan hermosa y delicada que destacaba en esa aburrida habitación en el hotel en el que se hospedaron en camino a la ciudad natal de su madre.

Tras dejar a su esposo, la peineta se había deslizado con facilidad por el cabello oscuro de Yu Yizuan. Sin enredos, dificultades.

Tras perder a su padre, el cepillo se atora en la larga cabellera de Jiang Yanli.

Wanyin tiene que disculparse un par de veces tras tener que tirar de su pelo, pero después de varios minutos al fin consigue desenredar sus nudos.

Sin preguntarle, empezó a tejer desde la nuca. Había tejido para su hermana y su madre sus trenzas un par de veces cuando era niño, por lo que aún recordaba más o menos cómo se hacía, pero la última vez que había hecho una había sido a los 13 años, por lo que no era perfecta.

Ni siquiera era bonita. Una hebra estaba más gruesa que la otra, y casi se le escapa dos veces antes de terminarla. 

Yanli le ofreció una cinta morada para asegurarla, y se la echó sobre el hombro para mirarse en el espejo. Sus ojos estaban más rojos, y no había dicho nada todavía.

—Jiejie, ¿estás bien?

Nada.

Ella escasamente estaba respirando.

— ¿Quieres que llame a Zixuan?

Sólo un movimiento de cabeza.

Wanyin retrocedió para sentarse en la falda de la cama, cruzando los dedos. Nunca supo cómo consolar a la gente: su madre nunca ha sido una mujer que necesitara consuelo, y él había aprendido a no pedirlo, por lo que no sabía qué decirle.

Eligió sentarse cerca de ella, para que sintiera que estaba ahí, a un brazo de distancia.

No para incomodarla ni juzgarla, si no para acompañarla.

Le había dicho que lo necesitaba y Jiang Cheng había atravesado decenas de pueblos y ciudades para estar.

Había venido a una ciudad que había enterrado en el pasado, ya la que había deseado no regresar.

Había venido al funeral del hombre que alguna vez fue su padre.