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Keigo llevaba varios días sintiéndose mal. Estómago indispuesto, mucha fatiga, cuerpo pesado, el abdomen hinchado y náuseas. Pensó que quizá podría tratarse de algún tipo de virus estomacal y se tomó unos días libres por enfermedad para descansar y recuperarse, dejando en manos del resto de héroes la vigilancia y protección de la ciudad.
Sin embargo, en lugar de mejorar, sus síntomas empeoraron. Su bajo vientre hinchado, duro y caliente lo estaba matando. Se lo acarició con un gemido quejumbroso y dolorido, mientras se encogía sobre sí mismo en la cama.
Desde el umbral de la puerta, Enji lo observaba retorcerse con preocupación en los ojos. Sus pasos resonaron en la habitación cuando entró y el colchón se hundió bajo su peso al sentarse. Apartó con delicadeza los mechones de cabello que ocultaban el rostro del héroe nº2. Al hacerlo rozó su piel y frunció el ceño. Keigo estaba ardiendo.
—¿Estás seguro que no quieres ir al hospital?
—No es necesario, Enji-san. Solo necesito dormir y descansar.
No muy convencido, Enji decidió que al menos iría a buscar unos antipiréticos. De normal su temperatura corporal ya era más alta que la de la media debido a su don, y aún así, pudo notar significativamente la elevada fiebre de Keigo.
Salió de casa y llamó a su agencia para avisar que no pasaría por allí, que estaría ocupado atendiendo otros asuntos y que no lo molestaran por nada.
Y tras colgar y guardar el móvil, puso rumbo a la farmacia más cercana.
Mientras, en el interior del piso que acababa de abandonar, acurrucado bajo las sábanas, Keigo sentía cada vez más y más presión en su bajo vientre. Se ovilló sobre sí mismo todo lo que pudo, intentando atenuar las molestias y de pronto, creyó oír una especie de pequeño «pop». Una oleada de alivio repentino recorrió su cuerpo. La presión disminuyó y de su boca salió un gimoteo de satisfacción, pero entonces sintió una humedad inesperada, viscosa y cálida, deslizándose entre sus piernas empapando su ropa interior.
Asustado, abrió los ojos de golpe e intentó moverse para ir al baño. Un pinchazo agudo, que lo dejó sin aliento, apuñalando su abdomen desde el interior, lo detuvo, y sintió como una nueva oleada de ese flujo viscoso se escurría entre sus piernas.
Cuando el dolor remitió se deslizó fuera de la cama y al hacerlo un peso se instaló en su bajo vientre. Con una mano en el abdomen y las piernas temblorosas, avanzó a trompicones hasta el baño donde Enji lo encontraría al regresar.
Ovillado en el suelo, en un improvisado nido hecho con las toallas para la ducha y las del lavamanos, tras deshacerse de unos empapados pantalones; Keigo solo quería una cosa: expulsar ESO — fuese lo que fuese— de su cuerpo.
Su instinto le instaba a que empujase y empujase. Sin miedo, sin dudas y con todas sus fuerzas. Y como este jamás le había fallado, comenzó a empujar.
La presión de su bajo vientre se desplazó y un sollozo abandonó sus labios cuando, tras unos minutos eternos, algo de considerable tamaño salió deslizándose— con cierta (mucha) dificultad— de su interior por entre sus nalgas, con más de esa sustancia viscosa. Con la respiración agitada por el esfuerzo final, Keigo se dejó caer completamente en su improvisado nido, sudando a mares. Descansó un poco, recuperando el aliento y cuando ya no estuvo sintiéndose a punto de morir, se incorporó un poco y echó un temeroso y nervioso vistazo hacía atrás.
Y ahí, entre los pliegues de las toallas, estaba ESO. Grande, blanco, ovalado y viscoso. Keigo se frotó los ojos, creyendo estar delirando. Se sentó más correctamente, dando un respingo y siseando por el dolor en su culo. (Que no le había dolido así jamás en su vida). Se inclinó y al observarlo más de cerca, tuvo que aceptar la realidad. Allí, entre los pliegues de sus toallas había un huevo. Grande, blanco, ovalado e impregnado en los fluidos que lo habían ayudado a expulsarlo de su cuerpo.
Lo atrajo hacia sí y vio que asirlo con una mano, — al menos con una de sus manos — no le era posible, teniendo que usar las dos para poder sujetarlo con seguridad, pues no quería que se le resbalara.
Una calidez inesperada lo invadió de pronto y el instinto de protección afloró en su pecho cuando lo sostuvo frente a sus ojos, sintiendo la necesidad de darle el calor que la nueva vida gestándose en su interior le pedía. Lo acunó entre sus brazos con delicadeza, pegándolo a su torso y se acurrucó de nuevo en su improvisado nido.
«Joder» Se dijo asombrado e incrédulo a partes iguales. «He puesto un huevo, ¡un huevo! ¿Cómo es posible?»
Excepto por su don, Alas Rígidas, que le concedían las alas con las que volaba y cuyas plumas podía manipular a su antojo, él era completamente humano. Todos sus chequeos médicos lo confirmaban. Había visto el historial médico que la Comisión de Seguridad de Héroes tenía con toda su información desde pequeño. Pero… quizá era hora de volver a hacerse una revisión.
Exhausto por el parto/puesta de huevo, ese fue su último pensamiento antes de quedarse traspuesto.
Enji eligió ese momento para volver a casa. Abrió la puerta de la calle y dejó las llaves en el cuenco del recibidor. En los dedos de su otra mano colgaba una bolsa con los antipiréticos y una caja de pastillas para el dolor estomacal que el farmacéutico le había recomendado.
Se dirigió directo a la habitación, encontrando la cama revuelta y vacía, sin rastro de Keigo.
Llamó su nombre al ver que la puerta al lavabo en suite estaba entornada, pero silencio fue todo lo que recibió como respuesta. Un silencio tranquilo que le había dado la bienvenida a casa y ahora se había tornado opresivo.
Dejó la bolsa con las medicinas sobre la cama y se dirigió hacía el baño con un par de grandes zancadas.
—¡Hawks! — exclamó al verlo tirado en el suelo con todas las toallas alrededor.
Keigo despertó de su duermevela de sopetón. Abrió los ojos de golpe, encogiéndose sobre sí mismo protegiendo a huevo, para encontrarse con el rostro de Enji a centímetros del suyo.
—Enji-san…—susurró con una sonrisa cansada.
Enji suspiró aliviado, la tensión de sus músculos abandonó su cuerpo. Apartó unos mechones de la frente de Keigo y aprovechó para tomar su temperatura. Seguía febril.
—¿Estás bien?¿Qué haces dormitando en el suelo… medio desnudo? — preguntó al percatarse de la falta de pantalones en el otro.— ¿Y qué es eso que sujetas entre los brazos?
Keigo bajó la mirada hacia Huevo.
—La verdad, Enji-san, es que es algo que no sé cómo explicar.
—Hawks,— el nombre de héroe de Keigo salió de sus labios con cierta exasperación e incredulidad. —¿Me estás diciendo que TU has puesto ese huevo?
Enji contempló el huevo de considerable tamaño que Keigo cargaba y sujetaba de modo protector contra su pecho.
—Exactamente, Endevasan.
—¿Cómo?
—Pues…
—No me refiero a cómo lo has hecho, sino a cómo es posible.
—Eso es lo que no sé, Enji-san. Lo que sí sé es que bajo esta cáscara está nuestro polluelo, el instinto me lo dice.
Keigo se sentó en el sofá con cuidado, acunando a huevo. Su cabello aún estaba húmedo después de la rápida ducha que se había dado, para no dejar a Huevo solo.
—Mi pequeño Nugget — musitó acunándolo.
—¿Quizá deberíamos consultar con un profesional médico?
Keigo asintió, totalmente de acuerdo. Él también necesitaba saber. Así que pidió cita con su médico habitual y acudió acompañado de Enji y con Huevo en brazos.
Tras explicarle el asunto al médico,— que apunta todo en su historial clínico—una exploración y unas pruebas decide, al comparar con resultados de informes antiguos, derivarlo a un especialista en cambios físicos y biológicos producidos por dones. (Así como también les asigna un pediatra especializado para las revisiones de Huevo.)
En su visita al especialista, este le muestra a Keigo mediante una ecografía, los cambios que se han sucedido en su biología interna; señalando en la pantalla para que él y Enji pudiesen ver como parte de su aparato reproductor ya no era humano.
—Como puede ver aquí, Takami-san, se puede observar una vagina y un útero como el de las aves y al final del oviducto el ovario con sus óvulos. Aunque también parece conservar una parte del aparato reproductor masculino humano…
El doctor siguió hablando, deslizando el transductor por su piel, generando nuevas imágenes en el monitor, pero Keigo había dejado de escuchar lo que decía en cuanto la palabra óvulos salió de la boca del profesional médico. Sus ojos perdidos en las formas blancas y negras de la pantalla.
—¿Cómo ha sido esto posible, doctor? — Enji que había estado callado hasta ahora no pudo evitar preguntar al fin.
—Sin duda es por el efecto de un don de transformación, Todoroki-san. Es habitual en pacientes con ese tipo de don.
—Pero esos dones se aplican sobre uno mismo, no sobre los demás. Hawks no posee ese tipo de don.
—Así es, los dones de transformación que surten efecto sobre uno mismo son los más comunes, pero también hay otros que se pueden utilizar sobre objetos u otros seres.
—¿Hay alguna forma de revertir el efecto, doc?
El médico volvió su atención a Keigo.
—Me temo que ya no es algo posible, Takami-san. No cuando las alteraciones se han asentado tanto como para «dar frutos».
Sus ojos cayeron entonces sobre Huevo, en brazos de Enji. La pareja también miró a Huevo. Keigo sintió el calor del cariño inundar su pecho, suavizando su mirada. Enji, en cambio, sintió el atenazante nudo del miedo instalándose en su estómago.
—¿Entonces hay posibilidades de que Hawks vuelva a poner huevos? — Su voz sonó serena y sin temblores, muy distinta al pánico que estaba sufriendo internamente.
El clínico sonrió.
—Sí, Todoroki-san. Es posible que solo cuando el óvulo se fecunde, como ocurre en un embarazo humano o con aquellas personas cuyo don les dan aspecto y habilidades de animales, pero no lo puedo asegurar. Por eso me gustaría realizar un estudio de seguimiento de su nueva condición, Takami-san.
Keigo asintió.
—¿Entonces, debo tomar anticonceptivos?
—Por el momento aconsejo preservativo, para que sus efectos no interfieran en los resultados del estudio.
Enji carraspeó, ligeramente mortificado cuando el clínico lo miró tras decir que recomendaba el uso del preservativo. Hawks también lo había hecho, con algo más de disimulo y una pequeña sonrisa traviesa en los labios.
—¿Y qué hay de la fiebre de Hawks? Su elevada temperatura no ha bajado desde entonces.
—Es algo normal. Seguirá siendo alta debido al período de incubación. Una vez el polluelo eclosione, la temperatura de Takami-san debería volver a la normalidad. Mientras Takami-san no se sienta mal, no hay de qué preocuparse.
—¿Cuánto durará ese período?
—Es difícil de saber. Pero mínimo un mes.
El período de incubación de Keigo duró cuarenta y seis días, en los que el héroe de alas rojas, pasó acurrucado en la cama y entre las toallas del nido que «construyó» en él salón. Dándole calor y mimos, tarareándole canciones…
Escenas enternecedoras que fueron ablandando el corazón de Enji y disipando poco a poco las dudas y el miedo de su nueva paternidad. Dejando de ser un participante pasivo en la incubación de Huevo, como había estado haciendo hasta ahora al encargarse solo cuando Keigo necesitaba pausas para ir al baño y para ducharse, pese a que su propia temperatura corporal era perfecta para ello, pues Keigo lo acaparaba todo para él. O eso se decía a sí mismo como excusa.
Pero eso cambió cuando un día Keigo, en uno de sus «descansos» contemplaba a Huevo en el portabebés que llevaba Enji.
—Enji-san, ¿has pensado alguna vez cómo de grande sería una tortilla hecha con Huevo?
Las alarmas saltaron inmediatamente en su mente y sujetó el portabebés de Huevo de forma protectora.
En el fondo sabía que era una broma, pero no le hizo gracia ninguna. No cuando al ser la comida favorita de Keigo, la disfrutaba en todas sus facetas (incluyendo la tortilla).
Desde entonces, había asumido un papel más activo en el cuidado de Huevo, «protegiéndolo» de su madre.
Eso no impidió que sufriera un micro infarto, cuando, recién llegado a casa, oyese un característico crujido y viese la brecha en la impoluta carcasa.
—Enji-san, Enji-san — exclamó susurrando Keigo al verlo con emoción y temor en la voz, haciendo aspavientos para que se acercara. — Nugget está rompiendo el cascarón.
Nugget era un polluelo feo, con cuatro pelos mal contados de un color rojizo intenso en la cabeza y unos ojos de color azul oscuro (que con el paso del tiempo se irían aclarando hasta adoptar la tonalidad azul de los de Enji).
Unos días más tarde y tras mucho pensarlo lo inscribieron en el registro civil con el nombre de Hiko Takami, el cual con el paso de los días había ido adoptando un aspecto más humano y menos pollo,— para alivio de Enji, que no tendría que temer porque Keigo quisiera comérselo— pareciéndose físicamente más a su padre. (Pero por suerte no en personalidad).
