Actions

Work Header

Bajo control

Summary:

Izuku por fin se muda con su amigo de la infancia, Katsuki. Vivir con él es como lo que siempre quiso aunque cada día que pasan juntos solo aviva en Izuku el deseo de algo más que amistad. Katsuki, en cambio, no entiende cómo Izuku puede tratarlo con tanta amabilidad cuando él mismo sabe que no lo merece. Pero lo que Bakugo no imagina es que Midoriya tiene un plan —uno tan perfecto que podría hacerlo caer, sin remedio, en sus manos.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

El segundo año de preparatoria llegó después de la batalla contra Shigaraki, y desde entonces Izuku y Katsuki se habían vuelto inseparables. Casi como muéganos.

Los malos sueños no desaparecieron con la victoria. Las cicatrices, visibles o no, seguían ahí. Por eso ambos acudían a terapia, semana tras semana, intentando aprender a respirar sin sentir que el peso del pasado los hundía.

A veces, en las noches más pesadas, uno terminaba en la habitación del otro.
Izuku solía apoyar la mano sobre el pecho de Kacchan, asegurándose de que su corazón seguía latiendo con la misma fuerza de siempre.
Katsuki, por su parte, se quedaba despierto unos minutos más, observando a Deku respirar, confirmando que no había huido, que seguía allí… que sus brazos, los mismos que una vez arriesgaron todo, seguían intactos.

No hablaban de ello. No hacía falta. Entre ellos bastaba con existir, compartir el silencio, y dejar que la noche pasara sin derrumbarlos.

 

Cuando por fin terminaron la U.A., Katsuki e Izuku decidieron alquilar un pequeño apartamento. No estaba precisamente cerca de sus padres, pero sí lo bastante del centro como para llegar cómodamente a sus trabajos.
Izuku había conseguido una plaza como profesor en la U.A., y Katsuki, por su parte, se unió a la agencia de Hawks —ahora administrada por Tokoyami— como héroe profesional.

Al principio nada fue fácil. Entre el alquiler, las facturas y la comida, el dinero parecía evaporarse antes de que pudieran tocarlo. Pero entre los dos lograron arreglárselas… con un poco de ayuda de sus madres, claro.
Quién lo diría: lo más difícil de la vida adulta no era enfrentarse a villanos, sino sobrevivir a la lista del supermercado.

Con el tiempo, construyeron una rutina sin siquiera proponérselo.
Izuku se encargaba de la lavandería —“porque lo hace a su manera maniática”, según Katsuki—, y tras algunas discusiones y más de un suspiro exasperado, Midoriya aceptó no dejar sus figuras y cuadernos de héroe esparcidos por todo el apartamento.
También era quien mantenía el hogar abastecido, siempre pendiente de los pequeños detalles: una planta nueva junto a la ventana, tazas a juego, un calendario lleno de notas adhesivas que recordaban citas médicas y días de entrenamiento.

No era una vida perfecta, pero era suya.
Y en medio de los turnos de trabajo, los platos sin lavar y las noches agotadas, ambos sabían —aunque no lo dijeran en voz alta— que habían encontrado algo mucho más valioso que una simple rutina: un hogar compartido.

Katsuki, por otra parte, se adueñó por completo de la cocina. No porque fuera su obligación, sino porque, siendo sinceros, no confiaba en que Deku no hiciera estallar la sartén en cualquier momento.
Desde aquella primera vez, Kacchan supo que el chico de cabello verde y sonrisa radiante no tenía remedio cuando se trataba de comida. Pero, de alguna manera, cocinar para él se volvió algo especial.
Le gustaba ver cómo Izuku se iluminaba con el primer bocado, cómo su expresión se suavizaba y dejaba escapar esas frases que lo desarmaban sin previo aviso:

"¡Kacchan, esto está delicioso!" O "¡Tu comida siempre me revive!"

Y luego estuvo esa vez.
Esa maldita vez en la que Deku, riendo como si nada, dijo:
—¡Me casaría con Kacchan solo para disfrutar de sus platillos por siempre!

Katsuki casi se atragantó. Sintió el corazón dar un salto tan fuerte que por un instante pensó que se le había detenido.
Se giró enseguida, fingiendo indiferencia, solo para que nadie —salvo él mismo— notara el rojo encendido que le cubría las mejillas.

—Tch… se va a enfriar, deja de hablar, nerd —murmuró.

Pero la voz le salió más suave de lo que pretendía.
Porque —que le parta un rayo—, si alguna vez llegaba a admitir algo así, esas malditas palabras hacían que todo lo demás dejara de importar.

 

Katsuki se había dado cuenta en su segundo año en la U.A.: ese maldito pecoso se le había metido bajo la piel.
Bueno… si era sincero, siempre había estado ahí.
Desde que tenía memoria, Izuku formaba parte de su historia —corriendo detrás de él, animándolo a pesar de todo, o mirándolo con esos ojos llenos de una fe tan absurda que dolía.

No recordaba un solo momento importante de su vida en el que Deku no estuviera presente.
Le debía demasiado.
Izuku nunca se rindió con él, nunca lo culpó, ni siquiera cuando Katsuki más lo merecía. Y aun así, Bakugo no sentía haber hecho nada que justificara estar a su lado.

Solo le había traído dolor, malos recuerdos y una secundaria que ambos habrían querido olvidar.
Lo había humillado, lo había hecho llorar, había descargado su furia contra él más veces de las que podía contar… y, sin embargo, Deku seguía ahí.

Katsuki quería creer que estaba cambiando, que se estaba convirtiendo en alguien mejor. Pero, en el fondo, sabía la verdad:
seguía siendo lo bastante egoísta como para no poder dejar de vivir con él.

Fue en su tercer año compartiendo apartamento cuando todo empezó a cambiar.

Izuku comenzó a notarlo en los detalles.
El acondicionador especial que Kacchan usaba —ese que olía a menta y canela— desapareció del baño.
La salsa picante que pedía desde México, “porque esa sí pica de verdad”, ya no llegaba en los pedidos del mes.
Incluso las suscripciones a todos esos servicios de streaming que juraba que algún día usaría habían sido canceladas.

Al principio pensó que era una coincidencia, que quizá se había olvidado de pagarlos o que había tenido cosas más importantes que hacer.
Pero las coincidencias con Kacchan no existían.

—¿Por qué no compraste acondicionador, Kacchan? —preguntó una noche, con voz casual mientras revisaba la alacena.

El rubio solo gruñó algo sobre “ahorrar dinero” y siguió cocinando como si nada.

Pero Izuku lo conocía demasiado bien.
Sabía cuándo Katsuki mentía, cuándo evitaba mirarlo a los ojos y, sobre todo, cuándo algo lo estaba carcomiendo por dentro.
Solo que esta vez no tenía idea de qué era… ni por qué Kacchan no quería contárselo.

 

De pronto, Izuku empezó a notarlo: Kacchan estaba trabajando mucho más y durmiendo menos.
El tiempo juntos comenzaba a desvanecerse entre misiones y turnos dobles. Apenas lograban coincidir un par de veces a la semana, y aun así, cada mañana, el bento de Izuku lo esperaba en la encimera de la cocina junto a una nota escrita con esa letra firme que conocía tan bien:

“El café tiene leche. ¡El azúcar no es necesaria! Cómetelo todo, nerd.”

O esa otra un lunes:

“Nada de katsudon esta semana. ¡El mes pasado fue suficiente para todo un año! Duerme temprano.”

En idioma Kacchan, aquello significaba: esta noche regresaré tarde.
Pero las notas siempre lo alegraban. Lo hacían sentir acompañado, o como si siempre estuviera presente en la mente de su amigo.

Así que Izuku empezó a responderle.
Dejaba pequeñas notas por toda la casa: sobre la ropa lavada y doblada, en el refrigerador, o sobre la mesa del comedor.

“Dejé tu traje de héroe en el cesto. Usa el de repuesto.
Asegúrate de descansar.
Tu cena está en el microondas ¡la compré, lo prometo!.”

Y, con muchos más nervios, una mañana dejó una en el espejo del baño:

“Lo vi en el pasillo del súper y simplemente lo tomé.
Siempre me gustó el olor de tu cabello.”

Apenas la pegó, sintió que el corazón le latía hasta en las manos.
Se estaba arriesgando demasiado.
Era codicioso, lo sabía. Quería tomar más de lo que le daban. Pero su estúpido enamoramiento por su amigo de la infancia nunca se había ido; al contrario, desde que vivían juntos había echado raíces más profundas.

Dicen que la perfección no existe, pero Izuku sabía que quien lo dijo jamás había conocido a Kacchan.
Para él, Katsuki era todo lo que alguien podía aspirar a ser: talentoso, valiente, determinado, con ese fuego ardiente en la mirada… atractivo como el mismísimo infierno.
El héroe que había entrado al top 100 en su debut, y que ahora, tres años después, ya ocupaba el puesto número quince.
Un récord. Un prodigio. Su héroe.

Izuku siempre se sintió como si orbitara a su alrededor, admirando todo lo bueno que era, todo lo que representaba.
Su imagen de victoria.

Se sorprendió cuando, en mitad de una clase, su celular vibró con un mensaje del héroe profesional.

Kacchan <3: Compraste el acondicionador.

No era una pregunta. Era una afirmación. Muy Kacchan.

Tú: Pensé que quizás estabas guardando dinero para algo más importante.
Sé que te gusta cuidar tu cabello, así que… quise darte un capricho.

La respuesta tardó unos minutos en llegar. Izuku se distrajo corrigiendo unas notas hasta que la pantalla volvió a iluminarse.

Kacchan <3: Creí que lo compraste porque “te gusta el olor de mi cabello”.
Kacchan <3: O eso decía tu tonta nota.

Izuku se ruborizó de inmediato. Sintió cómo el calor le subía hasta las orejas mientras tecleaba a toda velocidad.

Tú: ¡Kacchan! Discúlpame, déjalo pasar, ¿sí? No quise molestarte.
Es solo que sé lo mucho que cuidas tu aspecto y… últimamente sentí que estabas dejando algunas cosas de lado.
¡Pero lo decía en serio! Me gusta el olor de tu cabello…
¿O querías cambiar de acondicionador?

Pasaron unos segundos eternos antes de que llegara la respuesta.

Kacchan <3: Nerd, tienes la increíble habilidad de murmurar hasta por texto.
Kacchan <3: No lo voy a cambiar si te gusta, idiota.
Kacchan <3: Gracias.

Izuku se quedó mirando la pantalla durante largos segundos, sin saber si estaba leyendo bien.

¿Kacchan… estaba de acuerdo?
¿Y no lo iba a cambiar… porque a él le gustaba?

Una sonrisa se dibujó sola en su rostro. Sintió el pecho llenarse de una calidez difícil de describir.
Definitivamente hoy compraría curry picante. No iba a cocinarlo, claro —todavía no dominaba ni los huevos fritos—, pero tenía que intentarlo.

—Sensei —la voz de uno de sus alumnos lo sacó de sus pensamientos. Izuku levantó la cabeza, algo sobresaltado.

—¿Tiene novia? —preguntó el chico, con la inocencia maliciosa de quien ya sospecha la respuesta.

—¿Qué? ¡No! —exclamó demasiado rápido, el rubor regresando con fuerza a sus mejillas.

—Le sonreía mucho al celular —comentó otro, provocando risitas generalizadas.

Izuku carraspeó, recuperando la compostura con un gesto enérgico.

—Silencio. Retomemos la lección —dijo, intentando sonar serio.

Por dentro, sin embargo, sentía una pequeña y ridícula sensación de triunfo.
Todo eso… por un simple acondicionador.

 

El jueves, al salir de clases, Izuku finalmente fue a visitar a Ochako.
Había pospuesto la reunión dos veces, y ya podía sentir la impaciencia de su amiga incluso a través de los mensajes.

Ella lo recibió con su sonrisa de siempre, una mesa llena de snacks nada saludables y varias latas de cerveza fría esperándolos.
Se acomodaron en la sala, listos para ponerse al día.

 

Las horas pasaron entre risas, chismes y recuerdos, hasta que Ochako soltó algo que captó por completo su atención.

—Iida, el prohéroe Ingenium —dijo con una mezcla de nervios y orgullo—, me invitó a salir.

Izuku arqueó una ceja.
—Juraría que iba a tardarse más.

—¡¿Cómo lo sabías?! —exclamó ella, sorprendida.

Él soltó una risa.
—Vamos, Ochako, si lo tenía escrito en la cara desde la última reunión. No te quitó la vista de encima ni un segundo. Hasta estaba tan pendiente de tu bebida que no me dejó llevarte una.

—Dices eso, pero Bakugo también te miró toda la noche.

Izuku se atragantó con la cerveza.
—¡Por supuesto! Alguien tenía que asegurarse de que llegáramos a casa vivos. Y… no estábamos hablando de eso.

—Ay, por favor —suspiró ella, dándole un golpecito en el brazo—. En serio, Deku… solo díselo.

—¡Ni hablar! —protestó enseguida—. Me tomó años ganarme su confianza. Ahora nos llevamos bien, mejor que nunca. Estoy… estoy bien así. No voy a arruinar nuestra amistad por mi tonto enamoramiento.

Ochako lo observó en silencio por un momento antes de hablar con un tono más suave, pero firme.
—¿Entonces qué? ¿Vas a vivir así para siempre? ¿Compartiendo un pobre apartamento y preguntándote qué habría pasado si te hubieras arriesgado?

Izuku bajó la mirada, girando el anillo de la lata entre los dedos.

—En realidad… no sería un apartamento “pobre” por siempre —murmuró, intentando desviar el tema—. Ahora la U.A. me paga lo suficiente para dar el enganche de una casa. Incluso me queda algo de lo que me dieron después de… lo de AFO.

Ochako arqueó una ceja, incrédula.
—Claro, Deku. Seguro podrías decirle que se mude contigo. Algo muy sutil, tipo “cásate conmigo”.

Él soltó una risa corta, amarga.
—Tienes razón, Ochako… es patético —susurró, cubriéndose el rostro con una mano.

Ella lo miró con una sonrisa triste, sin decir nada.

Y entonces, en medio de ese silencio, algo hizo clic.
Las piezas comenzaron a encajar en su mente.

Kacchan había estado comprando cosas más baratas. Había dejado de pedir su salsa favorita, cancelado sus suscripciones, trabajado más y dormido menos.
Incluso había cupones de descuento del súper en el cajón de la cocina… como si intentara ahorrar hasta el último yen.

Izuku tragó saliva con dificultad.
—Kacchan… quiere mudarse —susurró.

Y el pecho se le apretó de golpe.

 

Llegó al apartamento arrastrando los pies, con la cabeza nublada y los pensamientos girando sin descanso.
Tropezó con el pequeño escalón de la entrada y tuvo que apoyarse contra la pared para no caer.
El alcohol le estaba pasando factura.

Kacchan quería mudarse.

Esa idea se clavaba en la cabeza como una espina.
¿Habría conocido a alguien? ¿O simplemente… se había cansado de él?

Por primera vez, Izuku sintió un miedo real.
Miedo de perder lo único que le hacía sentir en casa, lo que lo mantenía con los pies en la tierra desde que las brasas del One for All se habían apagado.

Avanzó tambaleante hacia la sala, tropezando con la mesa del centro. Las llaves se le escaparon de las manos y cayeron al suelo con un tintineo seco.
Mientras intentaba aflojarse la corbata, todo empezó a parecerle absurdo.
Todo.

Un nudo le apretó la garganta.
Pero estaba bien, ¿no?
Si eso era lo que Kacchan quería, él no podía detenerlo.
Nunca había podido.

Quizá la nota que leyó en las noticias era cierta: el prohéroe Dynamight fue visto con una chica de cabello castaño.
Cuando se lo preguntó, Katsuki había respondido con su típica frialdad:

—Era una turista perdida. La ayudé a llegar a su hotel, nada más.

Cortante. Molesto. Tratando de restarle importancia.
Pero… también podría haberlo dicho para proteger su vida privada. Quizá incluso… de Izuku.

El pensamiento le dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—¿Izuku? —la voz somnolienta rompió el silencio.

Deku, que se había dejado caer en el sofá, se irguió de golpe.
Katsuki estaba allí, descalzo, con el cabello despeinado y los ojos entrecerrados por el sueño.
Y, por un instante, todo lo demás se desvaneció.

—Estás… aquí —murmuró Izuku, arrastrando las palabras—. Pensé que t-tampoco te vería hoy.

—Terminé temprano —respondió Katsuki con voz ronca, acercándose al sofá. Se apoyó con los codos en el respaldo, observándolo con detenimiento—. ¿Estabas con mejillas redondas?

Izuku parpadeó, intentando procesar la frase, el alcohol no le permitía pensar con tanta claridad.
—¿Eh?

—Uravity —aclaró Katsuki a medio bostezo —. Siempre sales de ahí oliendo a papas fritas y arrepentimiento.

La risa que escapó de Izuku fue torpe, pero genuina.
Y, por un momento, se permitió fingir que todo seguía igual.

 

—Sí, bueno… ella me trajo. Tiene un auto muy bonito —murmuró Izuku, con una sonrisa cansada.

Katsuki se tensó de inmediato, frunciendo el ceño.
—¿Ah, sí, nerd? —su voz bajó apenas un tono, lo suficiente para sonar peligrosa—. ¿Y qué más tiene bonito?

—Ella es bonita… —respondió Izuku, y el gesto del rubio se endureció aún más.
El peliverde, tambaleante, agregó con voz apenas audible—: P-pero nunca tanto como tú…

Katsuki soltó un suspiro pesado, arrastrando una mano por su rostro.
—Idiota. Ya estás delirando. Ve a darte una ducha antes de que tenga que limpiar si vomitas en el piso.
¿Y no trabajas mañana?

—Sindicato… no trabajo —balbuceó Izuku, ya medio dormido, con la cabeza ladeándose.

Katsuki lo observó por un momento. El ceño seguía fruncido, pero algo en su expresión se suavizó sin que pudiera evitarlo.

—Kacchan… —susurró Izuku, apenas consciente—. No… no te vayas.

Katsuki se quedó quieto, mirándolo.
El silencio pesó un segundo, dos… y luego, con un leve resoplido, bajó la vista.

—Tsk… no pienso irme a ningún lado, nerd.
Pero izuku no alcanzo a escucharlo.

Y Katsuki no lo decía solo por esa noche.

 

No recordaba haber llegado a la cama. Ni cómo se había cambiado.

Llevaba unos shorts y una camiseta enorme —demasiado grande— que, obviamente, era de Katsuki. La cabeza le dolía como el demonio. Se levantó con cuidado, tomó una ducha rápida y, al salir, volvió a ponerse la misma camiseta. De todas formas, no podía resistirse.

Eligió unos boxers negros con elástico naranja en forma de X. Definitivamente, pensó con una sonrisa avergonzada, Katsuki no sabe que tengo mercancía Dynamight… se reiría de mí por días.

Suspiró.

¿Qué estaba haciendo? Usando su ropa, suspirando por él, con el corazón acelerado como si fuera una colegiala enamorada.

Salió hacia la cocina, decidido a desayunar algo… y entonces se encontraron.

Verde y rojo. Dos miradas destinadas a encontrarse. Fue un instante demasiado largo, casi doloroso.

—Izuku.
La voz de Katsuki lo ancló a la realidad.

Llevaba pantalones de chándal y una camiseta negra sin mangas. Sus brazos fuertes y definidos brillaban con la luz de la mañana. Tan doméstico, moviéndose por la cocina con naturalidad… Katsuki siempre parecía pertenecer a todos los lugares donde estaba.

Izuku tragó saliva. Y en ese instante lo supo.

No podía dejarlo ir. No otra vez.

No voy a perderte, se dijo mentalmente.
No me rendí nunca y esto no va a ser diferente.

Había perdido su corazón una vez, cuando Shigaraki casi destruyó todo y las pesadillas todavía lo perseguían. Pero dejar ir a Katsuki sin siquiera intentarlo… eso sería el fin.

Tenía que hacer algo. Iba a intentarlo.

—¡Kacchan! —dijo, con una sonrisa brillante mientras se acercaba—. ¡Estás aquí! Déjame ayudarte a preparar la mesa. ¡Qué bien huele!

El dolor de cabeza prácticamente desapareció.

Katsuki probablemente se estaba preparando para irse, pero Izuku no iba a ponérselo fácil.

No esta vez.

Hoy comenzaba su plan.