Actions

Work Header

A marriage as the law dictates (and as the heart desires) - MarkHyuck / MaHae

Summary:

Según la ley conyugal, se decreta que un príncipe solo puede casarse con otro príncipe, pero, de seguir desposado cuando deba asumir el puesto de rey, será el confiado del rey vigente quien contraiga matrimonio con él.

O, donde Donghyuck es el príncipe de Jeju y Mark la mano derecha de su padre.

Chapter 1: Capítulo 1 - Pretendientes y otras cosas indeseadas

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Donghyuck se encontraba sentado en la cornisa de una de las ventanas que iluminaban su habitación, contando los segundos mientras observaba sus uñas hasta que escuchó la puerta principal de su innecesariamente amplio palacio, provocando una sonrisa socarrona en sus labios. Unos pasos apresurados fueron lo siguiente en oírse siendo perseguidos por los de otra persona hasta que la escena que se desarrollaba bajo sus pies entró en su campo de visión. 

 

– ¡Esto es inadmisible! – exclamó una mujer pelirroja -debido al tinte que le dejaba un color de cabello para nada natural- mientras se alejaba rápidamente de la gran construcción sujetando a su hijo por el brazo, siendo seguidos por un hombre de mediana edad a quien pudo distinguir como su padre.

 

– Por favor, reina Soyeon, estoy seguro de que podemos encontrar un acuerdo que nos beneficie a ambas naciones – dijo la autoridad de Jeju mientras seguía los pasos de los invitados que ahora parecían querer huir despavoridos.

 

La mujer frenó de golpe frente al coche aparcado justo en la entrada del palacio donde ya les esperaban su marido y el conductor designado para ellos, dándose la vuelta y permitiéndole ver la expresión de absoluta furia que cargaba, claramente ofendida y no deseando pasar allí ni un segundo más.

 

– Mucha suerte casando a tu hijo, rey Taeyong – abrió la boca nuevamente la mujer, dejando que el chófer abriese la puerta del auto para ellos y forzando a su hijo -que, por lo que sabía, se llamaba Jeno- a entrar apresuradamente para subirse ella poco después, no tardando ni diez segundos en arrancar y emprender la marcha, dejando detrás de sí una nube de polvo levantada por las ruedas sobre el camino de piedras. 

 

Donghyuck no pudo contenerse más encontrando la escena demasiado divertida, soltando una gran carcajada que pudo ser escuchada por toda la fachada de su hogar, según pudo deducir cuando su padre se giró rápidamente hacia él con un enfado inconfundible mientras lo señalaba con el dedo. El joven príncipe tuvo que agacharse para intentar esconderse bajo la repisa de la ventana mientras seguía riendo, asomando sus ojos solo para ver a su padre ingresando nuevamente al palacio con grandes zancadas, sabiendo lo próximo que vendría. 

 

El castaño se reincorporó calmando un poco su risa mientras suspiraba, aún divertido, mientras se dirigía al piano de su habitación fingiendo concentración. No habían pasado ni diez segundos desde que se sentó en el asiento de madera tapizada cuando la puerta de sus aposentos fue abierta revelando a dos hombres: su padre y… él.

 

Donghyuck resopló, rodando sus ojos hacia otro lado mientras su lengua se presionaba contra su mejilla derecha, en un claro gesto de molestia.

 

– ¡LEE DONGHYUCK! – exclamó su padre una vez estuvo frente al piano y su hijo, quien puso su mejor cara de inocencia mientras jugaba con las teclas del instrumento, creando de alguna manera una sutil pero encantadora melodía. El piano era uno de sus numerosos talentos, y saltaba a la vista.

 

– Hola padre, ¿sucede algo? – tuvo el descaro de preguntar mientras dejaba de pisar el pedal del piano, haciendo que ahora la melodía retumbase menos contra las paredes, sonando más baja pero también más estridente. 

 

– Tú… – comenzó el hombre mayor volviendo a apuntarle con su dedo índice, claramente acusatorio – Tú eres lo que sucede. ¿¡Qué le has hecho a la reina de Incheon!?

 

Donghyuck puso su mejor cara de fingida sorpresa, llevándose la mano derecha al pecho con un gesto de dolor claramente exagerado – ¿yo?

 

– Sí, Donghyuck, tú – respondió el rey con un tic formándose en su ojo.

 

– Solo le dije a Nala que fuese a saludarla – dijo simplemente, haciendo que su padre abriese los ojos como platos aún teniendo sus cejas fruncidas, formando un gesto que volvió a despertar el humor del chico aunque se esforzó por no salirse de su actuación –. Si quería ser mi futura suegra, creí que también era importante que conociese a mi hija.

 

– ¿Tu hija? ¡Un tigre de sesenta kilos no es tu hija, Donghyuck! – gritó por los aires, empezando a sentir ganas de arrancarse el pelo.

 

– Para mí es como si lo fuese. Es lo más cercano a un amigo que he tenido desde que nací – habló esta vez más serio, queriendo defender a la tigresa a la que había decidido adoptar hacía unos años y que ahora era su pequeña protegida y amiga. Era el único ser vivo en el palacio que le soportaba y se le acercaba por voluntad, y también era el único al que Donghyuck le permitía acercarse tanto.

 

Taeyong suspiró bajando la mirada hasta el suelo mientras ponía sus manos en su cintura en forma de taza, siendo casi visible una nube de humo saliendo de sus orejas debido a los miles de pensamientos que se encontraba analizando hasta que finalmente volvió a elevar la mirada. Esta vez su rostro era plano. No había enojo, no había desesperación, no había cansancio. Solo miraba a Donghyuck con una expresión que el otro nunca había visto en su padre hasta ahora, haciendo que un escalofrío le recorriese la columna vertebral sin saber qué esperar de todo esto por primera vez en su vida.

 

– Ese era el último pretendiente dispuesto a casarse contigo, hijo – habló finalmente el rey sin distorsionar su semblante, haciendo que el joven comenzase a temer por las palabras que vendrían a continuación –. Llevas años ahuyentando a cualquier príncipe que haya cruzado por esa puerta, ¿sabes acaso lo mal que nos deja eso como nación? ¿Intentas conspirar contra mí o algo por el estilo?

 

Él lo sabía. Sabía perfectamente lo difícil que era encontrar a un príncipe o, en general, a un reino, dispuesto a contraer matrimonio con él. Su reputación desde hacía años no era la mejor siendo que llevaba los últimos cuatro espantando a cada pretendiente que se apareciese frente a la puerta de su palacio con aires pretenciosos y pidiendo su mano alardeando de sus riquezas como si eso fuese algo que le importase a Donghyuck. Él, por el contrario, no deseaba casarse. Le importaba su nación y por supuesto que deseaba poder llegar a ser un rey ejemplar llegado el momento de su coronación, pero nunca había entendido la necesidad de tener que hacerlo con un anillo en su dedo anular. 

 

Pensó que declararse abiertamente homosexual sería suficiente para mantener alejadas a las princesas interesadas y a sus arpías madres que solo buscaban una unión fácil con la mayor potencia textil de todo el continente, pero resultó que solo empeoró la situación. Ya no venían a por él princesas malcriadas, no, pero había descubierto que los príncipes podían ser incluso peores, no solo siendo malcriados o prepotentes sino también orgullosos. Por ello, Donghyuck había dejado de intentar rechazarlos de buenas formas hacía mucho, porque de todas maneras todos se iban ofendidos y jurando ir a hacerle pagar por tal insulto a su honra. 

 

Habían pasado por su palacio toda clase de pretendientes, desde algunos más desesperados por la situación de sus reinos, hasta otros que sí pudieron llegar a despertar algún interés en Donghyuck pero que terminaban por hacer algo que lo decepcionaba y rompía cualquier tipo de esperanza que pudiese haber formado en cuanto a forjar un futuro a su lado. Los peores, sin duda, habían sido los que claramente no eran homosexuales y solo se postulaban a ese matrimonio como si fuese una mera gestión diplomática. 

 

Donghyuck estaba cansado, y por eso decidió que por lo menos sacaría algo bueno de todos esos rechazos, inventándose las maneras más creativas e inimaginables para echar a cualquiera que cruzase las puertas del palacio con intenciones de boda. Una trampa de pintura por aquí, una lluvia de lombrices por allá, o un falso diagnóstico de una enfermedad mental que llevaba al príncipe a querer deshacerse de cualquiera que lo besase. Y, cómo no, estaba su favorita: desde que adoptó a Nala, le encantaba mandar a su bonita cachorra a dar visitas sorpresa a sus futuras suegras sabiendo que huirían gracias a lo imponente de su amiga felina. 

 

Por ello, Donghyuck se había labrado una reputación cuestionable de puertas para fuera, haciendo que poco a poco menos pretendientes se presentasen frente a él, cosa por la que también se empezó a hablar de una posible maldición que le rondaba. El día de su nacimiento, el 6 de junio del año 2000, supuso el estallido de la que había sido la peor epidemia biológica registrada hasta la fecha, una que también se llevó a su madre cuando él era apenas un niño. Durante más de quince años, una extraña enfermedad diezmó a la población de los reinos de Corea hasta que finalmente pudo ser controlada y erradicada hacía ya una década, pero todo ello sumado a su ya conocida fama hizo que se especulara sobre una posible maldición puesta sobre él, que haría que cualquier hombre que se atreviese a amar a Donghyuck estuviese condenado a la eterna infelicidad. Solo los más supersticiosos creyeron (y creen) en ello, pero eso hizo que de los miles de príncipes esperando casarse con él quedasen tan solo unos cientos que ni siquiera se planteaban enamorarse del joven.

 

Donghyuck suspiró, esta vez completamente serio, mientras se levantaba del asiento del piano mirando sus manos con un ligero arrepentimiento porque, si bien seguía sin estar dispuesto a dar su brazo a torcer, no deseaba que su padre lo tomase como un ataque contra su figura.

 

– Claro que no, padre. Es solo que… ya lo sabes, no quiero casarme. No con un príncipe ni con alguien a quien no conozca – dijo en voz baja para que solo le escuchase su progenitor, sin querer que las palabras llegasen también a oídos del tercero que se encontraba admirando la escena impasible desde la puerta.

 

Su padre resopló nuevamente, volviendo a sopesar sus pensamientos hasta que una expresión derrotada se implantó en su cara, mirando fijamente a su hijo antes de hablar.

 

– No deseas que sea un príncipe ni un desconocido, ¿no? – elevó una ceja mientras veía cómo su hijo fruncía el ceño, como si se preguntase qué diantres pasaba por la cabeza de su progenitor – Bien, que así sea entonces. Conmigo, a mi despacho, ahora. Mark, ven tú también.

 

Eso hizo que los ojos de Donghyuck se dirigiesen a aquel rostro que se sabía de memoria, después de llevar conociéndolo prácticamente desde que nació, descubriendo que éste ya le estaba mirando. 

 

Mark Lee, el consejero de su padre desde que Donghyuck tenía apenas trece años y, si le preguntaban a él, su némesis personal. 

 

El joven azabache mantuvo su misma expresión inmutable de siempre, simplemente asintiendo a las palabras del rey y haciéndose para un lado mientras dejaba que el hombre y su hijo atravesasen la puerta antes que él, permaneciendo detrás como siempre lo había hecho debido al protocolo real.

 

Donghyuck se encontraba intranquilo preguntándose cuál sería el siguiente movimiento de su padre. Tenía una ligera esperanza sobre que ese pudiese ser el fin de una búsqueda de matrimonios forzosos para él, aunque le recorría una mala sensación en la que prefería no pensar.

 

No pasaron ni cinco minutos cuando ya se encontraban en la zona de trabajo de su padre, estando Mark y Donghyuck uno al lado del otro frente a su escritorio mientras el rey buscaba algo en su cajón. Cuando lo hizo, estampó un papel de pergamino antiguo que ambos reconocieron como parte de la constitución redactada hacía más de un siglo para su reino.

 

– Hijo, que sepas que no me dejas otra opción – dijo Taeyong, poniendo a su hijo nervioso mientras sentía que sus anteriores esperanzas se iban tan rápido como esas palabras resonaban contra sus oídos –. «Según la ley conyugal, se decreta que un príncipe solo puede casarse con otro príncipe, pero, de seguir desposado cuando deba asumir el puesto de rey, será el confiado del rey vigente quien contraiga matrimonio con él» – recitó sin siquiera necesitar leer el papel que yacía contra la mesa de roble, sabiéndose el anexo de memoria aunque esta sería la primera vez en la historia que su reino necesitaría implantarlo.

 

– No… – susurró Donghyuck, más para sí mismo mientras abría sus ojos a más no poder y sentía que el color abandonaba su rostro.

 

– Lee Donghyuck, como príncipe y futuro rey de Jeju, te declaro oficialmente vinculado en compromiso con el más leal de mis hombres – espetó el rey mirando a su hijo, para después alzar su rostro coincidiendo así sus ojos con los de su mano derecha –. Mark Lee, te elijo a ti para tomar a mi hijo en sagrado matrimonio – sentenció, volviendo su mirada al príncipe que negaba incrédulo con su cabeza, sin querer escuchar las siguientes palabras – Donghyuck, te casarás con Mark.

 

 

 

 

Notes:

Hola holaa~!

Primero que todo, gracias por darle la oportunidad a esta historia. Estoy tan emocionada por empezar a escribir esto que siento que voy a explotar. Iré avisando por Twitter cuando vaya a actualizar (intentaré que sea regularmente) y también tengo por allí cosas escritas y recomendaciones de fics, así que si queréis seguirme yo os adopto a todos. :)

Nos leemos pronto! <3