Work Text:
Metzli caminaba lentamente, como quien lo hace sin rumbo, sin prisa ni energía. Tras otro día en la universidad, se dirigía a la parada del autobús, el cansancio reflejado en su rostro. La sudadera lila con el cuello blanco y los jeans amplios que llevaba parecían gritar: "no salgo de mi casa si no es a la universidad". Los zapatos deportivos, de un tono similar, traían un aire de indiferencia que se ajustaba perfectamente a su ánimo, y su mochila color morado con un colgante de una luna creciente era el único distintivo de ella. A pesar de la calidez de la ciudad, el día se sentía gris para ella, como si todo fuera una repetición vacía.
En su mente, la imagen de sus padres se repetía una y otra vez. Pensaba en lo mucho que ellos sacrificaban por su futuro, mientras ella sentía que todo lo que lograba era hundirse más en un fracaso tras otro. La universidad, un lugar que había creído sería su escape, se había convertido en un laberinto de competencia desmedida, donde todos parecían más interesados en superarla que en ayudarla. Las caras de sus compañeros se volvían ajenas, indiferentes. Nadie la veía, y si la veían, era solo para verla como una amenaza más.
Pensaba en su exnovio. Aquella persona que había sido su refugio. El hombre que ya no estaba en su vida. Se sentía desbordada por el dolor, buscando respuestas que nunca llegaban. ¿Qué había hecho mal? ¿Era su culpa que él la dejara? ¿No era lo suficientemente bonita? ¿No era lo suficientemente atenta? Las preguntas la acosaban como fantasmas, pero las respuestas se desvanecían entre sus pensamientos. Lo único claro era que ella no era lo que él quería. Y lo peor de todo, él se había ido sin decir nada más que un "lo siento". Como si el arrepentimiento fuera suficiente para borrarlo todo. No ayudaba que él sintiera lástima por ella; y aunque él lo interpretaba como que no le gustaba verla así, ella pensaba en esas palabras como una burla.
Sintió el vacío, esa sensación que la perseguía constantemente. Esa sensación de no ser suficiente. De ser invisible. De no encajar nunca en los lugares donde más deseaba pertenecer. No importaba cuánto lo intentara; siempre sentía que no alcanzaba. Ni en casa, ni en la universidad, ni siquiera en su relación. Nadie parecía ver en ella lo que ella quería ser. Y lo peor, nadie veía lo que ella sentía: una incapacidad aplastante de ser perfecta, de cumplir con las expectativas de otros.
Entonces, el deseo irracional de desaparecer volvió a ella. No pensaba en morir, no lo deseaba, pero se preguntaba si el mundo sería mejor sin ella. ¿Qué aportaba? ¿Por qué seguir? Las lágrimas amenazaban con caer, pero las reprimía. No podía mostrarse débil, no podía dejar que los demás la vieran como una carga.
Finalmente, llegó a la parada del autobús. Pero, justo antes de subir, algo la hizo detenerse. Un impulso inexplicable. Algo dentro de ella le dijo que no. Sin saber por qué, dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria. No tenía un destino en mente. Simplemente huía. Huía de todo lo que la ataba, de los recuerdos, de las expectativas, de las personas que nunca entendieron su dolor.
Metzli caminó, lejos de todo, perdiéndose en las inmensas calles de la ciudad, deseando simplemente no volver a ser vista. Su mente era un torbellino de pensamientos acumulándose uno tras otro: los regaños de sus padres, las miradas de sus compañeros, las palabras hirientes de su ex... eran mil y un voces que no se iban a callar nunca.
Estaba tan metida en sus pensamientos que no vio cuando de pronto cruzaba la calle, lo cual casi termina en auto arrollándola.
Metzli apenas y se hizo a un lado mientras el conductor del auto pitaba mientras asomaba el rostro y exclamaba "¡Fíjate por dónde vas, pendeja!". Antes de poder replicar, Metzli esquivó otro auto que por poco la arrolla mientras caminaba de espaldas de vuelta a la acera...
Solo para tropezar y caer de espaldas.
En poco tiempo, la chica rodaba cuesta abajo, golpeándose con el pavimento y una que otra viga de metal antes de finalmente acabar en el suelo, con su mochila rodando lejos de ella. Resulta que, sin saberlo, estuvo caminando rumbo a unas vías de tren abandonadas debajo de la ciudad, y acabó tropezando con una de la vías cuando quiso evitar ser arrollada.
El golpe la dejó aturdida. Todo giraba a su alrededor, el aire le faltaba, y su respiración era un jadeo entrecortado. Por unos segundos, no supo dónde estaba. Solo sentía el cuerpo adolorido, el sabor metálico en la boca y un zumbido constante en los oídos. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista. El cielo, antes gris, se veía ahora como una masa de nubes oscurecidas por la tarde.
Se incorporó lentamente, con las rodillas raspadas, el hombro izquierdo raspado y las palmas ardiendo por el roce del concreto.
—Genial... —murmuró con voz quebrada—. Justo lo que faltaba.
Su mochila yacía a varios metros, con el cierre abierto y algunas hojas y sus libros esparcidos por el suelo. A su alrededor, las vías viejas se extendían como cicatrices oxidadas en el suelo. Los rieles estaban cubiertos de maleza, y los postes de luz cercanos parpadeaban débilmente, algunos rotos, otros llenos de grafitis. Había un silencio casi total, interrumpido solo por el eco lejano del tráfico de la superficie. Nadie pasaba por allí. Nadie la había visto caer.
...Tal vez era lo mejor. Así en verdad desaparecería sin que nadie sepa nada.
Metzli se puso en pie con dificultad, soltando un quejido adolorido al sentir un dolor punzante en su muñeca derecha. Probablemente se la torció al caer.
Suspirando frustrada e intentando ignorar el dolor, Metzli se acercó a recoger sus cosas. Tomo su mochila con la mano adolorida, sintiendo lágrimas caer por el insoportable dolor al moverla, pero decidió seguir ignorándolo mientras recogía sus papeles y sus libros.
Mientras lo hacía, empezó a creer que quizá no debería haber salido de casa aquel día. Todo parecía conspirar para recordarle su fragilidad, su cansancio. Cada pequeño obstáculo se sentía como una confirmación cruel de que el mundo no tenía lugar para ella.
Cuando creyó que al fin había recogido todo, se dio cuenta de que faltaba un libro de leyes muy importante. Miró alrededor, confundida, tratando de encontrar el dichoso libro.
Fue entonces que cayó en cuenta de que, entre unos ladrillos derrumbados, había una gigantesca tubería. Sin embargo, esta tubería no era metálica o de color plateado: era una enorme tubería verde, pegada al muro. Pese a su aspecto plastificado, estaba herrumbrada en varias zonas, aunque su color verde seguía siendo identificable.
Intrigada, Metzli se acercó con cautela. La tubería era lo suficientemente grande como para que una persona cupiera dentro, aunque el interior parecía estaba totalmente oscuro. Lo más extraño era que, a diferencia de todo lo demás en ese sitio, la tubería no tenía signos de haber sido abandonada del todo: no había telarañas, ni basura acumulada en su entrada. Como si alguien, o algo, la hubiera limpiado recientemente.
—Qué raro... —susurró, inclinándose un poco—. Esto no debería estar aquí.
Alzó la vista hacia los alrededores, esperando encontrar alguna señal de mantenimiento, algún rastro de que esa tubería formaba parte de una red de drenaje o de una obra. Pero nada. Solo el viento silbando entre los postes oxidados y el sonido de las hojas arrastradas por el suelo.
Volviendo a ver el interior oscuro de la tubería, Metzli sacó su teléfono y encendió la linterna para apuntar al mismo. Al hacerlo, encontró el libro que buscaba.
Se puso su mochila y se agachó para tomar el libro... pero entonces, una brisa suave vino del interior de la tubería, llamando su atención. ¿Había viento dentro de las tuberías? Cualquiera la vería como una pregunta estúpida, pero en este momento no sabía que pensar...
Y antes de poder hacerlo siquiera, algo jaló el libro de su mano hacia el interior de la tubería, haciéndole desaparecer en la oscuridad. Eso... no debería ser posible, ¿cierto?
Entonces, notó algo aún más imposible: una tenue luz azul emanaba desde el interior. No era una lámpara, ni un reflejo. Era un resplandor suave, pulsante, como el de una luciérnaga gigante escondida en la oscuridad. Metzli se frotó los ojos, incrédula.
—¿Estoy alucinando...? —murmuró.
Tanteó con la mano izquierda la superficie del tubo. Estaba fría, pero vibraba suavemente, como si algo en su interior estuviera vivo. Su cuerpo reaccionó con un escalofrío inmediato, pero antes de poder pensar, sintió sus pies moverse por sí solos sobre la tubería. De pronto, su celular también fue tragado por la tubería, y cuando por fin pudo pensar en alejarse, la fuerza gravitatoria del interior de la tubería aumentó y se la tragó por completo.
Pese a su grito de pánico, este se perdió rápido en el interior de la tubería, al igual que el brillo azulado, dejando aquel lugar en total y absoluto silencio.
Metzli gritaba aterrada mientras flotaba a través de un extraño pasaje de colores azulados, abrazando con fuerza su mochila. El miedo y pánico que sentía en aquel momento opacaba por completo el dolor de su muñeca derecha torcida.
De pronto, salió del otro extremo de aquella extraña tubería verde en la que entró... y se encontró ahora flotando y recorriendo un camino en un plano extraño, pero muy hermoso: se trataba de un mundo hecho completamente por nubes, con la luz del sol filtrándose a lo lejos y dando un aspecto rosado a las mismas. A su alrededor, pudo distinguir varios caminos serpenteantes y transparentes conectados entre sí por tuberías verdes iguales a las que ella encontró, solo que esas tuberías estaban en perfecto estado.
Metzli apenas podía procesar lo que veía. Su cuerpo flotaba sin control, suspendido entre nubes que parecían algodón iluminado por un amanecer eterno. Todo era tan irreal que, por un instante, olvidó respirar. El viento soplaba con suavidad, fresco y dulce, y aunque su caída se había detenido, su mente seguía temblando del susto.
—¿Qué... qué es esto...? —murmuró, girando lentamente sobre sí misma para ver otra ruta invisible que culminaba en una de las tuberías.
Fue entonces que se dio cuenta de que su trayecto estaba llegando a su fin, tanto así que de pronto empezó a andar más rápido, por lo que abrazó con más fuerza su mochila.
Un instante después, estaba girando en círculos dentro de otra tubería verde, rodeada de destellos azulados, y al siguiente, salió expulsada de la tubería, rodando por el suelo aún abrazada a su mochila, deteniéndose finalmente.
Lo primero de lo que se dio cuenta, aparte de que su respiración estaba muy agitada, era de que no estaba sobre un suelo duro o pavimentado, sino en un suelo pastoso. Abriendo los ojos, Metzli se dio cuenta de que estaba en una extraña zona boscosa, rodeada de árboles grandes verdosos, aunque también habían algunos champiñones coloridos creciendo en el suelo.
Metzli se quedó un momento en el suelo, completamente atónita. Los árboles a su alrededor parecían sacados de un sueño, altos y cubiertos de hojas brillantes que reflejaban la luz del sol que penetraba desde el cielo, creando una atmósfera mágica. Cada respiración era una mezcla de incredulidad y temor, mientras sus ojos se recorrían rápidamente por el extraño paisaje.
El viento soplaba con suavidad, moviendo las hojas de los árboles y creando un susurro que parecía hablarnos en un idioma antiguo. El aire estaba impregnado de una fragancia dulce, como si estuviera rodeada de flores o frutas desconocidas.
No muy lejos vio su libro de leyes y teléfono que habían salido volando. Mareada por el extraño viaje que tuvo tras ser absorbida por la tubería, Metzli se acercó a recoger sus cosas, abriendo su mochila y guardándolas. Inmediatamente después, escuchó algo moverse entre unos arbustos, y al voltearse a ellos, salió un gran criatura que la hizo gritar y caer de espaldas, retrocediendo hasta quedar pegada a un árbol.
Se trataba de una oruga de color amarillo, su cuerpo estando formado por segmentos esféricos, teniendo un cuerpo formado por cuatro segmentos. Cada esfera poseía unas manchas circulares de color naranja en ellas y tenían un par de patas por cada segmento. Tenía una cabeza con una enorme nariz marrón y una flor blanca sobre ésta.
La enorme oruga parecía ser inofensiva, y aunque se quedó viendo a Metzli un momento, la ignoró y continuó su camino. No mucho después, otra oruga igual salió del mismo sitio, aunque la posición de las manchas de dicha oruga era diferente, pero a Metzli no le podía importar menos: ¡estaba viendo orugas amarillas gigantes con zapatos morados en cada pata!
Se movió rodeando el árbol, pensando que así podría evitar ver a la oruga... solo para encontrarse con algo peor: plantas piraña, todas usando lo que parecían ser sus tallos como patas para caminar. Eran rojas con manchas y boca blanca... pero apenas notaron a Metzli, esta sintió que se ponía pálida.
Poco después, se encontraba huyendo desesperada, aún abrazada a su mochila, de las plantas piraña andantes, las cuales se movían bastante rápido y estaban a nada de alcanzarla, en ocaciones haciendo a morderla y fallando por escasos metros.
—¡¿Por qué me salté las clases de gimnasia en la prepa?! —se quejó en voz alta mientras corría por su vida.
De pronto, se tropezó con uno de los hongos que crecían en el suelo, lo cual la hizo caer de espaldas y chocar contra una de aquellas orugas amarillas.
Metzli se puso en pie rápidamente, pero no sin ver a la oruga y sonreírle avergonzada.
—Disculpa, eh, orugita gigantesca...
Pero la oruga no se vio muy feliz de esto, porque Metzli fue testigo de como el cuerpo entero de la oruga, desde su cola hasta su cabeza, pasaba de amarillo a rojo, con sus zapatos adaptando ese mismo color, la flor de su cabeza cayendo y sus ojos volviéndose blancos mientras humo salía de su cabeza, observando furioso a Metzli.
—...Carajo...
Seguido de eso, la chica estaba gritando desesperada mientras corría entre los árboles, huyendo de la enfurecida oruga, la cual a su vez era seguida por las plantas piraña con patas que todavía querían morderla.
Fue entonces que Metzli llegó a un páramos donde habían una criaturas gigantescas que parecían ser bolas de hierro con ojos, con grandes bocas con afilados dientes y cadenas como cola. Apenas vieron la escena de Metzli siendo perseguida por la oruga y las plantas piraña, las bolas de hierro comenzaron a ladrar como perro e hicieron un intento por perseguirla también, solo para que sus cadenas atascadas a postes de hierro se los evitaran.
—¡¿A dónde chingados fui a parar?! —gritó Mitzi en pánico, sin dejar de correr.
Metzli miró a su alrededor, sintiendo que el caos no dejaba de aumentarse. Estaba corriendo por su vida, rodeada de criaturas que nunca había visto y que probablemente no debería estar viendo en su vida. Las bolas de hierro, que ahora ladraban furiosas mientras luchaban por liberarse de las cadenas que las mantenían atadas a los postes, parecían la última de sus preocupaciones, ya que las plantas piraña seguían en su persecución, mordiendo a su paso, tan cerca que el aire que movían podía sentirlo en su nuca.
"¡Esto no es real! ¡No puede ser real!" pensó, intentando calmar su mente, pero el pánico nublaba todo su pensamiento. Sus piernas comenzaban a sentirse pesadas, sus respiraciones más entrecortadas. Las orugas, ahora rojas y furiosas, continuaban tras ella, casi como si el mundo entero hubiera conspirado para lanzarla en un torbellino de desesperación.
Y como si su situación de pudiera ponerse peor, se encontró en un camino sin salida, donde todo lo que quedaba a su paso eran hongos gigantes de color rosa que se movían ocasionalmente de un lado a otro... pero eso no importaba cuando tenía a una horda de plantas piraña andantes y a una oruga enorme de color rojo marchando furiosa hacia ella.
Metzli retrocedió por instinto, aún abrazada a su mochila, alejándose de la horda de criaturas que se acercaban a ella. Tenía que pensar en algo rápido o iba a acabar muriendo en este mundo de raros... y fue entonces que tropezó por lo que se sintió la milésima vez ese día y cayó de espaldas en el champiñón.
¿Lo que pasó después? Metzli literalmente salió volando hacia el aire con un grito audible, cayendo de espaldas sobre uno de los champiñones más altos que se movían lo que la hicieron salir volando de nuevo. Siguió así al caer en otros dos champiñones movibles hasta que cayó en un tercero, el cual la mandó a volar tan alto que atravesó las nubes y se perdió de vista.
La chica gritaba ahora que había salido disparada al cielo, antes de abrir los ojos y darse cuenta de que literalmente estaba sobre las nubes, la luz del sol bañando un paisaje precioso:
Por debajo de ella, a lo largo de donde podía ver, se encontraban nubes esponjosas que parecían extenderse infinitamente. El aire era fresco, y el cielo se teñía de suaves tonos rosados y morados, con destellos de azul que indicaban que el sol aún se encontraba alto, bañando todo con una luz cálida y brillante. A lo lejos, unas formaciones de nubes parecían surgir como torres, desde donde se podía ver un horizonte infinito, donde las nubes se fundían con el cielo.
Metzli se sintió diminuta ante tal vastedad, sin entender bien cómo había llegado hasta allí.
"¿Dónde estoy?" pensó, con la mente aún confusa, pero al mismo tiempo fascinada por la belleza que la rodeaba.
Sin embargo, su tranquilidad duró poco cuando comenzó a caer de nuevo hacia las nubes y el pánico se apoderó de nuevo de ella. Trató desesperadamente de pensar en algo que le asegurase de que, por lo menos, sobreviviría, aún si se rompía algunos huesos, pero no pudo pensar en nada cuando cayó rápidamente... y rodó sobre las nubes, que en vez de ser traspasables como uno esperaría, parecían ser totalmente sólidas.
Metzli, aturdida, se quedó recostada sobre la superficie acolchada de las nubes, jadeando mientras intentaba procesar lo que acababa de pasar. Su cabello estaba despeinado, la mochila torcida en su espalda, y su respiración era un constante ir y venir entre el miedo y el asombro.
—Esto no puede estar pasando... —susurró, mirando sus manos, como esperando que se desvanecieran o que despertara de algún sueño muy elaborado. Pero no era un sueño. Podía sentir el frío del viento, la suavidad húmeda bajo sus dedos, el leve cosquilleo que le provocaba estar sobre las nubes. Todo era real. O al menos tan real como podía ser algo así.
Se sentó lentamente, observando el paisaje. Frente a ella, un sendero formado por nubes más densas parecía extenderse hacia lo que parecía un pequeño poblado... flotante. A lo lejos, distinguió techos de colores vivos, molinos girando con lentitud y lo que parecían ser plataformas suspendidas entre las nubes por columnas de arcoíris. Todo era tan colorido, tan caricaturesco, que Metzli no sabía si debía maravillarse o temer.
—¿Dónde... demonios estoy...? —preguntó en voz baja, aunque sabía que nadie iba a responderle.
Finalmente, ahora que tenía el tiempo para procesar todo lo que ocurrió... no pudo aguantar más y se quebró.
Se inclinó hacia adelante, arrodillada y apoyando sus manos contra la superficie esponjosa de las nubes. Una risa seca salió de su boca, pronto volviéndose una maniaca antes de que las lágrimas comenzaran a salir por completo, convirtiéndose en un llanto.
Las lágrimas cayeron pesadas, sin contención alguna. No eran simples gotas de tristeza; eran todo el peso acumulado de días, semanas, quizás años, derramándose de una vez. Metzli sollozaba sin poder detenerse, el pecho subiendo y bajando con violencia mientras su voz temblaba entre el aire puro de aquel cielo imposible.
—No puedo más... —susurró, con la voz entrecortada, su llanto resonando suavemente en el vasto silencio de las nubes—. No puedo más…
El sonido del viento se mezclaba con su respiración agitada, como si el mismo mundo respondiera a su desahogo. Se abrazó a sí misma, encorvada, sintiendo que la soledad que había intentado negar por tanto tiempo la envolvía de lleno.
Ahí estaba ella: en un lugar que no conocía, rodeada de un paisaje imposible, con una muñeca rota, raspones por todo el cuerpo, y llorando como si su alma se desgarrara. Todo lo que había intentado reprimir—el miedo, el dolor, la culpa, la sensación de no pertenecer—salía con fuerza. Por primera vez, no tenía a quién ocultárselo.
—Ni siquiera sé dónde estoy... —murmuró, mirando hacia el horizonte con los ojos enrojecidos—. Y ni siquiera importa, ¿verdad? Nadie se daría cuenta si desaparezco aquí...
Mientras ella seguía sollozando, no se dio cuenta de que no estaba tan sola en aquel lugar tan raro e imposible como creía.
De lo que podría decirse era un arbusto, que en realidad era una nube muy grande con una forma similar, se asomó una cabeza chiquita con un cabello lanoso de color azul grisáceo, la cual al ver a Metzli inclinó la cabeza curiosa.
El ser salió de la nube, revelando ser una pequeña oveja de lana azul grisácea, aunque esta en específico tenía banditas en sus delgadas patas, con la frontal izquierda estando vendada.
La oveja se acercó saltando hacia Metzli, inclinando de nuevo la cabeza con curiosidad mientras la olfateaba. La chica, al sentir que no estaba sola, levantó la vista, encontrándose con la oveja y sintiéndose confundida de nuevo. ¿Por qué había una oveja en el cielo?
—¿Te sientes bien? —preguntó la oveja con un tono super inocente.
...Ah, cierto, la oveja acaba de hablar. Como si acabar en un sitio sin sentido no fuese suficiente...
—¿A-Acabas de… hablar? —balbuceó Metzli, con la voz temblorosa y las lágrimas aún marcándole las mejillas.
La oveja inclinó la cabeza hacia un lado, moviendo una de sus orejas con curiosidad.
—¿Eh? Claro que sí. ¿Por qué no lo haría? —respondió con total naturalidad, como si lo más normal del mundo fuera que un animal hablara.
Metzli se frotó los ojos con fuerza, convencida de que se había golpeado demasiado la cabeza.
—No, no, no, esto no está pasando... estoy delirando. —Se tomó la frente—. Seguro me desmayé en la calle y estoy soñando. Sí, eso es. Soñando con ovejas parlantes en el cielo.
—¿"Desmayaste"? —repitió la oveja, arrugando el hocico con confusión—. Ese no es un nombre de comida, ¿verdad? Porque si lo es, suena raro.
Metzli parpadeó, atónita.
—¿Qué? No, "desmayar" no es comida, es cuando te caes y—¡¿Por qué estoy explicándole esto a una oveja?!
La oveja retrocedió un poco, levantando sus patitas delanteras en un gesto casi humano.
—¡Ey, ey! Tranquila. No muerdo, ¿sí? Bueno... no a menos que alguien intente tocar mi lana sin permiso —añadió, inflando un poco el pecho, aunque su voz seguía siendo tan dulce que era imposible tomarla en serio.
Metzli no sabía si reír o llorar.
—Esto es una pesadilla... —susurró, dejándose caer otra vez sobre las nubes—. Primero casi me atropellan, luego una tubería gigante me traga, aparezco en un bosque con orugas gigantes, casi me comen plantas piraña que caminan, vi bolas de hierro vivientes que actúan como perros, y ahora una oveja azul me habla. Perfecto. Mi cerebro oficialmente se rompió.
—¿"Cerebro"? —repitió la oveja otra vez, acercándose con curiosidad y olfateando el aire frente a la cara de Metzli—. Huele raro cuando dices esas palabras... No eres de por aquí, ¿cierto?
Metzli levantó la mirada lentamente, encontrándose con los grandes ojos curiosos de la oveja, que la observaban sin un ápice de miedo o desconfianza, como si hablar con humanos fuera lo más normal del mundo. La chica respiró hondo, tratando de ordenar sus pensamientos, pero todo lo que había vivido en las últimas horas la había dejado emocionalmente destrozada.
—No... —respondió en un suspiro, con la voz todavía quebrada—. No soy de aquí. No tengo idea de dónde estoy, en realidad.
—Oh, estás en las Tierras Cúmulo —dijo la oveja con rebosante alegría mientras saltaba alrededor de ella—. Un pequeño y humilde poblado en las nubes que las ovejas construimos para alejarnos de los peligros de la Jungla Jarabe.
—...¿Jungla Jarabe? —cuestionó Metzli.
—Sip. ¿Notaste abajo que los ríos y lagos eran de color morado?
—...Uh, no... Estaba demasiado ocupada tratando de evitar que una plantas carnívoras y orugas gigantes me alcanzaran.
—Sí, las plantas piraña andantes son una molestia —bufó la oveja—. Aunque me extraña que hicieras enojar a una Floruga. Aunque claro, eres extranjera, así que no sabías que si las golpeas, pasan de amarillas y amistosas a rojas y rabiosas. ¡Al menos ya sabes el dato para la próxima!
—Entonces... las orugas amarillas enormes se llaman Floruga... —murmuró Metzli a sí misma—. ¿Y que hay de las bolas de hierro que ladran como perros?
—Son Chomp Cadenas. Super peligrosos si no estuvieran limitados al mismo sitio gracias a que sus cadenas los mantienen fijos en un sitio. Me sorprende que no hayas notado los ríos de jarabe que abundan por las Colinas Chomp Cadenas.
—Oh, disculpa, estaba ocupada tratando de no ser comida —Metzli rodó los ojos—. Ugh, todo esto me está dando dolor de cabeza... ¿seguro que no me habré muerto?
En respuesta, la oveja se acercó y mordió a Metzli en el brazo, haciéndola gemir de dolor mientras lo movía lejos de ella.
—¡¿Y eso por qué?!
—¿Te dolió? —preguntó la oveja.
—¡Obviamente!
—Entonces no estás muerta —sonrió la oveja, y esa sonrisa y mirada inocente hizo que Metzli no pudiera estar enojada por mucho tiempo—. Por cierto, me llamo Fluffy. ¿Y tú?
Metzli la miró en silencio unos segundos, todavía frotándose el brazo adolorido donde Fluffy la había mordido. Estaba demasiado confundida, agotada y abrumada como para procesar del todo lo que acababa de pasar, pero aun así, no pudo evitar soltar una pequeña risa entrecortada, una mezcla de incredulidad y resignación.
—Metzli... —respondió finalmente, con un suspiro—. Mi nombre es Metzli.
—¿Metzli? —repitió la oveja, ladeando la cabeza como si saboreara el nombre—. Suena bonito. Raro, pero bonito. ¿Significa algo?
Metzli titubeó un poco antes de responder, mirando hacia un punto perdido en las nubes.
—Sí... significa "luna". En náhuatl.
—Sigues diciendo palabras raras... eres rara, ¡pero me agradas!
Antes de que Metzli pudiera decir nada, una voz más grave vino de otro lado.
—¡Fluffy! ¡¿Ahora dónde te metiste?!
Metzli miró en varias direcciones, confundida, antes de notar a Fluffy moviendo la cola alegremente mientras observaba a un rebaño de ovejas acercándose, y Metzli jadeó incrédula mientras se ponía en pie. Al igual que Fluffy, eran todas ovejas saltarinas y esponjosas, pero tenían lana de colores distintos: rojo, amarillo, verde, naranja, violeta, rosa... era como ver un arcoíris en forma de ovejas.
Una de ellas, la que más adelantada iba, tenía lana del mismo color azul grisáceo que Fluffy, aunque sus patas eran más gruesas y estaban intactas en comparación a las suyas.
—¿Los conoces? —preguntó Metzli a Fluffy.
—¡Duh! Son mi rebaño —dijo la oveja alegremente—. Ese que va al frente es Cloudy, mi primo. Aunque la verdad es que no sé por qué se llama Cloudy. ¡Yo no veo ninguna nube en su lana! Pero así nos llamamos todos: tenemos nombres raros, pero nos entendemos muy bien.
Metzli no pudo evitar una pequeña sonrisa ante la forma tan despreocupada de Fluffy. En otro contexto, le habría resultado completamente absurda la situación, pero algo en esa alegría contagiante de las ovejas la hizo sentirse un poco menos sola.
—¿Y esas otras ovejas? —preguntó, señalando hacia ellas, pero Fluffy la interrumpió antes de que pudiera seguir con la pregunta.
—¡Ah, las otras! Ellas son nuestras amigas. Tenemos un equipo de exploración, aunque siempre terminamos metiéndonos en líos. ¿Ves a la de lana rosa? Se llama Peppy, siempre está buscando nuevas rutas por las nubes. Y esa de lana amarilla —señaló a otra oveja que saltaba con mucha agilidad—, es Sunbeam, ¡la más rápida de todas! Pero también es la que se distrae más fácil, ¡siempre está buscando luces y brillitos! —rió, claramente orgullosa de su grupo de amigos.
Justo entonces, Cloudy notó a Fluffy a lo lejos y pegó un salto tan alto que parecía estar flotando en el aire, aterrizando en frente de su prima.
—Al fin te encuentro, pequeña revoltosa —bufó Cloudy, su tono siendo una mezcla de molestia y cariño—. Te alejaste demasiado del grupo, ¿sabes? Me tenías preocupado.
—Ay, ya sabes como soy, primito mío —rió Fluffy—. ¡Me descuidas un rato y yo ya estoy al otro extremo de las Tierras Cúmulo!
—...¿Eres una chica? —preguntó Metzli de pronto, llamando la atención de ambas ovejas, lo que le hizo reír nerviosa—. A decir verdad, no sabía a cuál lado te inclinabas...
—Oh, es normal. Tengo un aspecto muy andrógino —confesó Fluffy, sin darle mucha importancia.
Cloudy, por otro lado, se acercó a Metzli, juzgándola con su mirada mientras se movía alrededor de ella, como si la estuviera estudiando.
Cloudy, a diferencia de Fluffy, parecía más serio y contemplativo. Su mirada evaluativa recorrió cada detalle de Metzli, desde su postura algo derrotada hasta la forma en que se frotaba la muñeca adolorida. Finalmente, se detuvo frente a ella, como si estuviera buscando algo más que solo su apariencia.
—Hm, tú no eres de aquí, ¿verdad? —preguntó, su voz grave pero amable. Metzli, aún confundida por todo lo que estaba ocurriendo, asintió lentamente.
—No... no sé cómo llegué aquí. Un... un montón de cosas extrañas pasaron antes de aparecer en este lugar. —Metzli dejó escapar una risa cansada. Estaba tan agotada que casi deseaba que todo fuera un mal sueño del que pudiera despertar. Pero los ojos de Cloudy, llenos de una calma imperturbable, no parecían juzgarla. En cambio, parecían medirla, de alguna manera reconociendo su dolor sin palabras.
Cloudy observó un momento más, como si analizara la situación con una claridad que a Metzli le costaba tener.
—Es curioso... este mundo tiene formas de sanar que no comprendes, pero están ahí. Supongo que justo ahora lo que necesitas es descansar. ¿Cómo te llamas?
—Soy... Metzli.
—"Luna" en náhuatl. Es lindo —sonrió Cloudy—. Okey, Metzli. No sé quién eres, por qué acabaste aquí ni como, pero jamás me atrevería a dejarte sola en un sitio que no conoces, en especial cuando pareces estar herida. Síguenos, te llevaremos a un lugar donde puedas asentarte más cómodamente.
Metzli lo miró, insegura. Su instinto le gritaba que no confiara tan fácilmente —¿cómo hacerlo, si hace apenas unas horas todo en su vida había sido normal?—, pero la calidez en los ojos de Cloudy la desarmó por completo. No había dureza ni desdén en su tono, solo una serenidad protectora que le recordaba a algo perdido... o quizás, a alguien.
—¿De verdad... puedo ir con ustedes? —preguntó con cautela, como si temiera romper el hechizo con solo hablar.
—Claro que sí —dijo Fluffy alegremente, saltando a su lado—. ¡Nadie se queda solo en las Tierras Cúmulo! Bueno, excepto las Nubes Sombrías, pero no hablamos de ellas... —añadió bajito, antes de recibir una mirada reprobatoria de su primo.
—Fluffy —dijo Cloudy con tono paciente—, menos historias de miedo por ahora.
—¡Perdón, perdón! —rió la oveja, encogiéndose.
Cloudy suspiró y volvió su atención a Metzli.
—Ven, camina con nosotros. Falta poco para el campamento.
Metzli dudó unos segundos más, pero al mirar hacia atrás, solo encontró el vacío de nubes interminables, flotando como montañas suaves que se perdían en la distancia. No había otro camino posible.
Las ovejas guiaron a Metzli hasta una zona diferente de aquel lugar en el que había aparecido, y la vista fue simplemente majestuosa: hasta donde su ojo alcanzaba a ver, de extendían pastizales rodeados de bosques, montañas y hasta cascadas cayendo en lagos cristalinos completamente limpios, una vista maravillosa para la chica.
El campamento de las ovejas era sorprendente. Habían múltiples tiendas de campaña alrededor de todo el pastizal, rodeado por un corral sobre el que las ovejas saltaban sin dificultad alguna... bueno, excepto por Fluffy, la cual quedó a medio camino antes de inclinarse un poco hacia adelante y aterrizar. Metzli, por su parte, simplemente pasó con cuidado sobre el corral mientras seguía a las ovejas.
Cada una estaba asentada en grupos pequeños. Algunas corrían, otras comían, habían unas cocinando incluso... eran ovejas normales, pero a su vez, tenían comportamientos muy humanos que nunca había visto en un animal.
—Metzli —la voz grave y profunda de Cloudy llamó, y ella le vio esperar a la entrada de una tienda de campaña morada—. Ven aquí. Vamos a echarle un vistazo apropiado a esa muñeca herida.
La chica obedeció y entró en la tienda de campaña. Su interior la hacía ver más grande de lo que parecía por fuera, con alfombras coloridas en el suelo y cojines esparcidos por todas partes.
—¡Ven aquí, Metzli! —llamó Fluffy alegremente, tocando un cojín a su lado con su pezuña.
Metzli fue y se sentó cruzando las piernas al lado de Fluffy, justo antes de que este le tendiera una piedra de color morado en forma de óvalo. Sin pensarlo, la chica tomó la piedra con su mano derecha, justamente la mano con la muñeca herida. Sin embargo, solo lo recordó una vez teniendo la piedra, porque por alguna razón el dolor insoportable que sentía solo con moverla de pronto había disminuido. No del todo, pero al menos ya no se estremecía al más mínimo movimiento.
—...¿C-Cómo...? —quiso preguntar la chica, sorprendida.
—Esa piedra tiene propiedades curativas —explicó Cloudy mientras removía algo dentro de una olla con su boca, subido sobre un banco—. Es muy preciada en estas tierras, y hasta donde se, solo abundan por aquí.
—Las usamos para curar heridas cuando uno de nosotros no sale ileso del todo tras explorar —explicó Fluffy, antes de reírse nerviosa—. Aunque casi siempre gastamos la mitad por mi culpa.
—Si fueras más cuidadosa, no tendríamos que preocuparnos por ello —le dijo Cloudy con reproche, antes de ver a Metzli y sonreírle—. Esa piedra es mía, pero puedes quedártela hasta que sanes por completo.
—¿Seguro? —cuestionó la chica—. Yo no quisiera que malgastes tu piedra en mí...
—Oh, no hace falta, Metzli —aseguró la oveja con calma y gentileza—. De todos modos, esas piedras curan a otros, pero no a quien la porte. Mientras la piedra me pertenezca y yo te esté ayudando, los efectos curativos de la piedra no irán a ningún lado.
—¿Ayudarme? ¿Cómo?
—¡Duh! ¡Quedándote con nosotros, boba! —le dijo Fluffy alegremente.
Metzli observó a Fluffy por un momento, atónita. Nunca imaginó que se encontraría en una situación como esta, rodeada de criaturas tan... inusuales. Pero algo en la calidez de su voz y en la seguridad que emanaba de Cloudy hizo que dejara de lado la incredulidad, aunque por un segundo. A pesar del caos y el miedo que había sentido en las últimas horas, sentía una extraña paz al estar en ese campamento. Un lugar que, aunque no entendía, parecía estar lleno de bondad, o al menos, de una calma diferente a la de su propia vida.
—¿Seguros de que está bien que me quede? —cuestionó ella de nuevo—. No quisiera ser una molestia...
—Metzli —dijo Cloudy, bajando del banco y acercándose a ella—. No sé qué fue lo que viviste o cómo llegaste aquí, pero sé cómo te sientes. Estás perdida, confundida y muy asustada. En unas pocas horas, todo en tu vida se puso patas arriba y no tiene sentido. Te sientes sola, vacía, rota por dentro. Pero en este rebaño, puedes aprender a encontrarte a ti misma. Descubrir por qué estás aquí, abrirte más a tus emociones y pensamientos. Cuando te abres, te apoyas en alguien, o simplemente te sientes menos sola, la carga es más llevadera y hace que el proceso sea menos difícil. Pero si te niegas, te cierras, guardas rencor o te guardas todo en tu interior, te lastimas a ti misma. No te digo que me cuentes la historia de tu vida, pero sí que no te angusties por respuestas que aún no llegan. Centrate en lo que quieres hacer ahora, y si mañana decides que quieres regresar, nadie te detendrá.
—Eso último es muy cierto —asintió Fluffy—. Aquí todos somos lo que queremos ser y ya. A veces estamos alegres, a veces enojados, a veces tristes... pero al final, aprendemos de lo que hacemos mal y seguimos adelante. Las piedras curativas de este lugar suelen ser motivo por el que muchas personas vienen a estas tierras, creyendo que son solo una leyenda, ¡pero son tan reales como las ovejas que hablamos!
—Y tú eres libre de no quedarte si así lo quieres —aseguró Cloudy una vez más—. Nadie te pide que te quedes o que te vayas; tú tomas las riendas de lo que quieres hacer.
Metzli se quedó en silencio, mirando a Cloudy y Fluffy con una mezcla de emociones en el rostro. No podía evitar sentirse abrumada por todo lo que había sucedido en tan poco tiempo. Su vida había dado un giro tan abrupto que ni siquiera sabía cómo procesarlo. Pero algo en la calidez de las ovejas, en la gentileza de Cloudy y la inocencia de Fluffy, la hizo sentir por primera vez en mucho tiempo que, tal vez, podría encontrar algo de consuelo.
Suspiró profundamente, sin saber qué responder, pero al mismo tiempo, algo dentro de ella parecía calmarse. La idea de quedarse allí, en este extraño lugar, con estas criaturas tan peculiares y amables, no parecía tan mala, después de todo.
—Yo... no sé bien qué hacer —confesó ella—. Son muchas cosas que procesar. Tuberías mágicas, orugas gigantes, plantas piraña andantes, ovejas que hablan, champiñones gigantes que te hacen rebotar, nubes caminables, piedras mágicas que te curan... sigo sin saber si este lugar es real o solo mi imaginación, pero si no lo es... supongo que quedarme un tiempo no es mala idea.
Cloudy sonrió al escuchar las palabras de Metzli, y Fluffy saltó de alegría, aplaudiendo con sus pequeñas pezuñas.
—¡Yay! ¡Eso significa que te quedas con nosotros! —exclamó, haciendo que las otras ovejas miraran hacia la tienda de campaña con curiosidad.
Metzli miró a su alrededor, aún asimilando la decisión que acababa de tomar. De alguna manera, la calma de Cloudy y la alegría desenfadada de Fluffy le dieron una sensación de seguridad, aunque no entendiera completamente cómo había llegado a ese extraño lugar. El mundo parecía haberse vuelto completamente surrealista, y parte de ella quería despertarse, regresar a su antigua vida, a las cosas que conocía. Pero al mismo tiempo, algo dentro de ella se aferraba a esta oportunidad de... ¿sanar? No estaba segura, pero de alguna manera, había algo en su interior que sentía que este viaje a lo desconocido podría hacerla descubrirse a sí misma en formas que jamás se imaginó.
Durante los siguientes 6 meses, Metzli vivió junto al rebaño de ovejas, y fue la mejor decisión que pudo haber tomado jamás.
Aquel percance que tuvo con su muñeca, así como los raspones que había obtenido antes y al llegar a este mundo, hace mucho que dejaron de ser un problema. De hecho, ella misma logró encontrar una piedra que se quedó a sí misma. Curiosamente, esta tenía forma de luna menguante, lo cual la hacía mucho más especial y única para ella.
Dado a que ahora prácticamente era parte del rebaño, Metzli decidió que debía hacer algo por las ovejas. Lo primero que hizo fue intentar cocinar algo para ellas... no salió bien en absoluto, y de alguna forma hizo enojar a una manda de Florugas en el proceso. Fue todo un caos. Luego trató de esquilar a las ovejas, con el permiso de las mismas, quienes no parecieron tener ningún problema con ello. El tema es que tan solo 5 segundos después de haber esquilado a una de ellas, su lana inmediatamente volvió a crecer, como si nunca la hubiera esquilado en primer lugar.
Metzli se había quedado sin opciones para ver qué hacer... hasta que una noche, paseando a solas por la pradera, encontró a una oveja en soledad, sentada bajo un árbol, hecha un ovillo y sollozando tan callada como le fuera posible.
Por alguna razón, Metzli se vio a sí misma en aquella oveja: asustada, herida, rota, y sola... pero no tenía por qué ser aquella última. Determinada, Metzli se acercó a la oveja y se sentó a su lado, preguntando qué ocurría. La oveja, sorprendida, se negó a decir nada al principio, pero Metzli no la presionó. Y eventualmente, la oveja se terminó abriendo, desahogándose con la chica, quien se limitó a escuchar sin más, a hacer por esa oveja lo que nadie nunca hizo por ella: escuchar, sanar, estar allí, ser un pilar sobre el que apoyarse.
Aquella fue solo la primera vez que Metzli hizo algo así, pues con el tiempo, se dio cuenta de que muchas ovejas en aquellas tierras, aunque no lo dijesen, se sentían heridas, perdidas y/o solas, tal y como ella se sintió. Con cada una de esas ovejas, ella hizo lo mismo: escuchó, fue el pilar que ella hubiese querido tener cuando más lo necesitaba, y sin saberlo, había finalmente encontrado su modo de ayudar a las ovejas, cosa que Cloudy notó, sonriendo orgulloso de ella.
Con el tiempo, más criaturas y personas llegaron a aquellas tierras, todas habiendo tal vez huido, viajando, en búsqueda de refugio. Eran personas que también necesitaban un lugar seguro, y lo encontraron en esas tierras, en ella, en sus palabras, en sus métodos, incluso en sus canciones que, en principio, cantaba solo para ayudar a algunas ovejas a dormir, pero ahora parecían tener un efecto secundario en otros y les hacía sentirse a salvo, menos solos y perdidos que cuando llegaron.
Metzli nunca se dio cuenta de que, cada vez que ayudaba a alguien y le hacía sentirse mejor, era gracias a la piedra que ella había encontrado. Cloudy y Fluffy, sin embargo, sí que lo hacían, razón por la que limpiaban la piedra de Metzli cada vez que ella dormía y una vez esta empezaba a ponerse oscura, pues si permanecía así demasiado tiempo, las emociones negativas de la piedra empezarían a afectar al portador, y las ovejas no querían que aquella dulce y alegre chica se corrompiera.
Sin embargo, con el pasar de los meses, la cantidad de criaturas que llegaban a aquellas tierras empezaba a ser demasiada, tanto así que ya casi no había espacio alguno en las tiendas de campaña de las ovejas, cosa que Metzli no pudo dejar pasar por alto.
—Somos demasiados —le dijo a Cloudy y a Fluffy una noche cuando volvió de haber consolado a tantos como pudo—. Este sitio ya no parece el campamento diminuto al que llegué hace 6 meses: a este punto, ya somos una comunidad.
Cloudy observó el campamento, que ahora parecía más un pequeño pueblo en lugar de un rebaño disperso. Las tiendas de campaña que antes estaban tan esparcidas se encontraban mucho más juntas, y las ovejas, además de sus saltos, se ocupaban en tareas tan humanas como cargar leña, lavar ropa o incluso enseñar a los recién llegados cómo moverse por las Tierras Cúmulo sin terminar siendo devorados por una Floruga o atrapados por los Chomp Cadenas.
—Es cierto... —dijo Cloudy, tomando una pausa y mirando alrededor—. No es como antes, pero eso no necesariamente es malo. Tal vez signifique que estamos haciendo algo bien.
Fluffy, que siempre estaba llena de energía, saltó alegremente cerca de Metzli, con una sonrisa radiante.
—¡Sí! ¡Es como una fiesta! Todos están tan emocionados. ¡Hasta hemos tenido más visitantes desde que tú llegaste! Es genial, ¿no?
Metzli sonrió, pero su expresión no podía ocultar el cansancio y la preocupación en sus ojos. Si bien el campamento había crecido, las ovejas, los animales y las personas que llegaban no podían quedarse en las mismas condiciones. Sabía que lo que había comenzado como un refugio tranquilo, un lugar de sanación, pronto podría convertirse en algo desbordante si no se tomaba en cuenta el bienestar de todos.
—Lo sé, Fluffy, pero... No podemos seguir así. Los nuevos visitantes ya no caben aquí. El campamento se está haciendo pequeño. Tal vez, deberíamos pensar en un lugar más grande, algo más estable. ¿Qué pasa si más criaturas llegan? ¿Y si no hay suficiente comida o agua? —Metzli se detuvo, viendo cómo varias ovejas, que antes eran una pequeña familia, ahora se movían y trabajaban de manera más coordinada, como una comunidad en formación.
Cloudy asintió lentamente, pensativo.
—Tienes razón. Las Tierras Cúmulo son vastas, pero no infinitas. Hay que tener cuidado. Si no nos organizamos pronto, el espacio, los recursos... y nuestras energías, comenzarán a agotarse.
—Bueno, ¿y qué sugieren? ¿Fundar un pueblo? Porque con tantas criaturas aquí, especialmente ovejas, nos da para hacerlo —señaló Fluffy.
—No, un pueblo no bastaría si tomamos en cuenta que más criaturas van a llegar tarde o temprano —señaló Metzli... y luego, tuvo una idea—. ¿Y qué tal... si fundamos un reino?
Cloudy y Fluffy se quedaron en silencio por un momento, asimilando las palabras de Metzli. La idea parecía tan simple y, al mismo tiempo, tan grande. Un reino. Era una propuesta audaz, un desafío sin precedentes, pero en la mirada de Metzli había una convicción que hizo que sus corazones latieran con fuerza.
—¿Un reino? —preguntó Cloudy con curiosidad, su tono grave pero lleno de intriga.
—Sí —respondió Metzli con más seguridad ahora—. Si seguimos creciendo y necesitamos más espacio, no podemos seguir viviendo como un campamento improvisado. Necesitamos una estructura, un sistema. Un lugar donde no solo sobrevivamos, sino donde también podamos prosperar juntos. Un reino donde no haya miedo a quedarse sin espacio, sin comida, o incluso sin protección. Un reino donde todos puedan encontrar lo que necesitan, desde las ovejas hasta las criaturas que lleguen buscando refugio. Un reino donde todos puedan encontrar esa paz que tanto anhela sus corazones.
Fluffy saltó emocionada, aplaudiendo con sus pezuñas.
—¡Sí! ¡Un reino! ¡Sería increíble! ¡Podríamos tener un castillo, y yo sería la reina de las flores! —exclamó con entusiasmo.
Cloudy, aunque no tan expresivo como Fluffy, sonrió levemente ante la idea. Observó a Metzli por un momento, meditando en su propuesta.
—Es una idea arriesgada, pero... —dijo con tono pensativo—. Si alguien puede hacerlo, eres tú, Metzli. Has logrado que todo esto funcione hasta ahora, y esta tierra ya te ve como una líder. Quizá... un reino sea lo que necesitamos.
Metzli asintió lentamente, sintiendo que la presión comenzaba a acumularse sobre sus hombros. Fundar un reino no era algo que tomara a la ligera. Sería un trabajo arduo, lleno de desafíos, pero algo dentro de ella la impulsaba a seguir adelante. Algo en su interior sentía que esta era la oportunidad de hacer algo verdaderamente grande, no solo para ella, sino para todos aquellos que habían encontrado en ella una figura de apoyo.
—Podemos empezar poco a poco —dijo Metzli, con una chispa de determinación en los ojos—. Necesitamos organizar las tierras, establecer un sistema de gobernanza, buscar materiales para construir lo que haga falta... y sobre todo, asegurarnos de que todos los que lleguen se sientan bienvenidos. Este reino no será solo un refugio. Será un lugar donde cada criatura pueda encontrar su lugar, su propósito.
—Y lo más importante, a una gobernante —dijo Cloudy, mirando a Metzli con una sonrisa cómplice.
Fluffy no tardó en entender a dónde iba su primo y miró alegremente a Metzli, la cual tampoco tardó en entender a dónde querían ir.
—...Es una broma, ¿verdad? —preguntó ella con un tono casi suplicante—. ¡¿Quieren que yo sea...?!
—Metzli, todos en el campamento te tienen una confianza y respeto absoluto —señaló Cloudy—. Te ven como a una líder nata. Y la verdad, yo también lo hago.
—¡Igual! —dijo Fluffy, saltando alegremente—. Si alguien podría ser una gobernante ideal, ¡eres tú, Metzli!
Metzli se quedó en silencio, la mirada perdida en el horizonte mientras el viento acariciaba su rostro. La idea de ser una líder, de tomar las riendas de un reino, la aterraba. No se consideraba alguien con la capacidad de dirigir, de tomar decisiones tan trascendentales. Sin embargo, algo en sus entrañas le decía que, quizás, esta era la oportunidad que había estado esperando, la oportunidad de crear algo verdaderamente significativo.
—Pero... —empezó a decir, sin saber muy bien cómo continuar—. No soy una reina. No tengo ni idea de lo que implica gobernar. Soy solo una chica que llegó aquí por accidente. No sé si realmente soy el tipo de persona que puede hacer algo tan grande.
Cloudy se acercó a ella, poniendo una pata sobre su hombro de manera tranquilizadora.
—No necesitas ser una reina nacida. De hecho, ni siquiera tienes que ser una reina. Todos los grandes líderes comienzan siendo alguien común. Lo que importa es cómo te preocupas por los demás, cómo los apoyas, y cómo los guías hacia un futuro mejor. Y desde que llegaste, Metzli, has hecho todo eso. Has demostrado que te importa este lugar, a las criaturas que viven aquí. Tienes el corazón de una líder.
Fluffy, que aún saltaba de un lado a otro llena de emoción, asintió vigorosamente.
—¡Exacto! Todos te quieren, y tú eres la que los hace sentir como en casa. ¡Eso es lo que un reino necesita!
Metzli suspiró profundamente, cerrando los ojos por un momento. No podía negar lo que Cloudy y Fluffy decían. Sentía que algo dentro de ella había cambiado desde que llegó a estas tierras. Había aprendido a escuchar, a sanar, a comprender a las criaturas y personas que llegaban, y aunque el miedo seguía presente en su pecho, también sentía una llama de esperanza.
—Está bien... —dijo finalmente, con una determinación suave pero firme—. Voy a intentarlo. Si todos creen en mí, si esto realmente puede ayudar a todos, entonces haré lo que sea necesario.
Fluffy aplaudió de nuevo, saltando hacia arriba y luego cayendo con un pequeño "¡plop!" en el suelo, mientras Cloudy asentía con orgullo.
—¡Yay! ¡Va a ser épico! —exclamó la oveja, dando vueltas alrededor de Metzli. — ¡Vamos a tener castillos, y banquetes, y jardines de flores!
—Sí —dijo Cloudy, con una sonrisa—. Pero no olvidemos lo más importante: un reino debe estar basado en la bondad y la unidad. Si tú eres quien guiará a todos, Metzli, asegúrate de que nunca perdamos lo que hace que este lugar sea especial: la comprensión, el apoyo, y el espacio para que todos puedan crecer.
Metzli asintió con seriedad, entendiendo el peso de sus palabras.
—No lo olvidaré. Lo prometo.
Tomó varios meses el poder establecer cómo sería el reino, pero una vez Metzli tuvo la idea clara y la compartió con todos los demás habitantes del creciente campamento, todos estuvieron de acuerdo en ayudar y se pusieron manos a la obra.
Para sorpresa de Metzli, las ovejas en aquel lugar eran sorprendentemente fuertes, tanto así que podían cargar un saco de cemento en sus espaldas sin problema alguno, cosa que si una oveja en su mundo intentara acabaría bien muerta. Otras criaturas que habían llegado con el pasar del tiempo, como piantas de un lugar llamado Isla Delfino u hormigoides de unas tierras en el desierto, también se dispusieron a ayudar con la construcción del reino.
Y tras solo unos 8 meses de trabajo, su arduo esfuerzo dio sus frutos. El reino consistía en una gran cantidad de simples pero acogedoras casas con forma de nubes, como si fuesen fuertes de almohadas bien acolchonadas acopladas entre sí para darles forma. Por supuesto, en medio de la gran cantidad de viviendas, habían puestos que formaban un mercado. Después de todo, la economía debía venir de algún lado ya que Metzli decidió que no cobraría a nadie ni un centavo por vivir allí.
Finalmente, al fondo de todo el reino, se alzaba un enorme aunque a su vez humilde castillo, con una paleta de colores en tonos morados y lilas. Las torres son altas y puntiagudas, con techos que terminan en formas de punta y pequeños detalles como círculos y estrellas en las cúspides. Las paredes del castillo son de un color rosa claro, y alrededor de la entrada y de las torres, el castillo está decorado con nubes de verdad, para combinar con la temática de las casas que rodean el imponente edificio. El castillo posee solo una ventana, la del salón del trono, pese a que dicha zona ni siquiera es eso, y la torre más alta de todo el edificio tiene una luna menguante pintada en medio.
Con el reino ya listo, solo faltaba darle un nombre oficial, además de coronar a Metzli como princesa gobernante del nuevo reino.
Por eso, el día después de terminar de construir el reino, todos los habitantes que ayudaron a construirlo y que ahora vivirían en él se reunieron a las afueras del castillo mientras Metzli era preparada por Cloud y Fluffy en su nueva habitación, ya que ambas ovejas fueron designadas como los consejeros reales de la chica.
Metzli se observaba absolutamente nerviosa frente al espejo. Estaba vestida con un elegante vestido largo de color morado, adornado con detalles de nubes y un diseño de luna creciente con destellos brillantes en la parte inferior. Su cabello, antes completamente liso, ahora era largo y ondulado, con un brillo suave que resalta su aspecto. Su tiara era simple pero distintiva, con una luna creciente en la parte frontal. Usaba guantes que le llegaban casi hasta los hombros de color morado, y justo en el centro de su vestido, estaba la piedra curativa que ella misma había encontrado para ella.
Sin embargo, pese a que ella claramente tenía el aspecto y porte de una princesa, Metzli no se sentía como una. De hecho, se sentía aterrada, sabiendo que en unos pocos minutos, su vida y el cómo todos los demás la veían a ella cambiaría para siempre. Si alguna vez pensó en volver a su antiguo mundo, a su antigua vida, eso ya no sería posible una vez se convirtiera en princesa...
"Princesa Metzli"... había algo en ese nombre que no cuadraba para nada. No importa cuantas vueltas le diera, "Princesa Metzli" sonaba muy mal.
—¿Metzli? —Fluffy llamó de pronto, haciendo a la chica girarse hacia la oveja—. ¿Estás nerviosa?
—...Nerviosa es subestimar mis sentimientos —rió Metzli secamente—. Estoy aterrada.
—No tienes por qué estar aterrada, Metzli —le dijo Fluffy con una sonrisa tranquilizadora—. Todos los que están afuera te adoran. Confían en ti. Este lugar es lo que es gracias a ti.
Metzli suspiró, mirando su reflejo una vez más. No podía evitar sentirse pequeña, como si aún no estuviera lista para lo que se le venía encima. ¿Cómo podía alguien como ella, que solo había llegado por accidente, quedándose solo para sanar, liderar un reino?
—Es solo que... no sé si soy la persona adecuada para esto —admitió con sinceridad. Su voz sonaba más insegura de lo que quisiera. — Todo esto pasó tan rápido. Un momento estaba en un campamento con unas ovejas, y ahora... ahora voy a ser una princesa. No soy como las otras personas que tienen todo claro, que nacen para liderar.
Fluffy se acercó a ella y, con una sonrisa traviesa, le dio un pequeño empujón en el hombro.
—¡Claro que lo eres! ¿Recuerdas todo lo que has hecho por nosotros? Por todo el campamento, por todas las criaturas que han llegado aquí? ¡Eres la que ha hecho todo esto posible! Y lo mejor es que no lo hiciste por el poder o por la fama. Lo hiciste porque te importa. Eso es lo que hace a un buen líder, ¡no el tamaño de la corona!
Cloudy apareció en la puerta, observando la escena con una sonrisa suave.
—Fluffy tiene razón. Nunca te pido que seas perfecta, Metzli. Ser princesa no significa ser infalible, sino ser un faro para los demás. Y aunque no lo creas, ya has sido eso para todos nosotros.
Metzli se quedó en silencio por un momento, asimilando las palabras de Cloudy y Fluffy. La corona, el trono, todo eso parecía tan ajeno a lo que era. Pero al mismo tiempo, al mirar a su alrededor y ver todo lo que había logrado, todo lo que habían logrado juntos, empezó a comprender que no se trataba de ella. Se trataba de todos los que habían creído en ella, de todos los que se habían unido en este lugar para construir algo nuevo. Y aunque el miedo seguía ahí, había algo en su interior que comenzaba a calmarse.
—De ser así, si de verdad ustedes y todas esas personas me desean como su princesa, entonces... hay una sola petición que tengo.
—Entonces pídela, princesa, y dalo de inmediato por hecho —aseguró Cloudy.
Metzli respiró hondo mientras recordaba todos los problemas que se habían acumulado en su vida pasada antes de llegar a Moonlight: las exigencias de sus padres, las burlas en la universidad, la ruptura con su novio... aquello último le hizo sentir un dolor punzante en su corazón, tanto así que eso fue lo que hizo que tomar su decisión fuese mucho más sencillo.
—No quiero estar ligada a quien solía ser cuando llegué a este lugar por primera vez hace más de un año —declaró la chica, mirando a su reflejo en el espejo—. Ya no soy capaz de ver a la misma Metzli asustada y perdida que era el año pasado... porque ya no me siento como esa persona. Desde hoy, quiero que dejen de referirse a mí como Metzli, pues ya no soy esa chica. Este reino fue fundado con la idea de que nos resguarda la noche, que la luna es nuestro guardián desde miles de kilómetros en el espacio. La lune es lo que define este reino: está en mi ropa, pintada en los muros de este castillo, está en el nombre del reino, incluso es lo que mi nombre significa en otro idioma... pero ahora que estoy por empezar un nuevo capítulo en mi vida, creo que es hora de adoptar una nueva identidad también.
—Entonces, si no te llamaremos Metzli, ¿cómo te llamamos? —preguntó Fluffy, confundida.
—...Moonie —respondió la chica, sonriendo por primera vez desde que observaba su reflejo—. Me gusta Moonie. Recuerdo que alguien que conocí hace mucho tiempo me llamaba así, aunque su rostro es tan borroso en mi mente que apenas y puedo recordar nada más allá de eso.
Fluffy saltó de alegría, repitiendo el nuevo nombre con entusiasmo.
—¡Moonie! ¡Me encanta! ¡Es tan... tú! ¡Es perfecto! —exclamó mientras giraba alrededor de ella, casi como si estuviera celebrando una fiesta.
Cloudy asintió con una sonrisa profunda, observando con orgullo a la chica frente a él.
—Es un nombre hermoso, Moonie —dijo con calma—. Un nombre que refleja todo lo que eres ahora. Y es también el nombre que este reino llevará, porque, como tú dijiste, la luna ha sido nuestra guía desde el principio. Ahora, tú serás la guía para todos nosotros.
A pesar de las palabras de Cloudy, Moonie aún sentía ese nudo en el estómago. Sabía que lo que estaba por suceder cambiaría su vida de forma irrevocable, pero por primera vez, su miedo no era tan grande como su determinación. Miró a Fluffy y Cloudy, y en ese momento, entendió que no estaba sola. Ya no.
Entonces, con su nueva identidad establecida y con un reino entero listo para dar la bienvenida a su nueva y primer gobernante, Moonie dejó que Cloudy y Fluffy salieran antes que ella a anunciar que la princesa ya estaba aquí.
Y así, el 8 de Abril del 2020, surgió la Princesa Moonie, fundadora y primer gobernante en la historia del Reino Moonlight.
Dicen que todo en la vida pasa por una razón, incluso si no sabemos cuál es.
Durante dos años enteros, el Reino Moonlight no conoció más que la paz y la prosperidad. Como era de esperar, el reino se convirtió el paraíso perfecto donde los necesitados (desprotegidos, viajeros, los que han sufrido cualquier tipo de dolor) venían a sanar, a refugiarse, a buscar paz y comfort. Algunos se quedaban durante un tiempo, y cuando sanaban, se iban, pero los que se quedaban lo hacían con el fin de ayudar a todos los demás.
Como la gobernante del reino, Moonie se encargaba de dar comfort a todo aquel que lo necesite. Cada noche, salía a hacer patrullajes nocturnos y buscaba a todos los que estuviesen sufriendo, para así escucharlos y cantarles una dulce melodía que tranquilizaba sus almas. Era lo que más disfrutaba de ser la princesa: que ella misma se aseguraba de que todo aquel que pisase su reino saliera con una paz interior que les hiciera olvidar, incluso si era solo un momento, todos sus problemas. Y cada vez que su piedra curativa, la que llevaba en su vestido, se oscurecía por exceso de energía negativa, Cloudy o Fluffy la removían y limpiaban para que esta no acabase corrompiendo a Moonie.
Pero como se dijo antes, las cosas pasan por una razón, aunque desconozcamos la misma.
Un día, unos piantas que pescaban en las costas del reino avistaron a una criatura en la arena, inconsciente y llena de raspones, con lo que parecía ser su caparazón rasgado. Era claramente una tortuga, y estaba herida.
Sin pensarlo, los piantas se llevaron a la tortuga hasta Moonlight, directamente ante Moonie, quien de inmediato ordenó a unas ovejas que ayudaban limpiando el castillo a hacer hueco en el cuarto de invitados para atender a la tortuga lo más pronto posible. Usando varias piedras curativas entre varias personas, consiguieron curar a la tortuga de sus heridas físicas, por lo que Moonie decidió dejarlo reposar en el cuarto hasta que despertara.
Horas más tarde, la tortuga despertó, desconcertada por estar en un lugar totalmente diferente. Moonie lo topó despierto cuando entró para ver como estaba, y le sonrió con la misma gentileza que a cualquiera de su reino. Aunque ya no usaba sus guantes porque le resultaban incómodos, ella era el porte de una princesa hecha y derecha.
La tortuga se mostró desconfiada de Moonie al principio, pero cuando ella le explicó cómo lo encontraron, pareció bajar su guardia. Le dijo a Moonie que estaba probando algo con su rey, algo de unos cañones con balas vivientes, pero uno falló y lo mandó volando. Lo último que recordaba era caer al mar antes de perder la consciencia, y ahora despertó aquí.
Tan comprensiva como siempre, Moonie le dijo que ya atendieron sus heridas al encontrarlo, y que a partir de ahora puede elegir lo que quiere hacer. Nadie lo obligará a quedarse, ni tampoco lo apresurarán a que se marche. Lo que él quiera hacer depende totalmente de él, y escuchar eso sorprendió a la tortuga, la cual reveló que su especie se hace llamar koopa, y que su nombre era Todd-Tuga, pero todos le decían Todd.
A sabiendas de esto, Moonie dejó a Todd ser, incluso ofreciéndole una de las muchas casas en Moonlight, y él aceptó porque, aunque hablaba con devoción y lealtad sobre su rey, algo en Moonie y en la tranquilidad de aquel reino le hicieron querer quedarse... y eso fue lo que hizo.
Durante meses, Todd vivió en Moonlight una vida totalmente tranquila, viendo lo amables y pacíficas que eran todas las personas en el reino, lo próspero que era pese a que su gobernante no los comandara como a un ejército. Ese cambio era quizás lo que tantos quisieran quedarse aquí, y Todd no podía culparlos, porque el cambio se sentía... bienvenido.
Pero un día, todo lo que vivió y aprendió en aquel reino dejó de importarle cuando escuchó algo que lo dejó congelado.
Mientras paseaba por el mercado del reino, escuchó a dos criaturas hablar sobre una historia muy interesante que uno de ellos leyó en un libro, una historia acerca de una Superestrella capaz de volver invencible a quien se hiciera con el poder de la misma. Escuchar eso hizo que el koopa recordase que su rey quería encontrar una estrella que encajaba con esa descripción, pero no era capaz de encontrar su ubicación.
Sin embargo, Todd de inmediato pensó que algún libro en la biblioteca de Moonie debía de guardar esa información, y la idea de volver a decirle a su rey lo que sabía, pensando que tal vez obtendría un mejor puesto entre las filas de su gobernante le hicieron salir corriendo lejos del reino y tomar un bote de pesca, remando tan rápido como pudiese para regresar a su reino y contarle todo a su rey.
Y era seguro decir que tuvo éxito, porque la paz del Reino Moonlight fue perturbada una tarde tranquila que una isla flotante de material rocoso en el exterior y que bordaba ríos de lava ardiente en el interior llegó de forma invasiva.
Como era natural, todos en el reino entraron en pánico por la repentina llegada de la isla. Moonie, que estaba dentro de su castillo con Cloudy y Fluffy, salió con ambas ovejas al balcón de su castillo, notando el gigantesco islote que había llegado a su reino sin previo aviso. Por supuesto que su primer instinto fue el de entrar en pánico. Es decir, una isla gigante que desborda lava, con un gigantesco rostro monstruoso tallado al frente no era una buena señal.
Sin embargo, Moonie se forzó a recordar algo importante: era una princesa ahora, gobernaba un reino repleto de súbditos que contaban con ella. No podía huir de esto, no podía solo evitar el problema como la última vez, no cuando tantas criaturas contaban con ella.
Así que, armándose de valor, la princesa fue al interior de su castillo antes de salir nuevamente con una lanza que sostenía firmemente con ambas manos, mirando la isla que se acercaba cada vez más al castillo con el ceño fruncido.
Poco a poco, la isla comenzó a aterrizar hasta que el rostro gigante tallado frente a la misma quedó frente a las puertas del castillo, perforando el suelo y destruyendo gran parte de la arquitectura que tomó mucho tiempo en terminar. Seguro, no había tasa de heridos, pero eso no evitaba que todos los habitantes del reino temieran por sus vidas.
De pronto, la boca de la gigantesca cabeza tallada en la isla se abrió como si fuera una compuerta, y de esta salieron unas 10 tortugas idénticas a Todd, pero todas ellas con lanzas y protegidos con cascos, coderas y rodilleras. Luego, tras una estela de humo morado, apareció un koopa con túnica y sombrero azul, al igual que lentes y lo que parecía ser una varita dorada con una gema roja en su mano.
Y por último, salió una tortuga mucho más grande, con cuernos en la cabeza, una melena rojiza y picos enormes en su caparazón, además de brazaletes negros con picos en sus brazos y un collar negro picudo rodeando su cuello.
—Con que este es el Reino Moonlight del que ese joven hablaba... —murmuró la tortuga gigante, riendo por lo bajo—. Un sitio pequeño y tranquilo... perfecto para conquistar.
—¡EY! —llamó Moonie desde su balcón, observando a la gigantesca tortuga con el ceño fruncido pese a su aspecto monstruoso.
El presunto rey de los koopas miró arriba al balcón y notó a la chica que lo observaba desde allí. El koopa gigante arqueó una ceja, curioso al ver que la chica, pese a claramente tener miedo, parecía estarlo ocultando bastante bien; mejor comparado al miedo que mostraban los demás alrededor.
Moonie saltó desde el balcón y aterrizó a duras penas frente al koopa, limpiándose el vestido con calma, pero sin soltar su lanza mientras observaba al invitado no deseado frente a ella con cautela y molestia.
—¿Quién eres tú? ¿Cómo encontraste este reino? —gruñó Moonie, esperando que su voz sonase firme y autoritaria pese al ligero temblor que se le escapó sin querer.
El koopa analizó a la chica frente a él con cautela, antes de sonreír maliciosamente.
—Más respeto, mocosa —dijo el koopa, su voz siendo rasposa y grave, más de lo que Moonie esperaba—. Soy Bowser, Rey de los Koopas. Digamos que tuve ciertos... contactos que me hablaron de este reino, y de un secreto bien guardado que hay en él que debe ser mío cuanto antes.
¿Secreto? ¿De qué secreto hablaba este tipejo? ¿Y de qué contacto hablaba? Moonie no entendía nada, pero no le importaba en lo más mínimo.
—Lo que sea que buscas, te aseguro que no lo encontrarás aquí, Bowser —declaró la chica, su firmeza siendo entre temblorosa y autoritaria—. Este reino es pequeño y goza de paz. Que sepas de su existencia por sí mismo es un milagro, y si no has venido en busca de un escape o a sanar heridas, no tienes nada que hacer aquí.
Bowser soltó una risa baja y profunda, como si la joven princesa estuviera diciendo algo divertido, aunque Moonie no había encontrado nada gracioso en absoluto. Él parecía disfrutar del desconcierto y la incertidumbre que se dibujaba en el rostro de todos los presentes, tanto en el castillo como en los alrededores. Los koopas, por su parte, rodearon a Moonie, listos para atacar en cualquier momento de ser necesario. Sin embargo, el rey de los koopas se quedó observando a Moonie por unos momentos, estudiando su postura y su comportamiento.
—¿Una princesa? —murmuró Bowser, acercándose un poco más—. Qué irónico. No me lo había imaginado, pero la verdad, no me importa demasiado. Lo que importa es lo que tienes, pequeña. Y lo que tengo entendido... este reino tiene algo que me pertenece.
Moonie apretó su lanza con más fuerza, un escalofrío recorriéndole la espalda. Había algo en la mirada de Bowser que le indicaba que no solo estaba allí para hacerle una simple visita. Sabía que el peligro estaba cerca, que su reino, esa pequeña burbuja de paz que había creado con tanto esfuerzo, estaba siendo amenazada por algo mucho más grande que sus temores.
—Te repito: no vas a encontrar lo que buscas aquí —respondió Moonie, sin dejarse amedrentar, aunque su corazón latía con fuerza. En su mente, trataba de recordar todas las cosas que había aprendido en los últimos años sobre ser líder. ¿Cómo debía enfrentarse a alguien como Bowser? ¿Cómo debía defender su hogar?
El gigantesco koopa se inclinó ligeramente hacia adelante, su sonrisa torcida agrandándose, sus ojos brillando con una intensidad peligrosa.
—Te aconsejo que no subestimes lo que puedo hacer —advirtió Bowser, exhalando humo, y el mero olor a ceniza de su aliento hizo entender a Moonie que esta tortuga era capaz de exhalar fuego, cosa que la aterró más de lo que ya estaba—. Estoy en busca de la Superestrella que me hará la tortuga más poderosa del mundo. Y no planeo irme hasta que consiga lo que quiero.
—La Superestrella que buscas no está aquí —respondió Moonie de inmediato, aunque su voz tembló ligeramente al decirlo—. Y aunque supiera dónde está, jamás se la entregaría a alguien de tu calaña.
La sonrisa en el rostro de Bowser se borró, pasando a un ceño peligrosamente fruncido mientras sus ojos se iluminaban, como muestra de que su enojo crecía.
—Mejor será que te apartes de mi camino, mocosa. Nada ni nadie se interpondrá en mi camino a la gloria, y si debo quemar hasta el último rincón de este reino para encontrar la información que necesito, ten por seguro que lo haré.
Moonie sostenía su lanza con determinación, los ojos fijos en Bowser, que parecía disfrutar del miedo que su presencia causaba. Sin embargo, a pesar del temor que se deslizaba por su columna, Moonie no se permitió ceder. Su mente repasaba cada uno de los principios que había aprendido desde que llegó a Moonlight: que la paz se ganaba con acciones firmes, que un líder no podía ceder ante las amenazas, por más poderosas que fueran.
—No voy a moverme. No te voy a dar lo que buscas, Bowser. No importa cuán grande o fuerte seas. Este es mi reino y yo lo protegeré —dijo Moonie, su voz vacilante al principio, pero cada vez más segura conforme las palabras salían.
Bowser la observó en silencio por un momento, su enorme figura imponente y llena de poder, pero no dijo nada. Sólo dejó escapar una risa baja y gutural, como si estuviera ante una broma que solo él entendía.
—Tienes agallas, debo admitirlo —dijo Bowser, dando un paso hacia adelante, su sombra gigantesca cubriendo a Moonie y a todos los que la rodeaban. —No es común que alguien tan joven se atreva a hablarme de esa manera. Pero no te confundas, pequeña princesa. Yo siempre consigo lo que quiero. Y tú no serás la excepción.
Tras decir eso, Bowser tronó sus dedos, haciendo que el koopa con la varita sonriera maliciosamente antes de atrapar a una oveja cercana que no estaba bien escondida, acercándola de inmediato mientras la oveja balaba aterrada.
Antes de que Moonie pudiera decir nada, el koopa agitó la varita, haciendo que la oveja empezase a retorcerse de dolor, balando con agonía.
—¡NO! —exclamó Moonie en pánico, tratando de tomar a la oveja, pero el aura que rodeaba a la oveja le hizo daño al soltar una descarga que la hizo apartarse—. ¡Basta, déjala ir!
Sin embargo, Bowser mostró una expresión fría, como si no le importara acabar con la vida de alguien inocente... y francamente, ese era el caso.
—¡Basta, yo... haré lo que tú quieras, cualquier cosa que me pidas! —dijo Moonie, suplicante—. ¡Pero no lastimes a mis súbditos!
La sonrisa maliciosa del Rey Koopa regresó al escuchar eso.
—Ya no eres tan valiente, ¿eh? —rió Bowser—. Kamek, déjala ir.
El koopa con la varita, Kamek, no pareció muy contento por esto, pero de todos modos obedeció y soltó a la oveja, con Moonie corriendo a asegurarse de que estuviera bien.
—Así que harás lo que yo quiera, ¿eh? —rió Bowser nuevamente, cruzando los brazos—. De acuerdo, niña. Me siento de pronto muy generoso, así que vamos a hacer un trato.
Moonie tragó saliva mientras las palabras de Bowser caían como una losa sobre el reino. El fulgor del atardecer tintó de morado las nubes; la sangre le latía en las sienes y, por un instante, todo lo demás pareció detenerse. A su alrededor, los habitantes la miraban con ojos suplicantes. Fluffy temblaba, con las pezuñas apretadas; Cloudy, que siempre había sido su baluarte de serenidad, apretaba los labios hasta que su lana se erizó.
—¿Qué quieres que haga? —musitó Moonie, con la voz cortada por el miedo, aunque intentando que el temblor no la delatara.
Bowser sonrió, fiero y satisfecho, como quien ya huele la victoria. Dio un paso adelante y clavó sus ojos en la muchacha.
—Es muy sencillo, mocosa —dijo con frialdad—. Mis tropas y yo marchamos por donde vinimos. No tocaremos tu pequeño y dulce reino; ni siquiera lo voltearemos a ver. Pero a cambio... tú vienes conmigo, princesa.
—...¿Qué...? ¿Yo... irme con usted...?
—¿Estás sorda o te haces? —gruñó Bowser—. Ya que no obtendré la Superestrella hoy, necesito algo de igual valor... y tú pareces ser lo más preciado que hay en estas tierras. Si te niegas a venir, bueno, tú estarás ilesa... pero no te garantizo que tu reino corra la misma suerte.
El silencio fue un golpe. Moonie pensó en las casas, en los puestos del mercado, en las ovejas que habían reído con ella y en todas las vidas que dependían de aquella decisión. Pensó en los rostros de los que habían llegado rotos y ahora curaban sus heridas bajo el cobijo de Moonlight. Sintió la piedra cálida en el pecho, la promesa de lo que había sido su refugio. Y en su mente, una idea se hizo tan clara como la luna misma: no permitiría que su hogar fuera destruido por su cobardía.
Respiró hondo. No se permitió mirar a su lado; no quería ceder por lástima, quería decidir con la cabeza fría.
—Si acepto... Dejarás mi reino en paz, y a todos los que viven aquí —dijo ella, su voz una mezcla de lástima y determinación—. Pero también arreglarás los daños que has causado al llegar con esa maldita isla. Y si algo le pasa a alguien en este lugar, te juro que...
—Te doy mi palabra —aseguró Bowser con seriedad—. Mis tropas repararán los daños y ninguna de ellas va a herir a nadie. Hasta el más pequeño de tus súbditos estará fuera de mi radar de conquista. Pero claro, tú tienes que cumplir tu parte.
Las últimas palabras de Bowser comenzaron a sonar en su cabeza, reafirmando nuevamente el pensamiento de la princesa. Si ella va a dejar su reino, que sea con la certeza de que solo así ellos estarían seguros.
—Si eso significa que mi reino estará a salvo... —dijo por fin, con voz firme—. Iré contigo.
Un murmullo de horror y sorpresa recorrió la explanada. Fluffy lanzó un balido agudo, Corazones se les encararon a muchos. Cloudy dio un paso adelante, los ojos brillando.
—¿¡Moonie!? —exclamó—. ¡No puedes—!
—Lo sé —lo interrumpió Moonie, sin apartar la vista de Bowser—. Lo sé. Y lo siento. Pero si me quedo, esto no terminará aquí. Se convertiría en una excusa para regresar, en una razón para destruir este lugar poco a poco. Si debo pagar con mi libertad para que los demás vivan en paz, lo haré. No quiero que nadie más sufra por mi culpa.
Bowser se echó a reír, complacido.
—¡Así me gusta! —dijo—. Valiente, y además lista para sacrificarse. Bien. Tendrás un papel útil, mocosa. Podrás acompañarnos; aprenderás a obedecer... y, quién sabe, tal vez te resultará entretenido.
Moonie dio un paso atrás, y por primera vez desde que fuera coronada, el peso de la corona le dolió con crudeza. Cloudy avanzó y rozó su hombro con una pata, una caricia breve y firme.
—Prométenos algo —suplicó Cloudy, sin alzar la voz—. Prométenos que volverás si alguna vez esto no cambia, que lo intentarás todo por regresar.
Moonie cerró los ojos un segundo y recordó cada noche en la que había cantado a los que temblaban bajo la luna. Recordó las manos que había rezado sostener, las voces que habían hallado consuelo en su melodía. Abrió los ojos y asintió.
—Lo prometo —dijo—. Hice una promesa cuando fundé este reino: protegeré a quienes lo habitan. Si para mantenerlos a salvo debo marcharme, entonces ese será mi deber. Pero volveré. Buscaré una manera.
Fluffy corrió en círculos, intentando contener la angustia. Con movimientos torpes saltó y se plantó frente a Moonie; con sus pequeñas pezuñas le alcanzó a colocar una bufanda hecha de lana azul grisácea alrededor del cuello de la joven.
—Para que no te olvides de nosotras —balbuceó Fluffy—. ¡Y para que no te enfríes!
Moonie sonrío con amargura y apretó la bufanda entre las manos, sintiendo la fibra cálida y la despedida en cada hebra.
Hacía ya casi 2 años desde que ella se unió a Bowser. Casi 1 año desde se enamoró de él y le dio lo que quería. Casi 6 meses desde fue coronada como la Reina de los Koopas en ausencia de Bowser... y solo una semana desde que encontró aquella bufanda entre sus cosas.
Moonie se encontraba en una de las enormes y sombrías cámaras del castillo de Bowser. La penumbra de los pasillos y la fría presencia de la roca oscura que formaba las paredes la envolvían, pero, más que el ambiente, lo que la agobiaba era el peso de sus propios pensamientos.
Había hecho una promesa: protegería a su gente. Y aunque el precio por ello había sido caro, sentía que había cumplido. Había mantenido la paz en Moonlight durante esos largos años, asegurándose de que su reino estuviera a salvo bajo el yugo de Bowser. Pero la paz que se había forjado en su ausencia era diferente. Ya no era la misma niña que llegó a Moonlight sin saber qué hacer, sin tener idea de cómo gobernar. Había aprendido de las adversidades, pero también de los sacrificios.
Sin embargo, ahora las cosas habían cambiado. El peso de la corona de Reina de los Koopas le quedaba mal, como un disfraz que no le pertenecía. Y lo peor de todo es que, con el paso de los meses, comenzó a comprender que el peso de la corona que cargaba Bowser era tal que ella jamás le iba a llegar a su altura. Podía tener la confianza de la gran mayoría de los súbditos de Bowser, pero mientras otros siguieran viendo en ella a la inexperta Moonie que llegó hace dos años, jamás tendría su visto bueno.
Volvió a ver la bufanda en sus manos, esa que usaba las primeras noches que se quedó en el castillo, antes de volverse cercana a Bowser y enamorarse, cuando se sentía prisionera y extrañaba su reino y a sus súbditos, en especial a Cloudy y Fluffy a su lado.
Moonie apretó la bufanda entre sus manos, la tela suave y familiar contrastando con la frialdad del castillo que la rodeaba. Los recuerdos del Reino Moonlight la invadieron de golpe: la paz, las risas, las canciones bajo la luna, las sonrisas de los habitantes que la habían llamado su princesa. La sensación de estar en su lugar, de saber que hacía lo correcto al liderar aquel pequeño paraíso. Todo parecía tan lejano ahora.
Al principio, cuando se unió a Bowser, lo hizo por un bien mayor, por proteger a los suyos. Pero mientras los días se convirtieron en meses y los meses en años, las sombras del castillo de Bowser fueron envolviéndola, haciéndola cuestionar si realmente había hecho lo correcto.
Se miró al espejo. La corona de Reina de los Koopas brillaba sobre su cabeza, pero en sus ojos ya no había esa chispa que tenía cuando era Moonie, la princesa de Moonlight. Ahora se sentía como una sombra de sí misma, atrapada en un mundo que no era el suyo, con un poder que no comprendía por completo. Había aprendido a gobernar, sí, pero ¿realmente lo estaba haciendo por las razones correctas?
Pensando bien en aquel día en que Bowser dijo que descubrió Moonlight debido a contactos, y desde el primer minuto se había presentado como el Rey de los Koopas. Moonie jamás había escuchado de él o de los koopas hasta ese día...
Excepto que sí lo había hecho, todo gracias a que ayudó y cuidó de un koopa ella misma: Todd.
No era la primera vez que tenía aquella epifanía; más seguido de lo que le gustaría, olvidaba que ese koopa estuvo en su reino, luego desapareció un día y, oh sorpresa, Bowser atacó poco después.
Las coincidencias existían, pero Moonie sabía muy bien que aquello no fue una.
Por ende, una tarde, le preguntó a Kamek si había un tal Todd-Tuga, y pese a que el magi-koopa quiso reírse, supo que ella no bromeaba al ver su expresión seria. Tras revisar el registro de todos los soldados enlistados, descubrió que sí había alguien llamado así, y Moonie le ordenó a Kamek que él se presentara ante ella en la sala de trono de inmediato, pues tenía muchas cosas que decirle.
La Reina de los Koopas miró la bufanda en sus manos una última vez antes de suspirar y guardarla con cuidado en una caja que contenía objetos de alto valor para ella, misma que escondía en un compartimento secreto dentro de su armario.
Tras dejar eso, la princesa montó sobre la nube que Bowser le regaló para moverse con facilidad y voló a gran velocidad a través del castillo hasta llegar a la sala del trono. Bajó de su nube una vez estuvo frente al gigantesco trono, sentándose al borde del mismo con su lanza en mano mientras esperaba.
No pasó mucho antes de que Kamek apareciera tras una nube de humo morado junto con Koopa, mareado debido al hechizo de aparición de Kamek, y a juzgar por las pecas en sus hombros y rostro, Moonie lo reconoció de inmediato, su mirada oscureciéndose de inmediato.
—Todd-Tuga... —llamó la reina con las piernas cruzadas y una postura tranquila—. Ha pasado un tiempo.
Todd se acercó a la sala del trono con pasos vacilantes, sus ojos enrojecidos por la preocupación y el sudor acumulado en su rostro. Al ver a Moonie sentada en su trono, con una actitud tan serena pero cargada de autoridad, sus entrañas se retorcieron. Aquella visión le recordó a la princesa de Moonlight que había conocido, pero también al monstruo que había ayudado a crear sin saberlo. Se sintió como un extraño ante ella.
—Moonie... —saludó nervioso el koopa, agitando su mano—. ¿Qué cuentas?
En respuesta, Kamek golpeó su cabeza con su varita, pese a que Todd iba protegido con un casco.
—Más respeto ante tu señora —dijo el magi-koopa con el ceño fruncido.
—Déjalo, Kamek —dijo Moonie, saltando del trono y aterrizando en el suelo, aún con su lanza en mano mientras se acercaba serenamente a Todd, el cual tragó nervioso—. ¿Sabes? Nunca pensé que, si volvíamos a vernos, sería en estas circunstancias.
—Bueno... —Todd rió nervioso—. Que pequeño es el mundo, ¿no?
—Sí... pequeño... —dijo Moonie con una voz dulce forzada, antes de ponerse a girar alrededor de Todd—. Tú eres el ejemplo perfecto de lo que es ser un malagradecido, ¿sabes? Pocas veces alguien me hace enojar al nivel que tú lo hiciste.
—¿Y-Yo? —Todd tragó nervioso—. O-Oye, sé que has de suponer que es mi culpa que Bowser descubriera tu reino, pero...
—Llegaste malherido a mis tierras, te cuidé, alimenté y te permití ser libre de escoger tu destino —Moonie lo interrumpió bruscamente, y Todd escondió su cabeza en su caparazón hasta que solo sus ojos fueron visibles—. ¿Y cómo me agradeciste por ayudarte? Contándole a tu rey algo que sabías en base a una mera suposición, y me quitaste mi libertad. Gracias a ti, conozco a Bowser; gracias a ti, ahora estoy al mando; gracias a ti, tus compañeros creen que estamos en ruina... y por eso, te estoy agradecida.
Eso último dejó confundido a Todd, el cual sacó su cabeza de su caparazón mientras veía confundido a Moonie.
—...¿Perdona? ¿Tú... me agradeces por hacerte secuaz de Bowser?
—Bueno, digamos que he conocido un lado de Bowser que... me dejó cautivada... —respondió la reina con una sonrisa genuina y la mirada perdida en un punto fijo en el suelo.
Todd suspiró aliviado, pensando que Moonie lo iba a perdonar... solo para que ella apunte su lanza a su rostro y marche hacia él, al punto de acorralarlo contra el trono de piedra, con la punta de la lanza quedando a meros centímetros de su garganta, a tal punto que tratar de meterse a su caparazón lo dejaría sin cabeza.
—Al mismo tiempo... Arriesgaste la seguridad de mi gente y de mi reino sin estar totalmente seguro de que escuchaste algo verídico —continuó Moonie, su expresión tan seria y amenazante que parecía otra persona—. Por ende, me veo obligada a darte tu primer y última advertencia: no vuelvas a poner a mi gente en peligro, o descubrirás de verdad por qué Bowser confía en mí lo suficiente para gobernarte a ti a sus tropas. ¿Entendido, tesoro?
Moonie sostuvo la punta de la lanza a milímetros del rostro de Todd hasta que sintió que la sangre le martillaba en las sienes. El silencio en la sala del trono era casi físico: solo se escuchaba el respiramiento de los presentes y el pequeño crujido del metal al rozar la piel del koopa. Kamek permanecía a un lado, expectante y con la varita lista; las sombras de las antorchas proyectaban en la roca la silueta de la reina y su presa.
—O-Oiga, mi señora, t-tampoco hay que hacer nada de lo que nos arrepintamos luego —tartamudeó Todd, tratando de alejarse de la lanza de Moonie.
—Ya hice muchas de esas en los últimos años, Todd, con la diferencia de que no me arrepiento en absoluto —dijo Moonie con frialdad—. Pero temo que debo preguntar esto antes de que lo olvide... ¿por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué le dijiste a Bowser donde se ubicaba mi reino?
—Oye, no tenía nada en contra de ti o de tus tierras, ¡lo juro! —aseguró él—. Yo solo pensé que Bowser me recompensaría si le decía lo que escuché, que me daría algún premio si encontraba lo que quería gracias a mí. Un reconocimiento especial, quizás un ascenso...
—¿En serio? —escupió la chica con incredulidad y rabia—. ¿Vendiste mi libertad y la paz de mis tierras... ¡por un ascenso?!
—¡Pero al final nada ocurrió! —gritó Todd, cerrando los ojos en caso de que ella no lo perdonara—. Bowser no me recompensó o me felicitó, solo me dio unas simples gracias y ya. Me decepcioné, pero no le guardo rencor. Tan solo pensé que dándolo todo por él le haría notarme y hacerme valer, es todo.
La furia que Moonie sentía desapareció al instante apenas Todd dijo eso último. Ella misma supo lo que es decepcionarse y no tener lo que esperaba pese a las vidas que arriesgó en el proceso...
Flashback
—Ahora, ¡soy la tortuga más poderosa del mundo! —rugió el rey de los koopas, ganándose vítores de sus súbditos nuevamente—. ¡Muy pronto llegaremos al Reino Champiñón! —Sus súbditos vitorearon de nuevo—. Y después de años de pelear como enemigos, ¡voy a pedirle a la princesa que sea mi esposa con una boda de cuento de hadas!
Los vítores entonces cesaron, y la música dejó de tocar, dejando el salón del trono en completo silencio. Todos en el público habían quedado impactados con ese anuncio. La gran mayoría confundidos y mirándose entre sí por el deseo tan absurdo de su líder de comprometerse con el enemigo, otros pocos como un koopa que estaba en la esquina estaba suspirando enternecido ante la idea de una ceremonia tan importante y especial como el rito matrimonial.
Pero de todos los presentes, la única destrozada por la noticia era ella, Moonie, la leal asistente del rey koopa, su segunda mano derecha y su mayor confidente después de Kamek.
"¿Una boda...? ¿La princesa Peach...? Pero... No lo entiendo..." pensaba Moonie, su corazón latiendo de forma desenfrenada mientras sentía sus ojos cristalizarse entre más y más dejaba que la idea se asentara en su mente, y no le gustaba. "¿Por qué? ¿Por qué ella? ¿Por qué ella y yo no?"
Fin del flashback
Con un suspiro, Moonie alejó su lanza de Todd, dejándole colapsar en el suelo con un suspiro de alivio, mientras que ella cerraba los ojos con fuerza.
—Entiendo perfectamente de lo que hablas, y te compadezco por ello —confesó Moonie, antes de abrir los ojos nuevamente y ver a Todd con frialdad de nuevo—. Aún así, mantengo mi posición. No vuelvas a arriesgar la vida de mis súbditos, o me vas a conocer realmente enojada. ¿Quedó claro?
Todd tragó con un gemido ronco y se frotó la garganta con manos temblorosas, aún sin comprender del todo cómo había pasado de buscar un ascenso a convertirse en el blanco de la lanza de la reina. Kamek, con aire entre despectivo y curioso, resopló desde un costado; sus ojos brillaban con esa mezcla de malicia y profesionalismo que hacía que nadie se sintiera cómodo en su presencia.
—Está claro —susurró Todd—. Está claro. No volverá a pasar.
Moonie lo miró un instante más, como si quisiera grabar su rostro en la memoria, luego dejó caer la punta de la lanza al suelo con un sonido metálico que hizo eco contra la piedra. El ruido se sintió rudo, definitivo.
—Bien —dijo ella, con voz fría—. Te dejamos trabajar. Y recuerda: si vuelves a poner a Moonlight en riesgo, no será solo una advertencia. Será finiquitar la lección.
Todd asintió a la velocidad de un relámpago y se alejó tambaleante, como quien intenta recomponer su orgullo hecho trizas. Kamek lo dejó marchar con un gesto brusco, y cuando la puerta se cerró tras ellos, miró a Moonie con una ceja arqueada.
—Impresionante, mi señora —admitió el magi-koopa—. Es la primera vez que veo a un koopa salir tan tembloroso desde que te volviste reina. Estás avanzando a pasos agigantados.
Moonie, suspiró nuevamente y sostuvo su lanza con ambas manos antes de girarse hacia Kamek.
—Solo espero poder mantener a las tropas a flote hasta que podamos rescatar a Bowser —dijo Moonie—. Cada día que él está atrapado en el castillo de Peach es... tortuoso para mí...
—Son tiempos difíciles sin el amo Bowser, es cierto —confesó Kamek, antes de sonreír—. Pero por suerte para ti, sé de alguien que parece tener un plan a gran escala, tanto así que literalmente estaremos recorriendo la galaxia entera.
—¿De verdad? —dijo Moonie, su gesto iluminándose ligeramente en un rayo de esperanza.
—El hijo del amo, por supuesto —sonrió Kamek con tranquilidad—. Bowser Jr. desea con ansias vengar a su padre y salvarlo. Definitivamente es el príncipe de los koopas.
Moonie se quedó inmóvil por un momento, sus pensamientos dando vueltas mientras las palabras de Kamek se instalaban en su mente. Bowser Jr. Ese nombre resonaba como un eco lejano en su cabeza, algo que había considerado una posibilidad en sus momentos de soledad, pero jamás una realidad tangible. Y mucho menos que él quisiera salvar a su padre.
—¿Bowser... tiene un hijo? —preguntó, con una mezcla de incredulidad y sorpresa, sin poder ocultar el asombro que se reflejaba en sus ojos.
Continuará...
