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Super Moonie Galaxy

Summary:

Tiempo después de la captura de Bowser, Moonie conoce y se alía con Bowser Jr., el hijo nunca antes mencionado de Bowser, en su plan para rescatar a su padre y conquistar la galaxia. Sin embargo, tomar este camino llevaría a la princesa a perderse aún más a sí misma. ¿Podrá Moonie mantenerse fiel a sus ideales, o será 100% fiel a Bowser a costa de sucumbir frente a la oscuridad?

Chapter 1: Lejos de Ti

Summary:

❝ Ha pasado un tiempo desde la captura de Bowser, y ahora una nueva princesa ha tomado el mando del Reino Koopa. Nadie dijo que reconstruir un reino o sobrevivir al encierro sería fácil, sobretodo cuando cargas el peso de un corazón hecho pedazos ❞

Chapter Text

La oscuridad completa sumía el cuarto entero, y el silencio reinaba... hasta cierto punto, porque no pasó mucho antes de que la melodía de un piano comenzase a resonar en la habitación.

Y que la misma estaba habitada por una sola criatura. Una tortuga de melena roja, piel escamosa, caparazón con picos, piel que mezclaba el amarillo con el verde, brazaletes negros repletos de picos, un collar tan picudo como sus brazaletes, un par de cuernos que destacaban por sobre su cabeza, y garras y colmillos tan afilados que podrían romper cadenas de acero de una mordida.

Quien se encontraba en aquel cuarto, tocando el piano, era el mismísimo Rey de los Koopas: Bowser. Y parecía estar muy sumido en lo que estaba por cantar...

Mario, Luigi y Donkey Kong en acción. Mi ejército de Koopas no cumplió su función —cantaba el Rey de los Koopas a todo pulmón, mirando al cielo como si quisiera romper a llorar.

Y francamente, considerando la situación en la que estaba, es probable que lo hiciera.

♪ Princesa Peach, sé que mía serás... ¡Y te sabré domar! ♪ Oh, Peaches, Peaches, Peaches, Peaches, Peaches. ¡Peaches, Peaches, Peaches, Peaches, Peaches! ¡AH, YO TE QUIERO, OH OH!

Sin embargo, no pasó mucho antes de que el cuarto se inundase con luz, revelando que Bowser... ahora era diminuto, y el piano que tocaba lo era también. Estaba encerrado dentro de una jaula para aves que colgaba del techo, dentro de una habitación que al parecer siempre estaba oscuras en el Castillo de la Princesa Peach.

—¡Ey! ¡Guarda silencio! —exclamó el guardia Toad que vigilaba las puertas al cuarto donde estaba Bowser, antes de caminar y golpear ligeramente su jaula con su lanza—. ¡A dormir chiquitín!

—¡Oye! ¡No puedes tratarme así! —gritó Bowser con rabia, aunque su voz era tan chillona y aguda gracias al efecto del champiñón azul que era difícil tomarlo en serio, incluso cuando volcó el piano con furia para luego aferrarse a los barrotes de su jaula—. ¡¿Qué no sabes quién soy?! ¡Yo soy Bow—!

Pero el Toad le cerró la puerta antes de que lo dejase terminar, dejándolo de nuevo a oscuras.

El Rey de los Koopas pasó años buscando la poderosa Superestrella que lo haría invencible—literalmente—, y solo pudo encontrarla una vez se amistó con la princesa de un reino que casi nadie parecía conocer. Tras obtener la estrella, Bowser se propuso ir a buscar a la Princesa Peach para ofrecerla como regalo de matrimonio... hasta que un humano de otro mundo llamado Mario apareció y arruinó todo.

Mario se amistó con Peach en menos de un día; consiguió el apoyo de los Kong para que les preste su ejército y encima parecía que la princesa miraba a Mario con ojitos tiernos, algo que enfurecía a Bowser de solo recordarlo. Y todo porque Luigi, el hermano de Mario, acabó en las tierras de Bowser, impulsando a Mario a querer salvarlo a toda costa.

Creyó haber matado a Mario, chantajeó a Peach para que se case con él y todo de ahí iba bien... hasta que la propia Peach interrumpió la boda para congelarlo con el poder de una Flor de Hielo y mandar todo al demonio. Una cosa llevó a la otra, y acabaron en el mundo natal de Mario y Luigi, donde Bowser casi acaba con Mario... pero entonces, él y Luigi usaron el poder de la Superestrella y se volvieron invencibles, acabando con Bowser y sus planes con facilidad.

Seguido de eso, Peach lo forzó a comerse un champiñón azul, de esos que te encogen al tamaño de un hámster, y ahora lo tenía de mascota más que de prisionero. Del gran e imponente Rey de los Koopas... a la mascota de la Princesa que, según él, "lo abandonó en el altar". Y ahora, llevaba allí encerrado unos 2 meses más o menos.

A decir verdad, su perspectiva del tiempo empezaba a deteriorarse desde que estaba encerrado.

El sonido de la puerta cerrándose con un fuerte clic resonó en la pequeña jaula, y Bowser no pudo más que apretar los puños con frustración. Su pequeño cuerpo temblaba de rabia, pero su tamaño y tono de voz le restaban cualquier poder de intimidación.

—¡Esto es una humillación! —gruñó, su voz aguda y desproporcionada en comparación con su acostumbrada postura imponente

Pero en su interior, la chispa de su ira se mantenía viva. La rabia no lo dejaba pensar claramente, solo deseaba una forma de escapar, de recuperar su tamaño y su estatus, de volver a ser el Rey de los Koopas, el adorado soberano de su reino y temido por todos los demás. Pero, mientras tanto, estaba atrapado en esta prisión diminuta, rodeado por las sombras de su propia humillación.

Por un momento, contempló la idea de ponerse a refunfuñar como de costumbre... antes de suspirar y resignarse a volver a levantar su piano, acomodándolo en su sitio. Tocó unas cuantas notas en el instrumento para estar seguro de que funcionaba, y luego se sentó en el banco que estaba con un suspiro. Sin embargo, ya no supo qué notas tocar. Volver a cantar sobre Peach no le parecía buena idea en este instante.

Así que al final, acabó cerrando la cubierta del piano y golpeando su cabeza contra el mismo. Irónico que se ha golpeado a sí mismo muchas veces desde que estaba allí, y aún así no volvía a crecer. Supuso que los efectos de los potenciadores solo se desvanecían cuando alguien más lo golpeaba; no contaba si él mismo se hacía daño.

Su mente comenzó a vagar por múltiples recuerdos de cuando era grande y libre, cuando era el Rey de los Koopas. Lo primero en lo que pensó fue en su hijo, Bowser Jr., a quien hace años que no veía. Lo había enviado a un internado al poco tiempo de empezar su búsqueda por la Superestrella. Estaba tan ocupado lidiando con eso que casi no tenía tiempo para cuidar de Junior, razón por la que lo envió a un internado donde, esperaba, pudiera recibir una mejor educación de la que él podía darle dadas las circunstancias.

Cuanto se arrepentía ahora de haberlo enviado lejos, de haberse perdido algunos de los años más importantes de su infancia desde que se separaron.

Pensó luego en Kamek, y en el caos que se tuvo que haber desatado desde que él está prisionero. Kamek era su figura paterna, lo más cercano a una en cualquier caso, y pese a que lo trataba mal como su mano derecha, no podía evitar sentirse mal por él. Tantas cosas de las que Bowser está a cargo, y ahora Kamek debe lidiar con ellas solo.

Después, pensó en sus súbditos, los Koopas, Goombas y cientos de otras criaturas que estaban bajo su mando. El hecho de que ellos le siguieran no por miedo, sino por admiración y respeto, hacía que pensar en todo el fiasco de la boda le hiciera querer reír y llorar. Quizás aquel Koopa que mencionó cuánto lo odia Peach tenía un punto, y debería haber solo destruido el Reino Champiñón sin remordimientos. Tal vez así no estaría encerrado.

—O tal vez estaría muerto... —murmuró a sí mismo con pesar.

Y entre las cosas en las que pensaba... su mente viajó a Moonie. ¿Cómo... diantres no iba a pensar en ella, si era honesto consigo mismo? En principio la había "secuestrado", aunque en realidad hizo un trato para dejar su reino en paz a cambio de su libertad. Todo con tal de sacarle la información que quería, y al principio no soportaba lo testaruda que era. Estaba a punto de tirar la toalla cuando le hizo una sopa burbujeante de lava (que es un plato tan caliente que ni él se comería estando sobrio) que Moonie se lo comió como si nada, pero en su lugar eso le hizo respetarla.

Y cuando los meses pasaron, ambos se volvieron cercanos, se ablandaron el uno con el otro, y al final Moonie se volvió su fiel confidente, su asistente, su amiga. Quizás la primer y única que tendría nunca en la vida.

Su amistad creció tanto... que ella, por voluntad propia y sin presiones, le dio a Bowser lo que quería. Aquello jamás lo iba a olvidar por mucho que pase el tiempo.

Bien es cierto que los últimos días antes de que él fuese derrotado, se distanciaron. Ella no parecía muy entusiasta con la boda que tendría con Peach, y ni siquiera se presentó. Lo último que vio de ella fue su cuerpo inconsciente a lo lejos, justo después de ver a Mario y Peach tomados de las manos... Aún no sabía qué le daba más rabia de entre ambas cosas, pero algo en su pecho se contraía con fuerza al recordar ver a Moonie en el suelo.

—Si ese plomero le hizo algo sin que yo sepa... —murmuró Bowser con rabia.

Para él ya era natural odiar y culpar a Mario por todo. Porque Peach no quisiera casarse con él por las buenas, porque interrumpiera la boda, por siquiera existir... era más fácil para él pensar que todo estaría mejor si Mario nunca hubiera aparecido.

—Si Moonie estuviera aquí, ya me habría desahogado con ella —se descubrió diciendo sin pensarlo mucho—. Ella siempre sabía que decir...

Un leve suspiro escapó de Bowser mientras se acurrucaba en su pequeño rincón de la jaula, apretando los barrotes como si pudieran devolvérselo todo. ¿Por qué no le agradeció el mero hecho de aguantarlo? ¿Por qué no había hablado con ella más seguido? Había sido un idiota. Y lo peor de todo, es que ahora no podía ni siquiera disculparse.

Si bien la última vez que vio a Moonie fue estando él congelado, la última vez que habló con ella fue unas horas antes de la boda. Bowser estaba nervioso, al punto en que no podía ni ponerse su traje. Moonie, viendo esto, se ofreció a ayudarle a arreglarse el saco y el corbatín en el cuello. Mientras lo hacía, Bowser notó en su mirada una tristeza profunda difícil de ignorar, y sus movimientos parecían hasta monótonos. Aún se preguntaba qué tenía Moonie en contra de su boda con Peach, a decir verdad.

Aún así, cuando terminó de arreglarlo, ella le aseguró que iba a permanecer a su lado siempre, sin importar lo que pasara.

—...Sí claro, siempre a mi lado... —bufó Bowser, apretando con fuerza los barrotes de su jaula—. Si hablabas en serio esa vez... ¿entonces por qué estoy solo en la oscuridad?


Lo que el propio Bowser no sabía, es que él no era el único que se encontraba solo y abandonado en la oscuridad. No precisamente una física como resultado de la ausencia completa de luz, pero si una mental e inclusive hasta emocional capaz de apagar casi por completo la vida de cualquier persona.

Este era el caso de la Princesa Moonie, una joven de largo cabello castaño y ondulado y ojos morados cual amatistas, quien sentía que su vida había dejado de tener sentido. Para ella, la oscuridad ya se había convertido en parte de su día a día; la acompañaba desde las mañanas cuando la despertaba el sol, hasta en las noches donde la luna no era capaz de darle consuelo a su dolor.

Ya sea recostada y sin ganas de levantarse de su cama o caminando por los pasillos del castillo, se volvía a replantear una y otra vez toda su vida. Pensaba mucho en el momento en el que había empezado a vivir en este lado del mundo, que fue cuando cierto líder conquistador fue a su reino en busca de la pieza clave que lo ayudaría  a volverse invencible, y ella aunque tenía miedo, se enfrentó a él y se ofreció a sí misma para servirle y así calmar por un momento su sed de poder.

Claro, no se arrepentía de la difícil decisión que había tomado, porque su sacrificio fue lo que salvó a su reino de las peligrosas garras del ser que se la llevó, aún si eso significaba vivir una vida de servidumbre a cambio.

Y también, de no haberlo hecho, jamás habría tenido la oportunidad de conocerlo a profundidad, de conocer lo que escondía bajo esa máscara imponente llena de furia, de conocerlo a él, a Bowser, más allá de su papel como gobernante y líder de su propio ejército.

Resulta que, cuando eres la asistente del Rey de los Koopas, te puedes encontrar con todo tipo de cosas, situaciones y escenarios surreales y así, ser testigo de muchas cosas que en tu vida jamás pensarías llegar a ver.

Un dia, puedes observar como tu propio jefe castiga con fuego a uno de los suyos por incumplir sus órdenes; en otro dia, podias percatarte de la gran preparación e inteligencia que él poseía al ser capaz de liderar todo un reino con toda su sabiduría sobre el arte de la guerra; inclusive, en un dia mas cotidiano y normal, podías verlo sentado en su trono de piedra, lugar que le hacía sentir que el mundo le pertenece.

Y aun así, había cosas para las cuales nadie te prepara y que, de hecho, no creerías ni imaginarías poder llegar a ver. Y una de esas cosas... era ver a Bowser sentado frente al piano, tocando las más emocionales melodías que podían salir de su oculto y bien escondido corazón.

A decir verdad, cuando Moonie lo descubrió quedó bastante extrañada y con justa razón. Si no fuera por las noches en las que Bowser se abría con ella en la intimidad de su habitación, jamás habría pensado que alguien tan duro y tan cruel como Bowser podía, de hecho, ser alguien apasionado y sensible, alguien que lograba apreciar la belleza y la profundidad de la música sabiendo que era una proyección misma del alma.

Detrás de esa fachada de "monstruo" que veían los demás, Moonie había descubierto el lado más genuino y real de Bowser. ¿Alguna vez habría alguien imaginado que él también tiene miedos? ¿Qué él también tiene sus propios demonios que confrontar? ¿O que en realidad tiene un talento artístico bien escondido?

No, nadie jamás hubiera podido, porque solo Moonie fue capaz de llegar a lo más profundo de su alma con su bondad, su paciencia, pero sobre todo con su amor. Fue cuestión de tiempo para que ella terminara por enamorarse del ser más despiadado y temido por todos los reinos, porque solamente ella era capaz de ver el lado más tierno y sensible que escondía bajo su caparazón.

En ese momento la vida era casi perfecta. Sorprendentemente Moonie había encontrado un hogar junto a los Koopas y junto a Bowser, cuyo enamoramiento la dejaba deseando con todas sus fuerzas poder pasar toda una vida a su lado más allá del trato que los unía a ambos, y eso era justo lo que deseaba cuando le entregó finalmente la ubicación de la superestrella que tanto buscaba con fervor...

Hasta que un día, Bowser fue capturado y encarcelado como consecuencia por robar aquel ítem tan místico y poderoso; por intentar casarse con Peach a la fuerza e intentar destruir su reino tras su rechazo frente al altar; y por inclusive destruir un mundo ajeno al suyo, cosa que lo llevó a finalmente ser vencido.

Por fortuna o por desgracia, la princesa no fue testigo directo de aquel último acto atroz. Ella había caído inconsciente luego de tratar de acabar con la vida de la Princesa Peach en un arrebato de ira y de celos, pero cuando despertó lo hizo en una cama distinta a la que tenía antes en la nave de Bowser, con Kamek a un lado explicándole la situación.

Y cuando supo que habían encogido a Bowser contra su voluntad y que ahora estaba preso en quien sabe que parte del Reino Champiñón, su mundo entero se destruyó.

Trató de negarlo, trató de fingir demencia y creer que en realidad no se había ido, llevando a soñarlo e imaginando que ella cuidaba sus heridas de batalla para luego declararle su amor. Pero por más que trataba de evitar la realidad, está la golpeaba cada vez más fuerte hasta finalmente llevarla a una profunda depresión. Ya no sonreía, ya no quedaba rastro de la Moonie que alguna vez fue, solamente había tristeza y dolor en su mirada.

Inclusive el propio Kamek se había sorprendido al ver que pasaban los días y la princesa permanecía ahí, llorando desconsoladamente en su cuarto en vez de tratar de escapar a su reino, su verdadero hogar. Alguna vez le llegó a preguntar sobre el tema, pero ella o no contestaba o se negaba a irse, como si hacerlo fuese una traición a su amado, como si tuviera la pequeña esperanza de que sería algo temporal y que él volvería como si nada.

Efectivamente, el tiempo pasó. Y para sorpresa de nadie, Bowser jamás regresó.

Y hoy, después de poco más de 2 meses sin la presencia de Bowser, ella estaba admirando de lejos un enorme piano, instrumento que alguna vez le perteneció a su amado y que ahora sin él tocando y cantando como solía hacerlo, la habitación se encontraba dolorosamente silenciosa.

Ni siquiera sabía por qué terminó en ese cuarto en primer lugar. Hace unos minutos estaba caminando sin rumbo por todo el castillo, intentando despejar su mente y liberarla por un momento del insistente recuerdo del gigantesco Koopa, pero al parecer extrañar y pensar en su voz la terminó llevando a una habitación que estaba tratando de evitar; aquella donde su canto iluminaba el espacio hasta el punto de transportar a todo el que lo escuche a un mundo vacío lleno de estrellas.

Pero, ¿de qué servía recordarlo? ¿Qué caso tenía permanecer allí si ya no estaba la voz que iluminaba el lugar? ¿Para qué seguir si el hombre que siempre le alegraba el día hasta el punto de agradecer estar viva ya no se encontraba junto a ella?

La princesa no pudo soportar el peso de aquel recuerdo. Estuvo a punto de dar la vuelta y retirarse, probablemente para volver a perderse en los pasillos o simplemente encerrarse de nuevo en su habitación, hasta que una voz conocida la detuvo.

— Oh... El piano del señor Bowser... —Suspiraba con nostalgia Kamek, quien recién estaba llegando y se acercó a un lado de Moonie—. Este lugar se siente tan callado sin él, ¿No es así?

Moonie únicamente rodó los ojos de manera indiferente. No sabía si Kamek trataba de acompañarla en su dolor o si simplemente le gustaba remarcar lo que ella ya sabía. No pronunció respuesta alguna, pero el silencio fue más que suficiente para que el magikoopa girara su mirada hacia ella con preocupación, una que llevaba mostrando hacia la joven incluso desde antes de la captura de Bowser.

— ¿Quiere verlo más de cerca? De todas formas, hace falta revisar que siga funcionando como debe —Señaló el magikoopa antes de acercarse hacia el piano. Lo cual parecía más una excusa para que la joven lo siguiera y así no dejarla vagar sola otra vez.

¿Y lo peor? Aunque Moonie lo sabía, de todas formas se lo pensó un poco. Con un poco de duda, subió los escalones que llevaban a la plataforma que flotaba en el centro de la habitación, la cual no se encontraba tan alta como la que ella vio en la nave de Bowser, pero al igual que esa ahí mismo era donde se encontraba flotando el piano.

El instrumento no tenía nada de especial. Era de color negro y frente a las teclas poseía la inscripción Ludwig Von Koopa, por lo que la princesa supuso que era el nombre de la marca del piano... aunque le parecía que el primer nombre lo había escuchado en algún lado, probablemente lo hizo antes de su vida actual.

El magikoopa abrió la cubierta del piano al igual que la tapa que cubría las teclas, se sentó en el banquito que se encontraba al frente y comenzó a tocar algunas notas básicas, comprobando que efectivamente el piano si seguía funcionando y haciendo creer a la joven que solamente estaban perdiendo el tiempo. Aunque a decir verdad, el magikoopa no tocaba tan mal.

Después de unas cuantas notas, Kamek volvió a girar su mirada hacia Moonie, quien todavía lo veía sin muchos ánimos o sin muchas ganas de estar ahí. Por lo que tuvo una idea para hacerla sentir un poco mejor, o al menos intentarlo.

— Princesa, ¿No quiere tomar asiento? —Dijo con una pequeña sonrisa, incluso estaba dándole palmaditas al espacio sobrante del banco, el cual era casi tan grande para el tamaño de un koopa de casi tres metros... como Bowser.

Aquella inesperada invitación sorprendió a la princesa, aunque tampoco era ajena a la idea. Es decir, no era la primera vez que ella se acercaba al piano, específicamente recordaba ciertas ocasiones en las que Bowser la invitaba a acompañarlo... Pero él ya no estaba aquí.

— ¿Seguro que es buena idea tocar las cosas de Bowser mientras no está? —Preguntó Moonie confundida ante la idea, todavía negándose a... lo que sea que Kamek tuviera en mente.

— Descuida. Si te hace sentir mejor, este piano antes era mío —asintió con una sonrisa bondadosa, una que solamente había visto hacer para Bowser, una casi tan paternal que la princesa no pudo decirle que no, más con una revelación tan sorprendente como esta.

— ¿En serio antes era tuyo? —Volvió a preguntar Moonie, esta vez con escepticismo pero también con curiosidad mientras se acercaba lentamente al piano y se sentaba frente a este—. No te creo Kamek. Es demasiado grande para alguien de tu estatura... O incluso de la mía

— Si... Eso fue lo que creí cuando lo obtuve. Creía que sería difícil de manejar y que incluso fue una mala inversión, pero después se lo regalé al señor Bowser cuando creció, aunque ya se estaba apropiando de él desde pequeño.

Aquello último lo dijo Kamek entre risas, como si estuviera reviviendo recuerdos de hace mucho, mucho tiempo atrás, y fue tan contagioso que por un momento la propia Moonie también estaba riendo con él, empezando a olvidar por un momento su amargura.

El magikoopa volvió a tocar algunas notas, cuya melodía empezaba a volver a llenar la silenciosa y triste habitación. La princesa notó rápidamente que su estilo no era el mismo que el que tenía el Rey Koopa, puesto a que la música de Kamek sonaba mas mistica, con un ligero aire de misterio que hacía que el ambiente se rodeara de un aura mágico, muy a diferencia de la música de Bowser que solía ser más imponente, melancólica e inclusive hasta extravagante. Aun así, no quitaba el hecho de que el sonido era exquisito.

— De verdad eres muy bueno Kamek... —Sonrió Moonie levemente, observando cómo su compañero hacía magia con el piano sin ninguna especie de dificultad.

— Gracias Princesa, me alegra que lo perciba así —Asentía Kamek con sorprendente humildad, sin perder de vista las teclas del piano—. ¿Sabías que yo fui quien le enseñó al Señor Bowser a tocar?

— Si... Creo que alguna vez él me lo había mencionado... Parece que el talento se hereda, ¿No es así?

— Puede ser, aunque creo que simplemente fui un buen maestro. Pero la verdad, también tuve al mejor de los alumnos —añadió Kamek con un suspiro lleno de nostalgia.

Sin saberlo, Moonie comenzaba a relajarse poco a poco, como si hubiese encontrado en la música de Kamek un pequeño consuelo para su alma rota. Por un momento sentía que volvía en el tiempo atrás, cuando ella se sentaba al lado de Bowser o encima del piano, mientras él expresaba todo lo que guardaba en su corazón a través de las teclas del piano, con las cuales podrá expresar aún más que con las propias palabras; una de las tantas razones por las cuales ella se había enamorado profundamente de él.

La música seguía sonando por toda la habitación, inclusive podría jurar que podía atravesar las paredes del castillo y cubrir al reino entero con su canción. Kamek permanecía completamente inmerso en la melodía, tocando las teclas con tanto cuidado como si no quisiera romperlas con sus garritas, mientras que Moonie continuaba escuchando, reviviendo el recuerdo del hombre que amó de una manera un poco más positiva...

Sin embargo, por más que la dulce melodía del piano la aliviaba un poco, todavía seguía cargando con el peso de su dolor, el dolor que le causaba pensar en la ausencia de Bowser.

Kamek volvió a girar su mirada hacia la Princesa, quien pese a disfrutar del momento todavía se le veía un tanto perdida en sus pensamientos. La música fue desapareciendo gradualmente y poco a poco el silencio volvió a la habitación hasta que no quedó nota alguna flotando sobre el aire, aunque no sería por mucho tiempo.

— Princesa, ¿Usted sabe tocar? ¿Quisiera que le enseñe?

Moonie volvió a la realidad en ese preciso instante. ¿Ella? ¿Aprender a tocar piano... junto al propio Kamek? La idea verdaderamente la dejó sorprendida, y no sabía si era porque no esperaba que él mismo se lo propusiera o porque ella jamás se había planteado el aprender como una verdadera posibilidad.

— ¿Y-yo?... —Preguntaba completamente confundida, lo cual parecía hasta redundante puesto a que no había más princesas en el castillo—. No lo sé... Digo, no creo poder llegar a tocar como usted o como Bowser, sería un desastre si siquiera lo intento...

Kamek volvía a reír con aquella respuesta, como si la propia confusión e inseguridad de la joven le diera ternura, o tal vez porqué él mismo percibió como ella se ahogaba en un vaso de agua.

— Descuide, aquí nadie va a juzgarla. De todas formas, no todos nacemos con el conocimiento ya adquirido, siempre es buen momento para aprender —Respondió con genuina amabilidad, esperando con ello poder motivar a la princesa a darle una oportunidad, y quizás, ayudarla a liberarse un poco de sus cargas.

Y aunque el magikoopa no lo sabía, su mensaje había tocado una fibra sensible en el corazón de Moonie. Siempre estaba acostumbrada a tener que hacer todo a la perfección, ya sea porque se lo mandaban o porque ella misma ejerce presión sobre sí misma. Más las palabras de Kamek podían indicar otra cosa, que ella podía permitirse intentarlo sin miedo a no hacerlo bien a la primera.

Luego de pensarlo por un momento, asintió con algo de pena y nerviosismo. Todavía no estaba del todo segura de si iba a conseguir aprender algo, pero al menos lo iba a intentar.

Se acercó un poco más a Kamek, lista para poder empezar a seguir sus indicaciones. Él magikoopa asintió bastante complacido, contento de que la princesa se haya decidido a darle una oportunidad, aunque también podría ser porque le daba alegría enseñarle a alguien más como hace mucho tiempo atrás no hacia.

— De acuerdo. Dime, ¿Conoces las notas básicas y en donde se encuentran? —comenzó a preguntar Kamek, ya organizando de manera mental cómo y por donde iniciar su lección.

— Creo que conozco las notas básicas —señaló Moonie, con uno de sus dedos empezando a recorrer cada tecla, incluso llegando a tocar alguna para recordar donde va cada una.

— Es un buen comienzo —Asintió el magikoopa entre pequeñas risas— Entonces, empecemos por aquí, ¿Te parece?

De repente, Kamek empezó a tocar tres teclas del piano, y aunque parecía que su elección estaba hecha al azar, en realidad se trataba de algo mucho más calculado, creando un sonido armonioso muy parecido al que tocó hace un momento, sorprendiendo incluso a su propia alumna.

— ¿Escucha eso? —volvió a preguntar Kamek, quien se respondió a sí mismo enseguida al tocar nuevamente las mismas tres teclas al mismo tiempo— Eso es un acorde, como los de las guitarras por ejemplo. Inténtelo princesa.

Enseguida, el Magikoopa le señaló a la princesa las tres teclas que hace un momento había tocado, las cuales eran un Do, Mi y Sol, invitándola a repetir el ejercicio. Con el debido cuidado, Moonie acercó una de sus manos y con sus propios dedos tocó el acorde, creando así el sonido tan armonioso que Kamek realizó, haciéndola sonreír sorprendida al instante.

— ¡Bien hecho princesa! —aplaudió Kamek con ligera emoción, incluso más que la propia Moonie— Fue super fácil ¿Verdad? Ahora, ¿Ve cómo se formó el acorde? Están compuestos por triadas, contando hasta tres desde la primera nota.

Tal como lo mencionó, empezó a contar cada nota hasta el número tres, empezando por Do, tocando la tercera tecla que sería Mi, repitió el mismo ejercicio empezando desde esta última nota, tocando finalmente Sol y terminando con tocar todas al mismo tiempo para volver a tocar el acorde.

Moonie sin perder de vista la lección, hizo lo mismo desde su lado del piano, contando teclas y tocando una por una. Hubo momentos en los que no sabía si realizaba el conteo como se debía, por lo que se equivocó algunas veces. Pero con un poco de paciencia, y una demostración más de Kamek, volvió a seguir la indicación hasta finalmente volver a tocar el acorde como se debía. Y claro, él no podía sentirse más orgulloso.

— ¡Excelente princesa! Ya dominó la fórmula. Ahora podrá ser capaz de tocar cualquier acorde básico. Observe.

El magikoopa hizo una nueva demostración, ahora tocando otras notas muy distintas a las primeras. Extendió su mano señalando para que la princesa intentará hacer lo mismo y así lo hizo. Moonie, observando con cuidado como lo ha estado haciendo, intentó seguir la nueva instrucción, tocó un nuevo acorde, y luego uno más.

En poco tiempo ya estaba explorando el piano por su propia cuenta. Kamek observaba con orgullo como la princesa, quien estaba reacia a acercarse al instrumento, ahora hacía sonar sus teclas para darle vida de nuevo a la habitación.

Es cierto, apenas le había enseñado a tocar un acorde muy básico y cómo identificar los demás, todavía faltaba enseñar mucha más teoría de por medio, pero por ahora era un buen comienzo.

— Oye, Kamek... —Pronunció la joven de manera inesperada, dejando de tocar el piano por un breve momento.

— ¿Hmm?...  —El magikoopa despegó su mirada de las teclas del piano al ser llamado y al notar que ya no había sonido alguno, acomodando un poco sus grandes anteojos para poder verla—. ¿Sucede algo Princesa?

— No, no, para nada —murmuró un poco nerviosa sin saber qué decir o cómo expresarse exactamente, terminando por soltar un enorme suspiro, uno lleno de alivio—. Solo quería... Darte las gracias, por la lección y por ya sabes... Por haberme invitado a acompañarte.

Kamek solamente podía dedicarle una sonrisa compasiva a la princesa. Todavía no era completamente capaz de entender a la princesa pues no pasaban por el mismo tipo de dolor; para él Bowser era prácticamente un hijo suyo y para Moonie él era alguien a quien apreciaba y amaba de otro modo. Y aún así, sabía perfectamente que en estos momentos lo mejor que podían hacer era darse fuerza entre ellos.

— De nada Princesa. Ahora sabe que puede contar conmigo en estos tiempos difíciles. Dígame, ¿Se siente mejor?

La pregunta de Kamek volvió a dejarla un poco pensativa. La pérdida de Bowser, su evidente rechazo, inclusive su amor no correspondido, todas esas eran cosas que muy difícilmente iba a poder superar. Y aun con todo el peso que sentía sobre su corazón, ella respondió con total sinceridad.

— Un poco, pero todavía duele como no tienes idea —Moonie giró su mirada de regreso al piano, continuando justo en donde se había quedado—. Lo extraño tanto Kamek… Me hace tanta falta...

El magikoopa únicamente asintió a su respuesta, sabiendo que una tarde tocando el piano no bastaría para cerrar la herida que la ausencia de Bowser le causó.

Se acercó un poco más a la joven, extendió su brazo hacia ella y la colocó sobre su hombro. Las próximas semanas serían las más difíciles para ambos, pero por ahora podrán encontrar consuelo en la música y así, no sucumbir ante la aterradora y dolorosa soledad.


Bowser llevaba ya 4 meses encerrado. Su jaula de alguna forma se empezaba a sentir claustrofóbica pese a lo espaciosa que era, sin mencionar que la soledad se había vuelto un peso más difícil de cargar que el propio encogimiento.

Afortunadamente para él, Luigi—a quien había tenido de prisionero y hasta amenazó con matarlo—parecía querer amigarse con él, pues creía que Bowser podía ser alguien bueno y, con algo de suerte, conseguir que Peach le permita volver a ser grande y lo deje libre un día. Bowser acabó aceptando porque, la verdad, cualquier excusa para no estar solo y aburrido le era bienvenida. Ahora era parte de un club de lectura con Luigi y Toad, y Luigi incluso le trajo una pequeña cama para que duerma más cómodo y un bonsai para que se entretenga cuidándolo.

Y hablando de Luigi, la oscuridad de la habitación en la que estaba Bowser se disipó cuando entró la luz, con el propio Bowser despertándose de golpe en su cama, parpadeando con fuerza mientras se incorporaba.

—¡Buen día grandote! —dijo Luigi con alegría mientras jalaba una especie de carretilla de jardinería que cubría algo con una manta azul—. ¿Dormiste bien?

—¿Eh? Ah, hola Luigi. —Bowser se estiró en la cama, aún medio dormido—. Pues estaba en pleno sueño en el que me hacía tan grande que podía comerme el castillo de un bocado, así que sí. Dormí como un bebé.

—Oh, eso es... genial, creo... —Luigi rió medio nervioso antes de mover la carretilla más cerca de la jaula—. Oye, ya que llevas portándote tan bien últimamente, pensé que era momento de darte otro premio. Aunque creo que este te va a gustar mucho más que el anterior.

—Oye, Luigi. Tampoco tienes que ser tan amable —le aseguró Bowser mientras salía de la cama—. En serio, con tener una cama cómoda ya me basta y sobra...

Pero entonces Luigi destapó lo que venía en la carretilla, y las palabras de Bowser murieron al mismo tiempo que quedaba boquiabierto.

Lo que Luigi le trajo fue literalmente un castillo que, para él, era bastante grande pese a que para alguien como Luigi era de juguete. El castillo se semejaba más a una torre, a decir verdad, con un total de tres pisos, con lo que parecía ser un balcón en la parte más alta del todo y, en el interior, se avistaban escaleras circulares. Lo que a Bowser más le llamaba la atención es que el castillo tenía la misma estética que los que él ha llegado a construir, incluso teniendo su cabeza tallada en toca (o en plástico en este caso) arriba del todo.

Bowser no tenía palabras para describir lo que veía, y no dudó en saltar a la mano de Luigi cuando este abrió su jaula y se la ofreció. Una vez allí, Luigi lo acercó hasta el balcón del tercer piso del castillo, con Bowser observando cada detalle con incredulidad.

—No tienes ni idea de lo que me costó convencer a la princesa y a Mario, sobre todo a Mario, de regalarte esto —le dijo Luigi—. Sé que sigue siendo una jaula, porque sigues sin tener permitido irte, pero al menos tendrás más espacio y podrás hacer cosas que te gusten. ¡Y hasta tiene luces de lava que se encienden solas cuando está oscuro!

Bowser se quedó en silencio, mirando el castillo de juguete con los ojos desorbitados. No podía creer lo que veía. Aquella pequeña torre, hecha con tanto detalle, con su rostro en la cima, era una burla a la grandiosidad de los castillos que había levantado a lo largo de su vida. Pero aún así, algo en su interior se movió. Había una chispa de gratitud, aunque no lo reconociera del todo.

—¿Eso es... para mí? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y cautela.

Luigi asintió con entusiasmo, como si estuviera mostrando la última maravilla del mundo.

—¡Claro! Pensé que te gustaría tener algo más acorde a tu... estilo. No es una suit de 5 estrellas, pero... al menos espero que con esto te sientas más cómodo.

Bowser dejó escapar un suspiro, y aunque por fuera no mostraba mucho, por dentro sentía una especie de calorcito. Algo que le resultaba extraño, pues, ¿cómo podría algo tan pequeño y tan... ridículo comparado con su imponente castillo hacerle sentir algo así?

—¿Y... qué se supone que debo hacer con esto? —preguntó Bowser, no sin cierto tono de sarcasmo, como si intentara esconder su emoción.

Luigi sonrió con sinceridad, sin darse cuenta de la complejidad emocional de Bowser.

—Bueno, puedes decorarlo como te plazca. Es tu castillo ahora, después de todo.

Bowser se quedó pensando por un momento, observando la estructura con una mezcla de emoción reprimida y una pizca de molestia interna.

—No puedo creer que hayas hecho esto por mí... digo, no es como que nuestro primer encuentro fuera el más amistoso de todos.

—Ah, tú ya olvídalo, grandote. Tal vez Mario y Peach sean rencorosos, pero yo prefiero ver más allá y encontrarle el lado bueno a los demás. Y tú tienes uno ahí dentro, bien guardadito. Solo es cuestión de tiempo para que mi hermano y la princesa lo vean también.

Bowser se limitó a sonreírle a Luigi antes de girarse y entrar al interior del castillo. La puerta de madera era lo suficientemente espaciosa para él, casi hecho a su medida, y las escaleras circulares le hicieron descender hasta el segundo piso, donde encontró espacio suficiente tanto para colocar su piano como su bonsai.

Sin embargo, su mayor sorpresa vino cuando descendió al piso más bajo de todos, se llevó otra sorpresa: aparte de tener espacio para su cama y lo que parecía ser una pequeña chimenea, el resto de aquella parte estaba hasta arriba de lienzos en blanco, pinceles lo suficientemente pequeños para que él pueda usarlos, e incluso pequeños botes repletos con pintura de todos los colores.

—...Luigi... ¿qué es esto? —preguntó Bowser, apresurándose hacia la ventana que dejaba ver al exterior.

—Oh, ¿eso? Bueno, lo creas o no, fue un detalle de Peach que yo ni siquiera le pedí que hiciera —rió Luigi—. Es que una vez dijiste que te encantaba pintar en tus ratos libres hace años, pero no lo habías hecho en un tiempo. Por eso Peach dijo que, si querías distraerte un rato estando aquí encerrado todo el tiempo, darte algo de entretenimiento no nos va a matar.

Bowser se quedó en silencio, mirando los lienzos en blanco que se apilaban uno encima del otro. La sorpresa era tan grande que no sabía si sentirse más confundido o profundamente tocado. Nunca había esperado que alguien, y mucho menos Peach, hiciera algo tan… personal por él.

—Yo... no sé qué decir... —admitió el Rey de los Koopas.

Luigi sonrió al ver la reacción de Bowser, ajeno a lo profundo del conflicto interno que estaba sucediendo en la mente del gran reptil. Era claro que el gesto, aunque pequeño y aparentemente simple, había tocado algo dentro de él, algo que ni siquiera él mismo sabía que aún existía.

—No tienes que decir nada, Bowser. Solo… disfruta. Es tuyo —dijo Luigi, encogiéndose de hombros mientras se daba la vuelta y se despedía con una leve inclinación de su gorra—. Volveré luego para ayudarte a instalarte mejor, grandote. Tengo que asegurarme de que Mario no esté sufriendo un ataque pensando que me torturas o algo así.

Con eso, Luigi se fue y cerró las puertas. De inmediato, las luces de lava que mencionó el plomero de verde se encendieron, iluminando el interior del nuevo castillo de Bowser.

Ahora que estaba solo y claramente en un sitio más cómodo, Bowser se giró de nuevo al lienzo en blanco. Tomó el pincel entre sus garras, notando lo bien que se ajustaba a sus dedos a pesar de su tamaño. Con un suspiro profundo, comenzó a trazar líneas en el lienzo, como si cada trazo lo acercara un paso más a una pequeña parte de sí mismo que había dejado atrás.

Primero, pintó un paisaje soleado, con montañas lejanas y un cielo despejado. La luz del sol parecía brillar intensamente sobre las tierras que había conquistado alguna vez, un reino lleno de poder y control. Sin embargo, al observarlo, se dio cuenta de que algo faltaba en el cuadro. Algo que no podía capturar con sus pinceladas.

Pasó al siguiente lienzo, y ahora, su pincel se movió con más determinación. Un mar de lava brotaba del suelo, y en el centro, un castillo se alzaba con su característica imponencia. El castillo de Bowser, su hogar, su fortaleza. Este cuadro le trajo una ligera sonrisa, pero en su interior sentía una punzada de dolor. Este castillo era solo una réplica de su antigua gloria, algo que ya no podía alcanzar. Y, sin embargo, lo pintaba con todo su ser.

A continuación, pintó su propio rostro en un trono, rodeado de Koopas que lo adoraban, su ejército siempre listo para luchar por él. Aquella imagen le proporcionó una sensación de poder, una conexión con el pasado. Pero cuando terminó, se encontró con algo que lo desanimó: no podía evitar la sensación de vacío. Ya no estaba en el trono. Ya no estaba rodeado de aquellos que alguna vez lo respetaron. La imagen le pareció más una burla a lo que había perdido que una celebración de su reinado.

Finalmente, con el corazón algo pesado, decidió pintar algo más personal, algo que había estado evitando: a su hijo, Bowser Jr. Lo dibujó sobre su espalda, con su hijo montado sobre él, riendo mientras él lo llevaba por el castillo. Al pintar esa escena, una oleada de nostalgia invadió a Bowser. Lo extrañaba. Sentía un dolor profundo en su pecho, porque aunque lo enviara a un internado para que tuviera una vida mejor, no podía dejar de lamentar el hecho de no haber estado más cerca de él. Los años se le escaparon, y ahora, en su confinamiento, no podía más que pensar en lo que había perdido.

Y fue en ese momento que el pincel de Bowser, sin pensarlo, se desvió hacia el lienzo siguiente. Comenzó a pintar una figura femenina, pero al principio no se dio cuenta de lo que hacía. Su mano movió el pincel sin que él se diera cuenta, siguiendo un impulso. La figura en el lienzo comenzó a tomar forma, pero algo era extraño: el cabello que había pintado no era rubio como el de Peach, sino castaño. Y el vestido que vestía la figura no era rosa, sino morado. Los detalles comenzaron a encajar por sí mismos.

Bowser se detuvo y observó el retrato, asombrado. La figura que había pintado no era Peach. Era Moonie. Su ayudante, su amiga, la única que realmente había estado a su lado durante todo este tiempo. Había sido tan fácil pintar a Moonie sin darse cuenta, que le costó entender lo que estaba sucediendo. Su corazón dio un vuelco al darse cuenta de lo mucho que la echaba de menos. Era un sentimiento inesperado y ajeno a su naturaleza, y al mismo tiempo, una revelación dolorosa. La imagen de Moonie en el lienzo reflejaba la tristeza y la soledad que sentía ahora más que nunca.

Bowser dejó el pincel en la mesa y se quedó mirando la pintura. Era una mezcla extraña de nostalgia, arrepentimiento y dolor. Sin quererlo, había pintado a la persona que más necesitaba en ese momento, aunque no sabía cómo explicarlo. A lo largo de los meses que pasó allí, siempre se había convencido de que Moonie había sido solo una parte de su vida en el pasado, pero al ver el retrato, entendió lo profundo que había llegado a significar para él.

El Rey de los Koopas suspiró y miró la pintura una vez más. A pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, sentía un vacío más grande que nunca. Y lo peor de todo es que sabía que el retrato de Moonie era algo que no podría borrar fácilmente, ya que representaba lo que realmente había perdido.

—Nunca imaginé que terminaría pintándote... —murmuró para sí mismo, casi en un susurro, mientras las luces de lava de su pequeño castillo seguían iluminando la oscuridad que lo rodeaba.

Bowser pasó un largo rato observando el retrato, pensando en las palabras que nunca dijo, en los momentos que nunca compartió. Quizás, solo quizás, la respuesta a lo que realmente deseaba estaba frente a él, pintada en esa tela. Pero lo que aún no sabía era si algún día tendría la oportunidad de decir lo que sentía.


Los últimos 4 meses dentro del castillo habían sido muy difíciles de procesar para todos. Ya no solo era por la pérdida de Bowser, cuya presencia todavía hacía mucha falta pese a su largo tiempo ausente, también era por los enormes cambios que ocurrieron en el lugar en tan poco tiempo.

Las tropas volvían rápidamente a sus actividades y tareas después de los últimos meses de inactividad, muchos de ellos volvieron a retomar sus entrenamientos después de mucho tiempo , incluso los curiosos podían jurar como algunos eran llamados por Kamek para alguna extraña misión "fuera del reino". El esquema para el Reino Koopa era bastante claro; la tristeza y desesperanza por la derrota de Bowser estaba empezando a llegar a su fin, era tiempo de utilizar ese dolor como combustible para seguir adelante y vengarlo algún día.

Pero el más grande de todos los cambios y la razón más grande por la que todos los engranajes estaban volviendo a girar en su sitio era una bastante sencilla y al mismo tiempo impactante por lo difícil que era de creer: el Reino Koopa ahora tenía un nuevo líder, o mejor dicho, una nueva reina al mando.

Hace unas pocas semanas, Moonie había recibido por parte de Kamek una nueva corona, la cual la identificaba como la nueva Reina del Reino Koopa, al menos de forma provisional. Encargada y mandada a hacer por el mismísimo Bowser, representa la enorme confianza que tenía sobre su asistente, al punto de que su última voluntad era que ella fuese la que cuidara de su ejército si algo terrible ocurría con él.

Y tal cual se le encomendó la tarea, la princesa ahora reina la estaba cumpliendo al pie de la letra. Empezó a estudiar todo lo necesario: el Arte de la Guerra, consejos para moldearse y volver a aprender a ser líder de un reino tan basto como este y técnicas para poder ejercer correctamente su poder; también dedicó su tiempo a aprender a luchar con su lanza, arma que pese a haber llegado con ella al reino la primera vez, jamás supo como manejar adecuadamente hasta ahora; Y por si eso no era suficiente, se dedicaba ella misma a cuidar de los Koopas cada que fuese necesario.

El camino que estaba trazando era complicado y hasta pesado. Se parecía mucho a lo que ella hacía en su otra vida al prepararse para poder sobresalir académicamente, pero no le importaba, o al menos fingía que así era, porque todo lo que hacía era por el bien de su reino, por el bien de lo que Bowser había dedicado tanto tiempo de su vida en cuidar.

Aun así, el esfuerzo que dedicaba Moonie era demasiado, tanto que al terminar el día todo lo que hacía era tumbarse en la cama y no moverse de allí sino hasta el día siguiente. Se sentía cansada y muy presionada, sin mencionar que todavía se sentía muy afectada por la ausencia de Bowser muy a diferencia de todos los demás que ya siguen sus rutinas como si nada.

— No lo entiendo, simplemente no lo entiendo... —Se decía a sí misma cada que se ponía a reflexionar sobre ello— El mundo sigue girando, todos hacen sus vidas... Y yo no puedo salir del mismo agujero.

Ella siempre había escuchado a Bowser en todas sus noches de soledad, creyendo que era capaz de ponerse en su lugar y acompañarlo en su dolor. Pero después de todo lo sucedido se dio cuenta de lo mucho que se había equivocado, porque ahora más que nunca entendía todos los miedos que sentía el Rey Koopa respecto a su papel y respecto al bienestar de su pueblo. Él se guardaba todo no solo porque no sabía cómo expresarse, sino también porque su ejército necesitaba verlo fuerte, imponente, sin permitirse poder mostrarse vulnerable.

Lo extrañaba, no había día en su vida en el que no sintiera su ausencia. Necesitaba verlo, necesitaba volver a escuchar su voz, imaginando cómo sería si él fuese ahora el que le de un consejo y quien le brinde consuelo cómo llegó a hacerlo alguna vez. Más es precisamente por eso que no podía darse por vencida aún, Bowser dependía de ella para poder volver a llevar a su ejército hacía la gloria y así lo iba a hacer.

Pero, ¿cómo hacerlo si lo único en lo que ella podía pensar era en el hombre que se robó su corazón y se lo llevó junto con él?

Moonie tenía tantas cosas guardadas en el pecho las cuales llegaban a pesar como piedras que debía cargar todos los días en su corazón. Podría escribir sobre cómo se seguía sintiendo a Bowser, pero no tenía muchas ganas de hacerlo puesto a que ya había escrito algo esa misma mañana. Tambien podria salir un rato y tocar el piano, ya que las clases de Kamek empezaban a mostrar sus frutos hasta el punto de que pudo tocar un par de canciones de su mundo. Incluso podría ir a dormir, pero por mas cansada que estaba, no quería terminar el día sintiéndose muerta por dentro... de nuevo.

Giró todo su cuerpo hasta quedar recostada boca arriba encima de la cama. Se acomodó en silencio y admiró el techo de su habitación. Arriba se encontraban algunas estrellas que Kamek había pintado —o más bien, invocado con magia—a los pocos días de haber llegado a la habitación. Eran muy parecidas a las que había pintado en su primer cuarto, cuando vivía dentro de la nave de Bowser antes de su completa destrucción; las había puesto como decoración al extrañar con profunda tristeza el reino que ella ya tenía. Pero por muy similares que eran, claramente no eran iguales.

— ¿Hace cuánto que no dibujo?... —se volvió a preguntar para sí misma, siendo su primera reacción el girar a ver su diario, el cual se encontraba en una mesita de noche al lado de su cama.

Sin pensarlo mucho más, extendió su brazo y acercó su mano hacia el diario, tomándolo junto con un lápiz y se recostó. Abrió aquel libro sin prestarle mucho anterior a su contenido, hojeando rápidamente cada página del pasado hasta llegar a la hoja en blanco más próxima.

Empezó realizando algunos trazos rápidos en su interior, empezando con dibujar algunos círculos y líneas como referencia. Pese a la falta de práctica de las últimas semanas, su mano y su lápiz empezaron a crear de manera natural y relajada, sin preocuparse por hacer algo perfecto sino pensando únicamente en hacer real la imagen que proyectaba su mente y su corazón.

En cuestión de minutos, su página en blanco dejó de estar vacía y sin alma. Ahora poseía un boceto simple pero —a su consideración— bien definido de Bowser. No era la primera vez que lo dibujaba, mucho menos en su diario ya que habían muchos más dibujos suyos dentro de sus páginas, aún así el resultado le brindó un poco de consuelo a su triste alma abandonada...

Más todavía le quedaba una sensación extraña por dentro... El sentimiento de que esa pieza seguía sin ser suficiente. No se sentía completamente satisfecha ni en paz

El corazón empezaba a latir con más fuerza mientras observaba el bosquejo con cuidado. No le bastaba con ver a su amado en una simple hoja de papel escondida entre las páginas de un libro, lo que sentía por él en ese momento era mucho más grande que eso. Necesitaba hacer algo casi tan grande que su amor por él, tan grande como el dolor que sentía por no tenerlo, necesitaba tenerlo... a él, tan vivo y tan real.

Rápidamente se levantó y dio un brinco para salir de la cama, empezando a buscar por toda su habitación de forma desesperada sus pinceles y sus viejas pinturas, aquellas que no había tocado en mucho mucho tiempo y que hoy finalmente les volvería a dar un buen uso. ¡Y un lienzo! Iba a necesitar un lienzo para plasmar su obra, pero iba a utilizar cualquier lienzo, necesitaba uno grande para lo que su corazón le pedía a gritos empezar a crear.

— ¡Kamek! ¡Kamek! —Empezaba a exclamar la princesa pese a estar todavía lejos y sin nadie alrededor mientras salía corriendo de su habitación con todos sus materiales entre sus brazos, cerrando la puerta sin fijarse en que accidentalmente la azotó causando un fuerte ruido en el pasillo— ¡Necesito un lienzo y lo necesito ya! ¡Deprisa!

(...)

En poco tiempo, la princesa había encontrado a Kamek en su habitación. Fue afortunada ya que todavía lo alcanzó despierto, leyendo algunas cartas y mensajes que dijo haber recibido hace un par de horas, aunque no precisó mucho en los detalles.

Lo que verdaderamente importaba era que al encontrarlo y pedirle lo que necesitaba, este asintió con una sonrisa y sin problema alguno invocó para ella un lienzo grande. Este no era comparable con los otros que ha llegado a tener, pues era casi del tamaño de la estatura de la princesa o incluso más, perfecto para la obra maestra que ella llevaba planeando desde hace ya buen rato.Regresó a su habitación con mucha prisa, aunque esta vez sin Kamek puesto a que todavía no iría a dormir, si debía de ocuparse de algunos asuntos más.

Una vez allí, Moonie procedió a admirar su nuevo lienzo en silencio, casi con un brillo en los ojos gracias a la variedad de posibilidades que esperaban a hacerse reales. Pero la emoción que sentía por empezar lo más pronto posible se convirtió en un miedo inquieto que la carcomía por dentro. Ya tenía sus pinceles a la mano, sus pinturas e inclusive su propio delantal puesto para no manchar el hermoso vestido que ahora poseía.

Ahora lo único que quedaba por hacer era empezar su obra maestra tal como la imaginaba, empezando a preguntarse y a dudar de si de verdad sería capaz de reflejar todo lo que su mente ya imaginaba a la perfección, porque eso era lo que merecía un cuadro como este: perfección y amor puro.

— Vamos Moonie. No es tan difícil, ya lo has pintado una vez... —Murmuró para sí misma, tratando de darse ánimos aunque sin mucho éxito.

Entre más tiempo pasaba mirando el lienzo vacío, más fuerte latía su corazón, ansioso por actuar de una vez y empezar a pintar para dejar que su amado salga de su mente, para pintarlo y hacerlo vivir de manera eterna e inmortal con sus propias manos. Seguía con miedo, pero tampoco iba a permitir que un pedazo de tela sujeto con madera pudiese ser más fuerte que ella.

Y por fin, después de un largo rato pensativa y analizando por donde iba a empezar, acercó su pincel a su paleta de colores para llenarlo de pintura, se acercó al lienzo y en cuestión de segundos empezó a realizar los primeros trazos sobre la pieza. Al principio cada uno de estos eran delicados, casi cuidadosos para evitar caer en imperfecciones, más poco a poco su mano se fue soltando y empezó a dejarse llevar.

Volvió a empezar pintando su rostro, ahora usando como referencia su memoria y el primer boceto que dibujó, el cual también posaba a un lado de ella. Se concentró en plasmar cada parte que ella amaba de Bowser; su imponente figura que siempre dejaba temblando al enemigo; su piel escamosa que al tocarla sentía escalofríos recorriendo su cuerpo; su mentón y su sonrisa, la más bella de todas las que había visto en su vida; su cabello rojizo y brillante como el fuego soplando junto al viento; sus cuernos y picos en su caparazón que más que verlos con miedo, los veía y tocaba con amor; y sus hermosos ojos de intenso carmesí, lugar donde ella podía perderse y aun así volver a encontrar su camino hacia su hogar, junto a él.                               

No había ruido, no había ningún distractor dentro o fuera de la habitación, solamente eran ella y el recuerdo de Bowser viviendo y volviendo a reproducirse en su mente. Cada parte, cada aspecto e incluso cada defecto que volvía a recordar de su amado era una nueva pieza que iba añadiendo y detallando.

Entre más trazos seguía realizando, iba perdiendo cada vez más el miedo a la imperfección en su obra y empezó a concentrarse en lo que necesitaba volver a hacer realidad. No quería que su amado solamente pudiese vivir en su mente, lo necesitaba con ella, lo extrañaba tanto y lo quería solo y únicamente para ella.

Ahora cada pincelada era más apasionada, más libre. Soltó todo su cuerpo y fue añadiendo más y más con tanto sentimiento, incluso hasta el punto de ir lanzando gotas y manchas de pintura con emoción. Y si se llegaba a equivocar, si terminaba causando algún desperfecto en la obra, lo aprovechaba para crear algo aún mejor, confiando ciegamente en el proceso y en su propia capacidad.

Solo fue cuestión de unas cuantas horas para llegar a los últimos retoques, los últimos detalles que harán de su pintura una verdadera obra maestra, digna de exponerse en todos los museos del mundo. Brillos, estrellas, todo como parte de su tan característico estilo donde ella no buscaba tanto el realismo, sino hacerlo brillar.

Una vez terminado todo el proceso y de colocar su firma en una esquina, ella dio unos pasos hacia atrás y procedió a admirar su arduo trabajo. Al hacerlo, jadeo completamente hipnotizada, incapaz de creer lo que sus propios ojos estaban viendo y por lo que sus propias manos había creado.

Había pintado a Bowser, pero no con la figura imponente lleno de maldad y sed de conquista. Lo había dibujado en una pose más natural, menos atemorizante, rodeado de miles de estrellas que lo cubrían en el cielo nocturno. Su mirada era relajada, al igual que su sonrisa que mostraba sus brillantes dientes, extendiendo su mano hacia el cielo con esperanza y fervor.

Esta era la esencia del verdadero Bowser, o al menos aquel que Moonie había conocido en su habitación y del cual perdidamente se había enamorado. Unas pequeñas lágrimas bajaban por las mejillas de la princesa, con todo su cuerpo temblando sin saber cómo reaccionar, incluso murmuraba para sí misma completamente en shock: — ¿De verdad yo pinté esto?...

Se volvió a acercar al lienzo, donde ahora finalmente volvió a vivir su amado aunque sea en pintura. Sintió que el peso y la ansiedad por dibujarlo la abandonaba para pasar a un estado lleno de paz, pero el ver el trabajo ya hecho y reaccionar de esta manera remarcaba algo que ella ya sabía: el deseo por volverlo a tener.

— Bowser, mi señor... ¿Por qué me abandonaste aquí? —sollozo frente al cuadro, imaginando que realmente no hablaba con la pintura sino con el verdadero.

Sin pensarlo demasiado, acercó su mano a la pintura todavía fresca para acariciar la zona del mentón que había trazado, al igual que sus labios para plantar un beso justo en la parte donde estaba dibujada la nariz sin importarle si se manchaba aún más; cual Pigmalión admirando a su Galatea soñando con hacerlo real, con hacerlo enteramente suyo.

Siguió toda la noche admirando el cuadro en completa soledad. Lo más probable es que esta no sería la última pintura que haría sobre él, pero si la primera que hacía reflejando la verdadera esencia del Rey Koopa, continuando soñando con el día en que pudiese volverlo a ver y que todo volviera a ser como antes, cuando solo eran ellos dos contra el mundo entero.


Bowser ya no sabía hace cuanto tiempo estaba parado y quieto en la misma pose. ¿Habían pasado horas ya, o apenas unos minutos? No sentía las piernas y le dolía el rostro por exagerar su expresión seria. Tenía una mano en el pecho y la otra alzada al aire cerrada en un puño, apoyando su pie en un banco mientras esperaba a que la pintura estuviese lista.

—Oye... ¿ya casi terminas? —cuestionó Bowser a la persona que pintaba—. Siento que me voy a endurecer si me quedo así por más tiempo...

Una voz femenina rió al escuchar aquello, y detrás del lienzo, Moonie asomó su cabeza para ver a Bowser con una sonrisa.

—Relájate, ya casi termino —aseguró ella—. Solo quedan un par de toques más y listo.

Bowser se permitió una pequeña sonrisa mientras soltaba un suspiro de alivio, aunque la postura rígida y forzada de su cuerpo no desaparecía por completo. Había algo reconfortante en la presencia de Moonie, aunque no pudiera explicarlo de manera lógica.

—No pensé que algún día estaría posando para una pintura... —comentó con algo de burla, pero sin el mismo tono de sarcasmo con el que solía hablar.

Moonie, detrás del lienzo, soltó una ligera carcajada.

—Es que no es cualquier pintura, Bowser. Esta es especial. Tienes que lucir impresionante, claro.

Él resopló, sintiéndose un tanto ridículo por la escena que ella estaba retratando, pero al mismo tiempo se sintió halagado. Había algo genuino en su forma de tratarlo, algo que lo hacía sentirse... menos monstruoso y más humano.

Finalmente, luego de unos minutos, Moonie al fin retrocedió del todo, alejándose del lienzo. La muchacha tenía el rostro y las manos llenas de pintura. Por fortuna, usaba un delantal por sobre su vestido, por lo que este último no acabó manchado con pintura.

—Listo. Ya puedes dejar de posar.

—¡Gracias al cielo! —exclamó Bowser, dejándose caer de forma dramática al suelo, sacándole una risa a Moonie.

—No exageres tampoco. Solo me tardé una hora —dijo Moonie, tomando un pañuelo para limpiarse la cara y las manos.

—Fue la hora más larga de mi vida... —exclamó Bowser con dramatismo desde el suelo, sacando la lengua incluso—. Estaba seguro de que me ibas a hacer posar por horas.

Moonie soltó una risa sincera, sus ojos brillando con diversión mientras observaba a Bowser estirado en el suelo. No podía evitar sentir una ligera satisfacción por haber logrado mantenerlo en esa postura por tanto tiempo sin quejarse demasiado (aunque claro, su paciencia no era infinita).

—Bueno, ¿qué te parece si te pones en pie y miras lo que estuve haciendo la última hora, eh? —le dijo ella con una sonrisa un tanto burlona y los brazos cruzados.

Bowser se levantó lentamente del suelo, estirando sus grandes patas con un gruñido de alivio. A pesar de lo incómodo que había sido posar durante tanto tiempo, la curiosidad lo superaba, y no pudo evitar mirar hacia el lienzo con una mezcla de incertidumbre y algo que podría ser anticipación.

Moonie, aún con una sonrisa traviesa, le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Bowser se acercó con cautela, deteniéndose frente al cuadro que había sido el centro de su incomodidad.

—Bien, bien. Vamos a ver si eso que hiciste valió el sufrimiento. —Bowser se cruzó de brazos, poniendo una expresión dura, pero en el fondo, un poco de nerviosismo burbujeaba bajo su fachada de arrogancia.

Cuando Bowser finalmente miró el lienzo, quedó completamente en silencio. La pintura frente a él era impresionante. No solo había capturado su figura con una exactitud asombrosa, sino que había algo más en ella. La escena que Moonie había creado lo mostraba de pie, con una pose heroica, el brazo extendido al frente como si estuviera reclamando su lugar en el mundo, mientras una imponente lava fluía bajo él.

—Guau... —murmuró el Rey de los Koopas—. Moonie, esto es... ¡mucho mejor de lo que nunca imaginé!

—¿Te gusta? —preguntó Moonie con una sonrisa satisfecha, esperando una reacción más de su tipo, algo arrogante tal vez, o al menos una típica broma sobre su grandeza.

—¡Es impresionante! —dijo Bowser, su tono de voz mucho más suave de lo que Moonie había escuchado en mucho tiempo—. Me hace ver... diferente. Mi única queja es que no captaste bien mis músculos, ¡pero captó mi imagen perfectamente fuera de eso!

Moonie rodó los ojos ante la mención de sus "músculos", pero sonrió de todos modos.

—Sí, bueno. No te emociones. No tengo pensado pintarte tan seguido.

Bowser se rió entre dientes, un sonido bajo y resonante que parecía más genuino que muchas de sus anteriores carcajadas burlonas.

—¿No? ¿Entonces no soy tan impresionante como pensaba? —preguntó, fingiendo decepción mientras alzaba una ceja, aunque claramente estaba disfrutando del momento.

Moonie cruzó los brazos, sonriendo con complicidad, pero sin el sarcasmo que Bowser solía esperar. En lugar de eso, su mirada era cálida, quizás un poco más suave de lo habitual. Se acercó un poco al cuadro y lo observó también, sin dejar de sonreír.

—No es que no seas impresionante, Bowser. Es solo que... ya sabes, tengo que mantener un poco de humildad en mi arte, o de lo contrario terminarías pidiendo que te pinte con un trono de lava y un ejército de Koopas a cada lado —dijo, guiñándole un ojo mientras se alejaba de él.

Bowser bufó, pero algo en su interior se suavizó ante la sinceridad de Moonie. Era extraño, cómo esas pequeñas interacciones, que antes le habrían parecido insignificantes, comenzaban a significar algo más.

—Además, deberías apreciar esa pintura mientras puedas —añadió la chica.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Bowser mientras miraba la pintura de nuevo, pero... al levantar su vista, Moonie ya no estaba en el cuarto.

—Porque quizás sea lo último hecho por mí que veas jamás...

Fue justo entonces que Bowser se despertó, cayendo de cara al suelo. Se quejó mientras se quitaba la máscara para dormir que usaba sobre sus ojos, y al mirar a su alrededor, toda la realidad le dio de golpe: seguía encogido, con voz aguda, dentro del castillo que Luigi le regaló por buen comportamiento, lejos de sus tropas... y lejos de Moonie.

Seis meses llevaba ya lejos de sus tropas, tan solo 2 en el castillo de juguete, pero de todos modos lo había convertido en un hogar más apropiado. Ahora tenía una pequeña y cómoda vida, aunque muy lejos de la majestad que alguna vez le perteneció. A pesar de que su ego seguía siendo grande, su aislamiento lo hacía reflexionar sobre la gente a la que realmente valoraba. Y, aunque no lo admitiera fácilmente, Moonie había sido una figura fundamental para él.

Tanto así que la mayoría del tiempo, cuando hacía su día a día, indirectamente pensaba en ella.

Al preparar té, siempre acababa preguntándose cómo es que ella lo hacía, porque nunca le sabía igual al hacerlo él mismo; cuando cortaba y hablaba con el bonsai, se preguntaba si Moonie tendría gusto por la jardinería; cuando pintaba, recordaba esa vez que él le pintó de verdad, ya que aquel sueño fue en realidad un recuerdo... claro que, en la realidad, ellos siguieron hablando luego de que Moonie dijese que no le seguiría pintando en broma. Quizá su sueño era un mero reflejo de cuan poco valoraba los momentos que pasó con ella, como dijo el reflejo de la chica en su sueño...

"Porque quizás sea lo último hecho por mí que veas jamás..."

...Francamente, eso no debía de ser un error. Después de todo, si Bowser ya no estaba al mando, todo quedaba en manos de Kamek. Y él era demasiado compasivo para su gusto. Estaba seguro de que liberó a Moonie del trato que hicieron, y ahora ella estaba de vuelta en su reino, con sus ovejas, olvidando la vida que tuvo con él bajo su mando... No es como hubiese sido una buena vida, de todas formas...

—Dios, soy un maldito idiota... —se murmuró Bowser a sí mismo con esa voz aguda y chillona a la que ya se había acostumbrado a este punto.

A veces se preguntaba cómo sería su vida si hubiera tomado decisiones diferentes, si hubiera dejado de lado su ego y se hubiera abierto a la gente que realmente lo cuidaba, como Moonie. Pero esos pensamientos solo lo atormentaban, porque sabía que, al final, nunca había sido bueno para las relaciones, ni con su propio hijo, ni con los que consideraba sus aliados.

Pasó más tiempo de lo que le habría gustado en esa reflexión interminable, observando la pintura de Moonie en la pared, preguntándose si algún día ella volvería a estar cerca de él. Pero algo en su interior, algo que ya no podía ignorar, le decía que las cosas podrían cambiar. Quizás aún había una oportunidad para redimirse, o al menos, para encontrar una forma de sanar las grietas que él mismo había creado en su vida.

Con una determinación nueva, Bowser decidió que, aunque no podía regresar al pasado, sí podía influir en su futuro. Quizás, algún día, podría recomponer algo de lo que había perdido. Y, en ese momento, pensó que, tal vez, solo tal vez, Moonie no había desaparecido completamente de su vida.

Pero por ahora, lo único que podía hacer era seguir adelante, aunque fuera en su pequeña jaula, pintando, cuidando su bonsai, y en sus ratos más solitarios, reflexionando sobre la amistad que se había desvanecido, pero que aún lo seguía acechando.

—Maldita sea, Moonie... ¿qué habré hecho...?

La pregunta quedó suspendida en el aire, no como una declaración de tristeza, sino como una necesidad de comprender algo que, hasta ese momento, había estado completamente fuera de su alcance.


La Princesa Moonie empezó a abrir poco a poco sus ojos, permitiendo que la luz de la habitación ilumine su rostro y su vista. No se encontraba dormida, pero si extremadamente relajada gracias a la preciosa música que sus oídos estaban escuchando.

Las notas del piano llenaban la habitación con su dulce melodía, con una pasión y belleza que nadie jamás había presenciado. La magia de aquella canción podía enamorar a cualquiera hasta teletransportarlo a un espacio vasto y al mismo tiempo vacío, lleno de estrellas sin inicio y sin final. Esta no era una simple práctica, era un lugar seguro oculto de cualquier prejuicio o maldad del mundo exterior.

O al menos así era como lo percibió la joven princesa, quien se encontraba sentada en un banco junto al hombre cuya música y voz le hacía sentirse cómoda, segura y en paz. Estaba en una de las tantas habitaciones de la nave de Bowser, específicamente aquella donde descansaba el piano encima de una plataforma flotante hecha de roca volcánica, rodeados de la lava ardiente que les brindaba su calor y su luz.

Y a su lado, se encontraba el mismísimo Rey Koopa, tocando las teclas del instrumento como todo un experto, pues ya sabía todas y cada una de las notas que debía de tocar, junto con todos los acordes y hasta los tiempos que tenía que seguir para no perder su ritmo. Conocía su piano a la perfección como a la propia palma de su mano, al punto en que hasta podía cerrar los ojos sin perderse ni equivocarse en su canción, e inclusive, permitirse girarse a ver a su compañera al notar que ya abrió los ojos.

— ¿Ya despertaste, princesa? ¿O quieres que te deje dormir otros 5 minutos más? —decía Bowser con un tono un poco burlón, pero no malintencionado, solamente buscando molestarla un poco y jugar con ella.

Esto hizo que la joven recuperara su compostura. Puso sus manos sobre sus párpados para masajearlos, buscando evitar dormirse tal como Bowser mencionó. Aunque tampoco pudo evitar reír un poco con su pequeña broma.

— Tu tienes la culpa por tocar esa aburrida canción —bromeó también con su compañero, aunque en parte no mentía, porque esa canción ya la había escuchado cientos de veces. Que si no fuera por el innegable talento de bowser, se cubrirá los oídos para no escucharlo cantar.

— ¿Qué tiene de malo la canción que le escribí a Peach? —respondió jugando con un pequeño puchero, volteando su vista de regreso a las notas—. Yo se que todavía falta la segunda estrofa que va después del coro, pero aún no se de que escribirla.

— Ya se te ocurrirá algo... —añadió Moonie en un suspiro. Pese a que por dentro no se sentía muy cómoda con la idea de ver a Bowser enamorado perdidamente de Peach, lo mínimo que podía hacer era apoyarlo.

Ciertamente esta no era la primera vez que Moonie lo escuchaba cantar. Gran parte del tiempo él se dedicaba a cantar y componer canciones para la dichosa "Princesa Peach" y sobre su amor eterno hacia ella. A pesar de ello, habían muchas otras ocasiones en las que él solamente interpretaba piezas distintas, siendo esos momentos donde se sentaban juntos y lo escuchaba tocar los que más disfrutaba la joven.

Las notas continuaban sonando por toda la habitación, aunque esta vez no tenían un orden conciso puesto a que Bowser después de todo si hizo cierto caso a su asistente y dejó de tocar la canción incompleta que había compuesto para Peach.

Siguieron así por un par de minutos a lo mucho. Con Moonie escuchando tocar a Bowser y con este último tratando de improvisar con el piano, aunque sin muchas ideas en mente. Tal fue así que el gigantesco koopa se detuvo y dejó de tocar, optando por volver a ver a la princesa y preguntar con curiosidad.

— Moonie, ¿Te gustaría que toque algo para ti?

La princesa se sobresaltó un poco con aquella inesperada petición, de hecho por un momento pensó que había escuchado mal y que en realidad le había pedido otra cosa. Rápidamente volteo a verlo un tanto confundida, preguntando con algo de pena.

—¿Perdone?...

— Lo que dije. ¿Quieres que toque algo para ti? —Volvió a repetir Bowser, mirándola de forma atenta y sorprendentemente amable— Digo, siempre te sientas aquí a escucharme tocar por horas las mismas canciones. Jamás te he preguntado si querías escuchar algo distinto.

Las mejillas de Moonie se ruborizaron ligeramente por la vergüenza, pues al parecer Bowser estaba hablando en serio. Ella rápidamente pensó que probablemente lo ofendió con las palabras de hace unos minutos y que por eso le preguntaba, sintiéndose un poco culpable por ello.

— ¡No, no! No te preocupes por ello. A mí de verdad me encanta escucharte tocar —Respondió pero rápidamente se arrepintió, sintiendo que sus palabras podrían redirigirse a otra parte—. ¡E-es decir! Tu tienes derecho de tocar lo que a ti te guste, no te preocupes por mi...

Aquella reacción nerviosa de Moonie llenó a Bowser con una inesperada ternura, incluso hasta empezó a reír un poco por su respuesta.

— Justamente por eso quiero saber si tienes alguna petición en mente. —Añadió Bowser mientras regresaba a su piano, preparando sus dedos para empezar a tocar—. Hoy me siento un poco generoso, así que puedes pedir las canciones que quieras, ¿Que dices?

La princesa empezó a juntar sus manos con nervios, ya que la pregunta de Bowser si resultó ser genuina y con buena intención. Rápidamente Moonie empezó a pensar cientos de opciones, pero todas se iban abajo cuando cayó en cuenta sobre algo: Todas eran canciones de su mundo y lo más probable era que Bowser por muy experto que fuese, no podría reconocer alguna.

— Te lo agradezco, pero... No creo que conozcas ninguna canción del lugar de donde yo vengo, y tampoco sé si puedas tocar alguna —Murmuró un tanto apenada—. Quizás lo mejor sea dejarlo así...

Bowser rápidamente notó la decepción de su amiga. No sabía a qué se refería exactamente con "No creo que conozcas ninguna canción del lugar de donde yo vengo", probablemente refiriéndose a las música del Reino Moonlight. Sintió un enorme peso de responsabilidad sobre sus hombros, pues no quería dejar a su princesa quedarse con las ganas de escuchar algo que a ella le guste.

— Entonces tararea para mi —Sugirió con total confianza, aunque se parecía más bien a una petición—. ¿Qué? ¿Acaso crees que con todos mis años y décadas tocando no sabré identificar unas simples notas? Solo confía y observa lo que tu rey es capaz de hacer. —añadió aquello último con un tono lleno de determinación, incluso hasta guiñandole un ojo.

Las palabras de Bowser volvieron a avivar la esperanza de la princesa. Ella pensaría que lo más probable era que él no podría tocar para ella, pero aun así él quiere intentarlo con tal de verla feliz y eso la había conmovido. Asintió ya más emocionada y luego de pensarlo por un par de minutos, ella ya tenía en mente que era lo que quería escuchar.

Empezó a tararear una preciosa melodía, una que escuchaba mucho en su vida anterior y que recordaba a la perfección, temblando por dentro al pensar en la posibilidad de volverla a escuchar en todo su esplendor. Y aunque no se encontraba precisamente cantando, su voz sorprendió al propio Rey Koopa, quien se perdió a sí mismo por un momento mientras escuchaba y por poco olvidando que era lo que estaba por hacer.

Luego de escuchar brevemente a la princesa, Bowser rápidamente identificó las notas, el tono y hasta el ritmo a seguir. En poco tiempo y con un poco de prueba y error, él ya había encontrado la melodía y empezó a tocar, incluso atreviéndose a incluir un poco de su propia aportación y terminó creando una nueva versión de la canción que Moonie había pedido. ¿Y lo mejor? Era igual o hasta incluso más majestuosa que la original.

Llegó un punto en el cual Moonie ya no necesitaba tararear, pues Bowser dominó a la perfección la recién aprendida canción. Era hermosa, mejor de la que la recordaba, era como si una parte de ella que había perdido finalmente volviera hacia ella, y todo gracias a su compañero experto en el piano, quien aunque no quería admitirlo, estaba sorprendido con tan bella melodía, pero sobretodo con la enorme sonrisa de la princesa, una que expresaba emoción y al mismo tiempo agradecimiento.

— ¿Qué dices Moonie? ¿Te gusta lo que escuchas? —Preguntaba con curiosidad, todavía tocando con una enorme pasión.

La joven solamente podía admirar a Bowser con los ojos brillando y llenos de ilusión. Desconocía cómo, pero había logrado conmoverla, tocando una fibra muy sensible dentro de su ser. Casi de forma inconsciente, terminó por apegarse más a su escamoso brazo, cerrando los ojos al sentirse segura a su lado al mismo tiempo en que añadía en un suspiro: — Es perfecto. Gracias, mi señor…

Bowser sintió al instante como Moonie volvió a recostarse en su brazo sin ningún tipo de miedo. Se veía tan relajada, tan tranquila, empezando a sentir una suave calidez creciendo dentro de su pecho. No sabía que nombre darle a ese sentimiento, pero se sentía bastante bien

— ¿Ves? ¿Qué te dije? —expresaba con orgullo el Rey de los Koopas, dedicando una enorme sonrisa a su compañera—. Llevo años tocando esta belleza, así que sigue pidiendo las canciones que quieras Princesa ¿Te parece?

Siguieron así por un largo rato, con Bowser tocando y con Moonie apreciando la belleza en la canción y en cómo tocaba su compañero con tanta pasión, como si él mismo pudiese sentir la emoción de la canción pese a no entender de quién era o qué significaba. Incluso al terminar le siguió pidiendo más canciones para tocar en el piano, olvidando por un momento todo el mundo a su alrededor; en ese momento, solamente existían ellos dos.

(...)

Los ojos de la princesa volvieron a abrirse poco a poco, permitiendo que la luz de la habitación volviese a iluminar su rostro y su vista. Pero esta vez, el hacerlo le trajo un fuerte golpe de realidad junto con la mayor de todas las decepciones. ¿Lo peor de todo? Que esta ni siquiera era la primera vez que ocurría.

Se encontraba recostada en la cama una vez más, rodeada de cobijas que la envolvían para brindarle calor en la fría noche y por supuesto, volvió a encontrarse el la oscuridad de su cuarto en soledad.

Fue allí que se percató de todo: Lo había soñado, otra vez había soñado con Bowser a su lado como lo había hecho los últimos 6 meses. La única diferencia notable, era que este sueño era más bien un recuerdo, una memoria de aquel tiempo en que vivía junto a él, cuando él en un amable gesto tocó una canción a petición de ella y este la interpretaba a la perfección.

Soltó un suspiro decepcionado, aunque por dentro seguía sintiéndose una estúpida ¿Qué caso tenía sentirse mal si era algo que debió haberse esperado? Ya ni siquiera era algo que ocurría raras veces, está prácticamente ya era su rutina.

En lugar de quejarse y renegar al universo por hacerla sufrir, optó por mejor sentarse en la cama y volver a ver su diario, pensando en si debería de escribir sobre su sueño. Lo tomó con cuidado y al tenerlo de vuelta en su posesión empezó a repasar algunas de sus páginas, las cuales estaban llenas de todo tipo de anotaciones y dibujos.

Revisó algunas que eran de meses pasados, todas siendo notas de su experiencia lidiando con el duelo y sueños que había tenido con Bowser, muchos siendo de todo tipo; uno donde el propio Bowser llegaba de vuelta al castillo y ella misma le abría las puertas; otro estando recostada con él, protegida bajo su caparazón y durmiendo plácidamente junto a él; y el más raro de todos, uno donde había soñado a un supuesto hijo de Bowser muy parecido a él, siendo algo tan raro que incluso lo dibujó como una versión muy pequeña de él y hasta con un pañuelito y un gigantesco pincel.

Y hablando de dibujos, también se dispuso a revisar algunos de estos; tenía uno de Bowser y ella tomándole de la mano, señalando al cielo mientras él la veía con una tierna sonrisa; también otro donde él la cargaba en brazos abrazándola fuertemente y apegándose a su regazo; incluso poseía uno donde él le regalaba un hermoso ramo de flores amarillas, justo el color que resaltaba en su escamosa piel.

Muchos de esos escenarios jamás habían ocurrido en realidad, y eso Moonie lo sabía perfectamente, siendo que todos o la mayoría de las cosas plasmadas en su diario pertenecían tanto a sueños de ella misma como escenarios ficticios con los que algún día ella soñaba con que se hicieran realidad.

A este punto ya quedaba claro que Bowser no solo había sido una persona importante para la princesa, era muchísimo más que eso. Tenía al Rey Koopa tan presente en su vida que no había momento del día en el que no pensara en él.

Lo tenía presente al despertar, siempre escribiendo en su diario y dibujando todo lo que soñaba e imaginaba respecto a él; Lo tenía en mente al entrenar, pues su mayor motivación para no caer rendida al suelo era el llegar a ser lo suficientemente fuerte para vengarlo y protegerlo; Lo tenía en su memoria cuando ella tocaba el piano, siendo capaz finalmente de tocar algunas canciones de su mundo y soñando con mostrarlas a Bowser algún día; Y hasta lo tenia en su corazón al pintar, que en cuestión de dos meses ya tenía una colección de pinturas sobre él.

Los demás a su alrededor ya se habían percatado de la enorme lealtad que sentía Moonie hacia su rey, y de hecho, ya no era de extrañar para nadie. Ella siempre motivaba a todos con frases como "Debemos de estar listos para su regreso" "Si él estuviera aquí, nos querría ver fuertes y sin miedo".

A veces su pasión la llevaba a tener problemas con alguno que otro Koopa, puesto que en una ocasión escuchó a uno murmurar a sus espaldas "¿No creen que está un poco más obsesionada con Bowser que él?", ocasionando que estuviera a punto de perder la cabeza de no ser porque la ahora reina le tuvo piedad.

Sea como sea, la Princesa Moonie finalmente fue capaz de olvidarse del dolor que guardaba por dentro. Ya no lloraba como todas las noches, ya no le quedaban lágrimas que derramar, ahora todo lo que le quedaba era una inmensa sed de venganza; contra la Princesa Peach, contra esos hermanos Mario y Luigi; contra cualquiera que se haya involucrado en la derrota de su amado señor y contra todo aquel que impida su regreso.

Y aunque no le gustaba admitirlo, todavía sufre por dentro, jamás dejaría de sufrir hasta que Bowser volviera a su hogar, a su reino y a sus brazos. Más no se sentía lamentaba por ello, porque ese sufrimiento le daba significado a su causa y a su misión. Aún no sabia con exactitud cómo volvería a traer a su ser amado, pero de una cosa estaba completamente segura...

Daría todo, lo que fuera, incluyendo su propia vida con tal de salvar a Bowser, el único hombre al que ella amaba. Y si para ello tendría que acabar con el Reino Champiñón, con el mundo entero e inclusive con la galaxia entera, entonces que así sea.