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Pedro llevaba semanas dándole vueltas al asunto de su casamiento. Ya no estaba tan seguro de si casarse con Camila era realmente la mejor decisión. La quería, eso era un hecho; había planeado toda su vida junto a ella. Sin embargo, las dudas comenzaron a invadirlo. Dudaba si una vida con esa mujer era, en verdad, lo que deseaba para sí. Pero ¿por qué surgían esas dudas justo en ese momento?
La respuesta tenía nombre y apellido: Guillermo Graziani.
Pedro había quedado cautivado por aquel hombre desde la primera vez que lo vio. Guillermo poseía un magnetismo y una inteligencia capaces de envolver a cualquiera en una especie de encantamiento. Su desempeño en los juzgados era magistral; su seguridad y elocuencia hacían que todos en la sala le prestaran atención.
Pedro lo admiraba profundamente y había rechazado otras propuestas de trabajo solo para poder formar parte de su pequeño estudio jurídico. Con el paso del tiempo, esa admiración creció hasta transformarse en algo mucho más profundo, algo que nunca había sentido por nadie, ni siquiera por Camila.
Desde que conoció a Guillermo, su mundo dio un giro de ciento ochenta grados. A su lado, había descubierto una parte de sí mismo que creía enterrada en lo más hondo de su ser.
Todo cambió definitivamente durante aquel viaje al campo. Nunca en su vida Pedro se había sentido tan cómodo, tan en paz, como en esos días junto a su socio. Las quejas y el aparente malhumor de Guillermo le resultaban curiosamente agradables, incluso tiernos. Las conversaciones junto al fuego fueron, para él, momentos de revelación. En ellas descubrió un lado más humano y vulnerable de Guillermo, y eso lo fascinó.
Le encantaba ir retirando, poco a poco, las capas de misterio que envolvían al hombre mayor.
A la mañana siguiente se sintió lleno de energía, pero también con una nueva chispa en su interior: la duda.
Cuando regresó del viaje, fue directo al departamento que compartía con Camila. Al entrar a la habitación, la encontró conversando con Nancy, quien se marchó apenas lo vio. Camila lo miró con un gesto de molestia.
—¿Estás bien? —preguntó Pedro.
—Sí, ¿vos? —respondió ella, con frialdad—. ¿Cómo estuvo el viaje?
—Bien. No te contesté porque no tenía señal —dijo él con tranquilidad.
Ella no respondió. Su rostro seguía mostrando cierta incomodidad. Pedro no le dio demasiada importancia; asumió que se trataba del estrés previo a la boda. Se acercó, le dio un cálido beso en la frente y la observó en silencio. En ese instante, la duda volvió a invadirlo.
Se apartó lentamente, sin decir una palabra más, y se dirigió al baño, dejando a Camila desconcertada.
A medida que se acercaba el día del casamiento, las dudas de Pedro no hacían más que crecer. Cada momento compartido con Guillermo —entre casos, cafés y largas conversaciones— confirmaba que lo que sentía era real. Había algo más fuerte que la costumbre, algo que lo empujaba hacia él sin remedio.
Pero había un factor que Pedro no había considerado: los sentimientos de Guillermo hacia él.
Podía percibir que su atracción no era unidireccional, aunque el abogado nunca lo expresara abiertamente. De hecho, cada vez que Pedro insinuaba sus dudas respecto a la boda, Guillermo lo animaba a seguir adelante, a “no confundirse”.
Aun así, algo en su mirada lo contradecía.
Y ambos sabían que todo estaba a punto de cambiar.
Durante la despedida de soltero de Pedro —a la cual Guillermo, en un principio, se había negado a asistir—, todo parecía desarrollarse con normalidad, entre bromas y risas, hasta que llegó el momento de los discursos.
Cuando fue el turno de Guillermo, todos lo miraron como solían hacerlo en los juicios. Empezó su discurso con el carisma habitual que lo caracterizaba, pero de pronto se quedó en silencio, dirigió su mirada hacia Pedro y dijo:
—Pedro, por favor, no te cases.
La frase le atravesó el pecho. El tono en que lo dijo, la forma en que lo miraba, fueron para Pedro la respuesta que necesitaba. Todo quedó en silencio y, por un instante, solo existían ellos dos.
Esa noche no hablaron mucho más, pero algo quedó claro entre ambos: había una verdad que ya no podían seguir ignorando.
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El día de la boda amaneció luminoso. El cielo, irónicamente despejado, parecía burlarse del caos que habitaba en el pecho de Pedro. Ese día había decidido ir a trabajar, pese a los reclamos de Camila.
La jornada transcurrió como cualquier otra, aunque todos le recordaban que debía estar en el juzgado a tiempo. Guillermo tampoco se encontraba de buen ánimo. Aunque no volvieron a hablar de lo sucedido en la despedida de soltero, Pedro sabía que al hombre mayor también le afectaba toda esa situación.
Le había propuesto a Camila posponer la boda, pero la reacción que obtuvo fue peor de lo que esperaba: ella amenazó con llevarlo a rastras hasta el altar.
El caso que trataban ese día fue particularmente caótico, y eso dejó a Guillermo mucho peor de lo que ya estaba. Pedro fue a buscarlo y lo encontró en el baño, visiblemente alterado.
Guillermo estaba apoyado sobre el lavabo, con las manos temblorosas y la mirada perdida en el espejo. Pedro se detuvo en el umbral, sin saber si acercarse o dejarlo solo.
—¿Estás bien? —preguntó finalmente, con voz baja.
Guillermo soltó una risa amarga, sin apartar la vista de su reflejo.
—Sí, estoy bien —contestó el hombre—. Andate a tu casamiento.
—¡No! —dijo el joven—. No voy a dejarte así. Vení, sentate acá.
Lo tomó de la mano y lo guió hasta el borde de la bañera. Pedro le sujetó las manos y le habló con ternura:
—Tranquilo, mi amor —dijo.
Pedro se sorprendió de lo natural que había salido aquella frase de sus labios, como si fuera algo cotidiano—. Todo va a estar bien. Pensá en algo bonito.
—No me jodas, Pedro. ¿Qué pensamientos bonitos puedo tener en un baño? —contestó el mayor, un poco irritado, mientras se sostenía el pecho con las manos, intentando regular su respiración.
—No sé —respondió el joven, tratando de pensar en algo que ayudara—. Pensá en tu primer caso, el que ganaste. O tal vez en algo bueno que te haya pasado últimamente.
—Me compré una casita en el Tigre —soltó de repente.
—¿Qué?
—Sí, me compré una casita en el Tigre. Quería tener algún vínculo con la naturaleza, no sé. No está muy lejos de la ciudad.
Antes de que Pedro pudiera contestar, se escuchó la voz de Beto del otro lado de la puerta. En ese instante, Guillermo soltó las manos de Pedro y corrió hacia la salida.
—¡Beto, agarrá un hacha y hacé mierda la puerta!
Pedro solo pudo ver al hombre mayor salir corriendo del lugar, mientras Beto lo observaba completamente confundido.
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Frente al espejo, con el traje perfectamente planchado, Pedro se miró y solo vio a un extraño. Se pasó una mano por el cabello y dejó escapar un suspiro tembloroso. Había pasado años tratando de convencerse de que casarse era lo correcto… pero su corazón ahora pertenecía a alguien más.
Echó una última mirada a su reflejo en el espejo, luego tomó su teléfono.
—Hola, Guille. ¿Dónde estás?... Bien, iré a buscarte. Esperame ahí.
Salió del departamento y subió a su auto. Manejaba a toda prisa hasta llegar a un parque cercano al estudio. Allí estaba Guillermo, esperándolo.
—Pedro, ¿qué hacés? Deberías estar en el juzgado casándote.
—No lo haré. No me casaré con Camila.
—Tenés que hacerlo, Pedro…
—No —interrumpió Pedro con firmeza, casi con alivio—. Ya te dije que no voy a hacerlo. Yo no amo a Camila.
El silencio que siguió fue denso, casi físico. Por primera vez en meses, ambos se permitieron mirarse sin máscaras. Guillermo cerró los ojos, como si necesitara reunir valor para respirar.
—¿Qué vas a hacer entonces? —preguntó Guillermo, apenas audible.
—No lo sé. Pero lo que sí sé es que quiero descubrirlo con vos, Guille.
Las palabras se suspendieron en el aire. Guillermo no sabía qué contestar. Ninguno dijo nada durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, en un acto poco propio de él, Guillermo avanzó hacia Pedro, lo tomó del rostro y lo besó.
Fue un beso torpe, pero lleno de una urgencia contenida durante demasiado tiempo.
Cuando se separaron, Guillermo retrocedió, visiblemente afectado.
—Esto no puede ser —murmuró—. Vas a arruinar tu vida.
Pedro sonrió apenas, con una serenidad nueva.
—No, Guille, mi amor. Por primera vez, voy a empezar a vivirla.
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Horas después, mientras el reloj marcaba la hora exacta de la ceremonia, Camila esperaba en el juzgado, con su vestido blanco y un gesto cada vez más impaciente. Las miradas se cruzaban, los murmullos aumentaban. El notario revisaba su reloj una y otra vez.
Pero Pedro no llegó.
En cambio, un auto avanzaba por la ruta hacia El Tigre. Dentro, Pedro observaba el paisaje pasar mientras conducía, sintiendo cómo una mezcla de miedo y alivio se entrelazaban en su pecho. Guillermo, a su lado, permanecía en silencio, con las manos entrelazadas y la mirada fija al frente.
Cuando Pedro entrelazó sus dedos con los de él, Guillermo lo miró por un instante. No hubo palabras, solo una complicidad silenciosa, como si ambos entendieran que el salto que estaban dando no tenía retorno, que ya no importaba nada más que ellos dos.
El cielo, ahora cubierto por nubes, comenzaba a descargarse en una lluvia fina. Pedro la observó a través del cristal y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
—Parece que ahora sí empezó a llover —dijo en voz baja.
Guillermo lo miró, sorprendido por la calma en su tono.
—¿Y eso te alegra?
Pedro asintió.
—Sí. Es como si todo, por fin, se estuviera limpiando.
El auto siguió su camino, perdiéndose entre la neblina y la lluvia, mientras atrás quedaban las flores, la música y un juzgado vacío.
Y aunque el mundo no los entendiera, Pedro supo, sin necesidad de decirlo, que aquella huida no era un final, sino el comienzo de algo verdadero.
