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Cuando Hao tomó su bolso y se fue golpeando la puerta, Hanbin nunca pensó que esa se convertiría en la última vez que hablaron. Claro, si a levantarse la voz y gritarse insultos se le podía llamar 'hablar'. Pero todas las parejas tenían simples malentendidos cada tanto, ¿no? Eso no le preocupaba demasiado. Creyó que había sido otra discusión de las tantas que últimamente se daban más seguido, que al par de días Hao le volvería a escribir como siempre... pero ese mensaje nunca llegó. Y recién una semana después se dió cuenta de que había sido sincero al decirle en medio de todo el caos: terminamos.
Hanbin se tragó el orgullo como pudo y decidió dar el primer paso, pero a Hao ni siquiera le llegaban los mensajes. Su foto de perfil tampoco aparecía y no lo pudo contactar por ninguna red social. En la desesperación le escribió a uno de sus amigos más cercanos, pero nunca vió su mensaje.
Era humillante, por decir poco. Hanbin no era el de disculparse después de una pelea, ni el primero en acercarse y hablar.
Dos semanas habían pasado y aún seguía negado de que así terminó todo. No, era imposible que terminaran. No podía dejar de pensar en eso y lo enloquecía el no tener forma de hablar con él. Se había desaparecido como por arte de magia, nadie sabía dónde estaba ni a dónde había ido. Hao, quien siempre lo trató con tanto cariño, quien disfrutaba del tiempo juntos aunque no hicieran nada, quien le entregó un amor tan grande que hasta antes de conocerlo ni siquiera se imaginaba que existía. De la forma en que se fue, ¿Había sido todo mentira? ¿Cómo podía continuar con su vida tan fácilmente después de entregarle su corazón a Hanbin? Porque él era capaz de sacarse el propio del pecho y dárselo si se lo pidiera, sin nada a cambio.
Los días pasaron hasta acercarse el mes y la cordura se le disminuía. Al inicio no era capaz de salir del apartamento, porque cada calle que recorrieron juntos le recordaba a él. Cada semáforo en rojo que esperaban tomados de la mano a que cambiara a verde, ahora parecía que el rojo se le reía en la cara y el verde en vez de traerle alivio era lo contrario. Porque significaba seguir adelante sin Hao a su lado.
Otro tema aparte eran las rosas. Hanbin le regalaba una por cada mes que cumplían. Ya le había dado seis, y habría una séptima si se la hubiera podido entregar. La compró con una sonrisa y dulces palabras para al rato tirar con fuerza la flor al suelo en cuanto cerró la puerta de su apartamento. El enojo hizo que el rojo de los pétalos se extendiera a todo lo que veía. Del suelo, a la televisión, hasta a Hao sentado en el sofá ignorándolo. Cuando después de una eternidad volteó la cabeza y sus miradas se encontraron, una línea carmesí se dibujó desde su nariz y continuó por sus labios, goteando en el pantalón dejando una mancha que se expandía sin límite por su pierna. Su rostro no tenía expresión alguna. Cuando Hanbin volvió a pestañear, ya no estaba. Quería gritar de la frustración.
Hao, su Hao. Debía estar con esa rosa en sus manos, sonriendo con una alegría mal reprimida antes de darle un beso y susurrar un ‘gracias’ contra sus labios.
Cada vez que salía a la calle rezaba para que el universo se apiadara de él de una vez por todas y le diera la chance de verlo. La chance se le dió una noche calurosa donde vagaba por el barrio con una cantidad considerable de alcohol fluyendo en la sangre. Dentro de la multitud de luces que se fusionaban en una sola, y la gente que se volvía una masa en constante movimiento, miró a la otra acera. Nunca había detenido sus pasos de forma tan abrupta, ni el mareo se le había bajado tan de golpe.
Con pasos torpes aunque determinados, cruzó la calle sin pensar en nada. No supo cómo llegó al otro lado sin ser arrastrado en el pavimento por un coche, pero fue algo que recordó cuando ya estaba del otro lado. Ya no importaba. Hao estaba a tan sólo unos metros caminando a pasos relajados. Alejándose de él. De nuevo. No lo iba a permitir. Mucho menos viendo cómo se reía por algo que dijo su… acompañante. El tipo tuvo el coraje de aprovechar para poner una mano en la espalda baja de Hao y eso le hizo hervir la sangre a un Hanbin que ya había comenzado a correr en su dirección. Sólo él podía tocarlo así. Y su Hao no dejaría que alguien que no fuera él lo hiciera.
Todo a su alrededor desapareció cuando lo tomó por la muñeca y lo hizo darse vuelta en un tirón de su agarre. Hao no intentó forcejear, lo que le dió un alivio que no sentía en mucho tiempo. Con los ojos como plato lo miraba inmóvil y su boca se encorvó de forma extraña, pero no supo discernir si era una mueca de disgusto o una sonrisa. Todo era confuso estando borracho rodeado de tanto ruido y luces, pero estaba seguro de que fue una sonrisa. Ya no le importaba esa otra persona mientras lo tuviera así, sonriéndole de nuevo.
Un golpe seco en el rostro lo hizo perder el equilibrio, a la vez que un dolor intenso floreció en su pómulo. Cierto, ese parásito que tenía que ser quien lo golpeó. Hanbin no tenía pensado ni dedicarle una palabra, pero ante la ofensa levantó el puño con intenciones de devolvérselo. No llegó ni a intentarlo cuando Hao dijo:
—No te quiero ver más.
Debía ser al otro tipo, sí. Por haber golpeado a Hanbin de la nada. Hao aún seguía entre su mano, ahora parado por completo delante de él. Cuando su rostro se volvió su nuca, Hanbin aprovechó para abrazarlo rodeando un brazo en su cintura y apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos e inhaló la colonia en su cuello mientras Hao hablaba exasperado. Las palabras se mezclaban en una sopa de sonidos difíciles de entender. Ya no le importaba con quién hablaba, ni qué decía. Ya lo tenía entre sus brazos.
—Volvamos a casa, hyung.
