Work Text:
Martín suelta un quejido y abre los ojos con dificultad. Su rostro se siente caliente y le duele el cuerpo entero, particularmente la cabeza que late con un dolor profundo y punzante.
Intenta incorporarse ciegamente pero se paraliza con un grito ahogado en el fondo de su garganta cuando un dolor como el que nunca ha sentido en su vida explota a través de su cuerpo. Su pierna arde, quema de adentro hacia fuera como si su hueso estuviese encendido al rojo vivo.
Martín se desploma de vuelta, aprieta los dientes y jadeando en lo que soporta la ola de dolor que, segundo a segundo, mengua como un fuego salvaje volviéndose apenas brazas y cenizas.
- Ei, não te mexas! Ei, pai, venha! O moço acordou!
Una sombra se acerca a su cama con presteza, y a Martín le lleva un par de parpadeos conseguir enfocar su mirada borrosa; cabello negro y rizado cae sobre un rostro moreno de expresión preocupada. Es un rostro apuesto, pero en la suavidad de sus rasgos Martín reconoce los últimos vestigios efímeros de la niñez - es un muchacho joven y enjuto, apenas unos años más joven que Martín.
El muchacho sonríe amplio, una mueca cálida y genuina.
- Bom dia, peixinho.
La voz del muchacho es cálida y juvenil. Es agradable, pero Martín no comprende por qué sus palabras sueñan extrañas y foráneas. La familiaridad de la lengua engaña a su cerebro obnubilado, que no parece reconocer que el muchacho simplemente habla otra lengua o recordar el simple hecho que Martín está lejos de casa. Su memoria está dispersa y borrosa, como una noche de bruma en aguas abiertas, y su cabeza duele demasiado como para concentrarse en cualquier cosa por demasiado tiempo.
Luciano ayuda a Martín a incorporarse en la cama. Es delicado y cuidadoso, pero Martín debe contener un gemido de dolor - todo movimiento, por más pequeño que sea, hace que la pierna de Martín se encienda en llamas. El muchacho trae una botella a sus labios, Martín bebe ávidamente como si hubiese pasado semanas en un desierto.
El esfuerzo deja a Martín sudando y con la respiración agitada, pero con una mejor vista de su situación. Se encuentra recostado en un colchón fino de paja, vestido apenas con una camisa fina lo suficientemente larga para cubrir poco más que la mitad de sus muslos. Una de sus piernas está desnuda. La otra se encuentra cubierta por un vendaje que cubre desde su rodilla hasta su tobillo. Al otro lado del vendaje, su pie luce morado e inflado.
No tiene buena pinta.
Un hombre de pecho ancho y cabello rizado se acerca. Trae un cuenco que entrega al muchacho - el aroma que emana es esposo y delicioso, y abre el apetito de Martín. El hombre estudia a Martín con una expresión impávida. Inclina el mentón hacia arriba y señaliza la pierna de Martín.
- Está quebrada.
Eso Martín sí entiende sin dificultad.
El hombre se retira sin otra palabra, pero el muchacho se queda junto a Martín. Es un completo extraño, pero sonríe como si estuviera feliz de tener a Martín aquí, sano y salvo. Es extraño, pero reconfortante - Martín no recuerda la última vez que alguien le sonrió así.
El muchacho hunde una cuchara en el cuenco, y una vez se asegura no está muy caliente la lleva a los labios de Martín, quien abre la boca dócilmente. Es un estofado simple pero delicioso, y justo lo que Martín necesita para recobrar sus fuerzas y energía.
El muchacho lo alimenta con paciencia - Martín está hambriento, pero su estómago parece celar cada bocado y amenaza con náuseas si apresuran la ingesta. Una vez Martín limpia su plato, el muchacho deja el cuenco en el suelo y ayuda a Martín a volver a recostarse.
Es otra tortura, pero Martín esta demasiado agotado y no pelea contra el dolor. Apenas se ha movido, pero encuentra que no tiene energías y que mantener sus ojos abiertos es un esfuerzo sobrehumano.
- Descansa, peixinho - el muchacho sonríe y acuna su frente con dulzura - Vamos cuidar de ti.
La voz del muchacho es un susurro cálido e íntimo que invita a Martín a cerrar los ojos y entregarse al descanso. Contiene la respiración cuando siente un paño mojado y fresco en su rostro, recorriendo y refrescando la piel de sus labios, mejillas, cuello, sienes. Martín no había notado cuánto lo necesitaba hasta ahora, y agradece cuando el muchacho vuelve a hundir el paño en agua para continuar refrescando el rostro de Martín.
Gracias, quiere decir, pero se abandona al cansancio y pierde el conocimiento.
Cuando Martín vuelve a despertar, el sol brilla afuera en el cielo y tan solo hay una banquilla vacía a su lado.
Se incorpora en la cama con dificultad - su pierna aún duele como el demonio, pero por lo menos Martín ya no es presa de la fragilidad y debilidad de anoche y sentarse tan solo lleva paciencia. Su cuerpo no es lo único que se ha sobrepuesto; se encuentra lúcido.
Martín es un corsario de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Recuerda encontrarse navegando por las costas brasileras, de camino de vuelta a casa luego de una larga expedición por el mundo. Recuerda una nave con bandera con franjas rojas y amarilla, recuerda el infierno de una batalla naval - la adrenalina, el olor a pólvora, el sabor a sangre, y finalmente la dulce victoria. Recuerda la noche luego de la batalla, recuerda tragos y música interrumpidos por una tormenta tropical, súbita y salvaje. Recuerda viento y olas endemoniadas sacudiendo el barco como si fuese una cáscara de nuez a la deriva, recuerda que una ola lo arrastró por cubierta y que cayó al mar y luego… nada. Lo último que Martín recuerda es una oscuridad opresiva, un frío penetrante, un silencio sepulcral.
Eso explica los dolores que aquejan a Martín - no explica cómo es que está vivo o cómo es que terminó aquí.
El hogar de sus anfitriones es una pequeña choza de madera añeja cuyo techo está cubierto de trampas y redes. Cuenta apenas con una estufa, una mesa, y dos camas - una de las cuales Martín ocupa.
El muchacho no está, pero en su banquilla dejó una botella con agua y un cuenco con fruta fresca y una hogaza de pan algo añeja que Martín devora como un hombre famélico. Una vez que su sed y hambre se encuentran saciadas, Martín intenta dejar la cama, pero lo único que consigue es torturarse sin ningún resultado. El dolor de la fractura es suficiente para que desista y acepte que está condenado a estar postrado en la cama hasta que su pierna sane.
La mañana pasa lenta, y Martín siente que lleva horas y horas y horas esperando el regreso de sus anfitriones. No ayuda que su pierna duela incluso inmovilizada, y sin distracciones que ocupen su mente, el dolor parece ser el único compañero que tiene, insistente y demandante.
El muchacho y su padre no vuelven hasta que el sol está en su cenit. Martín los escucha llegar y moverse fuera de la choza - no puede verlos, pero si puede escucharlos moviéndose y hablando. Puede escuchar como unos golpes secos que Martín reconoce como barriles siendo manipulados, y eventualmente escucha las ruedas de un carruaje alejarse chirriando lastimosamente. Entonces, solo silencio.
Martín asume han vuelto a abandonarlo y que ha vuelto a quedarse solo, pero se lleva una sorpresa cuando el muchacho entra a la choza. Sus miradas se encuentran, y el muchacho sonríe al ver a Martín despierto.
- Ah, já te sentes melhor?
Martín frunce el ceño. Comparten lenguas latinas y las palabras del muchacho suenan casi familiares, palabras y sonidos que Martín casi puede reconocer. Es un poco frustrante estar tan cerca de comprender lo que dice y que el significado se le escape.
El muchacho toma asiento en su banquilla.
- Diga-me, peixinho, qual teu nome?
El muchacho espera respuesta, y aprieta los labios cuando Martín permanece callado. Chasquea la lengua con impaciencia y deja escapar por lo bajo lo que Martín está casi seguro es una grosería.
- Luciano - toca su pecho. Es una forma de comunicación burda, pero más que eficaz. Luego, extiende su mano en dirección a Martín, invitándolo a responder - E tu és…?
Martín aprieta los labios y niega con la cabeza con lentitud.
Martín es un forastero, y hablar se siente como un riesgo. El Brasil no es su enemigo, pero tampoco es un aliado - si bien hay paz entre naciones, son más los resentimientos que comparten. Martín teme que sus anfitriones dejen de ser tan hospitalarios en cuanto se enteren que su huésped no es uno de ellos. Es más seguro que no sepan la verdad, y para eso Martín debe guardar silencio.
Luciano se muestra confuso y decepcionado por la negativa de Martín. Aprieta los labios y frunce el ceño, pero sacude la cabeza murmurando para sí. Se pone de pie y Martín lo observa moverse por la chozita en silencio en lo que cocinar la cena.
El hombre vuelve justo cuando Luciano sirve la comida. Luciano trae su banquilla a la mesa y se sienta con su compañero. Comen en silencio, y el hombre estudia tanto a Martín como a Luciano con suspicacia, pero no comenta nada al respecto del aparente humor amargo de Luciano.
Martín siente algo de culpa. Luciano. No era su intención disgustar a uno de sus anfitriones, pero dada la condición de su pierna, Martín no puede tomar el riesgo.
Martín vuelve a despertar en soledad la mañana siguiente. No vuelve a ver a sus anfitriones hasta la tarde, y la rutina parece ser la misma; los escucha trabajar afuera, el hombre se va en su carruaje, y Luciano queda en casa a cargo de la cena.
Martín espera que su reencuentro con Luciano sea incómodo - espera que lo ignore tal y como lo hizo anoche, pero nada de eso ocurre. Luciano entra a la choza, y para sorpresa de Martín le sonríe, cauto. Parece haberse sobrepuesto a su decepción en cuestión, y habla mientras cocina la cena. Esta vez no espera respuesta, no deja silencios para que Martín llene. Simplemente parece feliz de tener con quien hablar. A pesar de que no entienda la mitad de lo que Luciano dice, Martín siente alivio de que Luciano le este hablando de vuelta.
A Martín le toma un par de días empezar a comprender el portugués. Ha viajado por el mundo y siempre ha sido bueno con los idiomas, y el portugués es una lengua que se siente casi familiar. Lentamente, sus oídos se acostumbran a la melodía, reconoce palabras que comparte con el español. Las semejanzas son suficientes para que Martín pueda navegar a través de la barrera del idioma y entienda a Luciano - en su mayoría, eso es.
Entiende lo suficiente para aprender que Luciano llama al hombre con el que vive de “padre”, que son pescadores que viven a las afueras de Río de Janeiro. Le cuenta que lo rescataron del océano luego de la tormenta, que su padre acomodó su pierna y que Luciano pasó tres días cuidándolo en lo que Martín perdía y tomaba conocimiento a causa de una fiebre alta.
- Es bueno tener con quien hablar - Luciano confidencia. Su sonrisa flaquea por un momento, y agrega - Aunque eres tan buen conversador como mi padre.
Martín no puede evitar reírse. No ha escuchado más de cinco palabras del padre de Luciano desde que llegó.
A Martín nada le gustaría más que poder participar en las conversaciones de Luciano - o monólogos, para el caso. A Martín le agrada su ánimo y entusiasmo, y hay tanto más que quisiera saber de él. Pero Martín no está seguro si a Luciano le seguirá agrandando una vez que escuche su español. La idea de que Luciano ya no le sonría es el mejor incentivo para guardar silencio.
Martín lleva una semana bajo el cuidado de Luciano y su padre. Su pierna no muestra grandes mejoras, pero es de esperarse cuando se espera que la recuperación vaya a ser lenta. No hay mucho que Martín vaya a poder hacer por un tiempo, excepto ejercitar la paciencia.
Curiosamente, esta tarde Luciano se desploma en su banquilla con aires derrotados. Martín alza las cejas en muda pregunta, curioso.
- Tú ganas - suspira dramáticamente.
Martín frunce el ceño, confuso. Siempre le ha agradado ganar, pero no sabe a que estan jugando. Luciano, acostumbrado a monologar y a las demandas silenciosas de Martín, responde la pregunta que no hace:
- Mi padre y yo teníamos una apuesta respecto a tu voto de silencio - explica - Yo aposté que no durarías ni una semana sin hablar.
Martín siente que el color se le va de las mejillas. Mantiene su silencio, paralizado, pero Luciano continúa con naturalidad.
- No hace falta que lo niegues - dice, y sonríe ante la ironía de su declaración; Martín no podrá negar nada hasta que hable - Sabemos que navegas con corso de las Provincias Unidas. Los hemos visto transitar estas aguas, vimos como la tormenta envolvió tu barco.
Ahora es el turno de Martín de suspirar vencido, y también algo avergonzado. Tanto esfuerzo y sacrificio por guardar silencio fue un despropósito; Luciano y su padre lo han tomado por tonto.
- Tu padre… ¿qué apostó?
Su voz suena algo rasposa por el desuso y necesita aclarar su garganta, pero los ojos de Luciano se iluminan al escucharla de todos modos.
- Él dijo que no podría hacerte hablar - responde. Una sonrisa pícara surca sus labios, y agrega - Pero aquí estamos, así que creo que al final la apuesta la gane yo, ¿no?
Martín no puede evitar devolver su sonrisa, así como tampoco puede evitar el leve rubor que, sin motivo aparente, le colorea las mejillas. El encanto y carisma de Luciano son difíciles de resistir.
Luciano descansa sus codos en sus rodillas y su mentón en sus puños con una sonrisa curvándole la comisura de los labios.
- ¿Ahora sí me dirás tu nombre? - alza las cejas, expectante.
- Martín. Me llamo Martín.
- Eres muy obstinado, Martín.
Martín deja escapar una risa en un resoplido seco que poco tiene de elegante.
- Ya he escuchado eso antes - responde con humor.
Eso no es nada nuevo, y de todos modos es difícil tomárselo a pecho cuando una euforia tonta y abrumadora se ha anidado en su pecho. Es un alivio quitarse el bozal de la boca y poder hablar con libertad, pero el mayor de los consuelos es la sonrisa en los labios de Luciano y la calidez en sus ojos. Luciano no parece molesto, ni por el engaño de su silencio ni el secreto de su identidad. Tan solo parece feliz de finalmente haber cruzado ese puente que los separaba, sonriendo plácidamente como si Martín fuese la criatura más interesante del universo.
Martín es finalmente libre de su voto de silencio, Luciano siempre supo quien era y…
Martín frunce el ceño.
- Si siempre supieron quién era, ¿por qué me ayudaron?
Martín es de un país distinto, un corsario dedicado a perseguir y cazar buques españoles a lo largo y ancho del mundo. Pero Luciano y su padre lo pescaron del mar, lo llevaron a su hogar, lo sanaron, lo cuidaron, lo alimentaron.
- Los vimos atacar a los barcos negreros - Luciano responde. Se encoge de hombros como si quisiera sacarle importancia, pero su mirada se oscurece como Martín nunca antes ha visto - En lo que me concierne, no somos enemigos.
Martín debería señalar que es parte de la guerra, que no es su causa la liberación de esclavos, sino la lucha contra el imperio español, nada más y nada menos. Pero Martín ya lleva práctica y decide guardar silencio; después de todo, al final del día su causa siempre fue y será la libertad, como sea que Luciano decida interpretarlo.
Lleva tres semanas más de reposo para que la pierna rota de Martín pueda soportar su peso - parcialmente, por lo menos. Martín necesita de la ayuda de Luciano para ponerse de pie, calzarse sus pantalones y caminar. El proceso es tortuoso, y Martín tiene que apretar los dientes y contener la respiración para aguantar los quejidos de dolor que implica cada paso que da. Pero Luciano se mantiene a su lado, soportando el peso que Martín recarga contra su cuerpo esbelto pero fuerte, alentándolo en susurros. Caminan lado a lado, hombro con hombro y cadera con cadera, en lo que Luciano lo guía con paciencia hasta el pórtico de la choza para que Martín pueda ver el cielo abierto por primera vez en semanas.
Luciano lo lleva hasta una vieja mecedora en la que Martín se desploma con dificultad, agotado y adolorido - pero el esfuerzo vale la pena el momento que Martín aprecia la vista. La chocita está en la pendiente de un morro, lo suficientemente alto como para que el mar y cielo se desplieguen frente a sus ojos. Es una vista hermosa y privilegiada de morros que se alzan intentando alcanzar el cielo por un lado, y el océano que se extiende hasta el horizonte por el otro.
El océano se expande, distante y eterno, pero alcanza a Martín en la forma de una briza con sabor a sal. Martín suspira y cierra los ojos sintiendo la briza salina familiar en su rostro.
Realmente ha extrañado el mar.
Luciano se ríe a su lado.
- ¿Mejor? - pregunta con una sonrisa en su voz.
Martín inspira profundo de vuelta, y asiente.
Luciano sonríe con calidez. Se sienta a su lado en uno de los escalones del pórtico y se pone a trabajar en una red con dedos ágiles y duchos que van y vienen ajustando nudos con presteza de forma casi hipnótica.
- Cuéntame de tus viajes, Martín - pide con la voz dulce como la miel.
Es una solicitud que Martín, vanidoso por naturaleza, no puede resistir.
Martín ha tenido la fortuna de navegar por todo el mundo, y tiene mil y una historias para contar. Ha recorrido todo el Atlántico, costeando las costas del Brasil, el Caribe, Norteamérica, e incluso África. Ha atravesado tormentas, enfrentado atracos, conocido y perdido gente, pero lo más importante es que ha sobrevivido.
Luciano escucha los relatos de Martín con ávida atención. Jamás ha navegado más allá de estas aguas, y todo lo que se encuentra fuera de Río de Janeiro parece excitante y exótico, un mundo demasiado basto y distante para un simple pescador.
Todas las tardes, una vez que Luciano finaliza con su trabajo, ayuda a Martín hasta el pórtico y se sientan juntos a conversar hasta que el cielo se oscurece y el sol se pone en sus espaldas. Este momento que comparten pronto se convierte en la parte favorita del día de Martín.
Martín lleva tres meses viviendo en el Brasil. Su pierna aún le impide ir demasiado lejos, pero por lo menos en ese tiempo de recuperación ha dejado de ser una carga para Luciano y su padre. Cojea levemente mientras anda con una muleta que Luciano talla para él, pero puede ser de algo de utilidad con los quehaceres del hogar. También aprende el oficio del pescador; no puede acompañar a Luciano y su padre al mar, pero puede darles una mano desde tierra firme. Es bueno con los nudos y remendado redes, pero Luciano también le ha enseñado cómo limpiar y ahumar el pescado para su correcta conservación.
No es mucho - no cuando Martín acostumbraba pasar el día en altamar recorriendo el mundo. Pero es mejor que estar postrado en una cama el día entero.
Eventualmente, la pierna de Martín deja de precisar de vendajes y férula. Es el momento que Martín ha estado esperando, si bien aún precisa de su muleta. En conmemoración de la alegre ocasión, Luciano ofrece llevarlo a la playa y Martín acepta sin pensarlo dos veces.
Bajan el morro a través de un sendero de tierra, un camino pelado de vegetación que Luciano y su padre recorren diariamente para llegar al mar. La pierna de Martín reciente el viaje, pero Martín es terco y son más las ansias de transitar nuevos caminos que el dolor que pronto comienza a sentir con cada paso.
Llegan a los pies del morro, y la tierra sólida se convierte en arena bajo la suela de sus pies. El mar está tan cerca ya que Martín puede escucharlo, puede saborearlo, pero se encuentra con el obstáculo de que su muleta deja de ofrecer soporte. Sin que Martín lo pida, Luciano rodea su cintura con su brazo y ayuda a Martín a hacerse paso. Atraviesan la playa con lentitud pero decisión, cada vez más y más y más cerca del agua, hasta que las olas del mar acarician sus pies desnudos.
El agua envuelve los tobillos de Martín, se arremolina a su alrededor y luego vuelve a retroceder, y Martín deja escapar una carcajada. Hace meses que no entra en el mar. Luciano sonríe a su lado - no es marinero, pero sí es pescador, y debe entender lo que Martín lo ha extrañado.
No pueden pasar todo el día de de pie, así que Luciano los guía fuera del alcance del mar y ayuda a Martín a sentarse en la arena para ocupar un lugar a su lado y observar el océano.
No hablan por un momento, disfrutando el canto del mar. Es Luciano quien al cabo de un instante interrumpe el silencio.
- ¿Qué harás cuando tu pierna sane, Martín?
Martín aprieta los labios. Si tiene que ser honesto, realmente no tiene la menor idea. Luciano y su padre han hecho todo lo que estuvo a su alcance, pero Martín duda que pueda volver a unirse a una tripulación. Martín ya no sirve para el mar, para la única vida que conoce.
Luciano percibe su indecisión. A falta de respuesta, cambia de pregunta.
- ¿Tienes familia esperándote en Buenos Aires?
Martín sí se sabe la respuesta a esta pregunta.
- No.
- ¿Nadie?
- Nadie - Martín dice, tajante.
Martín es un criollo huérfano que se unió a la revolución en búsqueda de un propósito en esta vida. El destino lo llevó a unirse a la guerra de corso con apenas 14 años, y Martín no se arrepiente de sus decisiones. Ha conocido el mundo gracias a ello. Ha encontrado un hogar en el océano y una familia en su tripulación.
Y ahora, roto y varado en tierra firme, a Martín no le queda absolutamente nada.
- Puedes quedarte aquí.
La propuesta toma a Martín por sorpresa, y se gira con sorpresa. Luciano evita su mirada manteniendo los ojos al frente, en el horizonte. Su perfil es apuesto en la luz suave del atardecer, sus rizos oscuros bailando suavemente con la briza del mar.
- Puedo enseñarte a pescar - Luciano continua. Su voz es íntima, casi tímida. Es la primera vez que Martín escucha ese tono en su voz - No es lo mismo que navegar por el mundo, pero es una buena vida. Serías feliz aquí. Con nosotros.
Luciano arrastra una mano en la arena en dirección a Martín en un gesto tímido, apenas lo suficiente para que sus meñiques se toquen. Es apenas un roce, pero es suficiente para que el aire se atore en la garganta de Martín y que su corazón galope en su pecho.
Serías feliz aquí conmigo, Luciano parece decir en el silencio.
Martín observa sus manos por un momento - tan diferentes y tan similares a la vez. Ambas son fuertes y masculinas, curtidas por trabajos demandantes, si, pero la mano de Martín se ve larga y pálida en comparación con la mano ancha y morena de Luciano. Y sin embargo, cerrar la distancia que los separa - tan breve, pero tan abismal - para entrelazar sus dedos con los de Luciano se siente tan natural como respirar.
- ¿A tu padre no le importa?
Luciano sonríe y sus ojos se iluminan - y a Martín ya no le quedan dudas. La pregunta de Martín es un “si” implícito, después de todo.
- A mi padre no le importa nada en tanto haya peces en nuestras redes - Luciano replica con una carcajada.
Martín no puede evitar sonreír, contagiado de la alegría que la risa de Luciano desborda.
No comparten más palabras, y se quedan contemplando el cielo oscurecerse sobre el mar. En la intimidad de las sombras que poco a poco claman la playa, Luciano se arrima a Martín y descansa su cabeza en su hombro. Martín inclina la cabeza y presiona su mejilla contra su cabello rizado y cierra los ojos con un suspiro.
Martín ha navegado los siete mares en busca de un propósito, en busca de una familia, en busca de un hogar. Aquí y ahora, en este preciso instante mientras el día muere y Luciano tararea ausentemente a su lado, Martín por primera encuentra algo más fuerte que el llamado del mar.
