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Manuel tecleó sin pensar en la parte superior del escritorio frente a él. Un ligero bostezo vespertino escapó de sus labios y se encontró deseando simplemente dormir la siesta el resto de la tarde. Sin embargo, hacer eso lo volvería a meter en problemas con sus compañeros de trabajo. Se mordió el labio y se preguntó si el café lo ayudaría con el sueño que lo estaba invadiendo.
Se levantó de su escritorio y caminó hacia la pequeña sala de descanso, encontrándose con la pava eléctrica y el potecito de yerba sobre la mesada, invitándolo a cebarse unos mates. Puso el agua a calentar y se entretuvo con su celular, navegando por las redes sociales hasta que la pava estuvo lista. La agarró para verter el agua caliente dentro del termo y, mientras hacía eso, la puerta se abrió a sus espaldas, dejando entrar a otra persona.
Al darse vuelta, Manuel se encontró con su compañera de trabajo y amiga, Zaira, quien lucía un aspecto demacrado y desaliñado, algo bastante inusual en ella. La chica normalmente mantenía una expresión de felicidad rotunda, con una sonrisa radiante, como si siempre tuviera energía, incluso los días en los que se presentaba al trabajo luego de haber salido la noche anterior.
Encarnó una ceja, percatándose de que unas vendas y curitas cubrían algunos de sus dedos de las manos y pequeños rasguños adornaban la piel dorada de su rostro.
“Uy, Manu. No te vi ahí”, la morocha frunció ligeramente el ceño y se acercó a su amigo, “¿Me cebas uno?”.
Manuel asintió, mirando las manos de la chica. “Si no te jode que pregunte… ¿qué te pasó?”.
Zaira hizo una mueca que Merlo no supo cómo interpretar. “Tengo un amigo que trabaja en una veterinaria y hace unos días golpearon la puerta del local; cuando abrió no había nadie, pero habían dejado unos gatitos dentro de una caja en el piso”, suspiró la chica con un pequeño puchero en sus labios, “Él vive en un monoambiente, así que solo podía hacerse cargo de uno, y como sabe que tengo espacio en mi casa y me gustan los animales me preguntó si quería adoptarlos. Coker se lleva bien con los gatos, así que pensé: ¿por qué no?”. Explicó, refiriéndose a su perro, el cual había rescatado de la calle hacía un par de años atrás, mientras tomaba otro sorbo de mate. “Pero mientras uno está un poco mareado, el otro es un demonio. Se lleva muy mal con Coco y eso que él no le hace nada. Intenté calmarlo pero solo me rasguñaba y trataba de morderme. No puedo quedarmelo, pero no quiero tirarlo a la calle tampoco, y con ese temperamento dudo que aguante mucho en un refugio”. Concluyó al fin la historia, tendiendole el mate de regreso.
Manuel se relamió los labios pensando. Podría, tal vez, llevarse al gatito. Su complejo de apartamentos permite mascotas -al menos hasta cierto tamaño- y estaba seguro de que un gato cumplía fácilmente con los requisitos. No sería muy desordenado y no sería difícil de limpiar después. Además, desde que se había mudado de la casa de sus padres a su nuevo departamento se sentía un poco solo.
“Puedo quedarmelo, si querés”.
La chica lo miró alzando una ceja, “¿Estás seguro? Es un hijo de puta. El demonio de Tasmania versión gato”.
El ojiclaro asintió, “Sí, puedo adoptarlo. Capaz solo es así porque quiere atención ¿no?, tipo, entre el trabajo, tu hermana, tus sobrinos y las otras mascotas en tu casa capaz se siente medio celoso”.
“Puede ser… Bueno, la voy a llamar a mi hermana así lo trae antes de irnos”. Comentó Zaira a la vez que se ponía recta y estiraba los brazos por encima de su cabeza. “Solo anda mentalizándote para él”.
“¿Tiene nombre?”.
“Um… no, mis sobrinos tiraron nombres bastantes raros, así que todavía no pude nombrar a ninguno”, se recargó contra la mesada, “pero si te sirve de algo, le estuvimos diciendo Mosca, por lo cargoso. Capaz le podés poner algo relacionado a eso”.
Manuel sonrió, ya emocionado por el nuevo gatito. Pensando en todo lo que podría hacer el nuevo integrante de la casa, como dormir a los pies de la cama, ronronear, perseguir ratones de juguete por el living (así como atrapar ratones reales) pero sobre todo hacerse compañía mutuamente.
Esperaba con nerviosismo la llegada de la hora de la salida que traería a su adorable nueva mascota. Su pierna rebotó y pensó en lo que iba a tener que comprar. El alimento era imprescindible, así como algunos juguetes… y obviamente una almohada grande o una cama para que duerma y algunos platitos en donde servir su comida. Tal vez un rascador y esa linda ropita para gatos que vio en la televisión hace un tiempo… ¡oh, también podía comprarle un collar con un lindo cascabel! sonrió, añadiendo a la lista.
Para cuando terminó de escribir las cosas, la puerta se abrió y Zaira entró con una jaula para gatos y varios rasguños nuevos y sangrantes, “Todo tuyo, Manu”.
Manuel le dio las gracias y miró el transportador que había sido puesto en el suelo. Se mordió el labio y se arrodilló para mirar dentro. Un pequeño gatito de pelaje que variaba entre tonos amarillos y anaranjados estaba hecho una bolita contra la parte trasera de la jaula.
Era un gato ¿inusual? Manuel no había pasado mucho tiempo cerca de ningún gato como para estar familiarizado con ellos, pero estaba seguro de que no tenían una expresión de enojo y fastidio en su rostro. O al menos no tan evidente como la del gatito frente a él.
Su pelaje es de un color amarillo tan intenso que casi se camufla con las franjas de pelo naranjas que adornan su cuerpito como si de un tigre se tratase. En el cuello, la punta de su cola y en sus patitas predomina el color blanco, como si tuviera botitas, y el pensamiento hizo enternecer al ojiverde. Además, parecía tener algunas manchitas marrones al rededor de su hocico, casi como si fueran pequeñas pequitas.
El gato volvió sus ojos rasgados color marrón hacia Manuel y se puso de pie para caminar la corta distancia hasta la puerta del transportín y mirar a su nuevo dueño.
“Hola cosita. Todavía no pensé un nombre para vos, pero ya se me va a ocurrir uno” sonrió “¿O te gustaba Mosca?, Sos muy chiquito, mejor… ¿lauchita?”.
El gato gruñó, y Manuel juró que la expresión de fastidio en su rostro se acentuó aún más. No pudo evitar pensar que, de tener cejas, ahora estaría frunciendo el ceño.
“Mmm… ¿Qué hay de Mosquito? ¿Te gusta? O puede ser Moski, es más dulce”.
El pequeño felino siseó, parándose sobre sus pequeñas patas para arquear su espalda y dejar que su cola se erizara.
Manuel sonrió nuevamente y agarró la jaula, cargando a su nueva mascota hasta el auto. “Está bien, Moski, vamos a pasar por el centro así puedo comprar tus cosas en alguna veterinaria, ¿está bien?”.
Un siseo fue su única respuesta. Se mordió el labio inferior con cierto nerviosismo, tamborileando sus dedos sobre el colgante mientras esperaba que la luz del semáforo cambie. ¿Y si el gato era tan malo con él como lo había sido con Zaira? sacudió la cabeza para alejar aquel pensamiento. El gatito seguramente sólo necesitaba atención y amor. Eso debía de ser todo.
Llevó el transportín de Moski dentro del negocio y sin rumbo específico buscó las cosas en su lista. Moski siseó a todo lo que pasaba frente a él e incluso a los niños curiosos por el lindo gatito en la jaula para gatos.
Manuel trató de no fijarse demasiado en eso, y se frenó frente a un aparador con distintos collares con cascabeles. Buscó alguno en color rojo y blanco, pero solo había lisos, por lo que terminó eligiendo uno rojo. Ya iba a tener tiempo después para buscar algo referente al club de sus amores con lo que vestir a su nueva mascota.
Manejó hasta su casa y colocó la jaula adentro antes de bajar todas las cosas que estaban en el baúl del auto y comenzar a acomodarlas. La caja de arena se fue al lavadero, tendría que dejar la puerta entreabierta para que Moski pudiera entrar y salir cuando quisiera, al menos hasta que pueda instalar una puertita. La cama y el plato de comida y agua se fueron a la pequeña alfombra que colocó cerca de la cocina. Esparció los juguetes en el área y sonrió ante su trabajo bien hecho, orgulloso del resultado logrado.
Ahora todo lo que quedaba era atarle el collar a Moski y dejarlo explorar su nuevo hogar. Agarró la cinta roja, se sentó frente a la jaula y con calma la abrió. Ya se podía oír un siseo en el interior cuando metió la mano lentamente y agarró al gatito. Deslizó la bola de pelusa en su regazo y con cuidado ató el collar alrededor de su cuello, “¡Ahí está, Moski!” el gatito le respondió mordiéndole muy fuerte el dedo y corriendo a esconderse debajo del sillón.
Manuel frunció el ceño levemente, pero pensó que eventualmente saldría de allí abajo. Guardó la jaula para gatos y se dirigió a la cocina para prepararse algo de comer. Ya que era fin de semana, sería libre de dormir hasta tarde y desayunar viendo la Premier, además de pasar el día tirado en el sillón y hacer que el gatito lo conociera mejor.
Terminó su comida y arrojó el plato sucio a la pileta de la cocina, para luego dirigirse al living, consciente de los ojos color marrón observándolo cuidadosamente desde debajo del sillón.
El hincha de River Plate encendió la televisión y se sentó en su sillón favorito para ver el partido de la Libertadores que estaban pasando. Su club había quedado eliminado ya de la competición, por lo que no le interesaba demasiado, así que no ponía mucha atención al grupo de hombres corriendo por la cancha. Además, su mente seguía pensando en el gatito que lentamente salía de abajo del sillón.
Manuel vio como finalmente Moski salió de su escondite y cruzó la habitación para encontrar su plato de comida.
Se rió levemente y se preguntó si Moski estaría interesado en uno de esos nuevos juguetes. El morocho agarró un palito de plástico con un ratón en el extremo del elástico y lo tiró. El gato miró a su alrededor, pero sus ojos se posaron en el juguete y su impulso de perseguirlo entró en acción.
Sus ojos miraron hacia arriba y notó que Manuel sostenía el objeto y, vacilante, volvió a mirar el ratón de juguete que se movía. El instinto de cazador se activó y saltó sobre el juguete aferrándose a él. El chico se rió, lo que sobresaltó al gatito, haciendo que corra y se escondiera detrás de su gran cama con almohadas.
El morocho solo volvió a reír “No te voy a lastimar, Moski”.
El gato solo atinó a asomar la cabeza sobre su almohada, mirándolo con desconfianza para luego volver a esconderse.
Los siguientes días los pasó exactamente así. Manuel podía persuadir a Moski con comida, pero rara vez llegaba a acariciar a su nuevo gatito sin perder sangre.
Lavó la nueva incorporación debajo de la canilla y miró al gatito “Ay Moski… ¿Qué voy a hacer con vos? Ya rompiste mis cortinas… ¡Y mirá! ¡Otro rasguño! ¿Estoy haciendo algo mal? ¿Te lastimé o no te presté suficiente atención? Perdonáme, no puedo estar acá todo el tiempo, tengo que trabajar para poder comprar tu comidita”.
El gatito solo lo miró.
Manuel vendó la herida en su brazo y sonrió, “Pero no te preocupes, esta…” fue interrumpido por su teléfono. Lo sacó y frunció el ceño ligeramente al ver el nombre de su ex pareja en la pantalla.
Decidió no dar muchas más vueltas y atender a la llamada.
“¿Hola? Bueno… no mucho, solo… no… um… claro… Está bien. Sí… ¡Ya voy para allá!”. Pulsó el botón de finalizar la llamada y sonrió al gatito curioso. “¡Adiviná qué, Moski! ¡Me volvió a llamar! ¡Quiere que nos veamos en nuestro restaurante favorito! ¿Será que quiere que volvamos a intentarlo?” Moski lo observó correr a la habitación para vestirse.
Poco después, el chico de grandes ojos verdes se fue. Moski se sentó y miró alrededor del gran departamento vacío. En realidad, no había mucho que hacer, excepto torturar a su humano, Manuel.
Su nuevo humano… el gato miró fijamente al suelo. Su anterior humana fue una idiota y lo delató. Ahora, ¿cómo iba a volver a ver a su mejor amigo?
El gatito caminó hacia su plato de comida y masticó algunas de las croquetas en forma de pez, pero en realidad no tenía hambre. ¿Quién diablos era la persona con la que el chico había hablado por teléfono? ¿Y por qué se llevó a Manuel uno de los días que el humano no tenía que trabajar?
De acuerdo, a Moski no le gustaba su nuevo humano, ¡pero seguro que lo necesitaba para sobrevivir! Y ayudó que el chico fuera más amable y no tuviera un perro enorme y aterrador. Baulo se llevaba bien con los perros -o con cualquiera en general- pero él no.
Resopló y miró las cortinas destrozadas. ¡Manuel ni siquiera le había gritado por eso! Vivir en este lugar iba a ser pan comido. Se dirigió a su gran almohada y rodó sobre la tela hasta que se puso cómodo y el sol se extendió perfectamente sobre su costado, luego se durmió.
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