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Ars Goetia

Summary:

Lo que empezó como la curiosidad de Rin por los libros de magia negra en la biblioteca de Sae acabó invocando a un demonio… que terminó eligiendo quedarse a su lado.

Work Text:

Cuando en el reino surgían pequeños problemas, nadie tenía prisa por acudir a los magos de la corte que vivían en las afueras del pueblo, pero aquel día el caso tenía una importancia especial. Tras discutirlo todo de antemano con el consejo y sopesar los pros y los contras, el rey llegó a la conclusión de que tendría que soportar su arrogancia y condescendencia, ya que se trataba de un artefacto hallado por casualidad durante una de las expediciones. Había llegado al reino hacía muy poco tiempo y ya había logrado abatir a dos sirvientes y a un soldado que lo transportaba. Los magos del castillo no tenían grandes conocimientos de lenguas antiguas y no consiguieron descifrar la inscripción grabada en la copa.

—Mandad un mensajero a los hermanos Itoshi —suspiró el rey, preparándose para soportar su presencia.

Pero ellos ya sabían de antemano que se les esperaba en el castillo, pues en su momento Sae había colocado un hechizo de escucha en un par de habitaciones, ya que no confiaba demasiado en las decisiones del rey y no tenía intención de mudarse de casa por culpa de los errores de otro.

—Rin, abre la puerta, estoy ocupado —dijo Sae sin apartar la vista de los viejos manuscritos de magia oscura que había obtenido unos meses atrás y que no dejaba que nadie tocara.

—Ya podrías haber establecido una conexión con el salón del trono y dejar de hacer que la gente venga hasta aquí —respondió Rin, levantándose a regañadientes de la silla.

—Si lo hiciera, el número de peticiones podría aumentar, y así al menos tienen tiempo de pensar antes de venir.

—¿Y quién va a ir entonces al castillo? Yo, por cierto, llevo toda la semana ocupándome de los asuntos de la ciudad durante tu escapista ausencia en la biblioteca, resolviendo problemas con las plagas en los huertos, los hornos de la cocina y el moho. Así que ya he gastado la cantidad necesaria de maná, mientras tú te has quedado en casa todo el tiempo; así que ahora te toca a ti.

La pluma se detuvo un instante en sus manos.

—Está bien, yo iré.

Rin abrió la puerta y, sin dejar hablar al mensajero, anunció que Sae saldría enseguida. Itoshi terminó de escribir la última frase, guardó los libros y cerró la puerta de la biblioteca detrás de él, colocando un sello para que su hermano no sintiera la tentación de entrar a curiosear los manuscritos. Sacó de un armario una capa larga y otra corta que se puso encima; las ondas del tejido, decorado con un motivo dorado, cayeron hasta el suelo. Rin solo puso los ojos en blanco ante aquellas solemnes preparaciones que hacía únicamente por apariencia. Todo el atuendo lo habían comprado en el extranjero gastando la mitad de sus ahorros.

—Me enteraré si entras en la biblioteca —dijo Sae con severidad antes de salir.

La advertencia pasó por encima de la cabeza de Rin, como muchas otras, y en cuanto su hermano desapareció de vista intentó romper el sello. Como la idea estaba condenada al fracaso desde el principio, se valió de otros métodos, uno de los cuales al final funcionó. Le quedaban un par de horas para copiar los libros mientras Sae se ocupaba de otro de los problemas del reino. Además, tenía en cuenta que podrían cargárselo con más peticiones si habían logrado atraerlo al castillo.

Sae había vivido en la corte desde muy joven, cumpliendo encargos, aunque siempre iban acompañados de comentarios punzantes y miradas altivas hacia quienes los pedían. En su opinión, la gente podía hacer muchas cosas con sus propias manos, pero era perezosa y acudía a la magia. Incluso antes de cumplir la mayoría de edad se mudó a una casa fuera de la ciudad y se instaló allí con Rin, que desde pequeño lo observaba regañar al rey para obligarlo a pensar diez veces antes de llamarlo, pues cualquier asunto debía ser realmente serio: en el castillo había otros magos especializados en cosas menores, “formados” y no de sangre, como los hermanos Itoshi. Incluso si hubieran querido, no podrían haberse convertido en otra cosa.

Durante un tiempo en la corte pensaron que no les quedaba mucho por sufrir, que pronto Rin crecería y sería más dócil. Qué equivocados estaban. Si Sae podía limitarse a mirar por encima del hombro y pronunciar unas pocas palabras, Rin en su primera petición se enfureció tanto que su poder mágico se descontroló, escapándose y empeorando aún más la situación, lo que obligó a llamar a Sae para recibir un sermón. En casa ya no le regañó, sino que compró pastelillos en la tienda y celebró el primer encargo de Rin, aunque no hubiera salido perfecto.

Los hermanos no contaban a nadie que a menudo tenían que ayudar para gastar su poder mágico, pues si superaba el nivel normal en el cuerpo, eso afectaba negativamente su salud, los dejaba débiles y enfermos. Por eso usaban su magia para ayudar a los ciudadanos, recibiendo a cambio alimentos, libros o dinero.

Cuando Sae regresó a casa, Rin ya había copiado la mayor parte de los libros, dejando aparte aquellos escritos con un cifrado dracónico demasiado intrincado, y ahora estaba en la cocina preparando la cena. Ambos actuaban como si Rin realmente hubiera obedecido la orden de “no entrar en la biblioteca” y como si Sae no supiera nada de lo sucedido en su ausencia. Aunque a menudo le dejaba pasar estas cosas, esperando que Rin aprendiera por las malas y luego viniera a confesar (como solía pasar). Normalmente los errores tenían que ver con hechizos mal leídos, experimentos para simplificar runas o mejorar hechizos; una vez Sae despertó en un silencio absoluto. Otra vez, antes del cumpleaños de Sae, Rin logró conseguir en la ciudad un artefacto de invocación durante uno de los encargos y decidió sorprender a su hermano con un regalo, provocando que Sae pasara casi todo un día aclarando asuntos con la guardia de las fronteras y la burocracia, explicando que invocar a un dragón del país vecino no significaba preparar una defensa militar. Aunque en esa confusión Sae aprovechó para hablar con la criatura sobre hechizos actuales y correcciones en viejos libros.

Esta vez de Rin no se oyó nada durante toda una semana, pues pasaba cada minuto libre encerrado en su habitación o escondido en la glorieta del jardín, donde cultivaba todo tipo de flores y experimentaba con pociones. Pero Sae sabía que aquel silencio no duraría, porque al principio Rin quería resolver sus problemas solo, pero luego la impaciencia lo vencía y venía a sentarse a su lado, quedándose callado largo rato. Esta vez no fue diferente: Sae estaba en la biblioteca cuando alguien llamó a la puerta y entró sin esperar. Rin se sentó a la mesa, apoyó la cabeza en el puño y observó la pluma en manos de su hermano.

—¿Y bien? —preguntó Sae sin levantar la vista del pergamino.

—¿Qué escribes?

—Rituales para separar entidades parásitas. —Una sonrisa fugaz cruzó su rostro—: Me preparo para tu mayoría de edad.

—Perfecto. ¿Y qué más?

—¿Ya olvidaste cómo leer los manuscritos antiguos?

—¿Cómo voy a saber sobre estos en concreto?

—¿No fuiste tú quien hace una semana, mientras yo estaba en el castillo, se convirtió en lagartija y se coló en la biblioteca por el agujero que pensaba reparar más tarde? —Rin gruñó en respuesta, pero no dijo nada—. Y, por cierto, ¿qué era esa cosa peluda que te salió?

—Con plumas. ¿Por qué tengo que usar animales reales para mis transformaciones? ¿Qué más da?

—Que esas transformaciones ya se han estudiado y se conocen sus debilidades; cosa que no puede decirse de tu última creación: alas desproporcionadas a la masa corporal, patas no adaptadas al vuelo, distinta estructura ósea, sistema respiratorio inestable, cola vestigial…

—Ya entendí.

Discutir con Sae sobre reptiles voladores era una idea perdida desde el inicio, pues una vez incluso realizó una investigación entera sobre ellos, desapareciendo del país un tiempo y haciendo que el rey se preocupara.

Cuando guardaron silencio, Sae volvió al trabajo y Rin apoyó la cabeza en la mesa para seguir observando. Después de un rato se aburrió terriblemente y conjuró un minúsculo gato del tamaño de un dedo. El animal se estiró y lo miró con atención. Rin pronunciaba en voz baja hechizos adicionales, obligándolo a ejecutar órdenes y cambiando propiedades de su cuerpo.

—Sae, ¿puedes revisar el portal que dibuje?

—Sabes que leer sobre magia negra es una cosa, pero usarla es otra.

—Fuiste tú quien dijo que la magia es neutral.

—Sí, pero la gente que la usa puede no serlo.

—Necesito práctica, por eso vine a ti y no lo hice solo.

—Gracias por eso, pero no vamos a desgarrar el espacio con portales todavía. Tal vez estudiemos otra cosa.

—Pero se me dan muy mal las invocaciones, así que quiero entrenarlas.

—No hace falta recurrir a manuscritos antiguos para eso.

—Voy a invocar igual, contigo o sin ti.

Sae suspiró profundamente.

—Está bien, adelante. Yo estaré cerca y observaré. —Y apenas Rin se levantó, añadió—: Solo afuera.

Tras despejar un espacio, Rin dibujó los símbolos copiándolos del libro bajo la mirada de su hermano, y cuando estuvo listo, se colocó ante el pentagrama y empezó a leer en voz alta el largo conjuro.

—Gata-aal —lo interrumpió Sae—, alarga la vocal, si no cambia el sentido. Necesitas un ritmo preciso y melodía, es una canción de varias capas. —Pronunció unas palabras y borró lo que Rin había grabado ya en el círculo—. Empieza de nuevo.

Otra vez las líneas fluyeron, levantando el ceño de Sae, pero sin interrumpirlo. La invocación falló, el círculo no se encendió.

—Te dije que no te apresuraras. Sigue mis palabras y repite. —Como un director, marcaba pausas, acentos e intonaciones, cincelando una armoniosa canción a dos voces.

Cuando la fuerza mágica comenzó a drenar, se hizo claro que el conjuro había funcionado: los símbolos brillaron y convirtieron el círculo en un agujero negro del que salió una mano con garras, luego otra, y finalmente un demonio entero.

—Uf, qué difícil fue llegar, en el infierno nunca arreglan las escaleras. —Gotas de fuego rosado chisporroteaban aún en su pelo corto y en su cola—. ¿Qué se les ofrece?

Rin, manteniendo una calma exterior ante el visitante, cerró el libro con cuidado.

—Era práctica. Puedes volver.

—¿Así de simple? —preguntó el demonio, moviendo la cola de un lado a otro—. ¿Ni siquiera un pequeño contrato?

—Ya has devorado suficiente poder mágico —respondió Sae y, dirigiéndose a Rin, añadió—: No puede salir de la casa y desaparecerá como los demonios comunes en veinticuatro horas, así que no hace falta cerrar el portal. Si descubro que firmaste un contrato con él a mis espaldas —y lo descubriré— te pondré un sello de silencio y te paralizaré un par de días.

—Vaya, qué intensidad se traen aquí. ¿Y esas ataduras valen para todos? —se metió de inmediato el demonio en la conversación.

—Puedes irte ya. Nadie te retiene.

—Me quedaré aquí un rato, esto es más interesante que el camino de vuelta.

Durante las dos horas siguientes, el demonio —a quien ni siquiera se habían dignado a preguntar el nombre— recorrió la casa y el jardín. Cuando intentó entrar en la biblioteca, la puerta se cerró frente a él: a Sae le había bastado con que lo interrumpieran una vez. Entonces se fue a la glorieta y, colgándose del tejado, observó el entrenamiento del joven mago, que hacía todo lo posible por ignorarlo.

—Puedo darte la capacidad de entender y leer todos los idiomas —dijo tras observarlo recurrir una y otra vez al diccionario—. O permitirte conocer todos los hechizos sin estudiarlos. ¿Quieres?

—Mira, déjame en paz, solo me desconcentras.

—Firma un contrato conmigo y no tendrás que sufrir así.

Pero Rin volvió a ignorarlo, refugiándose en otra parte de la glorieta y cerrándose con una pared de hiedra.

—Qué fastidioso es este juego suyo de esconderse —bufó el demonio, trepando al tejado de la casa para tumbarse en las tejas y calentarse al sol.

No bajó hasta la noche, y solo cuando los hermanos estaban en la cocina se coló por la ventana y observó a Sae asar carne y a Rin cortar ensalada. Aspiró el olor que venía del horno y sonrió sin poder evitarlo.

—El que no haya trabajado no va a comer —advirtió Rin.

—Pero si ustedes no aceptan mi ayuda, ¿cómo esperan que contribuya? —respondió el demonio con una sonrisa burlona—. Y ni siquiera me han preguntado mi nombre.

—Te pasaste ofreciendo contratos, no ayuda.

—Una cosa no impide la otra.

En medio de la disputa robó un par de rodajas de tomate, pero antes de que Rin tomara el cuchillo, Sae intervino:

—Por ahora solo podemos tener un trueque. Si quieres cenar con nosotros, aporta algo de igual valor.

—Puedo hacer una tarta de higo de arena y mangostán aterciopelado.

—No tenemos esos ingredientes aquí, y en la ciudad cuesta conseguirlos por problemas de transporte —explicó Rin.

—Nos queda solo arándano lunar, puedes usar eso —añadió Sae.

—No será necesario.

El demonio colocó ambas manos sobre la mesa y con un hechizo silencioso teletransportó una cesta entera de frutas, lo que hizo que ambos magos fruncieran el ceño con suspicacia.

—Técnicamente no he salido de la casa —sonrió.

En ese instante Sae comprendió que no era un demonio menor y que en un día no desaparecería. Por otro lado, ante él se abría una ventana de posibilidades gracias a la capacidad de teletransportar objetos, magia borrada hacía siglos de los manuscritos.

—Si la tarta está rica, nos presentaremos formalmente.

—Por supuesto —el demonio sonrió y su cola se movió con alegría—. Por cierto, me llamo Ryusei.

Tal como Sae suponía, incluso después de cinco días, Shidou no se evaporó y siguió preparando postres para ellos, consiguiendo ingredientes cada vez más variados, incluyendo hierbas que Sae necesitaba para pociones y rituales. Ryusei entraba a veces en la biblioteca, repasaba las estanterías, quitaba el polvo, regaba las plantas y observaba el trabajo de Itoshi, que, al dejarle las tareas domésticas, se sentía mucho más libre y dedicaba más tiempo a traducir y estudiar nuevos manuscritos.

—Ya vamos por la segunda semana. ¿Vas a pensar en un contrato conmigo?

—¿Ya no molestas a Rin con eso?

—Me temo que no nos llevamos bien —sonrió Ryusei, colocándose detrás de Itoshi y abrazándolo—. Pero tú sí sabes cómo usarme.

La pluma continuó deslizándose sin detenerse sobre el papel.

—Quita las manos o volveré a paralizarte como la última vez.

—Eso ya no tiene gracia —respondió Shidou con voz suave, frotando su mejilla contra su cabello—. ¿Algo nuevo que me ofrezcas?

Sae se detuvo y lo tomó de la muñeca. Al instante todo a su alrededor se sumió en la oscuridad. Ryusei intentó distinguir alguna silueta, pero no había nada. Comprendió entonces que había perdido la vista por completo. Quiso decir algo, pero tampoco podía hablar. Ni siquiera se oía el rasgueo de la pluma: lo único audible era el latido sordo de su corazón.

Un vacío absoluto, del que no había dónde aferrarse… pero en cuanto intentó escapar, sintió los dedos firmes de Sae en su muñeca, manteniéndolo en su sitio. Esa conciencia disipó la angustia del silencio y, con la pérdida de visión, sus sentidos físicos se intensificaron. Sae no lo lastimaba, no lo asustaba ni se burlaba: solo le ofrecía algo nuevo, extraño, irresistible. En el infierno existían incontables torturas, pero ninguna lo había hecho querer quedarse.

Sintió cómo Itoshi tiraba de su muñeca, guiándolo hacia un lado. Ryusei obedeció. Entonces Sae presionó con el pulgar la parte interna de su antebrazo y deslizó hacia abajo, obligándolo a arrodillarse. Shidou no controlaba ya su cola; Sae, en cambio, veía cada emoción reflejada en su movimiento.

Sae se sorprendió a sí mismo contemplando la figura arrodillada del demonio: sus hombros relajados cubiertos por una chaqueta cortada, las cuentas alargadas de su collar y los brazaletes del mismo tono. Su pecho desnudo se alzaba lentamente con un ritmo concentrado, atento a cada gesto del mago. Itoshi pasó lentamente una uña sobre su piel morena, dejando una fina línea blanca como una cicatriz. La cola se agitó con más fuerza, chocando con estanterías y la mesa. Pero Sae soltó su muñeca, devolviéndole los sentidos.

—Un pequeño deseo cumplido por un buen trabajo —dijo, volviendo a sus libros.

—Quiero firmar un contrato contigo —respondió Ryusei sin levantarse del suelo—. Sin condiciones.

—Un contrato no puede firmarse sin ellas.

—Entonces que sean insignificantes.

—Ordena el desván y prepara algo inusual para la cena —sonrió Sae, pagándole con su misma moneda—. Si me gusta, lo pensaré.

—Si te gusta, firmaremos el contrato.

—Tal vez.

Shidou se esmeró más de lo habitual, sin imaginar que Sae no hacía promesas vacías y que ya había tomado su decisión días atrás. Después de una cena magnífica, Itoshi anunció el contrato, recibiendo la mirada incrédula de Rin y la exultante de Ryusei.

Había preparado el documento de antemano, escribiendo incluso la parte de Shidou: prometía dedicarle tiempo —había notado su fuerte necesidad de contacto físico— cumplir pequeños deseos que no perjudicaran a los hermanos, y otras cláusulas pensadas con cuidado. El demonio lo leyó detenidamente y quedó satisfecho: ahora podía viajar entre mundos, salir de la casa y usar su poder plenamente.

Apenas obtuvo su libertad jurídica, se transformó en pájaro y surcó el cielo fuera del jardín.

—Y a mí me dijiste que ni lo pensara —murmuró Rin con una sombra en los ojos.

—No tendrías suficiente poder para sostener ese tipo de contrato —respondió Sae mientras removía miel en su té—. Aunque lo firmé yo, funcionará para los dos: tú también podrás darle órdenes. No creo que haga distinciones.

Tras recorrer la ciudad y oír todos los chismes, Ryusei volvió al atardecer con impresiones nuevas y unos pergaminos que dejó sobre la cama de Sae como recuerdo, antes de sentarse en un sillón cerca y empezar a contar todo lo que había visto, reflexionando sobre cómo habían cambiado los países, reinos, costumbres, agricultura y ganadería desde su última invocación. Itoshi lo escuchó con atención, corrigiendo algunas deducciones, y luego apagó la luz.

—Buenas noches, Ryusei —dijo Sae y, antes de que el demonio pudiera subir a la cama, añadió—: Dormirás en el suelo. Te puse una almohada y una manta. Es el punto medio entre no querer que duermas en el desván ni en el trastero, y no querer dejarte subir a la cama.

En la oscuridad se oyeron quejidos y casi un gruñido, pero Shidou acabó acomodándose en su nuevo rincón y calló.

—Dulces sueños, amo.

Sae creyó percibir una sonrisa en sus palabras, pero no le dio importancia. Al día siguiente lo esperaba un pequeño viaje a otra ciudad por asuntos personales. No tenía prisa, después de dos semanas continuas en compañía de Rin y Ryusei, Itoshi estaba dispuesto incluso a una misión diplomática del rey, quien de vez en cuando insinuaba enviarlo al país del norte.

Después del desayuno, Sae tomó solo su capa y algo de dinero y salió. El demonio quiso acompañarlo; incluso se transformó en hurón y se escondió en su bolsillo interior, pero Sae lo sacudió fuera.

—Si quieres que vuelva pronto, consigue un caballo para mí.

—Yo puedo convertirme en uno.

—Hablarías demasiado, y eso cansa.

—¿No puede teletransportarte? —preguntó Rin, que no estaba encantado con la idea de quedarse solo con Shidou.

—No puedo teletransportar humanos, solo demonios, incluido a mí mismo.

El tiempo apremiaba y Sae no quería escucharlos más. Se puso el capuchón y desapareció sin dejar rastro. Aunque, en realidad, era solo invisibilidad perfeccionada, sin dejar huellas mágicas. Necesario para que nadie supiera que el mago principal del reino estaba ausente. Tampoco usaba su magia durante el viaje, ocultando por completo su presencia y suprimiendo el flujo interno de maná.

Durante su ausencia, Rin y Shidou alcanzaron un inesperado acuerdo tácito: el demonio hacía la vista gorda cuando Rin entraba en la biblioteca a practicar, e Itoshi lo hacía cuando Ryusei dormía en la cama de su hermano sin permiso —siempre por encima de la colcha— y traía cada día flores frescas de otros países, llenando la habitación hasta que, para el regreso de Sae, la cama parecía una isla en un mar floral, sobre la cual Shidou dormía hecho un ovillo.

El demonio fue el primero en sentir la llegada del mago y se plantó ante la puerta. Le parecía que en una semana sus sentidos se habían agudizado, pero en cuanto Sae se quitó el capuchón y saludó con un leve gesto, Ryusei se tensó. Algo en los movimientos del mago, en su estado, estaba mal, aunque podía percibir perfectamente el enorme caudal de poder circulando en su interior.

—¿Cómo te fue el viaje? ¿Trajiste recuerdos? —preguntó Shidou acompañándolo a casa.

—Hazme té. —Colgó la capa y, sin quedarse en la cocina, se encaminó a su habitación—. ¿Dónde está Rin?

—En el desván, montando un despacho.

Sae abrió la puerta y se topó con las flores. Las observó un rato y luego avanzó hacia el sillón, dejándose caer pesadamente.

Cuando el té estuvo listo, Ryusei lo dejó en la mesilla y se quedó contemplándolo con interés, mientras el mago cerraba los ojos.

—¿El viaje fue tan agotador? —preguntó el demonio, tocando suavemente su mano.

—Nada de eso.

—La próxima vez iré contigo —dijo Shidou, sentándose en el suelo junto al sillón y apoyando el mentón en la rodilla de Itoshi, mirándolo desde abajo—. Has violado un punto de nuestro contrato y no he recibido la cantidad adecuada de contacto físico.

—No te morirás —respondió Sae sin abrir los ojos, levantando la mano apenas para acariciar el cabello de Ryusei.

El demonio apoyó la cabeza en su regazo y se frotó la mejilla contra él.

—Podría quedar muy debilitado y no cumplir tus órdenes.

—¿Ahora sí estás contento? —sonrió apenas Sae—. Entonces intenta absorber parte de mi energía. Será difícil: la concentración de maná es tan alta que ha bloqueado los conductos y se ha estancado sin circular.

—Solo necesitas seguir tocándome. Por el contrato, en un rato nuestras fuerzas entrarán en resonancia —la cual se quebró estos días— y podré absorber parte de tu magia, equilibrándola con la mía.

Shidou se acomodó mejor, sintiendo cómo los dedos de Sae recorrían su cabello claro y, a veces, las falanges rozaban su mejilla, haciendo que estirara el cuello, ofreciéndolo también a las caricias, cerrando los ojos.

El proceso empezó solo dos horas después, cuando Sae notó que su poder comenzaba a fluir lentamente. Aún era insuficiente. Cuando Rin pasaba por el pasillo y miró dentro, vio a Sae dormido en el sillón con la mano sobre la cabeza del demonio. Itoshi se acercó y puso la mano en la frente de su hermano. Ardía.

—Llévalo a la cama —susurró Rin y se fue a la cocina a preparar un brebaje de hierbas como los que su madre les hacía de niños.

Ryusei teletransportó todas las flores al jardín y puso Sae en la cama. El mago se despertó de repente y luego se durmió. Rin apareció con la medicina y encendió varias velas, esparciendo su humo.

—¿Eso es para expulsar criaturas malignas? —sonrió Shidou.

—Para ahuyentar preguntas estúpidas. Vamos, debe descansar.

—Me ordenaron quedarme.

Rin entrecerró los ojos, pero no preguntó nada y cerró la puerta. Shidou subió lentamente a la cama, comprobando si le estaba permitido, y al ver que Sae no lo detenía, se metió bajo las mantas y, como un gato, se acurrucó contra su pecho, donde ardía la fiebre.

Oía el latido regular, sentía la respiración caliente en su pelo y se relajó sin darse cuenta, enroscando incluso la cola alrededor de sus piernas antes de quedarse profundamente dormido. Tanto que no oyó cuando Rin lo llamó.

Sae despertó primero, sintiendo el calor y los brazos que lo rodeaban. En la puerta Rin dormitaba apoyado en el marco.

—¿Qué hora es? —preguntó Itoshi.

—Amanecer.

—¿Por qué no estás en tu cama?

—Traje más infusión, pero Shidou levantó un escudo mientras dormía y no pude entrar. —Calló la parte en la que la vibración mágica lo había asustado: una oscuridad envolvente emanaba del demonio. Rin comprendió ese día lo peligroso que era.

—Supongo que lo hizo instintivamente. Ve a dormir, ya estoy mejor.

Cuando la puerta cerró, Sae acarició con delicadeza el cabello de Ryusei. El demonio, medio dormido, se aferró más, como si temiera soltarlo. Sus dedos se deslizaron hasta el cabello corto de la nuca y recorrieron la columna hasta el inicio del cuello.

Los libros decían que los demonios rara vez se apegaban a sus amos, porque por naturaleza anhelaban la libertad, pero había excepciones que aceptaban contratos más profundos, dejándose atar más allá de los papeles.

Bajo la mirada de Sae, Shidou respiró hondo y, despertando, levantó la vista hacia él.

—¿Te sientes mejor?

—Ryusei, ¿alguna vez querrías llevar un collar?

El demonio se espabiló al instante, expulsando el sueño, y una sonrisa expectante no burlona, sino sincera apareció en su rostro.

—Solo si viene de ti, amo. —Ya no era una provocación: era una declaración que tocó algo en Sae.

Una chispa peligrosa recorrió su interior, no para avivar un fuego, sino para extender un calor bajo la piel, hasta las yemas de los dedos que se deslizaron por la mejilla del demonio hasta su cuello.

—En un contrato siempre hay escapatorias. Pero un collar no podrás quitártelo hasta mi muerte —dijo Sae mirándolo fijamente—. Y no pienso morirme.

Shidou clavó sus garras en la tela de su ropa y se lamió los labios resecos.

—Entonces lo llevaré para siempre —sonrió Ryusei, sintiendo la mano del mago cerrarse sobre su cuello.