Chapter Text
Despertar con un suero en el brazo y en bata no era lo que esperaba cuando me fui a dormir ayer.
Tampoco esperaba el pitido constante de un monitor cardíaco, el olor a desinfectante barato ni la sensación de estar hecha puré. Literalmente: me dolían las piernas, la cabeza retumbaba y mi garganta nunca había estado tan seca en toda mi vida.
—¿Sara? ¿Puedes oírme?
Ah. Mi nuevo nombre o el viejo. A estas alturas, no estoy segura.
Desde que desperté, todos me llaman así.
Intenté hablar, pero mi garganta se rebeló como si llevara semanas sin usarse. Emití un sonido entre "ugh" y "¿qué carajos?", que pareció bastar para que el tipo con bata blanca anotara algo en su tabla.
—Todo bien, parece que estás estable. Estuviste inconsciente un par de días. Tuviste suerte de sobrevivir al incendio.
¿Incendio? ¿De qué rayos está hablando el doctor?
Fruncí el ceño, o eso intenté. Mi cara apenas obedecía. ¿Incendio? Yo recordaba... bueno, en realidad, nada. Solo un calor intenso, una oscuridad abrumadora y luego este despertar absurdo en un cuerpo más joven.
—Hubo un cortocircuito en la instalación eléctrica de la casa —continuó el doctor, como si estuviera dando el parte del clima—. El fuego se propagó rápido. Dijiste que estabas en el segundo piso cuando los bomberos te encontraron. Te sacaron casi inconsciente. Fue un milagro, honestamente.
—No lo recuerdo —murmuré, y no estaba del todo mintiendo.
El doctor me dio una mirada preocupada. De esas que uno ve en series médicas antes de que lancen una palabra como "trauma" o "daño neurológico".
—Es posible que por el momento tengas amnesia selectiva —explicó con ese tono neutral de quien intenta no alarmarte, pero ya te alarmó.
Amnesia selectiva.
Asentí muy despacio, más para que me dejara de mirar como si fuera a romperme que porque realmente lo entendiera.
—No te preocupes —añadió—. Es común en situaciones de alto estrés. Puede que recuperes los recuerdos poco a poco, o tal vez tu mente los bloquee para protegerte. Por ahora, lo importante es que estás estable y fuera de peligro.
Cuando se fue el doctor, empecé a notar ciertos detalles.
Mis manos eran más pequeñas de lo que recordaba.
Los dedos, más delgados, las uñas cortas y algo mordidas.
Busqué con ansiedad una cicatriz que tenía en el tobillo derecho —una que me hice cuando tenía ocho años al caerme de una bicicleta—, pero no estaba.
Nada.
Con esfuerzo, me senté al borde de la cama, ignorando la punzada en las costillas. Me pare de la camilla con cuidado, y caminé hasta el baño arrastrando los pies.
Al encender la luz y alzar la vista al espejo, me detuve en seco.
No me vi a mí misma.
Era otra chica.
O mejor dicho... una niña.
Quince años, tal vez. Cabello más largo y oscuro, la piel más clara, ojos grandes, aún brillantes, sin las ojeras eternas de las noches sin dormir por trabajos, deudas o decisiones sentimentales desastrosas.
No era yo.
Y, al mismo tiempo... lo era.
Me sostuve del borde del lavabo, respirando con dificultad. No por el dolor físico, sino porque por primera vez desde que desperté lo comprendí de verdad:
Me reencarné.
Y lo que fuera que esté pasando, no era un sueño, ni una alucinación.
Era real.
Y estaba en el cuerpo de una adolescente que ya tenía su propia vida, su propio pasado, sus propios traumas.
Y ahora yo era ella.
[]
Alguien tocó suavemente la puerta y entró una mujer con expresión de pésame oficial. De esas que uno ve cuando te informan que tu perrito murió... o algo peor.
—Hola, Sara —dijo, con voz de profesora de preescolar—. Soy la trabajadora social del hospital. ¿Cómo te sientes?
Mentí con un gesto vago. Ella asintió como si lo esperara.
—Hay algo que necesito decirte. Es sobre tus padres. Ellos... no lograron salir.
Silencio.
No el incómodo.
El pesado. El definitivo.
Mi cuerpo reaccionó antes que yo. Se me llenaron los ojos de lágrimas y el pecho de un vacío que no entendía, pero sentía.
Supongo que eran mis padres, técnicamente. Aunque yo no los conociera, esta niña, este cuerpo... los amaba.
Y dolía.
Dolía feo.
—Lo siento mucho. Sé que es mucho para asimilar. Vas a vivir con tu tío William. Él ya fue notificado. Vive en Forks, Washington.
...
No escuché el resto.
Forks.
No puede ser.
No. Puede. Ser.
Tenía dos opciones:
1. Aceptar que esto era una mala coincidencia y no pensar demasiado.
2. Entrar en pánico porque estaba atrapada en un universo donde los vampiros brillaban, los hombres lobo no usaban camiseta, y el drama adolescente tenía niveles de intensidad bíblicos.
Obviamente, elegí la segunda.
Mi cara debió ser un poema, porque la señora puso su mano sobre la mía con dulzura.
—No te preocupes, es un lugar tranquilo. Lluvioso, pero tranquilo. Estarás segura.
Ajá.
No sé qué era peor: el incendio, la muerte de mis padres, o el hecho de que estaba en una realidad donde probablemente existían vampiros adolescentes con fijación por chicas introvertidas con problemas de autoestima.
—¿Él sabe que voy? —pregunté, sin verdadero interés.
—Sí, viene en camino. Estará aquí por la tarde. Te llevará a casa mañana, si todo va bien con tus exámenes médicos.
Perfecto.
Forks, allá voy.
