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PLACER DESCONOCIDO

Summary:

George lleva ya bastantes años conviviendo con su inmortalidad como vampiro, es por eso mismo que conoce el mayor martirio de su sobrenatural existencia: El hambre. Que bueno que George cuenta con un encantador novio que está dispuesto a ofrecer su sangre para que su queridísima pareja no sufra. Y claro que George se sabe controlar al respecto, ¿verdad?

Work Text:

George cierra los ojos con fuerza, deseando impregnarse del olor que emana de la piel de Richard. Esconda su rostro entre el mentón y el cuello de su amado, mientras que los ojos azules de Ritchie buscan los mejores espacios para depositar besos en la pálida piel desnuda de George.

Richard se mueve, cauteloso. Deposita un beso en el pecho, otro en el hombro, dos en las manos frías y delgadas del contrario. Cuando llega a ellas, entrelaza sus dedos decorados con anillos, lo cual le sirve de apoyo cuando comienza a bajar sus labios a la entrepierna de George.

George gime delicadamente al sentir los labios de Ritchie hacer contacto con su estómago, cerca del ombligo. Richard ríe ante tal música y llega finalmente al miembro erecto.

— Espera... — Musita George, acomodándose, la postura que había elegido Ritchie para llegar a su pene consistía en encogerse casi en toda su totalidad, haciéndo que el otro tuviera que realizar malabares para destapar el cuello de Richard —... Listo.

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Ante la señal de aprobación, Richard comenzó a besar suavemente el miembro, para después lamerlo y finalmente introducirlo en su boca, haciendo acto de succión. Al mismo tiempo, George mordió el cuello de Richard, con la fuerza suficiente para abrir las carnes e introducir sus prominentes colmillos.

Richard gimió ante el dolor inicial, teniendo que apoyarse de una pierna de George. El más alto tomó la cabeza del contrario, tanto para apoyarla entre las almohadas para que no fuera tan doloroso como para darle un poco de ánimo a Ritchie. Pronto el dolor desapareció casi en su totalidad. Ritchie succionaba el miembro de George, mientras el otro succionaba la sangre de Ringo, un ritual que había comenzado a gestarse desde que comenzó formalmente su noviazgo, tal vez incluso desde antes, desde que Richard se enteró de que George era un vampiro.

Desde sus primeros encuentros, hace ya un tiempo, en Habsburgo, en medio del olor del cigarro y el aliento con licor, ambos se tomaban de las manos y huían de las miradas ajenas. Los colmillos de George lastimaban ligeramente los carnosos labios de Ringo, el más alto se disculpaba, comentando que era por genética. Ringo comprendía y volvía a besarlo, mientras acariciaba el cabello castaño oscuro del joven de cejas pobladas y mirada fugaz. Desde ese momento, George quedó enamorado del sabor de la sangre de Ringo.

Como vampiro, uno esperaría que no pidiera permiso, que simplemente en una distracción, lo sedujera a algún escondite y ahí poder succionar toda la sangre del oji-zarco, pero no podía. La sensación de plenitud y tranquilidad que le provocaba en su muerto ser tanta, que tomarla así, sin consentimiento, lo consideraba obsceno. Además, pronto entendió que no era solo la sangre, era el mismo portador.

De alguna forma, Ringo conocía la forma de revivir lo ya muerto con una simple mirada, una sonrisa. Él provocaba que las mejillas pálidas y huecas de George se sonrojaran como hace tanto siglos atrás. Por eso mismo, ese pequeño ritual, donde ambos tomaban algo del otro, era sagrado, tenían una forma de hacerlo, una forma de saber cuándo detenerse.

O algo así.

George soltó sorpresivamente a Ringo, satisfecho, sintiéndose saciado y en total plenitud. Soltó un leve gemido de placer y se recostó en las sábanas, manchándolas un poco de gotitas carmesí que resbalaron de sus labios. Ringo también terminó a tiempo, justo antes de que el miembro erecto eyaculara sobre él. Se irguió con lentitud, también sintiéndose satisfecho con su trabajo.

El más bajo se acercó a gatas a donde yacía su enamorado, recostándose también, semi desnudo.

— Estuvo bien... — Comentó Richard, respirando con dificultad. George salió de su escondite y pegó su rostro en el suave pecho de Ritchie. Le gustaba como sonaba su corazón, era como un reloj. Constante y rítmico. Incluso le recordaba un poco a su trabajo en la batería. Además, nunca se detenía, un placer del cual el corazón de George ya no gozaba.

Richard envolvió a George entre sus brazos, aunque aquel simple movimiento le costó demasiado. Sus extremidades se sentían pesadas. No era raro que se sintiera más cansado de lo normal después de que George se alimentara. Después de todo, la sangre que se tomaba no se regeneraba sola, bastaba con un poco de descanso y comida para que recuperará su vitalidad poco a poco.

— Tu corazón está latiendo más rápido — Comentó súbitamente George, pegándose más contra la piel de Ringo. También se sentía fría.

Richard abrió la boca para comentar algo, pero su voz fue ahogada por un toqueteo constante en la puerta de su habitación del hotel.

— ¡Chicos, vistán sus traseros dormilones porque ya vamos a bajar a desayunar! — Gritó John desde el otro lado de la puerta. Si, otra parte importante del ritual era que generalmente lo llevaban a cabo en la mañana, sin ponerse los trajes para no arrugarlos, y porque así podían ambos recuperar energías con el desayuno.

— ¡Ya vamos! — Contestó George, quejándose un poco por verse obligado a abandonar la seguridad de los brazos de Richard. Tras una corta pataleta, se levantó y comenzó a buscar las camisas blancas y los sacos negros — Ritchie, ¿Dónde dejamos los zapatos anoche?

George rebuscó en el armario de la habitación, esperando a que el más bajo se le uniera en la búsqueda, pero su amado permanecía postrado en cama.

No podía levantarse. Lo intentó con todos sus ánimos, pero su cuerpo se sentía demasiado pesado. George se acercó y lo ayudó, jalándolo de sus brazos, hasta que logró sentarlo. Richard se veía algo desorientado, además de cansado.

— ¿Todo bien? — George se acercó a su pareja, tocándo su frente para saber sí no tenía fiebre. Ringo asintió con tranquilidad, dedicándole una sonrisa agotada al amor de su vida y poniéndose de pie, como para demostrar que el malestar ya había desaparecido.

George lo observó caminar hasta las maletas y sacar una camisa blanca, doblada pulcramente. Se veía sereno, con ese dote de elegancia propio de él y su calidez en sus orbes zafiro. George suspiró, justo a tiempo para que John volviera a tocar la puerta de forma endemoniada.

— ¡Que ya vamos!

 

— No puedo creer que nos hubieras apurado para que al final igual así llegáramos tarde por tu culpa — George hizo movimientos exagerados con sus manos, provocando que John girará sus ojos, enojado. Al final, ya a medio camino, John se había dado cuenta que todavía vestía su pantalón de la pijama, por lo que regresó corriendo a su habitación que compartía con Paul.

— Bueno, tal vez sí ustedes fueran más rápidos... — Comenzó John, pero fue interrumpido por la llegada de Paul y Ringo a la mesa del desayuno. Paul le dió un disimulado pero fuerte pellizco a John, para sugerirle que mejor cerrará la boca y se terminara el pan tostado. Así era el dúo Lennon—McCartney, con su maravillosa capacidad de entenderse a base de puros gestos y señales.

Ringo, por su parte, se sentó al lado de George. En realidad, el oji-azul ya había desayunado un poco, pero se terminó su taza de café en seguida y anunció que iría por otra. Y luego por otra. Y luego por otra.

En total, aquella era tal vez su quinta o sexta taza de café.

— ¿Estás muy cansado? — George observó como su pareja bebía sin inmutarse de la temperatura elevada. Sabía que a Ringo le gustaba el café negro, pero aquello ya era exagerado.

— Tengo sed — Respondió con simpleza el más bajo. Ringo encaró a George, sonriéndole nuevamente para demostrar que todo estaba bien, pero esta ocasión no tuvo tanto éxito. Ringo se veía pálido, casi del mismo blanco de George, además de tener algunos cabellos pegados a la frente por el sudor. Aquella imagen no le gustó nada al más alto. Ya sabía que el sistema inmunológico de Ringo no era precisamente el más fuerte del mundo, y esa mirada dd borrego a medio morir solo demostraba malestar. Tal vez Richard despertó enfermo, y no quiso decir nada para no incomodar a nadie.

Pero si incómoda, a George le incomoda al menos. ¿Por qué su novio no tenía ningún problema en regalar su sangre desinteresadamente, pero no podía aceptar en voz alta que había atrapado un resfriado?

— ¿Saben algo? Olvidé algo en mi habitación. Ritchie, ¿me acompañas? — John se quejó sobre que porqué todo el mundo estaba olvidando cosas en sus habitaciones el día de hoy, Paul volvió a pellizcarlo y Ringo asintió, tomando la mano de George disimuladamente, agradeciendo que hubiera demasiada gente en el lugar para tapar esos pequeños actos.

Ambos jóvenes caminaban por uno de los pasillos, en busca del elevador. George no quería arriesgarse a subir escaleras, por si Ringo se sentía igual de mal a como se veía. En realidad, al vampiro no se le había olvidado nada, pero su novio le preocupaba notablemente. Quería que descansará un poco, antes que Eppy hiciera su entrada jovial y comenzará a apresurarlos para cumplir con los estrictos horarios que consistía ser un Beatle.

Ambos subieron al estrecho ascensor, y mientras George intentaba recordar en qué nivel del hotel se habían hospedado, Ringo se apoyó en una de las paredes.

Algo estaba mal, algo estaba muy mal. Se llevó una mano al pecho, notando su corazón latiendo con una velocidad impresionante, y cómo respirar se había vuelto una tarea casi imposible. ¿Por qué había tan poco oxígeno en ese ascensor?

— George... — Se animó a llamar, en un susurró. El más alto logró encarar a su novio justo a tiempo, antes de que sus fuerzas fallarán y sus rodillas cedieran ante el peso del mundo. Richard se desplomó hacía adelante y George lo atrapó, abrazándolo con firmeza.

— ¿¡Ringo!? — El vampiro sacudió a su enamorado. No era muy propio de un no-vivo rezar, pero George oró para que su novio despertara mágicamente y aquello fuera solo una broma. Pero no, en su lugar, Ringo entreabrió sus oceánicos ojos y se recargó en el pecho de George.

Ringo estaba pálido, sudado y, peor aún, frío. Tan, tan frío. Frío como muerto. George tembló ante ese pensamiento. Solo quedaba algo que revisar: Tomó una de las manos de Richard y presionó en un costado de una uña. Lo que temía, disminución del llenado capilar. Richard se estaba desangrando.

— ¡Eppy! — Gritó George por el pasillo, esperando que su manager no hubiera bajado ya al comedor. Cargaba con Ringo, semi consciente, en su costado. El baterista estaba despierto, en cierto modo; pero no podía caminar, y solo balbuceaba algunas cosas, en estado de confusión.

— ¿Ya es... hora del té? — Preguntó el más bajo, con su brazo derecho rodeándo el cuello de George para seguir caminando. Tarareó un poco, ajeno al miedo enorme que estaba experimentando George en ese momento. Había tomado demasiado, había sido demasiada sangre.

George se estaba quemando en culpa, sí tan solo se hubiera controlado más, se hubiera detenido antes. Pero no, se dejó llevar por sus más oscuros y egoístas deseos, se entregó en cuerpo y alma a las carnes del oji-azul sin detenerse ningún momento a pensar y ahora esas eran las consecuencias.

— ¡EPPY! — Volvió a llamar. Seguro parecía lunático. Él, George Harrison, el "Beatle callado", cargando a su baterista y llamando a gritos a su representante.

Por una de las escaleras se asomó el porte elegante de Brian, el cual venía subiendo de regreso tras que Paul le avisara que George y Ringo regresaron a su habitación y que Ringo no se veía nada bien.

— Por todos los cielos, George — Brian se apresuró al par de jóvenes y tomó el otro costado lánguido de Ringo. Entre ambos llegaron a la habitación compartida del par y depositaron a Ringo en la cama, el cual seguía delirando.

— Buenas noches, Georgie...

— No, no, no, no te duermas Ringo — George sacudió a su enamorado, intentando que se mantuviera consciente.

— No George, no hagas eso — Lo reprendió Brian, mientras tomaba ambas piernas del baterista y las elevaba unos centímetros — ¿Sabes sí comió o bebió algo?

— Por Dios, ¡si! — George se llevó ambas manos al rostro, sintiéndose fatal — Ritchie, ¿sientes ganas de vomitar?

El baterista negó ligeramente con la cabeza, cosa que calmó un poco a los otros dos hombres. George fue rápidamente por mantas extras y las acomodó sobre el cuerpo de su novio, ayudándolo a recuperar el calor corporal.

— George, ¿cómo está su pulso? — Preguntó rápidamente Eppy, aún manteniendo la postura de las piernas. Era una completa bendición que Brian se hubiera enterado del secreto de George, casi por pura coincidencia. Una madrugada, lo descubrió cazando ratas para aliviar su hambre. Brian, el cual aún no tomaba su medicación para el insomnio, vió la silueta delgada en uno de los pasillos, cuando salió para revisar las habitaciones de sus muchachos.

Brian se ofreció algunas veces a ser también un banco de sangre para George, antes de que se formalizara el trato con Ringo, por lo que gracias a Dios, el manager sabía que hacer en aquellos casos.

— Sigue rápido, pero está un poco más fuerte — Anunció el vampiro, haciendo brillar sus dos prominentes colmillos.

— Bien — Asintió Brian. Lo mejor sería manejar eso lo más prácticamente posible. Llamar a una ambulancia sería un problema a largo plazo. ¿Cómo explicarían una pérdida de sangre tan masiva, donde las únicas heridas abiertas eran dos orificios diminutos en el cuello? — Ritchie, muchacho, necesito que te mantengas despierto, ¿me cuentas qué desayunaste?

Ringo entreabrió los ojos e intentó levantar su cabeza para mirar a Brian, temblando un poco en el proceso. El blanco de su piel aún se veía camuflada con el blanco de las sábanas, pero enfoca mejor sus ojos en su manager.

— Hmm... tostadas con frijoles — Comienza a responder, cerrando los ojos unos segundos para concentrarse — Y café.

Brian asiente, animando a que siguiera hablando, mientras George toma la mano decorada con varios anillos de su novio. Vuelve a revisar el pulso: mucho más estable.

Mientras Brian y Ringo conversaban a susurros, George se centra en la respiración de Richard, más lenta y profunda; rítmica. La culpa y el miedo volvieron a inundarlo. Pudo haberlo matado, pudo haberlo perdido.

George sintió un dolor en el pecho terriblemente fuerte, un dolor provocado por la angustia. En ese momento, siguiendo el movimiento regular del tórax del baterista, de arriba a abajo, George se dio cuenta que no era capaz de concebir una vida sin Ritchie. Logró vivir tanto tiempo tan tranquilo y sereno en su inmortalidad, porque no conoció lo que era la existencia con esos ojos azules enormes acompañándolos y esa risa dulce pegada a su oreja en la mañana.

Pero ahora, la idea de que su Richard ya no esté, lo aterra. George se lleva la mano de Ritchie que sostiene hacia su propio rostro y la besa, la pega a su mejilla y ahoga un llanto con nulo éxito. La acción llama la atención de inmediata del dueño de la extremidad. Ringo vuelve a tener un poco de color en sus labios y el sudor ha disminuido. Intenta alcanzar a George con la mano libre, pero la postura en la que está, con las piernas aún suspendidas, se lo complica.

— George... — Lo llama, con su voz rasposa hecha susurro y ojos suplicantes. El vampiro acude de inmediato y se acerca para hundir su rostro entre sus cabellos — No pasa nada Georgie, no me pasó nada.

Ringo aprieta la mano que le sostiene a George y él nota que tiene a su alcance el mentón de su enamorado, lo besa, con cierta timidez. Brian, al notar que el cuerpo de Ringo exige moverse, libera las piernas y examina al baterista, solo para asegurarse de que todo estuviera bien.

Revisa rápidamente su pulso y su respiración. Sigue sin ser perfecto, pero a comparación era una mejoría.

— Eso estuvo cerca — Comenta Brian. Lo ideal sería reprender a George, y también un poco a Ringo, pedirles que fueran más cuidadosos, darles una charla enorme sobre responsabilidad; pero en su lugar, se queda mirando a la pareja. George, con su miedo aún visible en sus ojos, abrazando a Ringo, el cual, aún en su terca debilidad, se aferra lo mejor que puede a su novio, a su enamorado. Brian se enternece — Tal vez lo mejor será que Ringo descanse un poco. Ya veré que le digo al público.

El manager se despide de la pareja, no sin antes asegurarse de que Ringo esté estable, y después se retira para unirse con John y Paul en el desayuno.

Una vez más, George pega su rostro contra el pecho de Ringo, prestando atención al ritmo del bombeo de sangre. Un reloj, una canción de cuna incluso. George se deja llevar, se arrulla. No, definitivamente no podría existir sin Ringo.