Chapter Text
Inclusive ahora, cuando se encuentra frente a la profesora y a su ceño fruncido, Manuel no tiene idea de cómo terminó en esta situación.
— Tus calificaciones bajaron drásticamente en el último mes, y no entiendo el por qué — estaba diciendo ella, aunque las palabras prácticamente le entraron por un oído y le salieron por el otro.
— No sé, profe, estoy con… — empezó a contestar él, buscando alguna excusa que sonara medianamente creíble —, ¿problemas en mi casa?
Ella arqueó una ceja, la desconfianza en su rostro más que clara.
— Sea cual sea la razón — repuso —, sé que sos un alumno muy capaz, Manuel.
Él tuvo que contenerse para no revolear los ojos. ‘Que me diga que reprobé y listo’, pensó.
— Así que, como me dijeron que también estás flojo en otras materias — prosiguió ella, y la última frase sí que le llamó la atención —, con el tutor tomamos la decisión de pedirle a otro alumno que te dé una mano.
¿Qué?
— ¿A quién?
— ¿Perdón?
— ¿A quién le pidieron que me ‘dé una mano’? — aclaró con impaciencia.
— Primero, no me interrumpas, Manuel — repuso ella, su voz tornándose estricta —. Segundo, a Lautaro Moschini.
La preocupación que había surgido en la cabeza de Manuel se esfumó tan rápido como había aparecido, y fue sustituida por alivio.
Lautaro, ¿eh?
Se trataba de un chico relativamente nuevo. Había llegado al colegio un par de meses atrás, después de vivir un tiempo en España. No tenía muchos amigos, se vestía raro y era un poco ñoño, pero eso no significaba que a Manuel le cayera necesariamente mal.
Si bien nunca habían hablado mucho — no era el tipo de persona con la que Manuel elegiría relacionarse —, podría decirse que le llamaba un poco la atención. El banco de Lautaro estaba justo delante del suyo, y de vez en cuando, cuando las clases se ponían muy aburridas, dedicaba tiempo a… observarlo, a falta de una mejor palabra.
— ¿Me estás escuchando, Manuel?
— Sí, sí — se apresuró a contestar, aunque fuese una mentira descarada. La profesora suspiró con cansancio.
— Te estaba diciendo que Lautaro es un alumno de lo más capaz, su ayuda te va a venir bien — dijo, a lo que Manuel asintió —. Mañana, después de que termine la clase, se van a quedar una hora más en la biblioteca, estudiando. ¿Está bien?
Sorprendentemente, la idea de perder una hora de tiempo libre estudiando no le pareció tan trágica; quién sabe por qué.
— Sí, profe.
Ella asintió y le dio permiso para irse, así que eso hizo.
Durante el camino a su casa, Manuel consideró la situación en la que se encontraba y llegó a la conclusión de que todas esas noches dedicadas a la Play y no al estudio le habían salido bastante baratas. Iba a tener que bancarse cargadas de sus amigos por pasar tiempo con el peculiar de Lautaro, sí, pero, ¿quién sabía? Quizás el chico lo terminaba ayudando.
⋆˚࿔
El día siguiente se le pasó volando y, antes de que pudiera darse cuenta, ya era hora de irse.
— Dale, boludo — insistió uno de sus amigos, al ver que tardaba en recoger sus cosas —. ¿Te querés quedar a vivir acá?
Él negó con la cabeza y se apuró, entre risas. Por alguna razón, al encontrarse en la puerta del colegio y a punto de salir, lo invadió la extraña sensación de estar olvidándose algo, pero por mucho que lo pensó, no encontró qué podía ser.
‘Seguramente sea mi imaginación’, se dijo, y enfiló para su casa sin darle más vueltas.
No fue hasta dos horas más tarde, mientras que boludeaba con la pelota de fútbol que siempre acumulaba polvo en una esquina de su habitación, que se dio cuenta de qué era:
— ¡Lautaro! — exclamó para sí mismo, golpeándose la frente con exasperación. Si había algo capaz de asegurar que empezaran con el pie izquierdo, definitivamente era dejarlo plantado en la primera clase. Se imaginó al chico esperándolo un rato largo, hasta darse cuenta de que Manuel no iba a venir.
Inclusive fue hasta el colegio, a paso apresurado y lleno de culpa (tampoco era mucho sacrificio, le quedaba a nada más que tres cuadras, aunque la intención estaba), pero se encontró con la biblioteca vacía. Obviamente.
Dios, ¿cómo carajo se suponía que lo iba a mirar a la cara al día siguiente? Ni su número tenía para mandarle una disculpa o algo.
Eventualmente se rindió, aceptando que sólo le quedaba esperar que Lautaro fuese una persona comprensiva.
⋆˚࿔
‘Pelotudo.’
Esa fue la palabra que ocupó la mente de Lautaro por el resto de aquel día, porque ¿quién, si no él, esperaba algo que no fuese una cargada del chico más popular del curso?
Lo más probable era que, mientras Lautaro desperdiciaba su tarde esperándolo, Manuel hubiera estado con los boludos de sus amigos cagándose de risa.
‘Qué pelotudo que sos, Lautaro.’
Manuel, a diferencia de la mayoría de los chicos de su curso, nunca lo había descansado, hecho algún comentario despectivo o burla. Lo había encontrado mirándolo fijamente alguna que otra vez (¡y a él le decían raro!), pero nada más.
A raíz de eso, había tenido la boba esperanza de que resultara ser una persona decente e inclusive de que pudieran llegar a llevarse bien, pero no. Lo había dejado plantado, el muy imbécil.
‘Bueno, no se puede esperar de un burro más que una patada, supongo.’
— ¿Todo bien, Lauchita? — inquirió su mamá con un dejo de preocupación, al ver que en vez de tomar la chocolatada que le había preparado, su hijo la observaba con frustración.
— Sí, sí, ma — respondió, apresurándose a tomarla —, estaba pensando en… otra cosa.
Ella asintió, claramente no del todo convencida, pero no insistió.
Aquella noche, Lautaro se fue a dormir con una mezcla de impotencia y una extraña decepción en el pecho que definitivamente no pertenecía.
