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Kurumi se escabulló entre el tupido bosque donde se hallaba su refugio de emergencia. Se detuvo detrás de una roca y olfateó el aire. No había un olor fuera de lo normal.
«Excelente», pensó y volvió a reanudar la marcha.
Trepó sobre un tronco caído y saltó hacia un pequeño claro, invisible a simple vista. Kurumi aguzó oído. Además de su respiración, no se escuchaba nada más en ese lugar. Buena señal, no tenía que haber nadie más allí.
«Muy bien, allá voy».
Sacó el pequeño dispositivo. Fue un alivio saber que no se la había caído durante su escabrosa huida. Apretó el botón y la rampa se elevó, revelando un escondite debajo de la maleza.
—Aquí vamos de nuevo —dijo y saltó al interior del refugio. Unos segundos después, la puerta bajó y el claro quedó plano y tupido, como si nunca nadie hubiera pasado por ahí.
El lugar era espacioso y aseado. Tenía pocas cosas: una cama, un escritorio con una enorme computadora que ella mismo armó, un baño a la derecha, la pequeña cocina con ventilación a la izquierda, suministros y una mesa de madera aparte sentarse a comer o a leer. Esta última no solía usarla mucho.
Se quitó el holgado suéter y, con aire pensativo, miró sus manos, pequeñas y tersas, con tono crítico.
—Al final, ella no era más que una Alpha —masculló, cerrando las manos y gruñendo con molestia.
—¿Quién era solo una Alpha? —preguntó la mujer de ojos vivaces y cabello castaño que, sentada en la mesa de poco uso, bebía un trago de sake.
—Tú —respondió Kurumi, distraída.
Pasaron uno, dos y tres segundos. Antes de que la pequeña rubia cayera en cuenta de que no estaba sola en su refugio.
—¡¿Eh?! —Saltó hacia atrás, enseñando los pequeños colmillos y emitiendo un agudo gruñido que parecía más un chillido—. ¡¿Cómo entraste aquí?! ¡¿Qué es lo que quieres?!
—Oye, oye, espera —la mujer elevó las manos—. Vaya, sabía que eras difícil, pero, ¿un escondite subterráneo? ¿En serio?
Kurumi retrocedió lentamente.
—Antes que nada, quiero decirte que vengo en son de paz —aclaró la castaña, dejando ver una sonrisa de lado—. Por favor, Kurumi, solo quiero invitarte a salir.
—¿Me seguiste hasta aquí y entraste a mi refugio solo para invitarme a salir? —preguntó, elevando una delgada ceja—. Por cierto, ¿cómo es que no te sentí cuando entré? ¿Cómo atravesaste mi sistema de seguridad? ¿Quién diablos eres realmente?
La mujer ladeó la cabeza y, con expresión abatida, decidió responder.
—Usé un supresor especial que oculta mi olor y casta en general. Tu sistema de seguridad es bueno, pero básico. Pude entrar porque lo saturé un poco y se atacó a sí mismo. —se encogió de hombros—. Y, ¿quién soy, preguntas? Bueno, me llamo Mizuki, aunque eso ya lo sabes. Soy una ex-agente de una organización cuyo nombre no puedo revelar, y estoy aquí para tener una cita contigo.
Kurumi no dijo nada al momento, analizaba todo lo que acababa de escuchar.
Mizuki se limitó a mirarla con fijeza. El olor que despedía la pequeña omega era lo suficientemente fuerte y delicioso como para enloquecer a un alpha común. Pero ella no era una alpha como el resto, tenía un excelente control sobre sí misma.
—Dices que... ¿quieres salir conmigo? —la cautela en la voz de la rubia le pareció muy adorable a Mizuki.
—Así es.
Kurumi pensó que no tenía muchas opciones. Estaba sola con esa Alpha en un refugio situado en medio de la nada, era mucho más débil que un Omega promedio y el aroma que despedía era cinco veces más dulce y penetrante que el de cualquier otro de su casta.
Si esa mujer no le había saltado encima, era porque decía la verdad. Solo quería salir con ella.
—¿Y bien? —tanteó Mizuki, rompiendo el silencio—. ¿Aceptas?
—¿Qué harás si me niego?
—Pues, me iré —se encogió de hombros—. Pero, como ya sabes, no me rendiré. Insistiré otro día y otro, y otro más, hasta que aceptes.
Kurumi dudó unos segundos.
—Deberías relajarte —sugirió Mizuki y volvió a sentarse. Se sirvió un trago y lo bebió con calma—. No sería la primera vez que salimos....
—Pero sería la primera vez saliendo contigo... sabiendo que eres una Alpha —la voz de Kurumi se escuchó más aguda de lo normal—. No sé cómo esperas que volvamos a salir si me ocultaste algo tan importante.
—Oye, ¿y qué esperabas que hiciera? Siempre huyes de los alphas. —como nunca, Mizuki adoptó una expresión de seriedad que Kurumi no sabía que tenía—. No iba a decirte, desde el principio, que soy alpha y que consumo supresores locos para que no te dieras cuenta.
—¡Eso no es mi problema!
Con esa frase, Mizuki entendió que Kurumi no quería nada más en ese momento.
—Muy bien —dijo Mizuki, con la derrota plasmada en su voz—. Me iré, pero seguiré insistiendo...
—Y yo me seguiré negando.
—En serio, enana, deberías ser más abierta....
—¡No me digas enana, anciana alcohólica! —replicó Kurumi, mostrando sus colmillos.
Una venita empezó a inflamarse en la sien de Mizuki, más no se dejó llevar por sus emociones. Apretó los dientes y esbozó una sonrisa burlona, consiguiendo irritar más a Kurumi.
—Te invitaré las veces que sean necesarias... —tomó la botella y se acomodó los lentes encima del puente de la nariz—, no espero que me perdones. Solo... solo quiero que me des otra oportunidad.
—Sigue esperando —Kurumi señaló la salida—. Ahora vete. Por tu culpa, tendré que mudarme de aquí.
A Mizuki le habría gustado decirle que eso no serviría de nada, ella siempre la encontraría. La conocía lo suficiente como para saber dónde tenía que buscar. Pero decidió callar.
—Hasta luego —Mizuki se encaminó a la entrada, sin perder la elegancia que solía portar. Aun estando ebria, podía permanecer recta y digna.
—Adiós —fue todo lo que dijo Kurumi, de forma escueta y tajante.
