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Español
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Published:
2025-12-09
Words:
3,147
Chapters:
1/1
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8
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37
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434

Nos hizo falta tiempo

Work Text:

El avión tocó tierra con un golpe seco, uno de esos que te despiertan del letargo aunque no estés dormido. Lautaro sintió el tirón del cinturón clavándose en la cadera y una punzada de electricidad recorrerle el estómago. Era Buenos Aires. Era su casa, era el lugar donde había encontrado una parte de si que no sabia que le faltaba, era el lugar donde vivió las mejores y peores experiencias de su vida, pero antes que todo, era el lugar donde había conocido a su otra mitad, a aquella persona que le robaba el aliento y le hacía sentir eso que nunca sintió con ninguna otra persona.

Y tambien era el lugar del que había huido sin admitirlo en voz alta, el lugar donde se había perdido a si mismo por entregarse por completo a otro, a Manu.

Habían pasado meses desde la ultima vez que vio a Manuel en persona. Meses suficientes para extrañarlo, para dudar de sí mismo, para fantasear, para enojarse, para desearlo con una intensidad casi adolescente. Pero también meses suficientes para armarle un pedestal nuevo, uno brillante, uno que no existía en la vida real.

Mientras el avión rodaba por la pista, Lautaro se quedó mirando por la ventanilla la luz naranja de la mañana. Sintió una presión en el pecho: una mezcla de ilusión estúpida y miedo.

Porque había vuelto diferente.
Y sentía que Manuel también lo estaría.

Cuando finalmente salió al aeropuerto, el aire húmedo y pesado de Buenos Aires lo golpeó como si la ciudad quisiera recordarle quién era, dónde estaba, y lo fácil que era volver a caer en los mismos errores. Apretó la correa de la mochila y buscó con la mirada a Manuel.
Nada.

Solo gente, autos, bocinazos.
Y esa ansiedad conocida que Manuel siempre le detonaba.
Respiró profundo.

Hasta que lo vio.
Manuel estaba apoyado contra su auto negro, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no parecía suya. No esa sonrisa de siempre, parecía orgulloso? nervioso? ansioso?
Lautaro sintió que el corazón se le estrujaba y que sus pies conemnzaban a fallar.

Manuel levantó la mano en un saludo medio torpe.
—Che, lauti… dijo, casi en un murmullo que no le salía natural —Miralo al viajero.
Lautaro sonrió, pero no era una sonrisa tranquila. Era una sonrisa rota, contenida, hecha de todas las noches sin dormir pensando en él. Caminó rápido, casi sin darse cuenta, y antes de que pudiera pensarlo demasiado, Manuel lo abrazó, fuerte, casi desesperado.

Ese abrazo.
Ese maldito abrazo.
Lautaro sintió el perfume en la ropa de Manuel, sintió su pecho caliente, su respiración entrecortada, y por un segundo… creyó.
Creyó que quizá, esta vez, sí.
Que quizá todo lo que Manuel había dicho en esos streams —esas bromas, ese “no voy a decir que si ni que no, porque si había un enamoramiento de parte mía hacia moski”, ese “como se fue sin darme un beso”— no había sido una actuación, no había sido todo parte del show, parte de ese maldito show que tanto odiaba.

Que quizá lo había extrañado.
Que quizá quería algo más.
Manuel se separó despacio, como si su cuerpo no quisiera soltarlo pero su cabeza le obligara.
Y ahí volvió a ser él.

El Manuel prudente, de los meses previo a su huida.
El Manuel que no deja que lo miren demasiado, que no deja que lo analicen.
El Manuel que siente, pero se esconde.

—Estás más flaco, eh? —dijo, haciéndose el canchero, metiéndose otra vez en esa coraza insoportable.
—Y vos más insoportable —le respondió Lautaro, intentando que la voz no le temblara.
Subieron al auto. Y la ciudad pasó afuera como un escenario viejo, uno donde ya habían actuado demasiadas veces.

 

En el departamento, todo se sentía distinto.
Manuel estaba más … atento.
Más pendiente.
Más encima.
Como si quisiera demostrarme algo sin decirlo.

Me preparó mate sin que se lo pidiera.
Me preguntó mil cosas.
Me miraba.
De verdad me miraba.
Con esos ojos que parecían 2 estrellas color esmeralda, esos ojos que reconocería incluso si el mundo entero ardiera.
Y yo, estúpido como siempre, empece a creer.

Creí en los silencios compartidos.
En las miradas que se sostenían demasiado.
En las risas que parecían tener un eco distinto.
Hasta creí en las cosas que Manuel no decía.
Por unas horas, senti que mi vida volvía a tener sentido.

Pero la ilusión es una cosa frágil.
Un vidrio delgado.
Y Manuel… Manuel siempre había sido un experto en romperlo sin darse cuenta.

La primera grieta llegó esa misma noche.

 

Manuel estaba preparando todo para el stream del domingo, y la voz se le transformó.
Se volvió el Manuel del show.
El Manuel del personaje.
El Manuel que se alimenta de la atención de las pibas y pibes que lo idealizan.

—Hoy vienen todos, ¿eh? —dijo con una sonrisa que no era la que le había regalado horas antes—. Vas a explotar esto.
Lautaro sintió un vacío en el pecho que no supo explicar. Porque ahora, de repente, Manuel no era el Manu que lo había abrazado en el aeropuerto.
Era otro.

Uno que jugaba a enamorarlo frente a miles de personas y que luego apagaba ese mismo sentimiento como si fuera una luz.
Durante el stream, Manuel volvió a su rutina de siempre: chistes, coqueteos, miradas intensas sostenidas.
Y lo peor: las minas.
Lautaro lo miró desde su silla.
Y entendió que ese Manuel “atento” del aeropuerto había durado un par de horas.
Nada más.

Los días siguientes fueron los peores.
El desaparecía por las noches.
Volvía tarde.
O no volvía.

Y cada vez que lautaro lo escuchaba entrar por la puerta del departamento con olor a perfume ajeno, algo dentro suyo se deterioraba, se rompía y se apagaba poco a poco.

El deseo que había traído se transformó en dudas.
Las dudas en dolor.
El dolor en rabia.
Y la rabia…
La rabia en algo mucho más oscuro.

Porque cuanto más Manuel lo descuidaba, más vulnerable, más sumiso, más atado ,se sentía.
Y eso le enfermaba.

Ese amor que tanto había soñado, ese amor que tanto se había imaginado, se le empezaba a oxidar adentro.
A pudrir.
A convertirse en lo contrario:
rechazo, resentimiento, furia contenida.

 

Manuel siempre había sido rápido para esconderse detrás de la arrogancia.
Detrás del humor.
Detrás de su personaje de internet.

Pero desde que Lautaro había vuelto, sentía que llevaba el pecho atravesado por un clavo.
Un clavo que empujaba cada vez que Lau lo miraba.
Un clavo que quemaba cada vez que lo escuchaba reír.
Un clavo que hacía imposible respirar cuando estaban demasiado cerca.

Porque Manuel sabía lo que sentía.
Lo sabía desde antes que el volviera.
Lo sabía desde Wisconsin.
Desde Madrid, como olvidar Madrid y esa maldita noche donde firmo su sentencia en el cuerpo de Lautaro.
Desde aquellas noches en lo de su mamá donde dormían tan juntos que no había espacio personal entre ellos, desde esos besos que dejaba en su nuca y cuello antes de quedarse dormidos. El lo sabia.

Pero no era valiente.
No para eso.
No cuando tanta gente lo miraba.
No cuando tenía una pelea programada, marcas encima, contratos, una imagen armada.
No cuando sabía que un mínimo descuido podía convertirse en un clip viral, en un chiste, en un estigma.

Y entonces hacía lo que mejor sabía:
esconderse.

Los primeros días después del regreso de Lautaro fueron una tortura que se disfrazaba de actuación
Cuando lo fue a buscar al aeropuerto, su cuerpo reaccionó antes que su cabeza
No debió abrazarlo así
No tan fuerte
No tan largo

Pero lo extrañaba.
Lo extrañaba tanto que dolía.
Y verlo ahí, con esa cara de cansancio, con ese brillo nervioso en los ojos…
Le desacomodó el alma.

 

Pero a las pocas horas reaccionó:
“Tenés que bajarlo. Tenés que controlarte. Tenés que actuar normal o vas a arruinarlo todo”.
Así que puso distancia.
Encendió la cámara.
Volvió a ser “Mernuel”.
Y, como siempre, empezó a correr en dirección contraria de lo que sentía.

Los fines de semana los usaba como anestesia.
Las salidas, las minas, el ruido, la gente, los boliches…
Todo eso no era placer.
Era distracción.
Eran vendas sucias pegadas sobre una herida que no dejaba de sangrar.

Había noches en las que estaba con una chica en su cama y mientras ella hablaba, él no escuchaba.
Porque en su mente solo existía una imagen
Lautaro durmiendo boca abajo, con la cara medio escondida en la almohada, respirando suave, confiado, como si Manuel fuera su lugar seguro.

La comparación lo mataba.
Entonces se levantaba, se iba al baño, se apoyaba en el lavamanos y se preguntaba qué carajo estaba haciendo.

Pero no cambiaba nada
Porque era cobarde
Y la cobardía es adictiva.

Y aun así, por más que intentara esconderlo, Manuel veía cómo Lautaro lo miraba.
Con ganas.
Con ilusión.
Con expectativa.

Y esa expectativa le daba terror

Porque qué pasaba si él no era suficiente?
¿Qué pasaba si lo lastimaba?
¿Qué pasaba si la gente lo atacaba por tener algo con un hombre?¿
Qué pasaba si perdía todo por un amor que ni siquiera sabía cómo manejar?

Y para evitar enfrentar ese miedo, hacía lo peor que un hombre enamorado podría hacer:
ignorar al que ama.
Se alejaba.
No respondía mensajes.
Salía.
Volvía tarde.
Cansado, drogado, triste.

Y cuando entraba al departamento y veía a Lautaro sentado en el sillón, con cara de haberlo esperado, con cara de decepción y tristeza a la vez, algo dentro suyo se quebraba un poco más.

 

Pero en lugar de admitirlo,suspiraba reprimiend todo lo que sentía y le decía:
—Estás sensible, amigo. Bajá un cambio.

Y veía cómo Lautaro bajaba la mirada.
Cómo se tragaba la bronca.
Cómo sonreía de costado para no llorar.

Y cada vez que eso pasaba, Manuel lo sentía como una puñalada directa.
Pero no hacía nada para evitarlo.
Porque no sabía cómo hacer lo contrario.

La pelea del 20 de diciembre se convirtió en su excusa perfecta.

Entrenaba todos los días.
Horas.
Horas y horas.
Hasta que el cuerpo no podía más.
Hasta que los nudillos se le partieron, hasta que los músculos le temblaban.

Era el único lugar donde podía dejar de pensar.
Porque pensar en Lautaro se había vuelto insoportable.

 

Pero lo que realmente lo destruía era una verdad que no le había dicho a nadie:
Manuel sabía que Lautaro hace tiempo estaba enamorado de él.
Y también sabía que él estaba perdidamente enamorado de Lautaro.

Pero…
Solo uno de los dos tenía el valor suficiente para admitirlo y demostrarlo.
Y Manuel no era ese.

 

Lautaro llevaba semanas tragándose lo que sentía.
Semanas intentando entender por qué Manuel lo trataba distinto cuando estaban solos, por qué lo abrazaba más fuerte, por qué le hablaba suave…
y a la vez lo dejaba de lado para irse con otra.

Ese contraste lo estaba enfermando.
El amor que había traído desde el viaje se había transformado en algo feo, algo enfermo
Se le pudría adentro
Cada gesto de Manuel era un recordatorio de que no lo iba a elegir
De que todo había sido un show
Una trama
Una mentira

Esa noche les toco stremear solos, Santiago había quedado con una mina, ya para el final del stream Manuel respondió una pregunta que le hizo una de las chicas del chat, ¿Qué opinas del amor Manu?
—Para mí el amor no existe, boluda. Yo estoy para la joda nomás.
Y algo en Lautaro hizo clic.
Un clic seco.
Un clic final.

Cuando cerraron la transmisión y lo vio ahí sentado mirando al suelo con un rostro indescifrable supo que algo estaba mal.

—¿Qué te pasa? —preguntó, pero su voz sonaba automática, cansada.

—Nada —respondió Lautaro, pero el tono era filoso.

A Manuel le latió el corazón más fuerte.
Conocía esa voz.
Conocía ese temblor.

—Lauti…
—¿Sabés qué pasa, Manuel? —lo cortó, con un hilo de voz que ardía— Que estoy cansado. Re cansado, boludo.
Manuel se cruzó de brazos, a la defensiva
—¿De qué?
Y ahí se desató todo.
Lautaro explotó.
—¡DE VOS! —gritó—. De cómo me tratás De cómo me usás De cómo me ignorás cuando no te sirvo. De cómo me hacés sentir una mierda

Manuel parpadeó, como si no entendiera.
—No te uso, boludo. Estás flasheando cualquiera.

Esa frase fue combustible sobre un fuego que ya ardía desde semanas.

—Ah, no? ¿En serio? —Lautaro sonrió sin humor—. ¿Entonces qué fue todo lo que dijiste en los streams? ¿Todo lo del enamoramiento? ¿Los chistes? ¿Las miradas? ¿Qué fue todo eso? ¿Que fueron esas noches llenas de promesas? ¿Que es esa manera de tratarme como si fuera tuyo, como si te perteneciera y luego abandonarme?

Manuel tragó saliva, ignorando ese nudo que crecía en su garganta.
—Era un juego, amigo. Vos sabés…

—¿Un juego? —Lautaro dio un paso hacia él—. ¿Yo soy un puto juego para vos?
Silencio, Pesado,Duro.

Manuel no respondió.
Y ese silencio fue la confesión más cruel que pudo haberle dado.

Lautaro sintió un nudo que lo hizo inclinarse hacia adelante.
Era dolor, era rabia, era desilusión
Era todo junto.
—Te juro —dijo con la voz quebrada— que volví con ilusión, Pensé que esta vez sí… que algo iba a pasar. Y vos… vos seguiste con esas señales y actitudes confusas, te seguís yendo con cualquier mina mientras yo te espero como un imbécil hundiéndome poco a poco en esto que siento.
Manuel intentó acercarse, pero Lautaro retrocedió.
—No me toques, me das asco—escupió
Manuel sintió el golpe como un puño directo al estómago.
—Lauti, yo… —intentó— yo no sé manejar esto Tengo miedo.
—¿Y yo no? —susurró Lautaro— ¿Y yo qué? ¿No valgo ni siquiera que lo intentes?

Manuel abrió la boca, pero no salió nada.

Y esa ausencia de palabras destruyó lo poco que quedaba.

Lautaro agarró su campera, las llaves de la moto que Santiago se había ganado en el torneo y caminó hacia la puerta sin mirar atrás.

—No vuelvo —dijo antes de salir—. No te preocupes Ya no te voy a complicar la vida.

La puerta se cerró de un golpe.
Manuel quedó helado.
El departamento se sintió vacío de inmediato.

Tardó quince minutos en reaccionar
Quince minutos de caminar en círculos
Quince minutos de querer gritar
Quince minutos de entender que la había cagado
Otra vez

Tomó las llaves del auto, bajó las escaleras del edificio corriendo, casi tropezando
Salió a la calle
Llovía.
El asfalto brillaba.
El aire olía a ciudad mojada y desastre.

—Lautaro, atendé… —dijo mientras llamaba una y otra vez.

 

Lautaro, mientras tanto, manejaba sin dirección.
Sin casco.
Con la vista nublada por lágrimas y enojo.

La lluvia le golpeaba la cara.
La ciudad pasaba como manchas borrosas.
Pensaba en todo.
Pensaba en nada.
Pensaba en cuánto lo amaba.
En cuánto dolía no ser elegido.
En cuánto deseaba que Manuel simplemente le hubiera dicho:

“Sí, me importás, si te amo”.
Pero nunca lo dijo.
El nudo en la garganta le hacía difícil respirar.

Un bocinazo.
Un segundo.
Un cruce.
Y un colectivo vino directo desde la izquierda
Lautaro no lo vio.
Estaba llorando.
Estaba roto.
Estaba distraído por un corazón que Manuel no quiso sostener.

El impacto fue brutal.
Su cuerpo salió despedido.
El mundo giró.
Sonidos metálicos y estruendosos. Después silencio.
Y oscuridad.

Manuel llegó minutos después.
Vio las luces.
Las ambulancias.
Los gritos.

Y en el pavimento, una figura inmóvil, rodeada de gente.

—¡NO! —gritó corriendo hacia la escena.

Un paramédico lo detuvo.

—No puede pasar.

—¡Es mi amigo, la puta madre, déjame pasar! —Manuel empujó desesperado.

Cuando vio la cara de Lautaro —pálida, llena de sangre, inconsciente— Manuel sintió que el alma se le partía en un millón de pedazos.

Su cuerpo entero empezó a temblar.

—No… Lau… no… —susurró—. Abrí los ojos… por favor, mi amor abrí los ojos……

Pero ya no había ojos que se abrieran.
La habitación del hospital estaba en silencio.
Un silencio tan espeso que parecía vivo.

Manuel sostenía la mano de Lautaro con una fuerza que ya no tenía sentido.
La piel estaba fría.
Los dedos inmóviles.
Los monitores ya no marcaban nada.

Lautaro había muerto hacía once minutos.
Pero Manuel seguía ahí, como si pudiera convencer a la muerte de negociar

La enfermera había intentado tocarle el hombro.
Él no reaccionó.
El médico había hablado.
No escuchó nada.
El mundo podría haber explotado detrás suyo, y él ni siquiera habría pestañeado.
Le acarició la mano como si fuera de cristal quebrado.

—Che, Lau… —la voz le salió rota, tan distinta a la suya que ni él la reconoció—. Dale amor… basta. No me jodas así.

Las lágrimas caían y caían.
No las sentía.
Solo sabía que existían porque su visión se nublaba y el aire se le volvía pesado.

—No podés… —tragó saliva—. No podés dejarme así… No… no vos

Se inclinó sobre la cama, apoyó la frente en la mano rígida de Lautaro y dejó que todo lo que había reprimido por años lo atravesara sin anestesia.

El amor que había callado.
El miedo que lo había paralizado.
La cobardía que lo había hecho huir de lo que sentía.
Las noches que eligió a cualquier otra persona para no elegirlo a él.
Las veces que lo hirió sin darse cuenta.
Las veces que lo hirió sabiendo exactamente cómo.

Todo cayó encima de Manuel como una ola negra.

Y entonces empezó a hablarle.
Pero ya no había nadie que pudiera escucharlo.

—Yo te ame, lauti —susurró Te amé más de lo que me animé a admitir.
Te amé tanto que me dio miedo
Te amé tanto que me escondí.

 

Y ahora… —rompió en un sollozo que desgarró la habitación— ahora no tengo dónde poner todo este amor.

Cerró los ojos, y lo vio.

Lautaro con esos ojos color castaña que lo miraban como si fuera una estrella torpe en medio del cielo.
Lautaro riéndose mientras cocinaban en la casa de su mamá.
Lautaro abrazándolo y aferrándose a su cuerpo cuando hacía frío.
Lautaro durmiéndose en su hombro volviendo del boliche.
Lautaro diciéndole “te amo” sin decirlo.
Lautaro mirándolo como si supiera algo que él no.

Y Manuel dejó escapar un gemido animal, brutal, un dolor que no tenía nombre.

Porque ahora solo quedaban recuerdos.
Y los recuerdos, sin la persona viva, son cuchillas.

 

Pasaron días.
Luego semanas.

El departamento se volvió una tumba.
Manuel dejó de streamar, dejó de comer, dejó de hablar.

Dormía en el piso del living, porque su habitación aún olía a el y no podría soportarlo.

Las risas que habían compartido parecían aullidos fantasmasmales en las paredes.

Guardó la ropa de Lautaro en una caja.
Pero después la abrió.
Y durmió abrazado a una polera, como si eso pudiera devolverlo.

Encendió un stream una noche, después de un mes.
La cámara lo enfocó.

Pálido.
Ojeroso.
Con el alma colgando.

Y dijo una sola frase:

—Yo lo maté

Y apagó la transmisión