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Mis brazos, entumecidos por la desesperación y el esfuerzo prolongado, se aferraban con una obstinación casi cruel al peso inerte de su cuerpo. No era solo un cuerpo: era un ancla, la única certeza que me quedaba en un mundo que se desmoronaba segundo a segundo. Cada músculo ardía, cada articulación temblaba, pero el instinto primario de sostenerla anulaba cualquier dolor. Sentía un ardor áspero y lacerante en la garganta, como si el metal de un grito, uno que nunca llegó a salir, se hubiera incrustado allí, oxidándose con mi impotencia.
Mi visión se había reducido a un campo borroso, tembloroso, incapaz de distinguir si el velo que lo cubría era producto del torrente incesante de lágrimas calientes o del agotamiento absoluto. No quedaba nada más que el acto de sostenerla, como si ese gesto pudiera revertir lo irreversible.
Afuera, la noche se rasgó con violencia. Estelas crudas de luz azul y roja comenzaron a filtrarse por los huecos mugrientos del almacén, pulsando como un corazón ajeno, indiferente. Los árboles del bosque circundante danzaban en la penumbra, proyectando sombras alargadas y grotescas que reptaban por el suelo de cemento como espectros burlones.
Intenté hablarle. Intenté asegurarle que la ayuda había llegado, aunque la absurdidad de mis palabras me golpeaba con fuerza. Mi voz, sin embargo, no era más que un susurro quebrado. Sonó rota, seca, con una textura de ceniza, desprovista de toda fuerza. Dudé si el sonido había alcanzado sus oídos o si mi mente me traicionaba con una última mentira desesperada.
Desde el piso inferior, un eco sordo y distorsionado comenzó a subir: pasos, voces, una cacofonía que anunciaba la irrupción de la realidad. Poco después, una figura emergió del hueco oscuro de la escalera. Un paramédico. Tal vez un agente. Se acerco con profesionalismo, con esa delicadeza entrenada que intenta no romper lo que ya está roto. Quiso alejar su cuerpo de mí.
Me negué.
Me aferré con una intensidad animal, clavando los dedos en su ropa como si pudiera fundirme con ella. No podía soltarla. No aún. No hasta que él llegara. Porque su presencia la haría real. Palpable. Para la única persona que importaba ahora.
Y entonces apareció.
Su silueta llenó el marco de la escalera. Nuestros ojos se encontraron en un instante de reconocimiento mutuo, un cruce de almas devastadas. Él me vio. Luego su mirada descendió, lentamente, al cuerpo que yo aún me negaba a liberar.
Y ahí fue cuando lo vi.
Fue la fracción de segundo más larga de mi vida. El mundo se detuvo. El aire se agotó. Y su corazón, a través de sus ojos, se hizo añicos en un millón de fragmentos microscópicos. Un grito ahogado y desesperado quiso escapar de mi pecho, un alarido de agonía compartida, pero se quedó atrapado, seco, como un trozo de vidrio incrustado en la resequedad de mi garganta.
No sé cuánto tiempo llevaba gritando por él en el silencio de mi mente. Pero en esa misma fracción de segundo, en esa mirada destrozada, en esa pérdida absoluta de su compañera, de su amor... se recompuso. La máscara regresó. Implacable. Imperturbable. Frente a mí ya no estaba el hombre despojado de su amor. Estaba el Agente Especial del FBI.
Se acercó. Me hablaba. Lo sabía por el movimiento rítmico y urgente de sus labios. Pero por mucho que me esforzara, la lógica y el lenguaje se habían extinto. Lo único que existía era un zumbido fuerte, agudo y perforador resonando en mis oídos. Un pitido constante que ahogaba el mundo exterior.
Sus brazos me rodearon. No eran un consuelo. Eran una fuerza. Una delicadeza firme y obligatoria que me separaba, lentamente, dolorosamente, del cuerpo que aún sostenía.
Me revolví en su agarre, intentando con un último estertor de voluntad regresar a ella. Él me lo impidió. A través del velo de mis lágrimas, observé cómo aquella melena rubia —que tantas veces había admirado bajo el sol— caía ahora pesada, empapada de sangre, mientras era trasladada sobre la camilla de lona.
Mis sollozos internos se intensificaron. Esta vez sí, lo suficientemente fuertes como para escucharlos sobre el retumbar del zumbido en mis oídos.
Sin aviso, sin una palabra, sentí un piquete helado y breve en el brazo. Mi cabeza giró de golpe, registrando el rostro del paramédico. El peso de mis párpados se volvió insoportable, una losa de plomo cayendo sobre mi conciencia.
Intenté enfocar de nuevo al Agente que aún me sostenía con una fortaleza inquebrantable. Pero fue inútil. Mi cuerpo, traicionero, cedió al sedante antes de que mi mente pudiera registrar la derrota final.
La oscuridad me recibió.
