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Yachiyo se miró en el espejo de cuerpo completo que tenía en su habitación y observó algunas cosas interesantes: las uñas de sus manos se veían más largas y afiladas de lo usual. Por más que las cortara, volvían a crecer en cuestión de horas, hasta una longitud de centímetro y medio. Siempre llegaban hasta ese punto.
Además, las azuladas pupilas adoptaron cierta tonalidad purpúrea de carácter ominoso y ni hablar de sus colmillos, que se habían hecho más grandes y prominentes. Podía sentir cómo crecían en su boca, chocando contra su labio inferior cada vez que hablaba o comía.
—Esto no puede estar pasando... —musitó, con pánico latente.
Unos días atrás, había tenido una importante conversación con Kyubey acerca de algo que le estaba pasando: los supresores no estaban haciendo efecto en ella. Era como si la medicina pasara por encima de sus síntomas.
No importaba cuánto consumiera o de qué calidad y marca los comprara, ninguna de esas poderosas dosis hacía efecto contra sus cada vez más indomables instintos.
—Aunque yo sea el responsable de la transformación de las chicas mágicas, aún no tengo idea de qué te está ocurriendo —dijo Kyubey una vez que Yachiyo le hubo explicado su situación—. Mi teoría es que, al ser una chica mágica, tu cuerpo no funciona igual que el de otras alfas que siguen conservando toda su humanidad; es por eso que rechaza el efecto que los supresores deberían generar en él.
Yachiyo empezó a sudar frío ante la declaración. ¿Qué se suponía que tenía que hacer de ahora en adelante? ¿Dejarse llevar por sus instintos como si fuera una mera bestia y nada más?
—Kyubey, ¿no sugieres alguna solución para esto? —preguntó la chica mágica veterana, aunque ya sospechaba cuál era la respuesta.
Kyubey negó y se lamió una pata.
—No hay ninguna solución posible, al menos, no una de la que yo esté al tanto. Lo único que queda por hacer es estudiar tu caso, pero no será fácil. Tomará tiempo, demasiado de hecho, hacer los estudios pertinentes para llegar al meollo del asunto —se acomodó en su lugar y se rascó usando una de sus patas—. Es más probable que mueras en unos años antes de que podamos llegar a una solución.
Yachiyo escuchó en silencio. No tenía nada que decir. Realmente, a ella no le importaba tanto lo que le pasara; solo había una cosa que le preocupaba: su novia, Tamaki Iroha.
Al ser su omega, Iroha era la que se encontraba en mayor riesgo. Con eso de que los supresores no funcionaban, Yachiyo estaba en un punto en el que podría perder el control en cualquier momento y mancillar, de forma agresiva y animal, la inocencia y castidad de su adorable novia. Claro, esperaba que en algún momento ocurriera y, de forma eventual, se entregaran la una a la otra. Porque sí, Yachiyo quería que su primera vez con Iroha fuera especial, no algo que se llevara a cabo por mero instinto; algo que solo fuera para satisfacer sus más bajos deseos.
Ahora, mirándose en el espejo, Yachiyo sabía bien lo que significaba el hecho de que, por encima de todas las otras cosas que experimentaba, sus colmillos crecieran de manera tan desmedida: se estaban preparando para que ella diera la «primera mordida»; esa que no sería más que el inicio de toda una seguidilla de ellas.
Dejó escapar un nuevo suspiro y se giró para mirar la pequeña caja que había encima de la cama. Dentro, se hallaba lo único que podría frenarla de sus constantes ganas de atacar a Iroha.
—Si es lo que toca hacer, entonces lo haré —con una mirada determinada, Yachiyo fue hasta la cama y destapó la caja—. No permitiré que el instinto me domine y termine haciéndole a Iroha algo de lo que me arrepentiré después.
Estaba tan ensimismada en lo que hacía, que no percibió el suave olor a frutilla que provenía desde afuera de la habitación.
Apoyada contra la puerta, Tamaki Iroha, su omega, había escuchado su pequeño monólogo. Frunció los labios y gruñó bajito.
«Siempre sobrepensando, Yachiyo-san. Ojalá entendieras que las cosas no son siempre como tú crees».
Ahora mismo no era el momento de actuar, pero Iroha estaba segura de lo que tenía que hacer. No dejaría que Yachiyo tomara decisiones en base a suposiciones propias. Debía ser sincera con ella y dejar claro todo ese asunto de una vez por todas.
Con eso en mente, se alejó de la puerta y se fue a su habitación.
