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Kotori estudiaba en su habitación cuando tuvo la visión, ésta llegó de forma tan abrupta que casi se desmaya de la impresión.
La escena que vio en su mente fue clara y concisa: su novia y alfa, Sonoda Umi, estaba en su casa, la residencia Sonoda. Revisaba el botiquín que tenía en el baño cuando, de pronto, dejó ver una cara de sorpresa y horror debido a que su reserva de supresores se había agotado.
Luego, de la misma forma en que llegó, la visión desapareció. Tras esto, Kotori se quedó quieta por unos segundos. Tenía la boca entreabierta y una mirada perdida; estaba procesando la información que acababa de recibir.
—Entonces —comenzó Kotori, con ojos brillantes. Había vuelto en sí—, Umi-chan ya no tiene supresores, ¿no?
Se incorporó y empezó a caminar en círculos alrededor de la habitación. Pensaba en el hecho de que, justamente ese día, su novia y ella debían estudiar en su casa, por lo que Umi tendría que ir para allá en unos minutos. Además, su madre no estaba en casa desde hacía dos días por estar de viaje. Como Kotori ya había cumplido la mayoría de edad y pasaba mucho tiempo con su confiable novia, la señora optó por relajarse un poco en esos aspectos. No tenía que preocuparse demasiado por si su hija pasaba mucho tiempo sola en casa.
—Es... perfecto —dijo Kotori, feliz. Ahora Umi no podría resistirse a sus encantos.
Como una omega de «clase especial», Kotori había desarrollado el poder de la clarividencia. No obstante, solo le servía para ver, muy de vez en cuando, situaciones en las que su alfa pudiera verse en aprietos. Como dato adicional, las visiones que tenía de su Umi pasando por situaciones poco gratas le llegaban unos veinte minutos antes de que se hicieran realidad.
Así como acababa de ver a Umi cayendo en cuenta de la falta de supresores, así mismo la había visto en otras desfavorables circunstancias —para Umi—. Por ejemplo, una vez la vio a punto de cruzar una calle cercana a su casa sin estar muy pendiente del semáforo. La alfa estaba muy distraída buscando un libro en su bolso, por lo que no se dio cuenta de que era el momento incorrecto para cruzar.
Apenas tuvo la visión, y aprovechando que estaba cerca, Kotori corrió hacia allá y evitó que su novia fuera atropellada.
«¡Qué bueno que existe el margen de los veinte minutos!», pensó Kotori, dando saltitos en medio de la habitación.
Como todavía faltaban unos quince minutos para que su visión se concretara y Umi, de forma inevitable, fuera hasta la casa de su omega sin su dosis de medicina, Kotori tenía tiempo para arreglarse de forma que Umi se viera tentada a dejarse llevar por sus instintos de alfa.
Para Kotori, ese era, muy probablemente, uno de los momentos más felices de su vida.
Como alfa y omega destinadas a estar juntas, Umi y Kotori habían iniciado una relación desde hacía casi tres años. A pesar de eso, ella no recordaba una vez en la que su Umi hubiera intentado hacerle algo que fuera más allá de los candentes besos o el insaciable manoseo.
Al principio, Umi siempre se detenía en los momentos más cruciales y, haciendo alarde de una fuerza de voluntad admirable para ser una alfa, se alejaba de ella, respiraba profundo y decía que ya era suficiente. Era muy reservada, correcta y lo suficientemente densa como para no darse cuenta de lo mucho que su novia deseaba que fuera más allá de los límites que ella misma se había impuesto. Kotori sabía que, muy en el fondo, su novia albergaba una bestia que no hacía más que dormir, esperando el momento exacto para ser despertada y entrar en agresiva acción.
Al ser una omega, Kotori no hacía más que limitarse a los deseos de su alfa. Pese a que siempre hacía todo lo posible para provocarla, no podía dar el paso necesario y "atacar" a Umi en busca de concretar lo que ella tanto deseaba. Era una cuestión de instinto: anhelaba ser tomada, mas no podía tomar a su novia.
«¡Estúpidos instintos de omega!», pensaba Kotori, impotente, cada vez que Umi se alejaba de ella con el fin de no continuar con aquello que la castaña tanto deseaba.
Año y medio después de iniciada su relación, y para más sufrimiento de Kotori, descubrieron los supresores. Después de eso, Umi empezó a consumirlos de forma regular para no tener que ceder a sus impulsos. Kotori también, pero a veces no lo hacía con el fin de que su alfa no pudiera resistirse y cediera ante el delicioso aroma que ella despedía cuando se encontraba en época de celo... justo como lo estaba en ese momento.
Esa era la semana en la que Kotori entraba en el celo que le correspondía.
Si no había enloquecido por todo el deseo y las ganas acumuladas, era porque había estado consumiendo los supresores que le tocaban. Por supuesto, el último de esos lo había consumido hacía casi doce horas. Estaba a punto de acabarse el efecto inhibidor en su ser.
«Umi-chan es muy puntual, por lo que no tardará mucho en llegar».
Kotori sacó cuentas tan rápido como pudo: en diez minutos, Umi se daría cuenta de que no tenía supresores; en veinte minutos, llegaría a casa de su omega para iniciar la sesión de estudios, y en nueve minutos se acabaría el efecto de los supresores que ella misma había consumido. Contaba con el tiempo suficiente para arreglarse y verse irresistible para cuando Umi llegara.
«Todo esto es demasiado perfecto, ¿será acaso el destino?»
Decidió que no pensaría más en ello; tenía que aprovechar el tiempo al máximo. Haría todo lo que estuviera a su disposición para que Umi cayera ante ella.
