Work Text:
Manuel largó un quejido contra la almohada y luchó con el impulso de patalear como un niño pequeño. Hace horas que está intentando conciliar el sueño pero este simplemente no llega para acunarlo en sus brazos.
La sábana que cubre el colchón está salida y arrugada a los pies de la cama, causandole molestia. Es culpa suya: no ha dejado de moverse desde que se acostó, tratando de buscar alguna pose cómoda que lo ayude a dormir.
Contó ovejas, abrió Spotify para poner ruido blanco e incluso se cambió y desnudó dos veces. Nada sirvió. Su cabeza no lo dejaba descansar. Tenía miles de escenarios en su cabeza sobre la pelea de mañana y ninguno de ellos tenía un final satisfactorio.
Entrenó meses, dejando de lado el alcohol, las salidas y las mujeres. Dió lo mejor que tenía, pero el bichito de la incertidumbre se había instalado en su cabeza y no le daba un minuto de tranquilidad.
¿Sería suficiente? ¿Valdría la pena el esfuerzo?
Manuel tenía una larga lista de antecedentes sobre querer complacer a los demás. Se debía a su público, a la gente del chat y la comunidad. Ellos le daban de comer, gracias a ellos vivía en uno de los mejores edificios de la Ciudad de Buenos Aires, gracias a ellos vacacionaba en países que muchísima gente moriría sin conocer.
No quería decepcionar a nadie. Ni a sus fanaticos, ni a su familia... No podía decepcionar a sus amigos.
No se lo perdonaría.
Boqueó mucho sobre la pelea y su rival. Habló de más y la picanteó, al igual que sus amistades y los invitados al stream. Sería una vergüenza si Pedrito lo vencía después de todo lo que había hablado.
Las redes lo destrozarían y no se sentía capaz de poder manejar el hate y las burlas que caerían, no cuando él se esforzaba con tanto anhelo en complacer a los demás.
Tenía la garganta seca, aspera como si hubiera estado corriendo por horas sin pararse a ingerir ningun líquido. La sequedad en sus cuerdas vocales lo obligaron a levantarse de la cama y abrir con cuidado la puerta, dirigiéndose a la cocina para calmar la molestia.
La heladera estaba repleta de dulces, alcohol y gaseosas. En otro momento hubiera arrasado con todo lo que había allí pero hoy no se lo permitió. Agarró una botella de agua y llenó un vaso, tomándolo entero en segundos.
Parte de él había esperado que alguno de los chicos estuviera en la cocina o en el sillón del living. No le vendría mal una palabra de aliento o un abrazo para calmar los nervios.
La última semana fue muy motivada. Charlas, abrazos, susurros de deseos compartidos. Intentó aferrarse a ello pero no fue suficiente; no le alcanzaba.
Dejó la botella en la primer superficie que encontró y sus pies lo llevaron por el pasillo. Su cuerpo se movía casi que en piloto automático, dirigiéndolo a aquel lugar donde más deseaba estar.
Merlo divisó la puerta de Lautaro. Su mano se cerró en un puño y golpeó la madera, lo suficientemente fuerte como para que lo escuchase si estaba despierto.
Con nerviosismo esperó unos segundos y la voz de Moski llegó a sus oídos.
—Pasá.
Lautaro estaba recostado en la cama, con la televisión prendida pero con el protector de pantalla puesto; imágenes de paisajes que cambiaban con el paso de los segundos, impidiendo que el smart se apague a pesar de no estar siendo usado.
Manuel entró al cuarto y el característico olor a perfume caro inundó su nariz. Cerró la puerta detrás de él, suspirando mientras lo hacía.
—¿No podes dormir? —preguntó Lautaro, dejando el celular en la mesita de luz.
—No. Estoy muy nervioso. —confesó, aunque no era muy difícil notarlo. Ambos se conocían lo suficiente como para saber que sentía el otro aún sin hablarlo.
Moschini asintió con su cabeza. No sabía lo que era la cabeza de Manuel en ese momento pero podía imaginarse. Si él se sentía nervioso por su amigo, suponía que el otro estaba con la ansiedad por el techo.
—¿Qué necesitas, Manu? ¿Cómo te ayudo?
El de ojos verdes lo meditó por un segundo. —Déjame acostar con vos, un ratito.
Lautaro asintió, moviéndose del medio de la cama para dejarle un espacio al otro. Manuel arrastró sus pies y se dejó caer en el espacio otorgado, tragando saliva.
—Tengo miedo.
—Ya sé.
La presión era tan asfixiante que no lo dejaba respirar. No quería dejarse en ridículo.
—¿Y si me bajo?
Lautaro lo miró con el ceño fruncido, esperando a que el otro largara una risa o algún comentario sarcástico. Nada llegó. Manuel hablaba en serio, y ese pensamiento lo aterró.
—¿Sos boludo, Manuel? ¿Cómo te vas a bajar? —lo retó el rubio. —¿Vas a tirar todo el esfuerzo a la basura por cagón?
Temió que sus palabras fueran mucho. Tenía ese problema de que a veces no regulaba lo que decía, hábito que se había vuelto peor desde su retiro espiritual a Dubai.
No quería callar más. Soltaba sus opiniones filosas sin poder controlar su lengua.
Manuel se quedó en silencio por un momento, meditando las palabras de su amigo. —No. Tenes razón.
Moski suspiró con alivio. Sentía que debía ayudar a Manuel a superar este problema. Se lo debía por todas aquellas veces que lo levantó del suelo.
—¿Te molesta si duermo acá?
La voz de Merlo salió en un susurro, como si se sintiera avergonzado de su propio pedido. No era la primera vez que dormían juntos, tampoco sería la última.
—Nop. Quédate.
Manuel le agradeció y se giró en el colchón ajeno, dándole la espalda. Su cabeza era una máquina que no dejaba de torturarlo. No podía evitar sobrepensar nisiquiera con la compañía dulce de Lautaro. Se odió a si mismo por ser así, por depender tanto de la opinión ajena y la propia. A veces sentía que nunca tendría paz.
Había nacido con el chip implantado en su cerebro y cambiar no era algo fácil para él. Estaba acostumbrado a ser su propio enemigo porque era lo único que conocía, lo único seguro y estable en su vida.
Suspiró contra la almohada de Lautaro y sintió el malestar en su garganta. Estaba tan agobiado que no le sorprendía si se largaba a llorar como un estúpido. Cerró sus ojos y esperó que no.
—Lauti. —llamó.
—¿Mhm?
Por un segundo pensó en dejar a las palabras morir dentro de su boca, pero no se lo permitió. Necesitaba el consuelo más que nunca. Necesitaba un sostén y Lautaro era perfecto sosteniendo su mundo.
—¿Me abrazas, por favor?
El rubio tragó saliva y se giró en la cama, acercándose al cuerpo de Manuel con cuidado. Dejó un espacio prudente y cruzó su brazo por encima del de su amigo, abrazándolo.
No fue suficiente para Manuel. El de ojos verdes empujó su cuerpo hacia atras hasta que su espalda chocó con el pecho de Lautaro. Necesitaba tenerlo cerca, sentir la calidez de la piel ajena encima de la propia; solo así podría calmar el horrible sentimiento que lo agobiaba.
Moschini rápidamente comprendió la necesidad del otro. Su brazo se reacomodó hasta que rodeó la cintura de Manuel, acercandolo aún más a su propio cuerpo.
Enterró su rostro en la nuca ajena, respirando el olor tan característico de Merlo como si fuera el aire que necesitaba.
Cuando dormían juntos, el pelinegro solía ser la cuchara grande. No importaba cuanto espacio –o almohadas– pusieran entre medio de ellos. Siempre se despertaban enredados en el otro, con sus cuerpos encajando como si estuvieran hechos para eso.
Lautaro asumió la responsabilidad y se dispuso a sostenerlo como el otro solía hacerlo todo el tiempo con él. Sus labios deseaban apoyarse contra la piel del cuello de Merlo, pero se aguantó.
Su mano se movió por debajo de la remera de Manuel, posicionandose en su estómago. Su pulgar comenzó a acariciar la piel, sintiendo la suavidad bajo sus dedos.
—Voy a ganar. —habló el de ojos verdes.
Lautaro sonrió al escuchar como la seguridad en su voz había vuelto. Este era el Mernuel que conocía, el que quería con locura.
—Vas a ganar. —afirmó, sin dejar de acariciarlo y sostenerlo contra su pecho.
Manuel sonrió, apoyando su mano sobre la de Lautaro. No necesitaba más que esto. —Voy a hacerlo por vos. Voy a ganar por vos.
[...]
La mañana siguiente fue demasiado movediza. La casa era un caos, lleno de gente y de desorden. Bauleti corría de allá para acá al igual que Balza. Ambos totalmente exaltados y nerviosos.
Lautaro decidió mantener la calma o al menos fingirlo para no poner peor a Manuel. Sabía que no iba a ayudarlo que todos esten demostrando la ansiedad que cargaban en sus cuerpos. Hizo su mayor sacrificio para parecer tranquilo aunque por dentro no lo estaba.
—Bueno, me voy. —la voz de Manuel llamó la atención de todos los presentes. Tenía que llegar antes, los demás lo seguirían momentos después.
—Nos vemos en un rato, gordo. —habló Santiago, acercándose para darle un abrazo. —Vamos a estar ahí, en primera fila. Siempre firmes. —prometió.
—Gracias, San.
El abrazo entre ellos duró unos segundos, con Bauleti susurrandole palabras de aliento al oído. No podría hacerlo sin sus amigos, y era consciente de eso.
—Dale que te lo comes crudo.
Manuel río. —Eso espero.
Cuando se separaron del abrazo, Manuel buscó con sus ojos a Moski, pero solo logró divisar como este desaparecía por el pasillo.
¿No iba a saludarlo?
—Manu, nos tenemos que ir. —apuró Balza, viendo como el competidor no se movía de su lugar, esperando a que el rubio apareciera.
—Anda bajando. —pidió, sin detenerse a mirarlo a los ojos. Santiago y Balza compartieron una mirada confundida antes de que Agustín saliera del departamento, haciendole caso a su amigo.
Merlo miró a Bauleti, pero este no supo que responderle. Subió y bajó sus hombros, también confundido por la desaparición de Moski.
—¿No me va a saludar?
Antes de que Santiago pudiera responderle, Lautaro volvió a aparecer por el pasillo, caminando a pasos apresurados. Baulo se alejó un poco para darles espacio a los dos.
El rubio se paró en frente de Manuel. —Pase lo que pase, para mí vos ya ganaste. —habló firme, mirándolo a los ojos. —No podría estar más orgulloso de vos.
—Te prometo que voy a traer el cinturón a casa.
Ambos sonrieron, atontados, ignorando los nervios y la incertidumbre. El juramento significaba mucho para ambos.
—Quédate quieto. —pidió Moski, caminando hasta que llegó a su espalda. Manuel acató la orden, expectante a lo que se traería entre manos su amigo.
—Bueno.
Lautaro hizo puntitas de pie, cruzando sus brazos frente al rostro ajeno. —Quiero que tengas esto.
Con cuidado, Moschini abrochó el collar en el cuello de Manuel, rozando la piel con la punta de sus dedos.
Merlo agachó su cabeza y fue allí cuando divisó la cruz dorada descansando tranquilamente contra su pecho.
—Voy a estar con vos.
Quizás no podría subir al ring pero le había dado una parte suya a Manuel para que lo acompañara durante esto. Era una promesa, algo mucho más grande de lo que cualquiera pudiera entender, incluyendolos a ellos mismos.
Lautaro volvió a aparecer frente a sus ojos y con cuidado movió su mano para enderezar la cruz en el pecho de Manuel. El ojiverde apoyó su propia mano contra la ajena, sosteniendola por unos momentos antes de acercar el dorso a su boca. Sin apartar sus ojos de los de Lautaro, le dió un pequeño beso a sus nudillos.
—Siempre estás conmigo.
