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El primer obsequio vino de parte de Chisato. En ese momento, ninguna de las dos era consciente de lo que aquello conllevaba.
Ese día, cuando salieron juntas por primera vez, Chisato solo tenía la intención de ayudar a Takina en su misión de comprar ropa interior apropiada para una chica. Pero, al final, acabó comprándole hasta ropa de verano con la que se veía linda y fresca.
Takina era toda una obra de arte, según la opinión de Chisato.
Esa salida terminó convirtiéndose en una especie de cita. Chisato no lo supo, pero Takina consideró la ropa interior, la ropa de verano, la comida —que estaba alta en azúcar y calorías, pero no por eso menos deliciosa— de aquel lujoso restaurante y hasta la visita al acuario como un regalo; un hermoso regalo por parte de la burbujeante rubia que, en un futuro no muy lejano, acabaría por convertirse en la persona más importante de toda su (ya no) solitaria vida.
El segundo obsequio fue de Takina, y Chisato, que no se lo esperaba, se sintió uno de los seres más felices de la Tierra al recibirlo.
Esa noche, dos días después de Halloween, tras limpiar su arma y hablar un poco de su vida con una expresión llena de nostalgia, Chisato recibió, de parte de la seria alfa, una bolsita repleta de golosinas junto a un pequeño colgante en forma de perrito con bufanda roja que, hasta el sol de hoy, llevaba de adorno en su maletín.
Además de eso, Takina, sintiendo que era el momento, le confesó —muy a su manera— que ella había querido salvar a LycoReco de la quiebra solo porque el local era muy importante para Chisato.
Takina quería ayudar a Chisato porque estaba agradecida y porque se estaba enamorando de ella; mientras que Chisato consideró esa bolsita y lo que la alfa había hecho por el restaurante como un bello regalo.
Un regalo que ella no creía merecer.
Ninguna de las dos lo diría en voz alta, pero ya en ese momento estaban más conscientes de lo que empezaban a sentir la una por la otra.
Sabiendo que los días de Chisato estaban contados y que tendría que volver a la DA para poder salvarla, Takina planeó todo un itinerario para tener una salida memorable con la rubia y darle la noticia de su regreso al Cuartel General de la mejor forma posible.
Tras salir al centro comercial y notar que Takina se vería en apuros apenas comenzara el frío del invierno, Chisato tiró de ella, arrastrándola hacia una de las tiendas de ropa que visitaron unos meses atrás.
«Takina se ve hermosa con cualquier cosa puesta», pensaba Chisato cada vez que la veía modelar ante ella algunas de las prendas de invierno que estaban de moda.
Más tarde, cuando llegaron al final de la salida y esperaban pacientemente a que cayera la nieve, Chisato le hizo un regalo más a Takina: le entregó su mullida bufanda rosa para que no se resfriara y así pudieran terminar con aquella "cita" sin acarrear ninguna enfermedad.
Para ese punto, sabían más que bien lo que sentían la una por la otra; sin embargo, la situación que estaban viviendo no era la mejor para exteriorizar esos sentimientos. Es decir, Chisato estaba cada vez más cerca de la muerte; un peligroso terrorista del Instituto Alan con un supertalento amenazaba con acabar con las Lycoris y la paz en Japón y, por encima de todo, Takina estaba a punto de volver a la DA.
No había espacio para iniciar una relación, eso era lo que ellas pensaban. Solo podían disfrutar de la compañía mutua, del lindo momento y de la satisfacción de haber podido salir juntas al menos una última vez.
Podría decirse que la compañía que se daban en ese momento era el mejor regalo que pudieron hacerse en medio de aquella compleja situación.
El obsequio que marcó el inicio de su relación sentimental fueron las pulseras que, muy diferente a lo que la gente solía pensar, fueron de Takina para Chisato y no al revés.
Sentadas en una de las mesas del restaurante donde Chisato había estado trabajando a medio tiempo durante el período en el que estuvo desaparecida, Takina le hizo entrega de ese regalo que se convertiría en un poderoso símbolo del vínculo que las unía.
—¿Pulseras a juego? Entonces, ¿quieres que tenga algo que diga "propiedad de Takina"? —rió Chisato, sin ocultar que, de hecho, esa pequeña idea no le desagradaba. Detalló el bonito accesorio entre sus manos, todavía cubierto por el envoltorio transparente—. Vaya, pero qué posesiva es mi Takina.
—Lo soy —afirmó Takina, sin inmutarse. Acababa de ponerse la pulsera que le correspondía—. Cada una lleva en la parte de abajo el nombre de la pareja de la portadora. La tuya lleva mi nombre y viceversa; además, tiene mi olor impregnado por si acaso.
Chisato, que ya había sacado la suya del envoltorio, la revisó para confirmar lo que su novia decía.
Ciertamente, su pulsera llevaba impreso «Takina» en la zona que haría contacto con la piel de su muñeca. La olfateó por encima y notó que olía a pino recién cortado: el olor de su alfa.
—Aw, ¡me encanta! —chilló la mayor y se la puso para ver cómo le quedaba. Era cómoda y se ajustaba perfectamente a su muñeca: ni muy ajustada, ni muy suelta.
—Claro que te encanta, las compré yo después de todo.
—¿Eh? —Chisato la miró mal—. Vaya, parece que tenemos un pequeño problema de ego aquí, ¿eh?
—Para nada —Takina dejó ver una suave sonrisa que hizo que Chisato ablandara su expresión—. Estoy feliz de que te gustara el regalo, pero creo que estoy más feliz de que por fin estemos juntas y de que puedas seguir viviendo, Chisato.
Al escucharla, Chisato enrojeció y, mientras dibujaba la sonrisa más hermosa que Takina haya podido ver, alzó su mano derecha para mostrarle lo bien que le quedaba.
