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Takina entró a su habitación, cerró la puerta, se lanzó a la cama, enterró su rostro en la almohada y empezó a gritar contra ella.
El entrenamiento había salido muy mal. No rindió tanto como le habría gustado y los regaños que recibió por parte de Fuki, la líder de su escuadrón, no hicieron más que acrecentar el sentimiento de fracaso que se expandía dentro de ella.
«Patética», pensó Takina. «No hago más que fracasar una y otra vez».
Despegó su cara de la firme almohada y suspiró con fastidio al escuchar golpes en la puerta. Por la forma de tocar y el intenso aroma a fresas que se colaba por debajo de la misma, supo de inmediato de quién se trataba.
—Vete, Chisato —gruñó—. No es un buen momento.
Los golpes en la puerta se detuvieron y Takina ya no pudo percibir el olor de la omega.
Extrañada, se levantó de la cama y se acercó a la puerta. Olfateó el aire en torno a la entrada de su habitación y, en efecto, Chisato ya no estaba al otro lado.
La situación era extraña. Por lo general, Chisato insistiría mucho o se quedaría allí, esperando a que Takina estuviera dispuesta a dejarla entrar. Pero, esta vez, solo se había ido y punto. Muy extraño.
—¿Chisato? —Takina tomó el pomo de la puerta y estuvo a punto de girarlo cuando unos brazos envolvieron su cintura desde atrás y un delicado aroma a fresas inundó sus fosas nasales, provocándole un respingo.
Casi saca su arma, pero Chisato fue más rápida. Solo con una mano le arrebató la pistola a la alfa y la tiró hacia la cama. Acto seguido, volvió a rodear la estrecha cintura de Takina con sus pálidos brazos.
—Ta-ki-na-na~ —canturreó la omega, muy cerca de su oreja—. ¿No sabes que es de mala educación querer apuntar con un arma a tus invitados?
Takina se estremeció ante la cercanía y lo cálido que se sintió el aliento de Chisato chocando contra su sensible oreja.
—Primero, no eres una invitada. Entraste a mi habitación por la fuerza; creo que podría acusarte con Kusunoki por eso y meterte en serios problemas.
—Oye, oye, ¡tampoco es para tanto!
—Segundo —prosiguió Takina, impávida—: como dije, es mi habitación; por lo que puedo hacer con mi arma lo que se me dé la gana. Tercero, ¿cómo entraste? La ventana está cerrada y la puerta también. No recuerdo ninguna salida de emergencia en este cuarto, aunque, pensándolo bien, debería haber una salida de emergencia en cada habitación por si acaso.
—Podrías proponérselo a Kusunoki, opino que es una buena idea —apoyó Chisato, animada.
—¿Verdad que sí? ¡Ey, espera un segundo, no estés de acuerdo conmigo para desviar el tema, Chisato! —Se removió contra el cálido cuerpo de la omega, incómoda al percatarse de que tenía los enormes pechos de ella apoyados contra su espalda—. ¿Podrías soltarme de una vez? Necesito algo llamado "espacio personal".
—Ah, lo siento —soltó a Takina mientras reía, avergonzada.
Takina se acomodó el uniforme y se giró para mirar a Chisato.
—Chisato, quiero saber dos cosas: Uno, ¿por dónde entraste? Y dos, ¿qué es lo que quieres? Porque recuerdo haberte dicho que este no era un buen momento.
Chisato la miró fijamente antes de responder.
—Sé que ha sido un mal día, Takina. Me enteré de lo ocurrido en el ejercicio de hoy y, de verdad, siento mucho que Fuki sea una sinvergüenza que no piensa en el daño que puede hacer a los demás con sus palabras.
—Las palabras de Fuki no me afectaron —mintió Takina, bajando la mirada y moviendo el pie derecho—. Es solo que, no sé, hice algunas cosas mal y estoy consciente de ello.
Chisato entrecerró los ojos al mirarla, pero decidió que no diría nada al respecto.
—Como sea —prosiguió Chisato—. En vista de lo ocurrido, y como no quiero que sigas culpándote y sintiéndote mal todo el día, vine a proponerte algo.
—¿Qué cosa?
—Vayamos por un helado y unos hot cakes griegos para levantarte el ánimo. ¿Qué dices?
Takina la miró como si tuviera tres ojos en lugar de dos.
—Creo que ahora sí enloqueciste, Chisato —se llevó una mano a la frente y, con movimientos circulares, masajeó esa zona usando los dedos pulgar e índice—. No podemos abandonar el cuartel general a menos que tengamos permiso para ello. Además, en caso de poder escabullirnos, no podríamos ir a ningún restaurante porque la ciudad más cercana está a casi cien kilómetros de aquí. Estamos, literalmente, en medio de la nada, rodeadas de montañas y bosque hasta donde alcanza la vista. Entonces, ¿cómo haremos algo así?
—Fácil —respondió Chisato, sin perder la sonrisa—. No dije que teníamos que salir del cuartel para ir a comer helado y hot cakes griegos, solo tienes que venir conmigo hasta el patio y yo lo resuelvo.
Takina la miró con incredulidad. No obstante, conociendo a Chisato, intuía más o menos qué era lo que había hecho y, de la nada, sintió cómo una ligera emoción crecía dentro de ella.
—¿A quién llamaste, Chisato?
—A Mizuki.
—¿Llamaste a Mizuki para que condujera más de cien kilómetros solo para que nos trajera comida y helado?
—Así es —convino Chisato, y Takina la miró con una ceja arqueada.
—¿A cambio de qué?
—No tienes que preocuparte por eso —la esquivó Chisato, empezando a caminar hacia ella para luego rodear sus hombros con un brazo y caminar hacia la puerta de la habitación—. Ven, debemos apurarnos y evitar las cámaras de seguridad. Mizuki estará detrás de la cerca en unos diez minutos.
—Chisato...
Pero Chisato no la dejó continuar, solo quitó el seguro, abrió la puerta y salió con ella en dirección al pasillo.
Al final, Takina no supo cómo Chisato había entrado a su habitación, pero, al menos, pudo disfrutar de un refrescante helado, además de unos deliciosos y para nada saludables hot cakes griegos.
Todo esto cortesía de Chisato y Mizuki.
