Chapter Text
El nombre extra.
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La navidad en la oficina es un evento único de cada año, ya que es la celebración favorita del director ejecutivo. Debido a esto, la secretaria se desvive en una planeación ostentosa y bastante organizada, que incluye adornos personalizados para cada oficina y computador, nieve artificial a ciertas horas del día en la entrada principal, un árbol enorme y ancho en la recepción, un intercambio de regalos entre los miembros destacados de la oficina y una fiesta lujosa el último día laboral.
Como parte de lo que llamamos el “protocolo navideño”, Thetys nos cita el primer lunes de diciembre para realizar un pequeño sorteo con el fin de convertirnos en el santa secreto de un compañero al azar. Los detalles del intercambio decide definirlos a primera hora de la mañana, el momento en que la mayoría de nosotros tomamos de cinco a diez minutos para prepararnos un café en la cocina.
Ya reunidos y a la espera de Julián, el CEO, Thetys mueve nerviosamente la caja de madera que lleva sobre las manos, y que contiene los nombres para repartirlos entre nosotros; sin embargo, cuando el jefe aparece, llega acompañado de un nuevo compañero de trabajo. Se trata de un muchacho delgado de cabello rojo que estará trabajando en contabilidad.
La idea de tener que meter otro nombre en el sorteo estresa ligeramente a la secretaria, mucho más que el hecho de tener que abrirle un expediente en la computadora con todos sus datos.
Tras una muy breve presentación mientras Thetys termina de introducir el nombre de nuestro nuevo compañero, nos enteramos que se llama Camus, proviene de Francia, tiene veinticinco años (mi edad), y que es su segundo trabajo oficial en Grecia desde que se mudó.
No parece un tipo divertido con esa postura al hablar o el semblante con el que pronuncia cada palabra. Parece, más bien, un maniquí de esos que modelan trajes en el centro comercial.
Finalmente, Thetys pasa con la pequeña caja sobre las manos, con los nombres de todos en el interior, explicando, como cada año, las reglas del sorteo: La primera es que, sin importar quien te toque, es tu obligación ser su Santa secreto. Sí sale tu nombre, por otro lado, puedes cambiar el papel. El regalo a elección depende de ti, pero marca muy puntualmente la importancia de no ser tacaños.
¿Y cómo serlo cuando el jefe siempre se luce con los regalos? Por eso todos, como cada año, están expectantes, ya que quieren ser el afortunado a quien el dueño le dará su obsequio de navidad.
Yo no tengo problema con quien vaya a tocarme, pues tengo buena relación con mis compañeros y los conozco bien a cada uno. Elegir un regalo para ellos no será problema.
O, al menos, ese fue mi pensamiento hasta que descubrí que era Camus a quien yo le iba a entregar su regalo…
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De todos los nombres posibles, tenía que ser justamente ese, el nuevo, el que nadie conoce. Y obviamente no es una opción viable ir y preguntarle sus gustos ya que se vería totalmente obvia mi intención. Tampoco puedo enviar a alguien más con semejante misión porque entonces revelaría directamente que soy su santa secreto.
—¿Podremos decirnos quién nos toca? —Esa tarde, mientras caliento mi comida en el microondas, se me ha acercado uno de mis compañeros de trabajo. Un muchacho castaño de ojos verdes con quién comparto el área laboral.
—No importa cuántas veces me lo preguntes, no te diré su nombre—. Cada año, con Aioria siempre tenemos la misma conversación, y mi respuesta, obviamente, siempre será igual.
Él cruza los brazos y frunce ligeramente la nariz.
—¿No te has puesto a pensar que tal vez quiera cambiar mi opción por la tuya?
¡Ah, claro! ¿Cómo es que no lo pensé? Tal vez porque sé exactamente a qué se debe su curiosidad.
Mis pensamientos no afloran por mi boca con palabras claras, pero sí con un gesto burlón.
—Creeme, no quieres hacerlo—. Respondo, sacando el refractario ya caliente para dirigirme a la mesa a comer mi almuerzo.
—¿Por qué? —pregunta él con interés.
Sí no le digo algo podría sospechar, así que necesito evadir la respuesta concreta.
—Porque no es Shura—. Menciono a la única persona que sé sí le interesa. Él se pone ligeramente incómodo.
—Te equívocas, yo no… —su balbuceo vuelve evidente que todavía le gusta ese hombre, un español de casi treinta años que trabaja en el piso de arriba. Alguien a quien Aioria siempre busca obsequiar en los intercambios de regalos de navidad y día del amigo.
—Has intentado salir con él desde hace dos años, ¿por qué no lo invitas y ya? —mi propuesta lo retrae, dejándolo en silencio. —¿Estás esperando que él lo haga primero?
Aioria mueve la cabeza desesperadamente.
—¡No, no! Es que… creo que a mí hermano le gusta también… —Murmura, enterrando el tenedor en algo que parece un camarón.
Sus palabras no me sorprenden ya que los he visto conversando varias veces y se siente una química bastante peculiar entre ambos, pero Aioros vive lejos de la ciudad, muy cerca de la otra sucursal de la empresa, y no sé si a Shura le agrade la idea de una relación a distancia.
—Tu hermano y Shura se ven una vez cada mes, y eso por razones profesionales—. Le recuerdo a Aioria con optimismo.
—Pero ellos...
—Dile que quieres salir con él y termina mi tortura.
—¿Tu tortura? —se extraña él al verme apuntarle con el tenedor.
—¡Si, hombre! ¿Crees que disfruto oírte quejar por Shura todo el tiempo?
—¡Pero sí fuiste tú quien lo mencionó! —protesta mi amigo con indignación.
—Aun así, ¡haznos un favor y pídele una cita de una vez!
Aioria frunce el ceño y se rellena la boca con el almuerzo mientras protesta como un gato salvaje.
Y no, no me enorgullece hacerlo enojar, ¡pero al menos salvé el tema!
Ahora solo tengo que preocuparme por Camus, y Aioria ya verá qué hace con Shura. Espero que al final se anime a decirle lo que siente.
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Durante toda la semana estuve intentando prestar atención a Camus para saber cuál sería una de las mejores opciones para el regalo de navidad; sin embargo, durante estos días fue difícil disimular cuando estábamos en la cocina o cerca el uno del otro, para no parecer sospechoso o románticamente interesado (ya saben, para evitar malentendidos incómodos).
Tanto era mi afán por disfrazar mis intenciones navideñas, que nuestra conversación no pasaba del hola y adiós. El miércoles, incluso, avanzó un par de frases cuando me preguntó si quería leche de almendra para mí café. Y debo confesar que la acepté con alegría porque estaba cansado del café amargo de la oficina.
En fin…
El viernes, por otro lado, noté que Camus y el jefe tenían algún tipo de amistad, ya que los escuché mantener una conversación fluida sobre el snowboard en Val Thorens, Francia; pero no puedo ir con Julián y decirle “oiga jefe, necesito información vital para la fiesta de navidad”.
Así que, como no tengo idea de que darle para el intercambio, decido ir el fin de semana que por suerte estaba libre, al centro comercial. Como es mediodía ya hay una cantidad cuantiosa de personas comprando cosas en las tiendas, algunos con cajas ostentosas cargadas en los brazos.
Camino por el lugar de un lado hacia el otro, viendo aparadores mientras trato de imaginar a mi compañero francés usando esa bufanda tejida a juego con guantes y sombrero, o el suéter azul a rayas verdes, la corbata negra con delicados destellos dorados, o incluso el reloj con correa de cuero que está grabado, tras el cristal; no obstante, ninguna de las imágenes visuales de él con esas cosas puede cumplir mis expectativas, pues a todas les encuentro un pero. No por el precio, sino porque pienso que tal vez no serán el tipo de obsequio que alguien como él espera para navidad. Es decir, no lo conozco, pero no parece ese tipo de persona.
Después de un par de horas de tanto caminar por todo el centro comercial me ha dado sed, así que decido ir a la zona de comidas para comprarme un jugo o algo parecido para continuar mi recorrido. Y, ya que hace frío, no hay mucha gente formada en ese local cuando llego, por lo que elijo un jugo natural antioxidante de frutas para continuar mi camino. Por la tarde ya contemplaré una hamburguesa, o una porción de pizza.
Doy un par de pasos para salir de la zona de la comidas mientras sacio mi sed, cuando noto una mirada familiar sobre mí: se trata de Camus, sentado a dos mesas de distancia.
—Hola—. Me saluda, tragando, recientemente, su bocado.
Demoro un segundo en responder, ya que no esperaba verlo ahí.
—¡Hola! —Correspondo su gesto, acercándome a la mesa donde está sentado, solo, comiendo un plato de musaka— ¿Qué haces por aquí? ¿Compras navideñas? —tomo asiento en una de las sillas vacías para mirarlo de frente. Él menea suavemente la cabeza.
—Solo vine a comer—. Con la mano, me muestra lo que hay en el plato.
—¿Y ya compraste el regalo para el Santa secreto? —supongo que sí le puedo preguntar esto, ¿cierto? Porque se trata de una duda casual, ¿o no? Es de lo que hablarías con alguien que está en tu misma situación.
Él mueve afirmativamente la cabeza una vez.
—Suelo hacer mis compras por internet—. Dice, bebiendo un sorbo de un café frío que tiene junto al plato.
Su respuesta me sorprende y desconcierta al mismo tiempo.
¿Por internet?
—¿En serio? —Estoy realmente sorprendido por lo que escucho. Él vuelve a asentir.
—Así puedo evitar el tumulto de la gente por las fechas—. Me explica en un tono casual.
Sus palabras continúan dejándome sorprendido, pues me parece una solución muy interesante, aunque también me muestra la falta de interés en la otra persona.
—Eso es más práctico, cierto. Pero olvidas el factor especial en el regalo, el saber que esa persona le dedicó su tiempo a buscar algo para ti.
—También lo hice por internet—. Explica con calma—. Tardé dos días en hacer una elección que parecía, inicialmente, irrevocable.
—Te entiendo. ¿Y ya estás seguro con tu compra?
—Temo que es un poco tarde para decir que no—. Vacila en su respuesta.
—¿Por qué?
—Me llegó esta mañana.
—¡¿Tan rápido?! —exclamo con sorpresa, pues siendo casi navidad ¡esas cosas tardan semanas!
—Sí—. Su respuesta me deja pensando que tal vez debería haber optado por algo en línea, pero también continuo pensando que le quita un poco el significado.
¿Será que me siento decepcionado? Es decir, no lo conozco, pero ¿significa entonces que no debería esforzarme tanto?
—¿Y tú, ya conseguiste el tuyo? —Su pregunta me saca de mis pensamientos. Sonrío ligeramente y nuevo la cabeza en forma negativa.
—Estoy en eso, así que debo apresurarme si quiero conseguir el regalo adecuado—. Me levanto de la silla y me despido con gesto distante de mano. Él asiente, y casi me parece que quiere añadir algo más…
—Suerte—. Pronuncia al final.
—Gracias. Nos vemos—. Me doy la vuelta y me dirijo nuevamente hacia las tiendas pensando en nuestra conversación y tratando de decidir qué es lo que quiero hacer.
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Después de mi pequeño encuentro con Camus me siento más confundido que al principio, porque, aunque entiendo sus motivos para elegir el regalo en línea, siento como si no le importara dar o recibir cualquier cosa.
Y está bien. No todas las personas somos iguales, lo que también debería significar que no tengo presión para comprar lo que sea; sin embargo, todavía me siento comprometido a darle algo cuidadosamente elegido.
¿Por qué? ¡No lo sé! Siento que de verdad no puedo solo darle algo al azar.
Todavía indeciso, camino nuevamente entre las tiendas tratando de elegir algo. Tratando de ver una opción que me deje totalmente convencido.
Vuelvo a toparme con la corbata negra de pequeñas estrellas doradas. Parece elegante y original, pero siento que eso es lo que alguien le daría a otra persona cuando, precisamente, no sabe qué más comprar.
Al visitar otra tienda también veo estuches para la laptop o herramientas para escribir en forma digital. Cosas para dibujantes, grabadoras para escritores… ¿Alguna de esas cosas le gustará?
Quisiera que fuera tan sencillo como darle un kit de spa a Afrodita, o juguetes sexuales a Death Mask. ¡Hasta Shura y Aioros tienen gustos más simples! ¡Pero no!, tenía que tocarme el muchacho nuevo de la oficina, el nombre extra en el intercambio de regalos.
Al pasar por otra tienda veo ropa navideña que va desde pantuflas en forma de bebé foca, hasta bufandas personalizadas de dibujos animados.
Ya se estaba haciendo de noche cuando encuentro el regalo perfecto. O al menos lo que yo pienso que podría ser. Se trata de un kit para contador que consiste en un termo para café con una taza que dice “los números son mi pasión”, así como una libreta con un estuche de bolígrafos dorados a color negro.
Si, definitivamente eso es mejor que las otras opciones.
Pago el monto total con mi tarjeta de débito y le solicito que me envuelvan para regalo, una práctica común en estas temporadas.
Cuando el paquete está listo lo ponen dentro de una bolsa negra que yo tomo con alegría y me dirijo fuera del local.
¡Por fin terminé!
¡Qué cansado y complicado ha sido todo esto! Ya puedo pensar con claridad en lo que voy a comer.
Con la bolsa en la mano me encamino por el centro comercial que ya está repleto a esta hora de la tarde, hacia la zona de comida para comprarme una pizza o cualquier cosa para comer. Estoy a pocos pasos de mi destino, cuando siento un empujón muy fuerte que me lanza contra un par de personas delante de mí, tirándome contra el piso. Al elevar la vista noto que eran un grupo de niños corriendo sin control como pequeños animales salvajes.
—¿Se encuentra bien? —le pregunto a una de las señoras que estaban tiradas en el suelo todavía. La mujer es auxiliada por unos muchachos mientras yo me incorporo sin ayuda. Sus cosas y mi regalo están en el suelo. Yo solo espero que no se haya roto nada.
Una vez de pie, tomo la bolsa negra que está cerca de mi.
Había pensado comer algo aquí, pero ya me quiero ir, así que decido volver a casa, pensando en que ya pediré algo en el camino.
La verdad es que nunca me había costado tanto trabajo encontrar un buen regalo, pero supongo que lo que hay dentro de la caja será de su agrado, ¿o no? Después de todo, son cosas que le serán útiles para el trabajo, y la taza es ligeramente graciosa, así que está bien. Solo espero que no se haya roto nada, o que las cosas no salgan mal…
¿Debería revisarlo?
Nah, seguramente todo estará bien…
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Continuará…
