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RECURSO HUMANO

Summary:

Las deudas no desaparecen cuando alguien muere.
Solo cambian de nombre.

Cuando el saldo pendiente supera lo razonable, el sistema ofrece alternativas. Programas especiales. Acuerdos bilaterales. Soluciones que nadie explica con demasiados detalles, pero que funcionan lo suficientemente bien como para que nadie haga demasiadas preguntas.

Noa se ve forzado aceptar una de esas soluciones en contra de si mismo, sin conocer las verdaderas implicaciones.

ARGUS-7 no es una prisión. Tampoco un refugio. Es un punto intermedio, un lugar de tránsito donde las decisiones ya fueron tomadas por otros. Allí, los humanos no son rehenes, pero tampoco invitados. Son recursos temporales dentro de un acuerdo diplomático frágil y cuidadosamente vigilado.

Y nada de esto parecía personal.
Hasta que empezó a serlo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:


Dolor, dolor y más dolor. Estoy otra vez en mi celda, como si nunca hubiera salido. No hay diferencia. Solo la sal en mis mejillas, la que deja en claro lo que soy en este momento: un fracaso tembloroso hecho ovillo.

Las horas se arrastran entre sollozos ahogados hasta que, en algún punto, el cansancio me derriba y me duermo. Y, aún así, lo único que deseo —como un cobarde sin imaginación— es no despertar.

Pero claro… ¿Cuándo he tenido yo tanta suerte?

Una avalancha de resignación me cae encima, brutal y aplastante. No tenía caso. Desde el principio escapar era una improbabilidad, así que no sé por qué me sorprendo.

Sí, llegué lejos. Tan lejos que casi podía saborear la libertad en la punta de la lengua.
Pero fui estúpido. Y ahora ese “casi” se vuelve un trago amargo y espeso que se me pega en la garganta y me llena de desesperación.

No tenía lo necesario para manejar la navegación, ni un plan real para el caso —inevitable— de ser descubierto.
Jamás fui lo bastante listo. Ni tuve la concentración para retener lo que importaba. Tampoco era atlético, ni fuerte. Los deportes siempre me dieron igual.

Era una combinación perfecta para fracasar. Y lo hice.

Mis habilidades mediocres e inútiles se redujeron a lo artístico ya manejar las emociones. Sí, tenía chispazos de ingenio… pero siempre bajo ese techo invisible que yo mismo me imponía.
Lo sabía. Siempre lo supe. Y lo peor es que nunca aprenderé a manejarlo.

Soy inútil, patético, imperdonablemente incapaz.
Encerrado aquí como cualquier animal que no pudo hacer nada mejor.

Durante un par de horas mi mente se fue hundiendo más y más en ese ciclo familiar de autodesprecio. Un remolino denso, pegajoso, del que no se sale, solo se gira. Me acomodé en la misma posición fetal de siempre, clavando la mirada en la pared gris hasta que dejó de ser una pared y pasó a ser nada.
Disociado. Vacío.

Calculo —con la precisión inútil de alguien sin referencias reales— que estuve así casi todo un “día”. Sin moverme. Sin pensar en nada útil. Solo respirando por inercia. De vez en cuando un parpadeo me devolvía al cuerpo: dos lágrimas, tal vez tres, escapaban cuando la lucidez alcanzaba para recordar que seguía vivo.
Luego volvió a cien.
Y la pared gris seguía allí, paciente, testigo de mi colapso silencioso.

De no ser por las garras del inevitable destino rasgando mi puerta, habría seguido hundido en ese vacío.
Los pasos llegaron primero como un murmullo lejano, tan distante que mi mente los confundió con otro eco de mi deriva mental. Pero crecieron. Se multiplicaron. Se acercaron.

Mi corazón empezó a golpear con fuerza incluso antes de que las vibraciones llegaran hasta mí.
Me encogí instintivamente, agazapado, medio oculto tras la losa metálica como un animal arrinconado.

Era lo único que podía hacer en ese espacio estrecho. Sin armas. Ni ventajas.

Las primeras sombras que se cuelan por mi estrecho ángulo de visión pertenecen a un par de guardias. Los mismos que me escoltaron hasta esta celda… y entre ellos se distinguen al que dejé inconsciente durante mi intento de fuga.

Su presencia aquí no necesita explicación.
El momento ha llegado.

Me mantengo tenso, esperando el instante en que me arrastran fuera de la celda, que ahora me parece el lugar más seguro del universo.

Pero no ocurre.
Ni siquiera cruzan el umbral.
Solo se quedan ahí, mirándome.

Inusual. Demasiado.

Me habría gustado creer que, después del primer incidente, estos salvajes alienígenas me temían o al menos me trataban con cautela.

Pero descarté la idea al instante, tan fugaz y absurda como era.

Ambos guardias se separaron apenas, abriendo una brecha. Un engaño visual: el hueco se llenó de inmediato cuando otro par apareció detrás de ellos, entrando sin dudar en mi espacio reducido.

Y no eran guardias. Las armaduras, las máscaras… distintas, pesadas, personalizadas.

Estos eran cazadores.
Depredadores , como los conocidos en mi planeta.

Me replegué hasta la esquina más lejana de la celda, intentando exprimir hasta el último centímetro de distancia entre ellos y yo.

Los dos cazadores avanzaron con pasos medidos, las garras abiertas y la mirada clavada en mí. Rodearon la loza por ambos flancos, silenciosos como cuchillas deslizándose por piedra.

Me estaban acorralando.

Consideré ponerme a la defensiva y lanzarme contra el más pequeño, pero no tendría tiempo de escapar del otro.
Descartado.

Noté entonces que los guardias del exterior ya no estaban. Se había marchado con toda la calma del mundo.

Mi oportunidad.

Si lograba flanquear a estos dos, podría salir por el pasillo.
Pero ya estaban demasiado cerca.

Serpenteé entre sus garras, deslizándome por debajo de la loza hacia el exterior. Pero subestimé su velocidad de reacción.

En cuanto salí de la protección de la loza no llegué a dar ni dos pasos antes de que uno me sujetara por el abdomen con una presa brutal. No dolía, pero era firme como un cepo.

Me alzó contra su pecho con un solo brazo. Era amplio, duro, cálido.
Mis pies no tocaban el suelo; pataleé frenético y solté un par de codazos inútiles. Ni le movieron un músculo.

Al ver que mi agresividad no cedía, el yautja se lo tomó con una calma casi insultante.

Gruñó contra mi oído, un sonido bajo y vibrante. En vez de intimidarme, solo me hizo retorcerme más, intentando hacer palanca contra su agarre. Inútil. Era pura masa y músculo.

—¡Suéltame! —mi voz salió rasposa por el esfuerzo.

Quince segundos después ya estaba jadeando, exhausto, colgado de su regazo como un muñeco sin fuerza.

Era un esfuerzo absurdo, sobre todo después de lo de ayer. Los músculos de mis piernas y mi abdomen se contraían en espasmos punzantes, como si cada fibra protestara por seguir viva.

El agarre aflojó apenas cuando notó cómo me vencía la flacidez.

—Tranquilo… — murmuró en un barítono áspero contra mi nuca.

Un hilo de su aliento cálido se filtró por los bordes de la máscara y me recorrió la espalda en un escalofrío involuntario.

Finjo sumisión, reduzco mis movimientos. Demasiado concentrado en recuperar el aliento y en medir la primera oportunidad para salir corriendo. Tal vez incluso arrancarle un colmillo exterior en el proceso. Sería un buen bono.

—Voy a soltarte.

Me pegué a la pared casi de inmediato, en cuanto sentí que retiraba el brazo. El movimiento era instintivo, defensivo.
Ellos mantuvieron la distancia al notar mi reacción, atentos, tensos, pero sin avanzar.

Me quedé sentado, mirándolos de frente. Ellos se pusieron de cuclillas, a mi altura.

Ahora que no tenía otra opción más que quedarme quieto —no iban a dejarme ir— caí en cuenta de algo inquietantemente familiar. El más grande. Las rastas. Los implantes. Ese azul cobalto tan particular, casi eléctrico.

Lo reconocí de inmediato.

Era el yautja que había intervenido en la pelea.

—Tú… — empecé, tragando saliva para aliviar la sequedad de mi garganta —. Estabas en la plataforma. Lo golpeaste — dije, con cautela, midiendo su reacción.

Obtuve un leve sentimiento como única respuesta.

Acto seguido, él y su compañero se retiraron las máscaras. Sus ojos ámbar y facciones duras quedaron expuestas frente a mí. Lo cual no tiene sentido, a menos que me consideren muy débil para ser una amenaza de la cual se tenían que proteger.

Aun así, seguía molesto. Indignado.
Y lo único que fui capaz de sentir al mirarlos fue una repulsión inmediata y visceral.

—Mi nombre es VráDuun. Y él es SeíDaar — dijo, con una voz relajada y formal, señalándose a sí mismo y luego a su compañero.

De acuerdo.

Un silencio incómodo y expectante se instaló entre nosotros. Yo estaba confundida.

«¿Y luego? ¿Qué quieres, un premio o qué?»

El más pequeño empezó a mostrarse impaciente ante mi falta de respuesta.

—Tu nombre, humano? —preguntó . Su voz era más ligera, pero igual de clara y firme.

—¿Para qué? ¡Si van a matarme, déjense de estupideces y háganlo de una vez! — escupí, cargado de fastidio e irritación. No es que tuviera prisa, pero ya habían estirado demasiado esta farsa.

Se miraron entre ellos. Confusión, supongo.

—No queremos matarte. Ni lastimarte.

—¿En serio? — réplica, seco —. Porque su amigo no parecía tener ese problema hace rato.

La ironía cayó pesada en el aire.

—Tú lo retaste. Aunque fuera un error.

—Mmm. ¿Por eso lo mataron?

—No — respondió sin rodeos —. Cometió un acto deshonroso al atacarte con un proyectil de fuego. Eso se castiga con la muerte.

Perfecto. Confirmado. Están completamente mal de la cabeza.

—Entonces, si ustedes no van a matarme… — preguntó, cada vez más confundido—. ¿Quién se supone que lo hará?

—Técnicamente, nadie en esta colonia puede lesionarte —explicó el más pequeño, con un tono práctico, como si fuera evidente.

— Entonces ¿para qué mierda me tienen aquí? —exploté , agotado—.

La situación ya rozaba lo absurdo. Y estaba exhausto.

—Cachorro…

—¿Disculpa?

—Cachorro. Cría. Bebé.

Lo miré, completamente perplejo. Las palabras salían de su boca como si tuvieran sentido real.

—¿Estás insinuando que soy un bebé? Porque no estoy de humor para insultos.

—No — respondió sin alterarse —. Tú llevas un bebé.

Me quedé sordamente aturdido por lo que debieron ser unos treinta segundos, el tiempo justo para que mi cerebro se reiniciara por completo. Cuando por fin reaccioné, lo único que salió fue un muy elocuente:

—¿Qué?

— ¿De qué mierda me estás hablando?

El más pequeño no dudó. Lo explicado con la calma de quien cree que está diciendo algo obvio.

—Después de colocar el implante traductor, se activan los protocolos de cría. Por eso traemos humanos a la colonia. Para la temporada de reproducción.

Otro silencio se impuso, más breve, roto por mi risa nerviosa.

Me puse de pie, un poco más recuperado, buscando una posición menos incómoda. Al mismo tiempo empecé a gesticular con las manos, casi por reflejo, intentando ordenar lo que iba a decir. Era un hábito profundamente arraigado en mí, la única forma que tenía de aclarar mis ideas cuando todo se volvía caótico.

—Una ver. Creo que todo este asunto alienígena los tiene un poco confundidos. No sé cómo funcionan las cosas en su planeta ni me interesa. Pero los humanos de género masculino no pueden tener bebés. Y, siendo honesto, tampoco creo que una hembra humana pueda gestar algo que no sea humano.

Es cierto —respondió sin alterarse—. No podrían hacerlo en términos tradicionales. Pero los factores que separan a nuestras razas son mínimos comparados con los de otras especies. Y esas diferencias se pueden sortear con modificaciones poco invasivas, aplicables a ambos géneros.

—¿Qué?

La sangre me bajó directamente al estómago.

—Me diciendo ¿estás que me metieron un bebé dentro… mientras estaba inconsciente? —escupí— . ¿Por qué carajos harían algo así?

—La natalidad de nuestra especie es…

Una bruma espesa me cubrió el cerebro, los oídos y la concentración. Dejé de entender lo que salía de su boca colmilluda y desagradable.

Esto tenía que ser un error.

Una pesadilla.

Me sentí mareado y la visión se me volvió difusa. El pánico estalló en mí como una bomba molotov. Las piernas se me vaciaron de fuerza.

Me tambaleé y me aferré a la pared. De pronto, el oxígeno parecía haber desaparecido y las náuseas me atacaron, aunque me obligué a no vomitar.

Percibí a dos figuras acercarse y solté un forzado “no me toques”.

Ambas se detuvieron. Yo me desfondé hasta quedar medio sentado en el suelo. Me recordé que este no era un lugar seguro y respiré hondo para recuperar el control de mi cuerpo.

No sé cuánto tiempo me tomó, pero el hormigueo en los dedos y la ingravidez corporal persistieron un rato más. En algún momento había cerrado los ojos, y al abrirlos esos malditos alienígenas seguían ahí. Agazapados demasiado cerca para mi comodidad, con expresiones difíciles de leer.

No tenía energía suficiente para cuestionar nada.

Pero tenía una cosa clara.
—Déjenme en paz…

Ninguno se movió. Inexpresivos.

Tal vez podía razonar.
—Quiero volver con los míos… por favor — rogué, exhausto. Asustado.

—No puedes irte. No hasta que el cachorro nazca.

Otra oleada de tristeza y desesperación me golpeó.
Me encogí, rodillas al pecho, pegado a la pared. La mejilla izquierda contra el frío de la superficie. Me cubrí los ojos ante el ardor del llanto inminente.

No quería llorar frente a este par de brutos salvajes sin un gramo de empatía.
—¡Váyanse! ¡Quiero que se vayan!

Con el cansancio emocional encima, era seguro que terminaría dormido después de tanto subidón de emociones. No estaba preparado para lidiar con todo a la vez.
—Déjenme en paz… —murmuré, sin obtener respuesta. Al menos no la que quería.

Sentí cómo algo suave —una manta— me envolvía, y luego cómo me levantaban como a un niño. No tenía fuerza para quejarme, mucho menos para forcejear...

El precio de la Deuda – Próximamente...


 

Notes:

La verdad es que ya llevaba desde el estreno de la nueva película de “Predator, tierras salvajes” que, por cierto, me encantó. Soy una fiel seguidora de la franquicia de “alien y depredador” en su conjunto. Llevaba desde entonces con la idea de una historia, sólo que tenía problemas con el concepto.
Pero en el momento en que me puse a escribir dije, “Ay, va a ser cortito”, pero al final llegué al punto en que eran 5000 palabras y dije, no me puedo detener aquí y terminé con unas 8300. De las cual es obvio, tuve que seleccionar la parte que más me gustara para este capítulo, por qué ni siquiera es un resumen, sino una parte más o menos de lo que quería capturara.
En fin. Para mi gran sorpresa decidí proyectar mucho de mi circunstancia en el protagonista, en este caso con la cuestión del autismo, yo soy una persona autista y pensé, qué interesante sería esta convivencia con una persona cuyas regulaciones emocionales no son el estándar ni las adecuadas para ninguna situación de gran estrés. Entonces esta historia representaría eso.
Espero que les haya gustado, comenten para crear una historia mas extensa, detallada y con contenido +18 para el público