Chapter Text
El dolor llegó primero, como un cuchillo oxidado clavado en el pecho, un ardor profundo que se extendía desde el centro de su cuerpo hacia los extremos, como si algo hubiera abierto un agujero que ya no sangraba, pero que seguía latiendo vacío, recordándole que estaba vivo... o algo parecido. El aire entraba por su nariz en ráfagas calientes, cargado de un olor metálico y dulzón que se pegaba a la lengua como jarabe rancio, quemando la garganta con cada inhalación. El suelo bajo sus manos era áspero, agrietado, caliente al tacto, como si estuviera sobre brasas apagadas hace poco. Alastor intentó moverse, y algo se agitó detrás de él: una cola esponjosa, suave, que rozó el pavimento y le hizo dar un respingo involuntario, enviando un escalofrío por su espina dorsal.
Sus manos temblaban al presionar el suelo para incorporarse. Eran pequeñas, demasiado pequeñas. Dedos delgados, piel morena que se desvanecía en manchitas claras como las de un cervatillo recién nacido, frágiles y sucios por el polvo rojo que cubría todo. Se tocó la cabeza con dedos temblorosos: orejas largas, puntiagudas, cubiertas de pelaje corto y suave que se erizaba con el frío repentino del aire. Y en la espalda, bajo la ropa roja raída que no recordaba ponerse, manchas suaves que se extendían como sombras, sensibles al roce, enviando sensaciones extrañas a su cerebro confundido.
Se arrastró hasta un charco sucio, reflejante bajo la luz rojiza que parecía provenir de todas partes y de ninguna. Allí estaba: un niño. Ocho años, quizás nueve. Rizos rojizos revueltos, ojos grandes y rojos que brillaban asustados en la penumbra, pecas salpicadas por las mejillas y la nariz como estrellas caídas. Una carita redonda que su madre solía besar antes de dormir, susurrando canciones suaves en creole para ahuyentar las pesadillas.
-Mamá... -susurró, y la voz le salió aguda, quebrada, como cuando tenía que esconderse bajo el lavadero mientras su padre gritaba insultos racistas, el olor a alcohol impregnando el aire. ¿Dónde estaba ahora? ¿Esto era el castigo por lo que había hecho? ¿Por la apuñalada en el cuello de su padre, la sangre caliente empapando sus manos pequeñas?
Las lágrimas picaron en sus ojos, calientes como el suelo, pero no cayeron. No aquí. No en este lugar que olía a humo y a algo podrido debajo, donde el cielo era un remolino eterno de rojo y negro, y los sonidos distantes -gritos ahogados, risas que no eran alegres, explosiones que hacían temblar el suelo- le recordaban que no estaba en casa. Se acurrucó contra la pared fría y viscosa, abrazándose las rodillas con brazos que dolían de moretones invisibles. El corazón le latía rápido, un tambor en el pecho vacío, y la cola se enroscaba alrededor de sus piernas como si buscara consuelo en sí misma. ¿Por qué tenía una cola? ¿Por qué tenía orejas como de animal? ¿Era esto el Infierno que la iglesia mencionaba, el lugar para los pecadores como él, el mestizo que nunca encajaba en ningún lado?
Unos tacones resonaron en el callejón, un clic-clac constante que rebotaba en las paredes manchadas. Alastor se encogió más, el corazón acelerándose hasta doler, el miedo apretando su estómago como una mano invisible. Quería correr, pero las piernas no respondían, pesadas como plomo, entumecidas por el frío que se colaba bajo su piel. Una figura alta se acercaba entre las sombras, silueteada contra el cielo rojo. Una mujer, elegante, con piel grisácea que parecía ceniza viviente y ojos negros enormes que absorbían la luz. Vestida de rojo oscuro y negro, como las damas de las fotos antiguas que su madre guardaba en un cajón secreto, un sombrero grande con plumas marchitas y flores que olían a rosas muertas. Sonreía. Una sonrisa ancha, perfecta, con dientes afilados que no llegaba del todo a los ojos, fría como el viento que ahora soplaba.
-Vaya, vaya... mira lo que tenemos aquí. -dijo con voz suave, sureña, como la de su madre cuando cantaba en la cocina para cubrir los gritos de su padre. El acento le dio un pinchazo de nostalgia en el pecho.- Un cervatillo perdido. Qué cosa más adorable.
Alastor tembló, el cuerpo entero vibrando con el frío y el terror. Quería correr, esconderse como en las noches de violencia en casa, pero ¿a dónde? ¿Esto era real? ¿O solo una pesadilla más, como las que tenía después de las palizas? La mujer -Rosie, aunque aún no lo sabía- se agachó frente a él, sin dejar de sonreír, su perfume a rosas viejas y algo metálico debajo invadiendo su nariz, haciendo que su estómago se revolviera. Extendió una mano enguantada, dedos largos y pálidos que parecían huesos cubiertos de seda.
-No te asustes, pequeño. Aquí no todos mordemos... al menos no de inmediato. ¿Cómo te llamas, cariño?
Alastor tragó saliva, la garganta seca como papel de lija. Su madre le había enseñado a ser educado, incluso con extraños, especialmente con extraños que parecían peligrosos. -A-Alastor... -murmuró, la voz apenas un hilo, el miedo apretando su pecho. ¿Por qué le hablaba así? ¿Qué quería de él, un niño perdido en este lugar horrible?
Rosie abrió los ojos un poco más, un destello de interés en esos pozos negros. - ¿Alastor? Oh... sí. Claro que sí. Te esperaba desde hace mucho. Ven, no es lugar para un niño tan bonito.
Extendió la mano de nuevo, insistente. Alastor dudó, el corazón martilleando en sus oídos, el olor a rosas marchitas asfixiándolo. El miedo le apretaba el estómago, pero el frío del suelo era peor, calando sus huesos como agujas. Tomó la mano. Estaba helada, como tocar hielo vivo, enviando un escalofrío por su brazo. Rosie lo levantó como si no pesara nada, su fuerza sobrenatural haciendo que Alastor se sintiera aún más pequeño, más vulnerable. Lo guió fuera del callejón, su falda rozando el suelo sucio con un susurro constante.
Caminaron por calles llenas de demonios elegantes que saludaban a Rosie con inclinaciones de cabeza, sus ojos curiosos posándose en Alastor como si fuera una rareza. Casas victorianas con jardines donde crecían flores que parecían tener dientes afilados, farolas que ardían con fuego azul que no calentaba, el olor a sangre y especias constante, mezclado con humo y algo podrido debajo que hacía que su nariz picara. Alastor iba pegado a la falda de Rosie, el corazón latiendo rápido, las orejas moviéndose solas con cada sonido nuevo; ruidos de cadenas, risas maníacas, gemidos distantes. La cola se removía, rozando la ropa, enviando vibraciones incómodas por su espalda. ¿A dónde lo llevaba? ¿Era esto mejor que el callejón, o peor?
Llegaron a una mansión grande, con balcones curvados y ventanas altas que reflejaban el cielo rojo eterno como espejos sangrientos. Dentro, todo era lujo antiguo: muebles oscuros de madera tallada, cortinas pesadas que olían a polvo y tiempo, candelabros que goteaban cera roja como sangre coagulada. Sirvientes demonios con uniformes impecables, pieles grises y ojos vacíos, los saludaron con reverencias, sus movimientos silenciosos como fantasmas. Rosie lo llevó a un salón con chimenea, el fuego crepitando con llamas verdes que no calentaban, solo iluminaban con un resplandor enfermizo.
Lo sentó en un sofá mullido, el tejido áspero contra su piel sensible, y se sentó frente a él, cruzando las piernas con elegancia, su sonrisa intacta. El aire era pesado, cargado de ese perfume floral muerto. Alastor se encogió en el asiento, las manos apretadas en el regazo, el corazón aún acelerado. ¿Qué quería esta mujer? ¿Por qué lo miraba así, como si fuera un juguete interesante?
-Bien, cervatillo. Tienes preguntas, ¿verdad? -preguntó Rosie, su voz suave como seda rasgada.
Alastor asintió lento, las manos temblando. El miedo le apretaba la garganta, pero necesitaba saber. -¿Estoy... muerto? -susurró, la palabra pesando como plomo en su lengua.
Rosie soltó una risa suave, musical, que resonó en el salón vacío como campanas rotas. -Oh, sí, querido. Muy muerto. Este es el Infierno. Tu nuevo hogar.
El niño sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, un vacío creciendo en su pecho. Infierno. Pecado. Castigo eterno. Las historias de la iglesia, los sermones sobre fuego y tormento, todo real. Su cuerpo tembló, el frío calando más profundo. ¿Por matar a su padre? ¿Por ser un error, mestizo, rechazado por todos? Lágrimas picaron de nuevo, pero las contuvo, mordiéndose el labio hasta saborear sangre. -¿Mi mamá... está aquí? -preguntó con voz temblorosa, el miedo a la respuesta apretando su estómago.
Rosie negó con la cabeza, la sonrisa intacta, un destello de algo como piedad en sus ojos negros. -No, pequeño. Tu madre era demasiado buena para este lugar. Está... en otro sitio. Más tranquilo. Más arriba.
Un alivio inmenso lo inundó, tan fuerte que le dolió el pecho, como si el vacío se llenara por un momento. Su mamá estaba a salvo. No sufriría más golpes, más insultos. Lágrimas calientes rodaron por sus mejillas, el cuerpo temblando con sollozos silenciosos. Rosie lo observó un largo rato, ladeando la cabeza como si estudiara una curiosidad.
-Ahora, lo importante. -dijo al fin, su voz cortando el silencio como un cuchillo.- Tú no llegaste aquí por casualidad. Ni yo te encontré por casualidad. Tu familia... tu linaje materno, hace mucho tiempo, hizo ciertos arreglos conmigo. Para salir de situaciones difíciles. A cambio, algunos descendientes... terminan perteneciendo a mí. De una forma u otra.
Alastor la miró confundido, secándose las lágrimas con la manga sucia. El alivio se mezclaba con un nuevo miedo. ¿Arreglos? ¿Pertenecer? Las palabras sonaban como las historias que su madre contaba de espíritus y pactos en las bayous. - ¿Perteneciendo? -repitió, la voz quebrada. ¿Qué significaba eso? ¿Era un esclavo ahora, como los que mencionaban en las clases de historia?
Rosie sonrió más ancho, sus dientes afilados reluciendo. -Digamos que eres parte de mi casa ahora. Mi responsabilidad. Mi... pequeño ayudante.
El niño sintió frío en el estómago, un nudo apretándose. Ayudante. Responsabilidad. Sonaba amables, pero algo debajo no lo era, como el tono de su padre cuando prometía no golpear más. ¿Qué tipo de ayuda? ¿En este lugar horrible? Alastor bajó la vista, las manos temblando más. Rosie lo observó, su expresión inalterable.
-Y los otros? ¿Los de mi familia que vinieron antes? -preguntó, la curiosidad luchando con el miedo.
Rosie suspiró, teatral, el sonido como viento en hojas secas. -Todos se fueron, pobrecitos. El Infierno es un lugar... complicado. Algunos duran más, otros menos. Ya no quedan.
Alastor procesó las palabras, el vacío en su pecho creciendo. Solo. Para siempre. Con esta mujer que sonreía demasiado, en un mundo de rojo y dolor. El miedo le apretaba la garganta, las lágrimas amenazando de nuevo. ¿Nadie más? ¿Ningún familiar para ayudarlo? Rosie se levantó de repente y chasqueó los dedos, un sonido seco que hizo eco en el salón.
-Aunque... así como estás, no resultas muy práctico. Los niños llaman demasiado la atención aquí. Y no del tipo bueno.
Antes de que Alastor pudiera reaccionar, un poder oscuro lo envolvió, como sombras vivas que se colaban por su piel, frías y viscosas. Sintió que sus huesos crujían, se estiraban, se rompían y volvían a unirse en un torrente de dolor agudo, como si lo estuvieran despedazando desde dentro. Gritó, la voz se le quebró, se hizo más grave, más profunda, el sonido rebotando en las paredes. Su cuerpo creció, las piernas se alargaron, enviando oleadas de agonía por sus músculos, los brazos se extendieron, el torso se expandió hasta doler. La cola se escondió bajo ropa nueva que apareció de la nada: traje rojo elegante, corbata ajustada que apretaba su cuello, bastón con micrófono en la punta que se materializó en su mano. La sonrisa... la sonrisa se estiró, se cosió en las comisuras con hilos invisibles, fija, permanente, un rictus que tiraba de su piel como alambre caliente.
Cuando terminó, jadeaba en el suelo, el cuerpo temblando, sudor frío pegándose a su nueva piel. Se miró las manos. Grandes. Adultas. Dedos largos, uñas rojas como la sangre. Se tocó la cara, los dedos rozando la sonrisa fija. Dolía, un ardor constante en las comisuras. ¿Qué le había hecho? ¿Por qué su cuerpo se sentía extraño, demasiado alto, demasiado pesado? Lágrimas rodaron, pero la sonrisa no se borraba, una máscara cruel.
Rosie aplaudió suave, su risa musical llenando el salón. -Mucho mejor. Ahora pareces alguien que puede ser útil de verdad.
Alastor se levantó tambaleante, las piernas inestables como las de un recién nacido, pero alto, muy alto. Su voz salió grave, con un eco extraño que no reconocía, como si viniera de una radio antigua. - ¿Qué me hiciste? -preguntó, el pánico en su tono adulto contrastando con el niño dentro.
-Te hice presentable, querido. Nadie toma en serio a un cervatillo llorón en el Infierno. Ahora podrás encargarte de ciertas cosas como es debido -explicó Rosie, su sonrisa inalterable.
Un sirviente trajo una bandeja: un plato humeante que olía a jambalaya, a tomate maduro, a pimienta cayena, a ajo y cebolla fritos, a casa. A mamá revolviendo la olla en la cocina, cantando bajito para ahuyentar los malos espíritus. El estómago de Alastor rugió, el hambre golpeándolo como una ola después del dolor de la transformación. -Come algo. Estás débil después del viaje -dijo Rosie, señalando el plato.
Alastor, con el estómago vacío y el miedo aún apretando, obedeció. Tomó la cuchara con manos que ya no temblaban tanto, el metal frío contra su piel nueva. El primer bocado fue perfecto. Demasiado perfecto. El sabor picante explotando en su lengua, el calor bajando por su garganta, calmando el vacío. Lágrimas picaron de nuevo al recordar a su madre, su voz suave. Pero algo debajo del sabor era metálico, como sangre fresca. Siguió comiendo, pero más lento, el estómago revolviéndose. Terminó el plato, el sabor lingerando en su boca.
Rosie lo observaba, la sonrisa intacta. -Delicioso, ¿verdad? Sangre fresca. De alguien que ya no lo necesitaba.
Alastor se congeló, el sabor metálico ahora obvio, el horror subiendo por su espina. ¿Humano? ¿Se comió a una persona? El estómago se le revolvió, náuseas subiendo, pero lo contuvo, la sonrisa fija no permitiendo fruncir el ceño. Rosie se inclinó hacia adelante, su perfume asfixiante.
-Ahora, las reglas. Escucha con atención, cervatillo.
Primero: siempre sonríe. Así, como ahora. Es parte de ti.
Alastor tocó su sonrisa cosida, el dolor punzante. ¿Siempre? ¿No podría llorar, gritar?
Segundo: me ayudas en todo lo que necesite. Sin preguntas innecesarias.
¿Ayudar en qué? ¿En cosas como... matar? El pensamiento le dio frío.
Tercero: eres útil. Muy útil. Mañana empezarás con algunas tareas... encargarte de ciertas personas que me molestan. Pequeñas cosas.
El corazón se le aceleró. Encargarse. Útil. Las palabras vagas, pero siniestras. ¿Matar de nuevo?
Cuarto: te comportas como lo que pareces ahora. Responsable. Adulto.
Pero soy un niño, pensó, el pánico creciendo. ¿Cómo ser adulto si dentro soy el mismo?
Y quinto: este es tu lugar. Para siempre. Conmigo.
Para siempre. El vacío creció, las emociones apagándose como velas en el viento. Un clic suave, como cuando vio morir a su padre y no sintió nada. Rosie se levantó.
-Te daré una habitación. Descansa. Mañana será un día largo.
Lo guió por pasillos largos, el eco de sus tacones resonando, las paredes adornadas con cuadros de demonios sonrientes. Llegaron a una puerta de madera oscura. Dentro, una habitación lujosa: cama grande con sábanas rojas que olían a lavanda muerta, radio antigua en la mesita que crepitaba estática, ventana que daba al cielo rojo eterno. Una jaula dorada, hermosa pero opresiva.
-Buenas noches, querido.
La puerta se cerró con un clic, el sonido final como una sentencia. Alastor se quedó solo, el silencio pesado como plomo.
Se miró en el espejo de cuerpo entero, el vidrio frío reflejando su nueva forma. Alto, elegante, traje rojo impecable, pero esa sonrisa grotesca que no podía borrar, tirando de su piel. Tocó las comisuras cosidas, el dolor agudo como agujas. Lágrimas rodaron, pero la sonrisa permanecía, una máscara cruel. Se sentó en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso nuevo. La cola, aún ahí debajo del traje, se movió inquieta, rozando las sábanas.
Mañana tendría que "encargarse" de alguien. Por orden. No por proteger a mamá. No por rabia. El vacío creció más. Las emociones se alejaban, como si alguien las estuviera apagando una por una. ¿Era esto ser adulto? ¿Apagar el miedo, el dolor? Tal vez... tal vez no era tan difícil. Tal vez solo tenía que aprender. ¿O era eso lo que el Infierno quería, convertirlo en un monstruo?
Cerró los ojos, el cielo rojo filtrándose por la ventana. El primer día del resto de la eternidad... Su eternidad había terminado. Mañana sería un nuevo día.
