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KNOCKOUT!

Summary:

El día de la pelea, Damián aparece tras varios meses pasando inadvertido.

Si tan sólo hubiera ido a apoyar a su amigo, no habría problema.

Claramente, no es el caso.

Notes:

Work Text:

¿Qué me buscas?, si yo sé que no dura un round
Se te apaga la luz, es un knock out
Kno-kno-knock out, еs un knock out
Kno-kno-knock out, yeah

 

—¡Vamos, vamos, vamos!

 

Los cuatro bajaron del auto con el corazón en la boca. Uno pensaría que el único nervioso sería Mernuel, que era quien tenía que pelear, pero Lautaro, Santiago y Agustín no se encontraban en mejores condiciones.

 

Tal vez Balza estaba un poquito más relajado, porque tenía la mente en la organización y que todo estuviera en donde tenía que estar, pero el trío de amigos estaba al borde del colapso.

 

Pasaron por la alfombra roja, donde respondieron a las preguntas de los entrevistadores en modo automático, y se dirigieron al camarín que les habían dado previo a la pelea.

 

—Me cago encima.

 

—Pará pelotudo —respondió Lautaro.

 

—No, no, no. No había caído hasta ahora, es una locura. Está lleno de gente, es inmenso esto.

 

—¡Santiago! —exclamó Lautaro, viendo que Manuel estaba pálido viendo un punto fijo. Le hizo un gesto con su cabeza, y recién ahí se silenció.

 

—Perdón, gordo. Perdón, no me di cuenta. Vos tranquilo, a la tuya. ¿Querés algo? Te voy a traer agua.

 

Ninguno llegó a responder, Santiago se fue de la habitación casi corriendo en una mezcla de ansiedad y nervios.

 

—Qué tipo, eh. Respirá Manu, no te pongas nervioso porque es peor.

 

Manuel resopló y se cacheteó su propio rostro con suavidad —Si, ya sé. Tengo flor de cagazo pero estoy ansioso. No sé, quiero demostrar todo lo que estuve trabajando. Más que nervioso estoy re ansioso. Quiero que sea la hora ya.

 

Lautaro sonrió —Así se habla, emo. Ya sabés, ni bien salgas le haces así. ¡Pa, pa, pam! Y ¡pum! Noqueado. Al piso.

 

Manuel se rió con los movimientos exagerados que hacía su mejor amigo, golpeando al aire. 

 

—A Pedrito, nos lo comemos en un pancho. Vavava.

 

—Pará boludo, nos puede escuchar.

 

—¡Y que escuche! —exclamó Lautaro, subiéndose al sillón que había en el lugar. En ese mismo momento, Santiago entró, lo vio y sonrió automáticamente, sumándose a su amigo.

 

—¡Y dale alegría, alegría a mi corazón! ¡Lo único que te pido, ganemos hoy!

 

Manuel se rió, dejándose caer en la silla que tenía su nombre. Sus amigos seguían saltando a los gritos, cantando con esa tonada típica de las canciones de cancha, aflojando los nervios que habían en el ambiente.

 

—¡El cinturón en La Quema es mí obsesión! ¡Tenés que dejar el alma y el corazón!

 

—¡Dale campeóooon, dale campeóooon!

 

Santiago siguió abrazado a Lautaro, empezando a empujarlo hacia abajo.

 

—¡Pará, pelotudo! —exclamó el rubio sonriente, intentando aferrarse a sus brazos.

 

Manuel se puso de pie y le hizo cosquillas en las costillas, haciendo que se sacuda y termine cayendo de culo al sillón.

 

Un crack se escuchó clarito y los tres se miraron entre ellos al instante. Moski y Bauleti se bajaron del mueble y vieron que se había roto una pata, con pedacitos de madera tirados en el piso.

 

Boludo… —empezó Santiago, sonriendo casi sin querer.

 

Manuel explotó en una carcajada ruidosa. Lautaro se tapó la boca con sus manos y se puso rojo, colorado a no dar más.

 

—¡Pará, boludo! —exclamó llevando sus manos a su cabeza— Dios, nos van a matar.

 

Santiago también arrancó a reírse y negó con la cabeza —Qué manía que tenés de romper muebles con el culo, gordo. Insólito.

 

—Semejante ojete —acotó Manuel aún riendo.

 

Lautaro negó con la cabeza —Daa, son unos pelotudos. Nos va a matar Luquitas.

 

—A vos, mi amor —respondió Manuel rápidamente, alzando sus manos en sinónimo de inocencia—. Vos lo rompiste.

 

Lautaro se los quedó viendo —No me pueden soltar la mano así. 

 

—Yo que vos… Voy buscando algo para limpiar y nos hacemos los boludos —sugirió Santiago, no sin antes sacarle una foto a su pequeño desastre.

 

—Así son. Está bien, así quedamos.

 

Se fue de la habitación, viendo cómo Manuel aún se reía y Santiago negaba con su cabeza y sus brazos, incrédulo.

 

Lautaro se fue, en búsqueda de una escoba y una palita para limpiar el quilombo que habían hecho. Le costó horrores encontrar una y aún más poder hallar el camino de regreso al camarín de Manuel.

 

—Pero la puta madre —soltó al aire, pasando entre los pasillos sin éxito. Caminaba totalmente desorientado, con la escoba y la palita en manos, deseando que sus amigos salieran a buscarlo al tardar tanto.

 

—¿Te perdiste, Lauti?

 

La voz fue inconfundible. Sintió que la piel se le erizaba mientras giraba sobre sus talones, encontrando al dueño de esa voz.

 

—Dami, ¿qué haces acá?

 

Damián se acercó a él. Estaba afuera de una de las habitaciones con su celular en mano, muy probablemente laburando a la distancia. Guardó el dispositivo y lo rodeó con sus brazos en un apretado abrazo. Lautaro apenas lo correspondió, todavía un poco tenso.

 

—Vine a apoyar a Pedrito. Justito pensaba en escribirte, debe ser el destino.

 

Lautaro apretó los labios —Ah. Bueno, qué bien. Nosotros vinimos con Manu, obvio.

 

—Qué loco, cómo volviste a caer en esa —opinó sin permiso.

 

—Dami…

 

—¿Qué? Me mentiste de lo lindo, ¿qué querés que te diga? —dijo sonriente, dando un paso más cerca de él.

 

Lautaro se ruborizó un poco —No te mentí. En ese momento era verdad lo que te dije, después cambié de parecer.

 

Damián asintió con la cabeza —Entonces… ¿no querés salir por ahí después? Podemos ir a tomar algo.

 

—No creo, Dami. Seguro salgamos a festejar la victoria de Manu —respondió sonriente.

 

—Ponele —dijo risueño—. Pero podemos vernos después igualmente. Yo te extrañé.

 

Lautaro desvió la mirada, nervioso, sin saber bien qué responder.

 

—¿Vos ya te olvidaste de todo? —insistió.

 

Al volver a alzar la mirada, Damián estaba a apenas unos centímetros de su rostro. Se aferró al palo de la escoba, sin saber dónde meterse.

 

—No, no me olvidé —respondió ruborizado—. Pasa que ahora estoy en otra.

 

¿Me vas a seguir mintiendo, Lauti?

 

Una mano sobre su cuello lo sobresaltó. No estaba acostumbrado a este tipo de contactos, más allá de lo pegotes que eran sus dos amigos siempre. El dedo pulgar de Damián le empezó a acariciar el pelo tras su oreja y no sabía qué hacer.

 

Yo no te miento —insistió, sin darse cuenta que estaba susurrando.

 

Damián se mordió un labio, intentando retener una sonrisa inútilmente —Dios, ¿por qué sos tan lindo? Sos hermoso, Lau. 

 

Lautaro se ruborizó furiosamente —Dami, no es necesario. No hagas quilombo hoy.

 

Damián alzó una ceja — ¿“Quilombo”? ¿Qué? ¿No te dejan o cómo es la cosa?

 

Lautaro abrió la boca pero volvió a cerrarla al instante.

 

Ah —soltó Damián, incrédulo—. Todavía no se animó a tirarte la boca. Increíble cómo duerme. Igual, mejor para mi.

 

—Dami, no es el momento ni el lugar —insistió, queriendo ponerle un freno.

 

—Te voy a buscar después, entonces. Pero algo me dice que te me vas a escapar.

 

Los ojos de Damián se desviaron de él por unos segundos y sonrió aún más. Afianzó su agarre en el cuello de Lautaro y posó su otra mano en su cintura.

 

—Eh, pará, pará —soltó Moski nervioso, intentando lograr un poco de distancia entre ambos.

 

Damián negó con la cabeza y se acercó a su rostro, depositando un beso suave en su cachete. Cuando estuvo a punto de besar sus labios, una mano tatuada lo empujó casi un metro a distancia.

 

Manuel tenía el rostro desfigurado en una expresión de ira. Miraba a Damián como si fuera la peor persona sobre la Tierra. Porque, ante todo, no esperaba cruzarse con semejante hijo de puta en este día. La verdad, no esperaba verlo nunca, pero que sea justo este día y encima hablando con Lautaro le daba muy por las pelotas. Agarró a Lautaro por el brazo y lo puso detrás suyo instintivamente, encarando a Damián sin detenerse a pensar ni dos segundos.

 

¿Qué mierda haces acá, hijo de mil puta? ¿Quién te pensas que sos? ¿Qué mierda ibas a hacer?

 

Damián soltó una risa sarcástica y se encogió de hombros.

 

—Manuel, vámonos a la mierda —soltó Lautaro, empezando a paniquear. Si Manuel llegaba a encajarle una piña, había altas probabilidades de que lo terminen descalificando. Lo intentó agarrar del brazo pero estaba tenso, duro, firme.

 

—No, no. Que se quede, Lauti. ¿Por qué tan enojado, Manuel? Estábamos charlando nada más.

 

—¿A quién le decís “Lauti”? —soltó con asco— ¿Con qué cara caes acá, sorete?

 

Damián negó con la cabeza sin dejar de sonreír. Estaba divirtiéndose con la situación mientras que a Manuel estaba por darle un ictus  —Lauti, mi amigo. Y no tengo que pedirte permiso para nada, ¿vos con qué cara me venís a putear a mí? Si cuando Lauti estaba mal, el único que lo contuvo fui yo. El único que le decía que no era un hijo de puta traicionero como le decían ustedes, fui yo. ¿Con qué cara vos me criticas a mi?

 

Lautaro sintió el momento en que Manuel se quebró. Las pupilas se le dilataron y los músculos se le tensaron. Las venas de sus brazos se marcaron y notó que estaba ejerciendo más fuerza de la necesaria.

 

Pero, por algún motivo, su fuerza se quedó ahí. Lo miró a Manuel, logrando ponerse enfrente suyo. Y su expresión era de angustia, de amargura.

 

Manu, vamos —volvió a insistir en voz baja, acariciando su brazo con cariño.

 

—¿Qué? ¿Tengo o no tengo razón? —retrucó Damián, empezando a sacar a Lautaro de sus casillas

 

—Dami, cerrá el orto —sentenció Lautaro—. Tampoco quieras hacerte el santo.

 

Y éste soltó una risa sarcástica —Vos lo dijiste en su momento, Lauti. No me quieras dejar mal a mi ahora.

 

Lautaro suspiró y se despeinó de los nervios —Lo dije en caliente, y lo sabes bien. No quiero hablar de todo eso ahora. Los chicos también hablaron en caliente, ya está.

 

Manuel lo miró atentamente antes de desviar la mirada de nuevo hacia Damián, quien volvía a acercarse a Lautaro.

 

—Mirá vos. ¿Posta no querés hablar de todo lo que pasó? ¿Les contaste todo lo que pasó allá en Dubai? ¿O seguís haciéndote el boludo con ellos, conmigo…?

 

La llegada de un tercero fue quien interrumpió la incómoda charla. 

 

—Buenoooo, taza taza —soltó Santiago ni bien llegó, pasando un brazo por los hombros de Manuel—. Vamos a limpiar que no sé cómo hice para que Luquitas no entre al camarín.

 

Los tres comenzaron a regresar en un silencio intenso. Santiago salió en búsqueda de sus dos amigos cuando ninguno regresó, y al ver con quién se habían encontrado casi le da un ataque al corazón. Sabía lo mucho que Manuel odiaba a Damián, lo sabía de primera mano. Había visto lo mucho que había insultado en voz alta a aquel sujeto fuera de stream, lo mucho que había rezongado una y otra vez por haber dejado que Lautaro se fuera y encima con alguien tan retorcido mentalmente. Lo había declarado como su enemigo número uno y, tal vez, el único que tenía. Manuel no solía guardar resentimientos y aunque habían muchos hijos de puta sueltos por el mundo, tal vez la Banana Rancia era la única persona que odiaba con toda su alma.

 

Porque le había quitado a Moski. Porque se había aprovechado de Lautaro cuando estaba en un momento inestable y desde entonces que le había hecho la cruz. Y ojo, él tampoco simpatizaba precisamente. Pero había una pequeña diferencia que los separaba a ambos como un campo abismal.

 

Él no estaba enamorado de Lautaro.

 

El bolso de Manuel impactó contra una de las paredes cuando éste ingresó y lo hizo volar de una patada. Se aferró a la mesa que había en el centro y cuando estuvo a punto de golpear el mueble, Santiago se interpuso.

 

—Manuel, respirá.

 

Éste lo miró atónito. Una vena se marcaba en su cuello, y si fuera otro el contexto Lautaro se hubiera calentado, pero en realidad ahora estaba preocupado —¿Cómo mierda vos estás tan tranquilo? ¿Cómo podes estar bien después de haber visto a ese hijo de re mil puta? Yo-

 

La garganta se le cerró y lo único que quería era llorar y romper todo. Santiago lo rodeó con sus brazos y apretó los ojos, sintiendo que las lágrimas se amontonaban pero no se permitió soltarlas. No quería volver a llorar por el mismo motivo, le parecía insólito. Más aún porque, después de tantos meses, Lautaro estaba con ellos. ¿De qué se preocupaba tanto?

 

—No hagas caso a lo que dijo, Manu —expresó Lautaro, buscando romper con la tensión—. Está resentido, ya está.

 

Manuel lo miró atentamente, aún aferrado al cuerpo de su otro amigo. Lautaro estaba incómodo, lo podía notar. No quería hablar nunca del tema “Dubai”, pero por única vez sería caprichoso y preguntaría.

 

—¿Qué quiso decir? ¿Qué tanto hablaba ese forro?

 

Lautaro alzó sutilmente las cejas y suspiró —Hoy no es el día, Manu. Hay que estar concentrados en otra cosa.

 

—No —insistió firme, separándose de Santiago a la fuerza—. No, ahora quiero saber. ¿Por qué nunca hablamos de esto? —preguntó, presionando su dedo índice sobre la mesa— Ahora quiero saberlo porque me voy a estar maquinando todo el día. Decime, ¿qué pasó allá que es tan secreto? ¿Por qué nunca querés hablar de eso? Pasó, hay que hablarlo.

 

Lautaro se puso aún más nervioso, y como siempre no era bueno para ocultar lo que le pasaba. Todo su cuerpo demostraba incomodidad, pero aún así debía hacer pecho a todo esto.

 

—Es un quilombo… —murmuró, balanceándose sobre sus propios pies.

 

Manuel se sentó en una de las sillas sin dejar de verlo fijamente. Tenía esos ojos verdes intensos puestos en él, casi sin pestañear. Cómo si no quisiera perderse ni un mísero momento ni expresión.

 

—Te escucho —respondió con seriedad.

 

Santiago los miró a ambos y se terminó apoyando contra una pared —Habla si querés, Moski. No te obligues.

 

—Pasa que… —volvió a suspirar y terminó sentándose en la mesa, viendo un punto fijo en el piso— Bueno, lo digo así de una, no quiero que sea algo largo. Cuando yo me fui allá con Damián salió varias veces el tema “sexualidad”, como que él siempre tiraba ese tópico. Quería hablar siempre de eso, hasta que un día le terminé diciendo la verdad; que estaba confundido. Nunca lo había dicho en voz alta pero era re intenso y terminé diciéndolo. Ahí como que se puso medio gede con que tenía que probar, que esto, que lo otro, y un día fuimos a una joda, eh-, gay.

 

Alzó la mirada viendo a sus dos amigos, esperando aprobación o, por lo menos, tolerancia. Santiago estaba atónito y Manuel tenía una cara de ojete que le costaba ignorar.

 

—Y- bueno, nada. Yo obvio que no hice nada, de hecho hasta ahí nunca había estado con un tipo. Y digamos que en cierto punto, Damián se puso cargoso. Yo estaba confundido y bastante en pedo, y-

 

¿Te lo comiste? —preguntó Santiago, completamente shockeado.

 

Me quiero morir —murmuró Manuel, llevando ambas manos a su rostro.

 

—Más o menos, o sea-

 

—¡Lautaro! —exclamó Manuel, poniéndose de pie.

 

—¡Bueno! ¿Querés que te cuente o no? La corto acá.

 

Se volvió a sentar, apoyando su codo sobre la mesa y su cabeza sobre su puño, cerrando el culo al menos por el momento.

 

—Si, chapamos. Pero- Nada, eso nada más. Después pasaron unos días y le dije que me iba de Dubai porque quería conocer gente nueva y descubrirme un poco. Que no era porque no lo quería ver o algo similar. Y bueno, al principio se lo tomó re bien pero se puso intenso mal después. Me escribía a cada rato, me mandaba guita, en una mandó un regalo a la casa de mi vieja cuando estaba en Madrid. Ahí me salió decirle que- —respiró profundamente— Nada, que me gustaba alguien más. Y ahí la dejó, pero bueno. No pensaba verlo hoy.

 

Quedó un silencio incómodo en la sala. Lautaro esperaba que sus amigos dijeran algo, pero nada. Santiago miraba a Manuel, quien tenía el pánico en la mirada.

 

—¿Y qué decía ahora? ¿Te estaba tirando onda? 

 

Miró a Manuel. Estaba apretando las manos y estaba tenso, nervioso.

 

Básicamente, se quería morir. El hijo de re mil puta de Damián lo había primeriado. 

 

—Y… Si. Pero no quiero nada, olvidate.

 

Manuel apretó los labios y dejó caer la frente sobre la mesa.

 

—¿Y qué onda, Lauchita? ¿Mojaste mucho en Europa entonces?

 

Lautaro agradeció la intervención de Santiago, porque Manuel parecía a punto de tener un brote psicótico y no sabía qué hacer.

 

—Algo así. Na, tres veces nada más. Pero… nada, me sirvió para sacarme dudas. Me gustó.

 

—Bueno, bien ahí. Hay que probar de todo gordo, está perfecto.

 

—¿Manu? ¿Vas a decir algo o…?

 

Manuel miró a Lautaro intensamente, apenas girando su cabeza sin despegarse de la mesa. Su frente estaba roja por el impacto y tenía la mirada triste —¿Qué querés que te diga?

 

Y Lautaro resopló —No sé, te acabo de contar que estuve con pibes. No sé si te cayó bien, si ahora te doy asco, no sé. No me decís nada.

 

Manuel se puso de pie y se arrodilló en frente de él —Me quiero matar porque yo odio a ese hijo de puta. Que haya estado con vos así me da muy por las pelotas. Obvio que te amo y me encanta que nos hayas contado todo esto, pero estoy re contra caliente.

 

Lautaro no le sacaba la mirada de encima —¿Por qué te molesta tanto?

 

—¿Damián?

 

—No, ya sé que te cae mal. Pero ¿por qué te jode tanto que hayamos chapado? No fue nada.

 

Manuel clavó sus uñas en sus propias rodillas. Estaba furioso, pero no podía exponerse tan fácilmente. Estos últimos días previos a la pelea había estado agotado, yendo de un lado al otro sin parar, entrenando hasta el cansancio. Las pocas intervenciones que había tenido con Lautaro habían sido intensas, porque en este estado de agotamiento constante no podía parar de hablar de más. Se quedaba viéndolo por más tiempo del necesario, lo admiraba mientras hacía lo más mínimo posible, buscaba su contacto constante y le urgía poder animarse y dar ese paso tan atroz y necesario. 

 

Necesitaba sacarse esa carga de encima, pero antes debía pelear para poder centrar su cabeza únicamente en Lautaro y este vínculo que los unía. Tenía tanto estrés acumulado, que lo único que quería era que termine este día, salir de joda con sus amigos sea cual sea el resultado y dormir con Lautaro bajo las mismas sábanas. No pedía más nada.

 

Pero últimamente, todo lo empujaba hacia su vínculo. Algo que quiso ignorar, porque sentía que era mejor que queden como amigos y nada más, dejar las cosas como estaban y no sobrepensar demasiado. Pero cada cosa que pasaba, cada palabra, cada movimiento, cada acción; todo lo llevaba al punto de inicio y no podía hacerse el pelotudo.

 

Lo amaba, estaba enamorado. Por más que haya intentado negarlo y autoconvencerse de que era simplemente una confusión por la cantidad de gente que los estaba shippeando, le cayó la ficha de todas formas. Era como querer tapar el sol con un dedo, era inútil.

 

Y saber que Lautaro había estado triste y confundido en un país extranjero, tan sólo con la compañía de ese psicópata, le partía el corazón en mil pedazos. Le producía una ira que no podía controlar y quería salir a romper todo sin precedentes.

 

Respiró profundamente y pasó una mano por el pelo de Lautaro hasta detenerse en su cachete. Acarició la piel con su pulgar y terminó abandonando el contacto. Tenía la mirada triste, desolada, y Lautaro tan sólo lo miraba fijamente.

 

—Fue tu primer beso con un hombre. Debería haber sido más especial, no con semejante hijo de puta. Y me lamento mucho siempre que me acuerdo que te fuiste con él. Me da mucha culpa.

 

La mirada de Moski se suavizó y respiró profundamente antes de agarrar su mano. Santiago se terminó acercando y le apoyó una mano en el hombro a modo de contención.

 

—Bueno, las cosas se dieron así… Y lo otro ya pasó, Manu. No te sientas culpable porque fue una cosa de todos, ya está.

 

Santiago asintió de acuerdo —No te persigas más por eso. Hoy, concentrado en lo que es importante.

 

Manuel asintió con decisión y se irguió en su lugar de nuevo. Su mirada cambió a una más segura, más determinada.

 

Si no ganaba por él mismo, debía hacerlo por este dúo que lo impulsaba siempre. Que sin importar la situación, estaban para cuidarse los unos a los otros. Que después de su separación, se habían vuelto más fuertes que nunca.

 

Apretó sus puños y los envolvió a ambos en un abrazo apretado.

 

Estos últimos días, sus emociones fueron más movidas que un terremoto y un tsunami combinados. Las lágrimas que se resbalaron por su rostro fueron instantáneas. Estaba cansado de reprimir, de aguantar, de esconder, de soñar.

 

Y sus amigos lo comprendieron a la perfección. En especial Santiago, que solía tan sólo observar a la distancia su forma de actuar alrededor de Lautaro y apiadarse para no molestarlo demasiado. Por eso tan sólo lo rodearon con sus brazos y se quedaron así, conteniendo a su amigo en un silencio agradable. Dejando que todo se calme de a poquito.

 

Entre ellos tres, como siempre.

 

Los minutos pasaron y decidieron dejar el tema en el pasado. Arreglaron el sillón como pudieron (bueno, en realidad llamaron a Balza y él lo arregló), ayudaron a Manuel a alistarse para la pelea y miraron las primeras batallas por la televisión que tenía el camarín.

 

—Me cago de hambre —soltó Lautaro cuando eran las ocho de la noche. Faltaba todavía una hora y media para que Manuel peleara y su entrenador aún no llegaba al recinto.

 

El show de Lit Killah estaba por empezar y, lastimosamente, no podían salir de allí. Manuel les dijo que podían irse, que podían ir y tomar algo con el resto que estaban de joda por allá, pero se negaron. Por más jodas que hicieran en su momento, no serían capaces de despegarse de su amigo en la que era -tal vez- su noche más importante.

 

Ahora los tres estaban encerrados allí y ya no sabían qué hacer para entretenerse.

 

—Voy a buscar algo —dijo Manuel, poniéndose de pie.

 

—¿Estás en pedo? No podes salir —retrucó Lautaro, levantándose del sillón arreglado—. Voy yo.

 

Manuel paniqueó y lo agarró del brazo —No salgas solo. No quiero.

 

Santiago suspiró profundamente. La situación de sus amigos lo superaba a veces, pero quería ser paciente y darles su tiempo.

 

—Bueno, voy yo. Los dejo sólos tortolitos. No vayan a garchar que vuelvo en un toque eh.

 

—¡Santiago! —exclamó Manuel, ruborizándose.

 

Lautaro se mordió un labio y negó con la cabeza, viendo a su amigo irse con la billetera de Manuel en mano. Una vez a solas, el silencio era extraño, pesado.

 

Manuel se movió en la sala y juntó dos sillas frente a la televisión. Apagó una de las luces, logrando un ambiente más tenue, y se sentó en una de las sillas, girando a ver a Lautaro.

 

—No quise mover el sillón por las dudas —sonrió y apoyó su brazo sobre el respaldo continuo—. ¿Venís?

 

Lautaro sonrió y se acomodó a un lado suyo. En esa intimidad que era tan suya.

 

Su vínculo no era común, lo sabían a la perfección. ¿Pero qué podrían hacer, más que afrontar la realidad o esconderse de por vida? Por el momento, preferían mantenerse en la seguridad de la segunda opción, pero había veces en las que sus emociones salían a flote antes de que pudieran pensarlo.

 

—Moski…

 

—¿Hm? —preguntó en respuesta, sin dejar de ver el recital de Lit Killah.

 

—A vos… No, nada.

 

—Ahora decime.

 

Manuel se removió en su lugar, un poco dudoso —Quiero preguntarte algo, pero si no querés responder lo entiendo.

 

—Decime, de una.

 

—¿A vos nunca te llegó a gustar él, no?

 

Lautaro miró su perfil. Su cuerpo volvía a estar tenso, lo podía ver a simple vista. No le gustaba hablar del tema, porque jamás lo sacaba a la luz, pero parece que haber visto a Damián en persona y enterarse del asunto lo alteró un poco.

 

—No Manu, ni en pedo —respondió al instante. En un impulso que no sabe de dónde salió, se volvió a acomodar sobre su silla pero apoyó su cabeza sobre el hombro de Manuel. Éste tardó apenas unos segundos en reaccionar y llevar su mano al cabello de Lautaro, enredando sus dedos entre los mechones dorados—. Fue… No sé, eso que te decía. Antes de irme pasaron cosas y empecé a confundirme. Porque nunca lo había pensado como una posibilidad, hasta que sí y no podía parar de pensar cómo sería estar con un hombre. Si me iba a gustar o si iba a salir para el orto… Lo de Damián terminó pasando por pesado, porque a mi no me llamaba la atención de esa manera. Yo lo consideraba un amigo, hasta que se puso muy insistente. No sólo con tirar onda, sino también con cosas de laburo. Como si quisiera atarme allá en Dubai.

 

Manuel apretó la mandíbula pero no dijo nada. Quería escuchar a Lautaro ahora que estaba hablando, después de todo él mismo se lo había pedido.

 

—Preferí terminar las cosas bien, diciéndole la verdad. Que tenía otros planes en mente y que quería conocer el mundo antes de volver a Madrid con mi familia. Cuando se enteró que volvía con ustedes me escribió diciéndome mentiroso, porque apenas había llegado con él, en caliente dije que jamás iba a regresar. Pero esos días dije muchas cosas que no eran verdad y-

 

—Ya lo sé, amor. No tenés que disculparte cuarenta veces, es al pedo.

 

Lautaro sonrió un poquito más relajado y se dejó llevar por las caricias de Manuel.

 

—Entonces… Después conociste a otros hombres.

 

Asintió con la cabeza —Si… En Suiza más que nada. Ahí son muy liberales, era mucho más normal. Habían varios en la misma que yo de querer probar cosas nuevas y se me dió.

 

—¿Y ahí tampoco te enganchaste con nadie?

 

Lautaro apretó los labios —¿Por qué preguntas?

 

—Porque… Sos de engancharte rápido. La chica esta de Pilar duró menos que un pedo en una canasta, capaz allá te pasó lo mismo.

 

Un suave suspiro escapó de los labios de Lautaro —No. 

 

—Ah, entonces si le mentiste al otro para que no te rompa las pelotas.

 

Hubo un silencio un poco largo hasta que Lautaro susurró un casi silencioso “No”. Manuel lo miró, entre confuso y esperanzado. Lautaro no le mantenía la mirada, poniéndola fija en la televisión. El recitar de Lit había finalizado y estaba por comenzar la pelea entre Gabino Silva y William Banks, la cual le chupaba bastante un huevo.

 

—¿Cómo que no?

 

Lautaro negó con la cabeza. La poca luz de la habitación lo ayudaba a ocultar lo colorado que estaba, pero no sus nervios.

 

—No… No era mentira. 

 

—O sea que te gustaba alguien. Tipo, enamorado.

 

—Hm. Che, está por arrancar-

 

Manuel llevó su mano libre a su mandíbula y lo miró fijamente. Fue como si todo a su alrededor se hubiera paralizado, incluído su corazón. Sus ojos se encontraron por unos breves segundos, y fueron más que suficientes para elevar el grado de nerviosismo de ambos. A pesar de que Manuel se había mandado, tenía miedo al contingente rechazo. Y Lautaro creía que su cuerpo entero se había paralizado.

 

—¿Lo conozco o…?

 

Lautaro tan sólo lo miró, sin saber qué decirle. Sus ojos se movían nerviosos sobre su rostro, analizando cada rasgo de su expresión facial. ¿Qué estaba esperando? ¿Por qué no podía simplemente terminar esa distancia? ¿Qué le garantizaba que estaban en sintonía?

 

Podríamos decir que sí —respondió en voz bajita, casi imperceptible.

 

Manuel tragó saliva nervioso, empezando a dudar sobre qué mierda estaba haciendo.

 

Y casi como un ángel salvador, Santiago abrió la puerta de la habitación. Ellos se separaron a la velocidad de la luz, volviendo a su posición inicial y fingiendo que no había pasado absolutamente nada.

 

—Me crucé a una banda de los chicos, encima no sabía qué pedir para comer.  Ah, y me dijo Spreen que después hacía una previa, así que ya tenemos plan para hoy.

 

Sus dos amigos asintieron, más pelotudos de lo normal. Lautaro se levantó y caminó en búsqueda de algo para cenar, llevándose puesta la esquina de la mesa. Manuel en cambio se quedó viendo la pelea, analizando para cuando sea su turno, cruzado de brazos y completamente tenso.

 

Santiago los miró por unos segundos antes de encogerse de hombros y ponerse a lastrar una de las hamburguesas que había comprado.

 

Los minutos pasaron de forma lenta, acercándose cada vez más a aquello inminente. Cuando quedaba una hora clavada para la pelea, su entrenador y su equipo de preparación cayeron, en el horario previamente acordado. Hubo charlas, instrucciones, ejercicios de calentamiento y recordatorios. Todo con un Manuel que tenía la cabeza completamente fija en lo que correspondía. No podía irse de foco, no ahora.

 

Cuando llegó la hora, a pesar de que el corazón le iba a mil por segundo, estaba deseoso. Ansioso, entusiasmado. Sus dos amigos le dieron un último aliento de fe antes de retirarse y prepararse para la entrada que habían organizado con tanto entusiasmo.

 

Él caminó sólo, pasando por los pasillos que cada vez estaban más desiertos. Pero, para su desgracia, no estaban del todo vacíos. Porque la mugre siempre está ahí, lastimosamente.

 

A apenas unos metros de él, Pedrito estaba hablando con Damián y no le quedaba de otra que pasar a un lado de ellos.

 

—Eu —saludó Damián.

 

En el fondo quiso ignorarlo, pero simplemente no podía. No quería pasar por alto a un tipo que, habiendo apenas conocido a Lautaro, quiso ponerse en tóxico y celoso, como si fueran pareja hace años. Un tipo que se había aprovechado de un chico confundido, que no sabía qué hacer con su vida, y le endulzó el oído hasta que terminó consiguiendo lo que quería.

 

Alguien que, de alguna manera, le había quitado la oportunidad de ser el primer hombre en la vida de Lautaro.

 

Apretó los guantes y respiró profundamente —Escuchame una cosa, porque te la voy a decir una única vez y no la vuelvo a repetir. Sos un hijo de re mil puta, un aprovechado, un trepador, un interesado, un intenso y, encima de todo, un acosador —espetó con bronca—. ¿Pero sabes qué es lo que más me rompe las pelotas de todo eso? Que todo haya sido por Lautaro —soltó, dando un paso más adelante y apoyando su guante sobre el pecho flaco de Damián— Y te voy a decir una cosa y que se te grabe bien en la cabeza.

 

Los ojos verdes de Manuel no brillaban, no sonreían. Eran opacos y fríos, como jamás los había visto. Como los de un animal a punto de cazar a otro más indefenso.

 

Lautaro es mío. Te volves a acercar a él y te desfiguro la cara, hijo de puta.

 

Y sin esperar respuesta, se alejó de ese pasillo a paso firme. Con el pecho inflado y la mirada en alto, decidido a llevarse el mundo por delante.

 

El dúo del pasillo se quedó analizando la situación, sin poder creer cómo el tan amigable Manuel era tan posesivo. Como las dos caras de una misma moneda.

 

—Che, Dami…

 

Éste miró a su amigo más alto. Estaba sonriendo, como si se le hubiera ocurrido una idea.

 

—Creo que hay una forma de distraer al rival muy, muy fácil.

 

Fue como si una lamparita se hubiera prendido. Y de repente, ya era la hora de salir a escena.

 


 

¡No pares, bien Manu, bien!

 

Su entrenador le pasaba una botella de agua mientras otro miembro de su equipo le hacía un par de masajes. La pelea venía bastante pareja. Había logrado conectar varios golpes pero también había recibido un par. Aunque estaba bien con el resultado, sentía que podría estar haciéndolo mejor. La diferencia de altura era un hecho, pero la técnica y táctica que tenía, le estaba haciendo frente de buena forma. Estaba por empezar el tercer asalto, y sentía que todo se iba a definir ahora. Era matar o morir en el intento.

 

—Manu, concentrado en la pelea, nada más —le soltó su entrenador, agarrándolo de la cabeza—. Todo lo otro puede esperar.

 

Apretó las cejas —¿Por qué lo decís? 

 

Él lo miró fijamente —Por nada. En serio.

 

Pero ya era tarde, el bichito de la intriga ya se había instalado en él.

 

El timbre que indicaba el tiempo lo hizo levantar de su banquito, aún un poco confuso. Estaba cansado, adolorido y ansioso. No le quedaba mucha energía y encima ahora no sabía qué más estaba pasando además de la pelea que pudiera quitarle su foco de atención.

 

Y fue entonces cuando le cayó la ficha. Alzó la mirada hacia Pedrito, quien sonreía ampliamente, y detrás suyo en el estadio una pantalla mostraba una escena que le heló la sangre.

 

Santiago estaba a los gritos, puteando muy probablemente a Bananirou, mientras que a un costado, Damián se sentaba a un lado de Lautaro y pasaba un brazo por detrás suyo, con esa sonrisa cínica suya.

 

Cuando quiso reaccionar, un golpe impactó directo en su rostro.

 

Algo cálido empezó a caer por su piel, y fue como si algo se hubiera roto, más allá de lo físico como su naríz. Estaba desconcertado, atónico, fuera de foco completamente.

 

Pedrito volvió a acercarse y logró empujarlo un par de centímetros para posicionarse más al centro, pero no lograba reaccionar.

 

¡Qué planteos pelotudos, hermano! —exclamó su contrincante a la vez que volvía a golpearlo, esta vez en el estómago— ¡Yo le dije que lo invite a salir! ¡¿Quién va a querer salir con un perdedor?! ¡Date cuenta!

 

Fue como una pausa en el tiempo. Como si algún nervio se hubiera roto y de repente hubiera entrado en trance.

 

Sentía algo crecer dentro de su cuerpo, como una fuerza que no sabía de dónde había salido. Algo que le surgía desde lo más profundo de sus entrañas y le recorría todo el organismo. Pedrito venía hacia él a toda velocidad tras haber quedado apoyado contra las cuerdas y no sólo evitó el golpe sino que también logró contraatacar.

 

Sus pupilas estaban totalmente dilatadas, sus labios rotos cubiertos con sangre y su respiración era amplia, abriendo sus fosas nasales, adoloridas por el golpe.

 

Pero aún así, la presión que sentía en su pecho lo hizo moverse, incluso antes de que pudiera pensarlo. Porque estaba harto. Porque venía reprimiendo y reprimiendo hace meses, frustrándose porque nada le salía como lo planeaba y siempre tenía un impedimento u otro. Porque todo el mundo a su alrededor avanzaba y él se quedaba atrás una y otra vez. Porque Lautaro había desaparecido de la noche a la mañana por no saber comprenderlo y terminó en las garras del imbécil que ahora quería ponerle las manos encima otra vez.

 

Porque se había cansado de ser un perdedor.

 

Fue un golpe tras otro; al estómago, al rostro y al hombro, una y otra vez. Acorraló a su rival contra las cuerdas, sin dar lugar a una defensa siquiera. Toda su furia, toda su rabia y toda su frustración. Todo había salido en ese momento, donde no paró de golpear a Pedrito, sin ningún tipo de piedad.

 

El árbitro se acercó a ambos, con intenciones de detener la golpiza. Manuel, en un subidón de adrenalina, se separó apenas unos centímetros y antes de que su rival vuelva a reaccionar, su guante impactó en su cabeza en un derechazo limpio, pleno.

 

La caída fue inminente. La tensión en su cuerpo desapareció. Y de repente, todo explotó en un estallido, como una burbuja que reventó de repente.

 

La pelea había finalizado por K.O, pero Manuel aún no caía. Miró todo a su alrededor como si no fuera más que un sueño, algo completamente irreal. Aquello que soñó durante meses, ahora se sentía como algo fantasioso. ¿De verdad había ganado? ¿No había perdido, como tantas veces llegó a pensar?

 

 No. Ya no era un perdedor.

 

Se movió entre la gente tras ser abrazado por todo su equipo y sacarse los guantes a la mierda. Escuchó vagamente que aún no podía retirarse del ring, que debía recibir su cinturón, pero tenía su mirada puesta en otro lado. Mejor dicho, en otra persona.

 

Santiago y Balza pretendían saltar hacia él y abrazarlo, celebrar la victoria con él como tanto lo habían deseado. Pero la mirada de Manuel dijo todo.

 

—¡Viste! —exclamó Lautaro con una sonrisa de oreja a oreja cuando estuvo enfrente de él— ¡Yo sabía-!

 

Si alguien dijo algo o había perdido la pelea por haber abandonado el ring, a este punto no le interesaba, en lo absoluto.

 

No ahora, que podía sentir el sabor de los labios de Lautaro después de tantos meses de anhelo. Una lágrima cayó por su cachete, mezclándose con el sudor y la sangre, y en ese instante fue que salió del trance.

 

Sus manos, que se habían aferrado a los costados de la cabeza de Lautaro, empezaron a deslizarse hacia abajo, siendo consciente del inminente rechazo.

 

Pero tal rechazo jamás llegó.

 

Lautaro se colgó de su cuello y giró su cabeza, dejando que lo besara como más le gustara. Fue como un alivio que lo recorrió de punta a punta. Como sacarse un peso de encima que no aguantaba más. Cuando el beso se rompió tan sólo atinó a abrazar a su ex-amigo, sin poder salir de ese estado de incredulidad. Vio a Santiago a un lado sonriendo ampliamente y abrió uno de sus brazos para sumarlo.

 

Los tenía a ellos dos, a sus pares que siempre estaban para él sin importar la situación. A aquellos que lo bancaron desde el momento cero a pesar de las bromas y cargadas en stream.

 

Tenía a su familia haciéndole el aguante, y no le importaba absolutamente más nada.

 

—¡Anda a buscar el cinturón, trolo! —exclamó Santiago una vez se separaron, sacudiéndolo por los hombros.

 

Y Manuel tan sólo obedeció. Regresó al ring, levantando su tan adorado premio. Tal vez, recién en ese momento caía en cuenta que le había comido la boca a Lautaro enfrente de cientos de miles de personas, pero ya no le preocupaba. No quería pensar en el qué dirán o en las posibles repercusiones.

 

La mera idea de saber que, muy probablemente, podría dormir todos los días con el gran amor de su vida, aquel que se trajo de Madrid sin pensarlo ni dos minutos, le generaba una alegría que no era normal. De tan sólo imaginar la cantidad de cosas que podría hacer con Lautaro, aventurandose juntos en esto de una relación entre dos hombres donde ambos eran primerizos, el corazón le iba a mil por hora.

 

Aquel rubio que un día descubrió y se animó a hablarle. Desde ese día todo estaba escrito, porque intuía que lo de ellos no era una simple amistad. Fue un vínculo intenso y apasionado desde el momento en que se dieron la oportunidad de conocerse. Y entre tantas idas y vueltas, ahora habían llegado a esto.

 

Aún faltaban cosas por hablar y concretar. Pero podía estar tranquilo, porque de alguna u otra forma, lo de ellos estaba destinado a ocurrir, y este fue su punto de inflexión.

 

Alzó el cinturón en alto para las cámaras, sonriendo ampliamente frente al público que celebró su victoria junto a él. Sus dos mejores amigos se subieron al ring y lo abrazaron por cada lado, siendo parte esencial de este momento.

 

Lo que restó de la noche, jamás dejó de sonreír. Porque había ganado, porque Lautaro y Santiago se mantuvieron a su lado todo el tiempo, porque todos venían a felicitarlo, porque Lautaro también parecía mucho más relajado y contento consigo mismo.

 

Esa noche los tres volvieron a dormir en los colchones en el piso del living, porque eran demasiado vagos para acomodarlos. El sol del amanecer apenas iluminaba el recinto. El cinturón quedó sobre el sillón y con Lautaro durmieron abrazados en un colchón, perdiendo aquel pánico que sentían ante el más mínimo rose. 

 

Estaba contento. Porque, después de tantas caídas y recaídas, se sentía libre de cada carga y malestar que lo atormentaba.

 

Porque al final, él no era un perdedor. Al menos, ya no lo era.