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Efecto mariposa

Summary:

Los detalles importan. Un gesto o una sutil mirada pueden transformar una vida. Romina está decidida a nunca casarse ni a tener hijos, lo que ha escandalizado a su círculo más cercano. Leonardo cree que no hay nada mejor que seguir las convicciones propias y aprovechar las oportunidades que da la vida. Cuando sus destinos se cruzan, la indiferencia cobra protagonismo. Sin embargo, convivir más de la cuenta los lleva por un camino que jamás imaginaron.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Capítulo 01

Chapter Text

Eran las nueve con veintiún minutos de la mañana y Leo ya iba tarde. Tenía una importante entrevista en Globo Platino, uno de los restaurantes de mayor prestigio en la ciudad y al cual, había metido muchas veces la misma solicitud. Y ahora que tenía la oportunidad de ser entrevistado, se sentía molesto consigo mismo por haber salido a destiempo de su casa. 

Una vez en el lugar de la entrevista, Recursos Humanos le pidió tomar asiento y esperar a que terminaran de atender a quienes sí habían sido puntuales. De manera que, a Leo no le quedó de otra más y esperó con paciencia, pues el puesto le interesaba mucho. 

Trabajar en Globo Platino significaba para él, el espacio ideal para mejorar su técnica como cocinero. Con veintitrés años, todavía no había ingresado a la universidad, en especial, por razones personales. Desde los dieciocho se había dedicado a trabajar para ayudar a su familia y era con sus trabajos de medio tiempo y el de su madre en una estética, con lo que subsistían. Y aún guardaba la esperanza de estudiar la carrera que siempre había querido: gastronomía. 

Leo prefería que los estudios de su hermano menor, Ismael, no se detuvieran y siguiera adelante en la escuela de tiro con arco de la que era parte. En su momento, Ismael insistió en suspender el deporte y reanudar cuando las cosas fueran mejor, pero así como su madre, Leo creía que habían sacrificado tanto de ambas partes como para echarse para atrás. Ellos lo habían apoyado en la parte económica e Ismael, había sacrificado su vida adolescente con tal de poner prioridad a su faceta como deportista. Además, si todo iba bien el siguiente año, estaría preparándose para su primera competencia a nivel nacional. 

Un hombre que rondaba los cincuenta años, hizo una seña a Leo para que se acercara y tomara asiento. No se molestó en responder al «buenos días» por parte del joven, que debido a los nervios le habían entrado ganas de ir al baño. El hombre de mirada juzgona, dio paso a una serie de preguntas que hizo del proceso todo muy mecánico, por lo que al salir de ahí, Leo tuvo la sensación que no le llamarían por haber contestado fatal. 

—¿De verdad te fue tan mal? —le preguntó Rogelio, amigo suyo y que como él, ahora estaba acomodando sobre una bandeja lo que iban a servir de postre.

Los fines de semana era cuando ambos coincidían en el mismo empleo, en el de meseros. Pertenecían a una pequeña compañía que era contratada para dar servicio en varios eventos. 

—Pues creo que sí. La entrevista fue hace dos semanas y no me han llamado —Leo se oía decaído—. Y se suponía que el puesto era urgente. De seguro ya contrataron a alguien y… —Leo suspiró—. Creo que tenía muchas expectativas.

Rogelio dejó a un lado lo que hacía y dio una palmadita al hombro de su amigo. 

—Quien sabe, a lo mejor todavía no encuentran a nadie apto para el puesto y se están tomando más tiempo. Seguro sí te quedas, ten paciencia. 

Pero Leo, no pudo creerle.

—Ey, ustedes. ¿Qué hacen platicando? —El jefe de los meseros entró a la cocina, que no solo los reprendió a ellos, sino a todo su personal. El señor Julián era un tipo de buen trato, pero en horarios laborales era el más estricto. Le gustaba que las cosas salieran bien y rápido—. Por favor, terminen de servir el postre a los invitados que faltan y quédense cerca de las mesas, que ya algunos se empezaron a quejar porque no los estamos atendiendo cuando lo piden.

Rogelio y Leo compartieron una mirada de «luego hablamos» antes de tomar cada uno sus bandejas con las rebanadas de pastel de helado listo para ser servido. Tras acordar las mesas que cada quien debía atender el resto de la fiesta, Leo se dirigió a la de una familia numerosa y que estaba compuesta en su mayoría por mujeres. Preguntó a cada quien sobre cuál de las opciones de postre era de su preferencia. 

—Yo quiero de vainilla —dijo una de las dos pelirrojas de la familia. De ambas, era la más risueña y la que había recibido más atención de parte de Leo al haberle pedido un sin fin de cosas: que si le podía servir más comida, que si le cambiaba el vaso o si le daba más servilletas. Leo se dio paso entre ella y otra persona en la mesa para servir su porción, cuando la chica le dijo—: ¿Crees que puedas servirme los dos sabores de pastel de una vez? 

—Claro, en un momento traigo otro plato.

—Muchas gracias, que amable. —La chica le sonrió como las veces anteriores y ante esto, se llevó un codazo discreto al brazo cuando el mesero se alejó para devolver la bandeja vacía a la cocina. 

—Sofía, ¿qué crees que haces? —le dijo una de sus hermanas, la mayor de todas y de nombre Hazel. 

—¿Yo? Nada. —Se encogió de hombros—. Comiendo, ¿por qué?

—No te hagas, ya sé cuáles son tus intenciones. Así que compórtate, ¿si? 

—Pero no estoy haciendo nada malo. 

Nora, quien había estado atenta a su conversación, no pudo evitar reírse. Dejó a un costado la cuchara con la que comía el helado y se giró a sus hermanas para decir a una de ellas:

—Tan aventada como siempre. No te da miedo nada, Sofía. 

—Pues claro que no, Nora. Solo estoy esperando el momento indicado para pedirle el número —contestó ella, muy animada y confiada de que lo iba a conseguir—. ¿Cuánta probabilidad crees que tengo para que me lo dé?

—Si te soy sincera, cero. 

—¡Nora! —Sofía se quejó y miró mal a su hermana. Y pronto, se cruzó de brazos y apartó la vista de ella. 

Nora reaccionó con una carcajada. 

—Lo que dice Nora es cierto —intervino la gemela de Sofía—. ¿Por qué ese chico te daría el número? Dame un buen motivo. 

—Eh… ¿por que sí?, ¿por que soy buena onda? —le dijo Sofía—. Oye, ¿por qué me ves así? ¡Lucía, no te rías! No me pongas a prueba porque si lo quiero, lo consigo. 

—¿Pueden, no sé, simplemente callarse? —dijo alguien, atrayendo la atención de las jóvenes—. No me dejan comer a gusto. 

Sofía que detestaba recibir órdenes y sobre todo de ella, se preparó para contestarle:

—Pues si tanto te molesta, puedes levantarte e irte a otra mesa, Romina. Te juro que no vamos a extrañarte. 

—Sofía, cállate, no le hables así —le reprendió Aseneth, otra de sus hermanas—. No seas grosera. 

—A mí no me digas, fue ella la que empezó. 

—Claro que no. —A Romina a quien no le gustaba que le levantaran falsos, se inclinó lo suficiente para que su hermana menor la escuchara—. ¿Es que soy yo la que anda buscando la manera para pedirle el número al mesero? 

Romina había hablado tan fuerte que no solo los invitados cercanos a la mesa la escucharon, sino también el mismo Leo. El joven se quedó estático y no supo cómo sentirse ni reaccionar. Por estar tan metidas en su pequeña discusión, ni Sofía ni Romina se dieron cuenta que el mesero había vuelto para servir un plato más y llevar servilletas nuevas. La menor de todas las hermanas, que había estado presenciado todo en absoluto silencio, se río no sin antes agradecer a Leo por haberle traído la segunda porción del postre. 

—¿Por qué todas me ven así? ¿Por qué no comen? —habló Nadia, encantada con su nuevo plato—. Yo también quise doble y pedí lo mismo que Sofía. Creo que el pastel de vainilla sabe mejor que el de frambuesa. 

Los padres de todas ellas se miraron después de haber prestado atención a todo lo que habían dicho y entonces, se soltaron a reír. Para entonces, Leo ya se había retirado otra vez. 

—¡Papá, no te rías! —Sofía volvió a quejarse. 

—Eres una imprudente. ¿Ya viste lo que ocasionas? —contratacó Romina. 

—Ay, ¡pero mira quién habla, hermanita!

—¡Silencio las dos! —dijo Hazel con la intención de poner orden a la mesa—. Por favor, compórtense. ¿Qué va a pensar ese muchacho? De seguro lo hicieron sentir incómodo. 

—Pues díselo a la tarada de Sofía, Hazel. Que no sabe hacer otra cosa más que llamar la atención. 

Sofía se río de lo que le había dicho su hermana, así que no se quedó con las ganas y siguió:

—De mí di lo que quieras. Que llame o no la atención, me es inevitable. Por lo menos yo no tengo la necesidad de teñirme de castaña como otra. —Sofía soltó semejante declaración para poner en evidencia a Romina tal como ella lo hizo antes.

Romina reaccionó de una manera que por poco sacó de quicio a Sofía, quien fue detenida a tiempo por Aseneth. 

—Es que no, Aseneth. ¿Viste lo que me hizo? ¡Me enseñó el dedo medio! ¿Te parece eso de buena educación?

—Lo que no me parece de buena educación es que las dos estén montando este numerito. Romina tiene razón, la que empezó todo esto fuiste tú. Solo deja al mesero en paz. 

Romina miró con desdén a Sofía antes de volver a centrarse en su plato, con actitud triunfante. 

—Sofía, ya —le reprendió ahora su gemela—. Que de las dos, eres la única que va ganando. 

La señora Elizabeth terminó de poner orden y pidió que guardaran la compostura justo antes de que Leo volviera de nuevo para preguntar si se les ofrecía algo más. Esta vez todo fue diferente, sin ningún tipo de comentario o mirada que lo hiciera sentir incómodo. El joven terminó de llevarles todo lo que le pidieron, claro, hasta que llegó la hora del brindis. 

Leo sirvió las copas previo a que la pareja de recién casados procediera con el habitual discurso que solían dar en agradecimiento por la asistencia de sus amistades en un importante momento como lo era su boda. Luego de aquello, la fiesta continuó su curso y se tornó más animada que antes. La música y la buena actitud de la gente levantó el ambiente, por lo que los padres de las jóvenes no dudaron en unirse al baile al centro de la pista. Le siguieron Hazel y su esposa; y Nora, con un chico de una mesa cercana que la invitó a bailar. 

Aseneth parecía hablar de algo muy entretenido con Nadia y así como ellas, Romina estaba absorta en su mundo. Por el sonido alto de la música y las luces de colores parpadeantes, ninguna de las tres se percató que Lucía había intentado detener a su gemela antes de que cometiera una «locura». 

—Ay, Lucía. No exageres, si lo que voy a hacer no es nada malo —Había dicho Sofía antes de levantarse de su sitio para ir a buscar al mesero—. Ya que si no lo hago, me voy a arrepentir después. Y si no quiere darme el número, lo entenderé. Tampoco me creas una loquita de esas que insisten. 

El problema, no era el hecho en sí. Todas las hermanas lo creían. Pues Sofía, a menudo, hacía ese tipo de cosas cada que iba a alguna fiesta. La cuestión se ponía en juicio al tener en cuenta su edad. 

Sofía, muy decidida a cumplir su cometido, echó una rápida pasada al salón de fiestas. Este era de un tamaño regular, decorado de arreglos florales de distintos tamaños y colores. La loza y la decoración de las mesas, así como sus alrededores, eran de buen ver. Tras algunas vueltas, la pelirroja sonrió al distinguir al mesero, cuyo nombre desconocía y moría por saber. Se acomodó el vestido y luego de mirarse a través del espejo de mano que siempre llevaba consigo, caminó hacia él sin lucir impaciente. Casi lo alcanzaba, cuando una voz a medio camino la hizo detenerse. 

—¡Sofía, ven, baila con nosotras! —le dijo Hazel aun con todo el ruido. Hazel había tomado el brazo de su hermana menor para invitarla a unirse con ella y su esposa.

—No, Hazel. Ahorita no puedo. —Sofía se soltó de su agarre con sutileza—. Estoy muy ocupada. 

—Sí, claro. ¿Ocupada en qué? 

—Pues… —Sofía se asomaba por entre los hombros del par de mujeres que le obstruía el paso. Estaba más atenta a no perderlo de vista, que no prestó atención a nada de lo que le dijo su hermana. A lo lejos, vio que Leo empezó a alejarse y en un intento desesperado porque se detuviera, Sofía empezó a agitar la mano y a dar saltitos. Lo que de algún modo, le funcionó porque cuando él levantó la vista, la reconoció al instante.

Leo, quien esperaba que necesitara algo, caminó un poco hasta llegar a Sofía. Así, la chica le dijo:

—Hola. 

—¿Se le ofrece algo? —dijo él, con el tono más alto que pudo. La música era un verdadero obstáculo para hablar sin gritar. 

—¡Sí! ¿Cómo te llamas?

Leo hizo un gesto, no le había escuchado bien. 

—¡Sí! ¿Cómo te llamas? —Sofía se puso de puntitas para llegarle al oído, pero ni así bastó.

—¿Llamas? ¿Cuáles llamas?

—¡No! —Sofía negó con la cabeza y después de mirar a los lados, tomó la mano de Leo para sacarlo de la fiesta.

Ambos llegaron a las afueras del salón de eventos y cuando el aire fresco de la noche les acarició los rostros, Sofía se echó para atrás el pelo antes de volver a hablar. Por supuesto, Leo estaba muy confundido. 

—Ahora sí. Quisiera saber tu nombre. 

—¿Eh?

—Mucho gusto, mi nombre es Sofía Arizmendi. ¿Qué tal?

Leo se quedó mirando la mano tendida de la chica sin entender a qué iba todo eso. Sonrió con los labios apretados, sin saber si era prudente corresponderle o no. Al darse cuenta de la duda en su actuar, Sofía bajó la mano, avergonzada. 

—Disculpa, solo quería saber si… —Sofía, esta vez no lo veía a los ojos—. Si pudieras pasarme tu número. Claro, si no hay problema. 

—Disculpe, señorita, pero esto es muy raro. ¿Podemos volver adentro?

—No, espera. No me hables así. Háblame sin tantas formalidades, está bien. Lo juro. 

—Lo siento, necesito volver a mi trabajo. 

—Entonces es un no, ¿verdad? —Sofía ahora parecía desanimada. 

—Exacto, discúlpeme. —Leo volvió a sonreírle para aliviar el ambiente incómodo. Desconocía la edad de aquella chica, pero podía imaginarse que no llegaba a los dieciocho años. Él creyó que tendría quince o dieciséis. 

—¡Leo! Con que aquí estabas —dijo Rogelio apenas lo vio—. Rápido, tenemos que servir el café. 

—Sí, ya voy —dijo Leo y se volvió una vez más a Sofía antes de irse—. De verdad, disculpe. 

Rogelio no pasó desapercibido todo lo anterior, de modo que, de vuelta en la cocina, no se resistió a llenar a su amigo de preguntas que lo agobiaron. 

—No te rías, Rogelio. —Ahora que estaban en un lugar más relajado, se podía hablar mejor—. No es para tanto, ¿qué te hizo pensar que se lo daría?

—Está bien, no me río. Solo no te enojes. 

—No me enojo, solo… no te rías. —Leo tenía la cara roja de la pena. 

Y Rogelio tuvo que esforzarse para dejar de reírse y dejarlo pasar. 

Durante el resto de la fiesta, se dedicaron a terminar de atender a todos los invitados. Las cosas hasta las doce de la noche, transcurrieron con total normalidad y cuando todo llegó a su fin, la pareja de recién casados despidieron a sus últimos invitados, entre ellos, a la familia que Leo había atendido. 

El señor Julián, el jefe de los meseros, agradeció a todo el equipo por su colaboración y les informó sobre el evento que tendrían el próximo fin de semana y se despidieron unos a otros antes de ir a casa. 

La brisa del otoño estaba a todo lo que da. Las banquetas estaban repletas de las hojas de los árboles que crujían bajo cada paso que Leo daba. Caminó una última cuadra y llegó a casa, que ya se encontraba a oscuras. Con el menor ruido posible, el joven introdujo la llave para abrir y entró con el fin de cubrirse del frío. Al creer que su madre e Ismael ya estaban dormidos, su intención fue dirigirse a su cuarto, sin embargo, no debió sorprenderle que la señora Clarisa lo estuviera esperando. Bajo la luz tenue de la cocina, su madre tenía los ojos puestos en la diminuta cafetera. Se dio la vuelta al escuchar unos pasos y sonrió al ver a su hijo. Entonces, durante al menos una media hora, los dos se quedaron hablando hasta que la noche se hizo más profunda y fueron a dormir. 

A la mañana siguiente, una llamada de parte de Julián, despertó a Leo. Con los ojos a medio abrir, el joven contestó. 

—Leo, ¿me escuchas bien?

—Sí, ¿qué pasó? —Leo separó el celular de su oreja en medio de una mueca porque no le gustaba que le hablaran tan alto, ni tan temprano cuando acababa de despertarse. 

—¡Te tengo una buena noticia! Me acuerdo que me contaste la semana pasada que los de Globo Platino no te habían llamado, ¿verdad? Porque como me dijiste que estás buscando un trabajo fijo entre semana…

Leo se reincorporó y prestó más atención a lo que decía su jefe.

—Creo que ya te conseguí un trabajo.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Bueno, no es seguro. Necesitarías ir a la entrevista. 

De esta manera, el señor Julián le explicó que era muy amigo de una de las familias que había asistido ayer a la fiesta y que de hecho, fue gracias a la recomendación de la señora Elizabeth Arizmendi, madre de las jóvenes a quienes había atendido ayer, que había conseguido el contrato para el servicio de meseros de la boda. Y que ahora, esa misma familia estaba en busca de una persona que cuidase del mayor de todos debido a que el enfermero que solía atenderlo, no cubría toda la jornada que ellos requerían por tener otro trabajo por la tarde. 

—Y no pude evitar recomendarte a ti, Leo. 

—Pero, señor Julián, yo no tengo experiencia en eso. Solo una vez cuidé de alguien, pero eso fue hace mucho tiempo y… —Leo ahora tenía la mano sobre la nuca.

—De eso sí ya no sé, ya sabrás tú si te conviene o no. Por eso te aviso de la entrevista, es hoy a las tres de la tarde. ¿Podrás ir?

—¿Hoy? ¿Tan rápido?

—Es que les urge. 

El señor Julián, terminó de dar a Leo los detalles pertinentes para la entrevista. Asimismo, hubo de decirle que cuando llegara y le preguntaran el motivo de su visita, dijera que iba en recomendación del señor Julián Gil y que, de inmediato, sabrían de quién se trataba. 

Cuando Leo llegó a la residencia en la que se suponía que debía buscar la casa de la familia Arizmendi, se sorprendió de lo grande que era el lugar. Los jardines estaban bien cuidados y los alrededores muy tranquilos. El ruido de la ciudad se fue quedando atrás conforme caminaba. Tenía que llegar a la casa número dieciocho y al hacerlo, se plantó frente a la puerta. Se tomó unos segundos antes de tocar el timbre, no quería que lo notaran nervioso. 

Fue muy corto el lapso que esperó cuando alguien le abrió la puerta y entonces la vio. Se trataba de la misma jovencita de la anterior noche y que le había pedido el número. La diferencia era que ahora iba con una pinta más casual, con el cabello un tanto desordenado. Sofía dejó escapar un gritito que ahogó al llevarse las manos a la boca para controlarse, cuando Aura, la mujer que llevaba trabajando para la familia desde que las gemelas eran unas niñas, se acercó un tanto alertada por la repentina reacción de la joven. Aura miró a Leo con duda y esperó a que este hablara. El joven se aclaró la garganta antes de saludar. 

—Buenas tardes, vengo de parte del señor Julián Gil y…

—Oh, buena tarde. Claro que sí. —Entonces, Aura le sonrió con más confianza y lo invitó a pasar. 

—O sea que vienes por el trabajo, ¡para cuidar a  mi abuelo! —expresó Sofía de lo más encantada—. ¡Estás contratado! Espera, ya voy a avisarle. 

—No, Sofía, todavía le tengo que entrevistar —le dijo Aura. 

Leo apenas le sonrió a Sofía cuando pasó a un lado de ella para seguir a la señora Aura. Entraron a una pequeña biblioteca y el joven esperó a que la mujer procediera con las preguntas de protocolo, pero antes de que siquiera empezara, Aura suspiró un tanto agotada y se puso de pie. 

Una vez en la puerta de la biblioteca, pidió a Sofía y a algunas de sus hermanas que guardaran silencio. Mientras tanto, Leo no perdió la oportunidad de mirar a su alrededor y contempló el agradable espacio que, además de libros, albergaba muebles como un par de sillones con una mesita de centro en la que había un juego de ajedrez armado. En sus paredes, colgaban cuadros y fotos que supuso, eran de la familia para la que iba a trabajar si todo salía bien. 

Aura, aunque de semblante serio, tenía esa habilidad para hacer entrar en confianza a las personas aun si era la primera vez que hablaba con ellas. La entrevista dio inicio de la mejor manera. Paciencia, empatía y comunicación afectiva, eran algunas de las cualidades esenciales para el trabajo. 

—Buscamos a alguien que esté disponible de nueve de la mañana a cinco de la tarde y de lunes a viernes. Y si le soy sincera, ya entrevisté a un joven además de usted, pero como usted viene recomendado por el señor Gil, un amigo de la familia, la cosa se pone distinta. Nos garantizó que usted es muy dedicado al trabajo —decía Aura, mientras le pasaba a Leo un contrato en el que venían todas las especificaciones del empleo, entre ellos el sueldo, que no estaba nada mal—. De todas formas se requiere de una semana de prueba. Si desempeña bien sus tareas y, sobre todo, logra caerle bien al señor Arizmendi, se queda con el trabajo.

Leo miró de Aura al papel y se quedó debatiendo con sus pensamientos. Aura le dio su espacio y solo así, volvió a asomarse a la puerta de la biblioteca para pedir a las jóvenes que se callaran de una buena vez. 

Según lo que le había dicho Aura, las cosas que tendría que hacer Leo para asistir las necesidades del mayor de la familia Arizmendi, no sonaban tan difíciles. Pero claro, para él le parecía más fácil decirlo que hacerlo. Solo una vez cuidó de una tía suya, pero hacía mucho tiempo y con ayuda de su madre. Y por más que tuviera una noción de lo que conllevaba eso, la diferencia estaba en que tendría que hacer la mayoría de actividades sin la ayuda del enfermero cuando este terminara su turno. 

—Entonces, dígame joven Leonardo, ¿ya lo pensó? —Aura, nana de la familia, volvió a ubicarse frente a él, al otro lado del escritorio—. Todo depende de su respuesta. Si me dice que sí, mañana mismo empieza. Si me dice que no, tendré que llamar al otro joven.

Lo estaban poniendo en una situación de suma preferencia y todo, gracias a su buen amigo y jefe, Julián Gil. Leo tenía en la palma de sus manos una manera de minimizar sus preocupaciones, al menos en la parte económica. Ya no tendría que alternar turnos entre la cafetería y la tienda de conveniencia en las que trabajaba los cinco días de las semana y el puesto que ahora le estaban ofreciendo, no se cruzaba con su empleo como mesero ni los sábados ni los domingos.

—El pago es semanal y no tendrá que preocuparse por las comidas, pues esas se las cubrimos aquí —Aura se lo recordó, con los codos apoyados sobre la mesa, expectante a una respuesta de su parte. 

Además de cuidar de ese hombre mayor que tenía setenta y cinco años, Leo tenía la posibilidad de cocinar comida especial para él por su condición diabética. Y a Leo le fascinaba la cocina. El joven asintió tras unos segundos más y estrechó su mano con la de Aura mientras le decía «sí, me quedo», ahora con más decisión que antes. Minutos después, terminó de firmar el contrato de prueba.