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"¡PAJARITO, NOOOOO!"
El desgarrador grito, más similar a un aullido, de Clarence debió ser audible en todos los rincones de la escuela. En cuestión de segundos, toda la clase observó al tosco niño abalanzarse contra la ventana desde su pupitre, casi arrastrándolo a su paso. Acto seguido, abrió la ventana e intentó pasar su cuerpo a través de sus anchas para poder salir por ella (sin tener mucho éxito) mientras continuaba lloriqueando y su cara se convertía en un completo caos moqueante.
Lo que había desencadenado la reacción de Clarence ya se comenzaba a discutir entre susurros y miradas de reojo entre los niños de la clase, pero para quienes habían estado observando la escena atentamente desde antes, era evidente. Entre ellos estaba Belson.
Sin tener ánimo de atender a la clase, a inicios de esa semana, Belson observó al niño rubio desde un par de asientos detrás. Dedicando aún menos atención que él a lo que la profesora intentaba enseñar, Clarence pasaba horas dirigiendo su mirada hacia el patio de juegos que se asomaba detrás de las ventanas. Allí, en uno de los árboles más altos, una pareja de pájaros habían estado incubando sus huevos en un pequeño nido que sobresalía de entre las ramas. Justamente esa semana, los polluelos habían decidido salir del huevo, dejando a la vista tres pequeños picos que se asomaban cuando uno de sus padres traía algo de comer.
Con su entusiasmo habitual, Clarence no guardó sus comentarios sobre este milagro de la naturaleza, soltando cada poco tiempo frases como “¡Hola pequeñitos!, espero que les esté gustando su almuerzo” o “¡Oye, Sumo, creo que ya puedo ver sus primeras plumas!”, que generalmente eran seguidas por un suplicante “Clarence, presta atención a la clase, por favor” de la profesora Baker. Pero, tras un encogimiento tras sus propios hombros y un breve momento de silencio, él olvidaba su voto de silencio y Belson volvía a escuchar más de sus elocuentes observaciones.
Por supuesto, estaba acostumbrado a ellas, al igual que el resto del grupo. Pero, a pesar de que se mostraba aparentemente molesto cada vez que Clarence hablaba, o que la mayor parte del tiempo se encontraba con la cabeza apoyada sobre sus brazos cruzados, gruñendo que “¿a quien le importaba?” ante lo que sea que el rubio dijera; la verdad (que no admitiría) era que observar a Clarence no era tan malo. ¿Por qué lo haría de no ser así?
A veces, solo a veces, era sorprendentemente divertido escuchar las tonterías que salían por esa boca con dientes de fuera. Como con los días de “compartir con la clase” en los que Clarence hablaba con demasiada emoción sobre sus objetos estúpidos, o aquella extraña improvisación del trío de perdedores sobre los sombreros de tortuga, o las veces que él mismo se sorprendía contagiado por el buen humor del chico que se empeñaba en hacer reír a quien sea que lo rodeara. No lo mostraba, pero ver a Clarence siendo un completo frenesí de optimismo era cautivador; o cuando menos era algo que ya no podía imaginar sin ser parte de su día a día. Y los pocos días que Clarence no asistía a la escuela se sentían…raros. Pero no era cosa de él, descartaba Belson, era solo lo acostumbrado que debía estar.
No había habido un solo día “raro” esa semana de primavera, hasta hace unos momentos, cuando uno de los pajarillos comenzaba a balancearse peligrosamente en el borde del nido. Al notarlo, de manera automática, los ojos de Belson se dirigieron hacia su compañero de enfrente, quien ya dirigía miradas frenéticas hacia afuera, apretando sus puños, probablemente deseando subir ese árbol para poner al ave a salvo. “Oh…no”, no pudo evitar pensar Belson al ver ocurrir lo inevitable: unos instantes de terrible suspenso después, el ave dio contra el suelo.
Allí estaba Clarence, rodeado de un par de chicos y la señorita Baker, quien trataba de poner orden en el aula. “Clarence, no puedes salir por la ventana, ¿qué te he dicho? Lo lamento mucho por tu pequeño amigo, pero ya hemos hablado de esto”. Mientras tanto, el niño balbuceaba sin parar, medio ahogado por sus lágrimas sobre tener que ir a asegurarse de que el pajarito esté bien inmediatamente. En medio del alboroto, el timbre sonó marcando el inicio del recreo, y ligero como una flecha, el afligido chico fue el primero en salir hacia el patio.
“Pero qué llorón, de seguro el torpe animal solo se llevó un susto”, dijo Belson, internamente deseando que así fuera.
Belson no solía salir durante los recreos. Prefería quedarse dentro, por lo general en detención ya que ahí iba a parar habitualmente por su “apatía y falta de compañerismo”. Como sea, ¿Qué había afuera que adentro no? Adentro tenía sus videojuegos y nadie que lo molestara. Eso era suficiente.
Al menos así había sido unos meses antes, pero poco a poco se vio arrastrado por la creciente confianza que cierto niño tonto y regordete parecía infundir en los demás. No entendía, al inicio, cómo el resto del grupo podía seguir a Clarence como si fuera la gran cosa. Aunque luego, se vio a sí mismo dirigiendo el periódico escolar como parte de un proyecto y después, de la nada, defendiendo a Clarence en una revolución estudiantil para que los profesores no “censurasen su libertad de expresión”, o lo que sea que haya sido eso.
Poco a poco, consideró que ir allá afuera no era del todo una molestia. Incluso descubrió que podía divertirse haciendo que los demás siguieran sus órdenes organizando juegos de “Belsonbol”, siendo el árbitro, dando y quitando puntos a diestra y siniestra. Realmente lo disfrutaba.
Ahora no veía por qué no salir, era primavera y tenía un buen partido qué organizar. Así que lo hizo, y no tenía nada que ver con que quisiera echar un vistazo a lo que había ocurrido con Clarence y el emplumado animal. Para nada.
Tras buscar su silbato y un par de banderines, salió hacia el patio. Echó primero una mirada rápida hacia el árbol. Debajo de este, Clarence estaba agachado, con la mirada plantada en sus pies. A su lado estaba la señorita Baker, quien también se había agachado para poder estar a su nivel, tocando su hombro de manera reconfortante, y después de hablar con él brevemente se levantó y se retiró sin dejar de dirigirle una mirada triste.
Belson consideró marcharse, ¿qué más podía hacer? No era como si tuviera algún asunto en especial con esas aves o con Clarence. Era verdad, le había parecido entretenido mirarlas de vez en cuando, pero nada más. Sí, había escuchado a su compañero soltar algún dato curioso acerca de ellas. Sí, había consultado en Internet algunos datos más sobre ellas. Había sido interesante. Sabía a quién le debía ese interés. Pero eso había sido todo y nada más. Así que tomó firmemente sus banderines y procuró no mirar de nuevo…de manera demasiado obvia. Aunque, de todos modos, lo hizo. Y, cuando vio a Clarence comenzar a cavar en la tierra, entre pesados sollozos, ya no tuvo argumentos para evitar ir allá.
Se detuvo a la par del árbol. Sobre el pasto yacía una caja de cartón, desgastada y con una etiqueta de rosquillas, presumiblemente tomada del salón de profesores. Dentro de ella estaba la pequeña ave. El agujero en el suelo crecía a medida que Clarence escarbaba la tierra con una pequeña pala de juguete. Su rostro estaba descompuesto.
— ¿Sabes? — Comenzó Belson, luego de un rato – los padres pájaro suelen descartar a sus propios hijos cuando saben que son inútiles y no podrían sobrevivir. Lo más probable es que el pájaro ya estaba muer- eh… bueno, ya sabes. No creo que la caída le hiciera algo.
Silencio absoluto. ¿Por qué creyó que eso serviría de algo?
Clarence cerró la tapa de la caja, la tomó y la colocó en el agujero. Con sus manos, vertió la tierra escarbada, cubriéndola por completo. El sonido de los demás niños jugando era lo único que cortaba el silencio. ¿Era tan incómodo siempre?
— Y, ¿Dónde están los perdedores de tus amigos? — En casa, obviamente, dado que no estaban ahí como el trío de tontos inseparables que eran. Ya lo suponía, pero no era como si se le ocurriera mucho qué decir.
— Sumo está en casa…está enfermo de gripe…Jeff también lo está porque…
— ¿De nuevo? Por supuesto que se enferman al mismo tiempo si siempre están juntos y lamiendo sus rostros. Me sorprende que tú no estés enfermo, pero supongo que los torpes no se enferman.
Belson creyó que la risa característica de Clarence se haría presente en cualquier momento. Así sucedía cada vez que intentaba fastidiarlo con sus burlas o comentarios sarcásticos. Nada sucedió esta vez. Ni siquiera levantó el rostro del suelo, pero Belson podía ver un rastro de lágrimas secándose sobre sus mejillas. Así no se suponía que pasaría su recreo. No se suponía que el día fuera así para Belson; él tenía millones de cosas más interesantes que hacer que solo mirar a Clarence y su torpe rostro que, por alguna razón, le producía algo pesado en algún lugar dentro de él.
Le recordaba aquellas veces en que su rostro se iluminaba, emocionado por alguna idea extraña; o cuando cruzaba por la puerta al iniciar el día, aparentemente tomándose muy literal el “levántate y brilla”; o cuando Belson podía sentir cierta mirada dirigiéndose a él, después de que la profesora o alguno de sus compañeros nombrasen un particular animal marino que para él significaba…¡¿Qué hacía?! ¿Por qué estaba pensando en animales y en Clarence…y en la mirada brillante de Clarence?¿Qué sentido tenía para él? Arrugó el ceño y, soltando un gruñido, dio media vuelta y emprendió su camino hacia la multitud de niños. ¡Ningún sentido! ¿Qué sentido tendría Clarence? ¡Jamás lo tenía! No para él.
De todos modos ¿Él qué podía hacer? No tenía nada útil qué decir, y no creía que al torpe rubio le importara. Entre ellos siempre era así, ¿cierto? Incluso había pasado antes. Aquella vez que Clarence perdió su espantoso muñeco en el bosque. Pasaron días en los que una personalidad diferente invadió al niño, como si estuviera poseído o algo por el estilo. De pronto, era otro, ya no era el Clarence molesto de siempre; era serio y agresivo. Incluso Belson admitió que era genial…al inicio. Después todo se tornó tedioso y, lo que creía que era un tipo genial resultó siendo solo un chico incómodo y herido. Todos se dieron cuenta. Todos extrañaban al Clarence real. Así que, cuando los profesores recuperaron el juguete, el alivio regresó. Para todos.
¿Él qué podía hacer? Supuso que había sido cosa de una vez, pero ¿y si estaba equivocado? Si Clarence volviese a ser así, definitivamente ya no pensaría que es genial. Sobre todo sabiendo la razón del nuevo cambio. Es decir, a él le importaban las criaturas. Las del océano, sobra todo. Pero no creía conocer a nadie más que amara tanto a los animales como Clarence. Siempre compartía lo que había leído en alguna enciclopedia en casa de Jeff sobre alguna especie que recién descubría. Siempre contaba anécdotas en las que él se dedicaba a ayudar a alguna alimaña salvaje que se colaba en su patio. O aquella vez que ayudó a Percy a escribir su patética historia sobre bichos guerreros. Él era así. Siempre ayudando, siempre manteniendo felices a quienes lo necesitaban. Por supuesto que cualquiera consideraría que Clarence es un adorable ángel o algo por el estilo. Y, por supuesto que algo como la muerte de una simple ave tendría ese efecto en él. Y ahora estaba a punto de ocurrir de nuevo.
¿Y qué? ¿Qué se podía hacer? No era culpa de nadie que fuese un llorón y que todo le importara tanto. No era su asunto y había visto esas lágrimas cientos de veces. Ninguna vez le habían importado. ¿Él qué podía hacer?
¿Qué podía hacer?
¿Qué podía hacer él?
Detuvo sus pensamientos y sus pasos en seco. Entornó los ojos ante lo siguiente que se abrió paso en su mente, dio media vuelta y se dirigió al pie del árbol de nuevo.
Clarence se había recostado al lado del bulto de tierra recién formado, sobre el que había un par de florecillas silvestres. Cuando Belson lo tomó del brazo, tirando ligeramente, levantó la vista y lo miró con curiosidad, la cual solo creció cuando le escuchó decir “levántate, ¿quieres? no pienso cargarte”, mientras evitaba mirarle a los ojos.
Caminaron hacia la parte de la escuela que conectaba con la arboleda más espesa. Allí, justo al lado de la gran valla metálica que delimitaba el área, crecía un matorral no más alto que ninguno de ellos. Belson los dirigió a ambos cerca de la espesura verde, y cuando estuvieron a la par, la señaló con su mano y se dirigió a Clarence.
— Entra.
— ¿Al arbusto?
— Sí, tonto ¿A dónde más?
Una cúpula de hojas cubría el interior de la planta, cayendo naturalmente hasta rozar el suelo. Por fuera, unos pequeños capullos de flor color púrpura comenzaban a brotar; no hacía falta más para llamar la atención del chico, pero cuando se abrió paso dentro, agachándose y gateando, no pudo evitar un suspiro ahogado al mirar a su alrededor.
El arbusto era muy común, pero no tenía tantas ramas enredadas por dentro. Había crecido formando un buen espacio entre su tronco y el follaje que lo cubría, como una cúpula natural. No era amplio del todo, pero ciertamente producía un sentido de seguridad.
Entre las ramas que se torcían por encima, habían atados lo que parecían ser decenas de objetos que caían por sobre sus cabezas; había un par de latas y tapas de botella colgando de hilos; algunos juguetes de acción pequeños y desgastados, y alguno que otro que no lo estaba tanto; había cordones atados y enredados que colgaban como serpentinas; palitos de paleta y muchos trozos de lo que solían ser botellas de vidrio, lo suficientemente achatados como para no hacer daño al tocarlos. Por fuera era casi imperceptible, pero estando dentro el sonido que los objetos producían al chocar entre sí era casi melódico. En especial el vidrio, que se mecía produciendo figuras de luz con cada rayo de sol que se colaba entre el follaje.
Los niños se sentaron, uno junto al otro. Clarence, visiblemente hipnotizado, había recobrado un poco de su ánimo habitual.
— ¿Tu pusiste todo esto aquí, Belson?
Belson sacó su consola portátil del bolsillo y la tecleó al azar, sin despegarle la mirada, como si no quisiera darle mucha importancia al asunto.
— Algunas cosas. Vengo aquí algunas veces. No muchos vienen, está alejado del patio de juegos.
— Entonces es como tu escondite personal.
Lo era. Desde que había decidido que salir afuera le agradaba, ese arbusto se había convertido en uno de sus sitios favoritos. Además de su habitación. La vista era mucho mejor que en el aula de detención y allí también podía jugar videojuegos sin ser interrumpido. No solo era un escondite personal, era especial. Por supuesto, Clarence no tenía porqué saberlo.
— Dustin y Nathan vienen a veces. Dejaron algunas de sus cosas. No es para tanto.
— Yo creo que es mágico. — Clarence murmuró, admirando el efecto visual de un par de cristales, cuyo reflejo multicolor parecido a un arcoiris se veía reflejado en el suelo. Sus ojos, tomó nota Belson, también eran capaces de reflejarlo. Y ni siquiera notó cuando sus propios labios se curvaron hacia arriba y su ceño se suavizó.
Un canto conocido se coló hasta su escondite y ambos guardaron silencio.
— Son cardenales, ¿Cierto? Las aves.
Un atisbo de dolor volvió al rostro de Clarence. Pero, sin duda, no estaba cargado con la misma amargura de antes.
— Si, lo son. ¿Cómo lo sabes?
— No parabas de decirlo.
— Oh, cierto...
Era inusual escucharlo, pero después de un rato ambos percibieron que se trataba de un dueto de aves en lugar de solo una.
— Uh... no vas a volver a llorar, ¿cierto? Porque será mejor que...
— Belson, tengo que agradecerte. Entiendo por qué te gusta tanto este lugar, aquí pude recordar lo más importante.
— ¿Qué? ¿De qué hablas?
— Todos esos pequeños estarán expuestos al mundo aterrador de allá afuera. — dijo, apuntando su dedo en la dirección del árbol. — pero puede que existan cientos de amigos pájaro que les enseñen sus refugios secretos y puedan jugar videojuegos de chicos pájaro si son afortunados…
— ¿Qué estás diciendo?
—...y si se sienten tristes, estoy seguro de que se animarán, con su cariño de ave…
—…Clarence-
— Como tú y yo, Belson. Creo que soy muy afortunado de que...
— ¡Oh, ya cállate! – soltó en un grito, mientras intentaba cubrir la boca de Clarence, de la cuál ya escapaba aquella inconfundible risa.
Si Belson no hubiera estado luchando contra una ráfaga de felicidad por escuchar su risa de nuevo, hubiese reaccionado antes al abrazo en el que el niño rubio lo rodeó. Quizá lo hubiese evitado. Quizá no. ¿Importaba mucho, ahora que Clarence lo estrujaba contra él mientras su propio rostro se convertía en un desastre al rojo vivo? Su boca solo alcanzaba a balbucear una que otra queja a medias, hasta que se rindió.
— Por supuesto que este sitio sería el tipo de cosa que te gusta…cerebro de pájaro.— dijo por fin, entre un suspiro. Solo esperaba que nadie pudiese descifrar jamás lo mucho que comenzaba a disfrutar ese abrazo.
— Belson…¡Bien pensado! ¡Eres un genio! — Exclamó Clarence, radiante de emoción, soltando a Belson de inmediato e intentando atravesar el follaje bruscamente. — ¡Este arbusto es un refugio perfecto para ellos! ¡De prisa, vamos, debemos avisarles! ¡Aquí construiremos su nuevo nido, renovado y mucho más seguro! ¡Necesitamos una escalera, una cuerda…
Como si los momentos de tristeza anteriores jamás hubieran ocurrido, se alejó vociferando a todo pulmón. “Allí está de nuevo” Pensó Belson. El Clarence de siempre. El Clarence al que todos querían y seguían a todas partes. ¿Comprendía el por qué los demás lo hacían? Definitivamente no. De todas formas, no era como si él tuviera que hacerlo. No lo hacía, jamás. Y si lo hizo esta vez no era asunto de nadie. Porque, de todos modos, lo hizo.
