Chapter Text
1. El día en que desperté en el cuerpo de Bella Swan
Lo primero que sentí fue peso.
Peso en el pecho, peso en las piernas, peso en la cabeza.
Como si el mundo se hubiera desplomado sobre mí y, por alguna razón, yo hubiera sobrevivido.
Un sonido insistente poco a poco fue aumentando de volumen, como si al principio estuviera en el fondo de mi cabeza e intentará escapar a través de mis oídos.
Piii... piii... piii...
Cuando por fin reuní las fuerzas para abrir los ojos, una luz blanca me hirió en esos breves segundos de fugaz éxito. Parpadeé varias veces, intentando abrirlos nuevamente. No distinguía formas claras pero de alguna manera mis sentidos buscaban coordinarse al tiempo que la piel se me erizaba. Los bordes de mi visión se acomodaron y los músculos de mi cuerpo se tensaron como si debiera estar alerta, entonces lo vi.
A él.
El corazón me dio un salto tan violento que el monitor se volvió loco.
Piii-Piii-Piii-Piii.
Mi respiración se cortó. Un frío primitivo, casi animal, me recorrió la columna causándome un pinchazo de dolor. No podía mover la boca. No podía girar la cabeza. Solo podía mirarlo y entender, con el pánico más puro que he sentido en mi vida, que estaba en peligro.
Sentado a unos metros de mi, un ser hermosamente esculpido se levantó para inclinarse rápidamente sobre mi. Sus ojos oscuros, llenos de una preocupación intensa hicieron que mis dedos, más bien, mi cuerpo entero temblara sin control.
El monitor se volvió loco.
—Bella... —murmuró — You're awake. (Estás despierta)
Su voz era baja, suave. ¿pero por qué me causaba deseos de salir huyendo?
Intenté decir algo, lo que fuera, pero mi garganta solo produjo un ruido seco. El monitor seguía gritando mi miedo. Un deseo de preservación casi ancestral me hizo querer añadir distancia, tan pronto intenté moverme la sensación de diversas puñaladas me arranco de los pulmones el aire que no había estado conteniendo. En mi visión aparecieron puntos negros y sentí como si mi cabeza hubiera sido sumergida en agua.
—Her heart rate is spiking. Please, step back a little — escuché a lo lejos.
(Su ritmo cardiaco está acelerado. Por favor, retroceda un poco)
Todo comenzaba a oscurecerse y sentí como si el agua me tragará. Lo último a lo que logré aferrarme fue a ese sonido de piii... piii... piii... que sonaba cada vez más lento.
...
Cuando desperté por segunda vez, estaba sola. Miré a mi alrededor e intenté procesar donde estaba.
¿Una habitación de hospital? ¿Qué me había pasado? ¿Cómo fue que terminé en una habitación de hospital?
Cerré mis ojos un momento mientras intentaba recordar el último lugar donde había estado. ¿El trabajo? No, recordaba haber caminado fuera de la empresa rumbo a casa. ¿Si llegué a casa? No, se supone que pasaría a comprar despensa para lo que restaba de la semana. ¿Qué día era de todas maneras?
Escuchaba que llamaban a alguien muy a lo lejos. Era como si mi cabeza estuviera sumergida en agua y todo llegara distorsionado, amortiguado, ajeno.
Sin embargo, el pitido familiar seguía allí. Mientras intentaba abrir los ojos de nuevo, sentí una mano cálida buscándome. Esa mano recorrió desde mi brazo hasta mis dedos. De vez en cuando, unos dedos suaves me acariciaban la mejilla y, cuando por fin mi cerebro logró procesar una imagen coherente, apareció frente a mí un rostro amable y preocupado.
Era una mujer. Tenía la piel clara y ligeras ojeras bajo unos ojos de un azul celeste precioso, al borde de las lágrimas, que intentaban sonreírme. Movía los labios diciéndome algo que no entendía. Tenía tan pocas fuerzas que no fui capaz de articular palabra, pero asentí suavemente, como intentando calmarla.
Ella seguía acariciándome el rostro y las manos mientras hablaba y sonreía. Noté que no llevaba el atuendo de una enfermera y, en mis 28 años de experiencia como paciente ocasional, jamás había visto a una enfermera sentarse en la cama de los enfermos ni acariciarlos de esa manera.
Entonces, ¿quién era esta mujer?
Intenté cambiar mi posición en la cama para incorporarme un poco. La mujer reaccionó de inmediato: me tomó de los hombros y me lo impidió. Dijo algo más, pero seguía escuchando todo como si viniera desde el fondo de una alberca.
Al mismo tiempo que ella se levantaba para presionar algo sobre la cabecera de la camilla, varias cosas sucedieron a la vez: sentí la cama moverse para colocarme en una posición semisentada, un dolor punzante estalló en tres puntos distintos de mi cuerpo, se me erizó otra vez el vello de los brazos, el pitido del monitor se volvió más agudo y continuo, y, al fin, pude ver la habitación con claridad.
Era una habitación de hospital bastante normal: paredes azul claro, dos puertas, un viejo televisor colocado sobre un mueble robusto, algunas sillas, una ventana con cortina gris claro y un sofá-confidente. En el sofá había un hombre sentado. Un joven, de hecho. Tenía la mirada llena de preocupación en unos ojos de un negro intenso.
No sé cómo, pero lo reconocí.
Él era el detonante de que se me erizara la piel y quedara congelada de miedo.
El pitido atronador del monitor fue estabilizándose hasta recuperar un ritmo más uniforme, pero ya no era lo único que oía. Empecé a distinguir otros sonidos: bocinazos lejanos, el viento sacudiendo suavemente el vidrio de la ventana, el crujido de las sábanas con mis movimientos, el roce de la tela de la ropa de la mujer al inclinarse.
—Bella, honey, what's happening? Stay calm, darling —decía la mujer, intentando descubrir qué estaba provocando mi malestar.
(Bella, cariño, ¿qué pasa? Cálmate, cielo.)
El hombre se levantó y se acercó, con las manos alzadas en gesto apaciguador. Mi corazón empezó a latir todavía más desbocado.
—Bella, which part hurts? —preguntó, examinando algo sobre la cabecera de la camilla.
(Bella, ¿qué parte te duele?)
—I'll call the nurse —dijo la mujer, dirigiéndose a toda velocidad hacia la puerta.
(Voy a llamar a la enfermera.)
—Bella, stay calm. Try to breathe slowly —me dijo el hombre con suavidad, acariciándome la mejilla.
(Bella, mantén la calma. Intenta respirar despacio.)
Su caricia me provocó un escalofrío en la columna, que desencadenó una nueva oleada de dolor. Me di cuenta de que dejé escapar un pequeño gritito, lo bastante alto para alertarlo. Su rostro se deformó entre el pánico y la preocupación.
La mujer regresó corriendo con otra mujer más baja, y esta sí llevaba el uniforme de enfermera. Las dos se acercaron a mí.
—Please, stay away —dijo la enfermera, con firmeza, mientras yo escuchaba el sonido de bolsas de plástico, el chasquido de algún envase, el movimiento de la estructura de la cama al volver a reclinarla.
(Por favor, aléjese.)
—Bella, they're going to give you more medicine to help ya with the pain —me explicó la mujer no-enfermera, volviendo a acariciarme el rostro.
(Bella, te van a poner más medicina para ayudarte con el dolor.)
Sentía dolor. Mucho dolor, para ser honesta. Incomodidad, comezón, y más dolor encima. Los movimientos previos me habían mareado, y en la coronilla y la parte trasera del cráneo sentía como si alguien me clavara agujas, una a una.
La garganta me ardía, el tórax se sentía comprimido. Tenía esa necesidad casi desesperada de dar una respiración profunda para deshacer la presión o romper lo que fuera que me apretaba el pecho desde dentro.
Noté un vendaje grueso en el brazo izquierdo, desde el codo hasta la muñeca. Una intravenosa salía de la mano derecha. Mi pierna derecha estaba enyesada desde la rodilla hasta los dedos.
Ese escaneo corporal me tomó unos minutos, hasta que otra cosa se abrió paso entre el dolor:
¿Cómo me estaban llamando?
—Bella, sweetheart, can you still hear me? —preguntó la mujer no-enfermera.
(Bella, cariño, ¿todavía puedes oírme?)
El joven que me provocaba escalofríos estaba unos pasos detrás de ella, pero en mi línea de visión. Ambos tenían el rostro arrugado por la preocupación.
—Edward, please call Charlie, he needs to see her —dijo la mujer.
(Edward, por favor, llama a Charlie, él tiene que verla.)
¿Cómo?
Me reí. Literalmente se me escapó una pequeña carcajada.
¿Cómo había dicho la mujer?
¿Edward?
¿Charlie?
Definitivamente debía de estar soñando o algo. ¿No me habrían drogado y ahora estaba experimentando un viaje rarísimo?
La mujer y el joven me miraron extrañados, para luego dirigir la vista a la enfermera.
—The drugs are taking effect —comentó la enfermera.
(Los medicamentos están haciendo efecto.)
Seguía sonriendo un poco. Era raro que yo supiera que estaba soñando; en toda mi vida me había pasado quizá tres veces. Ahora que estaba casi segura de que era un sueño, podía relajarme... al menos todo lo que el dolor me permitiera. También había tenido sueños dolorosamente realistas antes. Si soñaba que caía de un risco, sentía el golpe del agua y el rugido a mi alrededor. Cuando soñé que me atacaba una serpiente, también sentí los colmillos y el dolor posterior.
En este sueño necesitaba averiguar qué me había pasado para encontrarle sentido al dolor actual.
Si estaba soñando que estaba en Crepúsculo, en un hospital con Edward y una mujer que supuse debía ser la madre de Bella, Renée, solo había una posibilidad lógica.
Estaba en el hospital después de la cacería de James en Phoenix.
El evento del primer libro.
¡Vaya!
Volví a mirar con más calma a las dos personas a mi derecha.
Renée pareció notar que mi expresión se suavizaba, así que ella también pareció relajarse un poco. Edward, sin embargo, tenía una expresión complicada en el rostro, difícil de descifrar: una mezcla de culpa, confusión y algo más intenso.
Si yo soñaba que era Bella, en teoría Edward no podría leerme la mente, ¿correcto?
<<¿Puedes leer mi mente?>> pensé, solo para probar.
Nada ocurrió.
Renée siguió hablando con la enfermera sobre cuestiones que intuía irrelevantes. Pensé que, total, cuando despertara no lo recordaría y no sumaba nada a mi vida real.
Tampoco me sorprendía que el sueño ocurriera en inglés: algunos de mis sueños siempre habían sido en otros idiomas. Cuando estudiaba alemán, soñé en alemán. Cuando estudiaba chino, me pasó lo mismo. Después de años y años de ver demasiado anime, también había tenido sueños en japonés, así que no me pareció tan extraño.
<
>
Nada.
Ni un parpadeo distinto.
Dejé de mirarlo y cerré los ojos. Dejé que Renée siguiera acariciándome el rostro mientras la enfermera decía que traería al doctor para revisarme otra vez. Comentó que no era buena idea inclinarme demasiado porque seguía muy sensible al movimiento.
Intenté recordar qué había hecho antes de quedarme dormida y qué tendría que hacer al despertar.
Escuché la puerta abrirse. Eché un vistazo y vi al mismísimo Charlie Swan. Lucía aún joven, como Renée, pero con esa misma marca de preocupación profunda en el rostro. Sentí una punzada de compasión por Charlie. Este debía ser el momento en que se reencontraba con su hija después de haberla "perdido" por su propia seguridad.
Le dediqué una mirada triste.
Habría extendido la mano si no fuera porque la única que tenía libre era la vendada: la mano que supuse había recibido la mordida de James.
De cualquier forma, Charlie tomó con cuidado mis dedos entre los suyos y me dedicó una especie de disculpa silenciosa.
Quise intentar hablar de nuevo, pero solo salió de mi boca un sonido que se podía describir como un quejido triste.
Renée, al ver la escena entre Charlie y yo, intervino:
—Still hurts, darling? —preguntó, inclinándose hacia mí.
(¿Todavía te duele, cariño?)
Asentí ligeramente. De verdad dolía, dolía mucho. No quise mover demasiado la cabeza porque también me dolía el cráneo, así que, para reforzar el gesto, articulé con los labios la palabra yes.
Los padres de Bella —mis padres, en este contexto— se dirigieron una breve mirada cargada de preocupación. La enfermera comentó que los medicamentos harían efecto en unos minutos más. En resumen, me mandarían a dormir otra vez.
Charlie no se apartó de mi lado y Renée siguió acariciándome el rostro hasta que el cansancio y los analgésicos empezaron a arrastrarme de nuevo hacia la oscuridad.
Les dediqué a ambos una última mirada de agradecimiento antes de volver a quedarme dormida.
----------------------------------
Seguía sintiendo dolor. Dolor constante, profundo, molesto, como un animal dormido que se despertaba cada vez que intentaba mover un músculo. ¿Cuánto tiempo más estaría en el arco del hospital? Este sueño ya me había parecido demasiado largo.
Tras dormir y despertar al menos tres veces más, empecé a sentirme realmente fastidiada.
Charlie y Renée se turnaban por horas para cuidarme.
Pero había alguien que, definitivamente, nunca abandonaba la habitación.
Edward.
Y, siendo honesta, su presencia era molesta, aunque no por razones superficiales.
Era terrorífico.
Mi cuerpo humano reaccionaba de forma tan rápida e instintiva a él que ni siquiera necesitaba pensarlo; en cuanto se acercaba, la piel se me erizaba como si fuera un gato acorralado, el vello de los brazos se levantaba, un espasmo involuntario recorría mi espalda tensando mis costillas rotas hasta provocarme un dolor agudo y el monitor cardíaco se disparaba, delatando un miedo que yo no podía disimular.
El vampiro lo había notado. ¿Cómo no iba a hacerlo con aquellos sentidos exageradamente desarrollados?
Intentó acercarse dos veces más a lo largo del día, pero mis reacciones — imposibles de controlar— lo hicieron retroceder.
Finalmente, prefirió mantenerse a prudente distancia y guardar silencio.
Si el sueño seguía desarrollándose como la trama del libro, faltaba poco para que Edward me diera su discurso dramático de "te hago daño, debo alejarme de ti".
Bella, en teoría, lloraría y le suplicaría que se quedara.
Honestamente, yo no podía evitar estar sorprendida con los nervios de acero de la Bella original. Debería de darle algo de créditos a la chica. ¿Cómo demonios esta presencia no le causaba ninguna reacción física? O Bella era increíblemente audaz... o Edward tenía razón: la chica no tenía ni una gota de autopreservación en las venas.
En los momentos en que me quedaba a solas con él, fingía dormir. Tan pronto como Charlie o Renée salían de la habitación, yo cerraba los ojos y dejaba caer la cabeza hacia un lado, pretendiendo que los analgésicos me habían vencido.
No quería verlo. No quería sentirlo cerca. No quería que mi cuerpo siguiera estremeciéndose con cada paso que daba hacia mí.
Además, estremecerme con las costillas rotas era castigo suficiente.
El miedo dolía, literalmente.
Edward pareció captar la indirecta.
Se mantenía a la distancia exacta entre mi cama y el sofá donde, por momentos, parecía petrificarse... como una estatua que vigilaba sin saber exactamente qué estaba buscando.
En una de esas ocasiones, cuando reuní el valor para abrir los ojos y mirarlo, lo encontré observándome. Él, por supuesto, sabía que yo lo veía, pero no dijo nada y desvió la mirada.
Supuse que prefería darme algo de espacio para evitar que volviera a estremecerme.
Y lo agradecí.
Aun así, tuve que admitir algo que todos en Forks habían murmurado alguna vez:
Bella tenía razón en que Edward Cullen era atractivo.
No atractivo de manera superficial o juvenil.
Atractivo de ese tipo casi irreal, el que uno esperaría ver en estatuas de mármol o pinturas renacentistas.
Su rostro era simétrico, etéreo; su piel parecía pulida a mano; sus rasgos, el arquetipo exacto de la belleza griega.
Hermoso.
Pero en el mismo sentido en que lo son los depredadores.
Mirarlo era como admirar a un dios antiguo... y lo peor era que ese dios tenía el poder suficiente para matarte en medio segundo sin parpadear. Apenas formé ese pensamiento, un escalofrío recorrió mi columna y se me escapó un quejido involuntario.
Ese pequeño sonido pareció despertar algo en Edward.
Levantó la mirada hacia mí con una expresión extraña: una mezcla de conflicto, culpa y una intensidad casi fiera que no supe interpretar.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente; me estremecí con más fuerza, un reflejo imposible de contener, y el movimiento hizo que un dolor punzante explotara en mis costillas. Solté otro quejido, esta vez más alto.
Eso lo sacudió.
Vi cómo su rostro cambiaba, como si entendiera de golpe que su presencia solo me lastimaba más. En un segundo, literalmente un parpadeo, se alejó aún más de la cama y en el siguiente, salió disparado de la habitación, moviéndose tan rápido que la puerta apenas alcanzó a balancearse detrás de él como si necesitara colocar tanta distancia entre nosotros como fuera físicamente posible.
Dejé pasar unos segundos antes de soltar el aire que había estado reteniendo sin darme cuenta. Mis pulmones ardían y mis costillas protestaban, pero al fin, por un breve momento, pude relajarme.
