Work Text:
Ese debía ser uno de los días más calurosamente aburridos en la vida de Stan Pines, no entraba en el top 3, pero definitivamente estaba en el top 5. Debido a su vida en siempre movimiento, había pasado mucho tiempo, o incluso décadas desde que sintió que no tenía nada que hacer.
Los gemelos habían salido a pasar el rato con sus amigos, Wendy estaba ayudando a su padre con sus hermanos e incluso Soos que siempre estaba cerca se tomó el día libre para estar de cita con su novia. Lo cual no le molestaba, más bien le alegraba que el chico haya encontrado a alguien que lo amara tanto como él la amaba a ella y que además lo sacara a explorar más el mundo en vez de quedarse barriendo polvo junto a un viejo cascarrabias.
También pensó que podría pasar tiempo conviviendo con su hermano.
Pero el tipo tan testarudo como era, se había enfermado ese día de entre todos los posibles, por lo que decidió confinarse en su cuarto para no contagiarlo, y aún si no lo estuviera al parecer había quedado de juntarse con su viejo amigo para tontear o lo que sea que hicieran los nerds para divertirse y pasar un buen momento.
Hablando de la salida, a Ford le había sentado bastante mal su repentina recaída, porque al parecer su amigo había estado esperando el día muy emocionado, y le dolía imaginarse a su amigo devolviéndose a pasar el día triste y sólo en su casa.
Ya serían dos en ese barco.
Por lo que Ford, el santo que era, le había pedido que lo acompañara en su lugar. También le había ofrecido comprarle esa edición coleccionista de la Duquesa aprueba y su marca favorita de café. Pero, hey vamos, Stan no era el tipo de persona que dejaría tirado a su hermano si este le pedía un favor casi rogándole a sus pies, ni caería por algún tipo de chantaje tan obvio a sus ojos casi ciegos por las cataratas.
Aunque esa edición coleccionista no se vería nada mal en su repisa y hacía mucho que no tomaba un buen café colombiano.
Todo eso lo llevó al momento en que ahora se encontraba. Sentado en su sillón, vestido para salir y matando el rato viendo cualquier cosa aburrida que la vieja televisión local decidiera mostrar hasta que llegara el que sería su compañero del día. Al que Ford se había asegurado de informar el cambio de planes.
Eso sí, con un poco de suerte el calor no lo mataba primero.
El reloj casi marcaba las 9:00 am cuando se escucharon golpeteos rítmicos en la puerta acompañados de alegres tarareos.
“Bueno, aquí vamos” se dijo así mismo para animarse, apagó el televisor y con un crujido de espalda bastante satisfactorio se dirigió a abrir la puerta.
Al momento de agarrar la manija, sentía sus manos un poco más sudorosas de lo normal, ¿Estaba nervioso? sabía que sería un poco incómodo porque el tipo era más amigo de Ford — Ni siquiera estaba seguro de que el otro lo considerara un amigo — y él sólo era el hermano de su amigo que le había dirigido menos de 10 de palabras y que muy probablemente lo había insultado en algún momento, no estaba muy seguro, pero podría apostar por eso por como parecía que a veces lo miraba fijamente. Sumándole a ese montón no parecían tener mucho en común, por lo que no sabía cómo debería actuar frente a él el resto del día, y eso lo ¿inquietaba? o algo así.
¿Pero estar nervioso?, vamos, eso le parecía demasiado incluso para él, no había nada de qué preocuparse, él era un Pines y podía con esto, se aseguró a sí mismo. Además, no era como que el ex loco del pueblo se lo fuese a comer o convertirlo en uno de esos robots gigantes que siempre hacía…Aunque su espalda ya extrañaba su sillón favorito.
“¡Buen día compañero! ¿Preparado para nuestro pequeño rodeo?” Lo recibió McGucket con una sonrisa brillante de oreja a oreja que combinaba con su colorida camisa, junto a un overol y su…¿Nuevo corte de pelo?
Al parecer le habían hecho un corte de barba que lucía bastante elegante con la pequeña coleta que se meneaba en su nuca. Muy probablemente si le vestías con un traje de saco adornado con unas cadenas y varios anillos se vería como uno de esos ancianos millonarios que mostraban en esas revistas de famosos de la semana.
Era bastante irónico si lo pensaba bien, porque el tipo realmente se había vuelto uno.
“Wow, ese corte te hace lucir jodidamente bien, McGucket. Te hace ver como uno de esos viejos millonarios raros de revista”
Fue todo lo que salió antes de que pudiera pensar en su respuesta. Mierda. Siempre Stan y su maldita boca sin filtro ¿No podía pasar un segundo sin arruinarlo?
Ugh, ya podía sentir el calor recorrerle por las mejillas.
Pero McGucket ¿No parecía molesto?, más bien ¿Se veía feliz? por alguna razón.
“Es bueno saber que no ambos Pines están más ciegos que una vieja mula” Se rió suavemente “No importa cuánto me viera, ¡Stanferd nunca lo notó! ¡Ni siquiera cuando no usaba mi sombrero!”
“Err, bueno, podría objetar sobre lo de ser ciego, pero si hablamos de Ford, puedo estar de acuerdo que a menos que sea alguna criatura extraña que te vuele la mente el tipo nunca notaría nada a dos metros de él”
“Apuesto a que no lo notaría ni a un metro” McGucket sonrió con picardía
“¿Sabes qué? tienes toda la maldita razón ¡El idiota ni siquiera notó cuando me dejé crecer el pelo y me veía todos los días! ¡Sólo lo notó cuando Mabel dijo algo sobre eso!” Stan se señaló con ambas manos su propio cabello que caía sobre sus hombros para hacer énfasis en su punto.
McGucket como respuesta sólo pudo partirse a la mitad en un montón de carcajadas que lo hacían sujetarse el estómago. Y Stan no pudo evitar unirse a él en aquella risa tan contagiosa.
Su hermano podía ayudarlo incluso en momentos como estos, ¿no?. Tal vez le compraría unas gomitas de regreso, para que no se sienta tan mal por quedarse en casa.
Recomponiéndose un poco, McGucket habló
“Esa fue una buena risa para comenzar el día, ¿no lo crees?” asintió con su cabeza ante su propia pregunta.
“Lo suficientemente buena para que estos viejos huesos se muevan” Stan le asintió de vuelta “Entonces…Según lo que me dijo mi hermano, ¿Tienes un plan para el día o algo?”
“Si que lo hago, ¡Pero!” El hombre más bajo exclamó dramáticamente levantando un dedo, justo como su hermano, de donde seguramente obtuvo ese gesto “No te contaré sobre los lugares a dónde iremos, sólo lo sabrás cuando lleguemos…No tienes problema con eso, ¿verdad?”
En la última pregunta el otro hombre se encogió un poco, inseguro y algo preocupado de que la idea no le gustara en lo absoluto o lo hiciera sentir incómodo.
Verlo encogerse no era algo que le gustara en lo absoluto. La idea de no saber a dónde iba no era algo que lo entusiasmara tanto, algo que al parecer el otro entendía, pero no creía que fuera tan malo, especialmente tratándose de McGucket. Siempre y cuando no le fuesen a vendar los ojos o lo encerraran en algún lugar, por una vez en su vida, estaría bien sin saber a dónde iba.
Siendo honesto, eso lo emocionaba un poco.
Stan se rascó la nuca un momento, para luego cruzarse de brazos y continuar haciendo como que pensaba. Lo cual, por el movimiento insistente de su pierna, sólo parecía poner más nervioso a McGucket. Ese hombre se ponía nervioso bastante rápido y Stan no podía evitar molestarlo un poco.
“Hmm…Okay, aceptaré ir, ¡Pero! Bajo una condición” Imitando la pose que el otro había hecho, con la diferencia de que Stan apuntaba muy cerca el rostro del otro, prosiguió “Sólo no me metas en alguna cárcel, ya he estado en suficientes cárceles por esta vida y los niños se molestarán conmigo si no estoy para la noche de películas, además Mabel me hizo prometer que no debía perderme sus nuevas recetas en las que ha trabajado tan duro”
“¡Oh!, No te preocupes, Stanley ¡Me asegurare de que eso no pase!” Le aseguró el otro hombre dándole una palmada en el hombro.
Parecía realmente aliviado y bastante contento con la respuesta de Stan.
“Entonces, ¿Nos vamos?” McGucket dijo ya saliendo de la entrada.
“Si, si, vámonos en mi vieja chica, así puedes guiarnos a nuestra siguiente parada” Stan respondió, sacando sus llaves para hacerlas girar en su mano.
“¿Tan temprano y ya ofreciéndome una vuelta en esa belleza?, Si el sol me está mirando con tanto vigor, hoy debe ser mi día de suerte, ¡Y lo aceptaré con gusto!” Con eso McGucket se montó alegremente en el asiento del copiloto, tarareando para sí mismo melodías que no creía haber escuchado antes, mientras le hacía señas para que se apurara.
Tal vez le preguntaría sobre esas melodías después.
Por ahora, seguiría las indicaciones del hombre más bajo a la no posible cárcel, donde el otro aseguró que no terminarían. Aunque no le aseguró que no lo convertiría en alguna máquina asesina así que no podía tachar eso de su lista. Y tal vez, si se le daba la oportunidad, intentaría relajarse lo máximo posible.
La primera parada del día era la granja local, abierta al público para celebrar el aniversario de su formación o el cumpleaños del viejo loco que tenía por dueño, no le había prestado mucha atención a esa parte, ni la mayoría de lo que dijo el dueño, el granjero Sprott.
Nunca perdonaría al tipo por perseguir a su sobrina y a su cerdito con hordas de personas con antorchas, mientras la llamaban ‘bruja’ por todo el pueblo. Probablemente a Mabel no le gustaría que él guardará rencores, pero mientras nadie lo supiera nadie podría demandarlo por dirigirle miradas asesinas al tipo cada que podía.
Mientras lo hacía podía escuchar las risitas de McGucket, quien no parecía tener mucha intención de ocultarlas.
“Entonces, ¿Qué tal nuestra primera parada? Pensé que te gustaría algo de movimiento antes del almuerzo” Le preguntó el hombre más bajo, paseando por los alrededores ya buscando a qué puesto irían primero.
“Ehhh, no sé si tengamos la misma definición de ‘algo de movimiento’, pero ir a una granja no entra en la mía. Sin ofender” Stan levantó las manos en señal de apaciguamiento.
Con una risita, McGucket le restó importancia “Ninguna fue tomada, pero entiendo porque pensarías eso si nunca lo has intentado”
“¡Ja!, ¿Entonces me enseñarás, eh, campesino?” Stan le sonrió de forma engreída retándolo, porque vamos ¿Qué podría hacer este sujeto que fuera tan emocionante?
Eso omitiendo todo lo que le habían dicho sus sobrinos y su hermano, además de lo que pasó el verano pasado. Que siendo honesto admitía que era bastante genial.
“¡Ho ho! Estaré encantado de enseñarle lo que quieras a esos viejos huesos tuyos, citadino” le devolvió con una sonrisa igual de engreída y con un guiño. Agarró su mano y lo guío hacia un puesto cercano.
Tal vez McGucket era más atrevido de lo que pensaba.
El propietario del puesto les explicó que tenían que hacer que las cinco herraduras que les habían entregado a cada uno se engancharan en el objetivo para ganar los premios más grandes o al menos 3 para ganar los premios menores, lo cual parecía demasiado fácil y sin mucha gracia como para entretenerte más de cinco minutos. Stan no entendía porque esto se suponía que sería divertido.
Al menos se aseguraría de ganar unos premios para llevarle a sus sobrinos
“Síganme por aquí hacia el objetivo, caballeros. ¡Les deseo mucha suerte y por favor intenten no molestarlo tanto o no podrán dar en el blanco!” Les dijo amablemente el propietario para después regresar a su puesto.
“¿Qué? ¿A qué demonios se refería con eso último-” Los objetivos para sorpresa de Stan eran los cuernos rectos y altos de un viejo toro que no parecía tener mucho interés en ellos, por lo que prefería concentrar su atención en el interesante forraje que tenía al frente, lo que lo dejaba en la posición ideal para acertar. Eso también explicaba porque las herraduras no eran de metal si no de una especie de poliestireno expandido con el suficiente peso para ser tirados sin hacer daño alguno, además de que estaban pintados de diferentes colores para hacerlos más llamativos.
“¿Acobardándote ya tan rápido, compañero?” le preguntó McGucket con una expresión bastante satisfecha con la cara de sorpresa de Stan.
Stan se recompuso rápidamente mostrando su mejor cara de póker, cruzándose de brazos y dándole una mirada desinteresada al otro hombre “¡Ja! ¿Crees que no podría ganarte en este jueguito de corral? Mala suerte para ti, amigo, tienes frente a ti a un maestro en el arte de tirar cosas”.
“¡Oh!, ¿Es así? Entonces estaré más que encantado de ver tus habilidades” Le dijo el más bajo cediéndole el primer turno para lanzar.
No había mentido en que era bueno tirando cosas, el problema es que su vista ya no era tan buena como cuando era más joven y que el objetivo pudiera moverse sin avisar no le ayudaba mucho.
¡Al diablo! ¡Un animal más testarudo que él no iba a hacer que lo avergonzaran frente a McGucket!
¡Y con esa convicción pudo acertar dos herraduras con éxito!
El problema es que el toro se había aburrido de comer y ahora se movía por todos lados, haciendo imposible tirar alguna herradura. Lo había intentado de todas maneras, pero falló dos veces seguidas y todo lo que consiguió fue una risa bastante fuerte del otro hombre y si sus oídos no lo engañaban podía apostar a que ese estúpido toro también se estaba riendo de él. Si no estuviera tan irritado por fallar dos veces ya lo estaría insultando.
Realmente quería conseguir, aunque fuera uno de los premios pequeños para no quedar como un viejo presuntuoso y hablador—los demás ya pensaban eso de él, pero no quería que McGucket lo hiciera—así que si tenía que recurrir a usar tácticas no tan legales eso haría.
“Okey, bestia salvaje, ahora esto es entre tu y yo” Masculló Stan lo suficientemente alto para que el toro lo escuchará.
Stan asegurándose que nadie más los viera, tomó un puñado de forraje de un barril cercano y lo arrojó cerca de su posición para que el animal se acercará lo suficiente sin parecer sospechoso. Lo cual inesperadamente funcionó.
Se aclaró la garganta inocentemente “Parece que hay algo de suerte de mi lado, eh. Y como soy alguien humilde te dedicaré este tiro para compartir algo de ella contigo, pastelito”
Sin notar el rubor que se coloreó en la cara del más bajo, rápidamente Stan realizó su tiro ganador como si lanzará una pelota en la final de las Grandes Ligas de Béisbol.
Que el toro con su cuerno magistralmente le bateó de vuelta, golpeándolo fuertemente en el centro de la frente.
La suerte siempre estaba de su lado para estás cosas, eh.
“¡Oww! Ugh, eso no salió como esperaba, je” Dijo con una risita nerviosa, mientras se sujetaba la frente intentando calmar el dolor punzante y la vergüenza que comenzaba a invadir cada parte de su cuerpo. Sheesh y decían que no se podía herir a nadie con eso, incluso hirieron su dignidad, y realmente no tenía mucha de ella.
“¡¡Stanley!! ¡Oh, dulces zarzamoras! ¡¿Estás bien?!” McGucket le preguntó frenéticamente mientras lo revisaba completamente y lo sujetaba tan firme como podía en caso de que pudiera colapsar “¿Necesitas sentarte? ¿Quieres algo de agua? ¿Quieres ir—”
La reacción del otro hombre era algo que consideraría bastante raro en cualquier otro momento, porque si sus ojos no lo estaban engañando diría que parecía realmente…preocupado por él.
“Wow, wow, calma, respira, estoy bien ¿Okay?. Sólo fue un pequeño golpe, nada del otro mundo” Intentó tranquilizarlo mostrándole el lugar donde se había golpeado. Lo cual sólo pareció profundizar la expresión de preocupación de McGucket.
Él definitivamente no era tan bueno en consolar a la gente, huh.
“Igual deberíamos conseguir algo de hielo para ponerte ahí, antes de que se te hinche demasiado” Lo arrulló McGucket con mucha preocupación, acariciando su mejilla con sus inesperados movimientos suaves y circulares, sintiendo con cada roce los peculiares relieves que se habían alojado a lo largo de los años en sus callosas manos. Tal vez si no fuera porque la punzada que sentía empezaba a molestarlo consideraría quedarse más tiempo junto al agradable toque del otro. No entendía cómo, pero era capaz de hacerlo sentir casi tan relajado como cuando estaba navegando tranquilamente en las olas del mar que lo mecían de un lado a otro mientras observaba la extensidad del amanecer que iluminaba con fervor tanto el agua como el casco de su barco, y oyendo atentamente la última investigación en la que Ford hubiese puesto con alegría su interés y—
“Err, si, eso…suena como una buena idea” Tosió aclarándose la garganta, a la vez que se alejaba a sí mismo rápidamente antes de que su línea de pensamiento viajara más lejos y se mantuviera más tiempo de lo necesario junto a ese suave toque. Y definitivamente NO iba a pensar en lo bien que se sentía.
McGucket asintió de vuelta “Bien, ¡Entonces déjame me ocupo de nuestro viejo amigo cornudo en un momento e iremos a buscar algo de hielo para ti!” Y tan pronto como lo dijo, con lanzamientos veloces, todas sus herraduras quedaron perfectamente colocadas en la cornamenta del animal, quien no pareció notarlo ni importarle en lo absoluto.
“¡¡TENEMOS UN GANADOR!!” Anunció a lo lejos la voz del propietario del puesto. Quien al parecer siempre los estuvo observando.
Ugh, Realmente esperaba que no le dijera nada por su intento humillante de hacer trampa.
“¡Acérquese y escoja su premio, buen señor!” El propietario le señaló con entusiasmo a McGucket el montón de peluches que adornaban cada esquina de su puesto.
El hombre más bajo, sostuvo a Stan del brazo y lo guio con calma al puesto.
Aunque una parte de Stan se sentía humillada por ser tratado como algún tipo de invalido que no podía moverse sin ayuda, la otra parte de él sabía que el hombre no lo hacía con la intención de hacerlo sentir de esa manera, simplemente era su amabilidad sureña sumada a su comportamiento siempre dispuesto a ofrecer una mano. Nunca entendería de dónde nacía tanta amabilidad, pero no era algo que le molestara como para quejarse por ello.
“¿Cuál te gusta más, Stanley?” Le preguntó McGucket, sonriéndole con expectación.
“¿Quieres que…escoja un peluche?” Arqueó una ceja con confusión sin entender el por qué de la petición.
“¡Claro, escoge sin miedo! Parecía que tenías muchas ganas de conseguir uno así que considéralo un pequeño regalo de mi parte, por acompañarme hoy y…también como disculpa por el terrible golpe que recibiste” Respondió, bajando su tono de voz en la última parte y cohibiéndose un poco. Aunque su cara le dirigía una expresión que reflejaba un claro ‘No aceptaré ninguna excusa que quieras darme para negarte’. Así que no podía evitarlo incluso si lo quisiera.
Parece que el otro hombre lo conocía mejor de lo que pensaba.
“Bien, pero no te quejes después si te retractas de tu oferta” gruñó por lo bajo, rascándose el cuello y mirando alrededor del pequeño puesto, sin estar realmente molesto.
“Puedo caminar en reversa, pero te aseguro que no lo haré, así que no te preocupes y escoge lo que quieras, cariño” Le respondió McGucket entre risitas, haciendo ademán de probar su propio comentario.
El hombre era bastante raro cuando quería, pero no es que Stan fuese mucho mejor en ese aspecto, así que no podía juzgarlo, incluso podría decir que ambos combinaban bien en sus rarezas ¡Y la gente del pueblo lo podía confirmar! ¡Al fin y al cabo ambos eran considerados los viejos locos del pueblo!. No es como si se enorgulleciera por ello, ¡Pero igual seguía probando su punto!. Así que, si tenía que ir por ello, lo haría sin preocuparse tanto. De hecho, podría jurar que ese peluche de zarigüeya le pedía a gritos que se lo llevara, y si alguien le preguntaba por él, simplemente diría que se lo robó a alguna vieja loca que tuvo el descaro de insultarlo cuando él sólo estaba paseando tranquilamente con un amigo y siendo un buen ciudadano para la sociedad. No le creerían, pero sería suficiente para que no lo molestaran más con el asunto. Y si se lo quedó para decorar su cuarto fue sólo porque le recordaba a su mascota favorita de cuando era un niño, y no porque se asemejaba a McGucket con el sombrerito que reposaba en su cabeza y la sonrisa que dejaba asomarse a un único colmillo en esa tonta expresión suya que siempre adornaba su cara.
Si, esas eran razones más que válidas, y mandaría a la calle a cualquiera que le dijera lo contrario.
Así que lo mejor era enfocarse en la sensación del hielo recién comprado junto a su cara y en salir rápidamente de esa granja, para conseguir algo que pueda calmar a la bestia que crecía en su barriga demandando por tocino y algo de panqueques.
McGucket le lanzaba miradas de vez en cuando por el rabillo del ojo, mientras se dirigían a El Diablo. No estaba seguro de si era por preocupación de que no se estuviera sujetando bien el hielo junto a su frente o si le preocupara de que se fuera a desmayar en cualquier momento, a pesar de que ya le había asegurado innumerables veces que no lo haría y que él era mucho más fuerte de lo que pensaba, además de que si lo fuera a hacer prefería hacerlo en su auto y no en el suelo de una granja llena de restos dudosos de la gente y animales que han pasado por ahí. Aun así, lo seguía mirando de vez en cuando, lo que le ponía los pelos de punta, ya que él mismo no entendía por qué lo hacía sentir tan nervioso el devolverle la mirada al otro hombre. Por lo que sólo se mantuvo caminando, lo más relajado que pudo.
Y si el hombre más bajo le sonrió tiernamente, Stan no lo notó.
Greasy’s Diner podría no ser la opción más despampanante ni ostentosa, pero ya se había vuelto parte de su rutina diaria y de la de su familia cuando querían comer afuera, siempre sería la opción que seguiría escogiendo sin importar qué, especialmente cuando no se sentía con ganas de probar un sitio nuevo, su cuerpo cansado le agradecía mucho la sensación de estar en un sitio conocido. Así que admitiría que le alegraba que ese fuera el lugar que McGucket había escogido para almorzar, y no lo decía sólo por la comodidad o porque el otro se había ofrecido a pagar por él, se negó como pudo, aunque igual no pudo ganar contra la insistencia del otro. Sino también porque le gustaba comer ahí, rodeado de la gente del pueblo quienes lo saludaban cuando lo veían, escuchando las conversaciones de los demás como ruido de fondo, el olor de la comida y el café recién hecho junto al cantar diario de la fauna local y de algunos gnomos que hurgaban en la basura o se peleaban entre ellos, mientras saboreaba cada sabor que se filtraba en su paladar de la comida que había escogido para el momento, charlando tranquilamente con su acompañante, sentado uno al frente del otro, con un peluche de zarigüeya recostado a su lado con cariño, porque no tenía el corazón para dejarlo abandonado en el auto, y los rayos del sol cayendo con pequeños destellos deslumbrantes sobre el perfil del hombre al frente suyo, incluso con la forma que lo habían tratado los años, aún lograba resaltar la belleza en sus rasgos. Todo eso en conjunto lo hacía sentirse realmente a gusto.
“Parece que lo estás disfrutando mucho, ¿Huh?” McGucket le preguntó mirándolo con una sonrisa que siendo honesto era bastante encantadora para alguien de su edad.
“Cómo no tienes idea, cariño” Le guiñó el ojo de vuelta, engullendo su último trozo de panqueques con gran satisfacción, derramando una que otra gota de jarabe sobre su propia cara y su plato.
Podía oír el grato sonido de las risas del otro, mientras tanteaba buscando una servilleta para limpiarse.
“Ven, déjame ocuparme de eso por ti” Le dijo el hombre, ya sujetándolo suavemente por el mentón en una forma de invitación, que Stan aceptó algo perdido en la acción. Frotó con cuidado la servilleta en movimientos circulares y constantes, como si temiera que si lo hacía con demasiada fuerza lo lastimaría a muerte. Con delicadeza giro su cara de un lado a otro, inspeccionando con una última mirada, hasta que estuvo seguro de que lo había limpiado todo “¡Y ahí lo tienes! No podemos dejar que ese jarabe te haga más dulce de lo que ya eres, no sería bueno para el corazón, ¿Verdad que si, Stanley?”
‘¿El tuyo o el mío?’ estuvo tentado a decir, pero su cuerpo lo había abandonado hace mucho, demasiado asombrado para reaccionar a cualquier cosa. La única cosa en la que se había puesto de acuerdo era en traicionarlo con el creciente calor que amenazaba con cubrir toda su cara.
Pero su cabeza lo trajo de vuelta, debía contestar antes de que fuera muy raro.
“Err, ehem, sí, tienes toda la razón, bombón, caramelito, pastelito, err, gracias, si” Posible silencio incomodo superado por un desastre de palabras, ¡Bien hecho Stan!.
“¡No hay de qué, cascabelito!” Le sonrió el hombre más bajo, terminando de un trago todo su café “Entonces, ¿Ya te sientes recuperado para nuestra última parada? No podemos dejar que mi ex esposa mapache y sus amigos nos ganen el mejor puesto…Aunque si ya no quieres continuar lo podemos dejar hasta aquí, si así lo prefieres”
¿Quería dejarlo hasta ahí?, la verdad es que ni siquiera se había dado cuenta de todo el tiempo que había pasado, al principio pensó que estuvieron afuera sólo unos minutos, si a acaso una hora, pero cuando revisó su reloj de muñeca en la cafetería, vaya que se llevó una sorpresa con el descubrimiento de que habían pasado más de cinco horas entre paseos y charlas, gran parte de ellas ni siquiera eran de algún tema profundo o filosófico, él no era Ford y no tenía mucho interés en eso así que gracias. Eso sí, le agradaba saber que tenían más cosas en común de las que imaginaba. ¡A ambos les gustaba Fleetwood Mac!, incluso le dijo a McGucket que le prestaría varios de sus discos favoritos, lo cual el otro le agradeció enormemente, ofreciéndole a cambio una visita guiada por su taller y la mansión, además de que siempre que lo necesitara podía echarle una mano con su belleza de auto. ¡Eso sí que era suerte! Y la suerte casi nunca estaba de su lado.
Así que, ¿Por qué parar ahora?, además tampoco podía negar que se había estado divirtiendo un montón con McGucket, a pesar de lo que había esperado al principio.
“Mmn, mi espalda ya se siente como si pudiera correr una maratón de persecución con los niños tras mi hermano” Hizo crujir su espalda para resaltar su punto “Así que tómame y llévame a cualquier lugar que hayas planeado en esa cabeza demente tuya, cariño”
“Aunque si vas a enterrar mi cuerpo, asegúrate de dejarle todas mis deudas a mi hermano, para que se divierta un rato insultándome peor que un camionero y descubriendo de dónde conseguí todas y cada una de ellas” Añadió con un chasquido de sus dedos, apoyándose del espaldar de su asiento con total tranquilidad.
McGucket en respuesta no pudo más que reír a carcajadas, sosteniendo su barriga como si su vida dependiera de ello, golpeando a veces por debajo de la mesa con sus piernas cuando no podía contenerse lo suficiente. Stan no podía estar más que feliz con eso, estaba empezando a disfrutar mucho del sonido de su risa tan enérgica y agradable como era.
Tal vez se aseguraría de hacerlo reír más a menudo para escucharla.
Una vez el hombre más bajo se había calmado, limpiándose una lágrima, respondió “Me asegurare de mantenerlo en mente cuando lo haga. Entonces ¿Nos vamos?” Señaló hacía la salida.
“Sólo después de ti, terroncito de azúcar” Stan respondió ofreciéndole su mano, a lo que el otro hombre aceptó con gran emoción.
Se habían estacionado frente al lago local, que estaba totalmente despejado porque aún no llegaba la temporada de pesca donde todo el pueblo lo abarrotaba de punta a punta con botes o algún que otro picnic familiar. Eso y que el cielo ya empezaba a cambiar sus vestimentas con tonos más anaranjados y morados, avisando con las suaves caricias del viento sobre la venida de la frescura de la noche, la cual agradece porque no cree que pudiese aguantar toda una noche con ese infierno de temperatura. Tal vez debería pedirle más tarde a Soos que arregle el viejo ventilador guardado en el almacén, para que al menos los niños no se derritan de tanto calor.
“Entonces, ¿le estaremos robando algún bote a tu hijo para navegar un rato?” Preguntó Stan, examinando los alrededores distraídamente.
“Claro que no. Descuida, para esto no tienes que usar ninguna de tus asombrosas habilidades, Señor Misterio. Aunque espero que toda esa navegación con Stanferd no te haya estropeado las rodillas” Con una risita y un guiño, el otro hombre le dio unas suaves palmadas en el hombro.
Oh, a este sujeto realmente le gustaba provocarlo.
Y Stan se dio cuenta, no por primera vez, que le gustaba que él lo provocara.
“¡Ha! ¡Malas noticias para ti, pastelito, esos viajes con Ford me ayudaron a tonificar mi forma física!, especialmente porque el nerd, quien de por sí tiene un pésimo cuidado de sí mismo, no dejaría de molestarme con una dieta sana y toda esa mierda sobre tener buena salud. ¡Pero ni un millón de viajes lograrían estropear ninguna parte de este paquete!” Le aseguró Stan, flexionando los músculos de sus brazos en diferentes posiciones para demostrarlo, usando su mejor sonrisa de vendedor. Si en algún momento sonó su espalda eso no era importante “Incluso podría cargarte todo el camino si quisieras”.
“¡Oh! Y-Ya lo creo– Yo– Err– No te preocupes, mis rodillas aún no están tan oxidadas y no es un trayecto tan largo. Igual aprecio tu oferta, puede q-que la deje para otro momento, si no es problema” Respondió McGucket, ya liderando el camino, con un ligero sonrojo pintado en sus mejillas.
“No es problema…” Stan susurró bajando su tono para no ser escuchado, preguntándose si la temperatura tendría algo que ver con que hoy su cara decidiera calentarse con tanta frecuencia sin razón, sólo para no pensar en la posibilidad de la otra opción que se había estado colando insistentemente en su cabeza…
…Pero, ¿y si esa posibilidad fuese posible?
Sintió un ligero hormigueo recorrer todo su cuerpo, si, era mejor no pensar en esa sensación. Guárdalo en un cofre, amárralo con todas las cadenas posibles y lánzalo para que desaparezca en lo más profundo de tus pensamientos, hasta que no se escuche ni el eco de que alguna vez existió, igual esto nunca acaba bien para ti, Stan.
Nunca lo ha hecho y posiblemente nunca lo hará, y eso estaba bien, ya no es igual a como era antes cuando no tenía a nadie ni sabía dónde terminaría cayendo al final del día, ahora tiene una familia que le recuerda, en cada momento del día, lo mucho que lo aman y cuán importante es él para ellos, asegurándole que nunca sería una molestia para ellos. No había forma de describir lo afortunado que era, sólo sabía que estaba más feliz que nunca por seguir estando presente para aquellos que atesoraba, y por primera vez en su vida se sentía feliz consigo mismo, no sentía tanto ese nudo enmarañado que solía acompañarlo cuando pensaba sobre sí mismo o sobre quién era o quién debía ser, verse en el espejo ya no se sentía como un rompecabezas tan complejo de comprender. A excepción de cuando tenía esos momentos raros que le nublaban la mente hasta el punto donde no recordaba ni su nombre ni dónde estaba parado. Era aterrador el cómo sus propios sentidos lo engañaban y lo hacían revolverse en viejas heridas que creía haber sanado o como el miedo a veces lo carcomía en lo más profundo de sus entrañas arañando poco a poco cada una de las capas que se suponía formaban su cuerpo, con la incertidumbre de sí terminaría lastimando sin querer a su preciada familia en alguno de esos episodios.
Era agotador, pero incluso en esos momentos sabía con certeza que lograría encontrar esa luz que lo devolvería al presente, a veces con ayuda externa en los peores, y otras veces, de las que personalmente se sentía muy orgulloso, por su propia cuenta. Era algo con lo que sabía que tendría que vivir, aunque comparándolo con todo lo que había ganado, le parecía un precio bastante justo, para él, tampoco creía que fuera el tipo de peso con el que quisiera molestar a alguien más, especialmente no a McGucket, el tipo ya tenía sus propios asuntos con los que lidiar, y ya le incomodaba lo suficiente molestar a su familia.
Pero, si bien sabía con certeza de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que se interesó en tener una relación con alguien, quién quiera que estuviese allá arriba sabía que había pasado incluso mucho más tiempo desde la última vez que considero tener una relación que fuese algo más serio y no algo de una noche, donde pudiera confiar lo suficiente como para dejarlo ver esos lados de sí mismo que no le mostraba a nadie más, donde ambos pudiesen sentirse seguros por la presencia del otro y consolarse en sus momentos más bajos sabiendo que no serían juzgados.
Anhelando que diariamente pudiera escuchar su hermosa risa y sentir sus caricias rozando su cara con aquella ternura que el otro le había mostrado sin vacilación.
Esto lo sorprendía en muchos sentidos, muchos buenos, algunos confusos, mejor dicho todos eran muy confusos, porque cómo se suponía que le diría al otro hombre, el mejor amigo de su hermano ni más ni menos, que estaba interesado románticamente en él, que realmente disfrutaba su compañía y que quería que fuera parte de su familia, sin asustarlo hasta el punto que lo aborreciera y rompiera su amistad con su hermano por su culpa, y muy posiblemente construyera un robot asesino demasiado complejo y absurdo para aniquilarlo. Sintió que estaba exagerando esa última parte hasta que recordó las historias que le habían contado los niños, después de todo no parecía tan alejado de la realidad.
Si lo pensaba bien, confesarse era algo que podía hacer, no tenía un problema real con eso, no tenía miedo del esperado rechazo, el problema sería lo que él otro pensará, no sabía si el otro se sentiría cómodo con una confesión y mucho menos una viniendo de otro hombre. Ni siquiera estaba seguro de que el otro le dejaría saber que lo hacía sentir incómodo dándole toda esa información de repente. Realmente no quería arruinarle sin querer el día tan agradable que habían estado teniendo, sólo porque al pobre diablo con el que le tocó salir repentinamente había desarrollado sentimientos por él más rápido que su hermano metiéndose en un lío (normalmente era él, pero eso no era relevante en este momento).
…Aunque si resultaba que el otro no tenía problemas con eso, y realmente había una oportunidad de que algo se diera, no creía que le molestaría ni la desaprovecharía.
Concentrándose en el momento, decidió, siendo el tipo de hombre que actúa según su instinto, lo haría en el momento que se sintiera más adecuado.
Principalmente porque no quería confesarse mientras se golpeaba con una rama mal colocada en el camino por tercera vez o resbalarse por alguna roca demasiado escurridiza.
“¡Yyy ya estamos aquí! ¿Qué tal te parece la vista, Stanley?” Preguntó alegremente el hombre más bajo, que había estado teniendo un debate bastante animado con él sobre los mejores dramas de época de los últimos años.
“Es… una buena cascada? ¿que he visto miles de veces? Err, aunque nunca tan de cerca, puedo decir” Stan respondió con una ligera duda de si eso sería cierto o no, ante la vista de la imponente cascada que se erguía altivamente sobre ellos. Sheesh, ojalá que su última parada no fuera para escalar esa cosa, se escuchaba bien para su récord de muerte, pero no para su corazón ni su espalda.
McGucket terminó interrumpiendo sus observaciones con unas risitas.
“No dudo que la hayas visto un montón de veces, pero no es por esa vista usual que venimos” Cruzando un par de rocas, señaló con diversión hacia el final de la cortina torrencial de agua que descendía por la pared de rocas, o más específicamente a lo que se encontraba detrás de esta “Venimos por la mejor parte, ¡Su vista interior!”.
“¿La vista interior? ¿Tiene una cueva esa cosa?” Preguntó perplejo, rascándose la nuca. ¿Cómo es que nunca lo había sabido? No es como si se la hubiese pasado investigando cada rincón del pueblo, pero igual no le quitaba la sorpresa por el descubrimiento.
“¡Seguro que sí! Lo descubrí el verano pasado cuando me estrellé accidentalmente con mi prototipo del Gobblewonker mientras perseguía a los pequeños y a tu hijo. En el momento no le presté mucha atención, pero luego de visitarlo con mejor claridad ¡Se volvió uno de mis lugares favoritos!” Palmeando sus pantalones, sacó una linterna de bolsillo, atada a un pequeño llavero con forma de cubo cubik que se mecía de un lado a otro “Y pensé que tal vez te gustaría”
Sin pensar mucho en la parte donde perseguía a los niños con un robot peligroso, lo anotaría mentalmente para interrogarlo más tarde, con McGucket liderando con la luz de su linterna, ambos comenzaron a adentrarse en la intrigante cueva, manteniéndose atentos en el camino rocoso, además de los puntos resbalosos inesperados.
“Si, es un lugar digno para descansar de una aventura o para despejarte de todo con el sonido del agua fluyendo. Definitivamente le hubiese gustado a Ford si se lo enseñabas” Respondió, rozando con las yemas de sus dedos las paredes que los rodeaban, sintiendo cada borde alisado, cada imperfección, cada textura o forma que decidiera aparecer por su recorrido, incluso algunas veces podía ver hongos bioluminiscentes decorando el camino.
“Mmn, no había pensado en traer a Stanferd aquí, habíamos planeado hacer otras cosas, principalmente retomar una campaña que dejamos por terminar y pedir su opinión con algunos proyectos en los que estaba trabajando” El hombre dijo, peinándose su barba.
“Pensé que estos eran los lugares que planeabas venir con Ford” Sus manos ya no se sentían tan cómodas rozando las paredes, así que las guardó en sus bolsillos “Entonces, estas diciendo que, ¿escogiste todos estos sitios para…traerme a mí?”
“¿Qué–¡Por supuesto que sí, Stanley! Shush, sé que es la primera vez que salimos sólo nosotros dos, y que fue algo repentino, no sabía con certeza qué tan incómodo sería para ti, ¡Así que quería hacer lo mejor posible para asegurarme de que lo disfrutaras!” McGucket se volteó para dirigirle aquella mirada llena de claridad que reafirmaba sus palabras.
“Oh…Okay” Eso era inesperado y…un gesto bastante considerado de su parte, y de alguna forma lindo. Al principio había asumido que ser considerado era parte de su naturaleza sin importar de quién se tratase. No había forma de negar eso. Sólo que ahora se daba cuenta que el hombre había pensado detenidamente en cada lugar que escogió para llevarlo que pensaba que le gustarían, porque realmente quería que él lo disfrutara, porque le importaba lo él pensara y sintiera. Y si su corazón se seguía apretando de la forma en que lo hacía, no sabía si podría soportarlo “...Gracias, por tomarte la molestia”
“Cuando quieras, Stanley” Le sonrió el hombre, siguiendo su camino hasta la parte más amplia de la cueva, donde se encontraban un par de sillas plegables junto a una linterna de acampada y lo que parecía ser una pequeña nevera portátil. El sujeto sabía darse unos buenos lujos. Justo al frente se podía avistar el pequeño estanque que había hecho su propio lugar en el centro de aquel escenario, rodeado por el resplandor de los escasos destellos de la tarde que lograban entrar a través del agua cristalina de las cataratas, dándole ese toque que lo hacía lucir encantado. Un lugar cautivador y mágico a su manera, que combinaba bastante bien con el estilo del pueblo.
McGucket se sentó cómodamente en una de las sillas, palmeando el asiento de la otra en señal de invitación “Ahora, ven y trae tu trasero arrugado aquí para que podamos relajarnos con unos tragos”
“¿Incluso tienes esa parte cubierta? Cariño, cada vez me gustas más” Le guiñó alegremente Stan, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre la delgada silla, no era tan cómoda como su sillón, pero tampoco estaba tan mal, y la buena compañía ya aumentaba su valor.
Con un ligero rubor cubriendo sus mejillas y una risa divertida, el otro hombre le ofreció una botella, ya estirándose para alcanzarle el destapador.
“No te preocupes, cariño. Ya me encargo” Tan rápido como lo dijo, con unos ligeros malabarismos con la botella por aquí y allá, porque por supuesto tenía que presumir un poco, destapó la botella con la suela de su zapato, haciendo volar la tapa hasta que aterrizó en sus manos. Encantando al hombre a su lado, que lo miró con los ojos más abiertos de lo normal. Su truco no le parecía la gran cosa, pero si lograba asombrar al otro, entonces no le molestaba mostrar su sonrisa de satisfacción.
“¡Woo-wie! ¿Dónde aprendiste eso?” Le preguntó asombrado, abriendo su propia botella con el destapador.
“Lo aprendí en un bar donde trabajé, a la gente le suele encantar que hagan trucos con sus bebidas y todo tipo de espectáculos para entretenerse, así que nos enseñaban varios trucos como parte de nuestra formación” Una lástima que nunca pudo terminar su entrenamiento porque su jefe lo atrapó participando en peleas clandestinas, era divertido escuchar los diferentes chismorreos de la gente. “Aunque deberías haber visto a mi jefe, el sujeto se proponía abrir las botellas de las formas más raras cada vez que alguien se lo pedía, una vez lo hizo con el cabello de su esposa y se la pasó todo el día con la marca de su mano en toda su cara, ¡Jurarías que incluso podías ver la marca de sus anillos!”
McGucket comenzó a reír melodiosamente con rapidez ante esa historia, casi derramando su propia bebida, intentando recuperar su aliento.
“Espero que su esposa no lo haya dejado por eso” Bromeó, dándole un trago a su cerveza.
“Nah, no era la primera vez que la provocaba, e incluso cuando la molestaba ambos se veían profundamente enamorados el uno por el otro, creo que más bien les gustaba, ¿sabes?” Se encogió de hombros sin darle mucha importancia, a lo que el otro sólo asintió como forma de entendimiento.
“Mmn, recuerdo que, en mis tiempos de la universidad con unos compañeros, en una fiesta intentamos hacer trucos con botellas, para darle algo más de emoción, queríamos ver quién la podía abrir de la forma más creativa y, como es obvio, las cosas se salieron un poco de control” El hombre le dirigió esa mirada que decía ‘Grandes problemas’.
“Vamos, no creo que fueran tan graves” Se burló Stan porque ¿Qué cosa tan grave podía hacer un par de universitarios?. Eso sólo pareció avivar la sonrisa engreída del otro hombre.
“Si, sólo lo agregaron a mi registro de lugares que terminé incendiando” Lo despidió con un gesto vago, tomando un trago.
“¡¿TÚ QUÉ?!--” McGucket interrumpió su sorpresa con sus fuertes carcajadas.
Que mierda, quién diría que este tipo causaba disturbios incluso en su juventud, ¿Huh?
“No era mi intención, pero una cosa llevó a la otra. Aunque, nunca decidimos el ganador, ahora que recuerdo”
“¿Enserio? Con ese final, no creo que alguien más pudiera competir contra ti” Stan respondió con diversión. Notando que ya se había acabado toda su cerveza.
“Oh shush, no tienes que halagarme así por un pequeño error de cálculos” Se rió el hombre, empujándolo juguetonamente por el hombro y pasándole otra botella. Ambos sumiéndose en un silencio sereno, contemplando la vista del estanque, del agua y de algo un poco más lejano en su mente.
Esto es agradable, se encontró pensando para sí mismo por segunda vez en el día, tan relajado, observando por el rabillo de su ojo al hombre a su lado, no sentía la tensión habitual de sus hombros, era…extraño, en un buen sentido. ¿Cuándo había sido la última vez que se sintió tan cómodo con la presencia de alguien más?, a parte de su familia, no creía recordar un momento donde se haya sentido completamente en calma al lado de otra persona, ni siquiera cuando estuvo con sus ex esposas había logrado que esa sensación se disipara. Siempre tenso, siempre alerta, siempre preparado para atacar cuando el peligro le respirara en la nuca, amenazándolo, persiguiéndolo, engañando cada uno de sus sentidos hasta hacerlo correr en círculos, cual gallo de peleas que lo único que conoce es la lucha, el corral y su inminente muerte que no valía más que un par de monedas. El mismo ya estaba retirado, pero incluso así, sabía que las viejas costumbres no morían tan fácil, y menos para un Pines tan testarudo como él. Tal vez su cara no era lo único que heredó de su padre. Pero tan terco como era, aún quería aferrarse a ese momento tanto tiempo como pudiera, con McGucket a su lado…Moisés, se estaba volviendo un sensiblero, ¿No?
“...Me alegra mucho, ¿sabes?” McGucket murmuró tan bajo que casi se lo pierde, si no fuera por el eco del lugar.
“¿Huh?”
“Los recuerdos, me refiero…el poder recuperarlos” Reflexionó tranquilamente “Incluso aunque reconozco que no los voy a poder recuperar todos, que nunca sabré con exactitud cuáles faltan, ni si alguna vez serán suficientes para compensar todos los años que perdí o para compensar todo el dolor que les causé a aquellos que amo…Me alegra, me alegra mucho el ir recuperando la mayoría de esas memorias poco a poco. Sintiéndolas como si las viviera por primera vez y nunca se hubiesen ido. Hay veces que varias de esas memorias terminan apareciendo al mismo tiempo, haciendo que sea confuso distinguir qué cosas son reales y cuáles no lo son, es…abrumador, en el mejor caso. A veces terminan paralizándote por lo repentino del momento…pero, aun así, es reconfortante el saber todo lo que has recuperado, y todo lo que podrás hacer mejor a partir de lo que has obtenido, como si al fin pudieras entender esa ecuación intrincada que has estado intentando resolver toda tu vida, dándote una nueva oportunidad de volver a empezar de una mejor manera…tal vez no desde el principio, pero al menos sabiendo que estás haciendo tu mejor esfuerzo para ir por el camino correcto”
“...¿Y qué hay de los malos recuerdos?...¿No es mejor dejarlos olvidados?” Preguntó, con una voz tan baja que se sorprendió a sí mismo por lo débil que lo hacía sonar. Se arrepintió un poco por hurgar en una herida que sabía que debía ser dolorosa para el otro.
“Incluso los malos recuerdos es bueno recordarlos” Le confirmó. Acomodó su mano sobre la de Stan, dándole un pequeño apretón tranquilizador, tanto para Stan como para él “N-No son una imagen bonita a la que mirar en el momento, pero es importante el saber el por qué de las cosas que pasaron, y de las que no debieron de haber pasado. Al fin y al cabo, no puedes sanar una herida que no sabes que existe, porque, aunque tu no sepas que está ahí, ella seguirá atormentándote con su presencia, rompiéndote de a poco hasta que no puedas reconocer a quien te mira en tu reflejo” Girándose para verlo a los ojos con ese azul profundo que lo tranquilizaba. Continuó “…Es doloroso, sí, pero también es importante que recuerdes que hay un montón de personas que aman indudablemente a la persona que fuiste y a la persona que serás, con todo y recuerdos malos”
Sheesh, este hombre sabía cómo llegar a su lado suave ¿no?
Si por su cara decidieron descender lentamente algunas lágrimas, ninguno de los dos lo mencionó. Culparía al alcohol por dejarlo tan susceptible, si alguno lo mencionaba. Se mantuvieron en silencio un rato, mientras intentaba calmar los temblores que su cuerpo traicionero le había decidido provocar. En todo momento McGucket se aseguró de sujetar firmemente su mano, ofreciéndole consuelo, compañía y un ancla que lo mantuviera en tierra. Mirándolo con esa hermosa sonrisa tranquilizadora, que si te fijabas bien podrías encontrar esa misma preocupación genuina que le había demostrado a lo largo del día. Siempre rodeada de palabras bonitas, sentimentales y cursis, pero sobre todo sinceras.
¿Realmente se preocupaba tanto por él?
¿Pero por qué?
¿Qué era lo que veía en una persona como él?
Se secó distraídamente el resto del líquido que distorsionaba su vista más de lo normal. No necesitaba eso en este momento, necesitaba respuestas, respuestas claras que calmaran la creciente irritación que se aferraba a su pecho. Con una risita que se escuchaba demasiado hueca para su propio gusto, intentando no sonar tan serio. Le preguntó “Je, dime la verdad McGucket ¿Por qué eres tan bueno conmigo?”
La pregunta, de alguna forma hizo que el otro hombre hiciera una mueca frunciendo el ceño.
¿Era molestia o era lastima lo que había en su mirada? No lo podía distinguir con seguridad. Ni siquiera sentía que su corazón tuviera la fuerza suficiente para mirarlo fijamente por tanto tiempo para descubrirlo.
“Eres un buen hombre, Stanley” Le aseguró McGucket. El hombre estiró ambas manos, cada una sujetándose con firmeza a la suya, dándole pequeños apretones relajantes y acariciándola delicadamente de arriba hacia abajo, una y otra vez, con sus pulgares. Asegurándose así de que lo escuchara sin evitarlo “Uno de los más amables que he conocido y uno que me hace muy feliz poder conocer más”
“Psh, amable no es una descripción que va conmigo, pastelito” Se burló amargamente, apartando la mirada. La conversación se estaba yendo por un rumbo que no quería, se le estaba saliendo de sus manos, y le aterraba, le aterraba sentir que de alguna manera lo estaba cagando, que por más que hiciera bromas para aligerar el ambiente sólo parecían empeorar todo. No sabía qué hacer y lo aterraba. Sus manos estaban sudando. No sabía qué hacer con la mirada profunda que McGucket le estaba dirigiendo. Él había querido respuestas, pero no de este modo. Ahora tenía miedo, miedo de la respuesta. Irónico ¿no? ¿Tal vez podía correr? ¿se arrepentiría luego? No lo sabía lo pensaría en la marcha, él era bueno en eso ¿no? En ser un–
“Stanley Pines” Exclamó McGucket. Apartándolo de cualquier pensamiento que pudiera estar invadiendo esa estúpida cabeza suya. Aunque sin mirarlo.
“Mírame, por favor” Ante la pequeña petición no pudo evitar hacerle caso, volteándose a mirarlo lentamente. Fijándose como esa dulce sonrisa suya volvía a pintarse en su rostro “Bien, eso está bien, gracias cariño”
“Ahora bien, déjame decirte aquí y ahora, Stanley Pines” Con clara determinación en su voz “Que tú, tienes un gran corazón, un corazón verdaderamente hermoso, incluso si decides no verlo. Uno que lamento mucho que la vida no lo haya tratado con el cariño que se merece. Uno que se preocupa inmensamente y se asegura de cuidar a los que ama. Uno que me acogió en medio del caos. Uno que no dudó en arriesgar su vida para salvar a su familia y a todo el pueblo y a mi hijo. Y por el que estoy muy agradecido por eso. Gracias Stanley, por ser tú y tener ese gran corazón que me gusta tanto…Sólo espero que puedas aprender a apreciarte y amarte tanto como aquellos que amas” Le dijo plantando suavemente un beso sobre el dorso de su mano.
Levantando la vista, McGucket le volvió a dedicar esa mirada suave que lo hacía sentir que estaba seguro “¿Puedes prometerme que lo harás, cariño?”
“L-Lo intentaré lo mejor que pueda” Balbuceó tan rápido como pudo captar la pregunta.
“Bien, los intentos son más que bienvenidos” Le afirmó dándole otro beso tiernamente, esta vez sobre sus nudillos.
Su cabeza se había quedado en blanco con las palabras que McGucket había pronunciado sobre él. Habían excavado hasta lo profundo de su ser, amontonándose de manera acogedora junto a la entraña que llamaba corazón. Llenándolo de un extraño calor. No le hacía daño. Encajaba perfectamente. Lo hacía sentir cómodo, de una forma que no entendía, pero que era correcta a su misma vez. Porque si ese hombre decía que estaba bien, entonces era verdad. No dudaba de ello. El problema era el otro asunto. Lo había besado. Dos veces ni más ni menos. En su dorso. Y en sus nudillos. Espera. Espera un momento. ¿También había dicho que le gustaba? Bueno, dijo que le gustaba su corazón específicamente, pero eso lo incluía a él, ¿Cierto?. No lo estaba alucinando, ¿verdad?
Mierda. Oh Mierda. Oh Mierda. ¡Le gustaba!
Su corazón no estaba hecho para soportar este tipo de situaciones. Definitivamente su cuenta en el cardiólogo iba a estar por las nubes, por suerte no lo pagaba. Pero no creía que su cuerpo pudiera soportar ponerse más caliente si así lo quisiera. Debía verse raro ante los ojos de McGucket. Esos ojos malditamente hermosos que lo miraban tan atentamente con tanto cariño, brillando intensamente más que cualquier pieza de oro que haya visto–Moisés…¡Al Diablo con todo!
Agarró al otro hombre por uno de sus brazos y lo jaló hacía sí mismo. Casi tumbando su silla por el movimiento repentino. Lo apretó en un abrazo suavemente, asegurándose de no lastimarlo con su fuerza. Con cuidado escondió su propia cara en el hueco entre el cuello y el hombro del otro. Incluso su olor era agradable, como la fragancia de algún tipo de té mezclada con un aroma metálico…¡Concéntrate Stan!, se reprendió a sí mismo. Debía centrarse en lo que hacía porque quien estuviera allá arriba sabía que no estaba lo suficientemente ebrio para esto, tampoco quería estar ebrio para hacerlo, y si no lo hacía ahora sabía que se arrepentiría más tarde. Tragando un poco de saliva y sacando a su orgullo fuera del camino. Apostó por todo.
“Me gustas” Expresó tan sincero como no se había sentido nunca. Con el corazón latiendo a mil por hora en su garganta “De verdad me gustas. N-No es ninguna broma, n-ni siquiera podría bromear con eso aunque quisiera-Cosa que no quiero. Lo digo en serio cuando digo que me gustas. Todo de ti es tan…bueno, amable y-Moisés, debes ser una de las personas más sentimentales que he conocido. Ni quiera sé cómo lo haces. Ser así y no cansarte. Pero me gusta eso de ti. Me gusta tu presencia-Tu compañía es tan agradable, acogedora y cualquier otra palabra que exprese que es bonita-No lo sé” Oyó unas suaves risitas cerca de su aparato de audición “N-No sé cómo hiciste para hacerme sentir tan despreocupado a tu lado. Nunca me había sentido así con nadie más. Pero te l-lo agradezco-Mucho. No sabía que se podía sentir tan bien ser tan vulnerable con alguien…Y si decías en serio que te gusto-Me gustaría que me permitieras esforzarme para ser lo suficientemente bueno para merecer tu amor-Tu compañía-Tus caricias-Tus palabras bonitas-Tu hermosa sonrisa-Tus ojos malditamente hermosos-Y cada parte que te hace ser tú-Cada día de nuestras vidas y hacerte sentir como mereces-S-Siendo el hombre más amado y adorado”
Lo hizo, realmente lo había hecho.
Sentía como si su corazón hubiese corrido a 80 kilómetros por hora cruzando entre estados intentando escapar de alguna persecución, bien podría haberlo hecho por la manera en que sus manos temblaban. ¿Era así cómo debería sentirse? Mabel lo había hecho parecer tan fácil la última vez…Aún sentía demasiado miedo para mirarlo a la cara, así que prefirió quedarse en el abrazo repentino que había obligado al otro a aceptar. Porque Stan Pines definitivamente no estaba avergonzado ni sentía que se arrancaría el pecho sí veía esa cara bonita. ¡Nop! ¡Él estaba bien!...Si, bastante bien…Se estaba sintiendo incómodo con tanto silencio…Debería decir algo.
“Err, lo siento por soltarte todo eso–” “No lo estés” Lo interrumpió McGucket. Agarrándolo de los hombros y alejándose de su cuerpo. Sentía la ausencia de donde había estado acurrucado hace unos momentos.
El hombre le decidió una buena mirada aun sosteniéndolo de los hombros “No lo estés, Stanley” Repitió, con una enorme sonrisa decorando su rostro. Luego le agarró cada lado de su cara delicadamente con sus manos. Lo atrajo hacía sí mismo. Juntando sus frentes, haciendo que sus narices se toquen suavemente agregando aún más color al cuadro de tonos rojizos que había decidido pintarse en su cara.
“Me gustas, Stanley. Desde hace mucho tiempo ya” Se rió el hombre cuya risa se escuchaba incluso más encantadora de cerca. ¿Desde cuándo le gustaba? ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Y por qué no se lo dijo? Se aseguraría de preguntarle en otro momento “Y me encantaría compartir nuestras vidas juntos, si tú también me permites esforzarme para ser lo suficientemente bueno para amarte como mereces”
“Por supuesto, Fiddleford. No hay nada que me gustaría más” Stan le respondió sintiéndose el hombre más afortunado del mundo. Incluso podría apostar por ello. Y si no ganaba se robaría todos los premios porque nadie le negaría la inmensa felicidad que estaba sintiendo en ese momento. Y por la expresión radiante del otro podía apostar a que se sentía de la misma manera. Ambos se rieron. Con sus frentes juntas. Acariciando tiernamente al otro. Mirándose el uno al otro. Admirando cada detalle, cada arruga, cada mancha, cada pequeño movimiento. Existiendo en ese tiempo y lugar que les pertenecía a solo ellos dos.
Se quedaron así hasta que la luna se alzó en el cielo.
“Deberíamos irnos antes de que anochezca demasiado, alguien se preocupara pensando que nos perdimos” Comentó Fidds, sin hacer algún intento de levantarse “...Y rápido, antes de que el Gobblewonker real nos quiera como su aperitivo de media noche”
“¡¿Esa cosa existe?!” Preguntó perplejo. Había pensado que sólo era una criatura que se inventó en un momento de locura para construir una máquina a su imagen.
“Mmn...No lo recuerdo muy bien” Fidds meditó para sí mismo un momento. Pero luego le restó importancia con un encogimiento de hombros.
“...Ok” Mientras esa cosa decida quedarse en las profundidades sin atacar a su familia no se molestaría con su existencia.
Con eso dicho, ambos hombres salieron de la cueva, dirigiéndose al lugar donde se habían estacionado.
Agarrados de las manos como estudiantes de secundaria perdidamente enamorados.
“Entonces Fidds…¿Ahora estamos saliendo oficialmente?” Stan preguntó, mientras se estacionaba frente a la entrada de la Mansión McGucket.
“Si que lo estamos, cariño” Tarareó, dándole una palmada en la pierna que fue más que bienvenida “Mmn, ¿Te gustaría que…salgamos de nuevo? Como una cita esta vez”
“¿Contigo? Amaría estar en cualquier lugar, aunque no sea una cita” Le aseguró con una sonrisa provocativa y un guiño encantador.
Fiddleford resopló con diversión, dedicándole una sonrisa radiante. Con su mano derecha acunó su mejilla tiernamente, acariciándola con adoración. Y con una sonrisa traviesa como único aviso. Lo atrajo hacía sí, juntando sus labios en un cálido beso, que casi lo derritió con su intensidad. Los dos se separaron, no voluntariamente, después de un rato “Nos vemos mañana a las siete para una noche de cine, Lee” Fidds se despidió.
“Allí estaré, pastelito” Stan respondió. Embobado y mareado, viendo a Fiddleford marcharse.
Este día debía ser uno de los mejores de su vida, sin duda alguna.
