Work Text:
—¡A la cuenta de…!
—¡Tres, dos y-!
La música en la televisión explotó en una cumbia santafesina. La familia Baietti se levantó de sus lugares, brindando los unos con los otros con sus ostentosas copas de champagne con helado de limón. Era un ambiente agradable, familiero, separado en grupos un poco marcados. El trío de amigos se había apelotonado en una esquina, charlando amenamente con más gente que rondaba su edad.
Los minutos pasaron. La mesa dulce había terminado y la familia realizó el juego de intercambio de regalos. Lautaro y Manuel tardaron aproximadamente unos quince minutos en entender de qué se trataba, a pesar de que Santiago les había explicado todo unas diez veces. Tal vez el alcohol en sangre no ayudaba, pero por lo menos la habían pasado bien. Manuel se ganó un chocolate de un kilo (que sabía que terminaría en manos de sus amigos), Lautaro se llevó un kit de entrenamiento básico y Santiago tuvo tanta mala leche de haber comprado una gift card en un local de ropa femenina y le había tocado a él mismo.
—Eu, vengan. Vamos al patio.
Santiago y Lautaro siguieron a su amigo, con miedo a perderse en esa casa extremadamente gigante. Allí fuera, los más jóvenes de la reunión disfrutaban de una barra de tragos improvisada que se había armado en dos segundos. Estaban debatiendo sobre si jugar a un juego o si contar alguna anécdota antigua para aquellos que se unían a la reunión por primera vez. Lautaro se quedó apoyado contra uno de los pilares de madera de la pérgola, escuchando la conversación atentamente sin involucrarse demasiado.
Manuel por su lado había quedado sentado junto a Santiago en un silloncito, escuchando atentamente a uno de sus primos mayores contar una historia sobre un viaje a Egipto que habían hecho hace poco. Manuel estaba concentrado en eso cuando miró de reojo a Lautaro. Estaba apoyado contra el pilar, viéndose extrañamente sensual. Con su chomba un poco abierta y con una mirada encantadora. Sobre su cabeza, a apenas un metro, colgaba una plantita que reconocía por haberla visto en tantas películas. Lautaro tenía su vaso casi vacío y lo movía suavemente de un lado al otro, viendo cómo se derretía el hielo. Conocía sus gestos a la perfección; quería seguir tomando pero le daba muchísima paja preparar algo nuevo. Cruzaron miradas apenas unos segundos antes de desviarlas, algo que se había vuelto costumbre entre ellos.
Sin pensarlo dos veces, se levantó de su lugar y fue directo a la barra. Terminó armando un vaso nuevo con hielo, vodka y speed. Al terminarlo, se acercó a él y le sacó el vaso viejo de sus manos.
Ya era algo automático para él seguirlo con la mirada a todas partes. Lautaro tenía algo que lo atraía, incluso sin decir o hacer nada. Como si brillara entre toda la multitud y quisiera estar pendiente de cada cosa que necesitara y le hiciera falta.
Y Lautaro ya estaba acostumbrado a este comportamiento de parte de Manuel. Sonrió suavemente mientras tomaba el trago y lo probaba, dando su aprobación con un asentimiento de cabeza.
—Epa —soltó una de sus primas, sonriendo ampliamente.
Santiago se rió —Qué pelotudos que son, miren que les avisé. Cuarenta veces les dije.
Lautaro y Manuel miraron en dirección a su amigo, notando que todos los estaban viendo a ellos. Santiago señaló algo encima suyo con su dedo índice, haciendo que ambos alcen la mirada.
Un muérdago.
Los rostros de ambos se tiñeron de un rosa intenso en cuestión de segundos.
Sabían de los Baietti y su extraña necesidad de seguir toda tradición yankee que se les cruce por el camino. Santiago les dijo que solían poner esos muérdagos por toda la casa para aquellas parejas que pasaban las fiestas juntos, o para quienes aún estaban en un “veremos”. Obviamente era una excepción hacerlo entre familiares, porque podrían ser muchas cosas menos incestuosos. Y ellos dos fueron taaaaan boludos de ponerse justo debajo del único que estaba en el patio.
—Buenooo —sonrió uno de los primos—. A cumplir, chicos.
Una de las chicas levantó su celular pero Santiago rápidamente lo bajó de un manotazo.
—Eu, celulares no. No sean pelotudos.
Manuel negó con la cabeza, demostrando nerviosismo —Paren, ¿por qué vamos a hacerlo? No da.
—Mirá Manuel, cuando fuimos a tu casa yo respeté que escucharan cumbia y que comieran pan dulce con frutas, re contra duro encima —espetó Santiago con seriedad—. Acá la nona se enamoró del abuelo cuando chaparon por un muérdago por primera vez y se respeta.
—Pero amigo-
—Las pelotas. Un pico gordo, no graba nadie. Pero es tradición.
Lautaro le dio otro gran trago a su vodka con speed antes de mirar para otro lado.
—Muy cagón el chico Manuel —dijo en voz alta, escondiéndose tras su vaso.
Éste lo miró fijamente, ignorando las risitas de los primos de Santiago —¿Cómo? ¿Yo cagón? ¿Y por qué no me encarás vos?
Lautaro se encogió de hombros, sin verlo a los ojos —Vos viniste acá, seguro que viste el muérdago y te hiciste el boludo.
La cara de Manuel se tiñó aún más colorada —¡Bueno, bueno! ¿Y vos? Venís y te paras justito acá, y todos estos acá están de novios —soltó, refiriéndose a los primos de Santiago—. ¿No te daba para encarar o cuál te pinta?
—Bueno che, muy linda la novela pero muy larga —se metió Santiago—. Va va va. Rápido, cagones.
Manuel se mordió la lengua antes de dar un último comentario que le juegue en contra. Se colocó enfrente de Lautaro y puso una de sus manos sobre su cachete. El pulso le estaba yendo a mil por segundo y podía sentir el nerviosismo en cada célula de su cuerpo. Pero pensó que si se seguía negando no tan sólo iba a perder una oportunidad de oro, sino que iba a quedar aún más expuesto de lo que ya estaba.
Lautaro lo miraba con el rostro especialmente neutro, sin soltar su bendito trago y con esos ojos marrones que lo atravesaban, como si estuviera pendiente de cada reacción y movimiento suyo, como si con sólo mirarlo, pudiera saber qué sentía en ese preciso momento.
Tragó saliva con nerviosismo y se acercó, casi en cámara lenta, sin dejar de ver a Lautaro. Éste no emitía ni un mísero ruido ni ninguna reacción, y era peor. Porque si pudiera ver “asco” o “ansiedad” en él, sabría qué hacer, si seguir o no, pero no podía sacarle la ficha a Lautaro y sentía que se moría de los nervios.
Respiró profundamente antes de cerrar sus ojos y besar los labios de Lautaro en un simple pico. Algo que pretendía ser rápido, para pasar desapercibido y que Lautaro no se enoje con él. Pero terminó llevándose una sorpresa agradable cuando Lautaro giró un poco su rostro -logrando estar un poco más cómodo- y separó sutilmente sus labios.
Amaría haber seguido con este beso, porque era lo que siempre se había imaginado, pero todo terminó en un abrir y cerrar de ojos cuando escuchó el estallido de aplausos. No tan sólo de los primos de Santiago, sino también de algunos familiares mayores que casualmente habían salido al exterior a disfrutar de la barra.
Por suerte, la abuela no era una de las presentes. Ni el padre de Santiago. No querían terminar la noche de mala gana.
—¡Mernoski, Mernoski! —alentaban varios de los más jóvenes, logrando tan sólo avergonzarlos aún más de lo que ya estaban.
Entre tanto griterío, Santiago se acercó a ellos dos sonriente, y ambos sabían que se había mandado una.
—Ay, muchachos. Che, ¿dicen qué garpa subir esta a Twitter o es una banda? Me van a seguir un montón de minas.
Entre risas, Santiago mostró su celular donde había una foto clarita de ellos dos dándose el beso que tanto pidió.
—Bauleti, la re concha de tu madre —puteó Lautaro, intentando manotear el celular sin éxito.
Manuel lo imitó pero Santiago empezó a alejarse.
—Eu, no sean así. Es un recuerdo lindo. Lo voy a mandar a enmarcar.
—¡Santiago! Dale, pelotudo.
—Están re lindos —sonrió, un poco borracho—. La subo a mejores en Instagram. Va va va.
Vieron a su amigo abriendo la aplicación y no dudaron ni dos segundos en ir tras él. Santiago notó que iban a quitarle el celular y salió corriendo, volviendo a ingresar a la casa. El dúo insistió, casi pisándole los tobillos. Pasaron por varias salas, subieron una escalera, atravesaron un pasillo extremadamente largo y terminaron en el baño de la habitación de Santiago, agitados a más no poder.
—Dale, Baulo.
Santiago los miró y se empezó a reír —Miren si lo voy a subir, están en pedo.
—Bueno, borralo.
—No, ni en pedo. ¿Saben qué? Me queman de nuevo y cagaron fuego.
—¿Qué querés? ¿Una noche con todo pago? Te la doy —ofreció Manuel.
Santiago sonrió ante la propuesta de su amigo. Terminó apoyándose en la puerta y simuló pensarlo por unos segundos.
—Ay chicos… Qué cagona que es la banda —expresó, llevando su mano al picaporte—. No sé si es que me pegó fuerte el clericó o es el espíritu navideño, pero ya fue. No pueden ser tan cagones.
Los dos miraron a Santiago como si se tratara de un extraterrestre.
—¿Qué decís, boludo? Dale, borra la foto y volvemos abajo —insistió Lautaro.
Santiago resopló y entreabrió la puerta —Lamentablemente, no me queda de otra.
El dúo, nuevamente, no logró reaccionar antes de que Santiago abriera la puerta y volviera a cerrarla, esta vez con llave desde el lado de afuera.
—¡Santiago! —exclamó Manuel, golpeando la puerta.
—Eu, hablen nomás. Sean sinceros dale —insistió—. Vuelvo en aprox una hora, acá no va a venir nadie.
—Dale Santi, no seas tan pelotudo —reclamó Manuel. Inútilmente, porque su amigo ya se había retirado del lugar.
Resopló en voz alta y giró su cuerpo, viendo a Lautaro sentado sobre el inodoro con la tapa baja, tomando de su trago con total tranquilidad.
—¿No te jode a vos o qué?
Éste se encogió de hombros —Es Santiago. En diez minutos lo tenés acá abriendo la puerta.
Manuel respiró profundamente. Quería creer que era la verdad, pero Santiago le había advertido sobre esto hace ya unas horas. Sabía que lo iba a hacer y aún así estaba cagado hasta las patas.
Ansioso, terminó por subirse a la mesada que había allí en el baño, en diagonal a Lautaro. Lo miró atentamente. Tenía un gorrito navideño muy agradable y estaba vestido con una chomba y un jean clarito. Es algo que se pondría cualquier día, siendo sincero. Pero le quedaba extremadamente bien, porque ese era su estilo.
Hace ya unos días que terminó aceptando que lo suyo con Lautaro era un hecho. Tal vez lo terminó de confirmar en aquellos días donde durmieron juntos antes de la pelea y el corazón le iba a mil por hora de tan sólo pensar que estaban bajo las mismas sábanas.
Por mucho tiempo quiso negarlo, porque hace bastante que no estaba enamorado y creía estar confundiendo las cosas. Además, era un hombre. Todo lo llevaba a pensar que se había vuelto loco tras ver tantos edits y fanfics sobre ellos dos.
Pero había cosas que no podía ocultar con tanta facilidad.
Y sinceramente, le gustaría que no fuera así, que siguieran siendo los amigos que fueron siempre. Porque ahora las cosas estaban tensas entre los dos, y cada vez que algún comentario con doble sentido surge, sentía el corazón en la garganta.
Pero estaba enamorado. Y tener que tragarse lo que le pasaba le dolía. Pero prefería esto a volver a perder a Lautaro. De sólo pensar en que existía la posibilidad de que se asquee y se vaya de su lado, le dolía el pecho horrores.
—Yo lo había visto.
Manuel alzó la mirada. Moski tenía el vaso ya vacío en sus manos y estaba risueño. Ebrio, sin lugar a dudas.
—¿Qué cosa?
—La plantita esa- El muérdago. Yo lo vi.
Manuel lo miró por unos segundos —¿Te pusiste ahí a propósito?
Y Lautaro se encogió de hombros —Algo así. ¿Vos no lo habías visto?
Manuel siempre se caracterizó por ser un excelente mentiroso, pero ni siquiera un Moski borracho pudo pasar por alto la cara de pánico que tuvo en ese momento.
—No, no —respondió con los ojos abiertos ampliamente y la voz un poco quebrada—. No, ¿cómo voy a-?
Lautaro se empezó a reír —Yo también me doy cuenta cuando me mentís, caradura. ¿Qué onda? ¿Tenías ganas de probar? ¿Ya te sacaste lo curiosito?
Manuel se quedó pensativo. No iba a ganar nada con mentir, encima Lautaro parecía extremadamente borracho. Debía aprovechar este momento a como dé lugar.
—No es así… ¿Vos estabas de curioso?
Lautaro revoleó la mirada y suspiró en voz alta —Ay, qué complicado que sos, Merlo. Todo es taaaan complicado con vos. Nunca te entiendo.
—¿Por qué “complicado”?
—Porque nunca sé qué te pasa por la cabeza.
Manuel se ruborizó —Lo mismo te digo.
—Me puse abajo de un muérdago esperando que alguien me coma la boca pero fue al pedo porque no te quisiste hacer cargo. Está bien, yo me voy a buscar a alguno, vos a una trola cualquiera, y vamos a seguir en esta hasta el dos mil cuarenta…
Manuel se lo quedó viendo, sorprendido. ¿Le estaba queriendo decir lo que pensaba? ¿O era sólo su mente anhelando algo con tantas fuerzas que lo llevaba a pensar eso? Sentía que las manos le transpiraban de los nervios, pero Lautaro por primera vez estaba encarando el tema, no podía retroceder.
—¿Y cuál hay si te digo que tenías de chapar con vos? ¿Vos no querías?
Lautaro lo miró con una expresión de cansancio. ¿Por qué no avanzaba? ¿Por qué no dejaba de tantear el terreno y aceleraba de una buena vez? ¿Por qué quería asegurarse tanto? Está bien, él tampoco lo estaba haciendo. Pero sentía que no era su deber, que ese era el rol de Manuel. Siempre fue así, y con esto no sería la excepción.
Sacó su celular y se puso de pie con dificultad, caminando hacia la puerta.
—¿Qué haces? —preguntó Manuel, siguiéndolo con la mirada. Había entrado a WhatsApp.
—Le voy a decir a Baulo que nos abra. Ya fue.
Manuel se levantó de su lugar, siguiéndolo y consiguiendo leer un par de mensajes. Los suficientes como para arrancarle el dispositivo de las manos y dejarlo sobre la bacha.
—Eh.
Pasó una de sus manos por la cintura de su amigo rubio y no lo pensó mucho antes de mandarse sobre sus labios. Esta vez no fue despacio, no buscó el simple contacto para pasar desapercibido, sino que envolvió uno de los labios de Lautaro con los suyos. Pasaba su lengua sintiendo el agradable sabor del whisky y la bebida energizante, encantado con ese contacto.
Lautaro se sorprendió, porque no tenía ni idea de qué lo había incentivado a actuar, pero no se iba a quejar. Llevó sus dos manos a la cintura de Manuel y tironeó hacia él, logrando que se peguen mucho más. Manuel dio apenas unos pasos hacia adelante y la espalda del rubio chocó contra la puerta, alterando su organismo en dos segundos. Sus manos inquietas empezaron a moverse por todo su cuerpo hasta alojarse en su nuca y su cadera, sintiendo una explosión dentro de su corazón. Como si aquello que soñó por tanto tiempo, por fin estaba ocurriendo. Y si era un sueño, no quería despertar nunca jamás.
Terminó rompiendo el beso tras quedarse sin aire y se deslizó sutilmente hacia abajo, empezando a saborear el cuello de Lautaro entre besos y suaves mordidas.
—Lauti, la puta madre —jadeó, rodeando su cintura con ambos brazos y enterrándose en su cuello, inhalando su perfume con profundidad—. Qué locura, me encantas.
Lautaro pasó sus manos por su rostro, consiguiendo sacarlo de ahí, e intentó volver a besarlo pero Manuel mantuvo la distancia.
—Lau, tenemos que hablar de esto —insistió con el corazón en la garganta—. Decime algo, ¿qué te pasa? ¿qué pensas? ¿qué-?
Lautaro apretó sus cachetes con una sóla mano, desviando sus labios hacia arriba y abajo de una forma chistosa —No quiero hablar ahora. Quiero que me cojas.
Manuel apretó las cejas mientras su rostro se teñía de un rosado intenso. Había estado con un montón de mujeres que le habían dicho cosas incluso peores, pero que fuera Lautaro lo ponía al palo en menos de un segundo. Llevó sus dos manos a su culo y lo elevó por el aire, volviendo a apoyarlo contra la puerta.
—Yo también quiero cojerte, mi amor —soltó con la voz ronca, a apenas unos centímetros de su rostro—. Pero quiero saber qué te pasa, sos muy importante para mi.
Moski resopló y llevó sus dos manos al pelo de Manuel. Lo despeinó y terminó por dejar caer sus muñecas sobre los hombros de él con flojera. Lo miró a los ojos haciendo un puchero y se le escapó una risa tonta.
—No sé vos, pero yo no hago esto con todo el mundo.
—Menos mal.
—Pelotudo. Quiero decir… Me entendes.
—No, gordo. Necesito que me lo digas con palabras. Quiero saber qué querés. Yo quiero darte lo que sea que vos quieras… —admitió, sintiendo que tenía que empezar a romper un poco con esa tensión— Así no podemos seguir para ningún lado.
Lautaro respiró profundamente. El que era bueno con las palabras era Manuel, no él. Solía limitarse a actuar, y que sus acciones hablen por sí mismas. Pero tal vez tenía que hacer una excepción, sólo por única vez —¿Con un “me gustas, querés ser mi novio” alcanza?
Manuel sonrió ampliamente —Me gustaría un poquito más, amor. Pero con eso me alcanza y me sobra por ahora. Obvio que quiero.
El reencuentro fue inminente. Y a pesar de que sus corazones estaban a punto de estallar de felicidad, la temperatura general de sus cuerpos no había disminuído en lo absoluto. Lautaro se separó del beso y descendió al cuello de Manuel, mordiendo y dejando marcas como nunca antes. Manuel jadeó ante el contacto, sintiendo una electricidad galopante recorrer su organismo. Apretó sus manos, sintiendo las nalgas de Lautaro entre sus dedos y no pudo evitar dar un suave golpe, fascinado con cómo se estremecía encima suyo.
A pesar de que no quería, terminó bajándolo de sus brazos y lo dejó en el piso para poder mover sus manos libremente. Metió ambas bajo su chomba y acarició su torso y pecho sin pudor alguno. Una mordida especialmente fuerte hizo que hiciera presión sobre su cintura, rompiendo el contacto.
—Qué hermoso que sos, Lauti —soltó en un jadeo. Atrapó su mandíbula con una única mano y lo acercó en un nuevo beso. Con su mano libre, bajó hasta su entrepierna y empezó a masajearla sobre el pantalón, desesperado.
Lautaro se sobresaltó por lo repentino del contacto pero sonrió en medio del beso, imitándolo. Con ambas manos logró desabrochar su jean y apenas tironear hacia abajo. Posó su mano derecha sobre el bulto sintiendo la dureza con perfección, a pesar de tener la ropa interior de por medio.
Intentó subir nuevamente sus manos, buscando despojarse de la prenda, cuando la puerta del baño se abrió de golpe y casi se cae derechito al piso. Manuel había conseguido abrazarlo antes de que ocurra, pero no pudo evitar caerse al ver la cara de asco de Santiago, explotando en risas.
—¡Hijos de puta! —exclamó— Uno que quiere hacerles un favor y casi cogen en el baño de mi dormitorio.
Lautaro se rió un poquito más fuerte —Dormitorio dice Chetetti. Pieza, gil.
Y Manuel no pudo evitar reírse igualmente. Había pocas cosas más graciosas que un Moski borracho. Nada ni nadie le ganaba al gran Tony.
—Qué lindo como para que abra la puerta mi abuela, ¿no? La van a matar de un infarto.
Lautaro consiguió levantarse con la ayuda de Manuel y se colocó nuevamente el gorrito de Navidad que se le había caído en algún momento.
Manuel se acercó por atrás y se lo terminó de acomodar —Y bueno, eso porque no te vio a vos intentando levantar una mina. Creo que le da una crisis viendo lo vueltero que sos.
Lautaro se rió genuinamente y Santiago negó con la cabeza.
—Caminen, par de putos. Que andan preguntando por ustedes y en nada nos tenemos que ir.
—Va, va, quiero otro trago Manu.
—Voy, gordito.
—¡Subite los pantalones, degenerado! —exclamó Santiago, sacándolos a los dos casi a las patadas.
Suspiró pesadamente, sabiendo que toda la dinámica de su grupo había cambiado para siempre. Pero en el fondo le alegraba saber que su plan había hecho efecto. Porque ahora, mientras bajaban la escalera, Manuel le daba un tierno beso a Lautaro en el cachete y éste se ponía extremadamente tonto y sonreía como nunca antes.
Al final, lo único que necesitaban era un incentivo.
🎄♥️
