Actions

Work Header

Un amor que endulza la sal

Summary:

Yuuji quiere y está dispuesto a darle el mejor festejo de cumpleaños a su novio en su primer año juntos. ¿El problema? Parece que ese siete de diciembre todo le está saliendo mal.

Notes:

¡Hola! Este trabajo fue hecho para el evento de facebook "Operación: El regalo perfecto para Satoru", organizado por l@s admins del grupo 🩵🧡𝒪𝓃𝓁𝓎 𝒢𝑜𝓎𝓊𝓊/𝒴𝓊𝓊𝑔o 𝒮𝓊𝓅𝓇𝑒𝓂𝒶𝒸𝓎🧡🩵y programado para 7 y 8 de diciembre, peeero, como siempre, perdí la inspiración a medio trabajo y apenas pude terminarlo 😣

Disculpen la demora de +20 días. Es un fic 1815 muy soft con una dinámica de POV secundario alternado que me encanta y quise experimentar.

Sí, el título es de "Me voy" de Julieta Venegas.

Espero les guste.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

 

 

 

 

“¿Qué le das de regalo a un idiota que lo tiene todo?”

Esa simple, corriente y muy válida pregunta fue la chispa que inició el incendio, nunca antes visto, llamado la ansiedad de Itadori Yuuji.

Al ver al pobre tonto sufrir mientras hacía búsquedas infructuosas en línea en los ratos libres entre misiones y desesperarse más y más con el paso de los días, se arrepintió un poquito de haberlo comentado en primer lugar, porque, hasta su pequeña intervención, Itadori había estado tranquilo y con su habitual aura de alegría interminable, viviendo su vida a su acostumbrado ritmo lento y contento.

Creía que el muy despistado ya habría pensado en la fecha que se aproximaba y que no le había dado mucha importancia, dado que su molesta relación tenía apenas unos meses (los 8 meses desde su ingreso a la preparatoria, en realidad) de haber empezado, y que su estúpido novio era todo un caso.

Así que sí, se sorprendió cuando lo vio cambiar toda su actitud para mal por una frase. Y lo hizo otra vez en este instante, al ver cómo el bobo saltaba de su lugar en el sofá de la sala común para interrogarla con una expresión de pura preocupación en el rostro.

Sus ojos, de por sí ya redondos y brillantes, se asimilaban a los de un cachorro suplicante en espera de su premio, y los extremos de sus delgadas cejas marrones casi se encontraban en el medio de su frente por el profundo ceño secundario a su angustia.

  • ...Por favor dime que tienes una idea.

Ella chasqueó la lengua y desvió la mirada de inmediato al sentir que su pétreo corazón temblaba con compasión.

  • ¡Te dije que eso no era mi responsabilidad!
  • ¡Pero... Kugisaki! Es tu responsabilidad ser fraternal con tu...ahm, compañero de grado.

La decisión de Itadori de no dar por sentado que él era mucho más que un compañero de clase para ella, aunque esa fuera la realidad, fue suficiente para ablandar su determinación. Descruzó los brazos y pescó al otro de la oreja para dirigirse juntos al sofá.

  • Bien, te ayudaré, pero no prometo nada. Sabes que ese tipo no me cae bien.

Itadori se sentó junto a ella, con el cuerpo y la atención dirigidos hacia su persona en una pose ansiosa y esperanzada.

  • Sé que Sa...Ah, Gojo-senpai no es la persona más fácil de abordar, pero es en serio bueno y amable. El otro día ayudó a una anciana y a su pequeño gato a escapar de una molesta y escurridiza maldición de cuarto grado...
  • ¡Shh! No me interesan las fingidas acciones heroicas de tu pegote.

Su amigo pareció genuinamente ofendido por un segundo, antes de bajar la mirada y levantar una mano para rascarse la nuca, signo evidente e inconsciente, de su nerviosismo. Cuando vio el levísimo enrojecimiento aparecer en la mejilla medio oculta de Itadori, quiso amordazarlo, pero ya era demasiado tarde.

  • Puede que los demás lo vean así, pero yo lo conozco y sé cómo es en realidad. Si tan sólo él fuera un poco menos tsundere y más como sí mismo en público, sabrían de qué hablo.

La sonrisa suave que le curvó los labios, combinada con la mirada perdida en recuerdos agradables, cálida y amorosa a partes iguales, casi hizo que Nobara vaciara su merienda sobre el tapiz del mueble.

  • ¡Argh! Hay veces que simplemente no te soporto.

Eso rompió el autoencanto en el que había caído ese bobo musculoso.

  • ¿Eh? ¿Pero qué dije?
  • Nada, olvídalo. Vayamos al grano. ¿Cuáles son tus opciones hasta ahora?
  • Bueno, yo...
  • No me digas que no has pensado en nada.
  • ¡No! Lo he hecho, pero cada una de las cosas que se me ocurrieron, Gojo-senpai ya las tiene. Consolas, los videojuegos más nuevos... Los últimos tomos del manga que le gusta, todos los juegos de mesa complicados que te puedas imaginar... Y no se diga sobre ropa, ¡Tiene montones! Y casi nunca la usa porque siempre está en misiones...
  • Mmm, ya veo. - Analizó en serio, pensando en cuánta razón tenía al haber dicho que ese molesto tipo lo tenía todo. - ¿Has pensado en algo menos, no sé, ¿material?
  • ¿Cómo qué?

Maldición, Itadori debió ser un adorable cachorro en su otra vida, viendo la facilidad con que se mostraba tierno e ingenuo.

  • Algo más significativo que coleccionable. ¿Una visita al acuario, a Tokyo Disneyland? Algo así.
  • Gojo-senpai ya ha ido a todos esos lugares. Y por lo que me ha contado, no son la gran cosa.

Nobara se tragó las groserías que tenía ya en la punta de la lengua para ese idiota mimado. Claro que no serían la gran cosa para un malcriado ricachón…

  • La verdad es que estoy pensando en darme por vencido. Tal vez un abrazo y un pastel sean la mejor opción, así no me arriesgo a disgustarlo.

Reacia a admitirlo para sí misma, un hecho le atravesó el pensamiento: A ese imbécil no podría disgustarle nada que te implique, Itadori bobo. Pero no fue lo que dijo.

  • Si eso llegara a pasar, tendría que vérselas con mi martillo. Sería un feo y larguirucho alfiletero.

Itadori soltó una risita ante su comentario, adivinando que sus intenciones asesinas no eran serias. Diablos, se estaba volviendo demasiado blanda.

Para lamento de ambos, pero quizás más de Itadori, por perder su valiosa ayuda, no pudieron continuar hablando porque el objeto de su conversación acababa de entrar a la habitación.

Sus pasos silenciosos por el infinito le produjeron escalofríos en la nuca, pero cuando estuvo a la distancia de un brazo de quien era su obvio objetivo, sus suelas volvieron a resonar sobre el piso.

A ella le dirigió un levantamiento de barbilla en silencio, el tipo de saludo típico de los despreciables seres como Gojo.

  • ¡Yuuji! ¡Te he estado buscando por todo el campus!

Todo el ser de Itadori se dirigió hacia el recién llegado en cuanto se notó su presencia, cual flor buscando la luz del sol.

  • ¡Sato… Gojo-senpai! ¡Volviste!

Parecía que estos dos desconocían el límite máximo tolerable de Hertz para los oídos humanos.

  • La misión fue pan comido para mí, aunque Suguru tuvo algunos problemas. – Su sonrisa de suficiencia y presunción le iluminaba la cara. - Por eso regresé un poco antes, listo para pasar el resto de la tarde con mi querido novio, pero al llegar no está por ningún lado. ¿Acaso te estabas escondiendo de mí, Yuuji-kun?

El gigante dramático se dejó caer como una delicada damisela en apuros sobre su amigo, quien, como el caballero heroico que era, abrió y afianzó los brazos justo a tiempo para atraparlo. Se sintió envidiosa de la delicadeza y el cuidado de ese agarre por unos segundos, antes de encontrarse con la mitad superior de unos penetrantes y juiciosos ojos azules.

  • ¿O es que alguien intentaba alejarte de mí?

Nobara no se inmutó ante la repentina chispa de amenaza en esa mirada. Desvió la suya y resopló con exagerado fastidio.

  • Itadori puede hacer lo que quiera, estés o no estés en el campus.
  • Y yo no estoy diciendo lo contrario. Es sólo que me costó tanto encontrarte.

Se recostó aún más en el fornido cuerpo que lo sostenía y miró hacia arriba, buscando la atención de su víctima. Una de sus delgadas y grandes manos se elevó para acunar un lado del rostro de su amigo y todavía le quedó espacio de sobra (¡así es, espacio de sobra!) para tocarle la nuca.

Itadori se empezó a sonrojar, algo no muy evidente por su piel tostada por el sol, y sonrió con toda su cara, expresando un disfrute que casi la dejó sin palabras.

  • No digas tonterías. Con esos ojos sabes a detalle dónde está cada miembro de esta escuela.

Gojo pausó su rascado sobre la nuca de Itadori pero no la miró.

  • Hoy no. Me duele un poco la cabeza. Tuve que hacer la búsqueda a pie y al azar, como cualquier otro.
  • ¿Te sientes bien, Gojo-senpai? ¿Puedo hacer algo para que mejores?

La preocupación era auténtica, notó. Su amigo era un tonto sin remedio.

  • Oh, Yuuji, esperaba que me lo preguntaras. Si me acompañas a mi habitación a tomar una dulce y larga siesta, seguro estaré mejor.

Enfatizó la palabra “siesta” con un tono sugerente que plantaba la duda de si se refería a una siesta real, pero Itadori no pareció ni notarlo. Medio levantó al pesado objeto de su afecto para que se sentara y lo tomó de la mano con firmeza y sin vergüenza.

  • Vámonos entonces. Debes estar cansado.

Y así, con una última mirada de lado hacia ella y con una sonrisa satisfecha en el rostro que desmentía cualquier malestar que pudiera tener, Gojo los levantó a ambos del sofá, abrazó a Itadori fuerte de la cintura, y los hizo desaparecer en un instante, dejando atrás una leve distorsión del espacio donde estuvieron parados hacía un segundo y los ecos del apresurado grito de despedida de Itadori.

Se quedó sentada en silencio por casi un minuto después, indecisa sobre qué pensar de la escena que acababa de ver, hasta que Panda irrumpió en el recinto llevando puesta una sobre estirada chaqueta de uniforme femenino muy parecida a la que había dejado ayer en la lavandería.

Inhaló profundo antes de levantarse y agitar su martillo en el aire, con intenciones poco menos que asesinas, hacia su peludo senpai.

Si el idiota dramático, posesivo, ridículo, pero evidentemente enamorado de su amigo, llamado Gojo Satoru, no recibiría una paliza suya el día de hoy, al menos podría desquitar su frustración con alguien más.

 

━━━━⊱⋆⊰━━━━

 

Era uno de esos poco comunes pero apreciados días en los que no había clases o alguna misión pendiente para los de primer año.

Se había levantado temprano como de costumbre, incapaz de holgazanear, a diferencia de sus muy despreocupados amigos, quienes seguramente seguían cómodamente recostados en sus camas disfrutando de la calefacción.

El frío del invierno había llegado justo con el inicio de mes, y aunque de manera interna y privada deseaba regresar a su cama, sus fuertes costumbres no se lo permitían.

Exhaló una densa nube de vapor antes de ajustarse la bufanda. Invocó a sus perros y empezó a trotar con firmeza ahora que había calentado suficiente.

Se preguntó qué estarían planeando sus amigos para las vacaciones pues, durante las últimas semanas, los había visto reunidos con más frecuencia que antes, a veces hablando en susurros tan bajos y con un aire de secretismo que lo había detenido de inmiscuirse.

Kugisaki probablemente se quedaría en el campus, pues su otra opción era regresar a su pueblo con su temible y estricta abuela, e Itadori… Él sí tenía familia a la que quería. Dejando de lado a su primo lejano, quien estudiaba en la escuela de Kioto y lo aceptaba, y al resto del clan Kamo, que apenas y lo reconocían cuando estaba con ellos en la misma habitación, tenía a su hermano.

La historia familiar de Itadori era un curioso desastre, por decir lo menos: un padre que se creía de una familia común, una madre hechicera pero desterrada por propia voluntad, el abuelo que sabía todo y lo crio como un chico común y corriente sin decirle la verdad de sus orígenes… Y su medio hermano, al que había conocido poco antes de enterarse de su historia y entrar de lleno en este mundo, quien era el único vivo de nueve que habían existido, y lo cuidaba como si fuera de cristal.

Supuso que Itadori querría pasar las vacaciones en casa; eso haría él, al menos. Tsumiki estaba esperando la fecha con ansias desde mediados de otoño.

No pudo reprimir una pequeña sonrisa al pensar en su hermana decorando la casa y dándole la bienvenida con galletas duras como piedras.

  • Oi, Fushiguro, es raro verte sonreír así.

Se paró en seco. Se había metido tanto en su cabeza que no se había dado cuenta de las otras presencias que acababan de alcanzarlo.

Una se contemplaba las pulcras y perfectas uñas con indiferencia, o eso pretendía estar haciendo, porque llevaba un par de guantes de piel de color borgoña que le cubrían completas las manos. La otra, ahora tirada sobre el escaso pasto seco por uno de sus perros demonio, reía y se sacudía mientras le llenaban la cara de baba.

Se suponía que estaban dormidos.

Creyó que sólo lo había pensado, pero la respuesta de Kugisaki lo sacó de su error.

  • Cualquier otro día frío y despejado de responsabilidades, tal vez lo estaríamos, pero hoy hay algo distinto.

Miró hacia abajo, a Itadori, quien seguía jugando con sus shikigamis, y este, como si de un jack in the box se tratara, se incorporó de golpe y ahuyentó a los caninos con palmadas fuertes.

  • ¡Es una emergencia, Fushiguro! – Su frente arrugada y el puchero que le empujaba los labios hacia arriba eran completamente nuevos.
  • Ehh…
  • ¡Díselo de una vez! No pienso quedarme toda la mañana sufriendo el frío del exterior cuando puedo ir a disfrutar las lujosas tiendas de Harajuku con calefacción incluida.

Estaba seguro de que parecía cómico. Él, ahí parado y en silencio, mirando de un lado a otro mientras sus amigos dudaban en decirle algo que parecía importante.

Se aclaró la garganta con la mano apoyada en los labios, y adoptó una postura mucho más seria. Si Itadori estaba en problemas con alguien, más valía que lo dejara en paz.

  • ¿Qué está pasando? ¿Estás bien?

Apenas terminó la pregunta, su amigo se lanzó a arrodillarse a sus pies, rodeando sus muslos en un abrazo apretado.

Casi se cae por la fuerza repentina y por el pasmo que le produjo la acción. Escuchó a Kugisaki maldiciendo por lo bajo justo antes de pegarle con el puño cerrado en la coronilla a Itadori. Este ni se inmutó, levantando la una mirada lastimera hacia él.

  • Fushiguro, sé que te pido muchas cosas. Como tus notas de clase, que me acompañes al cine o esa sudadera que me prestaste una vez… - Pareció recordar algo de pronto, algo no del todo agradable. – Aunque esa probablemente esté de vuelta en tu armario… Pero ahora necesito pedirte otro favor, uno mucho más importante.

De lo que dijo, una cosa resaltó. ¿Cómo llegaría una sudadera a su armario sin que Itadori se la devolviera en persona? ¿Por arte de magia o…? Ah. Por supuesto. No se contuvo de resoplar y de poner los ojos en blanco. Gojo.

Sus manos salieron disparadas hasta los hombros de Itadori antes de que tomara la decisión de forma consciente. Lo estaba empujando a levantarse, tirando con fuerza y dificultad de la tela de su chaqueta cuando por fin reconoció la causa de la activación de sus sentidos de supervivencia.

Si Gojo los veía así, con Itadori arrodillado frente a él y luciendo como…bueno, como lucía en ese preciso momento, no sabía de qué sería capaz.

No es que le tuviera miedo. O sí, un poco, pero su motivación principal para deshacer la pose de Itadori era que prefería evitarse los conflictos.

Una vez que lo pudo poner de pie, Megumi miró hacia todos lados con pánico, esperando no encontrarse una cabellera blanca o una mirada celeste y asesina. Suspiró de alivio cuando todo lo que vio fue el paisaje cotidiano cubierto por el resplandor del sol matutino.

  • ¿Qué crees que estás haciendo?
  • ¿Eh? ¿Yo? – Itadori se señaló a sí mismo, desconcertado. – Te estoy pidiendo un favor. Tu ayuda.

La risa de la chica del grupo los hizo redirigir su atención hacia donde estaba parada.

  • Dile de una vez. No querrás que nos encuentre antes de que puedas planear algo.

Itador se alertó de inmediato y regresó el agarre que él tenía sobre sus solapas. Ahora parecía más desesperado.

  • Hoy es primero de diciembre.
  • Ajá.
  • ¿Sabes que una fecha muy importante se aproxima?
  • Sí…
  • ¿Estás dispuesto a ayudarme a hacer lo mejor que pueda?
  • ¿Eh?

Él estaba pensando en las vacaciones. No tenía idea de que algo más se aproximara. ¿Hacer lo mejor posible? ¿Acaso Itadori estaba por rendir algún examen extracurricular por sus malas calificaciones?

Itadori frunció el ceño, reflejando la misma extrañeza que él sentía.

  • ¿En qué fecha estás pensando? – Preguntó de pronto.
  • Pues en las vacaciones... – Kugisaki volvió a reírse.
  • Idiota.
  • ¡No, Fushiguro! ¡El siete de diciembre! - Gritó a los cuatro vientos, sólo para encogerse, arrepentido, en el segundo siguiente. - El siete de diciembre es el cumpleaños de Gojo-senpai.

Megumi no entendía qué tenía que ver eso en la conversación, hasta que Kugisaki, ya exasperada, se adelantó y lo arrancó de las manos de Itadori.

  • Está asustado porque no sabe qué regalarle. No se había preocupado por eso hasta que le dije que tipos como él lo tenían todo...
  • Y así es.

El gruñido de sufrimiento de Itadori le dijo que en verdad era algo importante para él. Sacudió la cabeza para despejarse y plantó a sus dos amigos frente a él, evitando que se fueran por las ramas una vez más.

  • Hablen ahora, claro y conciso.

Ambos se miraron antes de empezar su diatriba, una que francamente le provocó un buen de dolor de cabeza.

 

Estaban sentados bajo el techo de uno de los almacenes del campo de entrenamiento. Aunque el frío había amainado un poco con la completa salida del sol, seguía entumeciendo un poco sus extremidades. Removió los dedos de los pies dentro de sus botas de salir.

Aquellos dos le habían contado su “emergencia” y lo habían guiado hasta su dormitorio para que se cambiara de ropa. Se lamentó ahora, por su activación física perdida y por tener que lidiar con algo que no era realmente su problema, aun si Itadori insistiera en que era su responsabilidad,  como fiel compañero, ayudarlo en su apuro.

  • ¿Qué tal libros? No he visto a Gojo leer mucho pero es un tipo inteligente y culto, quizás por ese lado...
  • He visto fotos de su biblioteca. - Su amigo pareció desilusionado al escuchar otra idea repetida y fallida. - Lo he visto devorar best sellers en horas y luego destrozarlos con sus críticas. No quiero que uno de mis regalos sufra ese destino.
  • ¿Dijiste “uno” de tus regalos?
  • Sí. ¿Creías que le daría un solo regalo a Sa...ah, Gojo-senpai?
  • Eso puede complicar o facilitar las cosas. - Dijo su amiga.
  • Opino que las facilita. Así habrá menor margen de error. Creo que deberíamos dividir el festejo y los regalos de cumpleaños por etapas. Hacer un cronograma, ya saben, sería más fácil.

Los ojos de Itadori parecieron recuperar su brillo previo a la preocupación que lo asfixiaba.

  • ¡Eso es genial! Creo que puedo pensar en un par de cosas que le gustarían y con su ayuda será aún mejor.

Los volteó a ver a ambos, con la gratitud y la ilusión reflejados en su cara, con las mejillas y la nariz pecosa cubiertas por un rubor pálido debido al frío. Su sonrisa prácticamente le cerró los ojos.

Megumi suspiró apenas, bajito, con toda la intención de pasar desapercibido. Esa sonrisa estaba dirigida a él en este momento, pero no pudo evitar pensar que, en otro universo, si quizás el destino hubiera estado de su lado, no estaría aquí sintiendo los celos taladrarle el corazón, y esas sonrisas y la totalidad de la atención de Itadori serían sólo para él, y no para el cretino de Gojo.

 

━━━━⊱⋆⊰━━━━

 

El elegante listón carmesí lo rodeo como una serpentina, partiendo en pedazos los cuerpos deformes de los pequeños esbirros que liberaba el cuerpo principal de la maldición.

Una vez libre, aprovechando que sus amigos peleaban con fiereza contra los tentáculos de la masiva maldición de primer grado que tenían enfrente, y la mantenían distraída, corrió lo más rápido que pudo hacia uno de sus puntos ciegos y atacó con Convergencia.

La expulsión y condensación de su sangre le produjo una sensación conflictiva. De inicio, un malestar leve por el primer paso, el drenado, y luego la euforia de imprimir su energía maldita en la bala carmesí.

Un estremecimiento recorrió a la maldición segundos antes de que pudiera soltar su ataque y, como coincidencia fortuita, cuando un montón de púas parecieron emerger desde el interior del cuerpo carnoso debido a Kugisaki, su técnica voló con una velocidad apenas perceptible para el ojo humano y se enterró también en lo profundo del ser.

Pasaron un par se segundos en total suspenso, justo antes de que la mitad todavía viva de la maldición terminara de explotar y cayera sobre sí misma como un títere roto, empezando a desaparecer por partes, muy lentamente.

La voz de sus amigos lo sacaron de su estado de euforia tras la pelea.

  • ¡Itadori, hora de irnos! Es tarde.

Ni siquiera lo había pensado. Salieron a esta misión al anochecer del seis de diciembre, eso significaba que... Oh no. ¿Dónde estaba su teléfono?

Se volvió loco por un momento, girando sobre sí mismo como un perro persiguiendo su cola, mientras rebuscaba en todos sus bolsillos para corroborar la hora y mandar el mensaje de felicitación. Quería ser el primero en felicitar a su novio, o al menos intentarlo. ¿Estaría dormido o estaría esperando una señal suya? Demonios.

Se habían visto por última vez ayer por la mañana, antes de que los de tercer año salieran rumbo a una misión en Osaka.

Se habían abrazado fuerte y por mucho más tiempo del planeado justo afuera del coche, con el asistente en turno, Ieiri-senpai y Geto-senpai como testigos, estos últimos dos abucheando y estirándose hacia al asiento delantero para tocar la bocina.

Su novio le había dado un último y casto beso en la frente antes de despedirse por última vez, deseando verlo pronto.

Nunca mencionó su cumpleaños. Ni la fecha, ni una fiesta, ni siquiera un plan con sus amigos o alguna sugerencia impertinente y pícara sobre cómo Yuuji debía recibirlo a su regreso.

Sintió un peso extraño en el pecho al pensar que festejar ese día no era algo que disfrutara. Pero no entendía, los cumpleaños eran obligadamente un día especial, porque era tu aniversario de nacimiento y todos tus seres queridos podían festejar que habías llegado al mundo y gracias a eso habían podido conocerte y disfrutar contigo.

Dudó de su plan, apenas, pero su determinación de hacer feliz a Satoru lo incitó a hundir todo pensamiento o idea deprimente y tomó una decisión. Lo haría, porque sin importar lo cansado o lo fastidiado que estuviera Satoru, siempre se alegraba cuando estaban juntos, hasta recibir sus mensajes a larga distancia lo ponía de buen humor, y siempre los respondía.

Cuando por fin localizó su teléfono, lo desbloqueó con tanta prisa que casi se le cae de las manos, y no dudó en entrar primero a la bandeja de mensajes, incluso antes que verificar la hora.

Eran las 23:58hrs. Su último mensaje de esa noche, escrito un momento antes de lanzarse contra la maldición, había sido enviado a las 22:50hrs, y aun no había sido leído. Supuso que su novio despertaría a media madrugada, como acostumbraba hacer cuando tenía mucho trabajo, y leería ambos.

Se esmeró mucho en redactar su felicitación. Algo sencillo, pero desde el corazón. Se aseguró de imprimir en sus palabras los sentimientos más puros de su alma y los mejores deseos para su ser amado, todo en un conjunto no demasiado largo de palabras, coronado con una lista interminable de emojis e imágenes de personajes de Sanrio, todos ellos de romance.

Con Satoru, había ocasiones en las que payasear un poco era mejor que ir en serio, y esto de las declaraciones de amor era una de ellas.

Eran pareja, sí, estaban enamorados, también, a ojos de todos, pero todavía no se habían dicho las palabras. No por él, claro, que había querido hacerlo desde el verano, pero tras conocer un poco más a su novio, entendió que para él no era tan fácil expresar ese tipo de sentimientos, y lo entendía.

Jamás le reprocharía algo así a su novio, porque sabía, como que el sol saldría otra vez en la mañana, que lo que Satoru sentía por él también era amor. Podía sentirlo en cada abrazo, en cada beso, en cada vez que durmieron lado a lado, y en cada momento que pasaron disfrutando de la compañía mutua sin necesidad de hablar o tocarse.

No necesitaba escuchar palabras de su boca cuando podía leer lo que expresaba su corazón.

Dio clic al ícono de “enviar” y soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

El mensaje se entregó casi al instante pero seguía sin ser recibido; el estado de conexión de su novio seguía mostrando a última hora en la que se conectó.

Bien, esperaría con paciencia. Mientras, necesitaba regresar al campus y dormir un poco para estar listo para el día siguiente.

 

Viajaron en calma y silencio en el asiento trasero del auto del asistente, Ijichi-san, con el sueño denso peleando por ganarles la batalla.

Cuando por fin llegaron a la escuela, los tres se masajeaban el cuello dolorido. Se despidieron sin demora y cada uno se fue a dormir a su respectiva habitación.

Sentía el cuerpo tenso y pesado, e igual los párpados, que apenas podía mantener abiertos, por lo que la sola idea de tomar un baño era inconcebible.

Entró a su cuarto a oscuras, tanteó las paredes hasta su cama y se quitó los zapatos pisándolos, pensando que su abuelo lo regañaría si lo viera. De la ropa, sólo se arrancó la chaqueta del uniforme y se dejó caer sobre la cama.

Tal era su cansancio, que la superficie firme, casi dura, y la ropa de cama medio áspera, se le asemejaron a una nube de algodón cubierta de seda.

Con sus últimas fuerzas, tomó su teléfono y abrió la bandeja de mensajes.

Había pasado más de una hora desde que envió el último y todavía no había sido leído. Ignoró la ola de incertidumbre que le estremeció el pecho y metió el teléfono bajo la almohada.

Era un mal inicio para el festejo que había planeado, pero era insignificante para todo lo que faltaba, así que se dejó llevar por el sueño, confiando en su bien trazado proyecto de cumpleaños.

 

FRACASO.

Fue lo primero que inundó su mente tras abrir los ojos y apresurarse a buscar la hora en el teléfono, sólo para ver que estaba apagado.

El reloj analógico de su mesilla de noche hacía meses que no funcionaba, consecuencia del ajetreo de una de sus más intensas peleas de cosquillas con Satoru.

Se encontró sonriendo como tonto ante el mero recuerdo y se dio una palmada “concentradora” en la frente. No tenía tiempo para eso.

Saltó de la cama para tomar su cambio de ropa, previamente elegido, y corrió hacia el baño. Medio minuto después, regresó por sus pantuflas. Otro minuto después, ya sólo en ropa interior, regresó para buscar el cargador de su teléfono y se demoró quién sabe cuánto tiempo hasta que pudo encontrarlo.

Dejó el aparato conectado y corrió otra vez hacia el baño. Se ducharía, arreglaría y después iría a la cocina para prepararle el desayuno a su novio. No podía ser tan tarde, todavía no veía los rayos del sol atravesar las cortinas y estaba bastante frío.

Tal vez su itinerario planificado llevara un pequeño retraso, pero ya recuperaría ese tiempo en otra de las actividades.

Cuando salió del baño, se sentía renovado y optimista. Se vistió en tiempo récord y, una vez listo para lo siguiente, tomó su teléfono de la mesilla para verificar sus mensajes.

¿Eh? Apretó el botón de encendido una, dos y tres veces, pero no funcionó. ¿Se había dañado anoche? Pero había estado funcionando perfecto cuando se quedó dormido.

Trató de calmar a su de pronto acelerado corazón.

Tal vez no cargó suficiente con el poco tiempo que usó para alistarse. Tomó el cable, lo colocó en la ranura del teléfono y notó que no pasaba nada. No aparecía el ícono brillante que indicaba la carga de batería en proceso.

  • ¡¿Queeé?!

Quiso encender la luz para ver si el cable o la ranura tenían algún problema que pudiera arreglar, y supo lo que pasaba cuando nada se iluminó, por más veces que presionó el interruptor.

¿Cómo era posible que no hubiera electricidad en la escuela? No recordaba que algo así hubiera pasado antes… Bueno, en realidad sí, una sola vez, y fue parte su culpa, al pedirle a su novio una demostración de Azul.

Había sido un pequeño error de cálculo, se defendió Satoru frente al director Yaga-sensei, quien los reprendió por media hora porque en su travesuras habían destrozado el transformador eléctrico y gran parte del cableado que abastecía las instalaciones de la escuela y también el generador de emergencia.

Pero en esta ocasión no estaban para nada juntos y no había receta para el desastre, así que no se le ocurría un motivo para la falta de energía.

Se puso sneakers y un abrigo ligero y salió al pasillo, listo para empezar el día.

Apenas iba a la mitad cuando vio a través de una de las ventanas amplias y se detuvo en seco. El mundo exterior estaba cubierto de blanco; del cielo caía una lluvia interminable de copos de nieve.

Se quedó pasmado un momento, pensado en lo bonito que era el invierno, a pesar de su crudeza, al igual que cierta persona especial que compartía paleta de colores con la estación.

Se preguntó si también había nevado el día en que Gojo Satoru nació, si esta primera nevada, llegada en el primer cumpleaños que festejaba a su novio, cuando esperaba darle el mejor regalo de todos los que hubiera tenido antes, tendría algún significado.

 

Su teléfono seguía apagado; aunque era una tormenta leve, la primera de la temporada, la compañía de electricidad seguía sin poder reparar y reanudar el abastecimiento a la escuela. Y Yuuji entendía, en verdad, pues era un trabajo complicado y aún peor en la nieve, pero el hecho de haber entrado en la cocina comunal y que esta estuviera hecha un desastre desproporcionado para las pocas personas que la usaban, tenía su paciencia al borde. Era la segunda cosa que fallaba en su día de cumpleaños perfecto.

Se había resignado a que tendría que limpiar antes de empezar a trabajar en lo suyo, y así lo hizo, molesto porque nadie parecía tener interés en ayudarle; fue un alivio que sus amigos no le agregaran más platos y tazas sucias al fregadero que ya estaba a punto de desbordarse.

Su delantal amarillo pálido ya lucía casi mostaza por toda el agua que le había caído encima al despejar la tarja con sus arduos esfuerzos. No le quedó de otra mas que exprimirle el exceso de agua y aplanar un poco la tela arrugada, pues no tenía un cambio y lo necesitaría para no mancharse la ropa con la que planeaba salir más tarde.

Después de lo que pareció una eternidad, pudo empezar a preparar el desayuno. Él habría optado por un desayuno tradicional con sopa miso, arroz, pescado y tal vez omurice decorado y sazonado especialmente para Satoru, pero, dado que era un día especial y el fin era consentir al chico que lo hacía feliz, optó por cocinar panqueques dulces.

Minutos después, la cocina se llenó de un olor mantecoso y dulce, tentando a cualquiera que pasara cerca a asomarse y echar un vistazo.

De un momento a otro, la cocina estaba llena con algunos de sus senpais de segundo, quienes charlaban de forma animada, tal vez esperando a que Yuuji terminara su labor.

Ya tenía lista una pequeña torre de panqueques, varios cubiertos con cantidades de azúcar glass que seguro eran dañinas para la salud; otro montón tenía mermelada de fresas untada y trozos de fruta fresca, y haría una cosa más, un pequeño pastel individual, relleno de crema, que ya se estaba horneando y que decoraría con montones de crema de mantequilla, chispas de azúcar azules y cerezas almibaradas.

Estaba pensando en la vela cuando la luz de la cocina empezó a parpadear, indicando que la electricidad acababa de regresar; un rato después, como si lo persiguiera una maldición, su senpai, Panda, irrumpió en el sitio, empujando la puerta con su inmenso peso.

  • ¡Hey, Itadori! Te buscan en la dirección.
  • ¿Eh?

Se quedó paralizado por la sorpresa, con un panqueque todavía crudo sobre la espátula que sostenía.

No era posible. ¡¿Era llamado a dirección justo el día del cumpleaños de su novio?!

Movió la perilla de la estufa para apagar la llama y se limpió las manos en un viejo trapo de cocina mientras hacía memoria de sus actividades de los últimos días, pues no recordaba haber hecho algo que desatara la furia de su maestro.

No dijo palabra mientras se sacudía la harina del delantal y salía por la puerta con paso rápido.

Llegó a la oficina del director en tiempo récord. Tocó la puerta y la empujó un poco al no recibir respuesta desde el interior.

  • ¿Yaga-sensei?

Se asomó a la habitación y alcanzó a ver al hombre de espaldas, quitándole la pelusa a su variada y amplia colección de cadáveres malditos.

Entró por completo y volvió a llamarlo, pero este no hacía caso, hasta que dio unos pasos más y le tocó el hombro.

Su maestro se estremeció y se giró hacia él con una mirada de pocos amigos. Sólo un segundo después, se extrajo un auricular de la oreja.

Saludó, serio como siempre pero sin intenciones represoras.

  • Ah, bueno, vine porque Panda-senpai me dijo que me llamaban...- El bigote de su profesor se arrugó con la mueca de fastidio que hizo.
  • Yo no. En el teléfono. - Y señaló el aparato, uno antiguo, de línea normal, que estaba empotrado en la pared.

Yuuji agradeció en voz baja y le hizo una discreta reverencia a su maestro antes de alejarse y dirigirse hacia el aparato color negro. No tenía idea de quién podía estarlo llamando, mucho menos a la escuela.

Se acercó el auricular al oído, todavía sin emitir ni un saludo, y escuchó una pesada y extraña respiración. Escenas de Sé lo que hicieron el verano pasado llegaron a su mente.

Estaba por preguntar quién era el gracioso que estaba al otro lado de la línea cuando una risa rompió el extraño silencio. Una risa burlona, estridente y que le era muy familiar.

  • ¡Satoru-san! – Gritó, emocionado, mientras veía de reojo a Yaga-sensei negar con la cabeza.
  • ¡Yuuji! ¡No vas a creer lo que pasó! Fue tan duro, creía que nunca saldría de ahí. Empezaba a creer que no volvería a escuchar tu hermosa voz…

Las mejillas se le pusieron calientes con el cumplido. Podía parecer que su senpai lo decía en broma pero Yuuji sabía que esa forma despreocupada y bromista de decir las cosas era propia de Satoru, tanto como sus ojos especiales o su cabello cano.

Iba a preguntar qué había pasado cuando escuchó estática y forcejeo al otro lado y separó el teléfono de su oreja por el ruido.

  • Hola, Yuuji-kun. – Una nueva voz, melosa y con una leve diversión en su tono, que sólo podía ser de una persona.
  • Geto-senpai.
  • Lo que Satoru quiere decir es que tuvimos una misión difícil. Perdió su teléfono en las alcantarillas y terminó cubierto de…

Alguien alejó el teléfono de su otro senpai y escuchó palabrotas y lo que parecían gruñidos de animales salvajes.

  • Lo siento, Yuuji. No escuches a Suguru… En realidad, la parte del teléfono es cierta. No podré mandarte mensajes hasta que consiga uno nuevo. – Su voz era pista suficiente para imaginarse el gran puchero que estaba haciendo su novio. Al fondo se escuchó el eco de una voz emitida a través de altavoces que, aunque sonaba bastante distorsionada, pudo distinguir que se trataba del anuncio de la siguiente salida del tren. – Ah, ese es el nuestro. En fin, ¿te veo en el centro comercial de siempre dentro de, no sé, unas 3 horas? Quiero que me acompañes a escoger uno.

Yuuji se había desinflado cual globo pinchado al saber que Satoru no había podido leer su mensaje, pero pareció rellenarse de nuevo cuando escuchó el resto.

¡Qué genial coincidencia! Justamente la siguiente parte de su plan incluía una visita al centro comercial. Podría llevar los panqueques en un paquete especial para que no se dañaran en el camino y sorprender al cumpleañero.

  • ¡Bien! ¡Nos vemos ahí, Satoru-san!

Esta vez, la voz ajena apareció con un tono más bajo, en confianza, con una cadencia de inconfundible cariño.

  • Te veo ahí, Yuuji. Oye, te… - Una pausa, que a lo mucho duró un latido, pero que para Yuuji se sintió como interminable, y que fue rota por una única y temblorosa palabra. - Espérame.
  • Satoru, yo… ¡Feliz cumpleaños...!

Pero se había tardado demasiado. Para cuando habló, ya no había nadie al otro lado de la línea, sólo el constante y molesto pitido que significaba que el remitente había colgado.

Tragó saliva junto con su aflicción. Dos intentos fallidos de felicitación. Pero lo verás en un rato, en carne y hueso, y podrás abrazarlo y gritarle lo que quieras. Se consoló a sí mismo, mientras regresaba a la cocina, esta vez a un ritmo lento.

No sabía qué mal había hecho en su vida. El olor a quemado inundaba toda la habitación y un poco de humo gris ya circulaba pegado al techo.

Se lanzó veloz hacia el horno, todavía encendido, y sacó la bandeja que contenía el lamentable cúmulo de ingredientes a medio carbonizar y con aroma a fogata que se suponía sería su pastel.

Sus ánimos se fueron hasta el piso.

Dejó salir el aire con un bufido lamentable mientras salía rumbo al contenedor de basura.

Se quedó ahí como un minuto y medio, expresando sus respetos y sus disculpas al que iba a ser el pastel de cumpleaños en el que más se habría esmerado en toda su vida.

Regresó a la cocina con la espalda pesada y los pies arrastrándose sobre el suelo con desgana.

Y cuando pensaba que era todo, que su plan no se podía arruinar más, se encontró con que más de la mitad de sus panqueques no estaban, y tampoco sus compañeros de segundo que, no había notado antes, se habían ido desde antes de su macabro hallazgo.

Dejó caer la cabeza sobre la encimera, con la piedra fría refrescando un poco su acalorado cerebro. Inhaló y exhaló como había aprendido en aquella clase de yoga a la que asistió una vez con Kugisaki.

Todo estaba bien. Podía comprarle un pastel bonito en una de esas elegantes tiendas de repostería a las que acostumbraba acudir cuando tenían un día libre; tal vez incluso le gustaría más que sus pasteles amateur.

Una vez más, se tragó la impotencia que lo invadía desde la noche y se decidió a salir.

Pasó a su habitación para recoger su teléfono, apenas con suficiente batería para pasar la tarde fuera, y su cartera, dejando el delantal húmedo secándose sobre la cabecera de la cama.

El viaje en tren al centro comercial donde Satoru le pidió que se vieran duraba poco más de dos horas, así que tomó un asiento libre y se dispuso a relajarse.

Nada había salido según lo planeado hasta ahora, pero tenía fe en que todo se arreglara a partir de aquí.

Shibuya Parco era un centro enorme, con tiendas de todo: obsequios, moda, cafés, mercancía de videojuegos,  anime y manga y, por supuesto, cines.

Sus pies, desatados por la emoción, se movieron para tocar una melodía sin ritmo sobre el piso del vagón, deteniéndose antes de que algún adulto lo reprendiera por hacer ruido.

Esto definitivamente saldría bien. Acompañaría a su novio a conseguir su nuevo teléfono y luego lo llevaría al cine a ver una película. Era uno de sus pasatiempos compartidos favorito, así que no había falla, justo como había dicho Fushiguro.

Ante las dudas de a qué película invitarlo, Geto-senpai había sido muy amable al ayudarle, revisando las opciones en cartelera y señalando la más adecuada.

Su sugerencia no había sido la opción que él habría escogido, porque había una película de anime que prometía mucho y que estaba casi seguro de que a ambos les gustaría, sin embargo, Geto-senpai era el mejor amigo de Satoru, lo conocía por más tiempo que él, así que seguro su elección era mejor.

Desbloqueó su teléfono para ver la hora y entró a la conversación con su novio. Sus mensajes seguían sin respuesta.

Una sensación de soledad le llenó el pecho y, sin considerarlo dos veces, se puso a teclear. Empezó a escribir, como si estuviera en realidad conversando con el objeto de su amor, y se desahogó en el chat.

Escribió sobre su deseo de ser el primero en felicitarlo y cómo el destino tenía otros planes al evitar que se enterara por la pérdida de su teléfono.

También escribió sobre su desayuno/pastel de cumpleaños, que no había sido ningún éxito porque uno nunca pudo llegar a sus manos y el otro no llegó ni a la etapa final, y lo frustrado que se sentía ahora mismo por tener que recurrir a comprar en un lugar extraño y genérico un obsequio que pretendía ser único.

Escribió un poco más, ignorando a las personas que subían en cada estación y que iban llenando poco a poco el vagón, sobre lo grandioso que esperaba que fuera ese día porque, aunque no fuera una fecha especial para Gojo Satoru, lo era para Itadori Yuuji, quien lo apreciaba como nadie, y haría todo lo que estuviera en sus manos para cambiar la percepción negativa de la conmemoración de un día inigualable.

No la llegada al mundo del primer Gojo con los Seis Ojos en más de cuatro siglos, no el hechicero más fuerte de la actualidad (todavía en formación), sino la llegada de Satoru, el ser humano, increíblemente poderoso pero también vulnerable, a partes iguales; el menos egoísta y el más dedicado a su labor (aunque aparentara lo contrario), que había tenido el tropiezo de fijarse en él y del que ahora estaba terriblemente enamorado.

Un par de gotas cayeron sobre la pantalla de su teléfono; levantó una mano y se limpió los restos de lágrimas que le cubrían el borde de las pestañas.

Cuántos sentimientos tenía por ese malcriado que fingía ser intocable, que aparentaba una frialdad típica de su naturaleza de nacimiento, el invierno, pero calentaba el corazón de Yuuji mejor que el sol intenso de la primavera.

Soltó una risita de autoconsuelo mientras limpiaba las lágrimas de la pantalla con el empeine de la mano, viendo innecesario bloquearlo, pues no importaba que se borraran todas sus patrañas.

Con la vista todavía borrosa por las lágrimas contenidas, talló una y otra vez la pantalla con su piel, y cuando esta se humedeció, terminó de secarla con un trozo de su sudadera.

Estaba por verificar el estadio de la pantalla cuando el tren se detuvo en la estación anterior a su destino y fue empujado hacia atrás en su asiento por los montones de gente que ingresaron en tropel y enseguida drenaron casi cada centímetro cúbico de aire del lugar.

Se levantó para cederle el espacio a una anciana y no prestó atención a nada más que al siguiente paso de su operación “cumpleaños".

 

Como cualquier fin de semana en las zonas comerciales de Tokio, la gente pululaba por las calles y se reunía en pequeñas multitudes en cada una de las atracciones.

Este centro no era la excepción, así que Yuuji se dirigió con calma hacia uno de sus puntos de encuentro típicos.

Le pareció curioso, y agradable, que ya hubieran desarrollado ese tipo de familiaridad, con la que podían adivinar cosas relacionadas con el otro y tener puntos en común sólo por conocerse bien.

Aprovechando que la tormenta de nieve había sido menor sobre la ciudad y hacía horas que se había extinguido, se sentó en una de las bancas metálicas que se alineaban frente a la entrada este; bastante helada, por cierto, pero no quería arriesgarse a entrar y perderse la llegada de su novio.

Apoyó las manos enguantadas sobre la superficie y se reclinó hacia atrás para mirar el cielo.

Un paisaje irregular de muchos tonos de gris ocupó su vista por completo. Los rayos del sol de la tarde apenas lograban atravesar las densas nubes, impidiéndole distinguir el deslumbrante celeste detrás, y dando una pista de que más tarde la nevada volvería a caer para cubrirlo todo con su impecable brillo irreal.

Le gustaba, le gustaba demasiado.

Suspiró, lanzando su aliento caliente a condensarse en el aire frío.

También la nieve le encantaba, porque le hacía pensar en él.