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De acuerdo al plan
Junto a una ventana estaba una dama, admirando una bella mariposa, mientras con tinta dibujaba a ese diminuto ser, protagonista de su inspiración. Sus trazos eran suaves y sin presión, logrando dibujar su objetivo, suavemente y maravillada por su trabajo, miró a la mariposa que tenía dentro de un cristal, ya había terminado ahora era el turno de darle su libertad, así que la liberó viéndola salir por la ventana de su habitación, hasta perderla de vista. Quizás ella sería su último dibujo como soltera, pues mañana sería un día largo.
Se casaría con un hombre que no conocía, ni había cruzado palabras, sus padres habían concertado su matrimonio con los padres del joven noble. Sus padres eran unos simples pescadores, que habían amasado una gran fortuna, aquel matrimonio sería la cúspide para que dejaran de ser conocidos como meros pescadores y entraran al mundo de la nobleza, duques, condes, ¡Podrían estar juntos a la reina! Un sueño hecho realidad para alguien de su estatus.
En la planta de abajo, su madre y su padre cantaban, felices por su futuro brillante y el nuevo mundo que les esperaban; estarían rodeándose junto a los más grandes de la nobleza, en salones elegantes, y todo debía salir de acuerdo al plan.
Afuera la señora Balthazar, gritaba a su esposo y al cochero que la ayudaran a entrar a la carroza, se había quedado atorada.
—... ¡¿Y dónde está esa chica?! ¡Llegaremos tarde al ensayo, por su culpa! —
— Debe estar preparándose, querida. — Tranquilamente, el señor Balthazar , respondió a su esposa, mientras él y el coche la empujaban a entrar.
Llegaste afuera, mirando el bochornoso momento de tu mamá siendo empujada por el viejo cochero y tu padre, el caballo relinchaba por el movimiento brusco de la carroza, una vez que entró tu madre, tú junto a tu padre entraron para irse a su destino. La carroza empezó a moverse, mientras William Balthazar hablaba.
— Pescaste un buen hombre, hija. —Tu padre, con esa voz tranquila de él, mencionó. Estaba feliz por ti.
— No dejes que suelte el anzuelo. —Dijo tu mamá. Afuera, el viejo cochero tosía sin parar. — ¡Mijiu, deja de toser! — Exigió, recibiendo como respuesta, más tos del viejo coche, ella se quejó más al oírlo toser otra vez.
— Lo sé madre… pero, ¿No creen que Trevor debe casarse con… alguien de su nivel?— Nerviosa, jugueteaba con el lazo de su vestido.
— ¡De ninguna manera!— Ambos padres soltaron.
— Estamos al nivel de los Belmont, es nuestra oportunidad para estar junto a los grandes, siempre pensé que merecía ser más que la esposa de un pescador, así que no lo arruines. — La mujer se abanicaba con elegancia, imaginando los grandes salones y fiestas elegantes a las que podrían llegar a asistir.
Miraste hacia afuera, mientras tus padres hablaban de su futuro próspero y de estar junto a los grandes duques, condes y marqueses, personas de renombre, los nervios por la boda de mañana siguen consumiéndote viva, mientras ellos hablaban. Sólo esperabas una cosa: que Trevor Belmont fuera alguien con quien poder llevarte bien, a pesar de no sentir amor.
Si tan sólo pudieras ser libre como la mariposa.
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Trevor Belmont siempre había sido un joven intrépido, de niño solía jugar sin pensar en lo que le depararía el futuro, imaginando ser un caballero que defendía a su nación de crueles monstruos. Pero ahora, a pesar de seguir siendo alguien atrevido, que no se dejaba menospreciar ni intimidar, debía seguir las reglas de la vida, las reglas de la sociedad tonta e ignorante. Y, por supuesto, debía casarse con una mujer que ni siquiera conocía. Le había tocado nacer en una era donde lo que importaba era la opulencia, los matrimonios se realizaban por medio de tratos entre los padres y no por amor o lo que podía pensar los jóvenes, víctimas de esos tratos.
Se miró al espejo, su ceño lo decía todo, odiaba esto.
— Cambia esa cara, Trevor. — La señora Belmont, junto al señor Belmont, entró a su habitación, la cara de la mujer era amargada, llena de desprecio y de todo aquello que los nobles terminaban siendo.
—Tu madre tiene razón. — Dijo el señor Belmont.— Mañana te casarás con esa chica.—
—Lo sé… — Dijo Trevor, aún con molestia, pero muy dentro de él había angustia, nerviosismo y temor.— Pero ¿No han pensado que ella y yo, tal vez no nos gustamos?—
— Eso no importa, ¿Acaso crees que tu padre y yo nos gustamos? — Su madre respondió con otra pregunta.
— No lo sé, ¿Se gustan?— Sabiendo la verdad, Trevor dijo burlón.
—¡Para nada!— Ambos contestaron. Trevor soltó un bufido, él ya lo sabía, no era tonto, sus padres, al igual que los demás nobles y personas, se casaron por conveniencia y sin amor, los padres siempre tomaron las decisiones, sin tomar en cuenta lo que los hijos e hijas pensaran. Y él, a pesar de que siempre había sido alguien libre, no pudo escapar de ese destino.
— Este matrimonio nos sacará de la ruina. ¿Acaso quieres ser la vergüenza de los demás?— Soltó el señor Belmont. A Trevor no le importaba eso. —Mañana te casarás. —
—A pesar de que sabes que amo a alguien más?— Trevor encaró sin temor a su padre.
— Olvídate de esa Silvia.— con un además, la señora Belmont habló
— Sifa . — Corrigió Trevor, la furia lo hacía apretar las manos, su mandíbula se endureció como acto de intentar calmar su rabia.
— Como mar, olvídate de esa chica vulgar. Mañana es tu boda — Ambos señores comenzaron a caminar hacia la puerta, sin importarles su molestia.
— ¡Y todo debe salir de acuerdo al plan!— Ambos señores dijeron y cerraron la puerta.
Trevor quedó solo, miró por la ventana, dejando soltar la tristeza que tenía retenida, se casaría y no sería con la chica que él quería.
Sus padres lo sabían, amaba a una mujer diferente, pero que no aceptaban, su concepto de ser de alto estatus, con título nobiliario y fama no aceptaba a Sypha Belnades, una joven que no tenía títulos y tenía ideas que no debía tener una mujer, como solía decir su madre. Sólo por tener una mente brillante y no ser como los demás, recatadas y aceptando su destino de ser sumisas, para ellos era una completa vergüenza y vulgar.
Pero se habían atrevido a concertar un matrimonio con una joven de pescadores, solo porque tenían dinero y los sacarían de la inevitable ruina. No le importaba si quedaba en ridículo y sin dinero ante los demás, él podría sobrevivir sin temor, pero sus padres no pensaban lo mismo, el futuro de su familia dependía de él.
Mientras estaba en su habitación, sus padres recibieron a los Balthazar. El sirviente principal presentó ante los Belmont, a los señores Balthazar.
La señora Balthazar entró, junto a su esposo, admirando la gran casa, detrás de ellos su hija.
—¡Pero qué maravilla! — Soltó la señora, admirando la grande casa Belmont, para ella era un castillo.
— Es igual de grande que nuestra casa… aunque se ve un poco deteriorada. —Apoyándose con su bastón, mencionó el señor Balthazar. Luego su mirada se volvió al alcalde de Belmont. — Usted debe ser el joven Trevor, es bastante apuesto. —
Los Belmont se miraron, diciéndose entre miradas que sólo debían soportar todo esto, para no terminar en la miseria. Les gustara o no, estos pescadores eran su única salvación.
— Olviden lo que mi esposo dice, me alegra por fin estar aquí y conocerlos. — Sin dejar de sonreír con emoción, dijo tu mamá.
— Sonríe, querido…— Con voz baja susurró la dama Belmont.
—Encantado de conocerlos. — Sus labios bastante forzados, respondió el padre Belmont, cualquiera podría ver que sus facciones de sonrisa eran demasiado forzadas, Pero los Balthazar parecían no notarlo.
—Permítanme guiarlos al salón del té. — Sin perder su elegancia, la señora Belmont caminó junto a los Balthazar, dejándote sola en la entrada principal, mientras escuchabas a tus papás hablando con los Belmont.
Miraste todo el lugar, dentro de poco vivirás en esa casa, aquello que te ponía más nervioso. Tu apellido pronto cambiaría en el momento en que Trevor Belmont y tú se unieran en matrimonio.
La casa era grande, adornada con el escudo de los Belmont que había existido y honrado con orgullo de generación en generación. Algunas pinturas adornan las paredes, junto a otras que posiblemente eran los retratos de varios Belmonts de años atrás. Pero lo que más llamaba la atención era un piano, la curiosidad y el amor por el piano fueron tan grandes que, inevitablemente, te acercaste. Tocaste una de sus perfectas teclas dejando soltar el sonido, estabas sola y con confianza te sentaste y empezaste a tocar una melodía, el ritmo era perfecto y lleno de emociones indescriptibles.
— Eso fue perfecto…— Una voz masculina se hizo presente.
Soltaste un pequeño grito, que te hizo caer al suelo, el banquito también cayó quedando patas arriba, un pequeño florero que reposaba sobre el instrumento de música, cayó, la pequeña ramita con sus flores quedó tendida.
—Joven Belmont. Lo siento, disculpa mi torpeza…— Te levantaste e ibas a levantar el asiento dónde estuviste, pero Trevor se adelantó, poniendo sin esfuerzo el banquito, como si no pesara.
— Tocas bastante bien el piano, a mí no sé me da eso. —mirando mencionado el gran piano. — Y mi madre cree que… la música vuelve locas a las mujeres. — Sus pensamientos lo hicieron perderse por un segundo, recordando a cierta chica, sabía que no debía pensar en alguien más, mientras estaba junto a su prometida, pero era inevitable. Tomó el delicado ramillete de flores, y se perdió por un momento en los pequeños pétalos.
—¿En serio?, ¿E-eso creé usted?—
— Llámame Trevor, después de todo mañana nos casaremos. —Él irritante. — ... Y no, no creo eso, creo que eso es un medio de libertad para las mujeres. —
— T-Trevor… Mañana tú y yo estaremos c-ca…— Volviendo a juguetear nerviosa con el lazo del vestido, tratabas de hablar.
—Casados…— Él terminó por ella.— Lamento mucho que no pueda amarte.—
—Yo también, quiero decir, también lamento no poder sentir algo por ti. Pero… Espero poder llevarme bien contigo.—
—Lo mismo espero. —Trevor alentándose suavemente.
Ambos permanecieron cabizbajos. Habían admitido su pesar, si tan sólo su matrimonio fuera por elección propia, tal vez podrías sentir amor o quererlo, si él no estaba enamorado de otra mujer, Trevor podría llegar a amarte sin ser forzados a estar juntos, sin embargo estaban atrapados, sin poder hacer algo para escapar. No podía romper el compromiso así, sin más, el acuerdo ya estaba hecho. Sus padres los colgarían y culparían de todo; y quisieran o no, debían seguir las estúpidas normas de la sociedad. Trevor miró el ramito y decidido, lo entregó a la chica, como un acto de amistad y esperanza.
—¡Pero qué imprudentes son los dos! Usted debe estar alejada de su futuro esposo, hasta el día de mañana. Debería darle vergüenza. — Trevor miró a su madre, su madre estaba muy enojada, él la miró sin dejar de intimidarse, mientras se ponía delante de la chica, para poder protegerla de las demás palabras que ella pudiera soltar, ya que sabía que su madre podía ser bastante dura. —¡Deberían estar con el sacerdote Wilfred, ensayando sus votos! ¡No olviden que el futuro de nuestras familias depende de ustedes dos! —
Ambos la oyeron, sabiendo que tenía razón, pues todo debía salir de acuerdo al plan.
