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Cita de invierno

Summary:

Tras asegurarse de que estaba sola, se volvió por completo hacia el joven, con la mirada seria y dura, y volvió a preguntar:

—¿Quién es usted?

—Jack Frost, guardián de la diversión, a sus servicios Su Majestad —Hizo una pequeña reverencia hacia la mujer acostada en aquella gran cama.

—¿Jack Frost?

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—¿Por qué solo yo puedo verlo, Señor Frost?

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—Solo pueden verme los verdaderos creyentes, las personas —en su mayoría niños— que creen en mí.

La mujer no se veía nada sorprendida; más bien tenía una mirada que decía que el joven se había vuelto loco

—Eso es imposible, es la primera vez que escucho hablar de “Jack Frost”.

—Eso es todo lo que sé. No sé porque usted es la única que puede verme, Su Alteza.

—Digamos que le creo, ¿Qué está haciendo en Arendelle entonces?

 

—La luna me dijo que viniera.

Notes:

Disclaimer: Dreamworks y Disney no me pertenecen.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Desde tiempos inmemorables, la infancia ha sido un tesoro sagrado. El asombro, la risa y la alegría de los niños son llamas que deben protegerse a toda costa. Por esa razón existen los Guardianes: seres antiguos, poderosos y llenos de magia, cuyo deber es velar por esos pequeños destellos de luz que mantienen vivo el espíritu del mundo.

Y entre los seres que protegen la infancia, existe uno que nunca pidió aquel título, un guardián distinto a los demás en muchas formas, un guardián llamado:

Jack Frost.

Un espíritu indomable, rebelde por naturaleza, tan libre como el viento que lo guía. Con un chasquido de sus dedos puede despertar al invierno, cubrir de hielo lo que desee y hacer que el mundo tenga el mejor día helado posible.

Jack Frost, aquel espíritu invernal juguetón que solo deseaba ser visto por los niños, ser algo más que una simple leyenda. Durante años vagó entre ventiscas y mares congelados, buscando un lugar al que pertenecer.

Después de enfrentar —y derrotar— al Rey de las Pesadillas, Black Pitch, Jack finalmente encontró un propósito, aunque no fuera el que él había imaginado. Aquel joven travieso de ojos brillantes terminó convertido en un Guardián, protector de la diversión y la risa de los niños, el puente entre el invierno y la infancia.

La vida, según Jack Frost, era perfecta. Pasaba las tardes jugando con los niños, y el día de hoy no sería diferente a los demás. En la plaza de aquella ciudad el joven guardián dibujaba con hielo lo que se le ocurriese, aunque siempre estaba abierto a cualquier solicitud.

—¡Jack, haz otra rampa de hielo!

—¿Solo una? ¡Eso sería aburrido! —dijo, guiñando un ojo, con una maravillosa sonrisa.

Por fin lo veían. Por fin estaba donde siempre había querido estar.

—En serio… ¿qué más puedo pedir? —susurró mientras flotaba, rodeado de copos de nieve, mientras veía a los niños disfrutar de sus heladas creaciones.

Entonces, una luz brillante dio aviso del portal que se abría frente a él y una figura enorme salió rodando entre nubes de nieve. Un Yeti, claramente apurado, le extendió a aquel chico peliblanco una pequeña carta.

—Jack Frost. Mensaje del Polo Norte.

Jack lo miró, confundido.

—¿Del Polo? ¿No es Santa quien recibe las cartas? —bromeo el joven sin cuásar ningún tipo de reacción positiva del gran yeti

El Yeti asintió con un gruñido. Jack abrió aquella carta y leyó:

—“Convocatoria oficial. Presentarse inmediatamente”.

Alguien detrás murmuró:

—¿Pasa algo malo?

Jack soltó una risa breve.

—Vamos, niños… si Santa estuviera en problemas, créanme, lo habría escuchado todo el mundo.

El Yeti no se rió. Ni un poquito. Mientras agitaba otra esfera de magia abriendo otro portal para retirarse, dejando a Jack… otra vez

Jack suspiró, apoyando el báculo en el hombro.

—Está bien, está bien. Supongo que tendré que llegar por mi cuenta. —Miró a los niños y sonrió. —Mientras no estoy pórtense bien niños, ¿sí?

Y con eso salto dejando un rastro de escarcha de camino al polo Norte.

-o-o-o-o-o-o

En el Polo Norte, lejos de cualquier ojo curiosos, el taller de santa trabajaba sin descanso, después de todo; no importa que día del año sea la navidad siempre está a la vuelta de la esquina.

No importa hacia donde vieras, hasta la más recóndita de las esquinas de taller, se podía ver la magia que irradiaba el mismo. Todo funcionaba como un perfecto reloj bien engrasado. En el centro de la sala de reuniones del polo cuatro de los cinco guardianes hablaban entre sí.

—No creo que lo logre —gruñó Bunny, como si fuera obvio.

North soltó una carcajada profunda.

—Jack tiene un don para sorprender a las personas. Tenle un poco de fe.

Tooth movió las alas de forma inquieta. —El hombre de la luna lo solicitó específicamente a él. Sabes que esto debe ser importante.

Sandy formó un reloj de arena brillante sobre su cabeza y luego lo desmoronó en una nube de polvo dorado.

Bunny suspiró. —Aun así, llega tarde.

North miró hacia la gran ventana principal, donde el viento helado del Polo Norte golpeaba con fuerza.

Y antes de comenzar a hablar otra vez, una ráfaga de nieve atravesó el taller, helando el aire y apagando algunas lámparas cercanas. Un remolino azul y blanco giró sobre el suelo de madera…

Jack Frost había llegado.

Jack entró al taller, sacudiéndose la nieve del cabello mientras los Yeti corrían de un lado a otro con cajas, luces y herramientas. Todo parecía más agitado de lo normal, incluso para los estándares del Polo Norte.

En cuanto puso un pie en el salón principal, vio a los Guardianes reunidos alrededor de un mapa helado que brillaba como un cristal.

—¡Jack! Finalmente llegas —dijo North, con aire despreocupado.

Aunque Santa Claus siempre fue un experto en ocultar malas noticias, no se podía decir lo mismo del resto de los guardianes.

Bunny cruzó los brazos y resopló, claramente preocupado. Sandy permanecía tranquilo, aunque la arena dorada que bailaba a su alrededor temblaba inquieta, y Tooth agitaba las alas con inquietud sin poder quedarse quieta.

Jack levantó las manos. —Muy bien, ¿qué pasó? ¿Alguien quiere robar la Navidad? ¿El Conejo de Pascua perdió sus huevos otra vez?

Nadie se rió.

North apoyó el dedo sobre el mapa, sobre un pueblo casi olvidado en el norte de Noruega, aquel sitio estaba iluminado por un resplandor de color azul.

—El clima se comporta de forma… extraña en el norte de Noruega. No creemos que sea peligroso, pero tampoco es algo natural.

Jack arqueó una ceja. —¿Extraña cómo?

—El invierno allí no se comporta como debería —explicó Tooth—. La magia del espíritu del invierno ya no responde como antes. Algo cambió hace unos meses.

Jack suspiró, girando su báculo entre los dedos, de forma despreocupada —Bueno… supongo que alguien tiene que ir a revisar el lugar, ¿no?

Un sonido sepulcral llenó la sala de reuniones del Polo Norte. Cuatro pares de ojos lo observaban con expectación, esperando a que el guardián más joven comprendiera la información no dicha.

—¿Que les pasa? Esperen un segundo quieren que yo… — El joven guardián no termino la frase, cuando Norte puso su gran mano sobre su hombro.

—Esa es una excelente idea Jack, tú eres el indicado para esta misión. —habló con entusiasmo el gran hombre vestido de rojo.

—¿Misión?, yo no acepte…

—No hay alma más a fin para hacer el trabajo, Jack. —Tooth, mencionó con alegría mientras volaba tras él.

—Pero yo no…

Antes de que el joven espíritu de hielo pudiera si quiera refutar, lo estaban empujando atreves de un portal hasta la otra parte del mundo.

Sin escuchar nada más, North le dio un fuerte empujón, obligando al guardián a cruzar el portal. Este se cerró de golpe, dejando a los cuatro guardianes intercambiando miradas cargadas de preocupación.

—¿Creen que estará bien? — comentó el hada de los dientes con preocupación.

—¡Es Jack Frost!, es un guardián!, por supuesto que estará bien. Además, el Hombre de la Luna lo llamó a él específicamente

—Pero creo que él debe saber que… — Aquella hermosa hada fue interrumpida por North.

—No importa lo que creamos. El Hombre de la Luna dijo que, bajo ninguna circunstancia, Jack Frost debe saber por qué va a Noruega.

-o-o-o-o-o-o-o

En la oscuridad de la noche, en medio de las heladas montañas, un ruido sordo retumbó cuando algo —o mejor dicho, alguien— cayó sobre la densa nieve.

El joven guardián se sacude los pequeños rastros de nieve que estaban sobre su sudadera y pelo. Mientras busca su cayado de pastor insultando en voz baja a sus supuestos amigos.

Con un suspiro pesado comienza a caminar sin rumbo. Sin dar tantos pasos, quizás 5 minutos de silenciosa caminata algo llama la atención del guardián del invierno. Con los ojos brillante se eleva un poco en el aire para apreciar tal obra maestra. Alla a lo lejos ve… ¿un castillo?

Con gran admiración y asombro se detiene a ver aquel castillo que parecía hecho del más fino hielo ¿Cómo siquiera era posible?, tantas preguntas sin ninguna respuesta pasaban por la mente del joven guardián.

¿Cuántas personas se necesitaron para crear tal obra maestra?, se preguntaba el joven. Con unas ganas inmensas de entrar al castillo, se detuvo para buscar la puerta principal. Ni bien esa idea pasó por su mente, la luna brilló más fuerte de lo habitual. Una advertencia, pensó el joven.

¿Qué secretos escondía tal palacio? ¿Era tan importante su misión en Noruega?, no lo sabía, pero con la curiosidad corriendo por sus venas, decidió que era mejor entrar al palacio otro día.

Al bajar por la montaña, a lo lejos vio luces encendidas provenientes de un pueblo. Con decisión, el joven optó por dirigirse hacia allí; al parecer, era el camino correcto después de todo. Al parecer El Hombre de la Luna solo brillaba con más fuerza cuando él se distraía de su misión.

Al acercarse al pueblo, Jack Frost no pudo evitar imaginar las maravillas que podía hacer con tanta nieve alrededor, sacudiendo su cabeza levemente se adentro al pueblo. No era tan tarde, el centro de aquel pueblo a pesar de la noche y el frio invernal aun bullía con las personas llenas de alegría.

Sin que nadie pudiera verlo se acercó como cualquier espía, escuchando algún tipo de conversación que le diera una pista a su visita a aquel pueblo en Noruega.

Conversaciones banales llenaron sus odios.

Conversaciones como ¿Qué vas a hacer esta noche? O sí que hace frio en esta época del año, pero una de ellas llamo su atención más de lo que debía:

—¿Cuándo crees que la Reina de las Nieves venga de visita?

—¿Reina de las Nieves? —murmuro para sí mismo el guardián.

—No lo sé, pero hay rumores en el palacio, las cosas no van muy bien para la reina Anna—continuó la charla entre las dos mujeres.

—¡Ni me lo diga!, las cosas se pusieron mal desde que la Reina de las Nieves abdicó al trono.

—No abdicó, solo se toma un descanso del reino. — Una tercera persona se unió a la conversación, un hombre esta vez.

—No puedo creer que aún haya personas que no reconozcan a la reina Anna como la soberana de Arendelle —habló la primera mujer—, y más aún, personas con tan malos modales.

Sin más ambas mujeres se alejaron del hombre que se metió en su conversación, dejando al pobre guardián aún más confundido que antes.

Bueno eso no ayudo para nada. Antes de que pudiera dar media vuelta y visitar otro pueblo más cercano, un fuerte viento sopló desde el norte. Las velas se apagaron de golpe y, aunque el viento no causó más que un pequeño desastre, la gente se relajó al instante tras la sorpresa inicial. Con calma y risas, volvieron a encender las velas mientras murmuraban con alegría.

—Definitivamente, la reina Elsa ha regresado a Arendelle —comentó aquel hombre.
Sin más, Jack miró al hombre, quien tenía la vista en el cielo, o mejor dicho, en un castillo esta vez hecho de bloques de piedra.

 ¿Cómo no vio eso antes?

Si algo le habían enseñado 300 años de vida, es que es posible que entre reinas se conozcan; así que quizás Su Alteza real ya conociera a la Reina de las Nieves. Con ese pensamiento, se elevó nuevamente al cielo para visitar a la reina de Arendelle.

-o-o-o-o-o-o-o-o

Aunque era de noche en el reino de Arendelle, el palacio estaba repleto de guardias, claro que eso era inútil ante las travesuras de aquel espíritu invisible para los no creyentes. Con facilidad se adentró en aquel gran castillo en busca de la reina.

Jack Frost se adentró con cuidado mirando con curiosidad los diversos cuadros en aquel gran pasillo, el que más llamó su atención fue un cuadro en el que salían dos adultos imponentes y dos niñas; parecían ser los reyes y dos pequeñas princesas. 

Al final del pasillo una puerta abierta llamo su atención, a medida que se iba acercando, comenzó a escuchar voces provenientes de la habitación.

Por alguna razón el joven guardián decidió quedarse del lado del pasillo, para no perturbar la discusión dentro del gran salón, como si alguien pudiera verlo.

—Su Majestad, debe comprender… —El hombre fue abruptamente interrumpido por la voz seria y firme de una mujer.

—Ministro Daniels por favor, le he dicho que la reina de Arendelle es la reina Anna, dejé ese título hace meses. —la mujer se escuchaba hastiada, como si fuese la milésima vez que decía aquellas palabras.

—Claro Su… Alteza. —la mujer entrecerró los ojos, pero decidió no decir nada más. —El pueblo quiere saber cuándo se le dará al reino un heredero.

—Eso es algo que solo la reina de Arendelle puede decidir.

Un sonido sepulcral lleno aquella sala, el guardián estaba a punto de entrar por la mera curiosidad de saber que había pasado, hasta que la voz de aquel hombre volvió a resonar.

—Lamento ser yo el que le informe esto Su Alteza, pero el pueblo de Arendelle se ha dividido en dos bandos totalmente opuestos.

—¿A qué se refiere? —Pregunto con cautela aquella mujer.

—Bueno, la lealtad del pueblo se ha dividido, aún hay personas que la consideran a usted la heredera legitima al trono.

La temperatura bajó tanto que podía verse el vaho saliendo de sus bocas al respirar, tanto de los presentes en el salón como del quinto guardián.

—Elsa, ¿estás…? — habló la voz de otra mujer presente en aquella conversación.

—Tranquila, Anna, no es… no es nada, yo solo…

El joven no pudo más y entró en la habitación; la curiosidad le carcomía el alma. ¿Qué pudo haber pasado para que la temperatura descendiera tan drásticamente?

Al primer paso cauteloso que dio al entrar, la mujer de cabello platino abrió los ojos con confusión y, sin más, exclamó:

—¿Quién eres tú?

El silencio llenó el salón. Tres pares de ojos se fijaron en el guardián ante la exclamación de la mujer. El guardián, con los ojos abiertos como un ciervo atrapado por los faros, pensó: ¿En serio podía verlo? No, imposible.

—Vuelvo a repetir: ¿quién es usted y cómo entró aquí?

—¿Puedes… verme? —Grande fue la sorpresa de aquel joven; ningún adulto había sido capaz de ver a uno de los guardianes.

—¿Qué clase de pregunta es esa? Se lo advierto: si no contesta, llamaré a los guardias.

—Elsa… ¿con quién estás hablando?

—¿A qué te refieres? Hay un… hombre en… —la mujer señalo hacia la entrada salón, y antes de que pudiera siquiera protestar, el ministro la interrumpió.

—Su Majestad, ahí no hay nadie.

-o-o-o-o-o-o-o-o

Minutos después, la mujer de cabello platino estaba siendo recostada en una gran cama por la otra mujer de cabello cobrizo.

—Te lo digo, Anna, estoy bien.

—Dímelo de nuevo cuando dejes de ver fantasmas.

—¡No soy un fantasma! —Anunció con vehemencia el guardián invernal.

La mujer miro de reojo al guardián que estaba parado a la izquierda de la cama. ¿Se estaba volviendo loca? ¿Cómo es que Anna no podía ver a un ser tan molesto?

—Elsa debes saber que, si te sientes mal, siempre te voy ayudar, lo sabes. Pero debes decirme cuando te estés enfermando —dijo la mujer, sentándose al borde de la cama mientras veía a su hermana acostada.

—Anna, no me siento enferma.

—Eso dijiste la vez pasada y… creaste los Snowgies

—Nunca te vas a olvidar de eso, ¿verdad?

—Creas muñecos de nieve cuando estornudas; nadie se va a olvidar de eso.

El guardián no pudo evitar soltar una carcajada al escuchar aquella historia. ¿Cómo es posible que esa mujer, la infame Reina de las Nieves, esté siendo doblegada por una mortal?

—¡Ya basta! —susurró la mujer, un poco sonrojada por la vergüenza hacia el joven guardián.

La mujer pelirroja suspiró pesadamente al ver a su hermana hablando sola. —Descansa un poco Elsa. Hablamos por la mañana.

La mujer se retiró de la habitación en silencio, apagó la luz y cerró la puerta. Tras asegurarse de que estaba sola, se volvió por completo hacia el joven, con la mirada seria y dura, y volvió a preguntar:

—¿Quién es usted?

—Jack Frost, guardián de la diversión, a sus servicios Su Majestad —Hizo una pequeña reverencia hacia la mujer acostada en aquella gran cama.

—¿Jack Frost?

—Así es, y ¿puedo saber con quién tengo el placer de hablar?

—Creo que estoy en mi derecho de hacer las preguntas y usted de contestarlas.

Jack inclinó ligeramente la cabeza, divertido, pero mantuvo la compostura. —Como ordene, Su Majestad. Espero poder estar a la altura de sus expectativas.

—¿Por qué solo yo puedo verlo, Señor Frost?

—¿Señor? Creo que eso es demasiado, Majestad

—Ya no soy la reina de Arendelle; le agradecería que no me llamara por mi antiguo título.

—Pero… ¿no es usted la Reina de las Nieves? —Preguntó el joven guardián.

—Ese es un título inexistente, solo es un nombre; así me conocen en otros reinos. Pero aún no contesta mi pregunta: ¿por qué nadie más puede verlo? —habló la mujer mientras se levantaba de la cama y caminaba lentamente hacia el joven.

—Solo pueden verme los verdaderos creyentes, las personas —en su mayoría niños— que creen en mí.

La mujer no se veía nada sorprendida; más bien tenía una mirada que decía que el joven se había vuelto loco

—Eso es imposible, es la primera vez que escucho hablar de “Jack Frost”.

—Eso es todo lo que sé. No sé porque usted es la única que puede verme, Su Alteza.

—Digamos que le creo, ¿Qué está haciendo en Arendelle entonces?

—La luna me dijo que viniera.

La mujer lo miró por unos segundos después se comenzó a reír para sí misma y se tocó la frente mientras negaba con la cabeza. Quizás sí se estaba enfermando.

—¿Sabes qué? Me voy a la cama. Mi hermana tiene razón, puede que me esté enfermando —habló sola la mujer mientras se envolvía entre las cálidas sabanas de aquella cama.

—No soy producto de su delirante imaginación, alteza. La luna me llamó y pienso descubrir porque el invierno actúa de forma tan extraña en Arendelle.

—El invierno es anormal porque yo soy anormal; con poderes de hielo el invierno nunca es normal en Arendelle. —murmuró la voz amortiguada de debajo de las sábanas.

—Bueno, supongo que eso explica algunas cosas, pero aún no sé por qué el Quinto Espíritu, el espíritu del invierno, no responde a las llamadas de los guardianes.

—El Quinto Espíritu no contesta, porque no ha recibido ninguna llamada de parte de nadie.

—¿Y eso como lo sabrías?

—Porque yo soy el Quinto Espíritu del Bosque Encantado, el puente entre la magia de la naturaleza y la humanidad —habló la Reina de las Nieves, sentándose erguida y apartando la sábana que tenía sobre su cuerpo, mirando al guardián directamente a los ojos.

Jack suelta una carcajada incrédula y divertida. El joven guardián se ríe tanto que termina sujetándose el estómago, limpiándose las lágrimas de alegría que se acumularon en sus ojos.

—¿Y yo quién soy entonces…? ¿El conejo de Pascua? —se burla, cruzándose de brazos.

Elsa parpadea, sorprendida. Nadie, absolutamente nadie, había tenido la osadía de hablarle así. Mucho menos con ese tono burlesco. Para su horror siente cómo un leve sonrojo le calienta las mejillas.

Toc, toc, toc.

—¿Elsa? ¿Estás bien? —la voz de Anna llega desde el otro lado de la puerta—. Me pareció escucharte hablar.

Elsa respira hondo y lanza una mirada de advertencia al joven guardián, que solo le responde con una sonrisa traviesa.

—Si, Anna, todo bien —contesta Elsa, procurando que su voz suene firme—. Tenías razón… supongo que sí me siento un poco cansada. Con todo lo que está pasando en Arendelle… ¿por qué nunca me dijiste que una parte del reino aún piensa en mí como su reina?

—Elsa, no fue mi intención llamarte por esto. Creí que podía manejarlo sola y… —murmura Anna, con la culpa pintada en los ojos.

—Anna, somos hermanas —Elsa suaviza su tono, dejando caer parte del cansancio real que siente—. Si me necesitas, siempre estoy a una carta de distancia, lo sabes.

—¿Por qué la gente aun piensa que eres la reina? —interrumpe el joven, levantando una ceja, con curiosidad. Pero Elsa lo ignora por completo, igual que un mosquito molesto.

—Lo sé, pero aún debes descansar —insiste Anna, exhalando un suspiro frustrado.

—Lo haré, Anna…

—No finjas que no me estás escuchando. Créeme que puedo ser mucho más molesto que esto —refunfuña Jack, cruzándose de brazos mientras flotaba ligeramente sobre el piso.

—Hablamos en la mañana —cierra Anna, acercándose a la puerta con la intención clara de no discutir más.

Elsa intenta mantener la compostura, pero su mandíbula se tensa. A cada paso de Anna, Jack hacía un sonido distinto, como si estuviera probando cuál la sacaría más de quicio: desde un silbido agudo hasta golpecitos rítmicos en la pared.

¿Acaso se volvió loco? pensó Elsa, apretando los párpados mientras veía a su hermana rozar la salida.

Su fachada se rompió cuando Jack quedó a escasos cinco centímetros de su rostro y soltó un “¡Buh!” con una sonrisa traviesa. Elsa dio un pequeño grito ahogado y un respingo nada digno de la realeza; incluso se le erizó un mechón de cabello.

—¿Qué fue eso? —preguntó Anna, girándose bruscamente con los ojos abiertos como platos al escuchar el ruido.

—Nada —escupió Elsa demasiado rápido, mientras Jack se doblaba de la risa detrás de ella.

Pero la reina Anna no era tonta. Retrocedió hacia la habitación, cerrando la puerta con una lentitud sospechosa, como si presintiera que algo no estaba del todo bien con su hermana.

—Elsa… —dijo, clavando su mirada en su hermana—. ¿Estás segura de que estás bien?

Jack, aun riéndose, agitó la mano como si estuviera saludando a Anna… a pesar de saber que ella no podía verlo.

Elsa quiso desaparecer en el suelo.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

—¿Entonces me estás diciendo que hay un chico que te está hablando? ¿Algo así como la voz de Ahtohallan?

—No, no. Él literalmente está parado aquí.

Anna parpadeó varias veces, confundida. Se inclinó un poco hacia adelante, como si acercarse pudiera ayudarle a ver algo que sus ojos simplemente no captaban. Elsa, por su parte, tragó saliva; no era fácil explicar algo que ni ella terminaba de entender.

Jack, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, tenía una sonrisa burlesca pintada en la cara. Le divertía más de lo que debería ver a la Reina de las Nieves intentar justificar la presencia de un espíritu que, técnicamente, solo ella podía ver.

—Ella no te va a creer eso —murmuró Jack, girando el dedo alrededor de su sien como si insinuara que Elsa estaba loca.

Elsa rodó los ojos. —Te sorprendería lo que es capaz de creer.

Anna frunció el ceño. —Tienes razón… te creo.

Jack levantó las cejas, genuinamente sorprendido. —¿En serio? —dijo Elsa, igual de incrédula.

—Sí —respondió Anna con simplicidad—. Después de todo, contigo todo es posible. Y si tú dices que hay un chico aquí, entonces… hay un chico aquí. Pero —miró alrededor con cautela— ¿hay alguna forma de que pueda ver a este chico invisible?

Jack se cruzó de brazos. —Ella es simpática, me cae bien. Pero sigue sin poder verme, ella tiene que creer en mi para poder verme.

Elsa suspiró. —Él dice que tienes que creer en él.

Anna se enderezó, inspirando hondo, como si fuera a enfrentarse a una gran pelea. —Ah, tienes que creer para ver, ¿verdad? Está bien, puedo hacerlo.

La chica cerró los ojos, se sacudió los brazos y respiró profundamente, como si preparara su mente para algo extraordinario. Jack la observaba con expresión divertida, balanceando su bastón como si aquello fuera el mejor show del día.

Con cautela, Anna abrió los ojos… y no vio nada. Ni una sombra, ni un destello. Nada. Tras un suspiro derrotado, murmuró:

—Bueno… ¿y quién es él, de todos modos?

Jack levantó las manos; indignado.

—¿¡Cómo va a creer en mí si ni siquiera sabe quién soy!? —

—No molestes —Elsa rodó los ojos hacia él.

Anna la miró, confundida. —¿Elsa?

—No, no te estoy hablando a ti —aclaró Elsa rápidamente, sintiéndose ridícula por milésima vez—. Solo… respondo a su comentario.

—Ah… —Anna la observó con una mezcla de preocupación —. Está bien. Entonces… ¿quién es?

Elsa respiró hondo para ordenar sus ideas. —Es Jack Frost. Guardián de la diversión. Tiene…—hizo un gesto con la mano describiendo una altura aproximada—…esta estatura, cabello blanco, ojos azules…

Jack se interrumpió a sí mismo, señalándose con orgullo:
—E increíblemente guapo. No olvides eso.

Elsa cerró los ojos un segundo. —No, no eres increíblemente guapo —refunfuñó en voz baja.

—¡¿Cómo qué no?! —protestó Jack, ofendido.

Anna frunció el ceño. —Elsa… estás discutiendo sola otra vez.

—No, estoy hablando con él —corrigió Elsa, señalando a Jack… aunque para Anna no había nada allí.

Anna enarcó una ceja, todavía sin ver a nadie.
—Bueno… entiendo la descripción, supongo, pero… ¿algo más?

Jack se inclinó hacia Elsa con una expresión expectante.
—Mis poderes. ¡No olvides mis poderes de hielo!

—Ah, sí —dijo Elsa con resignación—. Tiene poderes de hielo.

Eso sí llamó la atención de Anna.

—¿¡Tiene poderes de hielo!? —preguntó sorprendida, mirando a su alrededor como si eso pudiera ayudarla a detectar al intruso invisible.

—Bueno, bueno… dame un momento —dijo Anna, levantando ambas manos como si necesitara absoluto silencio.

Cerró los ojos con fuerza, frunciendo el ceño y respirando hondo, como si estuviera invocando algo. Elsa al igual que Jack la miraban expectante.

—Vamos, Anna… —murmuró Jack, solo audible para Elsa—. Cree en mí, tú puedes.

Entonces los abrió.

Y lo vio.

Ahí estaba: un chico de cabello blanco, ojos azules y postura despreocupada, apoyado en un bastón helado.

Anna dio un brinco hacia atrás.
—¡Por los cielos… si existe!

Jack sonrió triunfal. —Un gusto conocerla, Su Majestad.

Anna lo observó de arriba abajo, incrédula… y entonces se inclinó hacia Elsa, acercando la mano para cubrirse la boca y susurrar:

—¿Por qué dijiste que no es guapo? —preguntó en voz bajita, mientras le daba un codazo juguetón en el costado.

Elsa se atragantó con el aire. —¡Anna!

Jack arqueó una ceja, divertido. —Ajá… ¿ves? Te dije que sí soy guapo —dijo él, señalándose con descaro.

—¡No empieces! —protestó Elsa, poniéndose roja sin razón aparente.

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Ambos miembros de la realeza de Arendelle decidieron dejar todo aquello para la mañana siguiente. El descubrimiento de la existencia de Jack Frost dejaría cansado a cualquiera.

Como el espíritu no necesitaba descanso alguno, decidió salir y explorar un poco más aquel imponente castillo. No encontró nada realmente interesante… salvo una gran ventana que daba directamente al cielo, cubierto de miles de estrellas como espectadoras, y con la luna siendo la protagonista de un magnífico espectáculo.

El joven guardián no perdió tiempo y se sentó en el barandal, observando la luna.

Miró hacia el cielo y, en silencio, pidió algún tipo de señal que le dijera qué hacía en Noruega y por qué era tan importante conocer a la Reina de las Nieves.

Como tantas veces antes, no obtuvo respuesta alguna de aquella gran roca brillante que lo observaba en silencio desde lo alto.