Chapter Text
—Hoy no sales del territorio —dijo Sesshomaru, rompiendo el silencio.
—No pensaba hacerlo.
—No te lo pregunté.
Inuyasha apretó los labios.
—¿Hasta cuándo? —preguntó, sin alzar la voz.
Sesshomaru lo miró de frente.
—Hasta que vuelvas a pensar con claridad.
—Yo pienso—
—No —interrumpió—. Sobrevives. No es lo mismo.
Tōga apoyó el cuenco con un golpe suave pero definitivo.
—Sesshomaru tiene razón —dijo—. Durante un tiempo, no decides solo.
Inuyasha bajó la cabeza.
—Entendido.
Inuyasha estaba en la sala cuando sintió la energía antes de escuchar los pasos. Tōga se detuvo a unos metros de él. No llevaba prisa, ni el ceño fruncido. Aun así, el ambiente cambió de inmediato.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Inuyasha tardó un segundo en responder.
—Bien —dijo al final.
Tōga no contestó de inmediato. Lo observó con atención, deteniéndose en la rigidez de su postura, en cómo evitaba apoyar del todo el peso del cuerpo.
—Eso no suena muy convincente —dijo con calma.
Inuyasha bajó la mirada.
—Estoy… cansado.
Tōga asintió, aceptando la respuesta sin insistir más, pero tampoco creyéndola del todo.
—Hoy voy a salir un rato, cosas de la oficina —dijo—. No tienes nada pendiente. Quédate tranquilo.
—Sí, padre.
Antes de irse, Tōga apoyó una mano firme sobre el respaldo del sillón, cerca de él.
—No hagas nada imprudente —añadió—. Descansa.
Inuyasha asintió otra vez. La puerta se cerró poco después. La casa quedó en silencio.
Inuyasha se movió con cuidado por la sala, luego por el pasillo y finalmente en su cuarto, como si cada paso requiriera más concentración de la normal. Terminó recostándose en la cama, mirando el techo. No estaba pensando en huir. No estaba pensando en pelear. Pero solo era porque le pesaba todo. El desayuno. Las miradas. Lo que no había dicho.
Cerró los ojos un momento, respirando hondo.
—Esto se va a caer… —murmuró, más como certeza que como queja.
El tiempo pasó lento. Demasiado. Cuando escuchó la puerta abrirse, ya estaba preparado para que algo cambiara.
Sesshomaru entró sin hacer ruido. Se detuvo al verlo recostado y no dijo nada al principio. Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla.
—Padre ya salió —dijo finalmente.
—Sí —respondió Inuyasha.
—Desapareciste —dijo Sesshomaru.
Inuyasha apretó las manos sobre sus piernas.
—No fue mi intención preocuparlos.
—Eso no importa —respondió Sesshomaru con firmeza—. El resultado es el mismo. —Dio un paso más cerca. Inuyasha apretó los puños—. Voy a ser directo. A partir de ahora, no sales sin avisar. No te desapareces. Y no decides solo cosas que claramente no sabes manejar.
Inuyasha se incorporó con esfuerzo y se sentó.
Sesshomaru se quedó de pie frente a él.
—Escucha bien —dijo—. Lo de hoy no termina con el castigo ni con lo que dijo padre.
—Lo sé.
—A partir de ahora, no voy a cubrirte —continuó Sesshomaru—. No voy a mirar hacia otro lado ni a suavizar las cosas. Si haces algo que no debes, lo sabrá.
Inuyasha tragó saliva, entonces levantó la vista.
—Lo sé.
—No —corrigió Sesshomaru—. Lo estás aprendiendo.
El silencio se tensó.
—No te estoy pidiendo explicaciones ahora —añadió—. Pero a nuestro padre se las vas a dar. Todas.
Inuyasha asintió despacio.
—Está bien.
Sesshomaru lo observó unos segundos más.
—No me pongas en la posición de tener que dudar de si estás bien —dijo—. No otra vez —sentenció ya en la puerta.
Inuyasha se quedó solo, con el pecho apretado, sabiendo que ya no había margen para seguir fingiendo.
Después de una siesta, se permitió evaluar su entorno. El silencio era distinto al de la mañana; no era opresivo, sino expectante. Tōga había salido hacia la oficina y Sesshomaru a la universidad. La casa se sentía grande y tranquila.
Se movió con cuidado por la sala, disimulando la torpeza en sus pasos para que el ardor en el trasero no lo traicionara. Sacó un cuaderno de notas y repasó líneas de ecuaciones que le resultaban lejanas. La idea de salir a entrenar lo tentó, pero recordó la orden directa de sus Alfas de no cruzar el territorio.
En lugar de eso, decidió no dar una sola razón de queja. Si querían ver que estaba «bien», les daría exactamente eso. Recogió la sala, organizó estantes y limpió la cocina. Al mediodía preparó algo ligero, cuidando de no dejar desorden. Por la tarde repasó apuntes, convencido de que su plan era perfecto: si demostraba estar ocupado, ser útil y no causar problemas, probaría que no era una carga.
Cuando escuchó la puerta principal abrirse al caer la noche, Inuyasha no se alteró. Se levantó despacio del sillón, ajustó su postura para verse firme y los recibió con una calma ensayada.
—Has estado ocupado —dijo Sesshomaru, dejando la chaqueta sobre una silla.
—Sí… intentando ponerme al día —respondió Inuyasha, ofreciendo una sonrisa leve.
Tōga le dio un apretón cálido en el hombro.
—Me alegra ver que usaste bien el tiempo. Voy al despacho a dejar unos documentos y vuelvo.
Inuyasha aflojó los hombros por dentro, satisfecho. Lo había logrado. Los había convencido.
En el despacho, la puerta se cerró y el ambiente cambió de inmediato. Sesshomaru se cruzó de brazos, apoyándose contra el escritorio de su padre.
—Está actuando —dijo en voz baja—.
Tōga dejó su maletín sobre la madera y se giró para mirarlo.
—Se comporta demasiado bien —continuó Sesshomaru, entornando los ojos—. Limpió la casa, revisó sus cuadernos, guardó el desorden y nos recibió con una sonrisa calculada. Inuyasha jamás es así de dócil ni de complaciente.
—Lo sé —suspiró Tōga, apoyando las manos en el escritorio—. Se está esforzando por parecer el hijo perfecto porque cree que su lugar aquí depende de qué tan útil o poco molesto sea.
—Cree que nos convenció —añadió Sesshomaru—. Piensa que si demuestra un comportamiento impecable, no habrá más reclamos ni preguntas. Está intentando comprar su permanencia con obediencia.
—El castigo físico de ayer le dejó clara la línea de su imprudencia —dijo Tōga con voz grave—. Pero no le quitó el miedo a ser una carga. Como su Alfa y su padre, no voy a acorralarlo hoy. Dejemos que crea que su actuación funcionó mientras recupera un poco de paz.
—¿Qué tan duro fue el castigo? —preguntó Sesshomaru, directo.
—Lo suficiente. No más de lo necesario —respondió Tōga—. Pero corregir su desobediencia no arregla la idea de que tiene que rendir cuentas como si fuera un desconocido ganándose un sitio.
—No permitiremos que siga pensando que tiene que pagar su lugar con buena conducta —afirmó Sesshomaru.
Tōga asintió, orgulloso de la determinación de su heredero.
—Mañana la exigencia será otra.
Un rato después, Tōga se detuvo en el umbral del cuarto de Inuyasha. El menor estaba sentado al borde de la cama, perfectamente erguido, proyectando una tranquilidad y una disposición impecables.
—Sesshomaru me dijo que hablaste con él —dijo Tōga.
—Sí. Todo en orden —respondió Inuyasha de inmediato, con una corrección que no le pertenecía.
Tōga lo observó en silencio, sintiendo el peso de esa obediencia ensayada.
—No voy a presionarte hoy —dijo Tōga, manteniendo la voz neutra para no delatarlo—. Pero necesito que hablemos. Quiero saber si entiendes lo que pasó.
Inuyasha bajó la mirada, sosteniendo su postura ejemplar como si fuera su único escudo.
—No del todo… pero ya no quiero dar problemas. Voy a hacer las cosas bien, padre.
—Hacer las cosas bien no significa actuar como si tuvieras que pedir permiso para respirar en esta casa —contestó Tōga, sin desmontarle la ilusión por completo esta noche—. Mañana seguimos. Hoy descansa. De verdad.
No fue una orden. Tampoco un consuelo. Fue un punto y aparte.
