Chapter Text
Desde la parte baja de mi columna, una sensación helada trepa hasta mis hombros. Como si el frío se transformara en raíces y fuera yo su suelo, creciendo desde la tierra hacia mi cuello.
—Hasta donde sé, si no nos matan los demonios, el frío lo hará. Echa más leña.
—¿Estás s—seguro?— tiemblo involuntariamente—, porque el veneno puede matarnos más pronto, cuando lleguen buscando las lla—llamas— pero cuando empiezo a sentir un hormigueo en los dedos mientras hablo, maldigo por lo bajo sin esperar su respuesta y arrojo un pedazo grande de madera al fuego improvisado que hemos armado.
—No creo que importe— con un movimiento, clava el filo de su cuchillo en la tierra húmeda y procede a beber el contenido de su taza. Casi puedo leerle el pensamiento: “puede que no pasemos de esta noche de cualquier modo”.
Cuando vierto más agua caliente en su taza, el vapor que despide el té me provoca un suspiro involuntario; el sonido se extingue en la espesura del bosque y deja en su lugar la terrible quietud anormal del más allá.
—Sólo necesitamos cruzar la puerta —digo, en mi terquedad para romper el silencio—. Después de eso, el camino se va a liberar y nada más tendremos que matar lo que sea que se nos ponga en frente. Eso es lo que ella dijo—. Ella. Tiemblo. Me envuelvo con mis propios brazos y masajeo mis antebrazos—. No— no acepto lo que me ofrece—. Tengo la mía, ¿recuerdas? —se le forma una media sonrisa, que pronto se desvanece.
Sabe por qué no la saco de mi bolso, la cobija. Estoy demasiado asustada como para usarla, y luego tener que luchar para salir de ella y apuñalar con prisa lo que sea que nos ataque de improviso.
En cualquier momento.
La ansiedad es siempre involuntaria.
“¿Sientes eso?”, pienso. “Es la muerte que viene a reclamarnos”.
Quisiera decir algo más, lo que sea, con tal de romper esta quietud enloquecedora, pero estoy muy cansada. Del mundo, del tiempo contenido en los últimos diez días. Como si hubiera envejecido un año en poco más de una semana.
Él se da cuenta de que mis nervios ya han drenado lo que me quedaba de energía; tiene un don para saber cómo me siento.
Mira a mis espaldas, a los arbustos puntiagudos de colores rojizos, los árboles altos en quietud, los ramajes bajos y tupidos que pueden esconder cualquier cosa.
—Intenta dormir, voy a vigilar por ahora —extiende después la bolsa de dormir y da pequeñas palmaditas sobre su superficie felpuda. Se siente como cuando una persona tienta a su perro a subirse a una cama; me es difícil negarme —. Descansa, vas a ayudarme cuando tus músculos recuperen algo de energía —me presiona con su movimiento de ojos, y le dejo ganar. Sólo porque mis oídos ya no soportan el extraño silencio de este lugar.
—Bueno —me recuesto, sintiéndome protegida por mi hermano una vez más.
Me pregunto si es así como a nuestra madre le habría gustado vernos. Sosteniéndonos el uno al otro, en el fin del mundo.
