Actions

Work Header

Navidad (In)Completa

Summary:

Manuel quería pasar navidad con Lautaro, pero él había elegido a Santiago. O donde Manuel se enoja porque tenía algo planeado en su cabeza y se había arruinado.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Las vísperas de navidad estaban siendo extrañas, nada se sentía como siempre pero aún así trataban de ponerle voluntad, iban a hacer streams hasta el último día, organizando sorpresas para su público, pensaban festejarlo lo más que pudieran. Después de un año difícil, con demasiado estrés y fallos… Querían terminarlo bien. 

Decir que el departamento era un desastre era poco, eran aproximadamente las tres de la tarde cuando se levantaron, así que después de comer algo comenzaron a movilizarse, vieron qué ropa se iban a poner esa noche y organizaron algunos regalos a último momento. Santiago había entrado a bañarse mientras Manuel y Moski se tiraban un rato en el sillón, viendo uno de esos canales de deportes al que no le estaban prestando tanta atención.

El pelinegro se rascaba las manos y cada tanto se llevaba los dedos a la boca para mordisquear la piel alrededor. Su mamá le había dicho que esperaba a Moski para pasar navidad con ellos, el lunes, estaban a miércoles por la tarde y todavía no le había dicho nada. Primero, porque asumía que obviamente iría con él, no existía razón para que se negara, y segundo, porque venía con una idea desde hace demasiado tiempo y había decidido que navidad era el momento perfecto para cumplirla. 

Lautaro siempre había sido un sostén para él, su lugar seguro, y los últimos días había estado acompañándolo tanto, en la previa a la pelea, haciendo pijamadas como él quería, escuchando todas sus inseguridades, no lo dejaba solo ni un momento y a Manuel le explotaba el corazón de amor. Lo amaba, lo supo con exactitud desde que lo vio llegar a Argentina, pero luego de Dubai ese amor había mutado.

O tal vez siempre fue así, sólo que se dio cuenta una vez que lo perdió. Sacudió su cabeza, no quería pensar en eso, lo importante era que lo había recuperado y no lo dejaría irse de nuevo.

—Dejá de morderte los dedos, Manuel— retó el rubio, estirando sus piernas y mirando la pantalla de su teléfono.

Manuel salió de su nube de pensamientos y lo miró, era ahora o nunca.

—Gordo, hoy pasamos navidad con mi mamá, hizo chocotorta para vos.

Lautaro inmediatamente frunció el ceño y dejó su celular a un costado, mirándolo como si no entendiera.

—Pero yo lo paso con la familia del Baulo— respondió, girándose levemente en el sillón.

«¿Cómo?»

—Pensé que sabías. Aparte mira cuándo me avisas, obvio que hice planes, cabeza de chorlito— agregó.

Manuel se relamió los labios y asintió lentamente. Se había arruinado todo, ¿ahora que hacía con los 15 muérdagos que compró para decorar la casa de su mamá? Se sentía impotente, podría haberle dicho antes y lo tendría sólo para él, pero no lo hizo. Y ahora Santiago se lo había arrebatado.

—Bueno dejá, quedate con el Baulo entonces.

Se levantó del sillón y caminó directamente a su habitación, justo Santiago salía del baño con una toalla en los hombros y un short deportivo, el pelo húmedo le caía en la frente. Al verlo venir casi echando humo el castaño lo miró con las cejas alzadas, en una pregunta implícita, pero Manuel sin dudarlo lo esquivó y azotó la puerta de la habitación.

A los segundos Bauleti llegó al living, desconcertado, Lautaro estaba sentado y tenía una mano agarrándose la cabeza, no entendía nada.

—Eh, ¿qué pasó? ¿Se levantó con la tanga cruzada? Me miró como si me odiara— habló, inmediatamente Moski lo miró y rodó los ojos.

—Es un boludo, se enojó porque paso navidad en tu casa.

Santiago abrió la boca soltando un “ahhh” casi silencioso, ahora entendía, y no le parecía raro, su amigo era un celoso de primera, principalmente del rubio.

—Y bueno gordo, el que se fue a la villa perdió su silla.

Él no se preocupaba, sabía que era un capricho y se le iba a pasar pronto, eran solamente un par de horas en las que no se verían ya que después de doce iban a juntarse los tres para salir. Además, de alguna forma entendía ese vínculo extraño entre Manuel y Lautaro, los tres eran mejores amigos pero entre ellos dos la cosa era diferente, había una mezcla de celos, posesividad, algo de “ocupar un lugar especial” en la vida del otro. Santiago había aceptado que aunque los amaba y ellos lo amaban de vuelta, jamás iba a estar en primer lugar, siempre iban a ser primero el uno para el otro. 

Excepto hoy, Moski se iría con él a pasar noche buena y ya podía imaginarse una navidad muy particular.

 

 

[...]

 

 

Las horas habían pasado, Manuel se sentía más tranquilo pero no pudo evitar bajonearse por su plan fallido. Después de enojarse se tiró en la cama y aplastó la cara en la almohada, se dio cuenta de que era su culpa, no de Lautaro, no de Santiago. Le debería haber avisado antes sobre la cena de navidad. 

Ahora le tenía que avisar a su mamá, quien seguramente los esperaba ansiosa, Moski era como su segundo hijo. 

Un golpe en la puerta de su habitación lo sacó de sus pensamientos, era él, reconocía esos golpecitos.

—Manu… Voy a pasar— avisó.

Así era siempre, ellos no preguntaban. La puerta se abrió y Lautaro entró, escaneándolo rápidamente con la mirada para saber si seguía enojado, pero lo vio con una expresión relajada, la comisura de sus labios se elevó suave al verlo y supo que estaba todo bien.

—Eu… Perdón por no poder ir hoy— se disculpó, acercándose a la cama donde su amigo estaba recostado y se sentó al lado. —Ya le voy a mandar un mensaje a Andre, no quiero que se sienta mal.

—Ah, ¿y yo? ¿sí me puedo sentir mal?

El rubio soltó una risita y rodó los ojos.

—Sos un exagerado, encima es tu culpa— dijo, estirando su mano para pincharle el pecho con su dedo índice.

—¿Mi culpa?— respondió, haciéndose el indignado.

Su mano fue hacia la del menor en su pecho y la envolvió con la suya más grande. Cálido, un cosquilleo los atravesó a ambos.

La risa de Moski fue disminuyendo hasta que quedó en una suave sonrisa plasmada en su boca, en la de Manuel también. De repente el aire se hizo más denso, palpable, como si una nube los rodeara. Lautaro se permitió reposar su mano y abrió su palma, dejando un suave cariño en su pecho. El pelinegro sin poder evitarlo bajó su vista a esos labios rojizos y rápidamente volvió a sus ojos, con miedo de que él lo note, pero cuando lo miró se dio cuenta de que esos ojos marrones también estaban sobre su boca.

El menor fue el primero en romper esa burbuja.

—Sí, tu culpa— el rubio deslizó su mano del agarre y la trajo a su regazo, nervioso. —Por no avisarme antes.

—Venite conmigo igual, dale— pidió, formando un puchero en sus labios.

—No, gordo, ya quedé con Santi y su familia… ¿Tanto vas a sufrir por unas horas sin mí?— respondió tratando de molestarlo.

Manuel lo observó, esos cachetes rosados y las muecas que hacía cuando estaba nervioso, a esto se refería con que no podía más, se sentía como si fuera un imán y Lautaro su polo opuesto, lo atraía con una fuerza inimaginable.

—Sí— confesó.

Lautaro lo miró de nuevo, esperando la carcajada pero sus ojos verdes le gritaban que estaba diciendo la verdad. Y le dio miedo.

—Bueno me voy a cambiar, que en un rato hay que salir.

Se levantó torpemente de la cama y dándole una última sonrisa nerviosa salió casi huyendo de la habitación. Manuel mordisqueó su labio inferior ansioso y se quedó mirando la puerta cerrada, ¿qué iba a hacer con todo esto? 

Se levantó también para darse una ducha y cuando menos pudo darse cuenta ya se encontraba cambiado, frente al espejo echándose algunos splash de perfume antes de salir. Los chicos se habían ido momentos antes a la casa de los Baietti y la casa se sintió gigante sin ellos, esperaba de verdad poder pasarla bien con su familia y dejar de sobrepensar su relación con Lautaro.

 

 

[...]

 

 

El timbre sonó y al instante tuvo a una mujer apoyada en el marco de la puerta con el ceño fruncido, no tuvo que pensar demasiado para entender la razón por la que su madre lo recibía así.

—¿Por qué no me trajiste a Lauti? Te dije que lo invitaras, ya me mandó mensaje avisándome— habló ella, con una mano en la cintura.

Manuel suspiró y se acercó, dejando un beso en la frente de su querida madre antes de pasar por su lado y entrar a la casa.

—Hola ma, qué lindo recibimiento.

—Sí, sí, estoy feliz de que hayas venido, pero los esperaba a los dos— agregó ella, cerrando la puerta y caminando atrás de su hijo, palmeándole los hombros.

Lo veía un poco decaído y no era tonta, sabía que la razón era la ausencia de ese rubio que era tan especial en su vida, incluso para toda la familia, haberlo tenido viviendo bajo el mismo techo por tanto tiempo lo convirtió en otro miembro más de la familia, pero según le comentó el menor, Manuel le había avisado tarde. No quiso meter más el dedo en la herida por lo que, buscando distraerlo, lo mandó a que la ayude a preparar los últimos detalles para la mesa. 

Y lo logró.

De repente el pelinegro se encontraba riéndose, sentado luego de cenar, la música alegre de fondo lo animaba y los vasos de alcohol que tomó también. Su celular vibró en su bolsillo y rápidamente lo tomó para mirarlo.

 

MOSKI

 

Cómo están por allá?? Acá charlita con la nona

 

 

Manuel soltó una risita y sus dedos se movieron rápido para tipear una respuesta.

 

 

JAJAJAJA y? ya te pregunto por la novia?

aca bien tomando algo

ustedes?

 

 

Callate que no tomé nada

Estoy haciendo buena letra con la flia

 

 

«Si hubieras venido conmigo estaríamos tomando algo juntos» quiso decirle, pero se lo guardó. 

Una notificación de un tweet de Santiago apareció en su bandeja e inmediatamente lo abrió. Era una foto de Lautaro apoyado en la pared, con el celular en la mano, a unos metros estaba la abuela de Baulo sentada. Inmediatamente volvió a abrir Whatsapp y le escribió.

 

q haces ahí parado cargando el celular

JAJAJAJAJAJA

 

 

Que?

Uhhh, Bauleti hijo de puta

 

 

Se mordió el labio inferior aguantando la risa y volvió a abrir la foto, apretando los tres puntitos y descargándola en su celular rápidamente, se imaginaba que Santiago la iba a borrar y el rubio salía demasiado lindo en esa foto como para perderla. Levantó la vista del teléfono y miró a todos en la mesa, cuánto deseaba que estuviera ahí con él, riéndose juntos, tomando algo, a lo mejor podría rozar sus manos sin querer abajo de la mesa y ver cómo esos cachetes enrojecían.

Su celular volvió a vibrar en su mano y con un suspiro abrió nuevamente el chat de su persona favorita.

 

 

Listo, ya borró 

 

 

deja el celu y anda a disfrutar moskita

 

 

Ah dale, me echaba 👍🏻

 

no lauti

nunca te echaria a vos

 

 

Escribió un apresurado “te extraño” que rápidamente borró y que obviamente no mandó, no podía ser más ridículo, habían pasado menos de tres horas desde que se vieron, definitivamente estaba muy hundido por él. Pensó de nuevo en cómo todo se había arruinado, había comprado muérdagos para colocar en diferentes puntos de la casa, pensaba expresarle lo que sentía, abrir su corazón como el mismo rubio varias veces le pidió que haga, la tonta excusa del muérdago tal vez le iba a permitir robarle un beso, probar esos labios finos y rojizos que tanto admiraba cada vez que podía. 

La voz de su madre anunciando el postre llamó su atención y comieron tranquilamente entre charlas, al llegar las doce brindaron y se acercó a abrazar a su familia, pero principalmente a su mamá, la cual lo rodeó con fuerza y acarició su espalda con cariño. Sintió que podía llorar pero se aguantó, al alejarse ella le agarró las mejillas.

—Te amo mi Manu, hace siempre lo que sientas, no te me apagues, ¿si?— lo miró con dulzura y lo acercó para darle un beso en la frente.

Cerró los ojos y asintió con la cabeza, respondiendo con un «Yo también te amo» en tono bajo.

Después del ida y vuelta de saludos se acercó a la ventana, se sacó una foto y la subió a Twitter para desearles una feliz navidad a sus seguidores. Estaba muy sensible últimamente, luego de la pelea, otro año más que terminaba, todo lo que habían logrado a nivel profesional, Lautaro; eran tantas cosas que sentía un picor en los ojos y un pequeño nudo en la garganta. Además del alcohol que a veces lo sensibilizaba todavía más.

En medio de todo eso comenzaron a llamarlo para abrir los regalos, el pecho le dio un vuelco cuando vio una bolsa con el nombre de su amigo. Miró a su mamá inmediatamente y esta le guiñó un ojo. 

Aprovechando nuevamente su rencor del día, volvió a tomar su celular y tomándole fotos al regalo las subio también a Twitter, etiquetando al rubio y expresándole lo enojada que estaba su mamá de que no haya ido, claro, en realidad no era su mamá, ella había entendido perfectamente su ausencia, era él el que estaba resentido. Moski respondió exponiéndolo y no pudo evitar reírse, es que sí, era su culpa, su propia culpa arruinar su navidad ideal y su confesión.

Lo iba a ver en menos de una hora y no sabía qué hacer, siempre podía hablar con él en el boliche pero no quería, no era lo que había planeado, Lautaro se merecía algo intencionado, lindo, tierno, igual que lo era él. Y no decirle ya no era viable, no podía aguantar estar un segundo más a su lado como un amigo, se le iban las manos por tocarlo, necesitaba decírselo. Y si había un rechazo… Lo iba a tratar de entender, aunque algo en su interior le gritaba que Lautaro se encontraba igual que él.

En redes Bauleti también publicó fotos, de ambos juntos, sonrientes, y otra punzada de celos lo atravesó, no podía controlarlo. Se despeinó y se volvió a peinar en un acto de ansiedad y miró el muérdago que había dejado en medio de la sala, de camino al comedor. Y de repente… fue como si una lamparita se encendiera sobre su cabeza. En un impulso agarró el muérdago y fue directo a saludar a su familia, dando la tonta excusa de que salían antes de lo planeado. Con la decoración en mano se subió al auto y arrancó.

Directo hacia la casa Baietti.

Mientras tanto allí se encontraban todos charlando, habían intercambiado regalos y Moski se sentía bien, los conocía pero nunca había compartido mucho tiempo con ellos, excepto un par de semanas atrás cuando fueron a almorzar un domingo. Habían cenado y todo estaba bien, pero algo le faltaba… Alguien mejor dicho. No tuvo que ahondar demasiado en sus pensamientos para entender que le hacía falta su ojiverde favorito, de hecho se sentía un poco culpable de no haber ido con él a festejar navidad, realmente le hubiera gustado pero Lautaro no era una persona que faltara a su palabra, y ella estaba con la familia Baietti.

Agarró su celular y miró el último mensaje que le había dejado hace un par de horas, no se habían saludado por navidad porque iban a verse y suponía que allí podría darle un abrazo, sin ese pánico que solía darle el contacto físico con él. No porque no quisiera, al contrario, pero le daba demasiado miedo cruzar una línea que luego termine afectando su amistad, después de todo Manuel solía bromear con darle un beso, tocarlo y ese tipo de cosas, ¿y si no era algo más que una simple broma?

Se encontraba mucho más negado al contacto físico luego de su regreso de Dubai por esa misma razón. Antes lo había permitido pero ya no estaba tan dispuesto a exponer su corazón a un simple jugueteo.

—Moska, ¿todo bien?— preguntó Santiago, apoyando una mano en su hombro.

El rubio volvió rápidamente de su mar de pensamientos y le sonrió suave.

—Sí, sí, estoy bien— asintió.

Bauleti no le creyó, ni un poco. Hacía como quince minutos se había quedado mirando la copa de sidra en la mesa como si fuera lo más interesante del mundo, claramente que algo estaba maquinando en esa cabeza.

—No me chamuyes que te conozco, gordo.

Lautaro lo miró y frunció la nariz. Claro que lo conocía, era su mejor amigo.

—Nada, es que me siento un poco culpable por lo de Manu— dijo.

Era verdad, pero no toda la verdad.

 

 

 

[...]

 

 

 

Afuera, Manuel ya se encontraba allí, parado frente a la puerta de la casa de la familia de Santiago, aproximadamente hace cinco minutos y todavía no se había acercado a tocar el timbre. Con las manos juntas en su espalda y el muérdago en ellas, apretujado por la ansiedad, no sabía qué hacer.

Pensó en tocar el timbre, pero, ¿y si salía algún miembro de la familia? Se arruinaría todo su plan. Pensó también en mandarle un mensaje, aunque podría no verlo, a veces Lautaro era demasiado colgado con los mensajes y respondía horas después, dejándolo ahí esperando, mirando la pantalla cada dos segundos.

Y de nuevo estaba sobrepensando, así que respiró profundo y apoyándose en el valor que le daba el alcohol en sangre mandó un mensaje, corto y conciso.

 

 

salí a la entrada

 

Eh?

Qué hacés 

 

 

salí q te espero

 

 

Dentro de la casa el rubio vio el mensaje y de repente se le aceleró el corazón, era temprano, todavía no iban a juntarse para salir, ¿por qué estaba ahí? Y en todo caso, si algo había pasado, ¿por qué no mandaba mensaje al grupo que tenían en vez de al privado? Sintió que la sangre iba toda a su rostro y se levantó de la mesa, Santiago lo miró raro, estaban hablando y de la nada miraba el celular y se iba.

Murmuró un «Ya vengo» y salió directo hacia la entrada, el castaño decidió no perseguirlo y se prometió que más tarde le preguntaría, a Lautaro no le gustaba que lo presionaran y él no lo iba a hacer ese día, mucho menos siendo navidad.

Moski llegó rápido a la puerta y con el pulso acelerado la abrió, ahí estaba Manuel, parado, con un tonto gorrito de navidad que extrañamente lo hacía ver muy lindo.

—Manu… ¿qué pasó? ¿Qué hacés acá?— murmuró, mirándolo con las cejas levantadas.

El pelinegro sintió caer sobre sus hombros todo el peso de lo que estaba a punto de hacer. El muérdago en sus manos le picaba la piel por lo que estiró su mano en un impulso y lo enganchó en el marco superior de la puerta, donde casualmente había otros adornos que quedaron cubiertos levemente.

Lautaro levantó la vista y vio el muérdago, su corazón golpeó fuerte contra su pecho, volvió rápido la vista a los ojos verdes, buscando algo, una explicación racional y no la que sus profundos deseos lo hacían imaginar.

—Me cansé de fingir que todo es una joda— habló directo, tal vez culpa de los vasos que tomó en su casa, tal vez por tener el pecho explotado de sentimientos.

Jamás le había pasado algo así con alguna mujer, nadie le había hecho sentir lo mismo que él.

—¿De qué hablas?

—De nosotros, Lau, quería decírtelo hoy… pero como no fuiste tuve que traer el muérdago hasta acá— confesó, mordisqueando ansiosamente la piel de su labio inferior.

Moski se quedó en silencio, escuchaba su corazón en sus oídos y no podía entender si lo que estaba viviendo era un sueño porque se había quedado dormido en la mesa o realmente Manuel estaba ahí, diciéndole esto, a él.

—Manuel, si me estás haciendo una broma te juro que no te voy a hablar nunca más en tu vida— amenazó, mirándolo con los ojos abiertos de más.

Se veía tan tierno que el morocho se pasó la mano por el rostro, tratando de aguantar cualquier movimiento impulsivo.

—No es una broma, tontito.

Manuel dió un paso más cerca y Lautaro retrocedió por reflejo, pero su espalda chocó con la puerta que se había cerrado detrás suyo sin darse cuenta, deteniendo cualquier intento de alejarse. El pelinegro lo miró con emociones contenidas, no sabía si lo que estaba haciendo estaba bien o mal, si con esto arruinaría todo, pero tenía que intentarlo, Lautaro no era un capricho, era la persona que amaba, la que lo volvía loco.

—¿Sabés qué significa.. que dos personas estén abajo de un muérdago?— preguntó bajito.

Una pequeña sonrisa nerviosa se formó en los labios finos del rubio y Merlo apoyó sus manos en la puerta, a cada lado de su cabeza, acorralándolo allí.

—No— murmuró a propósito, observando esos ojos verdes y luego bajando a sus labios, esos que una vez Manuel le dijo que podrían envolver los suyos; esa noche no había podido dormir pensando en cómo serían sus besos.

El mayor se relamió los labios e inspiró por la nariz, cómo le encantaba provocarlo.

—¿Ah no? Significa que ambas personas se tienen que besar— su mano se elevó y tomó el mentón del rubio, quien tragó saliva en un gesto nervioso.

—¿Y? 

—Dios, dejá de hacerte el desentendido, Lautaro— gruñó impaciente, y sin pensarlo mucho tiempo más agarró la nuca del contrario y lo atrajo, atrapando su boca en un beso desesperado.

Lautaro suspiró sobre sus labios y las manos en sus costados pasaron inmediatamente al cuello de su amigo, rodeándolo con nervios y entusiasmo al mismo tiempo. La mano libre del pelinegro bajó a su cintura, atrapándola con suavidad y atrayéndolo más a sí mismo, mientras tanto su boca se movía lentamente sobre la contraria, en un contacto que erizaba cada parte de su cuerpo.

Los dedos de Manuel recorrieron su cuello hasta llegar a su mentón, donde el pulgar hizo una leve presión, provocando que Moski abriera su boca de inmediato, profundizando el beso. Lo tenía acorralado contra la puerta y sus cuerpos pegados como imanes, no le importaba si estaban en plena vereda, tampoco si pudiera verlos alguien por la ventana, sólo le importaba Lautaro.

Su boca se entreabrió y succionó el labio inferior del menor, el rubio suspiró en respuesta y finalmente Merlo tomó una humilde distancia de apenas dos centímetros. Depositó un beso corto y apoyó su frente contra la suya.

—La próxima vez que me dejes por otro…— advirtió, su voz plana pero sus ojos tenían ese brillo divertido.

—¿Qué? ¿También me vas a venir a buscar para darme un beso?— respondió con una sonrisa peleadora.

—Sos un pendejo de mierda.

Se miraron por unos segundos y cuando Lautaro no pudo mantenerla por más tiempo bajó la vista hasta su collar.

—Feliz navidad, Manu— susurró, acariciando torpemente el cuello de su remera.

—Feliz navidad, mi amor, no sabés lo mucho que te quiero…— respondió, envolviéndolo un poco más con sus brazos.

Moski soltó una risita y todos los nervios en su pecho se convirtieron en emoción, se dejó abrazar y se acurrucó aún más contra su pecho, tanto tiempo que había estado esperando por estar así con él, no entendía qué había pasado pero lo agradecía infinitamente, porque estaba seguro de que él personalmente jamás se hubiera animado a hacer algo así, aunque tuviera que morirse de amor como lo estaba haciendo. 

—Yo también, mucho— habló en medio de un suspiro.

Manuel se separó y acarició con suavidad sus mejillas coloradas. Los ojos verdes brillaban en una admiración y amor tan transparente que Lautaro con el agarre en su remera lo atrajo para otro pequeño beso, ambos suspirando satisfechos por sentir nuevamente ese contacto.

—Bueno, vamos adentro antes de que alguien salga y nos vea— murmuró el rubio.

El contrario asintió y aunque sin ganas, pusieron distancia entre ambos cuerpos, entrando segundos después a la casa Baietti, mientras la familia recibía al nuevo invitado Santiago los observó con una ceja levantada. Los dos con la cara rojiza, la camiseta de Manuel arrugada en la zona del pecho y el pelo de Moschini estaba más desordenado de lo que recordaba minutos atrás. Definitivamente tenían mucho de qué hablar los tres y la noche era bastante larga.

Notes:

hola !!! traigo un fic de navidad UN POCO TARDE, se supone que era para la mernoski week q armaron en tw @moskination pero llegué super tarde :((

igualmente a quien lea espero q le guste!!