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El Clérigo nunca va solo

Summary:

Will siempre fue el Clérigo: el que cura, el que sostiene, el que se queda cuando todos se van.
Años después, su vieja party regresa a su vida justo cuando él ha aprendido a vivir solo, a amar en silencio y a no mirar atrás.
Entre dados, arcos tensados y heridas que no sanan con magia, Will tendrá que decidir si volver a cargar con los demás…
o, por primera vez, elegir por quién vale la pena quedarse.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

 

 

— ¡No, Mike! ¡Si haces eso, el grupo está acabado! — gritó Dustin, más frustrado que molesto. Se revuelve el cabello con ambas manos de manera brusca, desordenando así sus rizos. Lucas lo detiene de un manotazo. Mike suspira frustrado. El aire del sótano se siente cada vez más frio.

— ¡Todos tranquilos! Aún hay esperanzas… — comenzaba a decir Lucas, pero fue interrumpido por la narración de Will, quién disfrutaba mucho su momento como Dungeon Master.

Este era un rol casi destinado en su totalidad para Mike, su paladín, no obstante, había planeado esta campaña durante meses como una especie de celebración anticipada por el final del año escolar. La presentó como sorpresa para el grupo y todos estaban muy emocionados.

— El aire se vuelve cada vez más denso, los felinos sombras no retroceden antes los vagos intentos de el Paladín, el Explorador y el Bardo de eliminarlos. — se notaba que Will disfrutaba esta situación. Las últimas campañas habían sido sencillas, no aburridas, pero cuando llevas jugando con el mismo grupo durante 5 años se vuelve inevitable la victoria. Él quería cambiar eso — La cueva huele a alquitrán, espeso y viscoso. Están listos para atacar.

Will apoya ambos codos sobre la mesa, entrelaza los dedos.

— Última oportunidad —dice, sin levantar la voz—. Una sola acción conjunta.

Mike entrecierra los ojos y aprieta el dado entre los dedos, los hace girar y al caer sobre el tablero sale un 16.

— Me planto, resisto. Protejo a mi equipo: “La luz de su juramento empuja a los felinos un paso atrás”. — responde Mike decidido, casi con un aire de superioridad. Mira a Will directamente a los ojos. El castaño le sonríe de vuelta mientras Lucas y Dustin celebran el no haber muerto en esta ronda.

Dustin traga saliva y lanza también. El Bardo logra un 14.

— La melodía no hiere —continúa Will—, pero rompe el ritmo de la cacería. Las sombras vacilan.

Lucas no espera permiso y tira los dados:11. Todos estallan en vítores, se abrazan y miran a Will expectantes. Este observa los resultados en silencio. Luego sonríe, apenas.

— Los felinos sombras se repliegan. No derrotados. Advertidos. La cueva queda en silencio. Demasiado silencio.

Will levanta la vista, ya no como un Dungeon Master que disfruta la partida, sino como alguien que ha visto venir algo peor. Sus ojos marrones se oscurecen.

— Y entonces… el suelo tiembla.

De pronto, las luces del sótano se apagan y todos pegan un brinco sobresaltado. Unos segundos después se escucha una carcajada y vuelve la luz, los cuatro chicos voltean su vista a las escaleras y allí se encuentran: Richie y Boris. El primero no puede evitar llorar de la risa ante su “magnifica” broma, mientras que el segundo tiene una pequeña sonrisa perezosa. El grupo solo puede suspirar al verlos llegar. Por otro lado, Mike les lanza una mirada de desaprobación a sus hermanos. Lucas y Dustin hacen señas para que bajen rápido y Will les sonríe.

— ¡Llegó por quien lloraban! — dice Richie mientras baja a toda velocidad y se estampa contra la silla de Will. Se queda de pie detrás del castaño. Boris baja con más cuidado y se sienta en un sofá cercano a la mesa donde se encontraban los chicos. Se esparrama en el.

— Nadie te lloró. — responde Mike con voz plana a su trillizo.

— ¡Llegan tarde! — replica Dustin — Y eso que viven aquí. — Will no puede evitar reír ante este comentario. Una risa baja, pero se gana la mirada de los hermanos.  

— Si hubiésemos tenido a nuestro Druida y Pícaro ya hubiésemos ganado. — señala Lucas medio enfadado. Will lo mira un poco disgustado, no le gusta la idea de que crean que su campaña es fácil.

— ¡Calma Mr. Popo! ¡No es mi culpa que tu madre no me dejase salir de la cama! — responde Richie con una sonrisa burlona. Nadie le toma mucha importancia, es Richie siendo Richie, aunque no evita que Lucas suspire exasperado. No llevan ni cinco minutos allí ya quieren callarlo. Boris voltea los ojos y responde:

— Las campañas de Mike ya me aburren, siempre terminamos rápido, casi no hay nada nuevo. — Mike lo voltea a ver molesto, abre la boca para insultarlo, pero luego se detiene y con una sonrisa socarrona responde:

— ¡Oh! Pero, esta campaña no es mía, el DM es Will en esta ocasión.

Boris y Richie están sorprendidos. Miran a Will esperando una confirmación y este se sonroja un poco y asiente con la cabeza.

— ¡No puede ser, caramelito! ¿Por qué nadie nos dijo? — Richie jalonea a Will haciendo berrinche. Boris mira furioso a Mike y la sonrisa del Paladín se ensancha.

— Era una sorpresa… — responde Will tímidamente y Dustin interviene entre él y Richie para que este último lo suelte. El Bardo sentía que iban a dejar a Will sin brazos si esto seguía así. Lucas fue el siguiente hablar:

— ¡Bueno, ya basta! Les toca soportar y escuchar como termina esta campaña. ¡Quién les manda llegar tan tarde!

— ¡Pero, queríamos jugar! — responde Boris y Richie a la vez. A Will les daba pena que no participen en el juego después de haberlo planeado por tanto tiempo. Se queda en silencio unos segundos, mirando el tablero. Luego alza la vista y se encuentra con los oscuros ojos de su Paladín.

— Si quieren jugar… —dice despacio, volviendo a bajar la mirada al tablero— pueden tomar los personajes secundarios.

Richie abre la boca para celebrar; Mike, Lucas y Dustin miran a Will confundidos, pero este levanta un dedo. Con tono solemne, digno de un narrador, les informa:

— No son héroes. No hoy.

Boris ladea la cabeza, intrigado. Se levanta del sofá para tomar dos sillas plásticas, le da una Richie y ambos se sientan a cada lado de Will. Mike ya se siente un poco frustrado, sin embargo, no dice nada, esta es la campaña de Will, él puede hacer lo que quiera. Y, a pesar de todo, él seguirá siendo el Paladín que los lleve a la victoria durante la primera campaña creada por su Clérigo.

— ¿Entonces qué somos? — pregunta Boris. Will vuelve a mirar los dados. El brillo de diversión ya no está del todo ahí. Todos sus amigos están expectantes.

— Testigos.

El aire del sótano se siente aún más frío. Will toma un dado que nadie ha lanzado. Lo deja caer. No dice el número.

— Desde lo profundo de la cueva —narra, despacio, saboreando cada palabra — algo mucho más grande se mueve.

Silencio absoluto alrededor de la mesa. Mike traga saliva. Boris y Richie se pegan más a Will, mientras Dustin y Lucas apoyan sus brazos sobre la mesa.

— Will… —empieza Mike mientras se acomoda sus rizos azabaches por la tensión generada.

El Dungeon Master sonríe, suave, casi triste. No es su naturaleza el esconder, el ser conflictivo; él cura y protege. Pero, las personas cambian, avanzan y él siente que el grupo de alguna manera lo ha hecho. “Los 16 son una mierda”, piensa Will Byers.

Lucas conoció a una chica este año, Dustin ha fundado un club de robótica en el colegio, Mike comenzó a cortejar a su hermana, Jane; Richie tiene un grupo de nuevos amigos y Boris ha optado mañas que lo mantienen alejados. Y él, Will, el Clérigo, sigue ahí, esperando a que sus amigos lo volteen a ver y que se reúnan como hoy, como lo hacían siempre.

La adolescencia es más dura de lo que pensó. Una parte de él siempre creyó que siempre serían ellos seis, que siempre podrían volver al sótano, pero durante estos últimos meses aquello había ocurrido si acaso dos veces, él pensó: “la tercera es la vencida”.

— Bienvenidos a la verdadera campaña.

Todos aguantaron la respiración, estaban muy concentrados en las palabras del DM. Will no levanta la voz. Eso es lo que más asustó al grupo.

—El temblor no se detiene. — Hace rodar un dado detrás de la pantalla. No dice el número. No sabe por qué, pero recuerda la primera vez que conoció a Dustin, tenían 8 años y este se sentó a su lado en la clase de ciencia. Hablaron por horas del espacio exterior. —La cueva se abre como una herida. La roca se parte. El olor a alquitrán se vuelve humo… y del fondo emerge algo demasiado grande para este mundo.

Todos se quedan en silencio, pero los pensamientos de Will siguen fluyendo, al igual que sus palabras, dos vertientes que emergen del mismo lugar, pero que desembocan en pueblos distintos.

—Genial —dice Richie—. ¿Alguien quiere confesar algo antes de morir?

Will sonríe y recuerda su primer encuentro con Lucas, cuando tenía 7, fue una tarde de domingo en la que iba a visitar a los trillizos, vio un camión de mudanza y un carro estacionarse junto a la casa de sus amigos. El morocho lo saludó a los lejos y este le devolvió el saludo tímidamente.

—Escamas como murallas. Ojos antiguos. Hambre. La devastación hecha carne y hueso.

Will voltea a ver a Mike, luego a Richie y de último a Boris. Y su mente lo transporta a ese parque, donde jugaba solo en los columpios, luego de que unos niños más grandes lo llamaran marica. En ese momento pensó que nunca tendría un amigo. Hasta que apareció él. Él, con sus rizos negros tapándole los ojos y una sonrisa que, de alguna manera, resaltaban sus pecas. Lo recuerda perfectamente. De tras de él había dos chicos más, idénticos, aunque uno de estos llevaba lentes y el otro no tenía pecas.

—El Tarrasque ha despertado. — lo dijo pausado. Saboreando el momento, esperando la reacción en cadena, la cual no lo decepcionó: Dustin se lleva las manos a la cara. Lucas se inclina sobre la mesa. Mike no aparta la mirada de Will. Boris sonríe. Richie lo toma del brazo conteniendo la emoción.

Will recuerda las palabras que cambiaron su vida: “¿Podemos ser tus amigos?”.

—¡No podemos matar al Tarrasque! — suelta Dustin. Will está muy satisfecho con las reacciones de todos. Ladea la cabeza, con una sonrisa mínima, a ojos de sus amigos era escalofriantemente inocente.

—Nunca dije que tuvieran que hacerlo.

Mike frunce el ceño. Boris parecía cada vez más feliz, cada vez más atento.

—Entonces, ¿qué se supone que hagamos? — responde Lucas.

Will apoya ambos codos sobre la mesa, entrelaza los dedos. Su voz baja un poco, pero no pierde firmeza.

—Sobrevivir.

—Sobrevivir… —repite Richie—. Siempre quise una meta alcanzable.

—Si Will dice que se puede sobrevivir —añade Boris—, entonces se puede.

Esto lleva a Will a sonrojarse, está feliz de que todos sus amigos estén disfrutando la campaña. Boris se inclina hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas.

—¿Nivel de amenaza?

Will ni siquiera duda.

—Extinción.

El silencio cae pesado. Richie aprieta más fuerte el brazo del Clérigo, los ojos brillándole.

—Me encanta.

Dustin traga saliva y dice:

—Odio cuando sonríes así, Boris.

—El suelo se quiebra bajo sus pies. El rugido del Tarrasque no es sonido, es presión. El aire arde. No los ha visto aún… pero los siente. — continua el DM.

Mike toma su dado. Está pensativo, decidido. A Will le encanta verlo así.

—Me adelanto —dice Mike—. Si va a mirar a alguien primero, que sea a mí. — El Paladín observar con atención a su Clérigo y le sonríe de una manera que hace que al castaño se le erice la piel. Lo observa un segundo de más. Luego asiente y le responde:

—Declara tu acción.

Y, por primera vez desde que comenzó la partida, nadie habla encima de nadie. Porque saben que no están jugando para ganar. Están jugando para quedarse juntos. Y eso a Will lo llena de un calor familiar que hace meses no sentía.