Chapter Text
El aire en el dormitorio era pesado, denso, cargado de una tensión que Eijiro Kirishima jamás había experimentado antes. Cada respiración parecía costarle un poco más, como si el propio ambiente se empeñara en recordarle la fragilidad del momento. Sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía la pluma sobre el papel en blanco, la punta apenas rozando la superficie sin atreverse a dejar marca alguna. Las palabras se amontonaban en su mente, pero ninguna lograba atravesar el nudo en su garganta.
A través de la ventana, las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia, indiferentes, ajenas al dolor que se concentraba en aquella habitación de hospital. El mundo seguía girando como siempre, pero para Kirishima todo se había detenido frente a la figura inmóvil sobre la cama.
Katsuki Bakugou yacía conectado a múltiples máquinas. Los monitores emitían pitidos constantes, marcando un ritmo artificial que mantenía su corazón latiendo. Su respiración era laboriosa, asistida, y su rostro, usualmente feroz y desafiante, se veía extrañamente tranquilo, casi frágil, bajo la luz tenue. Las cicatrices recientes cruzaban su piel como crueles recordatorios de la última batalla.
Los médicos habían sido claros, brutalmente honestos. Las heridas habían sido más severas de lo que pensaron al principio. El daño interno, la pérdida de sangre, el estrés extremo de su quirk llevado más allá del límite. No podían prometer nada. No sabían si Bakugou despertaría.
Ese “no sabemos” resonaba una y otra vez en la mente de Kirishima.
Apretó los dientes con fuerza, sintiendo cómo el ardor en los ojos amenazaba con convertirse en lágrimas. No podía permitirse llorar. No ahora. Había algo que debía hacer. Algo que había estado evitando durante años, escondiéndolo bajo risas, bromas y la comodidad de la palabra “amigo”.
Se inclinó sobre el escritorio improvisado junto a la cama y finalmente dejó que la pluma tocara el papel.
Katsuki, hermano…
Se detuvo de inmediato. El trazo se volvió torpe y brusco mientras tachaba las palabras con rabia. No. Eso no era. Nunca lo había sido.
Respiró hondo e intentó de nuevo.
Bakugou, mi mejor amigo…
Su corazón golpeó con fuerza contra su pecho, como si protestara. Volvió a detenerse. Aquello también sonaba falso, incompleto, demasiado pequeño para todo lo que sentía. Arrugó el papel con frustración y lo dejó a un lado.
Mi estimado compañero de equipo.
—¡Maldita sea…!—susurró, pasando una mano por su cabello rojo ya despeinado.
Cada intento se sentía como una traición. No a Bakugou, sino a sí mismo. Se recostó en la silla, dejando caer los hombros, y volvió la mirada hacia la cama. Observó el leve movimiento del pecho del rubio, el ceño relajado, las manos fuertes ahora inmóviles.
Recordó entrenamientos interminables, risas compartidas después de misiones imposibles, discusiones acaloradas que siempre terminaban con una confianza aún más sólida. Recordó el orgullo que sentía cada vez que luchaban espalda con espalda. Y recordó, con una claridad dolorosa, el momento exacto en que dejó de ser sólo admiración.
Ahí, en ese silencio, Kirishima finalmente dejó de mentirse.
Con nueva determinación, tomó una hoja limpia. Esta vez no pensó demasiado. Dejó que el corazón guiara su mano.
Katsuki,
No sé si alguna vez leerás esto. Los médicos no pueden prometerme que despertarás, y la sola idea de perderte me está destrozando de maneras que no sabía que eran posibles. Cada segundo que paso aquí siento que el tiempo se burla de mí, como si quisiera arrebatarte antes de que pueda decir lo que siempre callé.
He intentado comenzar esta carta de mil maneras diferentes. Busqué palabras seguras, palabras que no cambiaran nada entre nosotros. Quería escribirte como amigo, como compañero, como alguien que siempre estará orgulloso de luchar a tu lado. Pero nada de eso es suficiente. No cuando te veo así, sostenido por máquinas, tan lejos y tan cerca al mismo tiempo.
Estar aquí me ha hecho darme cuenta de que ya no puedo seguir escondiéndome. No puedo seguir disfrazando la verdad con frases cómodas.
La verdad es que te amo, Katsuki. No como se ama a un camarada o a un hermano de armas. Te amo de la forma más profunda, intensa y aterradora que conozco. Te amo con cada fibra de mi ser, con cada latido de mi corazón, con cada respiración que tomo mientras espero que vuelvas a mí.
Te amo cuando gritas y te enfureces en el campo de batalla. Te amo cuando tu determinación arde tan fuerte que no deja espacio para el miedo. Te amo en esos breves momentos de silencio en los que bajas la guardia y te permites ser sólo tú. Te amo incluso cuando eres terco, cuando empujas a todos lejos, porque sé que en el fondo sólo quieres ser más fuerte para protegerlos.
Eres la persona más importante en mi mundo. No sólo eres mi mejor amigo, no sólo mi compañero. Eres mi hogar. Eres mi corazón caminando fuera de mi cuerpo. Cada día a tu lado ha sido un regalo que no supe apreciar del todo hasta ahora.
Sé que esto puede cambiarlo todo si despiertas y lees estas palabras. Sé que quizá no sientes lo mismo, y si es así, lo aceptaré. No importa. Lo único que importa es que vivas. Que sigas adelante. Que sigas siendo el héroe increíble que siempre has sido.
Pero si existe una pequeña parte de ti que siente algo parecido, aunque sea una chispa, te lo ruego: lucha. Lucha para volver. Lucha para quedarte. Lucha para que podamos seguir escribiendo nuestra historia, sea cual sea la forma que tome.
Te estaré esperando. Hoy, mañana, el tiempo que haga falta.
Con todo mi amor,
Eijiro.
Cuando terminó, Kirishima dejó la pluma con cuidado. Sus manos ya no temblaban mientras él doblaba la carta con delicadeza, Luego él se levantó y se acercó a la cama. Tomó la mano de Bakugou entre las suyas, cálida, real y deslizó el papel entre sus dedos inmóviles, cerrándolos suavemente alrededor de él.
—Vuelve a mí, Katsuki — Eijiro susurró, apoyando la frente contra el borde de la cama—. No te rindas… por favor.
El silencio respondió, pero esta vez no se sintió tan vacío.
Y cuando las primeras luces del amanecer comenzaron a filtrarse por la ventana, tiñendo la habitación de tonos suaves, Kirishima sintió algo distinto encenderse en su pecho. No era certeza. No era alivio.
Era esperanza.
