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—A ti... ¿te gustan las mujeres?
La pregunta de la rubia la sorprendió por lo confusa que era, ambas estaban acostadas en el techo de su hogar, lado a lado. Eran una pareja, tenían una cita y ella se estaba quedando a dormir.
¿Qué clase de pregunta era esa?
—Somos novias, IA. Claro que me gustan.
Lejos de tranquilizarla, sólo terminó alterando a la chica que se apoyó sobre sus brazos mientras exclamaba en un tono sollozante.
—¡Eso está mal! ¡Significa que si no estuviéramos juntas saldrías con otra!
Miku frunció el ceño ante su nuevo berrinche, pero lejos de buscar reconfortarla, siguió preguntando para mínimamente entender su pensamiento.
—¿Eso significa que a ti no te gustan las mujeres?
—La sola idea de imaginarte con otra hacen que me den más asco. A mí no me gustan las mujeres, Miku. Sólo tú —anhelante, IA se subió sobre la pelo turquesa, abrazándola por el cuello—. Así que por favor, no mires a otras e incluso si ya no estamos juntas, no salgas con ellas.
Miku suspiró, acariciando su cabello.
—Está bien, está bien, no lo haré.
Satisfecha, IA se aferró más al cuerpo de su pareja. Le alegraba haber ganado esta sin casi ninguna resistencia de parte de ella. La palabra de Miku no era cualquier cosa después de todo, siempre se aseguraba de cumplirla, incluso en alguien con tan poco valor a sus ojos como la rubia.
Sin embargo, no se resistió a agregar:
—Si rompes tu promesa me apuñalaré el cuello frente a ti.
Miku bufó sonoramente, jalándole el pelo sin hacerle daño.
—¡IA!
