Work Text:
Bill observa con atención la burbuja de prisión antes de entrar. Sabe que lo que existe dentro es frágil, tanto como lo es el papel sobre el agua. Está utilizando demasiada energía para mantenerlo, y lo siente en los huesos —chistoso, porque no tiene huesos—, pero lo considera un precio justo.
Luchó desmesuradamente por ello, no está dispuesto a dejarlo ir ahora.
—¡Bill! —grita Dipper cuando lo ve llegar—. Oh, Dios, que bueno que estás aquí.
—¿Qué pasa, niño? —pregunta con tono aburrido, en un intento de parecer desinteresado.
—¡Ven, tienes que ver esto!
Bill se burla cuando Dipper lo lleva consigo de la mano, mientras él sigue flotando en el aire. Es ridículo, pero se deja guiar esta vez. Cree que el chico ha sido bueno los últimos días, merece una recompensa por tan arduo trabajo.
Lo agradece internamente también, no quiere aplicar un nuevo castigo. No le agrada, aunque sabe que no tiene más opción. Las reglas deben cumplirse, por más contrarias que sean a los principios de la humanidad, de lo contrario, habría un desequilibrio importante en el universo, un universo que Bill se ha esforzado por construir.
Intenta que los castigos no sean tan severos, no quiere dejar marcas. Tal vez por eso prefiere la mente. El cuerpo deja evidencia que cualquiera puede notar a simple vista; en cambio, los juegos mentales destruyen sin dejar testigos, ni cabos sueltos, y para cuando la persona se atreve a pedir ayuda en voz alta, ya es demasiado tarde.
Tampoco es que Dipper pueda hacerlo, Bill se encargó de eso. Aunque el niño tiene una voluntad de titanio, sorprendente para alguien de doce años, sigue teniendo el corazón de un cachorro recién adoptado.
Bill lo encuentra repugnante, pero fue y es perfecto para su plan.
—¿Nieve? —pregunta él, escéptico.
—Sí, para hacer muñecos de nieve.
Hace un par de días tuvo la idea de crear un espacio de nieve en la burbuja. Pueden decir que estaba aburrido, y a lo mejor tienen razón, pero está hecho y el chico está en medio. Bill lo ve sonreír, pero ese famoso brillo nunca llega a sus ojos. Es su culpa, pero admite que se le hace divertido.
Sigue cada uno de los movimientos, lentos, suaves; como si calculara cada próximo paso. Bill hace una radiografía visual de cada músculo, tendón, artiulación, fibra. Se imagina la sangre corriendo por las venas de Dipper y, por un segundo, congelándose dentro de su cuerpo.
—¿Volveré a ver a Mabel?
La pregunta no es inesperada, pero si innecesaria, piensa Bill. Desde que los conoce, sabe lo unido que son ese par de gemelos, pero es algo que suele sacarlo de quicio en ocasiones. Además de que no solo menciona a su hermana, lo que aumenta las ansias de Bill de chasquear los dedos y hacerla desaparecer.
Debió haberlo hecho apenas encerró a Dipper en la burbuja, pero postergar el momento le trajo grandes resultados: un Dipper, dueño de la marca de osa mayor, manso y dispuesto a colaborar; alcance y acceso al portal interdimensional, que permitió la llegada de sus secuaces desde distintas partes del universo.
Y, por supuesto, la posibilidad de la unión de almas que alguna vez soñó.
—Ya hemos conversado varias veces de eso —responde Bill—, y ya conoces mi respuesta.
—Pero he hecho todo lo que me has pedido —susurra Dipper, con la mirada gacha y sus manos lejos de la cabeza del muñeco de nieve que acaba de armar—. Incluso acepté quedarme aquí… Solo quiero ver a mi hermana, confirmar con mis propios ojos que está bien, igual que el resto de mi familia y amigos.
Bill observa la grieta que se forma en la burbuja tras la última oración. Que el chico no acepte, genuinamente, el sitio donde se encuentra, está acabando con la realidad que creó para él.
No le importa, y utiliza más energía sin que se de cuenta para deshacerla.
Cuando vuelve a mirarlo, se da cuenta de que sus ojos marrones están al borde de las lágrimas. Algo dentro de Bill se agita. No sabe si es bueno o malo, pero le enfurece.
Flota a centímetros del muñeco de nieve, antes de cambiar de color y sonreír con su único ojo disponible. Solo unos segundos después, la cabeza de la escultura explota, cayendo sobre la ropa de Dipper, quien brinca en su lugar al notar el desastre.
—¡Cálmate, niño! —Bill ríe frenéticamente—. Ni que fuera tu cabeza.
Sigue riendo cuando ve que Dipper traga saliva, mientras se sacude la ropa.
—Que buena idea tuviste, muchacho. Eso fue muy divertido, solo por eso, te dejaré descansar un poco antes de empezar con nuestra próxima aventura.
—¡No…! —Dipper se frena en seco cuando se da cuenta de que Bill deja de reír y lo observa fijamente—. Quiero decir, Bill, realmente es doloroso, no me gustaría hacerlo otra vez.
—¡Pero si el dolor es lo que lo hace divertido!
Desaparece antes de que Dipper pueda replicar, no tiene tiempo para eso. Prefiere dejarlo solo, para que reflexione sobre sus palabras. Él, por su parte, debe descansar, recuperar fuerzas. Mantener esa burbuja en pie le está costando un trabajo descomunal.
Sin embargo, tiene la esperanza de que algún día podrá hacerla desaparecer y traer a Dipper a su lado. A la osa mayor, que le otorgó el universo.
Mientras eso sucede, disfrutará este juego del que, evidentemente, resultará ganador.
—Ay, Mason Pines… Enterneces mi inexistente corazón.
