Work Text:
Mira sus manos, firmes alrededor del mango. Voltea al frente, al sujeto que hace presión en su estómago mientras se desliza hacia el suelo despacio.
Mira sus manos, vacías, sucias, temblorosas. Buki está a su lado, da un vistazo alrededor con urgencia, buscando algún rastro de peligro. Sus ojos se detienen un segundo en el sujeto, que no mira a ningún lado, y Shin abre la boca.
—Vamos —Buki se adelanta.
—Pero, ese-
—Estamos en peligro, tenemos que seguir —lo interrumpe, comenzando a caminar, pero cuando ve que Shin no lo sigue, se regresa y lo toma de la muñeca—. Dale, movete.
Un pie delante del otro, movimientos automáticos que dejan de serlo una vez que lo pensás.
Siente que pasó mucho en poco tiempo y que es frágil la calma que lo llena- que ni siquiera está seguro de si es calma en sí, solo la previa a que le explote la cabeza, porque pasó mucho en, ¿cuánto? ¿Dos horas?
Mira al suelo, camina rápido, la velocidad a la que Buki tironea de él. Respira profundo. La abuela está bien, ese es un pensamiento de confort. Nosotros estamos bien, capaz suena más a una mentira, porque no le parece que lo estén del todo. No estamos muertos, ah, eso es más acertado, pero aunque hayan cagado a palos a todos los sujetos que los emboscaron, eso no significa que no vayan a venir más.
Estamos vivos por ahora.
Llegan al departamento y antes de que Buki abra la puerta, Shin ya siente la angustia anudarse en su garganta. Vuelve a respirar profundo, se prepara mentalmente. No es suficiente. Buki abre la puerta y se adentra en el ambiente como si ni notara toda la destrucción a su alrededor.
Todos los cajones y superficies revueltas, muebles tirados, libros en el suelo, rotos y pisados. Shin lo observa pensando que es demasiado; no estaban buscando algo específico, solo querían hacerles daño, romper sus cosas.
Hay que ser hijo de puta para hacer todo eso, porque hasta en la cocina tiraron todo, abollando algunas sartenes y rompiendo mangos.
Decide dejar de mirar porque no le gusta. Lo enfurece, pero lo pone triste, pero también le provoca un sentimiento extra que no termina de identificar.
Busca a Buki. No es difícil, es un monoambiente y, si no lo ve, es porque está en el baño. La puerta está cerrada.
Shin se pasa una mano por el pelo, siente su cola inquieta y suspira apenas en un inútil intento de calmarla antes de empezar a acomodar las sillas alrededor de la mesa. Guarda las ollas y utensilios, junta los cubiertos del suelo y los mete dentro del cajón. Levanta los libros, los inspecciona y, los más rotos, los separa para tirarlos luego. La verdad es que tienen pocas cosas, de cada uno y compartidas; el verlas desperdigadas por todos lados lo hacen parecer mucho más de lo que en realidad es, por lo que pronto deja de ser abrumador.
Buki sale del baño sin darle una mirada a Shin, ni al desorden. Va de un lado al otro juntando cosas, pero no las acomoda. Las guarda en un bolso, preparándose para irse.
Okay, piensa, es lo lógico. Hay que seguir.
Le hubiera gustado que Buki se lo dijera. Que le avisara o algo, una pequeña conversación, un intercambio de palabras, algo. Me voy. Okay, suerte. Pero no dice nada.
Lo debe estar mirando demasiado fijo, porque Buki se gira. Sus orejas están derechas, toda su atención en Shin- un poco contradictorio con su expresión casi indiferente.
—¿Qué? —murmura Buki volteando, pasando a guardar ropa—. Saben que estamos acá, tenemos que irnos.
Tenemos, ah, eso le da un poquito de alivio, pero no tarda en ser eclipsado por el hecho de tener que salir.
No es cagón. El pensamiento casi lo hace reír, porque ni siquiera tiene instinto de pelear o correr, sino que es puro pelear o pelear. Nada le da miedo, aunque ahora se le ocurre que capaz eso es una mentira, una que se dijo por mucho tiempo, excepto que no. Nunca tuvo miedo hasta ahora. Saben dónde están. Está débil, cansado, probablemente herido. Es la primera vez que piensa en que si tiene que pelear, no tiene todas las de ganar.
—Necesito descansar —dice la conclusión de sus pensamientos, pero no la verdad exacta.
El instinto es fuerte, siempre lo es en él, pero nunca suele serlo de esta manera. La sensación débil, vulnerable. El acurrucarse y esperar a morirse. Buki está bien, no es tan fuerte como él, pero sabe defenderse. Tiene más chances que Shin ahora. Tiene más chances sin él.
—Si, ah, si nos agarran como estoy ahora… —continúa Shin, esquivando los ojos ajenos que lo buscan, lo analizan y, seguramente, tratan de leerlo entre líneas.
Buki deja de guardar un momento. El bolso está medio lleno a sus pies y Shin se rasca la cabeza. Buki lo mira esperando a que termine de hablar, pero no tiene idea de cómo seguir. Quiere se vaya, pero no quiere. Están en peligro, juntos o por separado, pero más juntos.
—Okay —asiente Buki cuando el silencio se estira demasiado. Regresa a guardar la ropa, pero eso solo consiste en poner dos remeras más dentro del bolso y cerrarlo—, voy a dejar todo listo para que salgamos mañana temprano.
—Deberías adelantarte —replica, sorprendiendo a él y a sí mismo, pero sigue adelante. Se rasca la cabeza, pero le duele, seguro porque no deja de hacerlo. Se cruza de brazos, sonriendo apenas—, tipo, buscar un lugar seguro y yo te alcanzo, ¿no te parece?
Trata de que le salga como si nada, un plan pensado para el éxito, pero Buki entorna las cejas, expresando lo mierda que le parece la idea. Niega apenas y se encamina al baño.
—No —dice en tono suave, pero tajante, desapareciendo dentro—. Salimos mañana.
Shin asiente, pero tiene un sabor raro. ¿Dijo algo malo?
Sacude la cabeza, tratando de alejar esas ideas. Está cansado de los malos pensamientos.
El movimiento le causa una punzada de dolor en la espalda. Todavía no revisó sus heridas, porque sigue sintiéndose bien, lo cual significa que son leves o demasiado graves. Lo usual.
Se acerca al desastre-no-tan-desastroso en que se convirtió la cocina en búsqueda de analgésicos. En el piso no hay, menos en los cajones. No vio tampoco entre las cosas que guardó antes.
—¿Hay analgésicos ahí? —pregunta mientras sigue revolviendo.
—Nada —responde Buki desde el baño.
—Aw, la puta madre… —murmura.
Abre gabinetes, revuelve dentro, pero lo único que encuentra es una botella de vodka que se olvidó que compró hace como dos meses. No lo piensa dos veces antes de abrirla y darle un trago largo.
—¿Qué hacés? —pregunta Buki, detrás suyo, haciéndolo saltar.
Shin siente sus orejas pegarse a su cráneo y sonríe—, estaba de oferta- para las lastimaduras, estaba más barato que-
—¿Tenés heridas internas? —pregunta el otro, elevando una ceja.
—Pues-
Buki le quita la botella de las manos y está seguro de que ahora viene la cagada a pedo. Lo observa inspeccionar la etiqueta, olor el contenido y después llevarla a su boca. Eso es sorpresivo- inusual incluso, porque las pocas veces que tomaron juntos, Buki siempre se había inclinado por bebidas suaves y hasta dulces.
El vodka le hace arrugar todo el rostro, su nariz se ve graciosa.
—Es muy fuerte —dice Shin con una risita colándose en sus palabras, aunque estas desaparecen cuando lo ve dar otro trago, más largo que el anterior—. Che, Buki, te va a hacer-
Un trago más, contacto visual.
—¿Estás…? —trata de preguntar, pero se calla cuando la botella es empinada por cuarta vez. Tragos largos, bebida blanca, estómago vacío. Le parece un poco mucho.
Shin se cruza de brazos y eleva una ceja, esperando a que termine. Buki traga y lo mira, sus expresiones demostrando que nunca toma ese tipo de bebida. Inclina la botella una vez más y Shin se la quita antes de que llegue a su boca.
—¿Estás bien? —suelta sin encubrir la preocupación mientras da un sorbo él mismo.
Buki bufa a la vez que se gira—, pregunta boluda, ¿no te parece?
—Bueno, sí, pero… —lo sigue con la mirada. Está mirando alrededor, buscando qué más necesitan llevarse—, pero, igual.
Recibe silencio, pero esa es respuesta suficiente. Buki está del orto- no puede culparlo, él también lo está.
El departamento ya está decente. Acomodó lo que pudo y Buki está empeñado en dejar todo listo para mañana. No encuentra nada más con qué distraerse y la idea de sentarse a mirarlo dar vueltas suena como el incentivo perfecto para dejar sus pensamientos libres y que divaguen hacia todo lo que pasó en las últimas horas.
Va a ducharse. No quiere pensar.
El agua caliente es un alivio en la tensión que no sabía todavía sentía. Sus músculos se relajan, su cabeza queda en blanco. El vapor relaja su nariz y libera su mente, casi dejándola envuelta en bruma. O capaz es el alcohol, invadiendo sus pensamientos.
Se mira en el espejo empañado cuando sale. No nota ninguna herida, pero cuando lo limpia con la mano, nota que todas están en su brazo. Inspecciona el otro, encontrándolo intacto, pero cuando se toca, se da cuenta de que debe estar lleno de moretones, porque el dolor está presente.
Tiene sentido. No había sido una pelea extensa porque los ataques con Buki (¿de Buki?) habían sido precisos y certeros, a pesar de que Shin tuviera poca práctica con ese tipo de arma. El tema es que, los pocos ataques que llegaron de los otros, Shin los recibió.
Piñas que atajó con la cara cuando no llegó a esquivar, palos y similares balanceándose hacia ellos, pero que Shin había contenido con sus brazos. Tiene más que sentido que tenga moretones bajo el pelo.
Sale del baño cambiado, el vapor siguiéndolo y el rollo papel higiénico bajo su brazo. Se sienta en la mesa, le da un trago a la botella. Inspecciona los pocos cortes y abrasiones que tiene.
Buki anuncia que se va a bañar también y Shin asiente, sin detenerse a mirarlo. Recién cuando escucha la puerta cerrarse, levanta los ojos en esa dirección.
Era Buki. Es Buki. Estaba a su lado, estaban rodeados, pero después ya no. Estaba solo, todavía rodeado, sin rastro del otro. Excepto que estaba en su mano.
Es el tipo de cosas que, por regla propia, decide no volver a pensar. No se va a repetir y, si es creativo, hasta puede encontrar una explicación racional.
Pero no es la primera vez.
Moja un poco de papel con el vodka y lo pasa por las heridas más grandes, puteando por lo bajo. Le da un trago a la botella, frunciendo el ceño cuando el líquido quema, y continúa limpiándose.
Recibió los golpes porque no quedaba de otra. ¿Qué iba a hacer? ¿Contenerlos con Buki? Se siente como usarlo de escudo humano, no hay chance. Demasiado que atacó con él, y solo porque-
Hace un bollo con el papel y le da dos tragos largos a la botella, el ardor más leve.
No le agradan sus pensamientos, la forma en que encuentran caminos para regresar a la pelea, pero no al altercado en sí, sino en lo que sintió. Su cuerpo más liviano, movimientos naturales, como si hubiera hecho eso un montón de veces. La satisfacción de los cortes, las líneas carmesí que trazaban en los cuerpos ajenos que no se alejaban con suficiente velocidad. No le gusta un carajo lo bien que se sintió, lo ajeno y propio que fue.
Él se movía, era su brazo, pero no se sentía por completo en control. Fue casi como compartir el mando. Es la única forma en que puede explicarlo.
El baño se abre y Shin decide que ya pensó demasiado por el resto de su vida. O de la noche, al menos.
Sigue limpiando sus lastimaduras cuando Buki se sienta en la otra silla, frente suyo. Estira su mano y Shin la encuentra a mitad de camino sin dudar, a pesar de que no necesita ayuda.
Sus palma está sobre la de Buki y él inspecciona sus dedos, corriendo con delicadeza el cabello que trata de enredarse en la humedad de la abrasión. Reanuda lo que Shin hacía, aunque él no pasa el papel con alcohol sobre la herida, sino que limpia el pelo alrededor de la misma.
La botella está a la mitad y Shin se da cuenta cuando termina de tomar. Eso explica la ligereza que siente. ¿Cuándo fue la última vez que se emborrachó con vodka? Seguro que en la secundaria, porque nunca fue su bebida de preferencia excepto para ponerse bien en pedo.
Mira a Buki. Sus ojos están concentrados en la tarea, pero nota los párpados cansados. ¿Estará en pedo también? ¿Alguna vez tomó hasta ese punto? Porque no recuerda haberlo visto nunca borracho, tal vez un poquito alegre, pero eso siempre fue fugaz.
Buki gira su brazo y observa su antebrazo buscando más lastimaduras. Es familiar su toque y hacer.
—Me hace acordar a la primera vez —dice Shin, una sonrisa asomándose, sus ojos fijos en el otro, atento a sus expresiones.
El movimiento veloz de sus orejas al escucharlo y después la relajación de siempre, mientras resopla una risita.
—También terminaste cagado a palo esa vez.
Shin chasquea la lengua apenas, restándole importancia—, medio que estoy acostumbrado.
Sus palabras quedan en el aire. Buki ya terminó; el último papel que usó está hecho un bollo en la mesa y Shin tiene la botella en su mano, a medio camino de darle un trago.
Buki ya terminó, pero no lo soltó. La mano de Shin sigue atrapada en la ajena, pero es una sujeción tan leve, que casi ni califica como atrapada. Está ahí porque quiere, porque Buki no hizo ademán de soltarlo.
Acaricia sus nudillos apenas, demasiado suave como para excusarse en una revisión, pero lo suficiente fuerte como para que Shin no dude de que lo hizo. Observa sus manos, la caricia se repite y mira a Buki sin encontrar sus ojos, porque estos siguen fijos en la unión entre ellos.
—No debiste ayudarme —dice a la vez que lo suelta—. Estaba… estaba controlado.
La mano de Shin cae casi inerte y Buki se estira a él, pero no es a él, porque toma la botella.
—No era necesario, además… —sigue Buki y se encoge de hombros, la botella casi en sus labios, pero Shin no se pierde la pequeña sonrisa que tiene—, también estoy acostumbrado a que me caguen a palo.
—Nadie debería estarlo —replica veloz y con un sabor raro.
—Lo mismo digo —murmura él, dejando la botella en el medio, pasándosela.
Hay demasiado que no sabe de Buki. Lagunas desconocidas que dijo desde el primer segundo que no tenían importancia y que no necesitaba saberlas ya, capaz eventualmente, cuando él se sintiera cómodo. Shin sospecha que ahora es el momento en que sepa algo, aunque la comodidad no los esté acompañando exactamente.
—Lo de hoy —comienza, atento a todas sus reacciones—, estas personas, son las mismas de esa vez, ¿no?
La botella está en el medio, en la mesa, porque Shin nunca la tomó de las manos ajenas. Buki se estira para agarrarla sin responder, aunque eso, sumado a la mirada que le da, le confirma que sí.
—¿Tiene- tiene que ver con…? Ah, ¿con eso? —no tiene idea de cómo preguntarlo bien siquiera—, la- um, la transformaci-
—Todo tiene que ver con eso —suelta, su ceño apenas fruncido. Se reclina en su asiento, mira al techo. Le da otro trago a la bebida y su ceño se frunce más—, nunca fui fan del vodka…
—Buki —insiste.
No le gusta esta conversación, eso es claro; a Shin tampoco, pero siente que si quiere alguna respuesta, una mínima gota de contexto de todo lo que pasó, este es el momento para preguntar.
Buki sigue mirando al techo, su silla se tambalea a algunos centímetros del suelo y cada segundo que pasa, Shin lo siente como una eternidad.
Toma aire, listo para cambiar de tema, dejarlo en paz o lo que sea, pero él se adelanta a hablar.
—No sé cómo se siente, ¿okay? Porque estoy del otro lado y- —dice Buki, pero se interrumpe a la vez que clava su mirada, por primera vez, en Shin—. Sé que es especial, como- como adictivo o- o algo así. Si no, no entiendo porqué siguen buscándome.
Lo mira fijo, atravesándolo con los ojos, seguro buscando la respuesta a esa incógnita. Shin no lo calificaría como adictivo, pero sí reconoce que hay… Algo. No entiende qué y no está seguro de si quiere descubrirlo.
—Nunca tuve a nadie que me lo explicara, la verdad —continúa Buki, regresando sus ojos al techo y encogiéndose de hombros. Trata de restarle importancia—, no hablaban mucho esos hijos de puta, solo se comunicaban a las piñas.
No quiere escuchar más. No tiene la fuerza para escuchar la infancia de mierda que tuvo, pero tampoco puede hacerse atrás ahora.
—¿Cómo-?
—¿Terminé ahí? Buena pregunta, me encantaría saberlo también… —dice con un dejo de ironía—, supongo que mi vieja me abandonó o, no sé, me vendió, si es que fue medio inteligente.
No le gusta la forma en que lo dice, fingiendo esa estúpida indiferencia que no le sale. ¿Por qué no puede ser un poquito vulnerable? Shin está ahí. Se va a quedar, incluso después de haberlo escuchado.
—Espero que lo haya hecho —murmura Buki y le da un trago a la botella—, una buena suma que justifique toda esta mierda.
Shin le quita la botella antes de que le beba más y toma él mismo. Queda menos de la mitad y le preocupa que la mayoría de eso lo bebió Buki.
El silencio los envuelve y, por primera vez, Shin no tiene ganas de romperlo. Siente que cualquier cosa que diga va a desembocar en recuerdos feos para el otro y, si bien no quiere lastimarlo más, también quiere lastimarse él oyéndolo.
—¿Por qué me ayudaste? —suelta Buki. Shin lo mira, tratando de evocar a qué se refiere—, la primera vez… no nos conocíamos.
—¿Cómo no iba a hacerlo? —cuestiona veloz—, era una pelea despareja, vos…
No podías, piensa, pero no se atreve a decirlo.
Había sido una pelea más que despareja, era un abuso. Ni siquiera parecía pelea cuando los había visto, era solo Buki recibiendo una paliza.
—No parecía fuerte ese chabón —agrega después, sonriendo apenas y tratando de aligerar el ambiente.
—Ah —murmura Buki. Abraza su pierna y reposa su cabeza en su rodilla, mirándolo de costado—, creí que había sido por mí.
—¡Obvio que lo fue! —jadea Shin—, yo te- había visto-
Se traba y se interrumpe. Respira profundo y se toma un segundo para pensar. No quiere mentirle, pero no tiene muchas ganas de confesar que ya lo había visto antes en la zona y que, capaz, le había gustado un poquito.
—Fue por vos —vuelve a decir y toda la atención de Buki en él—, porque no era una pelea justa y- yo me meto. En peleas.
Sos un pelotudo.
—Me meto en peleas —repite, reclinándose en su silla con una frágil fachada de despreocupación, como si no se sintiera a punto de mandársela—, eso es lo que hago.
—Vos sos verdulero.
—Sí, bueno, pero en mi tiempo libre…
Buki suelta una risa y las palabras mueren en su boca. Son tan pocas las ocasiones en que lo escucha reírse, que Shin se olvida de cómo eso le roba el aliento.
Da un trago a la botella, sintiéndola sospechosamente liviana. No deberían seguir tomando, pero cuando Buki estira su mano, pidiéndosela, Shin no puede hacer otra cosa más que entregarla. Le parece que acaricia sus dedos cuando la recibe; capaz está alucinando por el alcohol, pero al mirarlo, Buki tiene sus ojos fijos en él mientras bebe y después se lame los labios.
Siente calor, demasiado. ¿Es el alcohol? Es el alcohol. Lo bueno es que hay viento, una suave brisa que le sopla en los tobillos.
—¿Todo bien? —pregunta Buki, casi divertido.
—Sí, ¿por?
Hace un gesto con la mirada, señala a su cola. Que se mueve. Demasiado. El calor presiona, también el viento- que ahora se da cuenta, es el que él mismo provoca.
—La puta madr- —jadea y la sujeta, tratando de dejarla quieta—, sí, es- estoy joya-
Buki suelta una risita que dura poco; es una carcajada ahora, seguro a costa suya, pero a Shin no podría importarle menos, porque es el sonido más maravilloso del mundo, a pesar de que la vergüenza lo está invadiendo más rápido que lento. Un costo bastante bajo, si le preguntan, por la recompensa de escucharlo. ¿Qué tiene que hacer para siga riendo un poquito más? ¿Sigue moviendo la cola? ¿Cuál es el truco?
Es inusual esto, la urgencia en complacer a otros. Shin no es así, y lo más cercano a esto que llega a ser es cuando está caliente con alguien, pero ni siquiera, así que no está caliente con Buki, aunque sí lo está, lo cual solo significa que está más que caliente o, mejor dicho, no solo caliente; significa que sus sentimientos calan un poco más profundo de lo que creyó, pero eso es algo en lo que no se adentro todavía y de verdad, de verdad, no va a hacerlo ahora, con Buki frente suyo y los dos medio en pedo.
Se levanta de golpe, la silla chirriando con fuerza.
—Tengo hambre. ¿Tenés hambre? ¿Comemos? Voy a cocinar.
¿Será obvio que se está escapando? Todo da vueltas y está en pedo, lo cual significa que no le importa mucho que se note o no.
Revisa cada parte de la alacena, tal vez la tercera vez en esas pocas horas, pero ahora es buscando qué podrían cenar. Hay una fina variedad de escasas cosas; se ve obligado a usar la creatividad.
—Si vemos el lado bueno —comienza Shin, sacando algunos ingredientes—, qué bueno que no hicimos las compras todavía.
Se gira buscando complicidad, pero encuentra los ojos cansados de Buki casi detrás suyo. Se le escapa un jadeo y voltea veloz- su puta cola vuelve a sacudirse.
—Digo- ¿te imaginás que hubiéramos comprado, no sé, ayer, y ahora tuviéramos que salir con un montón de cosas? —resopla, fingiendo alivio—, no sé vos, pero a mí me parece que tuvimos suerte.
—Nunca compramos mucho —señala Buki.
—Es verdad.
La falta de tema de conversación es nuevo, es ajeno para Shin. ¿Desde cuándo sabe cerrar el orto? Desde ahora, parece.
Mira a Buki de reojo; está cruzado de brazos a pocos centímetros de él, reclinado en la mesada, mirándolo fijo. ¿Es normal que eso lo ponga nervioso?
Dale, es él, no puede no tener nada para decir. Le saca charla hasta los muertos, y está más que acostumbrado a hacerlo con Buki.
—Recién empieza el año —suelta de golpe y Buki enarca una ceja—. ¿Tenés metas?
—No morir, pero soy flexible con esa —se encoge de hombros.
Shin resopla divertido y saca una cacerola del horno, pero está demasiado abollada. Hace una mueca, la vuelve a meter y busca la menos cagada a palos.
—¿Vos? —devuelve Buki, dando un paso al costado mientras Shin lava verduras.
—Leer más —dice. En realidad, no pensó ninguna meta para ese año; casi siempre lo hace, aunque se olvide de inmediato y no cumpla nada—. Me gustaría leer más.
—Nunca te veo hacerlo.
—Estaría macanudo pasar de cero libros a un libro, al menos —sonríe—. Me gusta leer, ¿no sé si te dije?
Buki niega apenas.
—Sí, fue como… Leía mucho cuando estaba en la escuela. No tenía jueguitos.
Buki suelta una risita y Shin siente que eso suena muy bien combinado con la nostalgia que le llega. Todavía no le ha contado en detalle lo que fue vivir con sus abuelos y tampoco tiene ganas de meterse de lleno en eso ahora; estos pequeños comentarios son suficiente.
Se mueve de un lado a otro en la cocina, buscando otra vez una cacerola, pero conformándose con dos sartenes, una para salsa y otra para fideos. Sus palabras siguen saliendo, ya no se siente en blanco, capaz siente más que su cabeza va de una punta a otra, al igual que sus pies, pero dentro de sus recuerdos.
Sus ojos también son inquietos; están en sus manos mientras cocina, pasean por la habitación, llegan a Buki, pero se desvían rápido antes de regresar. La costumbre, la situación habitual de hablar demasiado y aburrir a la gente. Con Buki no pasa. Lo esquiva con un poquito de miedo, pero su mirada regresa, porque él nunca lo mira así. Siempre presta atención, siempre le da toda su atención.
Siempre le gusta escucharlo.
—¿Molesto? —pregunta Buki cuando se quita del medio por tercera vez.
—¡No! —suelta veloz y ya ni se molesta en avergonzarse. Le encanta tenerlo cerca y quiere que sea por más tiempo—, pero, podrías ayudarme. Si querés.
Él asiente y lo mira atento, esperando instrucciones que Shin no previó, porque nunca lo ayuda en la cocina. Observa los ingredientes, hace una lista de lo que queda por hacer.
—Podés cortar esto —le da una verdura y, sin perder tiempo, regresa a su narración, en el lugar donde se quedó.
Libros que leyó en la secundaria, después anécdotas con Radio, de las cagadas que se mandaban. Buki sigue riendo, pregunta algunas cositas. A Shin le encanta.
Buki termina de cortar y aprovecha para buscar la botella, aunque Shin se apresura en pedírsela, porque no olvida que el otro bebió demasiado. Va a hacer un comentario sobre eso, pero sus ojos caen en la verdura. No puede reprimir una risita.
—Para ser filoso, no sabés cómo cortar verdurita —se le escapa la broma y se da cuenta un segundo después. Tiene miedo de mirarlo, pero no puede evitarlo, porque así se piden las disculpas cuando se hace un comentario de mierda—. No quise…
Buki está cruzado de brazos, la botella balanceándose en una mano y mira fijo la verdura que cortó, como si no entendiera.
—Okay, sé que tengo cero cocina, ¿pero qué tiene de malo?
—Están desparejos —señala.
—Estoy casi seguro de que eso no afecta al sabor.
—Pues, sí y no —concede—, se cocinan en tiempos distintos, así que…
Buki suelta un oh y asiente, dándole la razón.
—Te voy a enseñar —dice Shin entonces, decidido a fingir que el desliz no pasó—, así ya no vas a ser cero en cocina… capaz llegues a un cinco.
—Okay —sonríe.
—Cinco de cien.
—Ey.
Es imposible que hable de cocinar y recetas sin hablar de sus abuelos. De ellos aprendió y para ellos mejoró. Se le escapan algunos recuerdos con ellos, aunque no son escapes en sí, sino que decide compartirlos con Buki.
La botella va y viene entre los dos, ya casi está lista la comida. Buki sigue prestándole toda la atención que tiene y riendo a veces.
Shin estira su mano hacia los condimentos, pero antes de llegar al comino, deshecha la idea. Buki lo odia. No le agrega nada más.
Ya no tiene idea de hace cuánto que viven juntos. Buki pone la mesa, acomoda los platos y se sienta en su lugar, el que siempre utiliza. Siente que llevan años en esta rutina, que lo conoce desde siempre, pero luego llegan incógnitas y secretos que sabe que Buki se reserva; detalles que le hace sentir que apenas lo conoce hace una semana.
Es la intimidad y la rutina. Es lo que aprendió conviviendo con él, cositas que no son del todo relevantes, pero que descubrió solo, porque Buki nunca le dijo que no le gustaba el comino. Shin lo descubrió porque comía menos cuando tenía eso.
Quiere saber más- aprender cada detalle y secreto, del derecho y del revés, y le encantaría que sea ya, pero también le encanta lo cotidiano y el sabor a hogar que le deja descubrir a Buki día por día.
La sala está tenue, solo queda apagar la lámpara de la cocina, lo último que hacen antes de dormir.
Buki no se acuesta. En un principio le parece que solo es parte de su rutina, pero cuando se sienta en la mesa, una botella de agua frente suyo, se da cuenta de que no tiene intenciones de dormir.
—Voy a hacer guardia —dice apenas cuando siente la mirada de Shin sobre él—, descansá.
—Ni en pedo —replica, sentándose en la cama—, hagamos turnos, al menos.
—Bueno, yo voy primero.
—Ay, como si no supiera que ni me vas a despertar —refunfuña y Buki hace una mueca, casi dándole la razón.
—Seguramente te despierte —trata de mentir.
—No te creo —niega y se cruza de brazos, sus ojos fijos en él—. Si vos no dormís, yo tampoco.
—Te felicito —murmura Buki con sarcasmo.
El ambiente es tenue hasta que se vuelve por completo oscuro. Buki acaba de apagar la última luz con la intención de que Shin se duerma. Es una buena estrategia, lo reconoce, pero si él está cagado de sueño y todavía medio en pedo, Buki debe estar igual o peor.
Se remueve en la silla a cada rato y Shin ve con claridad cómo su cabeza se inclina y luego se endereza con velocidad.
—Te estás durmiendo —dice, haciéndolo saltar.
—No.
—Es mejor que pase en la cama, que ahí.
Lo dice como un hecho, no con segundas intenciones, pero cuando Buki lo mira, su cabeza reclinada en el respaldo, Shin piensa en que no estaría mal insistir un poquito.
—¿No te parece? —sonríe, palmeando el lugar a su lado.
Es una excusa tonta, y si bien pensó en que insistiría, eso es lo máximo que va a hacer. No se imagina que resulta suficiente y ahora lo tiene sentado junto a él.
—Bueno, ya me tenés en tu cama —suspira Buki, por completo ajeno a la sorpresa que todavía alberga Shin—. Ahora, ¿qué?
Si fuera cualquier otra persona, este sería el momento en que lo besa. La habitación está oscura, están sentados cerca, en la cama. Le habla cerca, suspira las palabras casi en su rostro y la única conclusión lógica a todo esto es que también quiere que lo bese.
Pero no es cualquier persona. Es Buki.
Shin lo mira encontrándose con los ojos cansados y una pequeña sonrisa en él. Sonríe también.
—Ahora, dormís.
—Tipo, ¿así, sentado?
—No, es como… —ríe apenas. Levanta sus manos, la dirige a los hombros ajenos y siente la mirada fija en él, en sus ojos, luego hacia abajo, después a sus ojos otra vez—, primero, te acostás.
Sus manos llegan a los hombros de Buki. Los apoya con firmeza, el calor ajeno llegando a sus palmas, y luego presiona apenas, guiándolo hacia atrás. Buki no deja de mirarlo, pero nota el destello de curiosidad y diversión en sus ojos.
—Y, ah, y cerrás los ojos —murmura Shin. Está apenas incorporado sobre su brazo, a su lado, y demasiado cerca. Con su mano libre, desliza los dedos por el rostro ajeno, cerrando sus ojos. No recuerda haber tocado su rostro antes- está casi seguro de que lo recordaría de haber sido así. Ahora lo está haciendo, porque pasan por su mirada con la intención de que duerma, pero no se alejan mucho—, y dormís. Así de fácil.
Su mano está en su mejilla. Tiene que sacarla.
—¿Y vos? —susurra Buki volteando el rostro, hundiéndose en su caricia.
—Yo vigilo —Buki resopla una risita—, dormí.
—Dormí vos.
—Durmamos los dos.
—No durmamos ninguno —suspira Buki, abriendo sus ojos.
Shin sigue incorporado. No se atreve a acostarse del todo, a pesar de que Buki lo esté mirando fijo, ni de que diga eso o de que tenga su mano sobre la suya en su mejilla.
Por un momento, le parece que habla de que ambos vigilen, aunque sea una tontería. Es claro que no está pensando en eso y, no va a mentir, Shin no lo piensa en lo más mínimo tampoco.
No quiere vigilar y no quiere dormir. Quiere quedarse despierto, a su lado, y observarlo toda la noche, pero tampoco quiere eso porque solo piensa en tocarlo más, aunque el pensamiento que le sigue- el impulso que se le escapa de la punta de los dedos al pasar de largo de su mejilla y hundirse en su nuca es besarlo. Una y otra vez, toda la noche, todas las noches.
¿Qué pasa si lo hace? Se está acercando, se da cuenta. Se vuelve peligroso, el punto justo de no retorno, donde se la manda y Buki le mete un voleo en el orto. La última vez que besó a alguien después de escabiar, le metieron una piña, aunque no recuerda mucho más. ¿Buki le pegará? No tiene idea, aunque si lo hace después de que lo bese, solo puede pensar que sería un precio demasiado bajo. Una oferta, incluso.
Se la manda. Eso es quedarse corto, porque lo siente como tirarse de cabeza en Buki, siendo sus labios el primer paso. Suspira contra ellos; espera el golpe y aunque lo recibe en la boca, nunca se esperó que sea con los labios de Buki. Se aferra al cuello de su remera, tirando para atraerlo más, y su otra mano se posa en las costillas de Shin con fuerza, como si se rehusara a soltarlo.
No es lo que imaginaba- porque sí, imaginó cómo sería besarlo, pero nunca creyó que encontraría tanto ruido en el silencio que es Buki. El sonido de sus bocas chocándose, el crujido de la cama bajo sus movimientos, sus suspiros y jadeos- o de Buki, no tiene idea, pero le encanta.
Lo tiene bajo suyo, aferrado a su cuerpo, tirando de él, pidiendo más de él, buscando y encontrando. Se siente atrapado en Buki, es sus caricias, en sus dedos fríos recorriendo su cuello y su pecho, colándose debajo de su ropa, y le da vueltas la cabeza. Lo quiere más cerca, más pegado, más encima, aunque no se le ocurra cómo.
Shin se congela. Se detiene de golpe, endereza las orejas y solo escucha la respiración entrecortada de Buki.
—¿Qué fue eso? —susurra Shin, incorporándose despacio.
—La canilla, creo —murmura Buki.
Asiente apenas y el peso de toneladas le cae encima.
No quiere mirarlo. ¿Qué carajo está haciendo? Siguen en peligro, su ubicación es sabida. No puede estar pensando en besar y tocar a Buki ahora, cuando pueden patear abierta la puerta en cualquier segundo. No solo los van a interrumpir, ¿cómo va a proteger a Buki estando… así?
—¿Estás bien? —pregunta Buki, comenzando a incorporarse, pero Shin lo detiene, sonriendo apenas.
—Deberíamos parar —suelta con dolor, porque es lo que menos quiere—. Me duelen los brazos.
Se acuesta a su lado, mirando al techo, evitando de todas las formas posibles no encontrar sus ojos. Siente que lo observa, seguro trata de descifrar qué piensa.
—Está bien —se desploma a su lado.
—No es por vos —tiene el impulso de aclararlo.
—Okay.
—De verdad quiero —se gira apenas y se encuentra con la mirada ajena—, de verdad.
—Okay.
—Es solo que-
—Shin —interrumpe. Está sonriendo—, no pasa nada, entiendo. En serio.
Él sonríe también, pero no logra quitarse la sensación de que arruinó todo.
Ni siquiera a la mañana siguiente, que no es tan lejana, solo algunas horas después. Se pregunta en qué momento se durmió, porque recién no era de día.
Buki sigue a su lado, dormido de costado, dándole la espalda. Se le escapa una risita, porque era obvio que no se iba a bancar toda la noche en la silla.
Se levanta despacio pensando en buscar algo para el dolor de cabeza, pero no tarda en recordar que escabió justamente porque no había un solo analgésico. Decide tomar agua, nomás.
Se sienta en la silla. Mira a Buki. Siguen vivos.
Nadie entró, tiró abajo la puerta y les metió un tiro a cada uno mientras dormían. Viéndolo así, no tuvo ninguna razón para detenerse la noche anterior, aunque el pensamiento de que fue lo correcto es el siguiente que llega a él. No debería tratar de estar con Buki.
Frunce el ceño. ¿Por qué no?
¿En qué puto momento decidió que no debía estar con él? Porque una cosa es no poder, lo que pasaría si Buki no quiere, pero ahora sospecha que sí y, la verdad, a Shin no le faltan ganas.
Se levanta de la silla y se acerca decidido a la cama. Piensa en escurrirse dentro, abrazarlo, hundir sus rostro en su nuca para absorber su aroma y, si todo sale bien, continuar lo de la noche anterior, pero apenas su mano se posa en las costillas ajenas, Buki salta como un rayo, girando de golpe.
Sus ojos son redondos y en medio segundo escanea su alrededor, hasta que termina en Shin, sonriendo apenado.
—Me asustaste —susurra Buki, pasándose una mano por el rostro y bostezando.
—Per- perdón —devuelve.
Buki se levanta, huye de él. Shin se deja caer de espaldas mientras la puerta del baño se cierra, tapándose la cara y puteando. Arruinó todo y ahora es incómodo. La puta madre.
Si sabía que iba a ser así, se la hubiera mandado por completo la noche anterior.
La mañana se les escapa entre silencios y miradas que se evitan. Desayuno rápido, tomar las cosas, salir. Shin no puede evitar darle una última mirada al departamento, ni el pensamiento fugaz de que se había acostumbrado a vivir ahí.
Sigue a Buki por las calles tranquilas del distrito comercial en fin de semana. Buen momento para huir sin que los vean, mal momento como para que los embosquen. No tiene idea de cuál es su plan, ni a dónde van, en realidad. Buki camina con seguridad, por lo que debe saber lo que hace.
Sus pasos terminan desembocando cerca del callejón del altercado y la curiosidad pica en Shin. Tiene un sabor raro en la boca y un cosquilleo que no puede identificar en el estómago, pero sospecha que se va a disipar cuando pasen por ahí.
Buki piensa lo contrario; apenas se percata de que están cerca, cambia de dirección de inmediato, sin disimulo y exponiendo sus pensamientos.
—Deberíamos pasar —dice entonces Shin parando—. Yo voy a pasar.
—Podrían estar esperándonos —replica Buki, deteniéndose también. Su expresión es dura, firme en su decisión, pero Shin también es firme.
—Voy a pasar —repite, desviándose del camino que marcaba el otro. Pocos pasos después, lo escucha quejarse y seguirlo.
No está seguro de qué va a encontrar, ni siquiera si quiere encontrar algo. Tiene que ir y mirar, y recién ahí va a saber cómo continuar.
—La puta madre —se le escapa, al igual que todo el aire de sus pulmones. El desayuno también amenaza con escaparse, pero logra mantenerlo en su estómago.
—Vámonos a la mierda —masculla Buki. No brinda ni un segundo de más en mirar antes de sujetar el codo de Shin para arrastrarlo al camino anterior.
—No- no podemos —suelta él, clavando sus talones y deteniendo al otro—. Es- es- no podemos, Buki.
—¿Querés llamar a la policía? —replica el otro, en un tono que nunca lo escuchó utilizar. Severo y agresivo, la urgencia de desligarse de la situación, a ambos. Lo suelta como si fuera una idea de mierda, y Shin está de acuerdo, pero no pueden simplemente dejarlo ahí.
Es uno de los sujetos de la noche anterior. Shin lo recuerda a la perfección- no porque haya sido anoche, no porque lo haya pensado más de un segundo antes de atacarlo, sino porque no pudo sacarse de la cabeza en ningún momento la sensación del filo cortando en la piel, la carne, los órganos de esta persona.
—No —dice al fin, desviando sus ojos del cuerpo—, no, pero, sé a quién podríamos llamar.
Buki arruga la nariz, confundido—, ¿sabés? ¿A quién?
El sujeto quedó ahí desde la noche anterior. Ninguno de sus compañeros lo ayudó- Shin sabía que el ataque había sido fatal, lo sintió, pero ellos no lo sabían. ¿O se notaba con verlo?
Shin lidera el camino ahora, pasos veloces hasta que recuerda que Buki tiene patas cortas y tiene que trotar un poco para alcanzarlo.
No lo ayudaron, lo dejaron solo ahí, muriendo despacio- o capaz murió rápido.
Lo lleva con Radio. Siempre le hizo un poco ruido que Radio tuviera soluciones para todas las cagadas que se mandaba, sean leves o graves. Ahora lo agradece, porque sabe que va a tener una solución para esto.
Espera que haya muerto rápido. ¿Fue por eso que no los fueron a buscar? ¿Parecen letales? Shin no se siente letal ahora mismo, nunca lo hizo. ¿Buki se siente letal? Supone que él tiene más razones para pensar que sí.
La expresión de Radio es de sorpresa cuando lo ve en su puerta sin haber avisado antes. Cuando nota los bolsos se vuelve contrariada y, cuando repara en las expresiones de los dos, termina en la preocupación.
—Radio, Buki; Buki, Radio —presenta por encima—. ¿Podemos entrar? Tenemos un… ah, una situación.
A Radio no le gusta cómo lo dice.
No encuentra las palabras para explicar todo lo que pasó en las últimas horas. Otra vez está mudo y sabe que eso solo preocupa más a Radio.
Buki le lee la mente. ¿Desde cuándo puede hacerlo? Buena pregunta. Él explica todo. Los sucesos de ayer, desde que encontraron la nota amenazándolos con la abuela de Shin, pasando por la emboscada que recibieron regresando del geriátrico, concluyendo en su departamento destruido y su ubicación revelada.
—Tengo muchas preguntas —suelta Radio y Shin está de acuerdo, siendo el porqué no mencionó nada del alcohol o de los besos la primera.
Buki responde algunas de las preguntas que le hace, las que son imposibles de no responder. Deja por fuera toda la transformación, pero Shin sigue pensando en porqué no habla de los besos.
¿Por qué piensa en eso ahora? La respuesta es fácil, pero la verdadera es una que quiere esquivar un poquito más.
Radio no se horroriza con la narración. Se mantiene en silencio y asiente, pensando. Shin alterna la mirada entre los dos, pero no logra sacar ninguna conclusión. Radio lo conoce desde chiquito, seguro que puede leer su mente, pero ahora no tiene ganas de que lo haga. Esquiva su mirada con un disimulo que le sale para el orto cada vez que él lo mira.
—Okay —dice finalmente Radio, asintiendo despacio—. Voy a llamar a Fake y les vamos a conseguir un lugar.
—¿Y el-?
—Primero lo primero —interrumpe a Shin y- ah, lo miró a los ojos, ya le leyó la mente—. Primero, el lugar.
—Okay —asiente, mirando sus piernas.
Radio los deja solos en el living. Es el momento perfecto para que Shin llene el silencio del ambiente y opaque el ruido de su cabeza.
—Él es Radio, nos conocemos desde chiquitos, fuimos a la escuela juntos —comienza a hablar, un poco rápido, se da cuenta, pero sigue, repitiendo las anécdotas de la noche anterior porque ahora su cómplice en cagadas infantiles tiene cara para Buki.
Buki esquiva sus ojos. Se da cuenta. Quiere decir algo y sabe que lo que diga le va a doler a Shin, por eso lo está posponiendo. Lo está dejando llenar el silencio con banalidades e historias irrelevantes y ajenas a la situación en la que está.
Sus ojos se encuentran. Buki va a hablar, va a decirlo, y Shin no tiene idea de cómo evitarlo.
—Deberíamos-
—No —lo interrumpe, porque si no puede evitarlo, va a posponerlo.
—Estás en peligro —dice urgente, no dispuesto a dejar el tema—, por mí, por nada.
—No sos nada —replica, las palabras dejan un nudo en su cuello al salir. Niega apenas—, no quiero.
—Shin-
—Ya tengo un lugar —anuncia Radio, regresando. Les da una mirada que dura un segundo más, se aclara la garganta y se gira hacia la cocina, tratando de escaparse—. ¿Tienen hambre? Podríamos comer algo antes.
—No, gracias —responde Buki, levantándose de la silla—. Preferiría ir yendo.
Radio mira a Shin, esperando su respuesta también, pero él evita sus ojos.
—Eh… bueno, okay. La llave está bajo la alfombra —anota la dirección en un papelito y se la estira a Buki. Apenas la toma, Shin se levanta de su lugar, dispuesto a seguirlo, pero Radio lo detiene—. Voy a pasar a verlos cuando termine con lo otro.
—Okay —murmura y la mano de su amigo se aferra con más fuerza a su brazo—, gracias. Nos vemos.
Se escapa de Radio y de la conversación que está seguro que él quiere tener. Todavía no. Capaz cuando vaya a verlos.
Buki lidera el camino otra vez y Shin siente una presión en todo su pecho. Los pensamientos, mentiras y verdades que estaba evitando enfrentar se arremolinan en su cabeza, como si fueran hasta bienvenidas en el silencio que hay.
Piensa en Buki. En sus manos sobre su cuerpo, en sus labios sobre su boca. Suspirando, jadeando y gimiendo contra él. Tiene que pensar en Buki.
Porque la otra opción es pensar que mataron a alguien. Y la otra-otra opción, es pensar en que Buki quiere dejarlo para que esté a salvo. No quiere pensar en nada de eso, todavía no.
Llegan a la dirección, un hotel estereotípico sacado directo de alguna película gringa. Una construcción en forma de L compuesta de habitaciones genéricas que desembocan en el estacionamiento abierto. El papelito de Radio dice que es la puerta veintidós y, cuando la encuentran, la llave está debajo de la alfombra, tal como dijo.
Es chico. No hay cocina, solo una cama individual, una heladerita y una tele. Shin extraña su departamento.
Se sienta en la cama. Está por completo perdido. ¿Qué van a hacer ahora? ¿Puede regresar a su trabajo? ¿Saben dónde trabajan? ¿Qué van a hacer ahora?
—Tenemos que separarnos —Buki al fin lo suelta. No es justo, no estaba atento como para evitar que lo diga. Se sienta a su lado en su cama y cuando Shin lo mira, encuentra una sonrisa chica, pero demasiado triste—. No tenés nada que ver conmigo, no tenés que involucrarte en esto.
Tiene razón. Puede desligarse por completo y dejarlo a su suerte; Buki no lo culparía, lo está alentando a hacerlo, pero Shin no puede. Sospecha que esto no es aislado, es solo el comienzo, y si bien lo aterra un poco, es mucho más terrorífico que eso pase sin Buki a su lado. No quiere involucrarse- no quiere que pase nada, pero mucho menos quiere separarse de él.
—No —murmura. No se va a separar nunca. Van a tener que matarlo para que pase—. No, Buki.
—No sea cabezón —frunce el ceño y Shin no puede evitar reírse.
—Vos lo estás siendo.
Se gira a él y tira sus brazos sobre sus hombros. ¿Tiene permitido abrazarlo? Supone que sí, ya que anoche tuvo su lengua en su garganta.
—Shin —se queja contra su hombro, aunque su cuerpo cede con facilidad, aferrándose a él—, en serio lo digo.
—Yo también —murmura y suena atragantado, como si el calor de Buki lo derritiera por completo y aflojara todos los sentimientos que acumuló y trató de enterrar desde ayer—. La hablamos… después, ¿sí? Ahora-
Las palabras lo asfixian, como si no quisieran salir y cierran su garganta en el proceso.
Se hunde en Buki, inhala profundo en su cuello y sus ojos arden demasiado.
—Quedémonos así —pide—, por ahora.
Lo siente abrazarlo más fuerte y también enterrar su rostro en él mientras asiente.
—Por ahora —concede.
