Work Text:
El día había sido largo incluso para estándares infernales de un overlord. Reuniones eternas, sonrisas falsas, amenazas veladas, planes que se decían en voz baja y se ejecutaban a gritos, conspiraciones para seguir manteniéndose en lo más alto y evitar una segunda muerte. Manipular el infierno para que siguiera funcionando a su favor era prácticamente un trabajo a tiempo completo, pero hoy era sábado por la noche, y eso significaba una cosa.
La gran torre de las V´s estaba más silenciosa de lo habitual, los empleados que había decidido quedarse con la esperanza de que en algún momento sus jefes se darían cuenta de ellos y los ascenderían estaban trabajando en la planta más baja, Velvette estaba en un evento, Valentino estaba de fiesta para desconectar y, si podía, conseguir más empleados atractivos que pudieran darle mucho dinero y películas, Alastor estaba casi acabando su último proyecto y Vox ya estaba descansado, instalado en el sofá y listo para esa noche.
Ya no llevaba puesto su típico traje de empresario, sino que llevaba un pijama de camisa blanca de algodón, algo holgada, con el dibujo de un tiburón azul estampado en el pecho y unos pantalones rojos desgastados que le llegaban hasta las rodillas. En el regazo tenía un cuenco generoso de palomitas recién hechas, mientras que en la mesa había todo tipo de tentempiés para la velada, delante de él tenía una gran pantalla que mostraba el menú pausado de un programa que había conseguido esa misma mañana y que estaba deseando ver.
Generalmente, solía ver los programas que iba a ofertar en sus canales y streamings, en especial aquellos programas y películas que conseguía del mundo de los vivos ya que tenía algún que otro chanchullo y trato con algunos mortales que se atrevían y conseguían ponerse en contacto con las fuerzas del infierno para conseguir más poder y éxito, generalmente a Vox no le llamaba la atención ese tipo de cosas, pero cuando encontraba algún necio que quisiera ser rico y famoso a base de los medios, a veces, solo a veces, se dedicaba a escucharlos y a hacer tratos con esos mortales para darle consejos y parte de su poder de manipulación a cambio de su alma y de todo el contenido que realizara.
Por lo general no solían pasar muchos programas a esa criba, ya que no todos los pecadores querían recordar su otra vida y el simple hecho de ver un humano y no un ser antropomórfico, deformado o de forma inusual lo repudiaba, pero lo que había visto hoy merecía la pena que lo vieran juntos, aunque solo fuera para ver su cara y, en el caso de que se pusiera histérico u homicida, siempre podría verlo en privado.
Sonrió de lado, pensando en su reacción, hasta que notó una vibración distinta en el aire, pero no se giró, no hizo falta, pues la frecuencia que sentía era inconfundible y la conocía de sobra así que no se sobresaltó cuando, detrás del respaldo del sofá, apareció Alastor.
- Hola, tele mía - canturreó la voz con filtro, de buen humor, con esa entonación teatral y acento marcado que solo él sabía usar sin resultar ridículo.
Un segundo después, su silueta se disolvió en sombra y reapareció a su lado, ya sentado, piernas cruzadas, ahora llevando un pijama de seda color azul oscuro y de manga y percha larga que lucía con elegancia.
Vox sonrió en cuanto él se inclinó lo justo para darle un beso rápido en la mejilla y robarle un par de palomitas con una sonrisa traviesa. El CEO estiró el brazo y lo apoyó en el respaldo del sofá, cerca de Alastor, pero sin tocarlo ya que, con los años, sabía que era mejor no agobiarlo con el contacto físico y esperar a que él fuera el que decidiera cuándo, algo que le costó bastante al principio de su relación, ya que Vox era alguien que quería constantemente tacto y atención, pero sabía que si le obligaba algo a Alastor este, con perdón de la expresión, se sentiría incomodado y huiría como un cervatillo (o le mordería la mano como un zorro furioso, lo que viniera antes)
- ¿Qué tal el nuevo programa de ASMR? - preguntó el demonio de los medios, dejando el bol en el brazo del sofá, justo a su lado.
- Bien - respondió, sonriente - Al principio costó que se callara, pero en cuanto le arranqué las cuerdas vocales se pudo apreciar mucho mejor el crujir de los huesos. Una delicia sonora - añadió, genuinamente complacido - Iba a subirlo hoy, pero se me hizo tarde. Mañana será.
Se inclinó apenas hacia Vox, hasta rozarle la rodilla con la suya, algo que hizo que la pantalla del otro brillara más y mostrara un ligero sonrojo azulado en su rostro. Puede que hubieran pasado más de setenta años, pero siempre que Alastor le tocaba o le alababa le hacía sentir como un adolescente que descubría lo que era el amor.
- ¿Y tú?
- B-bien – sonrió volviendo en sí - Esperándote para ver esto - alzó la mano y la pantalla ocupó toda la pared, iluminando la estancia. El menú no era Voxflix.
Alastor ladeó la cabeza, intrigado.
- ¿Y qué vamos a ver hoy? ¿Un documental u otra de tus películas ridículas como…? ¿cómo se llamaba? ¿sharviento?
- Se llamaba Sharnado, y es cine de culto - replicó Vox, rodando los ojos - Tiene seis películas y otra más confirmada.
- No entiendo cómo algo así puede llamarse cine - bufó Alastor - El mundo de los vivos está cada vez peor. Antes la gente tenía mejor gusto.
Vox soltó una carcajada.
- Dile eso mismo a Velvette y ya verás que te dice sobre tu estilo – sonrió de lado - Pero no, no va de tiburones, he encontrado algo que puede que te interese, es un documental sobre alguien de tu época.
Alastor arqueó una ceja.
- ¿Un cantante de jazz? Para eso prefiero escuchar la música original. ¿Por qué no dejamos la noche de cine y salimos a…
- Ah, ah, ah - le cortó - La semana pasada escogiste tú. Hoy me toca a mí, y confía en mí – sonrió con cierta chulería, como cuando alguien sabe algo y no lo cuenta solo para pavonearse - Puede que te interese.
Sin darle más tiempo, pulsó el play y la pantalla se llenó de blanco y negro hasta que sonó una música típica de Nueva Orleans, con el sonido del saxofón, las trompetas, piano y contrabajos, una melodía que recordaba Alastor ya que fue de su época cuando estaba vivo. Luego vio las calles de la actual Nueva Orleans, algo que le llamó la atención al ciervo ya que, aunque no estuviera muy interesado en la actualidad ni en el mundo de los vivos, pero, quisiera o no, aquella era su ciudad, su origen, y sentía cierto cariño por esa ciudad que fue la cuna del jazz.
Entonces la imagen cambió.
Las calles comenzaron a transformarse, desdibujándose hasta dar paso a fotografías antiguas, filmaciones granuladas, farolas de gas, fachadas que Alastor reconocía sin esfuerzo, lugares que había pisado, esquinas donde había reído, callejones que guardaban recuerdos que prefería no verbalizar.
Vox lo miró de reojo, solo había visto los tres primeros minutos, pero conocía a Alastor lo suficiente como para notar cómo sus orejas se iban aplanando poco a poco y cómo iba enlazando los hechos.
La voz del narrador llenó la sala.
- “Los años veinte. Los llamados felices años veinte. Una época de luces y sombras en la vibrante ciudad de Nueva Orleans. Jazz en cada esquina, alcohol clandestino, noches largas y promesas rotas. Una ciudad viva, caótica, encantadora… y peligrosa.”
La música seguía sonando, haciendo que la situación fuera intrigante, además, la voz del narrador tenía un algo que no podías evitar ignorarla y eso el locutor lo valoraba en cierta manera, solo esperaba que cuando muriera no se le ocurriera intentar eclipsarlo, porque sino lo tendría que matar y no tendría piedad.
- “Pero bajo el brillo y la música, algo más se movía entre las sombras. Mientras el mundo celebraba, una serie de asesinatos comenzó a sacudir a la ciudad y sembraron un miedo entre los ciudadanos que crecía noche tras noche.”
Las imágenes se volvieron más oscuras y empezaron a aparecer recortes de periódicos y titulares alarmistas.
- “La prensa lo bautizó con un nombre que pronto se convertiría en leyenda.”
La pantalla se tiñó lentamente de rojo y entonces apareció el título, en letras blancas, elegantes y finas.
EL CANÍBAL DE NUEVA ORLEANS
Vox lo miró de reojo, él solo había visto los tres primeros minutos, pero en cuanto supo de qué iba sabía que sería muy divertido ver la reacción de su ciervo que aplanó las orejas en cuanto se escuchó la voz del narrador poniéndole en situación.
- ¿En serio…? – preguntó con los ojos entrecerrados, todavía escéptico.
Vox no aguantó más, pausó el programa y estalló en carcajadas.
- ¡Joder, sí! ¡Te han hecho un puto documental!
El pelirrojo se quedó en silencio unos segundos y luego soltó una risa seca, baja.
- Qué falta de imaginación – dijo - ¿El Caníbal de Nueva Orleans? Podrían haber elegido algo con más estilo, además, no me comí a casi todas mis víctimas - añadió, con un deje ofendido.
- ¿Quieres seguir viéndolo? – sonrió con cierta ilusión y curiosidad.
- ¿Por qué no? – alzó los hombros – Tengo curiosidad cómo descubrieron que fui yo, si es que lo han descubierto.
Sonrió de lado, pérfido, mientras cogía un ojo bien aliñado, cubierto de salsa picante y especias, del bol de la mesa, luego se acomodó sin pedir permiso, estirando las piernas y apoyando las pezuñas sobre el regazo de Vox. El empresario se quedó un segundo embobado con la vista clavada en ellas y la mente yéndose por derroteros poco apropiados para este momento hasta que Alastor le dio un leve golpe con el tobillo en el pecho.
- ¿Piensas activarlo o vas a seguir mirándome como si fuera el postre? Que yo sepa, el caníbal de esta relación soy yo – sonrió con cierta prepotencia y picardía, haciendo que Vox carraspeara y le diera al fin al botón.
La voz del narrador regresó, grave, impostada.
- “La primera víctima fue encontrada en un callejón del distrito francés, con múltiples heridas de arma blanca…”
- Oh, recuerdo ese día – comentó alegre cuando vio la foto del lugar – Un hombre encantadoramente mediocre y torpe, coincidía mucho conmigo cuando trabajaba en el periódico.
- ¿Trabajaste en el periódico? – se sorprendió por ese dato, dándose cuenta de que no conocía ese aspecto de Alastor, tampoco es que fuera el tema preferido de los dos (aunque, cada vez que podía, Vox presumía de lo exitoso y guapo que era)
- Sí, cuando tenía doce trabajé como vendedor – respondió observando la expresión de sorpresa de la televisión - Lo sé, era muy mayor para ese puesto, pero mi madre insistió en que siguiera estudiando al menos hasta que terminara los estudios superiores y no tenía mucho tiempo para compaginarlo con los estudios y el trabajo, pero los libros no eran gratis y la comida tampoco, así que trabajaba cuando podía – acercó con su sombra el bol de ojos.
El CEO obvió la parte de que se pusiera a trabajar tan joven, de todas formas, en su época también era común que las familias más pobres se pusieran a trabajar a partir de los ocho años, lo que le llamó la atención fue otro punto.
- ¿Empezaste a matar a los doce?
- ¿Intencionadamente y a un ser humano? – preguntó con cierta voz jubilosa que no era acorde con el tema, pero que para él era normal – Sí, se podría decir que sí. ¿Tú cuándo empezaste, querido?
- Pues no sé… creo que tenía veinticinco más o menos – intentó recordar, pero ya había pasado tanto tiempo y para él fue solo un simple escalón para subir que casi no le dio importancia.
- ¿Tan mayor? – se rio - ¿No fue cuando tu primer trabajo? Qué enternecedor, cuando me lo comentaste pensé que serías más joven, pero claro, teniendo en cuenta que eras un niño de papá que fue a colegios de pago… - intentó picarlo, pero Vox ya estaba acostumbrado a esas provocaciones y muy pocas veces caía.
- Perdona por no ser un psicópata desde pequeño como tú – rodó los ojos
- Por cierto, fueron ocho - corrigió Alastor, dejando a Vox extrañado así que lo aclaró – Las puñaladas, fueron ocho, el término “múltiples” es demasiado impreciso, menudo locutor – sonrió de una forma que se notaba por un momento porqué había caído en el círculo del orgullo.
- A veces eres un creído - lo miró de reojo, entre horrorizado y fascinado por cómo se regodeaba.
- Preciso – replicó - Que es distinto – rio mientras miraba el programa que todavía estaba explicando – Por cierto, me volví a topar con él cuando bajé – comentó distraídamente – Así que, para rememorar viejos recuerdos, lo torturé y lo maté de nuevo – sonrió retorcido, disfrutando del recuerdo.
- ¿Se puede saber qué te hizo?
- No le gustaba que un niño pobretón y morenito deambulara por su barrio, el Garden Distric, así que cada vez que me veía, ordenaba a su perro que fuera detrás de mí. Una vez incluso me mordió la pierna – comentó con una sonrisa que sabía Vox que era falsa por su tono de voz – Así que cuando lo vi en mi barrio decidí usar su mismo método, pero, a falta de perro, buena es una navaja, ¿no crees, mon cher?
La voz del narrador seguía de fondo, hablando sobre más asesinatos que hacían reír a Alastor, como quien esconde una pequeña travesura, pero él ya no estaba escuchando ni al documental ni los comentarios de Alastor sobre cómo fue en realidad.
A veces se le olvidaba cómo eran las cosas cuando vivía y que a veces había cosas que era mucho peor que en el infierno ya que todos eran monstruos, partían del mismo barro podrido y envenenado, teniendo a veces una forma y aspecto que en ocasiones no se parecía a ninguno más (por ejemplo, Vox, que era el único pecador que tenía un televisor por cabeza), así que a veces esos puntos se dejaban de lado y muy pocos miraban el aspecto del otro, total, allí cada uno estaba bastante jodido como para fijarse en el otro, pero en vida no había sido así, sino que el tema de la piel y la raza importaba a más de uno.
Si no eras blanco y hombre lo tenías bastante complicado para subir a la cima, así que, para Alastor, seguro que las cosas no fueron fáciles.
Se preguntó, con un nudo incómodo en el pecho, si él mismo habría sido como ese hombre del Garden District, aunque sabía la respuesta más que de sobra, y eso le hacía pensar si en el pasado se habría atrevido a hablar con Alastor o le habría repudiado por su tono de piel (que era lo más probable), habiendo perdido al que consideraba su socio y el amor de su vida. Casi por instinto, apretó un poco más los dedos alrededor de la pezuña que estaba masajeando.
Mientras el documental seguía, las imágenes mostraron un bar antiguo, ennegrecido por el tiempo, pero que extrañamente seguía manteniéndose en pie, hasta que poco a poco apareció una vieja foto de lo que fue en sus años de esplendor, algo irónico ya que durante esa época los bares estaban en decadencia debido a la ley seca y solo se mantenían por sus actividades clandestinas.
- ¡Oh! - exclamó Alastor con una sonrisa, ahora animado y dejando de lado aquel recuerdo de ese hombre – El viejo bar de Armant, iba todos los jueves por la noche, cuando el dueño conseguía absenta. Horrible músico, eso sí, pero el alcohol compensaba.
Vox sonrió sin poder evitarlo mientras, casi sin darse cuenta, empezaba a masajearle distraídamente una de las pezuñas con el pulgar. Alastor no dijo nada, pero tampoco se movió, así que lo tomó como algo bueno y siguió.
- “… Los rumores crecieron y algunos aseguraban haber visto a un hombre elegante, siempre sonriente en…”
- Elegante sí – asintió - Sonriente no siempre, dependía del día.
- ¿Alguna vez no has sonreído? – se reo, pero sin mala intención mientras apretaba un poco más los dedos alrededor de sus pezuñas, trazando círculos lentos, constantes, haciendo que Alastor dejara escapar un suspiro apenas audible y apoyara la cabeza contra el respaldo con los ojos cerrados, le había tocado justo en una parte muy sensible.
- No, querido, a veces no me lo podía permitir – sonrió ligeramente, todavía con los ojos cerrados – Ya sabes lo que opino sobre el poder de una sonrisa, pero por aquella época la gente no se fiaba de alguien que sonríe demasiado cuando no creían que tuviera derecho a hacerlo, así que aprendí cuándo, cómo y para quién sonreír – dijo mientras abría los ojos con una mirada un poco más reflexiba, pero luego volvió a sonreír - Lo bueno es que aquí sí que me lo paso bien y no tengo que fingir, así que no me hace falta dejar de sonreír – estiró los brazos hacia arriba y se rio tanto él como su sombra.
- Eso y que te has cosido la sonrisa – comentó sin saber por qué se había hecho eso, pero parecía que era un tema delicado para él.
- Pormenores, querido, pormenores – hizo un gesto vago con la mano para restarle importancia.
Apartó las piernas del regazo de Vox, lo justo para marcar distancia, y el empresario sintió una punzada breve de decepción que se disipó cuando Alastor se inclinó hacia él, acortando el espacio de otra manera, más deliberada.
- Pero créeme - murmuró, bajando apenas la voz conforme se acercaba a su rostro - Aquí sí que tengo motivos para sonreír.
Vox se sonrojó ligeramente y le dio un beso corto que Alastor correspondió de inmediato. No fue brusco ni pasional, sino que fue un roce lento, medido, en el que las sonrisas nunca desaparecieron y le hacían sentir calor y amor en sus negros corazones. El empresario apoyó la mano en la espalda de Alastor, dudando apenas un segundo, antes de presionar con suavidad, pidiéndole mudamente que se acercara un poco más y así lo hizo.
Ahora se dieron otro beso, uno más íntimo mientras el ciervo apoyaba una mano en el pecho del más alto y acariciaba delicadamente su pecho bajo la camisa y bajaba poco a poco, arrastrando las uñas, hasta el borde de aquella ridícula camisa, logrando que Vox suspirara así que aprovechó y profundizó el beso mientras se acercaba más y más, sin dejar ningún espacio entre ellos. Uno en frente del otro, acariciándose, notando el calor del otro.
Vox empezaba a recalentarse y a marearse por aquel toque que no esperaba en esos momentos, pero, si Alastor así lo quería, no le iba a decir que no, al contrario.
Cuando se separaron, los dos se miraron intensamente, Vox aún tenía la respiración algo desacompasada mientras que Alastor le lanzó una sonrisa traviesa, pero el otro no se dio ni cuenta ya que había apoyado la mano sobre el muslo del ciervo, indicándole que se sentara en su regazo para seguir con aquella sesión de besos y a algo más.
Pero en vez de eso, el pelirrojo solo se acercó un poco más a él, sin llegar a sentarse en lo que Vox consideraba su trono, pero no se rendiría tan fácilmente, así que lanzó unas frecuencias que parecían una caricia que pasaba por todo el cuerpo de caníbal y movió como pudo la cabeza para acercarse a su oído y decirle algo provocativo que le hiciera caer.
Pero antes de que pudiera hacer nada, Alastor estiró el brazo y su sombra se apareció para acercarle el bol de palomitas.
- Gracias - dijo, robándole las palomitas con descaro y volviendo a sentarse tranquilamente, como si no hubiera ocurrido nada hacía unos momentos ni que ahora Vox tenía un “ligero” problema entre las piernas, al menos la ropa que llevaba era ancha así que no sería del todo una tortura.
- Eres un cabrón - murmuró, frustrado mientras cogía algunas palomitas, pero ya sabía que aquella sonrisa que le echó antes no sería para nada bueno.
Él sonrió y se acomodó a su lado sin separarse, dejando apenas un hilo de espacio entre ambos. Vox no desaprovechó la oportunidad, así que rodeó su espalda con el brazo, apoyó la mano en su hombro y lo atrajo un poco más hacia él, disfrutando de aquel momento que llevaba todo el día esperando y volvieron a mirar la pantalla.
- “…relacionado con una mujer llamada Minzy Johnson, presunta pareja sentimental…”
- ¿Perdona? – el pelirrojo frunció el ceño - ¿Pareja? Por favor. Minzy era una amiga y como todo caballero que se precie, asesiné al imbécil que le había prestado dinero con intereses abusivos.
El documental avanzó hasta que la música cambió, más tensa.
- “Finalmente, las investigaciones apuntaron a un nombre.”
La pantalla mostró una vieja foto en blanco y negro de Alastor frente a un micrófono, de unos veinte y ocho años, con el pelo castaño y ondulado, sin ningún rastro del peinado estilo bob que siempre llevaba, su sonrisa era encantadora y totalmente blanca dándole un contraste a su piel morena, sus ojos parecían de un tono marrón (o quizás negros, no estaba muy seguro Vox ya que la foto era bastante vieja y carecía de color), llevaba unas gafas redondas con una fina cadena que le recordaba un poco a su monóculo, aunque sus ropas eran mucho más simples que las del Alastor que conocía, pues llevaba solo una camisa blanca, una corbata, un chaleco, unos simples pantalones de traje y unos zapatos de dos colores típicos de la época.
- “Alastor Hartfeld, locutor de radio de origen criollo, conocido por su voz carismática y su carácter excéntrico que encandiló a toda la ciudad con su programa de radio...”
Vox casi se atragantó con las palomitas, incluso escupió algunas.
- ¡JODER! ¿¡EN SERIO ERAS ASÍ!? - se inclinó hacia la pantalla - ¿Dónde escondes los rizos? ¿Y esa cara? ¿Por qué ahora llevas ese peinado tan… liso? ¡Si pareces otra persona! Que no es que me queje, Al, eres realmente atractivo y, sé que no te gusta que te lo diga, pero, si pudiera te violaba todos los días, pero es que… - miró al ciervo y a su versión humana una y otra vez.
- Eran otros tiempos - respondió Alastor, poniendo los ojos en blanco – Aunque yo podría decir lo mismo sobre tu aspecto de ahora y el de antes, porque estoy seguro que no tenías una pantalla plana por cabeza – intentó burlarse de él, pero estaba tan centrado en tomar todas las fotos posibles de esa toma que no le hizo caso.
- Esto lo tengo que guardar en mi disco duro - rio - Los chicos se van a partir cuando lo vean.
Alastor giró lentamente la cabeza hacia él con una sonrisa afilada y depredadora.
- Como esa imagen salga de aquí, prometo hacerte famoso de una forma muy distinta.
- Anotado - respondió aun riendo - Amenaza recibida y apreciada – dijo sin mirarlo mientras guardaba la imagen y la enviaba en las muchas memorias internas y externas que tenía – Ahora que lo pienso, tu nombre en esta vida y en la anterior es el mismo, ¿por qué no te lo cambiaste? – preguntó, ya que la mayoría tomaba otro nombre por protección ya que un nombre guardaba mucho poder, y si alguien lo descubría podía ser una condena para su libertad.
- Mi madre lo escogió con mucho cariño, ¿por qué me iba a deshacer de él? – comentó como si fuera lo más evidente del mundo – Además… - sonrió un tanto perverso y creído – Dudo que alguien sea capaz de pensar que es mi verdadero nombre, y si alguien se atreve a engañarme y ponerme cadenas… - sonrió ahora de manera más afilada y sádica – Lo usaré para mi próximo programa.
- Ahora yo lo sé y te veo muy tranquilo. ¿No temes que lo vaya contando por ahí?
- Te conozco, puede que seas tonto para algunas cosas, pero dudo que seas tan necio como para hacerme eso – respondió tranquilo mientras tomaba otro puñado de palomitas.
Vox no dijo esta vez nada, de todas formas, no se sorprendía de que pensara aquello y, en cierta forma, le alegraba que confiera en él como para no preocuparse por eso, así que volvió a mirar el programa donde salían imágenes de periódicos antiguos, titulares amarillentos, ilustraciones sensacionalistas del supuesto asesino y desgranaba teorías, errores policiales y testimonios de vecinos aterrados que creían haber visto u oído algo, pero por lo visto la mayoría eran falsos testimonios debido al miedo y la paranoia.
- Fue una pérdida de tiempo, nunca dejaba testigos – comentó el ciervo con cierto orgullo por su trabajo tan bien hecho y seguía comentando y dando detalles de partes que eran ambiguos en el documental.
- Tengo curiosidad - comentó al cabo de un momento - ¿Cómo demonios descubrieron que eras tú?
Alastor dejó escapar una risa baja, auténticamente divertida.
- Oh, no lo sé… - dijo con falsa modestia - Tal vez fue por los cadáveres pudriéndose en mi cabaña del pantano, la nevera llena de trozos humanos, o…
- “…las autoridades encontraron restos humanos en una cabaña aislada, junto con utensilios de carnicería y grabaciones en un viejo fonógrafo…”
- Ah. Eso también – sonrió – Qué buenos momentos me dio, ¿sabes que lo que me costó conseguir un fonógrafo de tanta calidad? En su momento era lo más en sonido. Una pena que no me lo pudiera llevar hasta aquí, me sentía particularmente orgulloso de esas grabaciones.
La imagen cambió a un fonógrafo antiguo.
- “…En un armario cercano había grabaciones en cilindros donde se escuchaban gritos y súplicas de la mayoría de las víctimas junto a una perturbadora risa de fondo que los expertos identificaron como la del propio Hartfeld.”
Vox alzó lentamente las cejas.
- ¿En aquel entonces ya tenías la manía de grabar sus gritos? – preguntó sin sorprenderse mucho.
- Era locutor y periodista, querido - respondió Alastor con ligereza - Todo buen profesional documenta su trabajo.
El documental continuó, explicando cómo la policía había ido estrechando el cerco, cómo finalmente localizaron al sospechoso demasiado tarde.
- “…cuando llegaron, solo encontraron dos cuerpos. El del presunto asesino y el de otra víctima. Hartfeld presentaba una herida de bala en la frente que...”
La sonrisa de Alastor se tensó apenas un segundo e, instintivamente, llevó dos dedos a la frente, justo donde el flequillo ocultaba la marca. Vox lo notó, pero no dijo nada, solo apretó un poco más el brazo alrededor de su espalda ya que, a pesar de que habían pasado años, la muerte es una experiencia bastante extraña y rara que ningún pecador quería recordar.
- “…las teorías apuntan a un ajuste de cuentas, un familiar que quería venganza o incluso un cómplice que decidió silenciarlo.”
- Qué imaginación - murmuró Alastor, bajando la mano - Siempre se quedan cortos - soltó una risa suave y se acomodó mejor contra él.
- No te quejes, al menos tú tienes un documental.
- ¿No saliste en ese programa sobre sectas? – le picó, ladeando la cabeza
- Que no era una secta – rodó los ojos - Era una comunidad altamente organizada de individuos con visión de futuro que me cedían voluntariamente su dinero, sus propiedades y, en algunos casos, su identidad legal, a cambio de protección, estatus y acceso prioritario a mis servicios mediáticos - respondió con toda la seriedad del mundo - Un modelo de negocio muy adelantado a su tiempo, he de decir.
- ¿Eso no es una definición de secta? – soltó una risa gutural, divertido por picarlo – Bueno, sea como fuere… - sonrió al ver los créditos finales y alguna que otra imagen de fondo de lo que grabaron – No ha estado mal; han exagerado cosas, pero podrían haberlo hecho peor.
- ¿Eso quiere decir que te ha gustado? – sonrió victorioso ya que no le solía gustar lo que proponían para ver, así que las pocas veces que lo conseguía lo alegraba tanto que incluso al día siguiente no mataba a ningún empleado inepto.
El pelirrojo tarareó y apoyó la cabeza sobre su hombro.
- No te acostumbres.
Eso fue más que suficiente para Vox, que no aguantó más y se abalanzó sobre él para darle besos y seguir con aquel beso que le supo a poco.
Besos torpes y ansiosos, primero en la mejilla, luego en la comisura de los labios, uno más largo que el anterior, roto a medias porque Vox no supo, ni quiso, medir la intensidad. Su risa se le escapó entre dientes, vibrándole en el pecho.
- Eres imposible - murmuró Alastor entre una risa baja y esa estática suave que siempre le vibraba en la voz, sin apartarlo del todo.
Aun así, no huyó, sino que fue él quien empezó el siguiente beso con una calma deliberada que el empresario intentó intensificarla, así que apoyó una mano en el pecho de Vox para frenarlo lo justo, pero no lo separó del todo; alzó la otra para acariciarle el labio digital con el pulgar, notando esa calidez antinatural y ese tacto liso que no se parecía en nada al de un ser orgánico, pero, aun así, eran los únicos labios que quería probar el locutor y que le sacaban una sonrisa cálida y verdadera.
Se inclinó para besarlo esta vez él, pero, en el último segundo, cambió de idea.
Su forma se deshizo en sombras y reapareció a unos pasos de distancia, cerca de la puerta que conducía a su dormitorio, de pie, con las manos entrelazadas a la espalda y una sonrisa expectante, de quien pronto va a ver un espectáculo entretenido.
No hizo falta palabras para que Vox lo entendiera.
Así que, soltó una risa baja, casi incrédula, y se levantó apresurado, dejando que el bol de palomitas cayera por el suelo y el sofá sin que le importara lo más mínimo mientras seguía al ciervo, apresurado, con una sonrisa de anticipación y victoria.
La puerta se cerró tras ellos.
No pasó mucho tiempo antes de que las radios de toda la torre se encendieran solas, entonando música de jazz animado con un cierto toque sensual. En distintos despachos, pasillos y salas de control, más de un empleado alzaron la vista, suspiraron o negaron con la cabeza con resignación; no era la primera vez que pasaba, y todos sabían muy bien qué solía significar cuando la música sonaba así y que no debían molestar a su jefe por nada en el mundo, al menos sabía que probablemente recibieran mañana alguna bonificación o algún viaje a un spa porque, según el CEO, se sentía generoso y de buen humor (normal; si tienes en cuanta que tu pareja muy raras veces quiera mantener relaciones sexuales, es totalmente plausible que quieras celebrarlo de alguna manera).
Nadie se molestó en apagar las radios ni en comprobar que fuera otra cosa, sino que fingieron que no escuchar nada y mirar hacia otro lado.
Mientras, en la torre principal, el jazz siguió fluyendo en el dormitorio de los overlords, mezclándose entre risas ahogadas, movimientos torpes y el inconfundible sonido de algo cayendo a la cama.
FIN
