Actions

Work Header

Instantánea

Summary:

Una tarde de limpieza, los hijos de Nejire encuentran unas viejas fotos que evocan recuerdos y secretos.

Work Text:

El polvo flotaba en el aire mientras Nejire acomodaba unas cajas al fondo del desván. Se suponía que estaban ayudando a su madre con la limpieza, pero la palabra “ayudar” era un decir cuando había tantas cosas interesantes alrededor. Las cajas abiertas revelaban objetos viejos, recuerdos olvidados y pertenencias que claramente habían existido mucho antes de que ellos nacieran. Para los dos niños, aquello era más una exploración que una tarea.

Estaban sentados en el suelo, uno frente al otro, alrededor de una caja grande y algo polvorienta. Miho mantenía la espalda recta y revisaba con atención y cuidado. Yuuto, en cambio, se inclinaba dentro de la caja con curiosidad desbordante.

“¿Qué es esto?”, preguntó Miho al sacar un libro grueso.

En la portada había ilustraciones delicadas de mariposas.

“Son muy bonitas”, dijo mientras lo abría con cuidado y pasaba las páginas. “Mira, Yuuto. Todas son distintas”.

“Debe ser de papá”, comentó él con total naturalidad, asomándose para ver. “Me gustan”.

Mientras Miho seguía hojeando el libro, Yuuto volvió a meter las manos en la caja. Sus dedos tocaron algo distinto, más liso. Sacó un pequeño montón de fotografías y las observó con atención. En ellas aparecía una chica sonriente, de cabello azul claro y ojos brillantes.

Yuuto frunció el ceño.“Miho…”.

Ella levantó la vista. “¿Qué pasa?”

Yuuto le mostró una de las fotos. “¿Quién es ella?”

Miho dejó el libro a un lado y tomó la fotografía. La observó durante unos segundos, cada vez más seria.

“Es muy bonita…”, admitió. Luego arrugó un poco la nariz y miró a su hermano. A juzgar por su mirada, ambos estaban pensando lo mismo.

“¿Por qué papá tiene fotos de una chica bonita que no es mi mamá?”, preguntó el niño genuinamente confundido.

Miho cruzó los brazos, claramente ofendida por la idea.

“Eso no está bien”, sentenció. Sin perder tiempo, levantó la voz. “¡Mamáaa!”

Nejire apareció desde el otro lado del desván con una caja en brazos.

“¿Qué pasa mis amores?”, preguntó divertida. “No les picó una araña, ¿verdad?”

Miho le extendió las fotos sin rodeos.

“Mamá… ¿por qué papá tiene fotos de esta chica hermosa?”

Yuuto asintió con fuerza y la misma seriedad que su hermana.

Nejire tomó las fotografías y las observó apenas un instante antes de soltar una risa suave, casi sorprendida.

“Vaya… pensé que estas fotos se habían perdido”. Sonrió y se sentó en el suelo frente a ellos. “Esta chica… soy yo”.

Hubo un silencio breve, cargado de sorpresa.

“¿EHH?”, exclamaron ambos al unísono.

Yuuto se acercó más, mirando la foto y luego el rostro de su madre. “Pero… te ves diferente”.

“Era más joven”, respondió Nejire con dulzura. “Iba a la U.A. en ese entonces”.

Miho ladeó la cabeza. “Te ves muy hermosa mamá”.

Nejire rió, enternecida. “Gracias, cariño”.

“¿Por qué te sacaron tantas fotos?”, preguntó Yuuto. “Pareces importante”.

Nejire pensó un momento. “Fue durante el festival escolar de mi último año. Participé en el concurso de belleza”.

Los dos niños se miraron, incrédulos. “¿Ganaste?”, preguntó Miho, sin poder contener la emoción.

Nejire llevó un dedo al mentón. “Creo que… ¿dónde fue que guardé eso…?” De pronto abrió los ojos. “Ah”.

Se levantó y caminó hacia otra pila de cajas. Arrastró una hasta el suelo y retiró la tapa. Miho y Yuuto se acercaron de inmediato, rodeándola con expectación.

Nejire metió las manos dentro y sacó con cuidado una pequeña corona dorada y una bandana blanca con un mensaje en letras plateadas: “Miss U.A”

“Taráaa”  cantó y los ojos de sus hijos brillaron.

“¡Lo sabía!” Miho sonrió con orgullo absoluto. “Sabía que eras la más bonita”.

“¡Mamá es la más bonita de todas!” Yuuto levantó los brazos.

Nejire los atrajo hacia sí y los abrazó con fuerza, riendo suavemente.

Tamaki llegó a casa cuando el cielo empezaba a oscurecer. Apenas cruzó la puerta, anunció con voz cansada que había vuelto, se quitó los zapatos con cuidado y colgó el bolso en su lugar habitual. Sentía el cuerpo pesado y la mente aún más agotada. 

En la agencia habían ingresado nuevos pasantes y, mientras se frotaba el rostro, no pudo evitar pensar que en su época los estudiantes solían ser más obedientes… o al menos, menos ruidosos.

Desde el fondo de la casa llegaban voces conocidas, risas suaves y pasos apresurados. Entonces escuchó claramente la voz de Miho, cargada de emoción.

“¡Papá! ¡Ven, tienes que ver esto!”

Tamaki suspiró, pero una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Siguió el sonido hasta la habitación que compartía con Nejire. Al llegar, se encontró con una escena inesperada.

Nejire estaba sentada al borde de la cama, observando con expresión enternecida a sus hijos. Frente al espejo de cuerpo completo, Miho posaba con toda la seriedad que podía reunir, llevando puesta una bandana que decía Miss U.A. y una corona que por el tamaño, claramente no le pertenecía. Yuuto la observaba desde un costado, sentado en el suelo, completamente absorto.

Miho fue la primera en notarlo.

“¡Papá!”, exclamó, y sin perder tiempo corrió hacia él. “¿Me veo hermosa? ¿Cómo mamá?”

Tamaki parpadeó, sorprendido. Luego, sus ojos se posaron en la bandana y la corona. Un recuerdo nítido cruzó su mente: Nejire en el festival, sonriendo bajo las luces, radiante y flotando con gracia en el aire. Verla en ese entonces, luciendo tan etérea, era como estar bajo un hechizo, incapaz de apartar la mirada.

Volvió a mirar a su hija y el pensamiento llegó solo, inevitable: su pequeña había heredado toda la belleza de su madre. Algún día, estaba seguro, muchos más lo notarían.

Sonrió con calidez y se agachó para quedar a su altura. Con cuidado, apoyó una mano sobre su cabeza y le acarició el cabello.

“Te ves preciosa”, dijo con sinceridad. “Pareces una pequeña hada”.

Miho soltó una risa tímida, bajando un poco la mirada, claramente avergonzada pero feliz.

Desde el suelo, Yuuto intervino con total convicción.

“También parece una princesa”.

Eso bastó para que los ojos de Miho brillaran.

“¡Juguemos a la princesa y el caballero!”, propuso de inmediato, girándose hacia su hermano. Luego se detuvo, recordó algo y miró a su madre. “Mamá… ¿puedo usar la corona un ratito más? ¿Siii? Solo para este juego

Nejire se levantó y asintió con entusiasmo.

“Claro. Diviértanse”.

Los niños no necesitaron más. Corrieron emocionados hacia la sala, discutiendo entre risas las reglas de su improvisado juego.

Cuando el silencio volvió a la habitación, Nejire se acercó a Tamaki y le dio un beso suave de bienvenida.

“¿Qué tal tu día?”, preguntó.

“Bien”, respondió él, aunque su tono lo delataba. “Pero estoy agotado”.

Entonces notó que Nejire sostenía algo en la mano. “¿Qué es eso?”, preguntó con curiosidad.

Ella sonrió y le mostró las fotografías. “Los niños las encontraron”.

Tamaki las reconoció al instante. Eran las fotos que él mismo había tomado aquel día. Las tomó con cuidado y comenzó a pasarlas una a una, deteniéndose en cada imagen, contemplando con cariño y nostalgia la belleza de su esposa más joven, la misma que para él nunca había cambiado.

Nejire lo observó con una sonrisa suave. “Aunque, es curioso ¿sabes? Pensé que me habías dicho que esas fotos se habían perdido”.

Tamaki se quedó rígido por un segundo. El color le subió al rostro hasta la punta de las orejas. Carraspeó, claramente nervioso, y bajó las fotos con rapidez.

“Eh…bueno…esto… murmuró nervioso pensando cómo cambiar de tema. “¿Cenaron? Podríamos pedir algo para comer”.

Nejire parpadeó, un poco confundida por el giro repentino, pero no le dio mayor importancia. “Me parece una buena idea”, respondió animada.

Mientras caminaban juntos hacia la cocina Tamaki soltó un suspiro silencioso. Agradecido de que, al menos por ahora, su pequeño secreto siguiera a salvo.

……

El festival deportivo había terminado y el bullicio comenzaba a disiparse poco a poco. Tamaki caminaba por los pasillos de la U.A. rumbo a su dormitorio, arrastrando ligeramente los pies. El cansancio se le había acumulado en el cuerpo y lo único que deseaba era dormir durante horas. Colgada del hombro llevaba la cámara de fotos con la que había pasado gran parte del día documentando el evento.

Estaba tan absorto en sus pensamientos que casi no notó al grupo de sus compañeros de clase hasta que se interpusieron en su camino.

“Eh, Amajiki”.

Tamaki se detuvo en seco. Alzó la vista y los observó, confundido. No eran personas con las que solía hablar. En realidad, fuera de Mirio y Hadou, no era cercano a casi nadie. Aquella repentina cordialidad lo puso nervioso de inmediato.

“¿S-sí?”, respondió, apretando la correa de la cámara con más fuerza de la necesaria.

Creé reconocer a uno de ellos, un sujeto que se apellida Katsuragi. Sonrió de forma exagerada con un brillo extraño en los ojos. “Escuchamos que estuviste sacando muchas fotos hoy. Dicen que no te despegaste de la cámara en todo el festival”.

Otro añadió, con tono sugestivo:

“Seguro le tomaste fotos a Hadou durante el concurso, ¿verdad?”

Tamaki parpadeó, desconcertado. Asintió lentamente.

“Y-yo… sí. Le tomé algunas”.

Las miradas entre ellos se iluminaron de inmediato.

“Entonces, cuando las extraigas, deberías pasarnos unas copias”, dijo uno, acercándose un poco más. “Solo para verlas”.

“Sí, cierto, tienes que compartir”, insistió otro.

La ansiedad lo consumía. Tamaki sentía el frío sudor corriendo por su espalda y el corazón acelerado latiendo en sus oídos. 

“B-bueno…”, murmuró, inseguro. “Supongo que… sí”.

No dejó de asentir hasta que todos parecieron satisfechos y, finalmente, lo dejaron continuar.

Más tarde, ya en la tranquilidad de su dormitorio, Tamaki se sentó en la cama con la cámara entre las manos. Encendió la pantalla y comenzó a revisar las fotografías.

Allí estaba Hadou.

Su sonrisa luminosa dirigida a la cámara. La expresión dulce, inocente, contrastando con la elegancia del vestido azul, ligero y vaporoso. El escote pronunciado, las piernas largas y bien formadas,  la forma en que la luz parecía favorecerla sin esfuerzo. Cada imagen lo hacía contener la respiración.

Los comentarios de sus compañeros resonaron de nuevo en el fondo de su cabeza, la insistencia, las miradas cargadas de expectativa y algo más que le revolvió el estómago de forma intensa. 

No era ansiedad. Era una rabia silenciosa que lo consumía lentamente y una necesidad instintiva de proteger algo valioso de aquellos que buscaban mansillarlo.

Al día siguiente, el salón de clases estalló en murmullos cuando Tamaki, visiblemente nervioso, hizo un importante anuncio. 

“¿QUÉEEEE?” Hubo exclamaciones de sorpresa. Algunos se lamentaron con genuina decepción. “No puede ser, tiene que ser una broma”

“L-la cámara… se… se dañó”, repitió, con la voz apenas firme. Sus ojos iban de un lado a otro sin detenerse en nadie y sentía las piernas tensas, como si en cualquier momento fuera a salir corriendo hacia la pared más cercana. “M-muchas fotos se perdieron. Y-yo… lo siento mucho.”

“Dios que mala suerte” se lamentó Yuyu quien parecía estar teniendo el peor día de su vida “Debí haber llevado una cámara y sacar fotos también”

Otros compañeros en cambio no disimularon su enojo ni el hecho de que lo encontraban responsable. 

“Eres un inútil Amajiki”

“Sí, sólo tenías una sola tarea tonto”.

Tamaki permaneció en silencio. No le importaban sus reacciones. Sin embargo, cuando encontró a Hadou más tarde, la inquietud regresó. Se acercó a ella con torpeza.

“L-lo siento”, dijo en voz baja. “Las fotos… se perdieron”.

Nejire lo miró un segundo y luego sonrió con naturalidad.

“Descuida”, respondió con calma. “Son cosas que pasan”.

Tamaki exhaló el aire que no sabía que estaba conteniendo. Incluso si no entendía de todo que lo había motivado a mentirles a todos, ya había decidido algo muy claro en su corazón: aquellas fotos no estaban destinadas a ser compartidas con el mundo.

 

Series this work belongs to: